Disclaimer: Inu Yasha pertenece a Rumiko Takahashi

"NOCHE DE CONNUBIO"

Por C Weller chan

Episodio 2 de 2

Seguramente no podía existir peor sino que ése, pensaba Miroku sin dejar de caminar a paso rápido con los pies desnudos, mugrosos y con cortes aquí y allá, la vista al frente, pisando con firmeza y rumiando su coraje. El traje de gala que utilizó para su boda se había quedado perdido en algún lugar entre la tierra de nadie que terminaron por visitar y la aldea de la sacerdotisa Kaede. No, ya no podía nombrarla sólo de esa manera; ahora también era su aldea, el sitio que Sango y él habían elegido para vivir.

La cuestión era que ahora yendo por el camino que conducía a su aldea, vestía una hakama sucia y harapienta en sustitución de su elegante kimono usado para sus nupcias, luego que Inu Yasha tuviera una "sensacional" idea para emboscar a un youkai, y por si no fuera suficiente en toda su aventura lo habían golpeado, quemado, pisoteado y dejado una herida envenenada que le estaba causando escozores, náuseas, mareos y sudoraciones; en definitiva, esa estúpida misión inesperada hasta donde el viento daba la vuelta fue un auténtico martirio.

La extremadamente descortés y por demás inoportuna interrupción de Inu Yasha en su noche de bodas había derivado en un viaje súbito para exterminar a los demonios que atacaron la aldea (oh perdón, su aldea), quienes huyeron en el momento en que el de pelo blanco y él aparecieron en la escena. Sin pensar en nada más que en exterminar a los monstruos, su amigo de orejas de perro emprendió una persecución para alcanzarlos, sin importarle las protestas y amenazas por parte del monje para que lo dejara regresar. El hanyou arrastró a Miroku consigo por varios días, hasta que luego de recorrer bastantes kilómetros y pasar un sinfín de vicisitudes, pudieron dar fin a las bestias.

Por éso, luego de más de una semana de haber abandonado a su esposa, Miroku regresaba fastidiado y muy molesto con el mestizo, quien volvía con una sonrisa de contento por el trabajo realizado y completamente impávido del humor de su acompañante.

- Fue una pelea fantástica, ¿no es así, Miroku? ¡Ese youkai pensó que de veras podía vencerme! – exclamaba Inu Yasha animado y caminando detrás del monje. Harto, el aludido hizo un alto total y se volteó hacia su acompañante, cuestionando bruscamente con el ceño fruncido:

- ¿Por qué? – Inu Yasha lo miró perplejo.

- ¿Por qué? ¿Por qué qué? – preguntó a su vez el de rojo, sin entender. Miroku espetó:

- ¿Por qué me llevaste de esa manera, si sabías que era mi noche de bodas con Sango? – respiraba agitado, tratando de calmarse y recordando su dura disciplina. Si no lo hacía, todo el enojo acumulado en esos días explotaría sin control.

Inu Yasha lo miró, como si estuviera explicando algo sencillo a un niño con déficit de entendimiento:

- Pues porque lógicamente no podía llevarla a ella. Era el día de su boda, ¿qué no ves? – Miroku sintió como si le hubieran dado un golpe en la cabeza, dejándolo aturdido momentáneamente.

- Pero… resulta que también era el día de mi boda, ya te lo traté de explicar esa noche – murmuró con los dientes apretados y sintiendo como su presión arterial se elevaba de manera alarmante. Inu Yasha meditó un momento la información y respondió, cándido:

- Sí, pero con las mujeres es diferente. Kagome siempre dice que para ellas hay momentos y lugares que son muy significativos, más que para los hombres. ¿Qué, no lo sabías? –

Miroku contó hasta diez.

- Pero da la casualidad que yo fui el hombre que se casó con ella. Yo fui quien debió de acompañarla en esa ocasión tan memorable todo el tiempo. Y era yo quien estaría haciéndola feliz por haberse casado. ¿Me explico? – gruñó, haciendo énfasis en los "yo". Inu Yasha lo miró, analizando lo expuesto, para contestar en tono dudoso:

- Entonces… debí haberlos traído a los dos, ¿o no? – rolando los ojos, Miroku optó por digerir su enfado en silencio y continuar caminando. La aldea estaba a la vista, así que lo preferible era dejar de perder su valioso tiempo con ese idiota descerebrado cabeza dura y reunirse con su hermosa esposa. También era necesario cambiarse los vendajes, puesto que tenía tres días con ellos puestos y sin tener oportunidad de limpiar la herida. Además, estaba preocupado por el veneno, el cual no había podido tratar y que seguramente para ese entonces y por lo síntomas que estaba presentando, ya estaría desperdigado por casi todo su organismo. El temblor en sus piernas y su vista un tanto borrosa que acompañaban a los otros signos lo comprobaban.

Al cabo de pocos minutos entraron por la calle principal, con unos pocos aldeanos mirándolos. Si bien Sango y él habían comenzado la construcción de una cabaña cercana a la de la sacerdotisa Kaede, aún no se encontraba lista, así que encaminó sus pasos hacia donde la anciana vivía, pensando que seguramente encontraría a su mujer ahí.

Pero a pesar de sus firmes intenciones, varias personas salieron a recibirlos tratando de enterarse de los pormenores de la aventura. Si bien el monje hacía intentos por seguir caminando y zafarse de ellos cortésmente, más y más personas salían de sus casas para acercarse. ¿Qué no podían dejarlo llegar? Antes de darse cuenta, se encontró en el centro de un círculo creado por los pobladores, ansiosos de escuchar lo acontecido en su viaje de exterminio, sin posibilidad de escapar. ¿Qué podía hacer? ¿Y dónde estaba Inu Yasha? El muy maldito se había escabullido silenciosamente dejándolo sólo para lidiar con la gente. ¡Bastardo!

Sin hacer caso de sus ruegos discretos por dejarlo ir, Miroku sentía como un ataque de furia y pánico comenzaba a dominarlo en medio de la muchedumbre curiosa que incansable e ininterrumpidamente, hacía mil y un preguntas sobre la aventura. Cerrando los ojos con una expresión de compungimiento, el monje escuchó una voz celestial:

- ¡Su Excelencia! – abriendo sus ojos al instante, el joven moreno observó como con dificultad, su amada esposa se abría paso entre la gente para llegar hasta él. Sintiendo un baño de alivio y felicidad al ver su rostro, el monje no pudo evitar que su conciencia decidiera ponerlo a dormir en ese preciso momento y cayó desmayado a los pies de Sango.


- ¡Ah, ya despertó! ¿Cómo se siente, monje Miroku? – una amable y femenina voz proveniente de arriba le preguntaba con gentileza, tratando de no sobresaltarlo. Con dificultad, el aludido abrió los ojos para encontrarse con una luz brillante iluminando el cuarto y la cara de la joven sacerdotisa del futuro, que lo miraba con una sonrisa.

- Señorita Kagome – cuando intentó incorporarse, Kagome se lo impidió:

- ¡No lo haga, monje Miroku! Su herida aún está abierta, y aunque ya logramos eliminar el veneno, está muy débil. Tome – luego de beber un poco de agua, Miroku se recostó en el futón que según observó, era el mismo que se suponía utilizaría para su noche de bodas. Sonrió con amargura.

- ¿Qué ocurrió, señorita Kagome? ¿Por qué me desmayé? – un gesto serio se instaló en el rostro de la joven.

- Todo parece indicar que el veneno de su herida era uno muy potente. Afortunadamente, la anciana Kaede conocía el antídoto. Pero aunado al hecho que casi no descansó ni pudo ingerir alimento durante la jornada, hicieron que se debilitara y perdiera la conciencia. Ha estado desmayado por casi cuatro días –

- ¡¿Cuatro días? ¿Y Sango? – preguntó instantáneamente.

- Sango ha estado a su lado todo este tiempo, monje Miroku. La pobre lo ha velado día y noche. Recién pudimos convencerla de descansar un poco. Está durmiendo en la cabaña más cercana – explicó la joven, compungida. Miroku suspiró, derrotado.

- Entonces lo mejor será dejarla dormir - murmuró, tratando de disimular su decepción. Kagome le acomodó las mantas, comprendiendo plenamente su sentir.

- Voy a prepararle algo de comer, ¿le parece? – Ausente, Miroku asintió mientras la chica iba hacia el fogón encendido, que llenaba de un agradable calor la cabaña. Resignado, el hombre pensó que no le quedaba más remedio que esperar para reunirse con su amada esposa.


Miroku observaba acostado con el ceño fruncido hacia el techo de la cabaña de la sacerdotisa Kaede bastante preocupado. Las lluvias habían hecho su aparición antes de lo previsto y esa noche caía una tormenta bastante fuerte.

A causa de su convalecencia no había podido salir a ayudar a los aldeanos. Algunas chozas corrían el peligro de desplomarse y otras tantas de ser arrastradas por las fuertes corrientes que bajaban desde las montañas cercanas, así que unos cuantos hombres se habían organizado para tratar de contener el elemento líquido o desviar su curso con diques y zanjas en lugares clave. Los más vulnerables fueron trasladados a cabañas que no estuvieran en medio del camino del agua, como protección para evitar la posibilidad de pérdidas irreparables.

Así que su querida Sango junto con Inu Yasha, la señorita Kagome y la sacerdotisa Kaede, habían salido en medio de la torrencial lluvia para prestar su apoyo.

Pocas veces en su vida Miroku se había sentido tan ofuscado e impotente como en ese momento. Ni siquiera cuando pendió sobre su cabeza la amenaza continua del agujero negro, la situación le pareció tan insegura. Sabía perfectamente bien que su mujer podía cuidarse sola, y si era el caso, Inu Yasha estaría ahí para contener el peligro, pero no por eso se sentía tranquilo. Estaba a punto de amanecer y ellos salieron justo cuando el sol se había puesto.

Miroku apretó los puños con más fuerza. Si no regresaban en una hora cuando mucho, saldría a buscarla, convalecencia o no.

El sonido de la puerta al deslizarse lo sacó de sus pensamientos.

- ¡Sango! – exclamó con alegría inmensa, al ver a su mujer entrando a la choza y sintiendo como el alma le retornaba al cuerpo.

- Su Excelencia… - la voz disminuida y el paso vacilante de la joven lo hizo preocuparse de inmediato otra vez. Sus ropas y cabello estaban empapados y con costras de lodo por todos lados. Kirara, el enorme gato demonio, entró detrás de ella en idénticas condiciones.

- ¡Sango! – el grito lleno de pánico llenó el pequeño espacio. Miroku corrió hacia su mujer, que había caído inconsciente a unos pasos de la entrada...


- ¡Mire, Su Excelencia! ¿No le parece acogedora? ¡Estoy tan contenta! – Miroku observaba el rostro feliz y entusiasmado de su mujer. Más que el hecho de que en ese momento habían terminado la mudanza a su cabaña terminada de construir hacía algunos días, lo que le alegraba era que, al fin, podrían comenzar su vida de casados como debía de ser.

Luego que Sango estuviera muy enferma por casi dos semanas luego de la noche de tormenta, y que había tenido al monje con el corazón en la boca angustiadísimo, gracias a los cuidados de él y sus amigos la exterminadora parecía haberse recuperado por completo. Si bien aún debía mantenerse abrigada y evitar enfriarse, la castaña desde ese día andaba deambulando y haciendo pequeñas tareas que no le representaran mucho esfuerzo.

Así que aprovechando la mejoría de su esposa, Miroku había decidido que ya que la choza de ellos dos estaba lista, podrían trasladar sus escasas pertenencias y declarar oficialmente esa noche, a esa cabaña, su nuevo hogar.

Pero por supuesto, y que había comenzado a inquietarlo desde la obvia mejoría de la joven era que, tal vez en un par de noches más, cuando ella estuviera por completo restablecida, la tan anhelada consumación del matrimonio podía llevarse a cabo.

El solo pensamiento hacía que la boca de Miroku se hiciera agua y deliciosos y libidinosos estremecimientos nacieran en sus partes bajas para recorrerle todo el cuerpo. Pero, después de todo, ¿no tenía el derecho de sentirse así? Habían pasado casi cuatro semanas desde su connubio, así que era tiempo de pensar muy seriamente en esos menesteres.

Una sonrisa por demás pervertida se instaló en su rostro, mientras imágenes sugerentes poblaban su mente haciéndolo reír como un tonto.

- Su Excelencia, ¿le sucede algo? – la pregunta tímida de la castaña lo bajó a la tierra de golpe. Mirando su bello rostro preocupado, Miroku trató de tranquilizarla, ¡claro! a su modo.

- Mi hermosa Sango, estaba pensando que, ya que a partir de esta noche estaremos solos, podríamos hacer ciertas… actividades juntos, ¿no lo crees? – La mirada confundida de la joven casi lo hace saltar sobre ella en ese mismo momento.

- ¿Actividades? ¿Como cuáles? – Miroku se relamió los labios. ¿Cómo explicarle a una joven inocente y pura como Sango, las delicias y disfrutes de los escarceos sexuales entre hombre y mujer como preparación, para que cuando llegara el momento hicieran más intenso el acto amoroso?

- Pues, algo que sólo juntos podríamos hacer, como por ejemplo, sentarnos abrazados enfrente del fogón – Sango aún lo miraba intrigada. Bien, mientras no se molestara y le propinara una buena bofetada, podía considerar que tal vez lograra convencerla.

- ¿Enfrente del fogón? ¿Y a hacer qué? - ¡Vaya, directo al punto! Abrazándola y depositando el rostro femenino en su hombro, Miroku trató de deslizar su mano por su espalda hacia el redondo y firme trasero. Hacía mucho que no lo acariciaba.

- Pues, para sentirnos cerca. Podríamos abrazarnos, tal y como estamos en este momento; y luego, cuando la temperatura haya aumentado, tal vez uno que otro beso. ¿Te parece la idea? – La mano de Miroku estaba en la estrecha cintura. Unos centímetros más y podría deleitarse aunque fuera un poco. Tal vez así se sentía el maestro Mushin cuando no podía tomar su sake. Ansioso.

- ¡Oh, sí! – La exclamación vivaz y llena de dicha de la exterminadora lo desconcertó un poco. ¿Es que acaso ella también estaba igual de deseosa que él? ¡Menuda sorpresa!

Pero antes de lograr poner sus inquietas manos en las posaderas de su mujer, ésta se zafó del abrazo para salir apresuradamente hacia el camino enfrente de la cabaña. Miroku volteó, interrogante:

- ¿Pero qué…? –

- ¡Kohaku, viniste! – La larga cabellera de Sango zigzagueaba al compás de la carrera de la exterminadora. Miroku abrió los ojos al máximo: ahí, en medio del camino y a unos pasos, se encontraba el hermano menor de su esposa.

- Hola, hermana. Escuché… que estabas enferma, y decidí venir a visitarse… para saber cómo te encontrabas – la voz tímida y baja del jovencito se escuchó apagada por el fuerte abrazo que su hermana le estaba dando. Miroku sonrió. Esta visita era un regalo fantástico para Sango, su tono animoso y feliz la delataba.

- ¡Mi querido Kohaku! ¡Gracias por venir! Sí, estuve enferma, pero gracias a los cuidados de todos y de Su Excelencia, casi me he recuperado – bajando su vista, Kohaku se rascó la cabeza, con una sonrisa insinuada.

- ¡Ah, me alegro mucho! Bueno, entonces me retiro – las manos blancas y ásperas de Sango sujetaron al jovencito de los antebrazos, antes de que pudiera dar un paso.

- ¡No, de ninguna manera! ¡Has venido de muy lejos para irte así de pronto! Su Excelencia y yo estamos estrenando esta cabaña, es de nosotros, así que hay bastante espacio para que te quedes varios días y más – exclamó la exterminadora firme. Miroku miró a su esposa con los ojos muy abiertos. ¿Quedarse Kohaku? ¿Ahora? - ¿Verdad que sí, Su Excelencia? – La mirada de Sango pidiendo su apoyo para impedir la partida de Kohaku lo desarmó por completo. ¿Cómo podía ser tan egoísta en haber pensado en su propio placer, por encima de la felicidad de su esposa?

Arreglándoselas para poner una sonrisa en su cara, Miroku respondió con toda la amabilidad que era capaz:

- Kohaku, sería un gran honor que nos permitieras disfrutar de tu presencia aquí, en nuestro hogar, todo el tiempo que quieras – sonrojado, el hermano menor de Sango sonrió musitando:

- Gracias – La felicidad de Sango era enceguecedora. Parloteando y riendo sin parar, la mujer abrazó a su hermano de los hombros y casi lo arrastró hacia dentro de la choza.

Afuera, Miroku sonrió enternecido para enseguida suspirar derrotado.


- ¡No sea así, Su Excelencia! ¡Es usted un pillo por decirme ese tipo de cosas! – unas risitas cautivadoras se dejaron escuchar en todo el grupito de jovencitas que rodeaban a Miroku. Con un tono que desmentía su verdadero estado de ánimo, el monje respondió entre serio y juguetón:

- ¿Y cómo no podría decírselo, encantadora señorita? Si está escrito en la palma de su mano, ni más ni menos – sonriendo forzadamente, Miroku rió con las chicas, pero ni siquiera eso estaba sirviendo para disipar la nube negra de mal humor que revoloteaba por encima de su cabeza.

Y no era falta ser un genio para conocer el origen de la molestia que sentía desde hacía unos días.

Era simple y sencillamente… frustración sexual.

Si bien el monje estaba contento por la visita de Kohaku, ya que éso había conseguido animar a Sango como ninguna otra cosa, las necesidades insatisfechas de su cuerpo estaban logrando sacarlo de quicio. A un mes de su matrimonio (¡un maldito mes cumplido!), el hecho de no consumarlo (¡por las malditas y múltiples razones que fueran!) y estar prácticamente todos los días al lado del objeto de sus anhelos se había convertido en una tortura. Podía asegurar que nunca, desde que se había convertido en hombre había padecido de semejante privación durante tanto tiempo.

Pero aunado al detalle de que su cuerpo clamaba por su esposa y sólo por ella, definitivamente el asunto empeoraba mil veces más.

Así que para distraerse y olvidar los pensamientos e imágenes voluptuosas y ardientes que se habían adherido a su mente como una lapa y que se repetían sin parar, Miroku había salido a dar un paseo. Afortunadamente, el buen Kohaku esa misma tarde emprendería camino, así que el monje estaba haciendo tiempo para regresar a su cabaña y ahora sí, definitivamente, consumar su matrimonio como debía ser una vez que se quedaran solos su mujer y él.

Pero al verlo deambulando, algunas aldeanas jóvenes lo habían alcanzado y como siempre lo hacían le solicitaron que les leyera la fortuna. Sonriendo, Miroku había aceptado y por eso se encontraba ahora rodeado de bellas muchachas sentado en una roca de un camino de la aldea.

- ¡Monje Miroku, por fin lo encuentro! – uno de los jefes de la aldea se le acercó. Las jovencitas, al ver de quién se trataba, le hicieron espacio y guardaron silencio, expectantes.

- Dígame jefe, ¿en qué puedo ayudarle? – preguntó el monje levantándose de su asiento improvisado y haciendo una reverencia. El recién llegado, líder del poblado, lo miró sonriendo animado:

- Monje Miroku, el consejo de ancianos ha decidido por fin tomar cartas en el asunto referente a la gente que vive a las afueras de la aldea. Esa terrible tormenta de hace casi un mes los afectó también y parece que aún tienen problemas para recuperar sus bienes y su medio de manutención. ¿Le importaría si me acompaña dentro de una semana a un recorrido por esos lares? Aunque debo decirle que está planeado que recorramos todo los terrenos del perímetro, de modo que seguramente será una encomienda de varios días con sus respectivas noches – Miroku casi no prestó atención al pequeño discurso del jefe. Si bien logró captar algunas palabras aquí y allá, como "tormenta", "afueras de la aldea", "acompaña" y "bienes" por estar rebobinando esas imágenes indecorosas con su esposa de manera enfermiza, era obvio que no podía solicitarse a tan ilustre personaje que repitiera sus palabras, ¿verdad? Así que respondió lo que le pareció adecuado:

- No hay problema, jefe. Será un placer – la sonrisa amable del líder se hizo más amplia y le dio un par de palmaditas en la espalda al monje.

- Le agradezco, monje Miroku. Pasaré por usted dentro de una semana en la mañana – Cuando el hombre se hubo retirado unos pasos, las jovencitas chillaron emocionadas y un par de ellas se colgaron de los brazos del monje. Extrañado, les preguntó:

- ¿Qué es lo que ocurre, señoritas? ¿Por qué este despliegue de cariño hacia mi humilde persona? – cuestionó con voz dulcificada. Las jovencitas se apretujaron más al cuerpo del hombre, mientras daban unas risitas.

- Porque usted es extraordinario, monje Miroku. Siempre tan amable y dispuesto a ayudar a los demás. ¡Envidio tanto a la señora Sango por haberse casado con usted! – exclamó una de ellas, arrobada, en medio de risas nerviosas.

Bueno, recibir un par de elogios de una bella chiquilla sí que servían para levantar el ánimo de cualquier hombre, así que caballeroso y un poco coqueto, Miroku respondió:

- Oh, pero no tiene por que sentir envidia, mi querida señorita. El hecho que esté casado no significa que no podré ayudarlas cuando lo necesiten… - las muchachas dieron grititos de emoción.

- ¿De veras monje Miroku? ¿Nos ayudará? – preguntó la chica, acercando más su rostro al del monje. Sonriendo para sus adentros, el joven respondió, sin perder ese tono galante:

- ¡Por supuesto, sólo tienen que pedirlo! – la joven se aproximó aún más. Una extraña tensión y los suspiros de las jovencitas llenaban el ambiente.

- ¿Lo que sea? – Miroku sonrió, complacido por el poder de seducción que ejercía en las mujeres. Definitivamente, un bálsamo de consuelo para su ánimo decaído.

- Lo que sea… - un carraspeo se dejó escuchar claramente cortando de tajo la atmósfera romántica. Un tanto molesto por la interrupción, Miroku despegó sus ojos de los ardientes de la chica que eran acompañados por un rostro sonrojado y una boca anhelante, para observar el origen del sonido.

Y fue cuando todo el flirteo y galantería se evaporaron inmediatamente.

- ¡Vaya! Es bueno saber que se puede contar con usted para lo que sea, Su Excelencia… - Miroku tragó grueso para enseguida, tratar de zafarse del agarre de la invitante jovencita.

- ¡Sango, cariño! ¡No te vi venir! – todas las chicas al ver de quién se trataba, inmediatamente se apartaron un par de pasos del hombre, como si quemara y olvidando por completo la actitud empalagosa, adoptaron una posición rígida con un rostro lleno de vergüenza y culpabilidad.

Sango observaba toda la escena con evidente desdén. Una de sus cejas se alzaba hasta la mitad de la frente, y su boca formaba una línea recta, además de que su cuerpo estaba rígido como una tabla, los brazos cruzados y la encantadora Kirara posada en uno de sus hombros mirando la escena admirada. Con frialdad equiparable a una cruda noche de invierno, Sango comentó con menosprecio:

- Venía a buscarle para darle un mensaje de la sacerdotisa Kaede, pero veo que se encuentra muy ocupado – Miroku sintió una desagradable sensación en la espalda, mezcla de escalofrío y temor al escuchar el tono helado empleado por su esposa. Por los gemidos de miedo de las jovencitas, parecía que no era el único. – Así que, como no me gustaría distraerle de sus ocupaciones que por lo visto son tan importantes, se lo comunicaré después, Su Excelencia. Con permiso – un frío glacial recorrió el pequeño grupo, que aterrorizado, sólo podía observar el paso majestuoso y los movimientos contenidos de la exterminadora al regresar por donde se suponía había venido.

Varios segundos después de completo silencio, Miroku reaccionó dándose cuenta de lo que había ocurrido. Adelantándose unos pasos hacia donde Sango había desaparecido, murmuró:

- Eeh… bueno señoritas, debo retirarme. Como ven, ha surgido un asunto el cual debo atender con urgencia. ¡Hasta luego! – sin voltear siquiera hacia las chicas, Miroku caminó unos cuantos pasos bastante apresurado hasta llegar a la esquina de una cabaña y voltear frenéticamente hacia todos lados tratando de averiguar qué dirección había tomado la exterminadora. Como un desesperado (aunque se esforzaba para comportarse calmadamente), el monje recorrió las callejuelas de la aldea rebuscando a su hermosa mujercita. ¡Maldita sea! ¿Por qué tuvo que ir a buscarlo justo en esos momentos? ¡Pero qué mala suerte! ¿No pudo haber ido después, cuando esas chicas se hubieran ido?

El mal humor lo llenó de nuevo, llenándolo de pensamientos que de haber estado en sus cabales ni siquiera hubiera imaginado. ¿Es que acaso Sango tenía derecho a ponerse en ese estado? ¡Tenían un mes de casados y ni siquiera le había podido dar un beso desde la noche de bodas! ¡Y sin mencionar la consumación del matrimonio! ¡Prácticamente no habían tenido un momento a solas! ¿Y se molestaba sólo porque platicaba con unas cuantas chiquillas esmirriadas de risitas tontas?

Estaba harto.

Estaba total, completa y desmesuradamente harto.

Fue en ese momento que alcanzó a ver los pasos casi militares de su mujer, que caminaba a muy bien paso hacia la cabaña de ambos. Furibundo y decidido, Miroku le dio alcance y la tomó de manera brusca del brazo.

- ¿Pero qué…? – el asalto la tomó de sorpresa, signo de que se encontraba muy enfadada. Pero eso a Miroku no le importó, estaba seguro que su propia ira sobrepasaba con creces a la de su esposa.

Con voz resuelta y dura, ordenó:

- Kirara, llévanos a la aldea de exterminadores – Sango abrió los ojos indignada.

- Su Excelencia, ¿cómo se…? – pero Miroku la ignoró. Afianzando su agarre, Miroku repitió con un tono aún más imperativo:

- Kirara, llévanos. Ahora – el animal mágico se transformó en seguida y en un parpadeo, Miroku había logrado subirse en su lomo a él y a Sango. Antes que la exterminadora pudiera protestar, estaban todos en el aire encaminándose en la dirección que Miroku había fijado.

- ¡No estoy de acuerdo! ¡Kirara, regresa a la aldea! – exclamaba Sango, aún molesta y tratando de zafarse, ya que en el proceso había quedado sentada sobre los muslos de Miroku.

Éste permaneció incólume ante los esfuerzos de su mujer.

- Cállate – el tono glacial del monje fue suficiente para poner en paz a la joven, quien lo miró asustada. Miroku no la culpaba, era la primera vez que le hablaba de esa manera.

Pero en ese momento no estaba para cortesías ni palabras amables.

Sin pronunciar una palabra más, la pareja se dejó llevar por el gato demonio. El sol estaba poniéndose en el horizonte llenando las montañas y árboles por las que sobrevolaban de un precioso tono anaranjado. El cielo, salpicado de nubes arreboladas, comenzaba a descubrir el hermoso fulgor de las estrellas.

Cuando el sol se había puesto completamente, Kirara aterrizaba justo afuera de la que fuera la casa de Sango durante tantos años, donde viviera con sus padres y hermano. Con delicadeza, pero sin decir nada, Miroku tomó a su esposa en brazos y con paso firme, entró en la derruida construcción. Kirara alzó el vuelo una vez más y se perdió entre las copas de los árboles cercanos.

De sus visitas anteriores, aún permanecían algunos leños para hacer fuego y un par de futones que el grupo dejó para que los utilizara la señorita Kagome. Eso sería suficiente.

Con movimientos fluidos, el monje depositó a su esposa en el piso. Haciendo a un lado un mechón que se había salido de su sitio del largo cabello femenino, Miroku observó el rostro de Sango que lo miraba con aprensión. Extrañamente, el hombre se sentía calmado, tranquilo; al parecer toda su ira y frustración se habían evaporado mientras viajaban en el lomo de la bestia sagrada. Después de todo, sentía una seguridad que lo tenía sereno: había llegado el momento.

Aún en un completo silencio, Miroku se apartó para encender el fuego del hogar y preparar el futón junto a él. La noche enfriaría para la madrugada, y no deseaba que su esposa enfermara por el frío matinal. Parándose junto a la entrada, Miroku observó los largos tablones que estaban recargados adentro, en la pared. Eligiendo uno que le pareció adecuado, lo cargó para acomodarlo como una puerta para impedir que animales entraran fácilmente así como el paso del viento. Con eso bastaría.

Suspirando por el trabajo realizado, Miroku se acercó al fuego una vez más. Tal vez tendría que traer más leños para cuidar que no se extinguiera. Recordaba que detrás de la choza Inu Yasha había dejado unos cuantos; esperaba que fueran suficientes.

- ¿Su Excelencia? – un tímido llamado lo hizo voltear. Sango permanecía donde la había dejado y casi en la misma posición: arrodillada y con unos ojos enormes, observando cada uno de sus movimientos. Miroku caminó hacia ella y se acuclilló a su lado. –Su Excelencia, ¿por qué… por qué estamos aquí? – se atrevió a cuestionar la joven. Solemne, el aludido respondió, rozando con la punta de sus dedos una de las sonrosadas mejillas femeninas:

- Querida Sango, te he traído aquí para que por fin podamos convertirnos en verdaderos esposos. Éste es tu hogar, así que creo es el lugar indicado para hacerte mi mujer – un rubor intenso pobló las mejillas de la exterminadora. Sus ojos se abrieron aun más y avergonzada, apartó el rostro mirando el piso.

- Pero… pero… - Miroku posó sus dedos en el delicado mentón para que Sango alzara su cara hacia él. Ya no habría más evasiones ni interrupciones. No le permitiría a Sango escapar otra vez. Ya no.

- No te preocupes mi amada Sango. Juro por lo más sagrado que tengo, que te daré una noche que recordarás hasta nuestra muerte… - murmuró sensual, ardiente. Posando sus labios en los de la chica, Miroku trató de transmitirle todo su amor y pasión. Sus brazos rodearon el fino talle, y su lengua entabló una desigual lucha con la de la chica. Gemidos comenzaron a escucharse de la delicada garganta.

Agitada, Sango miraba a su marido con ojos brillosos. Miroku la ayudó a levantarse y se dirigieron al futón. Sin abandonar sus modales de caballero, el monje ayudó a su mujer a tenderse, para luego él colocarse sobre ella y observar cada uno de los rasgos de su bello rostro arrobado, como si fuera la primera vez que los veía: unos ojos grandes, hermosos como gemas, la nariz respingona y una boca granate, invitante y embrujadora. La suave piel cremosa, delicada, irresistible. Eso sin contar con un cuerpo curvilíneo, de músculos firmes y fuertes que le daban una apariencia cautivadora.

Y era todo suyo para deleitarse con cada centímetro.

Sin poder contenerse más, Miroku bajó su cabeza y nuevamente se apoderó de los rojos labios, jugando, lamiendo, saboreando. Sango, indecisa, abrazó a su esposo por el cuello, y antes de darse cuenta respondía con todo su ser.

Luego de unos minutos de besos intensos e intermitentes, Miroku desató el sencillo obi que ataba la hakama de su esposa. Afortunadamente no utilizaba su traje de exterminadora debajo, así que en un santiamén pudo desprender la prenda superior. Endiosado, el monje observó por vez primera lo que sólo había podido imaginarse en sueños: el voluptuoso, sensual y bastante lascivo cuerpo de su amada mujer, que lo miraba atontada.

- Eres como una aparición… - murmuró ronco, bajando impaciente hacia el cuello para atacarlo como un poseso, a la vez que sus inquietas manos recorrían sin pudor la piel expuesta y las turgencias que, coronadas por dos rosadas puntas erectas, lo atraían irresistiblemente.

- Su Excelencia… - Miroku no sabía si era una orden, un ruego o un gemido. Escuchar su nombre en voz de su esposa en medio de las sensaciones voluptuosas que lo asaltaban era la gloria misma.

- Di mi nombre, Sango… llámame – susurraba contra la piel del cuello, que ya mostraba rastros de sus dientes. Un estremecimiento recorrió el cuerpo femenino, quejándose.

- Su Excelencia… no podemos… - con mucho trabajo, Sango pronunció unas palabras, pero no las que Miroku quería oír. ¿Lo habría escuchado mal?

- Mi nombre, Sango. Dí mi nombre… - volvió a pedir mientras su boca bajaba un poco más.

Sango comenzó a hiperventilar y por unos instantes cerró sus puños en los bíceps de Miroku, haciéndole un poco de daño, para entonces, apartar de sí al monje firmemente.

Miroku, sonrojado de emoción, miró a su esposa sin comprender.

- Lo lamento mucho, Su Excelencia, pero… no podemos… convertirnos en verdaderos esposos… aún – Miroku siguió mirando a su mujer como si de repente le hubieran salido dos cabezas.

Sonriendo, Miroku trató de entender:

- ¿De qué hablas, cariño? Pero si hoy por fin podremos disfrutar nuestra noche de bodas. Estamos solos, nadie nos interrumpirá porque no saben donde estamos… ¿por qué no podemos? – Sango, sonrojada a más no poder hacía esfuerzos por no apartar la mirada.

- Porque es imposible – Miroku continuó sonriendo, pero la pasión que lo enceguecía hacía unos instantes comenzaba a desvanecerse.

- ¿Imposible? ¡Claro que no es imposible! No hay ninguna razón para que sea imposible… - el hombre bajó sus ojos hacia el torso expuesto de su mujer, relamiéndose los labios – Tus pechos me están diciendo que no es imposible, al contrario – Sango dio un gritito y antes que el monje pudiera prever lo que venía, se vio lanzado con fuerza a un lado del futón cayendo como un saco de papas y golpeándose la cabeza contra el piso de madera. Un poco mareado, el joven se sentó y miró a su esposa, que hacía esfuerzos por volver su prenda de vestir a su lugar. – Sango… - dijo Miroku serio – no estoy para bromas. Nuestra noche de bodas se consumará hoy y no hay pero que valga –

La joven, una vez que logró vestirse nuevamente, volteó hacia su marido con un gesto de enfado en su rostro:

- Eso es lo que me molesta de usted, Su Excelencia. Nunca escucha – Miroku la observó extrañado.

- ¿Nunca escucho? – la exterminadora terminó de arreglar su hakama y cuando sólo se le podía ver el nacimiento del cuello, quedó satisfecha y se acomodó frente a su esposo, ambos arrodillados.

- Así es. Está ocurriendo exactamente lo mismo que la noche de nuestro casamiento. Esa vez también trataba de decirle algo, pero usted no me hacía caso ocupado en… otras cosas… - eso último fue dicho acompañado de un ligero rubor.

- ¿La noche que nos casamos? ¿De verdad? – Sango suspiró, exasperada.

- ¡Sí, esa noche! – Miroku trató de hacer memoria, pero lo único que recordaba era lo encantadora que se veía su mujer esa ocasión, el cabello brilloso, la figura temblorosa, los reflejos del fuego…

Y a Sango tratando de detenerlo con unos débiles intentos.

- Eeeh… creo que lo que ocurrió es que no lo hiciste con el suficiente ímpetu, cariño… - una mirada fulminante lo recorrió.

- O usted no deseaba escuchar nada, Su Excelencia… - era claro el reproche. Miroku suspiró.

- Bueno. Pero dime… ¿por qué es imposible consumar nuestro matrimonio hoy? – El rostro de Sango volvió a enrojecer.

- Porque… pues… - el monje trató de darle confianza a la chica. ¿Por qué demonios no podía hacerle el amor a su mujer? Se moría por saber.

- ¿Sí? – la animó con una sonrisa cortés, la misma que ponía cuando algo lo estaba impacientando.

- De hecho… verá… no podremos por algunos días… - la sonrisa permaneció, pero Miroku sintió claramente cómo sus músculos se ponían rígidos.

- ¿Ah no? –

- No – una pausa.

- ¿Y por qué no? – Sango tragó grueso, y mirando sus manos entrelazadas, respondió incómoda:

- ¡Porque tengo el sangrado de cada mes y sería asqueroso hacerlo en estos momentos! – Miroku se quedó momentáneamente en blanco.

- ¿Estás tratando de decirme, que hace un mes tenías ese mismo inconveniente? – Sango asintió con vigor. - ¿Y que de igual forma, no hubiéramos podido hacerlo por ese motivo? – un segundo asentimiento igual de enérgico. Miroku dejó caer los hombros, con un suspiro desde lo más profundo de su ser.

Se pasó la mano por la cara. No sabía si estaba molesto, desilusionado, desencantado o qué. Tanto esfuerzo, tanta espera, ¿para qué? Para terminar como al principio, justo en el momento que la naturaleza dictó como menos indicado para practicar la sexualidad.

Apretando los dientes, Miroku dejó caer su puño contra la madera.

- ¡Maldita sea! ¡Pero qué molestia! – gritó enfadado. Unos sollozos lo hicieron alzar el rostro. – Sango, amor, ¿qué te pasa? – preocupado, el monje se acercó a su llorosa mujercita, que hipando, dijo:

- Lo… lamento… tanto. Todo… todo es por… mi culpa – Miroku la abrazó cariñoso, el enojo disipado.

- No llores que haces que mi corazón se parta, cariño. No es culpa tuya, es parte de tu femineidad. No es para preocuparse, por supuesto que entiendo. Después de todo, no hay que esperar demasiado, ¿o sí? ¿un día, tal vez dos? -

- Una semana… - otro silencio sepulcral.

- ¿Cómo dijiste, amor? Creí haberte escuchado decir que era una semana… -

- Sí, es una semana. Comencé hoy… - Miroku miró a su esposa en shock, sin poderlo creer.

¿Es que acaso JAMÁS podría disfrutar de su noche de connubio?


Final del capítulo 2


Comentario de la autora: ¡Uf! Por fin, después de tanto tiempo conseguí terminar este fic. Lamento profundamente la demora, pero para aquellos que lo han leído y/o lo leerán, muchas gracias por su tiempo y compañía.


Review:

shadowandsesshoumaru: Como habrás podido darte cuenta en este episodio, los sufrimientos de Miroku no cesarán, por lo menos no pronto, juar juar juar. Muchas gracias por tu review.

Favorito:

CyanideSweet: Muchas gracias por anexar este fic a tu lista de historias favoritas, un halago.

Ahora sí, vámonos con la conclusión de esta historia:


Los sollozos femeninos se escuchaban en el pequeño cuarto. El fuego crepitaba amablemente, y las dos personas arrodilladas junto a él estaban demasiado sumergidos en su problema para notarlo.

El monje apartó con sus dedos las lágrimas que recorrían las mejillas de su esposa, mientras pensaba en lo dicho hacía unos momentos. No podía consumar su matrimonio, no podía disfrutar con Sango de los placeres del amor físico, no podía satisfacer ese deseo que parecía le quemaba todo por dentro…

Pero ahora en realidad nada de eso importaba. Su esposa se sentía bastante desgraciada por algo que en realidad no era su culpa, y él no iba a obligarla de ninguna manera a hacer algo que no le gustaría.

Era cuestión de esperar un poco más.

- No llores Sango querida. Por supuesto que esperaré lo que sea necesario. Una semana se va rápido, ¿no es así? ¡No hay tanto problema! – exclamó como si tal cosa, aunque por dentro estaba llorando.

- ¡Oh, Su Excelencia! ¡Lo siento tanto! – dijo Sango mientras se colgaba de su cuello y escondía su rostro en su ancho pecho. Tratando de controlar sus urgencias, Miroku le dio unos golpecitos en la espalda.

- Ya, ya. Pero sí te digo, una vez que la semana haya transcurrido, ¡no te dejaré escapar! – sentenció seguro. Sango se apartó un poco para mirarlo fijamente.

- Pero Su Excelencia, cuando fui a buscarlo el jefe de la aldea le decía algo acerca de ir a las afueras del pueblo, ¿no es así? Escuché que lo iría a buscar en una semana… - Miroku se quedó de piedra.

- Bu-bueno… el jefe dijo que serían sólo unos días. ¡Por supuesto que no hay inconveniente! ¡Regresaré antes de lo que imaginas y entonces… ! - Sango negó con la cabeza, con la preocupación pintándole el rostro. - ¿Qué pasa? – preguntó el monje, ya con temor.

- La sacerdotisa Kaede me pidió decirle que las reparaciones al templo debían comenzar cuanto antes, ya que el techo estaba en serio peligro de colapsar en cualquier momento. Dijo que en cuanto usted estuviera libre, que en este caso sería en cuanto volviera del recorrido con el jefe, tenían que viajar usted y ella a buscar al carpintero que vive atrás de las montañas, en la aldea del norte, la que se encuentra a tres días de viaje… - Miroku desfalleció en el piso, inconsolable y a punto del desmayo. - ¿Su Excelencia? ¡Su Excelencia, hábleme! ¡Su Excelencia! –

Sí, efectivamente, sólo era cuestión de esperar.

Esperar… un poco… más…


Fin de "Noche de Connubio"