Capítulo 2: La vergüenza del petirrojo

La calle estaba iluminada por las luces de los locales que prestaban servicio a todos los que como nosotros querían por un momento escapar de la realidad y despejar la mente.

Íbamos uno al lado del otro, ya que a Yuuji le daba vergüenza que lo tomaran por homosexual, aunque yo tenía ganas de llevarlo entre mis brazos.

Era tan inocente y tan tierno que cada vez que lo veía quería agarrarlo y apegarlo contra mí, para que estuviera seguro entre mis brazos por siempre.

Me estaba hablando sobre los proyectos que le habían dejado en la universidad, y me confesó con un lindo sonrojo que en el proyecto de graficar de una manera creativa lo que más quería, había hecho un collage de lirios blancos, justo como las flores que habían en el parque en el cual nos conocimos por primera vez y en el que le pedí que fuera mío.

Lo abracé por detrás y besé su cuello, sentí como la piel de Yuuji ardía; lo más probable era que estuviera avergonzado de mi amor, pero eso me daba casi igual ya que yo lo amaba con gente alrededor o sin ella.

Pude escucharlo susurrar mi nombre, con una vergüenza que me alcanzó a traspasar el corazón.

A mí nunca me había importado lo que pensaran de mí, pero el que Yuuji estuviera avergonzado de estar conmigo me hirió.

Lo solté y coloqué mis brazos atrás de mi cuello y cerré los ojos.

«Vale, ya entendí…» le dije tratando de parecer despreocupado, cuando en realidad mi pecho se comprimía y mi garganta estaba hecha un nudo.

Avancé unos pasos maquinalmente, pensando en la sonrisa de Yuuji, en sus rojos y refrescantes labios, que eran como ofrecerle a un competidor de atletismo una botella de agua de los dioses, que incluso con sólo verla se te quitaba la ansiedad de beber.

Su boca la mayoría del tiempo estaba en forma de sonrisa, pero eso era para los demás, ya que cuando yo estaba con él, dejaba de tener en su rostro una sonrisa y en su lugar tenía el más espectacular oasis lleno de agua sabor Yuuji.

"Pruébame una vez, y no querrás morir sin probarme para siempre" gritaban sus labios, los cuales acentuaban las suaves líneas de su rostro, y su perfecta y blanca piel que se asemejaba a la pura nieve que cae recién inicia el invierno.

Cuando él se sonrojaba, el mirarlo era como escuchar el hermoso canto de un petirrojo al amanecer, cantándole al alba, animándola a que ilumine el mundo.

Miré a mi pequeño petirrojo por el rabillo del ojo; tenía la mirada baja y una expresión pensativa.

Pude también ver que abría la boca en algunos momentos, como si quisiera decir algo, pero la vergüenza le ganaba.

Vergüenza.

Temor.

Incertidumbre.

Miedo.

Si tuviera que pensar en un defecto de Yuuji sería su falta de agallas y de coraje.

Eso a veces le hacía muy tierno, pero otras veces me exasperaba que él no pudiera expresarse si temer a una negativa.

"¡¡La vida es para equivocarse, Yuuji!! ¡¡Basta de ser tan tímido que de eso no sacas nada!!" había querido decirle en varias ocasiones, pero la imagen de sus hermosos ojos jade desbordados en lágrimas me detenía.

Supongo que era la única ocasión en la cual podría tener miedo.

Alguna vez le había oído decir a Sumako "Eso lo hace el uke perfecto".

Ella era la única a la cual le hablaba de todo lo que pasaba conmigo y con Yuuji, el cual había estado celoso varias veces de mi cercanía con ella.

Ja. Como si alguien pudiera arrebatarle tan fácilmente el título de propietario de mi corazón a mi lindo uke.

Me acuerdo bastante cuando le pregunté a Sumako lo que significaba uke.

Ella se había reído estruendosamente y me había dicho ''Uke es aquella persona a la que cuando ves quieres comértela a besos y nunca dejarla escapar de tus brazos''.

En aquel momento me había sonrojado porque efectivamente me había acordado de él.

Su rostro gritaba ternura y su cuerpo tenía escrito en todas partes perfección.

Y créanme, conozco su rostro y aún más su cuerpo, que si bien era del color de la nieve, también era tan suave como los pétalos de una rosa blanca.

Sumako me miraba con compasión cada vez que le hablaba de Yuuji.

Su mirada hacia mí era como la mirada de un abuelo a su nieto que acaba de llegar asombrado porque vio a una mariposa salir de su escafandra.

A veces me molestaba esa mirada.

Ella y yo habíamos sido amigos desde el instituto, donde al rechazar su confesión hacia mí diciéndole "Lo siento Sumako, pero creo que soy gay" nos habíamos vuelto más cercanos de lo que alguien podría imaginar que se volverían un atrevido escritor de novelas de erotismo y una diseñadora de modas para pasarelas de París.

Caminamos largo rato, pero ya los restaurantes estaban cerrados, los únicos locales que estaban abiertos eran los bares y las droguerías, y en las calles habían pocas personas, muchas de las cuales tenían aspectos desagradables.

«Yuuji, mejor vámonos a casa…el viaje en avión ha sido un poco agotador y no puedo estar de transeúnte a estas horas de la noche como si nada» le dije con instinto paternal, mirando con rabia a un tipo que había pasado al lado de Yuuji y le había guiñado el ojo justo después de haberlo mirado de arriba a abajo.

Odiaba a esos borrachos sin oficio que miraban todo como si fuera de su propiedad.

Le lancé una mirada que lo dejó helado, casi se largó corriendo a tropezones.

Nadie mira a Yuuji con una mirada pervertida a menos que sea yo.

Él era de MI propiedad, aunque decir eso lo molestase un poco.

Solo yo podía tocarlo, solo yo podía mirarlo, solo yo podía tenerlo como protagonista en mis sueños, solo yo podía ser el protagonista de sus sueños.

Volteó a verme, con los ojos brillosos por las lágrimas y dijo mi nombre como en un suspiro.

Se lanzó a abrazarme y se agarró de mi camisa, casi con desesperación mientras que sus labios recorrían mi cuello con suavidad pero a la vez con algo parecido a la furia.

Mientras besaba mi cuello, sus manos se escabulleron dentro de mi camisa, recorriendo mi espalda con ansiedad.

No puedo negar que al Shinsou pervertido le encantaban los ataques de desesperación de Yuuji, pero al Shinsou sensible que estaba en un pequeño rincón de mi alma le dolía verlo así.

El Shinsou sensible ganó la batalla.

Le quité ambas manos de mi espalda con gran pesar, y lo aparté de mí.

«No hagas esto cuando en realidad no quieres...así me lastimas más» le dije mirándolo fijamente a sus ojos verdes.

Rompió en llanto y me abrazó con desesperación.

Sabía que en verdad no estaba seduciéndome, sólo era un acto para no sentirse tan mal, así suene cruel decirlo de esa forma.

Entre más maquilles la verdad, cuando salga a la luz se verá horrible, incluso si al principio no era tan fea.

Acaricié su cabello y cerré los ojos, mientras le decía «Vámonos a casa...prepararé el té como tanto te gusta»

Volvió la mirada hacia mí y me regaló una sonrisa, no tan hermosa como siempre, pero seguía siendo bella.

Todos los gestos de Yuuji eran preciosos, incluso aquel que hacía cuando le mencionaba que había pasado todo el día con Sumako.

Todo él era lindo.

Lo cogí entre mis brazos y lo cargué de regreso a casa, mientras veía de reojo como Morfeo iba tomando posesión de él en aquel amanecer, tal vez el amanecer de nuestras vidas, que volvían a trinar como aquel petirrojo animando al alba y haciéndola más inigualable.


Gracias por leer ^^

En verdad aprecio mucho el que lean esto

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