Disclaimer: Togainu no chi no me pertenece, ni ninguno de sus personajes.
ADVERTENCIA*
Shiki_OOC/ Gore suave.
Capítulo 2: Viejos sentimientos.
Su mano enguantada tiró del picaporte...
La puerta cedió inmediatamente, abriéndose con lentitud; dejando al descubierto una escalera que se difuminaba en la oscuridad enigmática de una guarida de terror.
Algo no andaba bien. Yo lo sabía. Bastaba con mirar hacia adentro.
—¿Qué hay abajo?—Preguntó Shiki, pero no obtuvo respuesta.
Se dirigió hasta allí entonces, arrastrándome con él. —No pienso entrar a ese lugar. —Alegué tratando de aferrarme al marco.
La figura esbelta de él ya se distorsionaba con la penumbra a su alrededor. —Nadie te pidió que hablaras.—Su voz rebotó en las paredes y tuve que inhalar el aire largamente para contenerme ante su provocación.
En cuanto estuvimos varios escalones abajo, Kiriwar cerró la pesada puerta, dejándonos sumidos en la total oscuridad. No había otro sonido aparte de mi respiración.
Shiki levantó el brazo izquierdo y con un movimiento de su mano que no pude descifrar, encendió una vela que estaba a un lado de las escalatinas.
Pareció pensar un momento con los ojos bien abiertos hacia la calidez de la llama. Su cara fue el lienzo de varias figuras que se dibujaron en contraste con la luz y las sombras.
Al no entender qué acababa de hacer, ni cómo, entré en la más odiosa de las contradicciones: Ese diablo que parecía estar hecho exclusivamente para dañar había creado algo hermoso con un solo chasqueo de sus dedos.
—¿Ves?— Susurró al percatarse de mi desconcierto. —Hago magia también.
Cruzamos el pasillo. Él continuó moviéndose por ahí sin problemas mientras yo esquivaba objetos todo el tiempo, intentando no caer y matarme.
Aquello para Shiki era una molestia, por lo que tiraba de mi como si fuera un costal —¡Camina más rápido! — Me ordenaba sin ninguna consideración.
Me entró una ira descomunal al oírlo. Intenté atercarlo pero en el proceso se me enredó el pie en quién sabe dónde y me resbalé golpeándome la cara contra un ladrillo de mierda.
Shiki me miraba sin expresión en lo que varios objetos de las paredes caían encima de mi cabeza.
—¿Qué tan idiota puedes ser? —Maldijo, empleando un tono de voz emblemático. Dirigió sus ojos a otro lugar, y con los dedos alcanzó el último cuadro de la pared para tumbarlo y hacer que me golpeara. —Te faltó uno.
XXXXX
Nos dispusimos a recorrer las habitaciones una vez más, sintiendo como la paciencia nos abandonaba con cada minuto desperdiciado. Caminamos en sepulcral silencio. Si nuestros pasos no coincidían… ¿lo harían nuestros pensamientos?
Shiki se detuvo.
—¿Qué pasa? —Pregunté. Él solo evadió el comentario manoteando el aire con soberbia. Dispuesto a continuar, pero luego trastabillando unos pasos más adelante.
El desasosiego volvió a invadirle y yo volví a sentirme nervioso.
Permanecí atento al movimiento de sus labios cuando articularon palabra. —Alguien viene. —Soltó como si nada.
—¿Qué? —Exclamé más fuerte de lo que hubiera deseado. Luego comencé a desesperarme viéndolo allí de pie sin hacer nada cuando pude oír el sonido de las pisadas también.
Sentí que las paredes del salón comenzarían a ceder y no pude menos que echar a correr hasta que, claro, un dolor agudo en la muñeca me lo impidió.
Dirigí una mirada atrás en busca de una explicación, pero solo hallé a Shiki con el brazo en la misma posición que el mío. Levantado, formando un ángulo de 90 grados con su cintura.
¿Tan antónimos éramos? Habíamos ido en la dirección contraria al otro…
Ahora nuestros cuerpos tenían la postura de unos danzantes que se separan violentamente sin poder soltarse de las manos.
—¡Por ahí no! —Refunfuñé tirando de él sin lograr que se moviera un solo milímetro. —¿Eres tonto? Está oscuro de ése lado y no podremos ver nada.
Shiki frunció en ceño. Debí saber que mis palabras descuidadas lo irritarían.
Recogió su brazo para arrastrarme. Yo seguía indignado —¿Por qué tiene que ser siempre a tu manera? Deberías aprender a escuch… aahrrg.
Me estrellé contra un muro, o eso creí hasta que él habló para pedir que me callara, entonces comprendí que era su espalda de piedra lo que me había recibido.
Algo estalló en mi hombro derecho, algo parecido a una palmadita. Intenté girarme pero la vista quedaba interrumpida por una espesa negrura.
—¿Me tocaste el hombro a propósito? –Quise saber.
—¿Tú me estás abrazando a propósito?
—No te estoy abrazando.
—Pues yo no te he tocado.
—¡Hablo en serio!
—Yo también. —Shiki estaba resentido. —Además de que no puedo, ¿para qué querría yo tocarte?
Era innegable, anatómicamente, imposible que se moviera sin que me diera cuenta. Sacudí la cabeza, pues empecé a especular cosas. Atrás solo veía una combinación de siluetas que no alcanzaba a distinguir.
Me acordé de una vieja frase, 'no puedo ver ni la palma de mi mano', emularla en ese instante no fue de lo más inteligente. Los dedos tocaron algo suave que se había plantado frente a mí.
Perdiendo momentáneamente el habla me volví alarmado, muerto de miedo. Intenté advertir a Shiki pero solo logré atragantarme.
Me iba a poner a lloriquear, y entonces…
—¿De qué nos escondemos? —Murmuraron. Yo pegué el peor grito de la vida, ¡era el diablo! Y con mi alarido acababa de asustarlo también a él. Se puso a gritar y el único que pareció mantenerse en sus cabales fue Shiki que luchaba por darse la vuelta.
—¿Son imbéciles? —Espetó furioso. —¿hacen eso cada vez que se ven? ¡Con un demonio, dame eso!
No entendí a qué se refería Shiki hasta que me colocaron la luz de una linterna en la cara. Yo había resbalado hasta el piso.
—Hay alguien allí. –Estaba encandilado, convencido de que no estaba loco —Hay alguien…
—Por favor dime que estás bien.
Tuve otro escalofrío al ver una mano tenderse amablemente en mi ayuda. Shiki permanecía a mi lado sosteniendo la linterna.
Ahora que veía al causante de mi casi infarto, me daba cuenta de lo idiota que había sido.
—¡KEISUKE! — Exhalé en un brinco. —¿Qué estás haciendo aquí?
Mi amigo intentó poner orden a su cabeza. Tal vez buscaba las palabras correctas para explicar su presencia, pero incluso antes de empezar a plantear las ideas, nos encontramos siendo arrojados a un armario por obra y gracia de Shiki.
—¿Qué mierda te pasa? — Traté de revirar, oponiendo resistencia, pero el de pelo negro continuó empujándonos a mí y Keisuke como si quisiera meter una vaca en una maleta. Azotó la puerta del armario en el mismo momento en que se abría la del cuarto.
...Y tuve que tragarme todas mis palabras. Arbitro acababa de aparecer con el chico perro.
Creo que lo besó un rato aunque no pude saberlo con seguridad.
Los extraños quejidos del perro me sacaron de casillas, me entró la curiosidad, y en serio me iba a morir si no lo sabía pronto. Abrí la boca para preguntar, pero Keisuke se me adelantó.
—¿Por qué el hombrecito no habla?
Shiki nos miró a ambos con aire grave. —Porque Arbitro le arrancó la lengua.
Pareció deleitarse con la reacción que obtuvo de nosotros y satisfecho volvió a su lugar.
Era como un abuelo malvado que cuenta historias de terror a sus nietecitos, los mata de miedo y luego emula el cuento para terminarlos de matar.
...Lo último no fue necesario. El chico perro le ahorró el trabajo aunque terminara por aterrorizarlo a él también.
—¿Qué pasa Kau? —Dijo Árbitro. Shiki se retorció por el tono de voz empleado, mientras que Keisuke me apretó del brazo. —¿El armario? —Todos saltamos alarmados.—¿Qué hay con el armario?
Advertí que Shiki retrocedía, aplastándonos con su espalda nada modesta. Ninguno se atrevió a hablar. Yo porque Arbitro me causaba temor, Shiki porque le avergonzaba no poder deshacerse de las esposas y Keisuke porque no entendía nada de lo que estaba pasando.
Pudimos sentir el suspenso, la adrenalina acumularse en nuestras venas apretadas. Las puertas estaban siendo forzadas. Era el fin.
O tal vez… no.
Por el rabillo del ojo vi a mi amigo escurrirse por una especie de pasaje estrecho en la esquina del habitáculo. Me hizo señas de que lo siguiera y no tuve tiempo ni de pensarlo… Shiki me empujo con brutalidad para apurarme.
Cuando el armario se abrió pudimos ver la sombra de Kau olfatear los alrededores, sus piernas flacas, su cuerpo lúgubre. Fue un momento en el que por poco escupimos nuestros corazones.
—¿Lo ves? no hay nada… —Anunció Arbitro. Los tres respiramos aliviados. —Espera un momento. —Inconscientemente me aferré nervioso a Shiki, como si la negrura de su camiseta fuera capaz de consumirme y hacerme desaparecer. Veía por encima de su hombro, asomándome ligeramente y la mano que tenía atada comenzó a dolerme. Atrás Keisuke a duras penas respiraba. Tensión.
—¡Ah! —Arbitro lanzó un gritito femenino que hizo sobresaltar al más fuerte. Era evidente que estaba sufriendo. Lo odiaba tanto, su femineidad, su extravagancia…
—¡Mira Kau! —Se vio la mano de Árbitro alcanzar algo así como un cinto de púas con una serie de ligueros de cuero atados, del suelo. —Creí que lo había perdido para siempre, ¡es maravilloso!
Se escuchó el sonido de un beso y la puerta cerrarse. La oscuridad volvió a llenar el recinto y Shiki y yo nos jorobamos aliviados.
Pero algo andaba mal. Detrás de mí, todo se hallaba excesivamente tranquilo. El pecho de Keisuke que tenía apretado contra mi espalda no bajaba ni subía. Preocupado, me volví hacia él.
La inocencia y serenidad que le caracterizaban se habían esfumado. Era como si hubiera hallado la manera de mantenerse tan quieto como una estatua de mármol. En su rostro apacible, se dibujaba una mueca de horror. Los ojos tan abiertos como platos hacia el techo.
— Qu… —Estuve a punto de indagar sobre su reciente estado pero me interrumpí cuando levantó el dedo tembloroso, señalando arriba, la esquina que unía la pared y el techo.
De allí, en un largo agujero parecido a una zanja, colgaba la cabeza de un hombre con los brazos extendidos a los lados, los dedos agarrotados a causa del dolor y la lengua cayéndosele a pedazos por la comisura de los labios. No tenía ojos, en su lugar, se situaban dos agujeros negros de los que escurría sangre repugnante.
Shiki se había quedado petrificado mirándome, miró mi cabeza y entonces entendí el gesto… ¡El muerto también tenía el cabello gris!
XXXXX
Detallábamos el cadáver con tanta determinación, que cuando éste se deslizó un poco hacia abajo, nos azotamos contra la pared del susto.
Las piernas me flaquearon y sentí deseos de vomitar.
— Dejen de jugar —Dijo Shiki— Aun sigue en pie lo de cortarte la mano.
No dije nada pero sí que pensé muchas cosas. La realidad era que prefería vivir manco a tener que soportar la idea de que un muerto me cayera encima.
Shiki se situó delante de mí, y apartando algunas cosas, logró hacer suficiente espacio como para que nos sentáramos. Había aliviado sin querer mi claustrofobia, la idea de morir asfixiado.
Por algunos instantes permanecimos sin hacer nada, no era como si pudiéramos hacer mucho de todas formas.
Nada podía estar peor, maldije, evocando a todos los demonios del infortunio.
Unos gemidos llegaron desde fuera. —¿Y ahora qué?— Pensé con amargura.
Keisuke arrugó el ceño —¿Qué es eso? — Farfulló.
Ahh…
¿Un suspiro?
Luego otro. Y por último una melosa palabra. Me había puesto a temblar. No éramos unos pervertidos, era real. Se trataba de los sonidos del sexo.
Me sonrojé cuando mis ojos fueron a parar en los de Shiki. Recordé sus insinuaciones, su brutalidad, sus manos sobre mí, apresándome y liberándome al tiempo.
Comencé a excitarme con los gemidos de afuera. —¡Ahora no! —Me dije. No fuera a ser que me corriera delante de Keisuke. Pero por más que intentaba detener mi hiperactiva imaginación, las imágenes me pasaban como flashes delante de los ojos. En una de esas, Shiki me susurraba —No te preocupes… tú gritas más bonito.
Al fondo, mi amigo se puso en cuclillas agarrándose la cabeza, incapaz de ignorar el cadáver encima de nosotros.
Pronto, también resbalé hasta sentarme, Shiki me imitó con indulgencia. De alguna forma había logrado contenerme, aunque aún algo alterado e incómodamente caliente, con el muerto mirándonos desde arriba como un Dios.
Tenía mucho sueño además.
Puse el codo en mi rodilla y clavé la barbilla en la mano. Cabeceaba aletargado por lo que no pude ver la maliciosa sonrisa que se estiró en sus labios. Shiki movió su propia mano derecha para jalar la mía y hacer que la cabeza se me sacudiera con violencia.
Lo miré enojado por unos segundos. Luego decidí olvidar el asunto y volví a apoyar la frente en la mano.
Él volvió a ejecutar su travesura.
¿Cuál era su problema? Hubiera querido preguntarle. Esta vez me quedé acuchillándolo mentalmente hasta que tuvo que indagar al respecto. —¿Qué?
Desvié la mirada. —Nada.
Pude notar que Shiki se inquietaba y no me quitaba los ojos de encima. —¿Qué? — emulé su pregunta.
—Nada.— Remedó mi respuesta. Se acomodó mejor entre las cajas que estaba recostado. —¿Ése es tu novio?
Lo miré desconcertado. —¿Keisuke?
—Como se llame.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Parece preocuparse mucho por ti.
—Pues sí. Es lo que hacen los amigos.
—¿Qué diablos sé yo de los amigos?
Keisuke se removió a mi lado. Estaba demasiado cerca y no pude contener las ganas de acariciarle el rostro. —Al principio era molesto...— continué. —Pero después te acostumbras. De alguna forma aprendes a valorar lo que la gente hace por ti.
Shiki rezongó. —Deberíamos callarnos… antes de que ése necrófilo nos escuche y venga a embalsamarnos.
Me reí. Había sido él quien había iniciado la conversación, pero tan pronto mencioné a Keisuke, se había tornado arisco. —Está bien. Buenas noches… tardes… días ¿qué hora es? Ah… qué importa.
Recargué nuevamente la frente en mis rodillas, y estuve a punto de patear a ese hombre cuando volvió a tirar de mi muñeca, pero no pude.
Esta vez no se trataba de una maldad por parte suya. Me jalaba para indicarme que me moviera.
Miré su cara.
A pesar de ser un tipo malvado, no era para nada repugnante. Por el contrario era sumamente atractivo y jodedor.
—Ven…
Parpadeé perplejo.
¿Quería que me le acercara? Fue como una patada en el estómago, ¿debía responder? Me estaba sofocando.
—¿Qué quieres?
—Qué vengas.
—Pero Keisuke se morirá del frío si me quito.
—¿Y?
Ah, sus celos. Me acomodé para dormir e ignorarlo, ocultando mi sonrisa pero sin poder evitar soltar un último murmullo de despedida. —Tú… me quieres mucho.
Saruki Hiro (L)
