Cuando por fin se dio la vuelta, me sonrió.
Yo le devolví la sonrisa sin saber muy bien por qué. Entonces, él se me quedó mirando como un pasmarote. Yo me quedé callada y él volvió a sonreír.
-Luffy tenía razón.-dijo.

Antes de que me diera tiempo a preguntar, entró en el camarote.
-Sí señor… llevaba días en esa barquichuela. Esto sí es viajar en primera clase.
De pronto un extraño sonido nos sobresaltó. Era un caracolófono.
-Vaya, una llamada…-dice Ace.
-¡No lo cojas! ¡Nos descubrirán!
Pero Ace me mira sonriente y lo coge igual.
-¿SÍ?-dice poniendo voz muy grave.-Aquí los palurdos de la marina.
Desde la otra línea se oye un murmullo y cuelgan.
Pasamos al lado de una batea.
-Ace, dejemos el caracolófono aquí. A lo mejor tienen una especie de radar y nos encuentran.
Por una vez me hace caso.
-¿Vamos a la cocina? Me muero de hambre, ¿y tú?

Dicho esto me coge de la mano y me lleva hasta la cocina. Comemos juntos. Dormimos. Nos despertamos. Desayunamos.

Hablamos como si nada, pero él no llega a explicarme cómo he llegado aquí. La verdad es que cada vez me importa menos. Me llevo muy bien con él y estoy empezando a tenerle cariño.

Nos reímos muchísimo juntos. Se ríe de mí porque no sé cocinar absolutamente nada y yo me río de él porque no sabe dibujar ni una casa.

Pasa un mes, y otro. Y es mi mejor amigo. Dormimos juntos, en la misma cama. Pero como si fuéramos hermanos.
Me defiende de otros piratas, visitamos aldeas. Pasan más y más meses.

Una noche estoy en la cocina, calentando dos tazones de té. Los llevo con mucho cuidado a cubierta. Ace está sentado, apoyado en una pared mirando las estrellas. Me mira y ve que apenas puedo caminar con los dos tazones llenos y ardiendo, y se levanta corriendo a ayudarme. Yo los cogía por el asa, pero estaban muy llenos y apenas podía con ellos, debido a que tengo menos fuerza que un colibrí. Sin embargo, él los coge por debajo como si nada. Tiene el poder del fuego, una simple taza hirviendo no le hace nada.

-Gracias.-le digo.
Nos sentamos y él me acerca una pequeña caja de madera para que apoye mi taza.

Después nos quedamos mirando las estrellas sin intercambiar palabra.

-Ace, tienes que entrenarme. No tengo fuerza, y siempre tienes que defenderme tú.

Él no me mira, pero ríe.

-No te preocupes por eso.

-No, de verdad. ¿Me entrenarás? Va, porfa…
Él se pone serio.

-No creo que eso sea… posible.
Abandono las estrellas y le miro. Su tono de voz me asusta.
-¿Por qué no?
Él continúa mirando al cielo.
-Porque mañana… llegaremos a la isla.
-¿Qué isla?
Él se queda en silencio.
-¿Qué isla, Ace?
Él suspira.
-Tengo que seguir buscando a Barbanegra.
-¿Y no es lo que estamos haciendo ahora?

Entonces se vuelve y me mira directamente a los ojos. No me gusta esa mirada. Es como si tuviera… miedo.
-Tengo que seguir buscándole… solo.

El mar está tranquilo y a una temperatura congelante, como siempre. La luna refleja nuestros rostros. El suyo firme y el mío atemorizado. Ninguno de los dos dice nada en los siguientes 20 segundos.