No fue aquella la primera vez que se besaron. Sin embargo, algo tuvo de diferente. Lo supieron enseguida pero se trataba de ellos dos y, por eso, no importaba.
La primera vez tampoco importó. En realidad, nada había importado nunca.
Capítulo 2. Fraternidad
Aix-en-Provence, 1821
La primera vez eran muy jóvenes, casi unos niños. También eran imprudentes y estúpidos. Sobre todo Courfeyrac.
Monsieur Lefebvre solía recordárselo a golpe de vara.
El profesor Lefebvre era una de esas mentes brillantes que han acabado sepultadas bajo las piedras de los años y de la juventud imposible. La pasión por lo que hacía había brillado en él muy brevemente. Para cuando Courfeyrac cayó en sus manos (y él en sus garras), ya era un hombre mayor, calvo como la luna, que padecía de una pronunciada cojera sobre cuyo origen a los chicos les gustaba especular. Lo único que había mejorado en él con el paso de años era su manejo de la vara.
Aquel era el único sonido que se oía, a intervalos demasiado cortos, en el aula desierta. La luz del atardecer era roja tras las altas ventanas de cristales cuartelados cuyos travesaños arrojaban sombras largas sobre los pupitres vacíos, perfectamente alineados.
Con cada golpe, Courfeyrac entornaba los ojos llorosos y se encogía un poco sobre sí mismo pero, apenas remitía lo peor, le volvía la sonrisa a las comisuras de los labios. Ya se ha dicho antes que era imprudente y estúpido, pero no tanto como para no saber que el profesor no iba a parar hasta borrarle la sonrisa de la cara. Pese a todo, Courfeyrac mantuvo las manos extendidas al frente, firmes y furiosamente rojas, y no las bajó ni una sola vez. Poseía la clase de coraje desafiante que no se quiebra a base de golpes porque se alimenta precisamente de ellos.
Combeferre había contado veintisiete cuando se apartó de la puerta abierta y se recostó en la pared del corredor en penumbra. Desde allí siguió contando.
•••
―Cuarenta y dos ―presumió Courfeyrac más tarde cuando los dos estuvieron sentados en su litera. Tenía las manos extendidas como antes pero ahora era Combeferre quien se ocupaba de ellas.
En realidad habían sido cuarenta y cuatro, pero Combeferre no se lo dijo. Advirtió la tensión en las cejas del otro muchacho cuando le hizo cerrar una mano sobre la gasa empapada en aceite de almendras, pero Courfeyrac se negó obstinadamente a quejarse.
Combeferre suspiró. No sabía si quería saberlo pero...
―¿Qué has hecho, Henri?
―Un chiste malo.
Combeferre arqueó una ceja sin mirarlo.
―Varios... chistes malos.
―Ya veo.
―¿Quieres saber sobre qué?
―No.
―Eran sobre nudos.
―Acabo de decir...
―Lefebvre dijo que el Orient podía alcanzar los diez nudos. Yo dije que eso era cojonudo.
Combeferre cerró los ojos como si aquello le hubiera dolido.
―Es Lefebvre, ya sabes: melenudo, cornudo... ―Lo detestaba.
―Henri, eso es cruel.
―Si no le gustaba la crueldad, que no la hubiera inventado.
―E infantil.
―¿Sí? Entonces, ¿de qué te ríes?
―No me he reído.
―Lo estás haciendo ahora.
Combeferre negó con la cabeza y trató de endurecer su rostro mientras comenzaba a vendarle cuidadosamente la mano.
―No ha estado bien, pero reconozco que el castigo ha sido...
―¿Injusto?
―Desproporcionado.
―¿Rebelándote contra la autoridad, quasi-autoridad?
―Expresando una opinión.
―¿Y no es lo mismo?
―A veces.
Courfeyrac se quedó un rato en silencio mientras él comenzaba con la otra mano.
Combeferre tenía a su cargo a los ocho muchachos de aquel dormitorio y era raro el día que no tenía que ocuparse de manos en carne viva, narices sangrando, labios rotos e incluso de primeras borracheras en mitad de la madrugada después de que alguno lograra asaltar con éxito la bodega o se escapara a la ciudad. Pero, de todos ellos, Courfeyrac era el único que le demostraba aquella absoluta confianza: cuarenta y cuatro golpes de vara y no había la menor rigidez en sus manos, que yacían laxas entre las suyas a pesar de que Combeferre no siempre conseguía no hacerle daño. La mayoría del tiempo, Courfeyrac ni siquiera miraba lo que hacía.
―Étienne... ―murmuró pensativo―, si yo hiciera algo que estuviera prohibido, ¿me denunciarías?
―Es mi responsabilidad.
―Sí, pero ¿me denunciarías?
Combeferre levantó la vista para encontrar sus ojos verdes fijos en los suyos. Algo que vio le dijo que desconfiara.
―Depende.
Así que era como lanzar una moneda al aire: una apuesta del cincuenta por ciento. A Courfeyrac debió parecerle suficiente porque la lanzó. Se movió sobre la cama y se le acercó mucho, demasiado.
―¿Qué haces?
―Te voy a dar un beso ―lo informó muy tranquilo.
―¿Qu...?
Courfeyrac lo hizo. Lo besó de verdad y directamente en los labios, sin tentativas ni timidez, aunque fue tan rápido que, para cuando Combeferre pudo reaccionar, ya se había acabado.
―Si se lo dices a alguien, diré que has sido tú ―le advirtió Courfeyrac. No es apostar si sabes que vas a ganar―. Y, como eres el mayor, me creerán.
La mandíbula de Combeferre cayó hasta el suelo. No podía hablar en serio. ¿Hablaba en serio?
Courfeyrac, que con toda naturalidad le había tendido la mano para que terminara de vendársela, la retiró al ver lo rígido que él estaba y lo miró un poco descorazonado.
―¿No te ha gustado?
―No, no... Es decir, sí... ¡No! No es... ¿Qué?
Courfeyrac sonrió. Si el diablo naciera en la tierra y caminara entre los hombres, escogería para sí mismo aquella sonrisa.
―¿Quieres probar otra vez?
Courfeyrac besaba igual que sonreía: con los labios... y con los dientes. Eran entonces jóvenes y estúpidos, y las cosas se les fueron de las manos.
Literalmente.
Courfeyrac tenía sus manos vendadas y doloridas. Courfeyrac... había oído campanas en alguna parte y tenía imaginación, curiosidad científica y curiosidad felina. También poseía una generosidad aprendida, un talento natural, unos labios suaves y llenos, una boca cálida... Jesucristo. Combeferre casi se desmayó.
•••
Más tarde, durante la cena, Combeferre pensó que se iba a morir. No era capaz de levantar la vista de su plato; se sentía como si tuviera escrito en la cara lo que habían hecho. De hecho, lo tenía: le ardían las mejillas y estaba rojo hasta las orejas. Parecía un tomate con escarlatina severa.
De haberse tratado de cualquier otro, algún tutor lo habría visto desde el otro extremo del comedor y lo habría sacado de allí de una oreja declarado culpable; culpable de qué, ya lo averiguarían después. Pero se trataba de él, el sensato y responsable Combeferre, el chico tan "maduro para su edad", y nadie se fijó en él. Combeferre aprendió aquel día una cosa... Es decir, otra cosa: las personas sólo ven lo que esperan ver.
Una sola vez se atrevió a mirar en la dirección de Courfeyrac. Lo vio riéndose sentado a la mesa de los chicos de su edad. Estaba alegre, casi risueño y absolutamente tranquilo. Le había dicho que ya había hecho aquellas cosas antes pero estaba mintiendo. Cuando sus ojos verdes se alzaron directamente hacia él, Combeferre apartó la mirada y supo que él estaba sonriendo. Se comportaba como un crío. Era un crío. ¿Pero en qué estaba pensando? Se suponía que era responsable de él; se suponía que él debía evitar que pasaran esa clase de cosas. Si los llegan a descubrir...
Pero, en realidad, Combeferre no era ni dos años mayor que él. Y, en realidad, sabía exactamente en qué estaba pensando. Para sentirse tan culpable, durmió aquella noche más profundamente que en toda su vida.
Nunca volvieron a hablar de ello. Había sido irrelevante, un arrebato adolescente mezcla de urgencia y curiosidad insatisfechas, cosas que pasan. Nada tenía que cambiar entre ellos. Y nada cambió.
El muchacho de los rizos rubios que se sentaba entonces junto a Courfeyrac solía comer poco, despacio y en silencio. Participaba poco o nada de las conversaciones insustanciales de los otros chicos, aunque de vez en cuando miraba a Courfeyrac y sonreía.
Y pensar que los había conocido intentando separarlos. La vida tiene sus ironías.
Aix-en-Provence, 1813
Al principio, Courfeyrac no se estaba burlando de él: era que realmente lo había tomado por una niña. Enjolras intentó explicarle que no lo era. Cuando Courfeyrac no lo creyó y se agotó la vía diplomática, Enjolras le dio un puñetazo en la cara.
Courfeyrac decidió en ese momento que sí, que debía ser un niño... pero sólo porque a él le habían enseñado que estaba mal pegar a las mujeres.
Un minuto después, los dos estaban rodando por el suelo en medio de un círculo de agudos vítores sanguinarios.
Combeferre fue la víctima inocente de todas las guerras. Intentó separarlos y se llevó un codazo perdido, nunca supo de cuál de los dos. Cuando el tutor intervino, contó tres narices sangrando y las mandó a las tres, y a los tres "zopencos" a las que estaban pegadas, de cabeza al aula sin ventanas en la que estuvieron castigados hasta la hora de acostarse.
Los dos pequeños caminaban enfurruñados mientras los conducían a su "prisión", protestando y lazándose patadas, pero eso no les impidió insistir en que su compañero había sido acusado injustamente. Combeferre, que no quería hablarles porque eran unos mocosos y por su culpa estaba en un lío y le dolía la nariz, no fue capaz de ignorar su elevado sentido de la justicia. Enjolras le dijo que era un "mártir". Courfeyrac le preguntó si él también pensaba que era una niña.
A Courfeyrac le pareció muy ocurrente rebautizar a Enjolras, que se llamaba de nombre Julien, como Juliette, pero apenas tuvo ocasión de llamarlo así porque en el liceo todos debían interpelarse por el apellido. A los diez años, Enjolras decidió por su cuenta empezar a llamarlos por su nombre, pero sólo a ellos dos. Aquello dejó pensativo a Courfeyrac: estaba asombrado de la importancia de los nombres. Debió pensar en ello durante mucho tiempo porque, algunos años después, sacó sus propias conclusiones y dejó de firmar con su partícula.
Cada uno a su manera, habían sido tres niños de ojos profundos, de largas miradas, de palabras importantes, más grandes que ellos mismos.
Aix-en-Provence, 1821
Se habían separado creyéndose ya hombres, pero eran niños todavía.
Enjolras fue el primero en marcharse. Acababa de cumplir catorce años.
Pocos días después de su desliz con Courfeyrac, un muchacho fue a buscar a Combeferre con recado de monsieur de Vigny, que era el director del liceo. Cuando Combeferre llegó al dormitorio de los chicos que tenía a su cargo, encontró a Enjolras con el director a un lado y monsieur Lefebvre, el de la vara, al otro. Dos criados lo estaban poniendo todo patas arriba.
Combeferre recordaba la mirada que había en aquellos ojos tan azules, su arrojo casi insolente y la complicidad silenciosa que brillaba al fondo.
Por lo visto, una lectura sobre la Declaración de los Derechos de Dios de Louis de Bonald le había inspirado a Enjolras una redacción despiadada contra la Iglesia y todos sus ministros. Había llegado a leerla en voz alta hasta la mitad antes de que monsieur Lefebvre se la arrancara de las manos para encontrarse con que, para colmo del horror, la había firmado nada menos que como Antoine Organt. Enjolras se había negado a retractarse "puesto que la libre comunicación de los pensamientos y opiniones es uno de los más valiosos derechos del hombre" y así llegó a donde quería llegar desde el principio.
Pero, en vez de detenerse ahí, y no contento con haber puesto en pie de guerra a toda la clase, el muchacho se había lanzado, en palabras de monsieur Lefebvre, "a escupir veneno revolucionario" sobre el derecho natural a la resistencia a la opresión hasta que el tutor, como no conseguía que se callara, perdió los nervios y lo abofeteó en pleno rostro.
La opresión de facto tuvo como resultado que Enjolras lo llamó "verdet" y "enemigo del pueblo". El viejo tutor todavía estaba pálido.
No encontraron ningún libro o, por lo menos, ninguno que estuviera prohibido, pero a Enjolras lo interrogaron toda la tarde. Querían saber de dónde le venían aquellas ideas y, sospechando de la familia, mandaron carta a su padre, que culpó a su vez al liceo al que calificó de "nido de gorros rojos". Así reaccionaba el tercer estamento que quería escalar al primero.
Monsieur Enjolras se marchó del liceo llevándose a su hijo con él. Combeferre y Courfeyrac lo vieron partir desde la ventana. No los habían dejado despedirse.
Al día siguiente, Courfeyrac instigó un pequeño motín que acabó a golpe de vara y con otra carta en el correo, pero su padre dijo que eran cosas de la edad y aprovechó la visita para llevárselos a los dos a cenar. Los dejó beber vino, a Combeferre una copa de coñac, y los enseñó a fumar en pipa.
En cuanto a Combeferre, se mantuvo firme cuando le preguntaron.
―Se nos dijo que estábamos aquí para aprender a pensar. Pues bien, algunos lo han hecho.
En el fondo, estaba un poco resentido con Enjolras por no haber sido más templado y por haberse inmolado inútilmente sin pensar en las consecuencias. Se había llevado la peor parte, pero ellos habían perdido un amigo. Sobre todo, le dolía ver a Courfeyrac tan triste.
Enjolras no volvió a ingresar en ningún liceo, y continuó sus estudios en su casa con los tutores que su padre eligió para él. Resultó que monsieur Enjolras hizo sin saberlo alguna pésima elección y su hijo, preso político en su propia casa, leyó desde entonces lo que le dio la gana. El tutor en cuestión se trasladó años después a París y se convirtió en editor de otro brote ilegal del periódico Le Père Duchesne. Para cuando monsieur Enjolras se enteró y montó en cólera, su único hijo ya había volado del nido con alas de águila.
Durante mucho tiempo, ni Combeferre ni Courfeyrac lo volvieron a ver. De sus tres familias, sólo la de Courfeyrac hizo algunos intentos de concertar una visita, intentos que cayeron en el más cortés de los fracasos. Se escribieron cartas que Enjolras recibía abiertas o no recibía.
Marsella, 1823
Pasaron dos años hasta que los tres se reunieron.
El día que comenzaba la rebelión de los esclavos de Demerara, dos chicos escalaron el muro del jardín de una de las casas de La Joliette de Marsella y tiraron piedras a una ventana. Para entonces, Courfeyrac ya tenía cierta experiencia en semejantes aventuras y no los descubrieron.
Cuando Enjolras les preguntó asombrado cómo habían entrado, le dijo Courfeyrac:
―Juliette, "con las alas del amor salté la tapia, pues para el amor no hay barrera de piedra".
Enjolras estuvo a punto de cerrarle la ventana.
Le llevaron una copia del dichoso Organt que les había costado un año conseguir. Enjolras conservó siempre aquel libro, y a menudo lo tenía en su mesa de noche, gastado por el uso y con las tapas cuidadosamente reparadas.
•••
Poco después les llegó el turno a ellos dos.
Se despidieron el mismo día que Combeferre se graduaba, con un abrazo que quería durar para siempre.
―Mi hermano habla maravillas de Londres, así que será un sitio horrible ―le dijo Courfeyrac contra su hombro; sería alto, pero todavía tenía que crecer―. Me alegro, así volverás antes.
Combeferre sonrió. Aun lo tenía entre sus brazos y ya se sentía solo. Se preguntó, respirando su calor y su olor, si sería tan fácil sonreír cuando él ya no estuviera.
Resultó que no.
―Yo también te voy a extrañar.
Courfeyrac quiso regalarle su reloj, pero Combeferre no podía aceptarlo.
Lo encontró en su abrigo de camino a Calais, cuando empezó a hacer frío y se metió las manos en los bolsillos.
París, 1825
Mil quinientas treinta y seis vueltas de aquel reloj después, Combeferre regresó a Francia. Pero no fue a Marsella sino directamente a París.
Para entonces, Courfeyrac estaba en Alejandría, donde su padre había trasladado temporalmente su residencia para gestionar un negocio con el gobierno egipcio. En sus cartas se maravillaba de las mujeres; decía que eran las más bellas del mundo.
Las cartas que Enjolras había escrito habían sido escasas y redactadas con frialdad. Combeferre sabía que su corazón no estaba en aquellas palabras aunque, a veces, lograba decir entre líneas lo que no podía decir libremente. Pero el afecto, como la inteligencia o el talento, también pasa hambre y, si bien no muere, se encoge y se seca si no se lo alimenta.
Por eso, a Combeferre le costó contener las lágrimas cuando, a falta de dos meses para dejar Londres, recibió aquella carta:
"Estoy feliz, mi querido hermano" le decía Enjolras. Le escribía libre y sinceramente por primera vez en cuatro años.
La carta llevaba el sello de correos de un pueblo diminuto que sólo aparecía en el mapa porque estaba en la ruta de la diligencia, y que sólo por eso tenía oficina de correos. Se despedía diciendo:
"Tu amigo y tu hermano. Julien". Sin apellido. "P.D. No me es posible darte mis señas. Cuando vengas a París, hablaremos más. Cuento las horas. Se te abraza aquí".
Era el año 1825. El duque de Artois acababa de ser coronado rey de Francia por la gracia de DiosyEnjolras no pudo seguir viendo cómo en la Francia de los lises se pisoteaba cuanto había brotado en 1789. Una mañana había salido de su casa, había subido a la diligencia y se había ido a París. Iba a derribar el gobierno.
Combeferre llegó a París apenas tres semanas después, el tiempo que le llevó poner en dudoso orden sus asuntos en Londres y realizar el viaje.
Cerca de ochocientas mil almas vivían en París en aquel tiempo. Combeferre no tenía idea de cómo haría para encontrar a su amigo, pero la cuestión se resolvió sola en cuanto puso pie en el estribo de la diligencia.
Era mediodía de un día gélido en París, aunque el cielo era de un azul limpio y brillante y lucía el sol. Enjolras llevaba un abrigo negro y la cabeza descubierta, y el cabello mal recogido en la nuca le caía en bucles rubísimos sobre los hombros. No había en la ajetreada estación una mirada que no naufragara en su presencia irreal. Su belleza robaba el aliento.
Combeferre no podría describir la alegría que sintió al verlo allí, ni olvidaría jamás cómo Enjolras se le echó a los brazos sin una palabra. Aunque no lo incomodaba el contacto físico, Enjolras no era propenso a aquellas efusiones bruscas y emotivas; ninguno de los dos lo era. Y, sin embargo, mientras la vida de la estación ocurría frenéticamente a su alrededor, ambos perdieron la noción del tiempo en brazos del otro.
―¿Estás bien? ―fue lo primero que Combeferre le dijo.
Lo sostuvo por los hombros para verlo bien y supo que Enjolras se burlaba un poco de su preocupación, pero sobre todo lo miraba con gratitud e indescriptible afecto. Estaba un poco delgado, pero sus mejillas lucían rosadas y saludables contra la palidez de alabastro de su piel. París no lo había tratado mal, y Combeferre, habiéndose figurado lo peor, respiró tranquilo. Después de todo, parecía que eran ridículas sus preocupaciones.
Salvo porque no lo eran.
Enjolras sehabía ido de Marsella con lo puesto, nada más que con el dinero para hacer el viaje y un libro del que no quiso separarse aunque fuera peligroso llevarlo encima. Por dejar, había dejado hasta el reloj. Como viajaba sin pasaporte, había abandonado la diligencia en la última posta y había entrado en París de madrugada, como un criminal. Como no tenía a dónde ir, buscó santuario en casa de su antiguo tutor, del que sólo sabía que trabajaba en la redacción de un periódico clandestino. Lo buscó durante cinco días, y durante cinco noches durmió al raso. Qué pensaba hacer de no haberlo llegado a encontrar, Combeferre prefirió no preguntárselo. Comprendía que Enjolras no iba a dejar de ser impaciente e imprudente dijera él lo que dijera. Ahora estaban los dos juntos, con París y toda la vida por delante, y era tiempo de pensar en el futuro.
Combeferre visitó a sus padres, arreglaron el asunto de la renta y así se las arreglaron los dos un tiempo. Siendo Enjolras aún menor de edad, su padre podía llevárselo de vuelta a la fuerza, pero no sin organizar un escándalo. Y, de todas maneras, él volvería a marcharse en cuanto cumpliera los veintiuno.
Comprendiendo que mal arreglo tenía ya la desavenencia, y mal arreglo la prole que había engendrado, monsieur Enjolras firmó su consentimiento y lo despachó a la dirección de Combeferre con dinero para los estudios y los gastos, porque sería cosa de morirse de vergüenza que su único hijo tuviera que trabajar para no pasar hambre. Ese, al menos, creyó Enjolras que era el motivo de su generosidad, y pensó en devolvérselo todo. Hubiera hecho pedazos el documento del permiso paterno en un arranque de indignación si Combeferre no se lo hubiera impedido. Al final, se calmó y consideró las cosas desde el punto de vista práctico.
Junto con el dinero y los documentos, su padre le enviaba el reloj grabado con sus iniciales. En el anverso se leían estas palabras: "Vulnerant omnes, ultima necat". Tal era la costumbre.
París, 1832
―¡Encomiéndate a Dios! ¡Te queda un minuto!
Jehan Prouvaire apretó la mano de Combeferre. Se había hecho tal silencio que pensaron que se podía oír el mecanismo del reloj consumiendo aquel minuto...
―¡Perdón!
...excepto por los sollozos de aquel hombre.
París, 1827
En la primavera de 1827 volvió Courfeyrac a su casa.
Hacía tiempo que venía diciéndole a su padre que no quería estudiar leyes. Tras largas y tediosas discusiones, consintió a regañadientes, pero entonces empezó a poner objeciones a la universidad de Aix, donde habían estudiado sus hermanos. Monsieur de Courfeyrac, que era un hombre inteligente y perspicaz, nunca supo que había mordido el queso malo. La culpa era suya por haber llevado a su hijo a África, cuna del arte del regateo.
Un día gris que amenazaba lluvia, la señora Cordier, que era la portera de la finca, fue al cuarto de Combeferre.
―Hay abajo un cabriolé con maletas y un caballero que pregunta por usted ―le dijo sin saber que el caballero en cuestión había subido detrás de ella sin esperar a que lo recibieran.
Así fue como Combeferre asistió en primera fila al impagable espectáculo de aquella humilde mujer entrada en años girándose para encontrarse frente a... sí, todo un caballero que, con el sombrero polvoriento pegado al pecho, le besó la mano y hasta alzó los ojos mientras lo hacía. Le dijo alguna galantería sobre su nariz, que Combeferre nunca había notado que era muy delicada y graciosa.
La portera todavía estaba clavada al suelo, ruborizada como una muchachuela cuando el joven la rodeó, cerró de un portazo y se arrojó a los brazos de su amigo...
...y a su boca.
Entre el instante de conmoción y el momento en que estuvieron frente contra frente, respirando con dificultad y sonriendo más bien como idiotas debió pasar algo importante, pero a Combeferre le costaba pensar. Sabía por lo menos una cosa: que a los catorce años Courfeyrac no había besado así, que para dejarlo mareado y sin aliento había necesitado bastante más que eso.
―Llevas gafas ―le dijo él sonriendo contra sus labios, y se las enderezó sobre el puente de la nariz―. Me gustan. ¿Me has echado de menos, como prometiste?
―Mucho.
¿Tanto?
Combeferre no podía creer que lo que sentía en el pecho fuera su corazón. Si lo era, seguro que él podía sentirlo también. No le importó. No se habían visto en cuatro años pero no había hielo que romper; Courfeyrac lo había fundido en un instante.
Courfeyrac había sido guapo incluso en su adolescencia, que tan cruelmente se ensaña con la mayoría de los chicos a esas edades. Pero, por apuesto que hubiera sido, su belleza juvenil palidecía en comparación con la del hombre en que se estaba convirtiendo. A diferencia de la belleza de Enjolras, que poseía una cualidad etérea y más divina que humana, el suyo era un encanto terrenal, viril y muy real, uno que no daba miedo tocar con los dedos por si se desvanecía o quemaba. Courfeyrac daba calor, pero uno distinto; se había traído el sol de Alejandría en la piel pero la calidez que irradiaba era sólo suya.
―¿Cómo está nuestro Terror? ―quiso saber él―. ¿Sigue pareciendo una chica? Llévame a verlo enseguida. Os invito a los dos a almorzar. A... ay... algún sitio donde permitan entrar así ―añadió pasando los dedos por la fina barba de varios días de Combeferre―. ¿Qué eres ahora? ¿Un romántico?
Él todavía traía encima el polvo del camino, pero sus mejillas lucían suaves y frescas, y sus rizos, perfectamente... sospechosamente...
―Henri, ¿te has rizado el pelo?
―¿Qué? ¡No!
El joven se instaló con él por unos días, hasta que encontró un cuarto de su gusto en la hostería de la porte de Saint-Jacques. Compartieron la cama pero nada más, y si más de una mañana se despertaron con un brazo en torno a la cintura del otro o durmiendo contra otro pecho u otra espalda, se trataba de ellos dos, así que no importaba. A veces, remoloneaban hasta que alguno proponía ir a desayunar. Aquellos días, cuando se apagaba el fuego de madrugada, todavía se estaba bien en la cama.
En realidad ya la habían compartido antes, pero entonces sus cuerpos ocupaban menos espacio y la cama les parecía más grande.
Aix-en-Provence, 1813
Una noche de otoño que soplaba con fuerza el mistral, cuando la madrugada se llenaba de aullidos y las ventanas de sombras inquietantes, Combeferre se había despertado con ese estremecimiento inexplicable del que se siente observado... para encontrar dos ojos enormes y verdes asomados a su litera.
Casi se cayó de la cama del susto.
―¿Qué haces aquí? ―exigió intentando susurrar y gritar al mismo tiempo.
―¿Tienes miedo? ―le preguntó el otro niño en tono inseguro.
―No. Vete a tu cuarto.
―Si tienes miedo, yo podría quedarme contigo. ¿Quieres?
Courfeyrac se revelaría como asombrosamente diestro en el arte de la esgrima en algunos años. De momento, ya podía desarmar a quien quisiera.
Dejó de temblar en cuanto se acurrucó bajo las mantas y se durmió enseguida. Por la mañana se había esfumado pero volvía de vez en cuando, cuando soplaba el mistral o había tormenta. Ni una sola vez lo descubrieron en sus idas y venidas. Aquel talento de merodeador nocturno debía llevarlo en la sangre.
París, 1827
Como un último rayo, como un postrer céfiro
Animan el final de un hermoso día,
Así, al pie del cadalso taño una vez más mi lira.
Tal vez mi hora no esté lejana.
―¿Estás triste? ―le preguntó Courfeyrac.
Estaba tendido en la cama de Combeferre, echado en su regazo mientras él les leía, los tres al calor del fuego que temblaba y se resistía a apagarse. Y que cuatro años se convirtieran en cenizas como si nada...
Era la primera noche que los tres estaban en París.
―Claro que no ―dijo Combeferre.
―¿Y por qué lees cosas tan tristes?
Combeferre miró pensativo la página que tenía delante.
―También es valiente. Pero leeré otra cosa si quieres.
Courfeyrac pasó una página del libro cuyas ilustraciones estaba hojeando perezosamente: L'Art de se Mettre la Cravate. En su defensa, Combeferre sabía que no todos sus libros eran tan absurdos.
―¿En qué estáis metidos vosotros dos? ―dejó caer.
Combeferre lo miró bastante asombrado pero él siguió muy concentrado en un nudo particularmente estrambótico de corbata tipo lavallière.
Combeferre se ajustó las gafas y cruzó la mirada con Enjolras, que se había vuelto para verlos desde la librería que estaba inspeccionando. Courfeyrac sonrió un poco, como si de algún modo supiera lo que estaba pasando fuera de su alegre tratado sobre corbatas.
―¿Tienes algo que hacer mañana? ―le dijo Enjolras.
―¿Además de encontrar casa y un buen sastre?
Combeferre pasó la página del libro que había estado leyendo. Era la última.
―Mañana... te llevaremos a un sitio.
•••
Courfeyrac llegó el último a su pequeña hermandad, y en cuestión de semanas se había convertido en el primero, en el corazón, en el centro.
Si Courfeyrac se sentaba a una mesa vacía, ésta no tardaba en estar rodeada de gente; si se sentaba en una mesa llena, siempre había un sitio para él aunque para despejarlo hubiera que desafiar las leyes de la física.
Courfeyrac entró un día por la puerta del café Musain como protegido de sus dos amigos de la infancia, que lo recomendaron al resto para que se sometiera a votación si era admitido o no. El voto a favor fue unánime.
Con Grantaire, que conocía los mejores sitios para todo, Courfeyrac se entendió en seguida. Con Bahorel, que conocía a todo el mundo, se entendió igual de bien porque cuando uno iba con Bahorel, hasta el lugar más aburrido se volvía preocupantemente interesante.
Jean Prouvaire y Courfeyrac eran el día y la noche, a no ser que fueran la noche y el día. Eran la bohemia y la burguesía, el hombre del siglo pasado y el hombre de su siglo, la tímida melancolía y la extroversión en toda su exuberante y ruidosa gloria. Jean Prouvaire no tenía reloj; su reloj eran los astros del cielo y el pollo de su vecina. Courfeyrac decía que eso estaba muy bien cuando uno se levantaba a las doce del mediodía, se acostaba al amanecer o no se acostaba y llegaba tarde a todas partes porque no tenía un astro del cielo ni un pollo de la vecina en el bolsillo del jubón que, ya puestos, había pasado de moda hacía ciento cincuenta años. Courfeyrac opinaba que el guardarropa de Jean Prouvaire era una provocación a los cielos cargados de rayos justicieros; Jean Prouvaire, por su parte, preguntaba a Courfeyrac si iba vestido de novio y le reprochaba que no lo hubiese invitado a su boda. No podía estar más claro que eran almas afines destinadas a encontrarse en esta vida. No se llamaron de vos ni una sola vez, y por la tarde del mismo día de conocerse ya se cogían del brazo para andar por la calle.
A Joly, que había caído víctima de una enfermedad incurable más vieja que el pecado por culpa de una muchacha de ojos negros, Courfeyrac le puso una tarde el brazo sobre los hombros y se lo llevó a pasear. Tres días después, el doliente enamorado venía silbando y haciendo molinetes con el bastón, y era tan dichoso que hasta se había recuperado del brote de malaria que resultaba que también padecía.
A Laigle le gustaban los juegos de palabras y los chistes malos; a Courfeyrac le gustaba Laigle, y a Laigle le gustaba Courfeyrac. Pero a nadie le gustaban "Laigle y Courfeyrac". Aquello era como decir "ácido sulfúrico y glicerina". Courfeyrac le puso a Laigle su apodo en cuanto se lo presentaron; estaba particularmente orgulloso de aquella ocurrencia. Cómo mínimo, había mejorado desde lo de Juliette, que Enjolras todavía no le había perdonado del todo. A Enjolras ni siquiera le gustaba Shakespeare pero, por lo menos, hubiera preferido ser Macbeth, o Macduff, o Claudio o el príncipe Hamlet o Richmond... Cualquier regicida.
Feuilly fue su prueba decisiva. Aquel humilde obrero, que a duras penas se ganaba el pan y que hablaba con la autoridad del idealismo enfrentado al hambre, encontraba a Courfeyrac fatuo y superficial, y lo trataba con frialdad. Le hablaba de vos cuando a los demás los tuteaba al modo revolucionario y no se reía de sus bromas: la república era cosa seria. Courfeyrac se lo ganó a él también, y lo peor fue que lo hizo sin ni siquiera intentarlo.
A Courfeyrac, todo el mundo lo quería. Él, a cambio, amaba más todavía porque si alguna virtud destacaba entre todas las que poseía, era su generosidad. Sólo hacía un mes que conocía a Laigle (ahora Bossuet) cuando le ofreció su casa, y a un muchacho llamado Pontmercy, que pasaba una tarde por la puerta del café sin rumbo y sin un mal sueldo en el bolsillo, se lo llevó a vivir con él al minuto de conocerlo. Courfeyrac hacía aquellas cosas.
Y, a veces, la vida se las devolvía.
