—Scudder —gruñó Barry, tomando el espejo del pequeño compartimiento y colocándoselo a la altura de los ojos.

—Allen —rió Mirror Master, desde su prisión reflectante—. Barry Allen. Es tu verdadero nombre, ¿no?

—¿Qué quieres? ¿Cómo llegaste hasta aquí?

—Tu novia es la persona menos vanidosa que he visto —El pequeño reflejo deslizó sus diminutos ojos hacia Caitlin, quien se cruzó de brazos en pose desafiante—. Apenas contempla su reflejo en los espejos junto a los que pasa. Fue bastante fácil seguirla hasta aquí.

Barry sintió que el corazón se le subía a la garganta. Scudder no sólo había descubierto su identidad, sino que de seguro había seguido a Caitlin desde el departamento esa mañana, y ahora sabía dónde vivía. La buena noticia era que no sabía dónde vivía ella.

—¿Y qué pretendes con eso? —rió, aparentando tranquilidad—. No puedes salir de ahí. Te aprisionamos.

—Oh, no es de mí de quien te tienes que preocupar.

—¡Barry!

Por el rabillo del ojo, Barry vio una silueta larguirucha emerger, aparentemente, de la nada. Caitlin, quien todavía estaba enfrentando la pared, se adelantó y lo empujó hacia a un lado con su costado. Acto seguido, hizo un gancho con su brazo derecho para liberar una ráfaga de escarcha en esa dirección.

Barry se giró en redondo y lo que vio lo dejó mudo: detrás de él estaba un hombre, pero no en frente de la pared, sino que en la pared. Su cara, parte de su pecho, una rodilla y un brazo estirado sobresalían de la superficie, con los dedos suspendidos a un milímetro de donde había estado su espalda segundos antes. No parecía estar congelado en sólido, pero sí paralizado por la capa de escarcha que lo cubría.

Justo cuando pretendía interrogar a Scudder respecto a su involucramiento en el ataque, Barry vio que la superficie del espejo redondo volvía a ser lisa y lo dejó a un lado.

—Sigue con vida —murmuró Caitlin, contemplando su obra con cierto disgusto—. Sólo lo paralicé. Te iba a matar…

—Lo sé, Cait. Gracias—la dispensó Barry, examinando al desconocido más de cerca—. Este es el sujeto del que me habló Joe esta mañana: Roger Peters. Las cuatro personas que ha asaltado aseguraron que les fracturó las rodillas… atravesándoselas con sus propias manos.

Barry no pudo evitar desear que Cisco entrara en ese momento. Nunca habría un mejor momento que ese para hacer un chiste sobre Han Solo.

Cuando se giró hacia Caitlin para preguntarle cómo sacarían a su atacante de ahí, ella corrió hasta sus cajones y removió una jeringa del interior en respuesta.

—¿Para qué es eso? —inquirió Barry, viéndola llegar a su lado.

—Sólo espera —le indicó ella, colocándose frente a la pared.

Un repentino gruñido los sobresaltó a ambos y el metahumano cobró vida, logrando atravesar lo que le quedaba de la pared y entrar con todo su cuerpo a la oficina. Caitlin se escabulló por uno de sus costados, alzó la jeringa y le clavó la aguja en el brazo. Dos segundos después, el sujeto se desplomó de cara en el suelo.

—Tranquilizante —explicó Caitlin a un atónito Barry—. Ahora podremos encerrarlo. Aún necesita recobrarse, no te olvides de encenderle la calefacción ahí abajo.

—Acabas de escarcharlo y noquearlo, pero claro, el pobrecito necesita su calefacción —comentó Barry, ni tan en broma.

—Dormirá por al menos doce horas. Mientras más pronto despierte para interrogarlo, mejor. Ve —apremió ella.

Asintiendo, Barry se cargó a Peters en los hombros y corrió a súper velocidad hasta el acelerador de partículas para encerrarlo. Regresó a tiempo a la oficina de Caitlin para ver a Cisco acudir a la escena.

—¿Qué fue todo eso? —preguntó, al no ver rastro de lo ocurrido.

—Scudder —respondió Barry, desdeñosamente—. Sigue atrapado del lado de los espejos, pero se las arregló para encontrarnos y meter a un metahumano a las instalaciones. Caitlin ya se encargó de él.

—Fue muy fácil —terció ella.

—Modestia, me encanta.

—No, Cisco, de verdad: fue muy fácil —Caitlin tomó su espejo del carrito y lo volteó, buscando alguna señal del ex ocupante o pista de sus intenciones—. ¿Por qué enviaría Scudder a un metahumano contra dos? Él conoce mi cara y ahora descubrió la identidad de Barry. Sabe de nuestras habilidades…

—No lo sé, pero no sólo descubrió mi identidad hoy: también desde dónde operamos —Barry se acercó hacia la pared más lejana, descolgó el espejo rectangular y lo giró hacia esta—. Tendremos que deshacernos de todos los objetos reflectantes que tengamos en las instalaciones. Al menos los de los cuartos que usamos. Aún puede enviarnos sorpresas, pero no tendrá idea de con qué tecnología o defensas contamos.

Pese a esa optimista creencia, Barry se llevó las manos a la cabeza con inquietud. No era la primera vez que un súper villano descubría su identidad, pero recién llegó a preguntarse por qué nunca se había esforzado más en proteger la de sus amigos. Además, la idea de encerrar a Scudder en su propia trampa había sido suya y, con su nuevo conocimiento sobre ellos, podía usarla a su beneficio cuando quisiera.

—Chicos, tienen que quedarse en mi departamento esa noche —dijo Caitlin, quien de seguro había llegado a la misma conclusión que Barry respecto a su domicilio—. Scudder podría saber dónde vive Barry ahora, ya que lo siguió hasta aquí, pero si él nos transporta a otro lado con su velocidad dudo que pueda seguirnos —Miró a Barry de soslayo, como disculpándose por tener que mentir y responsabilizarlo—. No sé qué pretendía enviándonos al tal Peters, pero algo huele mal. Es más seguro si estamos los tres juntos. ¿Alguien sabe dónde se metió Harry?

—¿Eso significa que por fin podremos hacer la maratón de Dr. Who? —intervino Cisco, pasando por alto la pregunta hasta que Barry alzó los ojos hacia el techo—. ¿Harry? Tenía un congreso o algo en Tierra-2. Duraba unos cuantos días. De seguro está disfrutando tanta compañía.

—Mucho más que apretujarse con nosotros dos en el sofá de Caitlin, eso es seguro —comentó Barry, cruzándose de brazos.

—Aprendí mi lección la vez pasada y compré colchones inflables, ya no tendrán que dormir haciendo cuchara —indicó ella, para anteponerse a las quejas. Cisco estiró los labios hacia Barry e hizo sonidos de besos, al evocar 'la vez pasada'. Barry le dio un palmetazo en la coronilla—. Veamos qué nos queda por hacer aquí antes de irnos.


Pese a que ya sabían que el efecto del tranquilizante tardaría varias horas en pasar, el equipo se quedó en STAR Labs sólo en caso de que Roger Peters despertara. Como ya tenían información de la CCPD respecto a su identidad y no podían seguir a Scudder a través del sistema, lo único realmente productivo a lo que pudieron dedicarse fue envolver todos los objetos reflectantes de las instalaciones en varias capas de plástico.

Barry llevó a Caitlin y a Cisco por turnos hasta el departamento de ella por la noche. Estando en grupo, no tenían mucho más de qué preocuparse, así que la conversación de la cena fluyó como en cualquier otra reunión que hubieran tenido antes, con Cisco utilizando los cubiertos más para explicar escenas de películas antiguas que para comer.

Caitlin insistió en lavar los platos ella misma, mientras Barry y Cisco se iban al sofá a empezar la maratón de Dr. Who. El primero rodó los ojos cuando la cabeza del segundo cayó sobre su hombro, a cinco minutos de empezar el primer episodio.

Sin muchas ganas de intentar ver el episodio con un coro de ronquidos de fondo, Barry se desembarazó de su amigo con delicadeza, apagó el televisor y fue hasta la cocina.

—Se durmió, ¿no es cierto? —le preguntó Caitlin al verlo entrar. Ya estaba guardando los platos secos en los estantes de su cocina.

—Como un bebé —completó él, encogiéndose de hombros.

Barry se llevó las manos a los bolsillos nerviosamente y exhaló con incomodidad. Sentía que necesitaba cerrar lo que Scudder había interrumpido en el laboratorio, ya fuera con una disculpa o lo que fuera.

La segunda sonó más tentadora en ese momento.

Al ver a Caitlin ponerse de puntillas en sus pantuflas para intentar guardar los vasos, Barry se acercó por detrás y los tomó de sus manos.

—Yo lo hago —le dijo, tratando de no rozar su torso con la espalda de su amiga por más de dos segundos.

—Gracias —dijo ella, girándose en cuanto Barry cerró la puerta del estante.

Pero él no se había movido y no sentía ganas de hacerlo. Se sentía bastante cómodo ahí, con ella levemente acorralada contra la esquina del mesón de la cocina.

(N/A: Intenten leer esta parte mientras oyen "A Message" de Coldplay. Yo me la imaginé como sonando de fondo en la escena y me dio muchos feels 3)

—Lamento haber intentado lo que intenté mientras me atendías hoy —comenzó.

—Bueno, gracias… pero algo me dice que no será la última vez —replicó Caitlin, consciente de la cercanía entre ambos.

—No quiero culparte de nada, pero me haces sentir que no te estoy presionando demasiado.

—¿A qué te refieres?

—A esa mirada.

Barry alzó el dedo índice y tocó la punta de la nariz de Caitlin. Un agradable calor se extendió por su estómago cuando ella intentó esconder una rápida sonrisita.

—¿Qué mirada? —preguntó Caitlin, entre intentos por aguantar la risa.

—La misma mirada que creo que yo te di anoche —contestó Barry, acercándose medio paso y colocando disimuladamente sus manos sobre las de ella, que estaban separadas sobre el mesón—. De confusión, un poco de sorpresa… pero a pesar de la cual supiste que yo quería besarte también.

—Barry, si quisiera decirte algo…

—Tal vez no sabes que quieres decirme algo, y es por eso que te has estado riendo como una quinceañera desde que entré.

Caitlin por fin rompió en una carcajada sonora.

—Si pudieras verte a ti mismo mientras coqueteas conmigo, tu doctora, también te reirías —se justificó ella. Hizo un ruidito cuando su espalda por fin tocó el mesón, ya que no se había dado cuenta de que Barry se había seguido acercando paulatinamente—. Y no sé qué pretendías antes y qué pretendes ahora, pero no va a funcionar.

—Tienes bonitos ojos —bromeó Barry, para ver que sucedía. Para su sorpresa, Caitlin explotó en entrecortadas risas—. Y… te ves muy linda hoy

Ella se cubrió la cara con las manos. Él, divertido, notó cómo temblaba de pies a cabeza.

— ¡¿Qué es tan gracioso?! —preguntó Barry, carcajeándose, ya totalmente contagiado del humor.

—¡No lo sé! —rió ella, descubriéndose la cara e intentando no sonreír. Tenía las mejillas rojas y los ojos llorosos—. Es sólo que suenas tan… anti-Barry. Suenas como alguien que se te acerca en un bar. De hecho, la primera y última vez que me dijiste que era linda fue en un bar —Barry ladeó la cabeza, algo perdido—. Hace cuatro años… y sonaste bastante más natural.

—¿Recuerdas eso?

—Acabo de hacerlo.

Barry no se tomó a pecho que se burlara de él, porque sabía que acababa de activar algo en ella. No sólo detectó cierta seriedad después de la mención de aquella olvidada noche de karaoke, también expectación. Si estaba en lo correcto, Caitlin estaba esperando algo de él.

Conforme transcurrían los segundos y la presión crecía, su cerebro se colmó de veloces imágenes de todos los tiros libres que le tocaron en los juegos de pelota en la escuela.

—No eres sólo mi doctora —espetó Barry, regresando a ese punto de la conversación y clavando sus ojos en los de ella. Le sorprendió lo mucho que el contacto visual tan directo le estaba ayudando a seguir a su corazón. Al parecer, era él quien no sabía que quería decirle algo hacía mucho tiempo—. Nunca tuve un doctor que me regañara por no decirle que me dolía una uña, que dejara de dormir para resolver misterios sobre mis poderes, que mantuviera su teléfono abierto las veinticuatro horas del día, que acudiera a una noche de karaoke o de películas sólo una hora después de la invitación… o que me salvara la vida sin usar un solo utensilio de laboratorio —La sonrisa que Caitlin esbozó ya no era burlona, sino conmovida—. Eres más que mi doctora, y definitivamente eres más que linda. Eres… irreemplazable. Gracias por estar en mi vida.

—Yo… —balbuceó Caitlin. Con un sonoro carraspeo, intentó recuperar el contacto visual con Barry, pero el piso le resultaba más atrayente—. No esperaba eso.

Barry sonrió, consciente de que la estaba mirando con cara de tonto de nuevo, enternecido su evidente dificultad para recibir cumplidos. Sus palabras le habían sonado a Caitlin mucho más sinceras que esa tarde y eso era justo lo que había querido: poder expresar aunque fuera un poco de lo que le estaba pasando.

Repentinamente, recordó que diez centímetros de espacio eran lo único que lo separaba de ella. Otra vez sin saber qué decir ni qué hacer, decidió ir al grano.

—Yo no esperaba que no te movieras —se fijó, tratando de volver a su pose engreída.

—Bueno, me estás… sujetando —repuso Caitlin, agitando sus dedos, que seguían teniendo los de Barry encima.

—No, no lo estoy —Barry acarició del dorso de sus manos, para mostrarle que no estaba poniendo ningún tipo de presión sobre ellas. A continuación, acercó su rostro sólo lo suficiente para chocar su nariz con la de Caitlin—. No lo estoy.

Ella frunció los labios tercamente, pero se le escaparon más risitas espontáneas.

—Barry Allen, si me besas, te voy a morder —lo previno.

—Y yo me voy a sanar —rió él, a su vez.

—Si te muerdo en el lado correcto del labio no, no lo harás. No me pongas a prueba.

Barry quiso auto elogiarse por haber logrado relajarla, aunque sabía que eso no había sido gracias a sus habilidades con las mujeres, sino a que Caitlin quisiera esto tanto como él. Como había previsto, la tranquila respiración de ella se entrecortó cuando él deslizó su nariz hasta su mejilla. Alzó sus ojos para encontrar los de su amiga, que estaban entrecerrados y relajados. Aun esperando consentimiento más evidente, dejó sus labios suspendidos a un milímetro de los suyos. Trató de mantener su propia respiración profunda y regulada, pese a que los latidos de su corazón azotaban dolorosamente su caja torácica.

"Cielos, no sólo me gusta" admitieron sus pensamientos. De no haber sabido que él mismo se había impedido pensar en Caitlin de esa forma, jamás se habría imaginado sintiéndose así. Percibió como sus muros, esos que se iban levantando por cada decepción de la vida adulta, caían uno a uno y el enamoramiento lo envolvía abrumadoramente, como si nunca lo hubiera sentido antes.

Habiéndose admitido todo eso, Barry sufrió una momentánea punzada de tristeza cuando ella levantó sus manos del mesón, separándolas de las suyas… hasta que las trasladó a su pecho, aliviando parte de la presión que sentía ahí.

—Vamos a despertar a Cisco —soltó Caitlin, empuñando parte de la tela de la camiseta de Barry como último intento de dominarse.

Él tenía los ojos cerrados ante el agradable contacto de sus frentes, y sonrió al darse cuenta de que había ganado.

—Y a varios vecinos —respondió, abriendo los ojos y posando las manos en la espalda de ella.

—¡Barry!

—Caitlin —Barry dio un exasperado bufido y se llevó un dedo a los labios—. Ssshh.

—¿Perdón? —espetó ella. Indignada, le dio un puñetazo de ardilla en el pecho. Barry apenas pudo contener la risa—. Tú cállate.

—Como ordenes.

Barry ladeó la cabeza y (por fin) presionó gentilmente sus labios contra los de Caitlin. Ella rodeó su cuello con los brazos y ambos jalaron al mismo tiempo para apegarse el uno al otro. Cuando el beso comenzó a involucrar lengua, ambos tuvieron que pausar entre intercambios, pero sin separarse en ningún momento.

—¿No que me ibas a morder si te besaba? —recordó Barry, sonriendo contra los labios de Caitlin.

Nos estamos besando —enfatizó ella, girando a Barry para dejarlo a él acorralado contra el mueble de cocina.

—Adoro los tecnicismos.

Barry se estremeció cuando Caitlin levantó su camiseta y sus manos rozaron la piel de su estómago. Su tacto estaba muy frío en comparación a cinco segundos atrás. Sin preocuparse por eso, se quitó él mismo la prenda y comenzó a besarla de nuevo, hasta que sintió un agudo dolor en el labio inferior. La molestia se extendió a sus dientes, junto con una ola de frío que recorrió todo su cuerpo.

Al sentir que Caitlin se separaba de forma abrupta, Barry se llevó una mano al labio y lo notó cubierto por una delgada capa de hielo, que removió fácilmente con sus dedos. Pese a que sabía lo que acababa de pasar, eso no fue lo que más lo asustó:

Caitlin estaba fija en su sitio, cubriéndose la boca con las manos. Tenía los ojos casi desorbitados por el horror y llenos de lágrimas.

—Todo está bien, Cait. Estoy bien —intentó calmarla Barry, alzando los brazos delante de sí, pero ella retrocedió por cada paso que él avanzó—. Sólo tomaste un poco de mi calor. Apenas lo sentí…

—Lo sabía —sollozó ella—. Sabía que esto pasaría.

Caitlin salió de la cocina corriendo. Barry, consternado, se tardó un poco en decidirse a seguirla y sólo llegó a estrellarse contra la puerta del baño cuando ella se encerró adentro.

—Caitlin, por favor abre la puerta —rogó Barry, mirando preocupado el termostato que estaba en la pared del costado. Había encendido la calefacción al máximo—. Caitlin, no es tu culpa.

Barry oyó a Cisco dar un respingo en el sofá, de seguro alertado por el escándalo. En pocos segundos, se reunió con él en el pasillo.

—Tomó parte de mi calor por accidente —le explicó Barry, rápidamente—. Está molesta… no supe qué hacer. Está encerrada aquí con la calefacción al máximo.

—¿Cómo? No puede ser. Ella ya no hace eso —gruñó Cisco, con una confianza admirable—. Caitlin, ¿qué haces?

—¡Déjenme sola! —contestó ella desde adentro—. Cinco minutos. Cinco minutos es todo lo que necesito, por favor.

—Caitlin, Barry está bien. Déjate de tonterías… ¡whoa!

La mano de Cisco se había pegado a la manija de la puerta, que estaba completamente congelada.

—¿Qué hiciste? —le preguntó a Barry, quien se señaló el pecho ofendido—. No había perdido el control de esta forma en casi dos años, ¿qué la alteró? —Cuando volvió a girarse, le echó una ojeada más detenida a su amigo—. ¿Por qué estás semi desnudo?

—Estaba examinándome un poco más por lo de hoy —susurró Barry, honrando con dificultad el secreto que Caitlin y él mantenían. El ser la primera persona que ella había besado desde la obtención de sus poderes era un detalle no muy conveniente de omitir—. ¿Qué hacemos?

Cisco exhaló para enseñarle a Barry el vaho blanco que salía de sus bocas, cuando la baja temperatura del baño alcanzó el exterior. Sin esperar contestación, este último corrió a súper velocidad a la sala y regresó con su chaqueta puesta.

—Vibraré a través de la puerta —anunció, intentando hacer a Cisco a un lado.

—¿Estás loco? No sabemos con qué estamos lidiando, podrías asustarla —lo alertó él, pegando una oreja a la puerta del baño—. La experiencia ya nos ha enseñado a no molestar a Elsa en su castillo de hielo.

—¡¿CÓMO ME LLAMASTE?!

Barry y Cisco saltaron medio metro hacia atrás cuando Caitlin abrió la puerta, exhibiendo sus centelleantes y tan temidos ojos blancos. El primero le dirigió una mirada al segundo y ambos asintieron. En un parpadeo, Barry había atado las manos de Caitlin con los cordones de sus zapatillas y Cisco, a quien ya le había dado las esposas anti-poderes, se dispuso a colocárselas.

—¡Sigo siendo yo, bobos! —exclamó ella, y sus ojos regresaron a su color.

—¿Bobos? —bufó Cisco, guardándose las esposas en el bolsillo y acercándose para desatarla—. Nos asustaste ahí, Frost. La amiga Killer usa los insultos fuertes.

—"Usaba". Ya no está aquí —aseguró Caitlin, arrojándole los cordones a Barry y frotándose las muñecas, a la defensiva—. Cometí un error trayéndolos aquí. Hay algo mal con mis poderes… —Dicho eso, sus pupilas brillaron en blanco por unos segundos y luego se asentaron en un amistoso azul claro— de nuevo.

Barry intentó indicarle silenciosamente a Caitlin que no había llegado a hacerle ningún daño pero, tan pronto logró coincidir con su mirada, ella volteó hacia Cisco, tragando saliva para deshacer un nudo en su garganta. Casi deseó haber sido él quien había hecho algo y pagarlo con una bofetada o con su silencio… pero en ese momento no había nadie a quien Caitlin odiara más que a sí misma. Estaba haciendo doble trabajo de despreciarse y sufrir su auto desprecio.

—Si hay algo mal contigo, me alegro de que estemos aquí —le dijo Cisco—. ¿Sabes qué? Has estado muy rara todo el día de hoy —La tomó por las manos y le hizo un gesto a Barry para que los acompañara a la sala—. ¿Por qué no nos cuentas qué te ocurre?

—Cisco, no deberías…

Caitlin no llegó a completar la frase y se soltó de las manos de Cisco a bruscas sacudidas. La línea de su mandíbula y las aletas de su nariz estaban cubiertas una delgada capa de escarcha. Barry pudo sentir la temperatura de la sala bajar como una cortina y ver el vaho blanco escapando del aliento de Caitlin, mientras ella jadeaba para mantener el control.

—Caitlin —acudió Barry, acercándose, pero Caitlin plantó sus dedos índices entre ella y sus amigos.

—No me toquen —les advirtió, en el mejor tono que pudo. Sus pestañas también fueron cubriéndose con pequeñas partículas de hielo, conforme rozaban sus ojos llorosos—. Tienen que irse ahora. La temperatura va a seguir bajando… y ustedes son la última fuente de calor aquí —añadió, mirándolos a ambos con tanto cariño que a Barry se le retorcieron las tripas—. Nada de lo que normalmente hago ha recargado mis poderes hoy y estoy tomando calor de todo lo que está a mi alrededor.

—¡No nos vamos a ningún lado! —la increpó Cisco, entre temblores de frío y de enojo—. Tus poderes están conectados con tu fuerza vital, ¿crees que no sabemos lo que te pasará si no te encontramos una fuente de calor para recargarlos?

—¡VÁYANSE! —rugió Caitlin, con esa voz vacía que Barry no había oído hace tanto. Se odió un poco a sí mismo por el escalofrío que sintió en la columna—. ¡Incluso si no los absorbo, morirán de hipotermia antes que yo! Por favor —rogó, con la voz quebrada—. No hay nada que puedan hacer. Todos sabíamos que eventualmente necesitaría tomar calor humano.

Barry, quien había estado batallando para que el miedo no le nublara el juicio, avanzó valientemente hacia Caitlin y la tomó por el brazo cuando ella intentó indicarle, una vez más, que se alejara.

—Toma mi calor —se atrevió. Había tomado esa decisión diez segundos atrás—. Tómalo.

—No —murmuró Caitlin, con ira contenida—. Les juro que si no se van…

—Sólo necesitas un poco. Nos dará unas horas para solucionar esto.

—¡No! ¿Qué pasa si no puedo parar?

—Confío en ti —Barry observó con impaciencia como el cabello de Caitlin ya estaba blanco en algunas áreas—. ¿Confías en mí?

Pese a que Cisco observaba la escena con evidente nerviosismo, no puso objeción. Barry no se sintió ni un poco ofendido y agradeció que compartieran el salvarla como primera prioridad.

—No me vas a matar —continuó Barry, acortando más la distancia con su amiga y tomándola por el rostro. La sensación equivalió a tomar un bloque de hielo—. Mírame —Ella colocó sus manos sobre las de Barry en sus mejillas e intentó seguir discutiendo, pero él la interrumpió—. Te lo prometo. Ya hemos pasado por esto y, sea lo que sea que me pase, me recuperaré casi enseguida.

Caitlin lo contempló con la cara contraída. De no ser por la imposibilidad de reproducir líquido a tan baja temperatura, su rostro habría estado cubierto en lágrimas.

—¿Y si no? —gimió.

—No me arrepentiría —aseguró Barry, con una sonrisa—. Pero no va a pasar. Recuerda lo que te dije hace un rato —Caitlin le dirigió una mirada inquisitiva, y Barry se explicó en un murmullo lo suficientemente bajo para que Cisco no oyera: —. No eres cualquier doctora y no hay nadie con quien me sienta más a salvo.

Pese a los esfuerzos, ninguna promesa parecía ser suficiente para Caitlin, quien seguía estoica en su sitio, negándose a cooperar. Sabiendo que ella jamás lo perdonaría por lo que iba a hacer, Barry jaló su cabeza hacia sí y la besó, tratando de respirar en su boca. Si bien al principio tuvo que sujetarla para impedir que se separara, el instinto de supervivencia terminó triunfando: Barry comenzó a sentir que parte de sus fuerzas lo abandonaban.

Pero ya no sentía frío.

Tal y como había ocurrido esa tarde, porciones de energía tomadas de distintas partes de su cuerpo comenzaron a reunirse en su pecho. Barry, de alguna forma sabiendo lo que pasaría, la contuvo todo lo que pudo y logró dirigirla hacia sus labios y expulsarla. El fuerte shock eléctrico los separó a él y a Caitlin.

—¡FUNCIONÓ! —exclamó Cisco, quien había logrado sujetar a Caitlin antes de que se estrellara contra el piso. Su rostro estaba húmedo y colorado, y su cabello no presentaba un solo matiz de blanco—. ¡FUNCIONÓ! Maldita sea, Caitlin. ¿Estás bien?

—Sí —tosió ella, tratando de estabilizarse sobre sus piernas. Hizo un pequeño floreo con sus dos manos, sobre las que aparecieron dos perfectas pirámides de hielo—. Estoy bien.

—Maldita sea, cómo te gusta asustarnos. Agradece que eres mi doctora o te enviaría todas los recibos del cardiólogo.

Barry, notando que podía moverse, oyó a lo lejos el ventilador de la calefacción ponerse a trabajar. El departamento comenzó a calentarse al instante.

—¿Cómo te sientes? —preguntó un sonriente Barry a Caitlin, cuando ella se acercó ayudada por Cisco.

—Sudorosa —bromeó ella, secándose la cara con la manga y arrojando las pirámides a la chimenea apagada—. ¿Sabías que eso pasaría?

—Por supuesto —Cuadró los hombros y se rió, tal vez demasiado fuerte—. Resolvimos ese misterio en la tarde, ¿recuerdas? Sabía que absorberías mi exceso de energía.

—Eres un muy mal mentiroso —Ella le sonrió con una gratitud infinita—. Gracias.

—De nada.

Cisco, quien se había puesto a murmurar palabras ininteligibles desde hacía unos segundos, se paseó en círculos por la sala

—¡Eureka! —anunció, emocionado—. ¡Acabo de tener la mejor… y más obvia idea del mundo! —Les sonrió a sus dos amigos, como esperando que se alegraran también, aunque aún no compartía dicha idea—. Barry, tienes que llevarme a mi taller ahora.

—Cisco, el punto de venir aquí era no estar en STAR Labs y acompañarnos el uno al otro —respondió Barry—. Acabamos de vivir algo horrible, amigo. Caitlin necesita descansar. Ya mañana podemos llegar temprano, interrogar al metahumano y arreglárnoslas para deshacernos de Mirror Master.

—Llévame sólo a mí y regresa con Caitlin. Usaré el botón de pánico si lo necesito.

—Cisco…

—Barry, te llamaré. No importa lo pesado que estés durmiendo, mi botón de pánico es el más agudo y ruidoso.

Barry rodó los ojos y musitó 'de acuerdo' a regañadientes. En tanto, Cisco se arrodilló delante de Caitlin, quien se había sentado en su sofá.

—Sé que estás teniendo flashbacks de hace dos años, pero te prometo que lo que estoy planeando será algo más permanente —le dijo, ofreciéndole la mano para que le chocara los cinco. Caitlin levantó la suya con cierto cansancio y lo hizo—. Mañana ya podrás contarnos qué es lo que de verdad pasaba, ¿ok?

Ante ese comentario, Caitlin desvió las pupilas y se pasó una mano por el cabello distraídamente. Barry, a su vez, sintió una primera quemadura de celos, seguida por la culpa de que fueran de su mejor amigo. ¿Qué sabía Cisco que él no?

Justo cuando quiso atreverse a preguntar, Cisco ya se había acercado a él para que se lo llevara, lo cual no le tomó más de dos segundos. Al regresar al departamento, encontró a Caitlin envolviéndose en una manta en el sofá.

—Mentí —admitió ella, en cuanto él se sentó a su lado y acomodó su costado contra el suyo—. Más bien omití.

—¿Qué cosa? —inquirió Barry, curioso.

—Sabía que algo estaba mal desde esta mañana. Y también sabía qué —Él relajó su entrecejo al oír eso, porque había pensado que su desinformación duraría más tiempo—. Lo supe en cuánto ni la ducha de agua hirviendo, el sauna de STAR Labs o las cuatro tazas de café que bebí no subieron mi temperatura. También cuando sólo pude usar mis poderes con mi mano derecha. Peters tuvo suerte de que no estuviera al máximo. Reaccioné muy rápido, ni siquiera me medí —admitió—. No sé cómo Cisco y tú lo saben, pero es cierto que necesito el doble de recarga cuando estoy triste…

—Te conocemos. ¿Quieres decirme qué está mal?

—Esta mañana… entré en pánico —comenzó—. Estar contigo me recordó que tal vez nunca pueda volver a dormir junto a otro ser humano.

—Metahumano —la corrigió Barry, pasando un brazo por sobre sus hombros para disimular cierta incomodidad. No le gustaba gustando que todo eso estuviera de algún modo relacionado con él—. ¿Por qué dices eso? No me hiciste nada. Estabas perfectamente anoche.

—Porque mi condición es un círculo vicioso —continuó Caitlin, con esa triste sonrisa que Barry no le había visto hacía tanto tiempo—. No importa si no hago nada, no importa cuán normal quiera sentirme… no puedo ignorar los hechos: alimento mis poderes con calor artificial, cuando por Selección Natural sé que debería ser humano. Soy un parásito —Hizo un mayor énfasis en la veracidad de eso al ver a Barry frotarse la frente con su mano libre—. Anoche estábamos comiendo y riendo, nada malo pasó… pero cuando desperté no sólo tenía en mente todo esto, también estaba avergonzada de lo que hicimos y temía por nuestra amistad. Basta con que me sienta un poquito ofuscada para no confiar en mi autocontrol, lo que sólo me lleva a perderlo. Yo misma me estoy haciendo esto y lo sé, pero no puedo parar. Me preocupo cuando me preocupo… y, mientras más me preocupo, más hago lo que me preocupaba. En serio intenté ponerme a prueba hoy, Barry y lamento mucho haberte puesto en peligro —se disculpó, sobreponiendo su voz a la de su amigo, quien ya se había puesto a protestar—. Algo en mí seguía dudando y casi lastimo a Cisco también. Aun no tengo suficiente confianza en mí misma como para…

"Por favor que no diga lo que creo que va a decir" rogó Barry, mientras en el exterior colocaba su mejor cara de póker.

—Barry, lo que sea que estemos haciendo, es mejor que dejemos de hacerlo… ahora que no hay sentimientos involucrados.

¿Ahora que no hay sentimientos involucrados? ¿Era en serio? La boca de Barry se quedó abierta en una 'o' muda, hasta que Caitlin volvió a hablar:

—Algo pasó entre nosotros y es normal que nos sintamos un poco… atraídos el uno por el otro —declaró, con esa voz amable que a Barry le gustaba tanto en situaciones difíciles, pero que le estaba resultando muy irritante en ese momento—. Pero creo que vamos a estar bien.

—Tienes razón —rezongó Barry, viviendo uno de los deja vus más desagradables de la historia. Intentó apretar a Caitlin un poco más contra su costado, como si eso fuera a aliviar parte del dolor emocional que sabía que se le venía—. Vamos a estar bien.

—No estoy en posición de intentar nada con nadie… y si voy a estropear algo, no quiero que sea contigo —Caitlin acurrucó su cabeza contra su hombro—. ¿Lo entiendes? —se aseguró, levantando sólo las pupilas hacia él.

Barry curvó sus labios en una sonrisa y asintió, mientras sentía cómo su corazón se rompía en microscópicos pedazos y volvía a recuperar la alcaldía de la Friendzone. Caitlin no estaba enamorada de él y se lo acababa de confirmar indirectamente. Él, tal y como le había prometido, no se arrepentía en lo absoluto del sacrificio que pudo haber hecho esa noche… pero sí había esperado que ella dedujera o percibiera lo mucho que significaba. Hasta la misma Fuerza de la Velocidad lo sabía: pese a sus constantes llamadas a correr, romper barreras interdimensionales y perderse su infinidad, Barry estaba fijo en tierra firme gracias a Caitlin y a lo mucho que se estaba enamorando de ella.

Sí, ya lo sabía. No necesitaba que nadie se lo explicara para entenderlo: algo se había activado la noche que habían pasado juntos, y la fuerza que lo atraía hacia ella era tan fuerte que siempre había dónde estaba o qué estaba haciendo. Es más, Barry se atrevía a teorizar que, ahora que ya le había traspasado su energía dos veces, dicha conexión se había vuelto aún más fuerte.

¿Era posible para los velocistas desenamorarse, considerando todo eso?

(N/A: Ahora escuchen "Not Today" de Imagine Dragons y odiénme xD)

—¿Quieres dormir? —le preguntó Barry, colocando un cojín sobre su regazo y palmeándolo para indicarle que se apoyara.

—¿No tienes que ir a buscar a Cisco? —preguntó ella, tirando de su manta y apoyándose en él de todos modos.

—Iré y volveré sin que te des cuenta.

Barry no pudo pegar ojo en las horas siguientes. La tristeza y la preocupación eran demasiado abrumadoras. No sólo porque sabía que podía ir despidiéndose de la cercanía de Caitlin una vez más, sino porque él temía por su futuro tanto como ella. Le resultaba muy deprimente que, habiéndola visto sobreponerse y aprender a usar sus poderes, se le siguieran presentando obstáculos. ¿Cuándo podría estar tranquila?

La vibración de su celular interrumpió sus pensamientos, y lo removió de su bolsillo antes de que pudiera despertar a Caitlin.

—¿Cisco? —atendió, muy bajito.

—No, un ewok —respondió este, sarcástico—. Es mi celular, Barry.

—¿Qué sucede?

—Te necesito aquí un momento.

Usando su otra mano, Barry levantó el cojín de sus piernas y se fue deslizando fuera del sofá lo más lento que pudo. Caitlin ni siquiera parpadeó cuando su cabeza aterrizó con suavidad en el asiento vacío.

Preocupado de que pudiera despertarse sola en la oscuridad, no perdió ni una milésima de segundo y viajó a STAR Labs, apareciendo directamente en el taller de Cisco.

—¡Tadá! —dijo él, al verlo, señalando un gigantesco armatoste que tenía a sus espaldas.

—¿Qué es eso? —inquirió Barry, siguiendo los cables de la máquina y dándose cuenta de que estaban conectados a otro artefacto que él conocía muy bien.