CAPITULO 2: ADVERTENCIA
La luz de la mañana iluminó toda la habitación, haciendo que los objetos de metal repartidos por todo el suelo brillaran.
Miguel despertó nuevamente por culpa de las pesadillas donde aparecía su hermana y sus padres. Tenía los músculos entumecidos por dormir en una mala postura y además sentía un intenso dolor en la espalda por dormir en el suelo.
Se incorporó, y quedó sentado mirando hacia la ventana de delante, el sol brillaba con una intensidad cegadora. Las nubes que ayer por la noche presagiaban lluvia, hoy se habían esfumado dejando paso a un día soleado. Giró la cabeza y observó todas las cosas que había intentado transformar la noche anterior. Con ninguna de ellas había conseguido su objetivo.
Al recordar aquello, se acordó de Raquel. Él no se iba a refractar de sus acciones, es decir, no iba a dejar de proteger a los débiles, pero si tenía que pedirle perdón por todas las cosas que le había dicho cuando estaba inducido por la rabia.
Se levantó y se puso de pie. Algo cayó de sus piernas, era una manta. No se había dado cuenta de ella hasta ahora, echó un vistazo hacia un lado de la habitación y vio una bandeja con el desayuno recién preparado. Entonces una sonrisa se le dibujó en la cara.
Aun habiéndole dicho él todas esas cosas, ella le había puesto una manta encima y le había preparado el desayuno. No sabía qué haría sin ella pensó, mientras recogía la bandeja y salía de la habitación para ir al comedor a desayunar y encontrase con Raquel.
Antes de abrir la puerta escuchó un sonido tintineante de platos, vasos y cubiertos y como el agua del grifo de la cocina, fluía.
Abrió la puerta con cuidado y entró en el comedor. Raquel que estaba en el fondo de la sala, lavando los platos no se dio cuenta de su presencia.
Dejó la bandeja en la mesa y se dirigió hacia ella. Al llegar a la puerta donde se separaba la cocina y el comedor se paró y la observo.
Llevaba puesto una chaqueta grisácea con tonos rojos en los bordes que hacia resaltar su silueta de mujer, una falda en un tono gris oscuro junto con unas medias negras que terminaban por arriba de las rodillas y unos zapatos negros. Todo ello formaba el uniforme del instituto. Como eran colores apagados, el lazo rojo que siempre llevaba en el cuello resaltaba y le daba a ella un toque característico y único. Como estaba lavando, llevaba un delantal blanco que se caracterizaba por algunos toques de morado en las esquinas y varias rosas dibujadas en el centro.
Con los nudillos golpeó suavemente el marco de la puerta. Ella se giró y lo miró, al instante agacho la cabeza y puso la mirada en el suelo. El silencio se instaló entre ellos, como un tímido animal dispuesto a escapar corriendo ante el mínimo movimiento.
-Perdona por lo de ayer-se disculpó ella sin mirarlo a la cara- no debí meter a tus padres en la conversación-entrelazó las manos- No puedo ni imaginarme por el infierno que has pasado por toda tu vida, pero…-las manos empezaron a temblarle- yo no quiero que te ocurra lo mismo que a tu familia…-
Miguel se asombró de cómo se preocupaba por él, era algo que creyó que nunca se volvería a repetir después de perder a su familia. Desde que se conocieron ella siempre ha estado cuidando de él sin importar aquello que le hubiera ocurrido. Había estado ahí cuando él necesitaba ayuda. Es como la muleta que tiene un soldado después de perder una pierna, le ayuda a seguir andando por la vida aun con una mutilación.
-Yo solo comprendo una parte de tu soledad, pues nunca he tenido hermano-Raquel siguió hablando-aunque sé que eso no se puede comparar con lo que te ha ocurrido a ti. Anoche tus palabras, me hicieron pensar… en que hubiera hecho si me ocurriera a mi lo mismo-Miguel seguía en la puerta parado sin decir nada- Yo no habría tenido la fuerza suficiente como para seguir mirando hacia el futuro, sin lugar a dudas no hubiera soportado tanta tristeza. Sin embargo, tú has seguido adelante sin desmoronarte y sin tener a nadie en quien apoyarte y confiar, eso cualquier persona normal no lo habría podido conseguir.- apretó las manos con fuerza- Desde que te conozco siempre te he visto con una mirada de felicidad, incluso cuando te metes en alguna pelea y te dejan muy lastimado, lo primero que haces cuando me ves es ponerme una sonrisa como si no pasara nada. Aún no pudiéndote mover por los golpes.-En la cabeza de Raquel aparecían imágenes donde siempre se veía a Miguel con cualquier rasguño y sonriendo- Sé que por fuera demuestras felicidad, pero dentro de ti aun está el daño sufrido tiempo atrás, por eso te dije que deberías dejar de meterte en problemas porque yo no quiero que sufras más.-Miguel sabía que todo aquello que estaba diciendo era verdad –Además… yo te considero… como el hermano que nunca he tenido-dos lagrimas cayeron al suelo.
Durante un instante ninguno se movió de su sitio pero pasados unos segundos él se separó de la puerta y se acercó a ella. Le levantó la cabeza con la mano.
-Tú no tienes porque disculparte- le limpió las lagrimas que rodaban por la cara- yo soy quien te debe pedir perdón, anoche dije las cosas sin pensar, tú no te merecías aquellas palabras que dije…-la miró a los ojos, su mirada temblaba-entenderé sino me quieres perdonar-
Ella le abrazó con todas sus fuerzas y empezó a sollozar.
-Claro… que te perdono…- respondió respirando entrecortadamente
En las caras de los dos se había dibujado una sonrisa. Miguel sabia que todo lo que ella le había dicho era verdad, pero no siempre había sido así, al principio cuando perdió a toda su familia, un flujo constante de tristeza, odio y pena le recorría el cuerpo día y noche sin poder remediarlo. Llegó a pensar que nunca volvería a sonreír. Pero, conforme fue pasando el tiempo, se dio cuenta que llorar o ponerse triste no servía de nada, lo único que producía era aumentar más su sufrimiento. Al conocer a Raquel todo cambió, desde el primer día se obligó a sí mismo a sonreír y dejar de pensar en el pasado por miedo a que aquella tristeza la dañara a ella. Al tomar esa decisión, sabía que lo único que estaba haciendo era ocultar toda la tristeza bajo una falsa mascara de alegría que podría llegar a romperse algún día
Durante unos minutos, estuvieron abrazados y luego se separaron.
-Bueno mejor que salgamos ya hacia el instituto o si no llegaremos tarde- dijo Miguel aún sabiendo que no había tomado el desayuno y que luego lo lamentaría. Recogió su mochila de un armario y se fue a la puerta de salida.
Raquel cogió la suya y se reunió con él en el portal para ir los dos juntos hacia el instituto. Esbozaba una sonrisa radiante como si le hubieran dado el mejor regalo de su vida.
-Me encantará ser tu hermano- susurró él sin que nadie más lo pudiera oír.
-¿Has dicho algo?-preguntó ella al llegar a su altura.
-No, nada-le sonrió y comenzaron a andar por la calle.
La mañana transcurrió normal sin ningún accidente. Solamente hubo un pequeño problema. Como Miguel no había desayunado, en las primeras horas el estomago le rugió pidiéndole comida. Estando en clase llegó a poner los brazos sobre la barriga para así amortiguar los ruidos procedentes de ella, pero sin apenas tener éxito, pues eran tan profundos y fuertes que se oían de todos modos.
Pudo comer algo, cuando llegó el recreo. A cada bocado que daba al bocadillo, su vitalidad y energía subían. Le dio el último mordisco y se reunió con Carlos que estaba jugando en la pista de tenis que había en el instituto.
Él le invitó a jugar un partido y cogió una raqueta. Terminaron de jugar un set, a favor de Carlos, cuando el timbre sonó finalizando así el tiempo del recreo.
Recogieron las cosas y marcharon hacia las clases exhaustos por el esfuerzo que habían realizado.
Cuando por fin terminaron las horas de instituto, los alumnos salieron en tropel hacia sus casas para ir a almorzar. Todo esto, lo veía Miguel desde la ventana de la clase, pues debía quedarse castigado allí una hora más por culpa de haber llegado tarde a lengua, ayer.
-Hoy no es mi día…-dijo mientras el estomago le sonaba de nuevo
Y lo peor todavía quedaba por llegar pues debía ir a trabajar, sin poder comer, porque no le daba tiempo. La hora que paso en el instituto se le hizo eterna, parecía como si el tiempo pasara más lentamente. Por fin acabó el castigo y con el hambre acosándole, corrió a su casa recogió su raquetero y un dulce y echó a correr hacia el club de tenis.
Ese día estuvo muy atento a cada grupo de niñas que pasaba por su lado por si volvía a ocurrir lo mismo que el anterior. Pero no se volvió a repetir, las clases terminaron y los niños se fueron a sus casas. Llegó a la conclusión de que habría sido su imaginación.
La noche empezaba a caer y el cielo se teñía de negro, solo en el horizonte se veía como los últimos rayos de luz iban desapareciendo. Miguel dejó el cesto de bolas en el almacén y empezó a andar hacia su casa.
-Ahora mismo me puedo comer lo que sea…-pensó mirando al cielo mientras caminaba por una calle.
Ya era tarde por lo que no había nadie por allí, todos estarían cenando, menos él. Cuanto más lo pensaba más crecía su hambre. La noche cayó por completo y las estrellas comenzaron a brillar sin que ninguna nube las ocultara. Por la calle que recorría, el silencio era aplastante no se escuchaba ni siquiera los coches de la avenida de al lado y se le añadía también la poca iluminación que había. Las escasas farolas que aparecían, estaban colocadas muy separadas unas de otras, haciendo que hubiera zonas donde la oscuridad era casi total.
Miguel aligeró el paso. De pronto, una brisa le acarició levemente la cara y sintió un escalofrió que le recorrió todo el cuerpo desde los pies hasta la cabeza.
Él se paro inmediatamente. Algo en su interior le decía que delante suya había alguien. Anduvo varios pasos más y se situó debajo de la única farola que ahora iluminaba aquel trozo de calle.
No podía ver más de unos cuantos metros pues la oscuridad ocultaba todo lo demás y solo podía identificar sombras.
Al fijar la vista en el final de la calle pudo ver como dos siluetas oscuras andaban hacia él. La de la derecha era pequeña y parecía como si llevara un abrigo largo. Tenía la seguridad de que era la forma de una niña pequeña por su pelo largo y su estatura. Pero lo que más le incomodo fue la figura de la izquierda. No parecía llevar una vestimenta normal, su silueta se recortaba como si llevara algo que le cubriera la cabeza y una ropa voluminosa por el pecho y por la parte de la cadera hasta las pantorrillas. En las demás zonas del cuerpo no parecía tener nada cubriéndolas.
Las dos sombras siguieron acercándose y de repente se pararon a una distancia donde él seguía sin poder ver quiénes eran.
Algo brilló cuando la figura de la izquierda se movió y se puso en una pose como de combate.
Aquello que había destellado era la punta metálica de una lanza que ahora estaba apuntando hacia Miguel. Un temor le recorrió todo el cuerpo. Pensó que su casa estaba cerca y que si llegaba allí podría pedir ayuda llamando a la policía, pero no estaba seguro de si podría escapar.
-Debiste hacerme caso e invocarlo cuando tuviste la oportunidad-la voz que salió de la silueta más pequeña le resultaba familiar- ahora no puedes hacer nada, no sé si eres un Jinete o no, pero siento en ti una débil magia y con eso me basta- Él ya estaba seguro de que aquella voz era de niña por el timbre agudo que tenia pero no podía descubrir quién era, aun resultándole conocida- Lo siento por ti… pero debes morir.- Al terminar la frase la figura de la izquierda se lanzo con su arma en ristre dispuesta a atravesarlo.
Gracias a los reflejos que había adquirido durante las peleas, pudo evitar el ataque que hubiera sido mortal, ya que iba directo al corazón.
Miguel no se paró a mirar quien era el atacante, empezó a correr a la máxima velocidad que las piernas le dejaban, por una calle lateral muy estrecha. Escuchó a lo lejos la risa de la niña.
Él sabía que por muy rápido que fuera de un momento a otro la punta de una lanza le atravesaría por detrás, pero no ocurrió. Recorrió las calles rápidamente y cogió todos los atajos que pudo para llegar cuanto antes a su casa.
Abrió la puerta a toda prisa y la cerró con un portazo. En el recibidor solo se escuchaba su respiración agitada por la carrera. En ese instante se acordó de Raquel, ella debía estar allí, la pondría en peligro si aquel asesino de la lanza venía a por él. Corrió a toda prisa hacia el salón y entró. Allí no había nadie. Observó que había una nota sobre la mesa donde ponía Miguel perdona, pero me he tenido que ir hoy antes, te he dejado la comida preparada, solo tienes que calentarla Firmado: Raquel .
Se tranquilizó un poco al ver aquel papel. Pero aun no estaba a salvo debía llamar a la policía.
Sin pensárselo dos veces se dirigió hacia el teléfono que estaba al lado de una estantería y bajo la cual había un escobón y un recogedor.
-No te servirá de nada, cuando lleguen estarás muerto-una voz femenina sonó a su espalda.
Esta vez no tenía el tono de una niña. Durante un tiempo, todo quedó en silencio hasta que la desconocida volvió a hablar.
-Por lo menos deberías tener la cortesía de mirar a quien te habla-dijo con un tono de burla.
No sabía cómo había entrado pero no era momento de pensar en eso. Miguel se giró al mismo tiempo que cogía el escobón y desenroscaba el palo. Quedándose solo con este en la mano y tirando el cepillo al suelo.
-Veo que tienes el valor de enfrentarte a mí-ahora podía ver claramente quien le hablaba.
Era una mujer. Sus cabellos rubios, parecidos a hebras plateadas, relucían como el sol y su cara afilada y bien definida le daban una sensación de ferocidad y a la vez de nobleza que parecían imposibles para un ser humano. En su pecho tenía una armadura ajustada de un color dorado que reflejaba los rayos de la luna. Esta solo cubría hasta la mitad de la barriga y en las extremidades solo protegía hasta los hombros dejando al descubierto unos brazos delgados pero con unos músculos bien marcados. Desde la cintura hasta la mitad de las pantorrillas estaba cubierta por una malla de metal en la que estaba dibujado con dorado, en la parte de delante, un caballo con alas. Y en los tobillos llevaba unas cintas blancas que le cubrían todos los pies hasta los dedos, unidas a una especie de sandalias de esparto.
Sin lugar a duda no era una persona normal, por su vestimenta y porque nadie estaría tan loco de ir en pleno invierno con ropa tan corta y ajustada.
Aunque aquella mujer estaba intentando matarle, la sensación que le inspiraba era tranquilidad mezclada con algo parecido a temor, pero que se acercaba más a respeto. Sus rasgos relajados y bien definidos le hacían una mujer bella y esbelta.
Miguel sabía que no podría hacer mucho contra ella pero cogió el palo con los dos brazos y lo empuñó dejándolo vertical a su cara. Se concentró en este y susurró:
-Cambio- la madera se convirtió en metal. Su adversario pareció no darse cuenta de ello, pues no mostró ninguna sorpresa en su rostro al ver como la superficie cambiaba.
-Bien, me estoy cansando así que terminemos con esto rápido- se llevó la mano derecha a la espalda y recogió una lanza de un color azul oscuro rodeada por lo que parecía unas hebras doradas. La punta de esta era del mismo color pero tenía un filo dentado y unas hendiduras desde la base hasta el final de la hoja.
Sin previo aviso lanzó su primera estocada hacia el hombro derecho de Miguel haciéndole un corte profundo. El movimiento fue tan rápido, que lo cogió por sorpresa. Inmediatamente la herida empezó a sangrar, sintió un dolor punzante en el hombro y como la sangre corría por el brazo.
-Vamos, defiéndete sino será muy aburrido- exclamó ella poniendo una sonrisa de diversión
Volvió a atacar pero estaba vez iba hacia el centro del pecho. Ya preparado Miguel la interceptó con el palo produciendo así un sonido metálico. Él retrocedió un poco y se colocó al lado de la puerta.
-Venga ahora vamos en serio-dijo ella. Como si de una pluma se tratara, realizó varios golpes con la lanza hacia varias direcciones del cuerpo de Miguel a una velocidad sobrenatural.
Pudo bloquear todas las lanzadas menos una que le acertó en la pierna izquierda, haciéndole doblarla de dolor. Sin embargo no pronunció queja alguna, pensó que no le iba a dar la satisfacción a aquella mujer de oírle gritar de sufrimiento.
Miró el palo y vio que se estaba doblando en los sitios donde interceptaba el arma enemiga, aun habiendo endurecido todo lo que pudo la madera no era suficiente para lograr contrarrestar los impactos. De nuevo se puso lo más recto posible y empuño la barra de metal con fuerza preparado para el siguiente golpe.
-Tienes buenos reflejos pero no eres un espadachín-se burló- voy a terminar ya con esto así que prepárate- extendió la pierna derecha hacia atrás y la izquierda la flexiono delante formando un ángulo recto en la rodilla. Empuño la lanza con las dos manos y la dejo, horizontal al suelo, apuntando con el extremo afilado hacia su contrincante.
Al ver la pose de guerra, Miguel sintió como las fuerzas le flaqueaban. Descuido que aprovecho ella para realizar una lanzada hacia el corazón del joven. Recuperó las energías antes de que la lanza le hiriese y la bloqueó con su palo. Pero sin esperárselo la mujer avanzó con una ligereza sobrehumana y le dio una patada en el pecho lanzándolo a través del hueco de la puerta hacia el pasillo donde se estrelló contra la pared. Se quedó sin respiración durante un momento. No sabía de dónde había sacado aquella mujer la fuerza como para levantarlo del suelo con una patada y lanzarlo unos cuantos metros más allá.
Miguel volvió a respirar normal y se levantó apoyándose en la pared. El antebrazo derecho empezó a arderle como si le estuvieran quemando con fuego. No le dio importancia pues debía atender antes a salvar su vida que a una extremidad de su cuerpo.
-¿Por qué me quieres matar?-preguntó él.
-¿¡Por qué te quiero matar?!- exclamó sorprendida- deberías de saberlo ya, porque eres un Jinete o por lo menos puedes serlo, aunque no tengo porque explicarte mis razones-terminó diciendo y lo miró fijamente-Si tienes fuerzas para preguntar deberías utilizarlas para defenderte- jugó con su lanza dándole vuelta rápidamente delante de ella.-aquí termina tu vida.-Paró el arma y volvió a poner la misma pose de antes, pero antes de que volviera a atacar él echo a correr por el pasillo.
Sabía que aquello no le serviría de nada pero podría ganar algún tiempo para poder pensar en algo con lo que pudiera vencer a aquella mujer. Recorrió el pasillo y llegó a una sala donde había una mesa y varias sillas con una tele en el fondo. Antes de entrar, recibió un golpe en la barriga que lo dejo de nuevo sin aliento y de rodillas en el suelo. El impacto fue causado por un brazo que atravesó el muro de al lado. Luego, observó como la mujer aparecía por completo atravesando la pared como si de un fantasma se tratase.
-Deja de jugar al escondite conmigo- le pego una patada en el costado y lo tiró rodando hacia la mesa y las sillas, las cuales, fueron arrastradas con él. Tuvo que soltar el palo para poder parar, antes de impactar contra alguna pared.
Miguel quedó tumbado delante de la puerta abierta que daba a la habitación donde el practicaba su hechizo. Intentó levantarse pero tanto las heridas del hombro y de la pierna, como los golpes recibidos no le permitían moverse, solo pudo incorporarse un poco apoyándose con el codo del brazo derecho pudiendo así mirar a su enemigo.
-Un humano corriente no hubiera aguantado tanto- andó varios pasos hacia él- no sé cómo te mantienes aun consciente pero tampoco me importa- se paró cuando estuvo a unos pocos centímetros de su víctima- Como muestra de cortesía antes de matarte te diré mi nombre- sonrió dejando relucir en su boca unos dientes blancos como la nieve- soy Brunilda1.
Sin más preámbulos, ella apuntó su lanza hacia el corazón del muchacho para darle la estocada mortal.
En la cabeza de Miguel surgían varios pensamientos, pero el más destacado era el hecho de morir. Si allí acababa su vida no podría descubrir quién había sido el culpable de la explosión que mató a sus padres, tampoco sabría qué quería decirle su hermana con aquella última frase que pronunció antes de cerrar los ojos y lo más importante no quería que Raquel sufriera lo mismo que él al perder a un ser querido. Las imágenes se sucedían unas tras otras, primero las caras de sus padres, luego la de su hermana y por último la de Raquel. No, no podía morir allí y de aquella forma. Tenía que salir con vida, de cualquier forma.
En ese instante el antebrazo derecho le quemó y sin poder evitarlo se lo agarró con la otra mano. De repente, la sala que tenia detrás se iluminó como si dentro hubiera un pequeño sol y de aquella esfera luminosa salió disparada una figura hacia Brunilda que la hizo retroceder hasta atravesar la pared.
Todo sucedió tan rápido que Miguel no sabía lo que había ocurrido. Sus pensamientos habían cesado y el antebrazo había dejado de quemarle. Ahora su atención estaba puesta en la persona que tenía delante.
Era una mujer con una estatura un poco más baja que la de él, su pelo castaño mezclado con algunas hebras rubias relucía con la luz que recibía. Su cara bien perfilada y angulosa hacía realzar su juventud y su belleza. Se acercó mas él y se paró justo donde la luz de la luna que entraba por una ventana lateral iluminaba la zona, dejando al descubierto todos sus rasgos y ropajes.
Sus ojos eran pardos es decir, el color marrón y el verde se mezclaban entre sí para crear un verde oscuro. Sus labios eran suaves como el algodón y su nariz pequeña igual que la de una niña en plena juventud. Pero su mirada seria y sin expresión le daba un atributo de ferocidad y coraje. Era como una reina dispuesta a dirigir a su pueblo a una gran batalla.
Las ropas que llevaba no eran de la nobleza más bien de una guerrera, pues tenía una camisa y pantalón negros que se ajustaba a toda la silueta de su cuerpo marcando sus caderas y todas las curvas de una mujer delgada. El traje estaba hecho para facilitar sus movimientos. Parecía como si esa ropa fuera de una pieza, pues no se podía distinguía donde acababa la parte de arriba y comenzaba la de abajo.
Un destello de luz reveló que por debajo del cuello tenía una armadura plateada que le cubría el pecho y esta estaba unida a la parte de la espalda donde había, del mismo tamaño, otra placa de oro. Desde la cintura hasta la mitad de la pantorrilla estaba cubierta por una malla de metal grisáceo.
La armadura no se limitaba nada más que a esas zonas sino que tanto en los hombros como en los antebrazos y en el lateral de la cintura había otras laminas de hierro protegiéndola junto con unos guantes y una especies de zapatos del mismo material que las otras partes.
Todo indicaba que aquella chica no era de aquella época. Más bien parecía venir de una edad donde aun se libraban guerras con armas de filo y flechas. Hecho que confirmó Miguel al ver en su mano derecha una espada fina y plateada, muy simple. No tenía ningún rasgo característico. Solo constaba de un mango donde podían caber perfectamente las dos manos y la cruceta donde se unía el mango por debajo y la hoja afilada que terminaba en una peligrosa punta.
El tiempo parecía haberse parado ante la llegada de aquella joven. No había signo de la mujer atacante era como si se hubiera esfumado. Él dirigió la vista hacia la cara de la persona que tenía delante.
-Soy el Guardián Arref- habló ella, con una voz tan dulce que parecía la de un ángel- estoy aquí porque tú me has invocado- sus ojos le paralizaban- te pregunto ¿eres tú mi Jinete?- no pudo contestar, estaba paralizado no sabía bien si por miedo o por la belleza de aquella mujer-
-¿Ji…Jinete?- tartamudeó él.
-El vínculo ha sido forjado- dijo con una voz serena y sin apartar la mirada de sus ojos- Ordenes, Jinete-pregunto dirigiéndose a él.
Como si hubiera sentido algo, ella giró la cabeza rápidamente y salió al jardín por la puerta de atrás dejando escuchar su armadura repiqueteando a cada paso. Miguel no se movió hasta que escuchó un entrechocar de metal, se levantó con rapidez y siguió el mismo camino que la joven llamada Arref.
1 Fue una valquiria y líder de todas ellas. En la mitología nórdica decía que estas surcaban el aire con una brillante armadura, dirigían batallas, distribuían la muerte entre los guerreros, y conducían las almas de los héroes muertos al Valhala, la gran sala de Odín.
