CONMOCIÓN
— ¿Disculpe? —espeto cuando por fin logro hablar.
"Esa no es la voz de un anciano".
— Ya me ha oído. — responde desde el otro lado de la línea y luego un breve click, anuncia que ha colgado.
"¡Que rayos!"
Perpleja y con la respiración entrecortada veo como las grandes rejas son abiertas mostrándome un camino perfectamente despejado de nieve en medio de un pasaje de árboles gigantes a los costados, desbordando blancura en sus ramas. Aprieto el pedal lentamente e ingreso maravillada por el panorama, además me siento atraída como imán hacia el verdor, combinado con la nieve y el olor a agua fresca con pino que circula en el aire. El movimiento tranquilo de las ramas blancas en contraste con sus troncos marrones ayuda a mantener mi intriga a raya, pero esta desaparece cuando veo el portal de la mansión.
"¡Es una preciosidad!"
Apago el auto, me quito el cinturón, cojo mis cosas y desciendo dándome palabras de ánimo para no dejarme amilanar por otro excéntrico millonario. Respiro, meneo la cabeza y pongo mi mejor sonrisa mientras subo los escalones que conducen a la gran entrada.
Me detengo frente a las puertas de cristal con aplicaciones de hierro forjado enchapado en oro, y estas vuelven a abrirse de par en par sin que yo mueva un botón apareciendo ante mi vista un señor de unos cuarenta años vestido en un traje negro y una impoluta camisa blanca.
—Soy Candice White, la planificadora de eventos—saludo extendiendo la mano al "madurito" que me mira sin gesto alguno y se limita a asentir con la cabeza.
—Sígame por aquí señorita White—responde muy serio girando sobre sus talones dándome la espalda sin esperar que yo le siga.
Quiero replicar, pero cierro la boca al instante recordando que las costumbres de los riquillos no son iguales a los de simples mortales como yo.
A medida que avanzamos veo que todo el interior grita a los cuatro vientos, pomposidad, belleza, exclusividad y una historia no contada, la cual ya quiero descubrir.
No puedo evitar ver que la escalera es preciosa, lleva el mismo estilo de adornos enchapados en oro, el color blanco predomina el ambiente y los ambientes tienen bastante iluminación.
Atravesamos todo el salón de grandes ventanales, giramos hacia la derecha y pasamos por más puertas cerradas de color crema.
— ¿A dónde vamos exactamente?—pregunto curiosa al ver que salimos de la mansión, pasamos por la piscina y nos alejamos para ir a una especie de jardín privado.
"¡Me muero de frío!"
— ¿Es el encargado?—pregunto.
— El dueño—responde mientras me guía a la zona de descanso del jardín.
Encojo mis hombros y le sigo contenta de poder llegar a nuestro destino ya que los tacones amenazan hacer derrapar mis pies sobre el piso escarchado de copos de nieve.
Sonrío ante la hermosa vista enrejada rodeada de plantas invernales, spring beauties[1]y algunos botones cerrados de geranios morados esparcidos indistintamente.
En el centro, unos asientos de mimbre decorados con cojines llaman mi atención, la sombra del señor que me guía no me deja ver mucho más, pero al menos estoy contenta de poder salir de esto lo más rápido posible.
Los jardines lujosos en mansiones lujosas y todo lo que tenga que ver con excentricidad me ponen un mar de nervios. Aprieto los nudillos con fuerza sobre el portafolio y doy unos últimos pasos hasta allí.
— Albert, la señorita White ya está aquí—anuncia mi guía.
— Perfecto. Muchas gracias, George— responde de nuevo aquella voz ronca haciéndome tragar en seco.
El tipo, que ahora sé su nombre es George, se pone a un costado y despeja la entrada para que yo pueda ingresar, pero mis piernas no quieren obedecer.
¡Esa voz me ha aniquilado en primera!
Comienzo a respirar con dificultad, giro mi rostro en cámara lenta en dirección de aquella voz y si la respiración ha traicionado mi cuerpo, ahora mis neuronas están a punto de fallarme.
¡Ay, mi madre, su madre y la madre de todas!
¿Él es el señor de la mansión?
¡No puede ser! El hombre que se encuentra sentado en uno de los sillones y me observa a detalle, no es el viejo pijo que yo esperaba ver.
¡Oh, cielos! ¡Es tan hermoso!
Mi corazón golpea con intensidad ante su escrutinio, los oídos me pitan tanto que creo que voy a quedar sorda, me siento un poco mareada, mis piernas flaquean, pero mis ojos no pueden quitar la vista de aquel rubio en traje y con la mirada más impactante que haya visto en mi vida.
Él no es humano. ¡No puede serlo!
De pronto aquel dios caído del olimpo, se pone de pie lentamente— o eso creo— no deja de observarme y yo no puedo ni quiero quitarle los ojos de encima.
¡Es muy alto!
Su cabello es de un rubio intenso y con la luz del jardín sus hebras se ven resplandecientes, sus ojos son de un azul cristalino brillantes de energía, fuerza, atracción, la nariz es perfilada y perfecta, su mandíbula lleva una sombra de dos días, pero eso no hace más que resaltar unos exuberantes labios abiertos que esbozan una sensualidad imponente.
—Señorita, White —saluda extendiendo una mano.
Pero ni eso puedo hacer, estoy inútil con mi traicionero cuerpo. Al ver que no le correspondo el saludo, él retira su mano, se inclina hacia mí, pone una mano sobre mi mentón y deposita un beso interminable muy cerca a la comisura de mis labios.
¡Ay, voy a morir!
Luego, desvía su rostro y sopla a la altura de mis oídos.
—Es un placer.
Su voz ronca logra que yo no pueda evitar soltar un gemido.
Su cercanía me deja impactada, su fragancia huele a agua fresca mentolada, a pino y almizcle. Apenas puedo contenerme, no sé qué me pasa, pero aquel traje color gris con la camisa abierta hasta la altura del pecho, me hace querer lanzar las manos para descubrir los secretos que esconde esa piel.
Su rostro desciende una vez más, y conecta su mirada con la mía. Frunce el ceño y me mira con preocupación.
— ¿Se encuentra bien?
Claro que no estoy bien. Y no ayuda que él siga colocando su mano sobre mi mentón ¿Se habrá dado cuenta el efecto que produce en mí? De pronto recuerdo que no he soltado una sola palabra y me fuerzo a salir del maravilloso trance en que me encuentro.
Retrocedo decepcionada de tener que perderme su toque, pero obligo a mis pies a apartarse mientras carraspeo avergonzada por mi falta de modales. Miro alrededor y observo que estamos solos. Nunca he sentido algo parecido con ningún hombre.
— Soy White. Candice White. Candy—replico mi nombre de pila, extendiendo mi mano en un intento de parecer profesional.
Él enarca una ceja divertido por mi actitud y no quita la mirada de mi rostro.
Creo que no me va a corresponder el saludo, después de todo yo he hecho lo mismo, sin embargo él vuelve a extender su mano y coge la mía para llevársela a sus labios por unos segundos interminables. Las chispas saltan alrededor nuestro, y nos hacen temblar a ambos.
—Candy—musita con aquella voz profunda, sensual, sin quitar su mirada de mí.— Hermoso nombre.
Retiro sorprendida mi mano con el rostro encendido, apuesto a que mis mejillas le pueden hacer competencia al camión de los bomberos.
—Eh... Gracias, señor Andrew—musito con el corazón derretido.
¿Será que así se comporta con todas las mujeres con las que se reúne? ¿Sabe el efecto que causa en las demás?
La curva de sus labios se amplía un poco más, no me ha quitado la mirada en ningún momento. ¡Claro que lo sabe!
— Toma asiento—indica con su mano izquierda hacia los sillones mientras se aparta de mi lado— ¿Deseas algo de beber?—pregunta señalando unas botellas en la esquina del descanso.
—Agua, por favor—respondo pasándome la lengua por los labios resecos. Estar con él me ha dejado frita. ¿Podré trabajar en esas condiciones? Ya estoy dudando de mi capacidad de hablar, no me sorprendería si mis habilidades de planificación también quedasen anuladas de un momento a otro. Haría cualquier cosa que este hombre me pidiese, aun si no lo hiciese, estoy segura que sería yo la que se lo pediría y eso, hace que me ponga tensa, mucho más alerta de lo habitual.
—Aquí tienes— anuncia alcanzándome un vaso de vidrio con agua. Yo la recibo con mucho agrado.
—Gracias—musito sin saber que más decir.
Él me observa muy serio y prosigue.
—Es mejor si me acompañas al interior—sugiere de manera comprensiva— Ha sido muy imprudente de mi parte citarte en este lugar—comenta mirando hacia el cielo— El frío es intenso, no me gustaría ver tus preciosos labios secos y deshidratados.
No sé si es esa voz o todo en conjunto, pero he vuelto a quedar inutilizada ante la galantería de ese dios.
—No me importa— suelto sin más. Y es la verdad, podría estar achicharrándome, congelándome hasta el punto de perder el sentido y aun así no me habría dado cuenta. Estoy metida en un gran lío.
—Pero a mí, sí— susurra tomando asiento con calma a mi costado. Me pongo más tensa. Está muy cerca y creo que mi cuerpo va a sufrir una ola de calor si sigue tratándome así.
—Puedo preguntar ¿por qué?—suelto tratando de mantener la conversación lo más formal posible mientras bebo un poco de agua y me pongo derechita.
—Puedes— responde riendo sin dejar de evaluarme.
Me contagio de su sonrisa y rolo los ojos ante su respuesta.
Inhalo lento tratando de no romper mi concentración y evito mirar sus carnosos labios.
¡Es tan perfecto!
— Vale. ¿Por qué?—pregunto sintiéndome tonta.
Él no responde, sigue mirándome con intensidad, y sé que está tratando de controlar su respiración agitada, lo sé porque a mí me pasa lo mismo.
—Mi jefe ha dicho que usted ha preguntado por mí para este proyecto—insisto de una manera más específica— Quiero saber por qué.
—Tienes lo que deseo—afirma sin más, desviando la mirada hacia mis piernas y asciende por todo mi cuerpo hasta encontrarse con mis ojos entornados.
— ¿Disculpe?— espetó claramente ofendida. Seguro él está acostumbrado a liarse con mujeres jóvenes, pero yo jamás me involucro con clientes.
— Que he visto tu trabajo y me gusta—menciona secamente con los ojos crispados.
— Podríamos comenzar viendo los detalles del proyecto—respondo aliviada felicitándome internamente por el tono profesional que ha salido de mis labios.
—Es cierto—admite acercándose un poco más mirando con intensidad mis labios. —Pero no quiero.
— ¿Cómo dice?— pregunto sorprendida.
—Que podríamos estar aprovechando mejor el tiempo— añade con una sonrisa de infarto.
¿A qué está jugando este hombre? Puede que sea muy guapo y yo me sienta muy atraída hacia él, pero no soy una chica fácil.
— ¡Oiga!—espeto molesta.
—Acompáñame, por favor—dice de pronto levantándose.
Sé que me lo ha pedido con buenos modales, pero su mirada me indica que no le gusta esperar y siempre consigue lo que quiere.
Me pongo de pie tal como me lo ha indicado, pero lo que no espero es que coja mi mano helada y jale de mí. Reacciono tardíamente y en el intento de avanzar tropiezo con mis propios pies cayendo hacia adelante.
Albert masculla algo, pero me sujeta por los hombros con suavidad, estabilizando mi cuerpo evitando que yo haga más el ridículo. Nos quedamos en silencio un momento, no sé cómo salir de esta situación sin tener que mirarle, no creo que sobreviva un minuto más así, sin embargo, poco a poco él va uniendo su cuerpo junto al mío.
Estoy sorprendida sí, pero de ninguna manera me quiero soltar, mis emociones son confusas y contradictorias. Una parte me dice que me voy a meter en problemas, mientras la otra está totalmente rendida.
Por inercia me inclino hacia su pecho e inhalo su aroma. Estoy disfrutando de su cercanía mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir. Su respiración también es agitada y sé que está ardiendo de deseo, coloco mi mano en su pecho, él gruñe ante mi tacto y coloca con rapidez su brazo bajo mi cintura aferrándome más a su duro torso.
Pasan los segundos sin que él o yo mencione palabra, mi cabeza apenas llega a la altura de su mandíbula pero no levanto la mirada. Tengo miedo de perderme en aquel bello rostro y hacer muchas cosas con él.
—Es perfecto— susurra sobre mi cabello rompiendo el silencio, deposita un beso sobre mi frente y murmura algo más para sí mismo.
—No deberíamos hacer esto— musito con los ojos cerrados, sin apartarme—No está bien.
Su abrazo se vuelve más posesivo, y sé que debo estar loca por querer lo mismo que él, pero no puedo evitarlo.
— ¿Lo sientes?— musita llevando mi mano derecha hacia su pecho.
Descubro como su corazón late desbocado, es un sonido maravilloso que emite palpitaciones irregulares con fuerza y vitalidad delatando que yo le afecto tanto como él a mí, pero no pienso decírselo.
La consciencia está comenzando a hacer su trabajo y para ser sincera no quiero tener que perder el contrato que mi jefe tan duro ha luchado por conseguir.
—Es solo el calor del momento señor Andrew—respondo tratando de poner distancia—Estoy segura que todo esto —señalando a él y a mí— pasará.
El timbre de un teléfono móvil interrumpe su respuesta. Ambos nos apartamos y miramos a nuestro alrededor. ¿Tenemos el mismo tono de llamada?
Me apresuro a coger mi cartera y reviso mi teléfono en caso tenga llamadas perdidas. No, no es el mío.
Su móvil vuelve a timbrar y él me hace señas que lo espere un momento mientas responde con la frente arrugada.
Me froto la sien y bebo un poco de agua intentando sin mucho éxito recuperar la compostura.
Albert camina impaciente de un lado a otro tratando de llegar a un acuerdo con la persona del otro lado de la línea. Está ofuscado, pero su mirada se suaviza cada vez que conecta la mía y yo sonrío nerviosa.
Se ha sacado el traje, ha caminado hacia mí y me lo ha puesto sobre los hombros. Me siento culpable de no haber sacado mi abrigo de la oficina. A él, en cambio no parece afectarle el frío porque se ha ido doblando las mangas hasta la altura del antebrazo. Su musculatura es increíble.
¡Grrr! ¡Está para chuparlo enterito!
Albert sonríe de pronto y yo me doy cuenta que lo he dicho en voz alta.
¡Joder! Tra-ga-me tierra.
Entonces él vuelve a hacerme señas y yo no entiendo lo que quiere decir.
Segundos después, corta la llamada y se vuelve hacia mí.
—Vamos— indica, me coge de la mano otra vez dispuesto a llevarme a quien sabe dónde.
— ¡No!— protesto soltándome de su agarre, le devuelvo su traje, pero él no me lo acepta. Entonces, lo doblo con cuidado depositándolo sobre el mueble, comienzo a recoger mis cosas de la mesa, me pongo la cartera al brazo y camino hacia un costado, pasando de frente dejándolo sorprendido.
— ¡Espera!—escucho que dice a mis espaldas, pero no le hago caso. Está claro que me ha ofendido, yo no soy ninguna muñeca u objeto.
Acelero mi paso y trato de recordar el camino de regreso. Una vez que llegue hacia mi auto estaré a salvo del frío, de aquel rubio imponente y podré salir de allí.
Albert, me sigue llamando pero yo ignoro su voz, a medida que tomo distancia, me duele separarme de él. Mi corazón se siente apesadumbrado, pero mi mente me dice que estoy haciendo lo correcto.
Atravieso la piscina, el salón de verano, el pasillo de puertas blancas, unos cuantos pasos más y estoy en el vestíbulo.
Respiro hondo pensando que excusa decirle a Patrick para que envíe a Tom a trabajar en la mansión, porque yo no podré hacerlo.
Abro la puerta de cristal, desciendo la escalera y me acerco a mi auto mientras busco las llaves en mi bolso.
De pronto, unos brazos sujetan mi cintura y un pecho fuerte aprieta mi espalda. Me estremezco cuando reconozco su aroma, y el poco autocontrol que me queda está flaqueando peligrosamente.
—Lo siento—escucho que me dice al oído mientras coloca su frente sobre mi hombro—No te vayas, por favor.
Su voz me desarma y no me deja pensar con claridad. Pero lo que sé es que debo marcar mi distancia si no quiero salir herida en todo esto.
—Déjeme ir, por favor— le ruego dolida.
—No puedo—responde abatido y confuso, como si todo fuese un sentimiento nuevo para él. —No quiero. — musita aflojando su agarre.
Giro lentamente y volvemos a estar en la misma posición de momentos previos.
—No puedo involucrarme con clientes, señor Andrew—admito con pesar. — Y mucho menos puedo arriesgar el proyecto de mi jefe.
— Y yo no puedo pasar por alto, lo que está pasando entre nosotros, Candy— dice cogiendo mi mentón, obligándome a mirarle. —Quiero saber si son ilusiones mías o es que en verdad esta conexión entre tú y yo, es real.
— Señor Andrew...
—Albert, puedes decir mi nombre de pila—masculla mientras se muerde el labio inferior un poco nervioso. —Mañana habrá una gran fiesta de celebración aquí en la mansión—prosigue mientras uno de sus dedos comienza a acariciar mi labio inferior. Mi respiración se vuelve más agitada, apenas escucho lo que dice. —Quiero que vengas conmigo... como mi cita.
Parpadeo sorprendida ante su invitación.
¡No puedo aceptar!
Mi jefe me mataría si se entera, además que muy aparte de la inmensa atracción que existe entre nosotros, él es un perfecto desconocido para mí.
— ¡Oh! Finalmente te encuentro, querido— se oye una voz a nuestros costados.
Albert libera uno de sus brazos y gira su cuerpo un poco hacia dónde proviene la voz develando a una mujer de cabello moreno, perfectamente arreglada que viene en nuestra dirección.
Abro los ojos de par en par. ¿Acaso será su novia?
Me doy una bofetada mental.
Por supuesto que tiene novia. Un ser perfecto como él, no puede estar solo.
La joven se acerca con una sonrisa en el rostro, pero su mirada se centra en la mano del rubio que sujeta mi cintura y frunce el ceño. Me suelto al instante, Albert voltea a mirarme confuso sin entender mi reacción.
—Te estamos esperando, cariño— susurra la mujer cuando llega hacia nosotros aferrándose a su brazo libre depositando un sonoro beso en la mejilla.
Yo me estremezco de celos y me atiborro la boca de un sabor amargo. No tengo derecho, pero no puedo evitarlo.
—Tengo una reunión de negocios—responde Albert señalándome. — Lo demás puede esperar.
—Ya veo. —acepta ella con voz amenazante, decidiendo que es momento de prestarme atención. Enarca una ceja, me dedica una mirada de hielo y me dice— ¿Y tú eres?
—Yo ya me iba— espeto con ganas de quitarle esa sonrisa de autosuficiencia. Sin embargo, aprovecho el momento para abrir la puerta de mi auto y devolverle la sonrisa hipócrita.
Albert hace ademán de detenerme, pero estoy demasiado furiosa conmigo misma como para notarlo. He cerrado con seguro las puertas, he encendido el motor y arranco en primera para alejarme a toda velocidad de allí decidida a no volver jamás.
Un abrazo en la distancia,
Lizvet A.K
