Disclaimer: Ningún personaje me pertenece. OOC, algo de WAFF, pareja Crack..

Segundo capítulo: ¿Y si gatos y perros pudieran llevarse bien?

Una gata callejera.

En eso se había convertido. Ella, una mujer de alta alcurnia, respetable, bastante mayor - ''pero sin una sola cana'' como siempre había indicado orgullosamente - . Ella, una mujer inmutable, severa, estricta, infranqueable. Ella, que nunca se había atrevido a romper las reglas, a comportarse de forma indecorosa o inapropiada.

Ella…

Había cambiado. Y mucho. Y todo por él.

Él…

Un perro callejero.

Eso había sido, incluso durante el colegio - aunque siempre de forma secreta - . Él, un espécimen entre niño y adulto de sangre pura, de familia casi de la realeza - como su madre le recordaba a cada rato cuando vivía - ahora venida a menos. Él, rebelde, mujeriego, repudiado por los suyos, amante del riesgo, valiente, y ahora, desamparado y desolado.

Había cambiado. Bastante, incluso después de volver a encontrarla.

Ella y él. Rechazados, perseguidos, fugitivos, parias de la sociedad….

Unidos en la lucha y en el amor. Se quieren. Se complementan. Y, aunque nadie se fije ahora en ellos mientras están en un callejón de Londres rodeados de basura, saben que les odian.

Ella apoya su cabeza sobre el brazo de él amorosamente. Ronronea y cierra los ojos.

Él gira su cabeza y besa con delicadeza la espalda de ella. Gruñe suave y cierra los ojos.

- ¡Mira, mamá! - chilla una niña pequeña con dos trenzas, colgada del brazo de su madre. - ¡Un perrito y un gatito juntos! ¡Qué bonito!

Pero la madre está ocupada hablando por su teléfono. Mira de reojo a los animales y el recelo y el asco acuden a su pupila.

- ¡No los toques, Ángela! - exclama la mujer. - ¡Seguro que están llenos de enfermedades! Además, dos bichos juntos así… ¡nada bueno, nada bueno! - y añade por el teléfono, desquiciada, mientras tira fuertemente de su hija: - No, Marcela, no te decía a ti…

Ellos las miran. Ellas se marchan. Mejor para todos. Enfermos y sanos nunca deben juntarse. Ellas gritan: odio, estrés. Ellos se aman: amor, amor.

Él se levanta, ella se escurre en su regazo hasta el suelo manchado de vómito. Ambos se miran. Amor, amor: dicen sus ojos.

Hacia el fondo del callejón se dirigen lentamente y sus sombras en el muro se reflejan como la dualidad de su esencia. Las sombras cambian, se elevan, se encogen, se estiran. Ahora son otras sombras, pero la misma esencia. Dos siluetas humanas se deslizan por la pared de ladrillos manchados: cabezas apoyadas en hombros contrarios - amor, amor - .

Una voz ronca se eleva en el silencio y ella dice:

- Sirius…

Y la otra voz aún más ronca contesta con dulzura:

- ¿Minerva…?

Las sombras se paran. Se miran expectantes, saboreando la ausencia de nada más.

- Nada, nada…

Y las sombras se funden - susurrantes, amorosas, tiernas - en una misma cosa. Y en ese abrazo, y en ese beso, se borran los cuarenta años y la hipocresía de la sociedad que los separa.

Amor, amor.