-Te digo que es la hora de su biberón.

-Y yo te digo que es mejor que se lo demos cuando ya hayamos bajado. Total mira lo poco que nos queda de cola.

Levi frunció el ceño y, aunque no muy conforme, guardó el biberón de nuevo en la bolsa donde llevaba el resto de cosas. Erwin se sonrió mientras mecía un poco a su hija para que siguiera tranquila; Levi estaba 'ligeramente' aprensivo con todo eso de la paternidad, cumplía a raja tabla los horarios de comida, siestas y cambios de pañal además de tener un ojo siempre puesto sobre ella, y aunque estuvieran de vacaciones pasando un día tranquilo en Disneyland, Levi no iba a saltarse ninguna pauta. Erwin carraspeó disimulando una risa pensando en que bastante se había ablandado como para consentir ponerse unas orejas de Mickey a juego con las de Minnie de su hija. La cola se movió. Pronto subirían.

-¿Te has asegurado de que las correas estén bien sujetas?—le preguntó por enésima vez aquel día echando mano del portabebés.

-Sí, cariño. Como las mil veces anteriores.

-Tú sigue con tus bromas y te lanzo por la borda de la atracción.

Erwin volvió a reírse.

-Relájate Levi, sólo es la versión para críos de la montaña rusa. Sabes que no nos estamos subiendo a ningún trasto peligroso.

-Lo sé, lo sé—refunfuñó. Recolocó correctamente la diadema de la niña y por fin fue su turno de subir—. Tú sólo sujétala bien ¿entendido?

Montaron en una graciosa vagoneta, bajaron la barra de seguridad, algo estrecha para el gusto de Erwin aunque a Levi le encajaba a la perfección, y el rubio dijo: "Entendido" antes de besar la mejilla del otro y abrazar el portabebés.

Sin embargo cuando aquella atracción empezó a moverse Erwin fue el primero en arrepentirse de haber subido. Aunque gracias a Dios la vuelta no duró más de dos minutos.

Ambos padres bajaron con caras difíciles de explicar. Erwin estaba blanco como el papel y Levi con cierta sombra alojada entre sus ojos y frente. Y sin embargo la niña se había quedado dormida en el trayecto sin enterarse de nada.

-Erwin...—dijo Levi tironeándole de la muñeca para que se moviera—. Vamos a comer y a sentarnos. Ya le daré el biberón más tarde cuando proteste.

Erwin sólo pudo asentir. Estuvo un rato callado hasta que se le pasó la impresión y exclamó con indignación: "¡Pero cómo se supone que ése trasto sea la versión para niños!"