Llegaron hasta el estacionamiento con paso apremiante y Emmet empujo a su hermana hacia una camioneta Equinox, Chevrolet color plata perfectamente estacionada mientras que él se subía a su Captiva color azabache.

-¡Sube al auto!- exclamó de manera brusca. Su voz tenía un deje de desesperación e ira contenida.

Salió disparado de ahí sin dar ninguna explicación, y dejándola con la palabra en la boca.

Bella captó un susurró en el viento.- ¡Sígueme!

No lo dudo y puso el auto en marcha, preocupada por perder de vista a su hermano.

Su cerebro empezó a trabajar de prisa. Emmet era alocado. Sí. Pero jamás manejaba más rápido de lo permitido. Bueno, de lo que Rose le tenía permitido. Hasta alguien como el necesitaba límites.

Y no los saltaba. No desde que…

Agitó su cabeza alejando esos pensamientos que con tanto esfuerzo había empujado en el fondo de su mente para que no volvieran a salir a la luz.

Nadie en Nueva York, a excepción de Emmet, conocía lo que había ocurrido en ese maldito pueblo del Estado de Washington, donde nunca salía el sol y era tan verde con un planeta alienígena. Ese que alguna vez fue el núcleo de su infancia, y rápidamente se convirtió en el espacio de sus pesadillas.

Esa era una de las razones por las que no volvía allí desde hace tantos años. La otra era que su madre la había echado culpándola de la muerte de su padre.

Bufó.

Cualquiera tendría más sentido maternal que esa mujer, pero echarla con 16 años era el colmo.

Apretó fuertemente el volante. Y se dio cuenta que su hermano había bajado la velocidad.

Se estaciono frente a una imponente casa. Bella contuvo el aire maravillada. Sin duda alguna se veía en ella criando a sus hijos en un futuro lejano, muy lejano. No estaba preparada aún, y le preocupaba ser tan mala como Renné lo fue con ellos alguna vez.

Bajó del vehículo para reunirse con su hermano, pero esté entro rápidamente por la puerta que estaba levemente abierta como esperando su llegada.

Y mientras más se acercaba, escuchaba el murmullo de conversaciones.

-¿Qué le pasa a la duendecillo? ¡¿Dónde se encuentra?! ¡Alice! Dime que está bien Jazz, dímelo.

Escuchó el sollozo suave de un hombre, y ella pudo ver que estaba consumido por la pena.

Era alto, pero no más que Emmet. Y sus risos dorados caían hasta sus hombros contrastados con una tez pálida. Unos ojos azules que debieron ser hermosos en su momento. Pero que ahora estaban consumidos por la pena. Se veían…

Muertos-pensó. Tragó saliva fuertemente.

Igual que los suyos en algún momento.

-Se la llevo Em. La alejo de mi lado.- Calló de rodillas al suelo- Y a Sophie- sollozó.

La cara de Emmet paso de la angustia a la locura asesina.

-¡¿Quién fue?! ¡Dime! Juro que voy a matarlo- juró caminando en círculos.

-N..o.. lo sé- sollozó más fuerte el rubio.- Llegue tarde del trabajo y no las encontré. Todo estaba destrozado. Y había…- su voz se rompió- sangre.

Se escuchó un sollozo que provenía del otro lado de la habitación. Bella se giró y vio a cuatro individuos de cuya presencia no se había percatado antes.

Dos mujeres y dos hombres. Una de ella era una mujer adulta. Tenía el cabello color caramelo que enmarcaba su cara en forma de corazón. En ella se destacaban sus ojos verdes, tan tristes e inundados de lágrimas que a Bella se le estrujo el corazón.

Estaba refugiada en los brazos del que Bella supuso debía ser su marido. Él también era absolutamente guapo aun con las leves arrugas que empezaban a verse en la comisura de sus ojos. Su cabello era dorado, con algunas canas. Lo que lo hacía ver más sofisticado.

Su semblante era triste. Y Bella vio como trataba de contener las lágrimas mientras consolaba su mujer.

El siguiente la dejo sin aliento. Bella nunca había visto a alguien tan guapo y devastado a la vez.

Su cabello era color cobrizo despeinado y de piel clara. Sus ojos eran iguales a la mujer que estaba a su lado. Verdes. Magníficos. Deslumbrantes. Pero increíblemente tristes.

Bella noto en su cara cierta incomodidad. Y la razón estaba a su lado colgándose de su cuello con unos shorts tan cortos como la ropa interior.

Zorra.- Pensó al ver como no parecía nada triste. Y lo único que hacía era soltar sollozos claramente falsos mientras que trataba de pegarse al chico que solo trataba de alejarla.

Su sangre hirvió. No creyó que pudiera odiar a alguien tan fácil y rápido pero ahí estaba la prueba viviente.

Emmet recordó que no había venido solo y se apresuró a presentar a su hermana.

-Lamento no haberlos presentado antes. Ella es Bella.-dijo.

Todos se voltearon a mirarla y un sonrojo subió a sus mejillas. Iba a saludar cuando de pronto la zorra se abalanzo sobre ella y la abofeteo. Bella se llevó la mano a la mejilla sorprendida.

-Eres una desgraciada- dijo con voz molestamente aguda – Y tu Emmet como te atreves a engallar a Rose. Yo sé que ella es una perra a veces pero…

Bella no la dejo terminar y la estrello contra la pared. Se acercó peligrosamente a su cara y le susurro amenazadoramente.

-No vuelvas a hablar de Rose así en mi presencia. ¿Quedo claro?- Asintió rápidamente. – Y como vuelvas a golpearme te voy a arrancar esa melena teñida.

-¿Quién te dijo que soy teñida?- grito indignada.

-Tus cejas.- Reí. Era obvio. Rubia platinada y cejas negras. Por favor. ¡Quien no se daría cuenta!

Escuche una risa aterciopelada y me volteé para saludar a ese chico que me robo el aliento.