¡Hola! En sus inicios "Las cosas que no se tocan" tenía como objetivo desarrollarse como una breve historia, un "one shot" que tuviera como protagonista al maestro Happosai.
Les voy a confesar algo: tengo debilidad por el viejo. No sé porqué, pero sus locuras me divierten y llego a minimizar sus errores perdonándole así la mayoría de sus fechorías. Creo que en el fondo (muy en el fondo) es una bella persona que llegó a ser el diabólico personaje que conocemos en el manga porqué es un incomprendido; un hombre que debe de haber tenido mucha mala suerte (más allá de que se merezca sufrir varias condenas por sus malas acciones). Pero, en fin, me gustó tanto escribir sobre mí viejito que me surgió la idea: voy a crear una serie de pequeños micro relatos que lo tengan a él como protagonista. Espero que disfruten con la segunda historia que tuve el placer de escribir. Los dejo para que la lean.
Desde el primer día en que pude posar mis ojos en aquella muchacha, supe que nos quedaban años destinados a contemplarnos, supe que mi existencia y su ser iban a inmortalizar por siempre a nuestras almas; aún cuando nuestros cuerpos abandonaran todo movimiento.
¿Y como no amar a una mujer que siempre creyó en mí? Y que incluso en los momentos más difíciles sostuvo a estas dos manos para reconfortarlas en su pecho.
A Cologne, con amor
by Jorgi san
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Una noche como cualquier otra me desperté en mi futón completamente sobresaltado. Aquel sueño llegó a mí como una revelación, si no consumaba aquella pelea quizás no existieran más días en mí vida para realizarla. Fue por esa razón que me decidí a conquistar mí última batalla: recuperar el amor de aquella valiosa mujer.
No sabría decir exactamente en que momento todo el amor que por ella sentí se volcó en una completa ignorancia por los asuntos del corazón, pero así fue. ¿Sería una hipocresía desear que volviera a mí? ¿O quizás todo esto es un capricho de mí lujuria por obtener lo inalcanzable? No, no creo que sea eso. Pero en cualquier caso mí meta en ese momento era clara y mis sentimientos estaban a flor de piel.
Nunca pude permitir que otros hombres se acercaran a su belleza, eso me transformaba en el hombre más débil, y todo sin recurrir a delicadas moxas. Si otro se acercaba a mí mayor fortuna con intenciones de galanterías mí cabeza estallaba y mí cuerpo ardía. Créanme cuando les digo que no exagero, hice hasta lo imposible para alejarlos y yo, yo solo me rendí porqué así lo quiso ella; por lo menos así lo quiere recordar mi memoria.
Lleno de incertidumbre dirigí mis pasos hacia su morada. Debo de confesar que para ser un luchador cuya existencia se basó en la táctica, esa noche no poseía ninguna. Todavía no tengo muy claro dentro de mí cabeza como es que mis pies, por voluntad propia, comenzaron a rozar la tierra y el asfalto mientras que mis ojos danzaban poseídos en busca de de las palabras "Nekohanten".
Entrar fue fácil para mí, en ese momento hasta podría haber sorteado fantasmas con tal de llegar a ella. Todo allí dentro se encontraba cubierto por las sombras de la noche, absolutamente todo; a excepción de los escasos objetos que se veían bañados por la luz de la abertura que yo mismo fabriqué.
Las mesas formaban entre si un perfecto pentágono y las sillas estaban corridas cuarenta y cinco grados hacía la derecha, de poder contemplar aquella figura desde el aire se podría observar un armónico esquema. Esa era otra de las cosas que me enloquecía de aquella mujer: su ampulosa prolijidad.
Para ella ninguna situación estaba librada al azar. Sus manos empequeñecían y enaltecían todo lo que su caprichosa imaginación amazona deseara, siempre sospeché que nuestro casual encuentro aquella noche de invierno no tenía nada de casual.
Cuando ingresé a su habitación para tomar mis prendas de colección la vi postrada, sola y desprotegida. No intenté esconderme, algo en mí, como si quisiera quedarse ahí marcado para siempre, me enlazó los pies y se ganó mí aprecio. Ella de inmediato descubrió mí localización, temblé por mí vida: conocía a la perfección a las de su clase. Pero contrario a lo que podría llegar a imaginar y aún sabiendo que yo era un rastrero ladrón, me pidió que le alcanzara las hierbas con las que se medicaba y me hizo compañía.
¿Confiaste en mí, Cologne? , ¿Tu delicada y frágil figura de niña necesitó de mis cuidados, o solo fue una artimaña planeada por tus suaves manos?
Tantos bellos recuerdos llegaron a mí que me produjeron la imperiosa necesidad de tomarte en ese mismo momento. Ahora el ambiente también se encontraba viciado del aroma que desprendían mis feromonas.
— ¿¡Me escuchas, mujer!? — recuerdo que lo pronuncié así. Sí; así fue. Después aguardé por tu respuesta. — ¿¡Me hueles siquiera!? , ¡Desciende y ven hacia mis brazos!
El viento que se filtraba por el boquete que construí y tu puerta engendraron una veloz ráfaga que acarició mi rostro. Seguí de pie junto a tus adorables sillas e interpreté lo que me vino en gana: percibí tu caprichosa contestación.
— ¿Qué debo ir en tu busca?: así se habla. Esa es la mujer que deseo — me dije en un tono de voz mezquino. En ese instante mis pies se dirigieron hacia la escalera, paso a paso algo dentro de mí ardía intensamente. Tan caliente como las brazas preparadas por un herrero que desea convertir al metal en una bella espada a base de fugaces roces.
Porqué yo ya lo sé, y tú ¿también lo sabes, no? el desenlace es inminente cuando nuestros cuerpos colisionan.
Finalmente me acerqué a tu puerta y sentí tu aura encendida por lo que detecté que al igual que yo no habías podido dormir. Me relamí. Sé que sentiste mí presencia y aún así no huiste ni intentaste atacarme, conozco cada uno de tus movimientos, incluso mejor que tú.
Te levantaste de la cama y pude ver tu camisón cubriendo todo tu cuerpo. Él no sabía que estar sobre ti suponía una ofensa hacia mi persona, solo por esa vez le dejé pasar aquella burla. Pero no pensaba dejar pasar un atrevimiento más de esos. Desde este día en adelante te quise aguardándome sin molestos obstáculos, desnuda: solo para mí y para nadie más.
— Señora — miré por sobre tu hombro. Me sentí pequeño. Resulta increíble que a esa altura de mí vida aquella presencia persistiera en mí ser. Pero ahí estaba, esa terrorífica figura después de tantos años me seguía acechando y claramente en esa escena yo era su presa.
El miedo al rechazo se reía en mí cara.
— Happy. ¿Qué haces en mí habitación a estas horas? — me dijiste en un tono de voz disminuido que a mí me supo a ronroneo. Todo mí cuerpo se cimbró con aquella pregunta: ¡que cruel eres, mujer! Un hombre se presenta en tu pieza a media noche con los ojos inyectados de deseo ¿y tú le preguntas que es lo que desea?
— A ti — te respondí sin darme cuenta de que me estaba contestando a mí mismo. Me observaste con las cejas arqueadas y la boca torcida. Debo haberte confundido.
— Estoy aquí por ti — ya está: lo había dicho. Finalmente así lo hice. En ese momento las cosas no podían estar más claras. Entonces: ¿por qué me observaste como si lo que te acabara de decir fuera una completa locura?
— No se que es lo que planeas hacer — te arreglaste el pelo y buscaste tu báculo con la mirada — Pero escúchame, puesto que te arrepentirás y yo no voy a estar ahí para consolarte del error que supone que te acerques: aléjate y hagamos de cuenta que esto nunca sucedió.
Quizás esas no fueran tus literales palabras, ¿y como podría yo saberlo? si por cada señal que me ofrecías yo solo era capaz de acercar mis pies a tu figura mientras desoía cada una de tus recomendaciones. Si mis palabras no te persuadían me obligabas a arremeter discursivamente con mis manos.
Yo sé que al igual que sobre mí, sobre ti también pesaba la presencia del rechazo, esa noche lo pude deducir al observar tus perlados ojos.
— Cologne chan…— susurré mientras mis diminutos dedos se entrelazaban con tu cabellera y te otorgaba un roce tímido sobre tus labios. Soy un cachorro de león cuando me encuentro a tu lado.
Estaba completamente cegado por tus largos rizos, aquellos parecían no temerle a la muerte. Su longitudinal estructura danzaba junto con las yemas de mis dedos mientras se burlaba de mí. Se reía a causa de que él sabía que te tendría siempre a su lado, y yo, yo solo era un foráneo que llegaba para desordenar tu cuerpo. Fui tu amante y tu arquitecto, aunque sea por esa noche pude serlo.
— No — escuché que salió de tu garganta — No sabes que es lo que estás haciendo. Te vas a arrepentir y… — no te dejé proseguir. Mis brazos te rodean con fuerza y mi cerebro procesó todo con una rapidez deslumbrante. El temor había abandonado todo mí cuerpo y fue reemplazado por una intrepidez que empujó a mí locura hacia el abismo.
— Nunca, ¿me oíste? — ¡Nunca! te respondí con toda seguridad mientras exhalaba el aire en tu cuello. Tu piel seguía siendo tan suave como la recordaba. Los años no pasaron en vano, su superficie a pesar de ser tan delicada se encontraba, al igual que la mía, demostrando su madurez.
— Jamás — te susurré, ya que mis labios en ese momento se encontraban a un centímetro de tu oído. Me acerqué a tus carnosos labios con una parsimonia digna de un orfebre y ahora ya sí, devoré a tu boca con la impaciencia poseedora de un infante.
¡Es que no podía más! Mis labios por voluntad propia viajaban hacia tu pecho para besarlo hasta el cansancio. ¿Habrás creído que yo era el culpable de ese atroz y desatado acto? De ser así te habrías equivocado; pues la responsable fue la lujuria que tú y solo tú desatas en mí. Fuiste tan culpable de mis acciones como yo, perversa dama. Ese era tú juego, maliciosa fémina, y yo solo era quién padecía por tus movimientos. Una víctima que al parecer no tenía más opción que arrojarte sobre aquella cama.
Pequeña figura ¿Cómo es que en un cuerpo tan frágil era posible ocultar tanta fortaleza? ¿Cómo es que tus uñas podían destruir montañas y esa noche eran incapaces de apartar el peso de mí cuerpo?
Una pregunta rondaba por mí cabeza: ¿realmente desearía tanto como yo participar de lo que mí cuerpo sentía y así amarme; a mí, a este demencial hombre, aún cuando su cabeza ya no sea parte de la realidad? Necesitaba la respuesta en ese mismo instante si no quería enloquecer.
— ¿Podrás seguir a este viejo loco en cada uno de sus movimientos?
Temí. La sangre voló hacia mis piernas que aguardaban listas para correr en caso que me dijeras que no. Pero yo tenía fe, sabía que me dirías que sí, que ese calor almacenado en nuestros cuerpos aguardaba por la presencia del otro.
¡Sí! Afirmaste lo que sentías por mí con solo una sonrisa y toda prenda que calzabas voló en compañía de nuestros miedos, así nos demostramos que las palabras salían sobrando en nuestra alcoba. Al día siguiente pudimos detenernos a conversar y utilizamos las palabras, pero esa noche; solo quise marcarte con la yema de mis dedos cuan intenso puede llegar a ser mí sentir.
Esta mañana me detuve a contemplarla en toda su belleza mientras la liberaba de mis labios. He de confesarles algo que ella desconoce y de lo que yo me siento profundamente orgulloso: cada sentimiento y sutil aroma que enviste sobre su delicado cuerpo fue fabricado por mí dios personal; un sujeto avaro y ambicioso como ninguno, pero que un caluroso día de verano, aún cuando se encontraba cansado y demasiado excitado, no tuvo ningún reparo en moldearla tiernamente con todas las virtudes existentes. Solo para mí y para nadie más.
— Eres hermosa, Cologne — detecto su movimiento junto a mí y la vuelvo a besar fugazmente — Lo sigues siendo, no importa la cantidad de años que pasen sobre nuestros cuerpos, y eso es algo que tú no me puedes negar. Porqué estoy completamente convencido y sin lugar a dudas: eres hermosa. Eres totalmente mía y solo mía, y de nadie más. Agradezco al destino por eso.
Fin.
Yo lloré ¿Y vos? ¿Ah, no? Bueno, lo que pasa es que yo soy una romántica incurable que se sensibiliza cuando externa todos estos bellos sentimientos (suspiro) Ya me siento mejor, ¡ahora tengo ganas de cosas malas! ser siempre buena aburre.
Este es el final, pero solo del capitulo dos, de las locuras de Happosai. Ahora que logré sacar esta fase de él, voy por más.
¡Bananabesos y uvabrazos, amigos lectores! Jorgi : )
