CAPÍTULO II: INESTABILIDAD, SEGURIDAD Y UNA NUEVA PROFESORA
Harry se despertó tranquilo. Era la primera vez en mucho tiempo que había podido descansar tranquilo. Durante unos segundos, su mirada se centró en la habitación que tenía ante él: los dormitorios de la sala común de Gryffindor. La última vez que había dormido allí, había sido poco después de la muerte de Dumbledore el año pasado, así que sentía una sensación extraña, como de desasosiego. A su lado, Ron Weasley ronca con estruendo sumido en un profundo sueño.
El mago retiró el dosel de la cama con cuidado para después poder levantarse. Hecho esto, los colores de la casa de los leones aparecieron con más fuerzas. La luz del Sol entraba con fuerza por cada una de las ventanas de la torre en la que se encontraba la sala. Ensimismado con el espectro de luces que formaban los cristales, Harry meditaba sobre los próximos pasos a seguir en su vida. Desde hacía muchos años atrás, había sabido perfectamente que su deber era derrotar al Señor Tenebroso, pero una vez hecho esto, ¿qué haría? Debía de terminar el último año de formación en Hogwarts, y además tenía muy claro que adecentaría la vieja casa de su padrino Sirius para poder vivir en ella, ya que no tenía pensado volver a vivir con los Dursley. Aunque la despedida con estos había sido un tanto emotiva, no podía olvidar el sin vivir ocasionado en sus primeros años de vida.
Mientras Ron mascullaba en sueños, decidió vestirse e intentar arreglar un poco el pelo, cosa que fue prácticamente imposible, como siempre. Con precaución, salió de la habitación para bajar la escalera de caracol hasta llegar a una sala provista de chimeneas, sillones, etcétera. No tenía previsto encontrar a nadie, pero sus ojos se posaron en Neville Longbottom y Ginny Weasley.
Al parecer, esta última estaba admirando la valentía con la que el chico había matado a la serpiente. Harry sonrió divertido dejándose caer en su sofá preferido para después dirigirse a ambos:
-Fuiste muy valiente, Neville.
-Buenos días Harry -dijeron este y la menor de los Weasley con gesto amable.
El chico no pudo dejar de clavar sus ojos en los de Ginny durante el resto de la conversación, a lo cual ella respondía con guiños y sonrisas.
Iba vestida con el uniforme del colegio. Este estaba un poco raído por la batalla del día anterior. Además, pudo observar como la pelirroja tenía magulladuras y sangre agolpada por los brazos y la cara. Seguramente hubiera luchado con uñas y dientes. De hecho, mientras comían en las cocinas los elfos domésticos la habían señalado cuchicheando sobre su enfrentamiento con Bellatrix Lestrange.
Entonces Harry se dio cuenta del dolor que sentía por todo el cuerpo. Se miró las manos y observó cómo ambas estaban llenas de arañazos y cortes.
-No sé qué me pasó -decía Neville, -las serpientes por lo general suelen darme bastante miedo, ¿sabéis? Fue un acto instintivo.
-Pero lo hiciste.
-Bueno… Se podría decir que sí -afirmó el chico con una sonrisa y una pizca de orgullo. -Pero Harry, tú fuiste el detonante de todo, ¿qué pasó en el bosque?
Ginny miró inquisitivamente también al mago mientras un pellizco de sorpresa le encogía le estómago. Era cierto, nadie sabía lo que había ocurrido en el bosque excepto los mortífagos y Hagrid allí presente en aquel momento. Notaba la mirada curiosa de la chica y el gesto expectante de Neville.
Aunque había salido airoso de aquella situación, el recordarlo le había hecho darse cuenta del nerviosismo que le producía. Por alguna razón que ni el mismo conocía, había dado un paso más allá de la vida. Aquella charla con Dumbledore "en su cabeza" le había hecho descubrir muchas cosas y despejar muchas dudas, había sido fructífera, pero… ¿qué había sido? ¿el preludio a la muerte?
-Lo contaré hoy -se excusó Harry notando el pequeño gesto de decepción en las facciones de Ginny, -en el Gran Comedor a la hora de la comida.
-Harry, ¿no deberías estar en el despacho de McGonagall? -inquirió una voz a sus espaldas.
El chico agradeció profundamente dicho requerimiento a Hermione, la cual bajaba las escaleras con decisión. Llevaba razón, pero por la noche, antes de dormir, Harry había tomado una decisión y sabía perfectamente que debía contestar a esto.
-Ron y tú vendréis conmigo -contestó sonriente, -el trabajo hecho es en gran parte gracias a ustedes.
-Pero Harry a nadie le interesará… ¿Qué pintamos nosotros allí? -preguntó.
-Lo mismo que yo, nada.
Ambos soltaron una pequeña carcajada.
-Habrá que despertar a Ron -afirmó Hermione con rotundidad. -Ginny, ¿me ayudas?
No hizo falta ni tan si quiera que la chica contestara a la pregunta pues se levantó con decisión y juntas se dirigieron al cuarto de los chicos.
Harry siempre había pensado que constituía una injusticia el hecho de que las chicas pudieran subir a su cuarto y ellos no. Estando Harry sumido en sus meditaciones, aparecieron Ginny y Hermione con Ron por los brazos. Tenía los ojos hinchados de dormir, además de entrecerrados.
-Dejarme dormir un poco más -dijo con apatía mientras ambas lo miraban con fiereza.
-¿Crees que es momento para dormir? -le espetó Hermione con severidad mientras Ginny ayudaba a su hermano a ponerse el jersey.
-Vamos -dijo Hermione para salir posteriormente por el hueco de la sala común.
Harry se esperó un poco después de que salieran sus dos amigos. Aunque tenía bastantes ganas de estar con Ginny, tenía otros asuntos que cerrar antes de poder relajarse. En su bolsillo, notaba el peso de las dos varitas, la suya y la de saúco.
-Nos vemos después -le dijo sonriendo.
-En el Gran Comedor -contestó ésta a la par que le daba un dulce beso en la mejilla que hizo que el dragón durmiente rugiera con ferocidad.
Harry le dedicó una sonrisa tranquilizadora y salió por el hueco del retrato de la Dama Gorda en dirección al despacho de la nueva Directora de Hogwarts, Minerva McGonagall.
Aunque hiciera ya un año desde la primera vez que Harry y Ginny se habían besado, prácticamente, este no estaba acostumbrado a las muestras de cariño. Ni si quieran pasaron unas semanas desde el primer beso hasta la muerte de Dumbledore y su decisión de seguir adelante con el plan. Todo esto había derivado en la negativa por parte de Harry a inmiscuir a nadie más en un escenario tan peligroso. Y por supuesto, ella tampoco debía de estar más en peligro de lo que ya estaba por ser miembro de una familia de traidores a la sangre como eran los Weasley.
Y así estaba, sumido en sus pensamientos, cuando Ron exhaló una exclamación de asombro.
-Impresionante… -dijo este con la boca abierta debido al asombro.
-¡Es horrible! -exclamó Hermione con tono tenso mientras tiraba del hombro de Harry.
Este, que tenía la cabeza en otra parte, no se había dado cuenta del espectáculo que tenían a su lado. Estaban cerca de una de las puertas de los pasillos que daban a las escaleras. Ya desde lejos Harry había notado un ruido incesante, pero cuando llegaron a dicha puerta, el espectáculo que contemplaron sus ojos fue poco menos que sorprendente.
Cientos, miles de elfos domésticos con sus respectivas cacerolas en la cabeza, trabajaban a toda velocidad. Algunos mediante magia volvían a colocar cuadros en sus respectivos lugares, otros limpiaban el hollín provocado por la batalla del día anterior, otros tantos colocaban enormes bloques de piedra en las paredes donde había huecos y trozos, y la otra mitad se dedicaba a limpiar todo aquel estropicio.
En un primer momento, a Harry no le pareció mal idea ya que alguien tenía que hacer aquel trabajo. Además, los elfos parecían bastante contentos ya que mientras trabajaban no paraban de silbar y tararear. Muchos de ellos les empezaron a dar los buenos días al trío con inusitada admiración.
-¡Esto es explotación! -dijo Hermione en tono enfadado mientras cruzaban las escaleras en dirección al despacho. -¿Para qué está la magia? ¡Todo esto con un hechizo se arreglaría mucho más rápido? ¡Tendré que seguir con la P.E.D.D.O!
-¿Aún estamos con esas? -le preguntó Ron en tono divertido, -Pero míralos, si son todos muy felices.
Eso era del todo cierto y Hermione guardó silencio durante unos minutos mientras fulminaba con la mirada al pelirrojo.
-No sé qué habré podido ver en ti -dijo en tono apático mientras llegaban a la gárgola que guardaba el despacho de la directora, -¡eres tan sentimental como una roca!
Harry no pudo evitar sonreír a la par que miraba el gesto de complicidad de ambos mientras pedían a la gárgola que los dejara pasar.
-Entrada libre para Potter y sus amigos -dijo en tono neutro la escultura de piedra mientras giraba sobre sí misma dejando ver la escalera de caracol.
Los tres amigos subieron con velocidad hasta llegar al despacho. Como era de esperar, la profesora McGonagall no había cambiado absolutamente nada. Estaba sentada detrás de la mesa, escribiendo un enorme pergamino de más de noventa centímetros. A su lado, Kingsley la observaba con gesto serio. Al verlos entrar ambos levantaron la vista.
-Me alegra que hayan venido -dijo la nueva directora mientras les indicaba que tomasen asiento.
Al parecer, la profesora también esperaba que fueran los tres y no solo Harry, ya que había preparado tres mullidas sillas, exactamente iguales a la de Kingsley.
-Bueno, como ya sabréis -comenzó a decir, -ocuparé el cargo de directora e intentaré seguir con la gestión que el profesor Dumbledore comenzó.
El gryffindor miró el retrato del profesor, el cual tenía la cabeza apoyada sobre su mano derecha y dormía profundamente sin enterarse de lo más mínimo.
-En primer lugar, me gustaría ofreceros el cursar el año que viene el séptimo curso para que completéis vuestra formación. No es sólo por mí, al parecer el profesor Dumbledore ya había previsto todo esto, ya que cuando me senté por primera vez en esta silla como nueva directora, una nota se materializó ante mí. La misma decía que tendríais que cursar séptimo un año después de vuestro año natural.
Hermione se movió nerviosa en su asiento con una expresión radiante en su rostro. Ron afirmaba concienzudamente a cada palabra que la profesora McGonagall decía.
-Aunque ahora, los motivos académicos son lo de menos -siguió diciendo. -Hogwarts ha sufrido un grave ataque, el mayor de toda su historia. Las defensas han caído, los hechizos antiguos son los únicos que resisten… Necesitamos de toda la ayuda posible para volver a levantar estos muros. Así que el Ministro en funciones y yo hemos decidido que Hogwarts abrirá sus puertas a mediados de Agosto a las personas de suma confianza para restablecer la seguridad del Castillo -terminó de decir con una sonrisa.
-¿Ahí entramos nosotros? -dijo Ron con una pizca de orgullo en su voz.
-En efecto, Señor Weasley -intervino Kingsley con una afable sonrisa dibujada en su rostro. -Con vuestros actos no tenéis nada más que demostrar para saber que sois de plena confianza.
El Ministro en funciones se levantó de su asiento y esta vez con gesto serio comenzó a hablar.
-Con el permiso de la profesora McGonagall -dijo mientras dirigía una mirada a esta, esperando su aceptación, -me gustaría explicaros como está la situación actualmente en el Ministerio. En primer lugar, la inestabilidad es nuestra principal enemiga. Muchas de las personas que trabajan en el Ministerio de Magia han estado bajo la influencia de la maldición Imperio, por lo que ahora que Voldermort ha desaparecido se ha convertido en un verdadero caos. Las manadas de hombres lobo, gigantes y demás están bastante tensas, ya que la cabeza visible de la organización ha desaparecido.
"Aquí entra en juego vuestra figura, chicos. Y es que al haber sido a ojos de la comunidad mágica los que habéis conseguido derrotar al Señor Tenebroso, lo más seguro es que los pocos mortífagos reconocidos que quedaran, las manadas de hombres lobo y demás os podrían poner en un aprieto, por lo que hemos decidido aumentar vuestra seguridad, al menos, la que existía antes de la guerra".
-Pero… -comenzó a decir Harry, el cual no estaba de acuerdo en nada que le concediera más importancia de la estrictamente necesaria.
-No hay pero que valga, Potter -dijo la profesora McGonagall. -Bastante habéis tenido que soportar vosotros tres y más deberás de soportar cuando esta noche cuentes todo lo que ha sucedido.
-Eso es un punto que…
-No, Potter -cortó Kingsley, -es necesario, ya te lo dije ayer en las cocinas. La comunidad mágica, después del sufrimiento que ha vivido en estos últimos meses se merece saber por qué.
-Pero hay cosas que es mejor que nadie sepa -inquirió Harry nervioso.
-Tanto el Ministro como yo estamos seguro de que usted contará lo estrictamente necesario, señor Potter -dijo McGonagall con una sonrisa.
El chico tuvo que guardar silencio mientras sus dos amigos lo miraban con complicidad. De nuevo, pudo notar la varita de saúco en el bolsillo de su pantalón. Ese, seguramente fuera el primer detalle a obviar.
Además, conocía secretos de personas como Slughorn que estaba decidido a no contar. Así que durante las horas siguientes tendría que dedicarse concienzudamente a definir censuras en su discurso.
-Por otro lado, nos gustaría daros la primicia -informó la directora, -de que hemos encontrado una nueva profesora para Defensa contra las Artes Oscuras.
El trío guardó silencio ante la noticia, esperando saber el nombre de la encargada de aquel puesto.
-Veréis -dijo esta vez Kingsley, -desde hace mucho tiempo se ha sabido que Alastor Moody tenía una hermana con la que no se hablaba, Katherinna Moody.
Harry se quedó un poco perplejo, al igual que sus amigos mientras escrutaba la cara de sus dos interlocutores en busca de algún gesto que delatara que era mentira.
-Pero si nunca habló de ella -dijo Hermione sorprendida.
-Renegaba completamente de ella -contestó la directora.
-Ya sabéis como era el viejo Alastor -afirmó sonriendo el Ministro en funciones. -Desde muy joven, la profesora Moody se enamoró perdidamente de un mago bastante extraño. Al parecer provenía de Madagascar, y sus métodos mágicos no eran exactamente los que usaba Alastor. Un día, parece ser que tuvieron una fuerte discusión en la que llegaron a lanzarse hechizos, él y el novio de su hermana. Estos han estado viviendo en la isla de Madagascar hasta que el murió realizando un ritual. Ahora, la profesora Moody ha decidido volver para realizar un tributo a su hermano. Cuando se enteró de que había muerto se descompuso, y eso que llevaba muchos años sin verle.
-Esto lo encontramos en la vieja guarida de Alastor -dijo la profesora McGonagall extendiéndoles una foto bastante oscura y sin movimiento.
En ella aparecía una joven de pelo negro vestida con el uniforme de la casa Ravenclaw.
-Vaya… -dijo Ron con un tono de admiración que le reprochó Hermione con una mirada penetrante.
-Pero, ¿por qué nos cuenta esto? -inquirió Hermione.
-Porque fue íntima amiga de Molly Weasley cuando estudiaba en Hogwarts -afirmó McGonagall, -y se quedará en la Madriguera este verano, ya que no tiene a donde ir. Además, debo advertiros de que es un poco…extraña.
-¿Qué…qué? -preguntó Ron.
-Ahora fuera -ordenó la profesora, -no creeros que por ser famosos os vamos a dejar pasar una el curso que viene, nos vemos en el Gran Comedor.
Aunque las palabras eran duras las acompañó de una sonrisa y un guiño que hizo que los tres se fueran bastante alegres. Con parsimonia y perplejos aún (sobre todo Ron), bajaron las escaleras para salir del despacho.
-¿Cómo es que mi madre no nos ha contado nunca nada -se preguntó Ron a sí mismo en voz alta.
-Seguramente el profesor Moody se lo pidiera -le contestó Harry. -Eso no es nada comparado con el discurso que tengo que dar hoy… -tenía tono abatido.
-Siempre podemos hacer que Hermione haga explotar algo para que no se escuche nada si se te escapa algún detalle comprometido -dijo Ron entre risas.
-Ni hablar -dijo ella acompañando sus palabras con una carcajada.
-Tenemos que dejar la varita a su legítimo dueño -dijo Harry en tono serio mientras bajaban las escaleras en dirección al vestíbulo.
-Pero colega… ¿de verdad estás seguro de que quieres dejarla en la tumba? -preguntó Ron.
-Estoy seguro.
-Pues vamos -contestaron los otros dos.
El camino hasta el enorme mausoleo de blanco mármol lo hicieron en silencio, reverenciando este la admiración que el trío sentía por el director más famoso que había tenido Hogwarts. A medida que salían del Castillo y andaban más y más observaban con expectación la reparación del puente, de la cabaña de Hagrid a lo lejos, la replantación de los árboles quemados por la profesora Sprout, la cual los saludó efusivamente, etcétera.
Tardaron más de un cuarto de hora en llegar a su destino. El silencio, los claveles blancos y el paisaje ofrecían a aquel lugar un aspecto sagrado. Con precisión, Harry observó que el mármol estaba roto por la mitad y que habían profanado la tumba.
Hermione, que también se había dado cuenta habló primero:
-Deja la varita, yo lo arreglaré.
Harry no contestó. Con calma se había acercado a la tumba y se había apoyado sobre las piedras en las que esta reposaba para poder ver su interior.
Cuando estuvo lo suficientemente alto, observó el cuerpo sin vida del director. Un frío sepulcral le recorrió el cuerpo mientras apoyaba la varita en las frías manos de Albus Dumbledore, el que nunca debió de dejar de ser su legítimo propietario.
Harry suponía que el cuerpo había sido hechizado para que este no se deteriorase, pues estaba en perfectas condiciones. En aquel momento, recordó aquella cueva, en la que el director había vivido uno de sus últimos momentos. Las imágenes entraron con fuerza en su cabeza hasta que Hermione conjuró:
-Reparo.
Mientras la tumba crujía y el mármol se unía, Ron ayudó a su amigo a bajar de las piedras.
-Es hora de ir al Gran Comedor.
