Mi suspiro es audible en toda la sala. Afortunadamente, no hay nadie que me acompañe en ese momento. Desde que mi hermano menor ha tomado el puesto de Hokage que yo ostentaba antes, el número de personas que vienen a verme cada día ha decaído notablemente, lo cual no dejo de agradecer. Mi pesar ya es suficientemente grande como para tener que hacerme cargo del de otros.

Me levanto de la silla en la que estoy sentado y miro a través de la ventana al horizonte, sin querer posar mi mirada en las casas que me rodean, en esa pequeña villa que juntos creamos. Nosotros construimos sus bases, nosotros fuimos sus orígenes.

Pero ahora que tú ya no estás, siento que mi tiempo a la cabeza de Konoha también ha pasado. No lo merezco más. Fracasé estrepitosamente.

¿Por qué me siento tan perdido sin ti?

Cuando todo comenzó, nunca pensé que podría acabar así. La situación ha cambiado tanto y tan poco… Tú sigues siendo mi enemigo. Pero yo no puedo ser el tuyo.

Recuerdo la primera vez que nos encontramos, aquella excitación que me recorrió al sentir tu poderoso chakra, al empezar a divisar tus increíbles movimientos. No eras reconocido como el mejor del los Uchiha por nada. Si no hubiera sido porque la muerte no me causaba ningún tipo de miedo, habría temido por mi vida en ese momento.

Y, sin embargo, yo ansiaba luchar contigo, probarme, probarte y, por fin, poder ver con mis propios ojos cuál de nuestros clanes, tantas veces sometidos a comparaciones, era el más fuerte.

Aún así, debo admitirlo: desde el momento en el que nuestros filos chocaron, mi clan, mi familia y mis amigos desaparecieron completamente de mi mente. Sólo existíamos tú y yo. Ni siquiera era consciente del motivo por el que peleábamos. Tu poder me mantenía completamente absorto.

Tu ambición parecía inagotable. Incluso aceptaste los ojos de tu hermano, de modo que tus técnicas oculares mejoraron aún más. Eras casi invencible, prácticamente inalcanzable. Nadie podía saber a ciencia cierta si tus intenciones eran proteger a tu clan o únicamente pensabas en ti. De cualquiera de las formas, eras el humano más inquietante que hubiera pisado la Tierra.

Tu nombre empezó a sonar en todos lados, muchas veces acompañado por el mío propio. Uchiha Madara, el único capaz de vencer a Senju Hashirama. Los Uchiha, los únicos capaces de acabar con los Senju. Nunca lo mostré, pero mis inseguridades crecían por momentos. Lo único que provocaba que nuestros caminos se cruzaran eran verdaderas masacres.

A ese paso, uno de los clanes no tardaría en desaparecer. Era la terrible conclusión a la que había llegado tras nuestros encuentros, tras saciar aquellos deseos de comprobar nuestra fortaleza.

Yo no quería que eso pasara. Aún no habiendo conocido nada más que la guerra y la muerte, valoraba la vida humana. Y unos clanes como los nuestros no merecían un final así. Yo también deseaba la paz. Fue eso lo que me hizo ganarme la confianza de todos, ya que tú no parecías querer detener aquella lucha.

Ese hecho me dolía. ¿Por qué querías seguir peleando contra mí? ¿Me odiabas acaso? Yo sólo sentía una profunda admiración hacia ti. La idea de verme obligado a intentar hacerte daño resultaba incluso insoportable. No quería matarte, no quería que un hombre como tú desapareciera.

No tardé demasiado en darme cuenta de que el simple hecho de que te fueras de mi lado también sería desgarrador.

Lo que me provocabas era mucho más que simple fascinación.

¿En qué momento pasó? ¿En qué batalla? ¿En qué encuentro? ¿Cuándo empecé a sentir aquello? No encontraba ninguna respuesta.

Finalmente, llegamos a un acuerdo. Tú y yo pasamos de ser enemigos a compañeros. Los Uchiha y los Senju empezaron a cooperar. Y me eligieron a mí como líder.

No tienes ni idea de cuánto me pesa ese hecho. Tuve que vérmelas contigo una vez más. ¿Y para qué? Mis logros como líder han sido escasos, del mismo modo que lo fueron como amante.

Quería compensarte. Sabía que tú estabas más que molesto. Tu propio clan te había dado la espalda. Te acusaban de egoísta. Supongo que no es fácil conformarse con un segundo puesto cuando podías aspirar a mucho más.

Te ofrecí cuanto podía, lo que mis obligaciones me permitían. No quería fallarles a ellos, ni tampoco quería fallarte a ti. Te amaba, Madara. Te ofrecí mi cuerpo, mis caricias y mi pasión, lo único que tú podrías valorar en alguien como yo. Me sometí a ti una y otra vez entre las sábanas, en la calidez de las mantas sobre las que nos revolcábamos como animales salvajes.

Aún me estremezco al recordar cada una de esas noches. Supongo que mis incontenibles gemidos te dirían cuánto lo disfrutaba. Que me poseyeras durante aquellos momentos era la única manera en la que podía tenerte yo a ti. Eras huidizo e imprevisible. Alguien cuyas verdaderas emociones estaban completamente veladas a mí, aunque yo no pudiera ocultar mis sentimientos por ti.

Lo sabías, ¿verdad? Sabías que poco a poco ibas siéndome cada vez más indispensable, más necesario. Pero tú sólo querías algo de mí: mi posición. Temías por ti y por tu clan. Pensabas que los Uchiha quedarían en segundo plano, como nuestras mascotas.

Y daba igual lo que intentara hacer en privado, notaba cómo tú mismo llegabas a considerarte mi perro. Lo odiabas. Comenzabas a detestarme a mí y a mi clan. Comenzabas a detestar la villa que habíamos creado y a la gente que vivía en ella.

Finalmente, intentaste oponerte a mí. Y desde el más profundo egoísmo, me alegré mucho de que no recibieras ningún tipo de apoyo. No quería tener que volver a luchar contra ti. Sabía que el momento llegaría, pero quería que se retrasara lo máximo posible.

Mi mente era un caos, todas mis emociones se enfrentaban. Por un lado, quería darte todo lo que desearas, quería que llegaras a quererme como yo te quería, que me desearas del mismo modo en el que yo te deseaba a ti. Creía que nada podía hacerme más feliz.

Pero, por otro lado, yo era el líder de los Senju y, ahora, también de los Uchiha, y de Konoha en general. Era el Hokage. No podía dejarme llevar por sentimientos. Tenía que hacer lo que mis subordinados me pedían. Y ellos parecían rogar que te diera la espalda, que dejara de preocuparme por ti.

Intenté satisfacerles, aunque nunca pude hacerlo completamente. Cada paso que avanzabas alejándote de la villa era una punzada en mi pecho; cada maldición que dirigías a aquello que nos había unido, una puñalada en mi corazón.

Me repetía una y otra vez que tú no eras alguien en quien hubiera podido confiar nunca, que no estábamos hechos para convivir y para cooperar. Intenté convencerme de ello, en un vano intento por prepararme para la inevitable batalla que mantendríamos.

Había visto las ansias de venganza en tus ojos en aquella última mirada mortífera que me dirigiste antes de abandonarme.

Y no tardó en suceder. Volviste, acompañado de tu zorro de nueve colas con la intención de acabar con todo esto. Yo reuní cada pequeño atisbo de voluntad de proteger nuestra pequeña aldea, lo único que me podía dar fuerzas en ese momento.

Luchamos como nunca antes lo habíamos hecho. Tú nunca habías sentido tanto rencor, yo jamás había sentido tanta tristeza. Sólo quería terminar.

No sé qué es lo que me dio la victoria al final. Supongo que te precipitaste, Madara. A los Uchiha nunca se os dio bien dejaros llevar por las emociones. Y quizá yo únicamente deseara dejar de ver aquella mirada de aversión que tus ojos rojos me dirigían.

No obstante, aunque gané la batalla, no logré acabar contigo. Te vi tendido en el suelo, malherido, sangrante. Tu Sharingan se confundía entre el líquido rojo que caía por tu rostro.

Ni salvarte, ni matarte. No pude hacer ninguna de las dos cosas. En mis pésimas condiciones, sólo pude girarme, para que no vieras las lágrimas caer por mis mejillas. Eran lágrimas de vergüenza, de tristeza y de arrepentimiento.

Me alejé de ti lentamente, sin poder volver a mirarte, sabiendo que si lo hacía nunca me sería posible irme. Cuando mis subordinados me vieron aparecer y corrieron en mi ayuda, yo solamente fui capaz de murmurar que había ganado y que no deseaba que buscaran tu cadáver.

No sé qué idea era más dolorosa en mi mente: si encontrarte muerto o tener la certeza de que habías vuelto a irte de mi lado. Seguramente, y, de nuevo, arrastrado por el más egoísta de los pensamientos, era la segunda opción.

Porque yo sabía que tú estabas vivo. Sabía que acechabas entre las hojas de los árboles que un día declaramos como nuestros y limitaban aquello en lo que habíamos creído, en lo que yo había creído que serviría para mantenerte conmigo. Todavía lo haces: estás ahí, escondido en las sombras. Puedo notar tu terrible aura, tu poder, aunque no estés cerca. Fue esa presencia, recordándome cada día mi derrota, la que me hizo finalmente dejar el puesto de Hokage.

Lo acabaste logrando, después de todo, aunque no fuera de la manera en la que hubieras querido.

Te amaba, Madara. Aún te amo. Incluso amo esa atmósfera maligna que el recuerdo de tu rencor me ha dejado. Y también amo esta villa, porque es lo único que me dejó ser tuyo durante unos instantes que quedarán grabados en mí incluso más allá de la muerte.