El Último Vampiro
By
Tsuki No Hana
Parte II "¿Eres tú?"
Moscú, año 1917.
Giraba el anillo en su dedo con tranquilidad, mirando hacia un punto incierto en la calle frente a la cafetería donde estaba. Hacer eso con el anillo de oro se había vuelto una costumbre desde que lo tuvo en su poder nuevamente, hace casi cien años.
Terminó su café negro y una amable mesera le ofreció algo más, pero él negó suavemente y se quedó unos momentos más, mirando por la ventana hacia la calle nevada del centro de Moscú.
Mirando el anillo en su mano no pudo contener un suspiro cargado de sentimientos antiguos y profundos. Llevó su mano al pecho y por encima de la camisa y chaleco de vestir sintió el otro anillo, aquel que le correspondía a su amado. Lo guardaba en una cadena que colgaba de su pecho, esperando ansioso el momento de rencontrarse con su dueño para dárselo, sin embargo, esas esperanzas iban menguando con el paso de los años.
Luego sonrió muy levemente.
Si Viktor había esperado más de mil años para reencontrase con él, ¿Por qué no iba a hacer lo mismo?
Bebió las pocas gotas que quedaban de su café, el único alimento humano que no encontraba repulsivo. Y al ser lo único que podía beber -además de la sangre- sin vomitar del asco, se convirtió en un hábito muy arraigado.
Sin más, y con la seriedad que lo caracterizaba en esos últimos cien años, pagó la cuenta y salió del establecimiento, notando cómo la luz del sol apenas y se asomaba entre las espesas nubes de ese día gris y nevado en la ciudad.
¿Cómo hacía para estar a plena luz de día a pesar de su estado?
Fácil. Hizo algo que Viktor no: estudió de principio a fin las notas e investigaciones del Dimitri Nikiforov. Un vampiro de sangre pura conocido por sus avances en la medicina y ciencia. Razones por las cuales su reino era uno de los más prósperos y envidiados.
En esas notas encontró una investigación terminada, una que demostraba cómo salir a plena luz del día y no verse afectado. Dimitri había hecho ese hallazgo poco antes de su asesinato, así que no pudo llevarlo a cabo. Y como a Yuuri le sobraba vida, fue en busca de aquella piedra preciosa: Flourite, la cual, al portarla, le permitía salir de día sin morir en el intento. Sin embargo, su palidez extrema no desaparecía, tampoco sus colmillos que tenía que disimular no sonriendo, jamás, sino asustaría a todos los que lo vieran sonreír. De todas formas no había algo en ese mundo que le causara una sonrisa, lo único que lo hacía sonreír, era su amada mascota.
Refutó la idea de ir en coche hasta su departamento, decidió ir a pie, mientras tanto observaba el movimiento ajetreado de la ciudad. La gente iba de un lado a otro, la mayoría felices, fatigados, pero con esperanza en sus rostros.
Rusia atravesaba una época de cambio que dejaría huella en la historia. El gobierno del último zar había terminado, dando por concluidos tres siglos de gobierno de la dinastía Romanov. El país recién comenzaba a practicar la democracia y la guerra con Japón había terminado hace no mucho (Lo cual lo puso en conflicto debido a su ascendencia japonesa).
Alzó la mirada al cielo y vio que comenzó a nevar muy levemente, el frío incrementaba poco a poco y eso a él le traía muchos recuerdos, tristes y trágicos recuerdos. Cada vez que veía nieve, recordaba cómo ésta se tiñó de rojo carmesí cuando su amado recibió aquellos disparos. También recordaba el día de su sepulcro…
Flash back.
El frío ya no le calaba hasta los huesos como antes, su cuerpo ya no era como antes, ya no era un humano.
Luego de la masacre en todo el pueblo, llegó a casa, se sentó frente a la cama donde yacía el cuerpo inerte del amor de su vida. Estuvo a su lado toda la noche, observándolo, pensando y analizando la situación, tratando de sanar esas heridas del alma que sin saberlo aún, no sanarían jamás.
Fue hasta el amanecer cuando su hermana entró a la habitación y con ojos rojos e hinchados le pidió que se levantara de ahí.
—Tenemos que sepultarlo, Yuuri, no se puede quedar así.
El aludido se quedó sentado en la misma posición que toda la noche, espala erguida, manos sobre las rodillas, mirando fijamente hacia Viktor.
—Hermano —puso una mano sobre su hombro, pero Yuuri se incorporó en ese momento de la silla.
—Iremos a su castillo, descansará en su jardín favorito, ahí lo sepultaremos —sin decir más, se fue de ahí a darse un baño y quitarse la sangre, pólvora y tierra que tenía encima.
Yuuri sabía que el jardín sur era el favorito de Viktor, éste le platicaba que pasaba mucho tiempo ahí, y nunca entendió el verdadero motivo, sino hasta que fue ahí y vio las tumbas de sus padres y de su hermano. Eso le quebró un poco más el corazón el neófito. Al menos tenía el consuelo de que su amado descansaría junto a su familia.
Luego de la sorpresa de las tumbas, se llevó otra muy grande.
—¡Vi-chan! —palideció más al ver un perrito igual al que perdió meses atrás.
Mari y Chris lo vieron, también sorprendidos.
El can fue directo hacia Yuuri y brincó para ser acariciado por él. Era idéntico, igual de pequeño y alegre.
Los ojos de Yuuri se llenaron de lágrimas, tomó al perrito entre sus brazos y lo tuvo así por un rato hasta que Chris comenzó a cavar la tumba. Yuuri dejó a "Vi-chan" y ayudó a su cuñado. Entre los tres cavaron la tumba y depositaron a Viktor dentro.
Comenzaron a echar la tierra de nuevo en su lugar, y mientras lo hacían, Yuuri y Chris soltaban lágrima tras lágrima, en silencio, completamente devastados.
El día estaba tan gris y atestado de nubes espesas que el amanecer no afectó a Yuuri en su nuevo estado.
Luego del sepulcro, se quedaron un rato junto a la tumba, en silencio.
—Llevaré a tu hermana adentro, puede pescar un resfriado —Chris tomó a su novia de los hombros, con cariño y sin borrar esa expresión llena de tristeza luego de perder a su mejor amigo.
—Estoy bien, Chris —puso una mano sobre la de él—, quiero quedarme.
—En ese caso —se quitó su abrigo y se lo puso encima.
—Váyanse —dijo en voz baja y tranquila—. Vayan a descansar, ya pasaron por mucho.
—Tú también, Yuuri. Además, no has comido nada —se preocupó Mari.
Yuuri, de rodillas a un lado de la tumba de Viktor, esbozó una sonrisa ladina llena de tristeza. Sin levanta la mirada, dijo:
—Anoche comí bastante —dijo, refiriéndose a todos aquellos humanos que asesinó y de los cuales succionó toda la sangre posible.
Mari palideció aún más, contuvo sus ganas de llorar por eso también.
—Oh Yuuri —se sintió muy triste—. ¡Tonto! ¿Por qué hiciste eso? ¡No era lo que Viktor quería! —estalló en lágrimas, caminó hacia Yuuri hasta caer de rodillas a su lado y comenzar a golpearlo con sus puños.
El neófito sólo tomó sus puños y los detuvo con cuidado, no quería que se hiciera daño. La miró con tristeza a los ojos, por primera vez desde que se convirtió. En esa mirada Mari pudo notar que algo había cambiado radicalmente en su hermano, y no, no era el hecho de que no era más un humano. Había algo roto en Yuuri. Su corazón, quizás, o tal vez su alma.
—Hermana.
La aludida alzó su rostro, lleno de lágrimas.
—Voy a quedarme en este lugar, no pienso volver a casa. Mi lugar es aquí —tomó sus manos con triste cariño—. Ve con Chris y su gente. Sé feliz, tengan familia y vivan una vida plena —besó sus manos lentamente—. Hazlo por mí ¿Si?
—¿Y tú? —siguió llorando, en silencio—. ¡¿Qué hay de ti, Yuuri?!
—Ya te lo dije —alzó la mirada, observando el inmenso castillo que se alzaba a su alrededor—. Me quedaré aquí.
Fue a su estudio y abrió el cajón del escritorio, tal como Viktor le había pedido. Encontró la carta y la leyó sólo para sollozar con fuerza.
"Querido Yuuri:
Desde que te conocí no pude dejar de pensar en ti, te seguía a todas partes, escuchaba tu dulce voz, incluso me escapaba a escucharte tocar el piano en algunas ocasiones. Mi amado Yuuri, has sabido conquistar mi corazón como nadie más lo ha hecho antes. Ya te he dicho que te amo, pero siento que no es suficiente. No hay palabras para expresar mi sentir, así que llevé mi amor a la acción.
Este cachorro se llama Makkachin. Sí, sé que se parece mucho a Vi-chan, pero me temo que no lo va a ser del todo. Makkachin es un perro que crecerá mucho más que Vi-chan. Sé que lo cuidarás muy bien y sé también que estarás feliz al saber que no es un perro común y corriente. Verás…
Completé la investigación de mi padre, aquella que te comenté hace poco. Usé mi sangre y logré hacer que este pequeño sea tan longevo como yo, así que nos acompañará por muchos años.
Los tres estaremos juntos por una eternidad.
Tuyo por siempre.
Viktor."
Entonces Yuuri no entendió ¿"Los tres estaremos juntos por una eternidad"?
Eso sólo quería decir una cosa: Viktor había accedido a convertirlo. ¡Lo había hecho! Eso sólo lo deprimía aún más, pensando en lo que pudo ser y no fue. Vaya que dolía.
Salió del abismo de sus pensamientos cuando un par de patitas peludas le jalaron el pantalón, buscando atención.
—Makkachin —dijo su nombre por primera vez y el can movió su colita y aulló, como si entendiera su tristeza y quisiera animarlo.
Enternecido y soltando más lágrimas, lo alzó y lo apretó entre sus brazos con mucho amor. Ese pequeñín era un regalo de Viktor, lo único que le quedaba de él.
Entonces recordó que aún le faltaba encontrar esos anillos que mencionó su amado. Los buscó y los encontró tal cual donde dijo.
Al verlos sintió un extraño jalón en su pecho, su cabeza dolió un poco y se preguntó el porqué de esas extrañas reacciones. Además, se le hacían sumamente conocidos.
No tardó en tocarlos y…
Todos, todos los recuerdos que estaban sellados en su alma, sobre su vida pasada, llegaron a su memoria.
—Vitya… —una lágrima silenciosa rodó por su mejilla.
Arrastró los pies, exhausto, hasta llegar a la recámara de su amado. A penas abrió la puerta, sintió cómo el aroma de Viktor lo golpeó con fuerza en su nariz, llenando sus pulmones con esa fragancia.
Sus lágrimas volvieron a brotar con más intensidad que antes. La verdad era cruda y dolorosa: Viktor no estaba más con él. Ambos tenían un pasado que los unía con ferocidad. En su vida pasada había estado en compromiso con Viktor, el primogénito de Dimitri Nikiforov. Tuvieron una vida preciosa, llena de amor y felicidad, pero ese matrimonio jamás se llegó a consumar, antes de eso Yuuri fue asesinado ante los ojos de su amado. Ahora entendía por qué éste había sellado sus propias memorias, ahora entendía por qué Viktor se espantaba, diciendo que creía haberlo perdido "otra vez".
Ahora entendía todo con claridad, y vaya que la verdad dolía. Había reencarnado, su amado lo encontró y luego murió. La vida era cruel, retorcida y malvada. Eso era lo que sentía Yuuri en esos momentos.
Todo era jodidamente injusto.
Se tumbó en la cama deshecha de su amado, donde un día antes le había prometido hacerle el amor.
Qué tristeza tan profunda sentía.
Tomó su almohada y soltó el grito que quemaba su garganta. Gritó, lloró y se desahogó hasta quedar sin voz. No supo cuántos días pasaron, sólo sabía que estaba en un espiral sin fin de dolor.
Fin flash back.
Salió de su ensimismamiento cuando un chico en bicicleta se estampó contra él. Ambos quedaron tumbados en el piso.
—¡Discúlpeme, señor! Iba distraído y lo golpeé —el joven estaba muy avergonzado.
Yuuri frunció el ceño y se levantó de la nieve, se la sacudió y entonces notó que sobre la nieve había todo tipo de víveres regados. Latas por aquí, bolsas de legumbres por allá.
—No, fue mi culpa, iba distraído —se inclinó y comenzó a recoger las cosas del suelo.
—G-gracias, señor —puso todo en la canasta de su bici—. ¿Está usted bien? ¿No le hice daño?
—Estoy bien —levantó la última lata del suelo y alzó la mirada hasta ver con atención al chico, por primera vez.
No tardó ni un segundo en soltar todo lo que había recogido, dejándolo tirado de nuevo sobre la nieve.
—V-Viktor —se le fue el aliento.
El chiquillo frente a él era bajito, seguro no tenía más de doce años. Los pocos mechones de cabello que se asomaban por debajo de su gorro era hermosamente plateado y sus ojos de color… ¿gris?
—¿Disculpe? —inquirió—. ¿Está seguro de que está bien? —se le acercó.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó con un tanto de brusquedad.
—Nicolás.
Entonces Yuuri le arrancó el gorro de un tirón, dándose cuenta de que su cabello no era plateado, sino de un rubio demasiado claro. Se estaba haciendo ideas que no eran, era tanto su deseo por encontrarlo que ya lo veía en todas partes. A decir verdad, ese niño ni siquiera se parecía a su amado.
—Discúlpame, Nicolás —recogió de nuevo los víveres y los puso en la cesta. Sin decir nada más, se dio media vuelta y continuó con su camino.
Con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo y con paso apresurado llegó a casa. Makkachin, tan grande como Viktor había pronosticado, lo recibió con un cálido empujón al suelo, besando todo su rostro.
Eso alivianó un poco el destrozado corazón del vampiro.
—Hola, Makkachin —acarició su pelaje con mucho cariño.
Soltó un pesado suspiro y se quitó abrigo, guantes y bufanda, dejándolos tumbados en el sofá antes de acostarse ahí sobre ellos. Se sentía abrumado. Temía volver a sufrir una impresión de ese tipo, ya le había pasado antes, confundiendo a cualquiera con Viktor. A veces creía escuchar su voz, ver su cabello, o escuchar su risa a lo lejos. Pero siempre terminaba siendo su imaginación.
A este punto temía no encontrarse con su reencarnación.
Volvió a suspirar y miró las cajas y cajas que había en la sala, tenía mucho por desempacar.
Había llegado a Moscú apenas unos días atrás. Ya había probado suerte en Rumania y todos sus países vecinos, y nada, no encontraba a Viktor. Entonces llegó a Moscú con Makkachin, rentó un pequeño departamento y encontró trabajo en lo único que sabía hacer: música. Tuvo una entrevista con la directora de la academia de arte más prestigiosa del país y consiguió trabajo en su conservatorio, como maestro de música.
Había aprendido a dominar diversos instrumentos a lo largo de esos cien años. Ya no sólo tocaba el piano. Así sorprendió a la directiva del conservatorio.
Su trabajo comenzaba en dos días, debía estar preparado.
Al día siguiente decidió salir a dar un paseo más, quería conocer las caras de todos los habitantes del lugar. Buscaba con desesperación un par de ojos celestes y una cabellera hermosamente plateada.
Deambulaba nuevamente por el centro, la nieve caía con suavidad, pero eso no impedía que las tareas diarias de todos continuaran.
Hacía frío, sí, pero ya no le calaba como antes. Sin embargo, traía su atuendo completo para no desentonar entre la gente. Vestía sencillo, pero tan elegante como todo hombre acomodado del siglo XX. Su abrigo negro y largo era sencillo al igual que su pantalón y zapatos. Su camisa blanca de algodón con cuello planchado, junto con su corbata y chaleco de vestir color negro. Vestía sencillo, pero elegante.
Entonces, de pronto se le hizo escuchar una risilla muy conocida entre el bullicio de la gente. Su corazón dio un vuelco y comenzó a palpitar con violencia. Esa risa la conocía muy bien, y aunque era un poco más aguda de lo que recordaba, supo que se trataba de él.
Perdió la compostura y comenzó a mirar en todas direcciones, la gente lo miraba raro. No encontró al dueño de esa voz, se había ido o quizás lo había alucinado todo.
Agitado y en un estado emocional difícil de explicar, se fue a casa. Esperó a que fuera de noche para salir y cazar. No era difícil alimentarse en ciudades como esa. Aunque no era mucho, el crimen existía y Yuuri había decidido que si iba a alimentarse de humanos, sería de criminales. Lo hacía una vez cada mucho tiempo, pues también había descubierto la forma de preparar aquel alimento que hacían los Nikiforov para sobrevivir. El rey Dimitri tenía todo en sus notas de investigación.
Yuuri ya estaba débil y necesitaba alimento de verdad antes de comenzar su jornada de trabajo. Salió, cazó y regresó a su hogar. Sin embargo, esa noche no pudo dormir, el haber escuchado esa voz y esa risa lo hicieron estar alerta y emocionado.
A la mañana siguiente, desvelado y cansado se arregló y fue a trabajar.
Llegó a la academia y la directora usó toda la mañana para enseñarle el lugar a su nuevo empleado. Más tarde, Yuuri se dio cuenta de que le asignaron el grupo avanzado. Era un grupo de jóvenes adolescentes con talento nato para la música. El trabajo de Yuuri era perfeccionarlos para que fueran representantes del país en la música. El grupo no era grande, tenía sólo seis alumnos y debía encargarse de que su desempeño fuera cien veces mejor.
Cuando llegó la hora, entró al aula y luego de presentarse, tomó la lista con los nombres de sus alumnos y comenzó a verificar la asistencia. Babicheva, Plisetsky, Novikova, Altin, Ivanov y Popovich, eran los apellidos de sus seis alumnos. Todos habían asistido, excepto Ivanov.
—Él está enfermo, maestro —Irina Novikova levantó la mano, llamando su atención.
—Bien, dile a tu compañero que no tiene derecho a una falta más, sí lo hace, se va de mi clase.
Miró bien a todo el grupo y notó que ninguno pasaba de los dieciocho años. Estaban muy jóvenes aún.
Al día siguiente fue lo mismo, Ivanov no estaba.
Yuuri se molestó por la falta de disciplina de ese muchacho. Iba a decirle al grupo que por favor le avisaran a su compañero que no pertenecía más a ese curso, pero justo en ese momento se abrió la puerta del aula, de una manera tan estrepitosa que hizo a todos dar un saltito.
El joven estaba muy agitado. Cargaba un estuche con violín dentro y parecía cansado de hacerlo.
—¡Buenas tardes! —saludó, aún agitado—. Disculpe mi retraso —suplicó con una linda sonrisa—. ¿Puedo pasar?
Yuuri lo observó de pies a cabeza y frunció el ceño a más no poder. El alumno se intimidó. Su aspecto era precioso a pesar de estar agitado y con las mejillas rojas por la carrera que emprendió.
No, seguramente sólo estaba alucinando, de nuevo.
—Viktor —susurró, con un nudo en su garganta, pero manteniendo esa temple que ahora lo caracterizaba. No pudo evitar susurrar el nombre de su amado, ese chico se le parecía, pero era una más de sus alucinaciones, tenía que ser.
—¿Si, maestro?
Continuará…
Chan chan chaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan!
En un principio el plan era dejarlo como One Shot, pero cuando terminé de escribir la primera parte me di cuenta de que debía ser un fic corto.
Hace poco tuve un ataque de inspiración masivo y me solté escribiendo sin parar hasta casi las 5 a.m. ahora debo editar todo eso que escribí y subirlo poco a poco. No creo que sean muchos capítulos, quizás 5 en total, pero esta historia ya tiene su final.
¿Qué les parece?
En esta historia y en esta parte en específico, Yuuri es muy diferente al tierno y dulce que era cuando Viktor estaba con vida, la vida misma lo ha cambiado. Se ve tan serio e intimidante que incluso el niño a quien tumbó de su bici le causó cierto temor.
En fin, nos vemos muuuy pronto con la siguiente actualización, los iré subiendo tan pronto como termine de escribir cada uno.
Pd: Me gusta mucho la historia de Rusia y los Romanov, por eso no pude evitar hacer un comentario al respecto.
En 1917 terminó el gobierno de la dinastía Romanov, concluyendo así, tres siglos del poder de esa familia! No sé a ustedes, pero a mí se me hace muy interesante ese hecho. Y va a haber cositas así en el fic, pequeñas menciones, como por ejemplo la guerra de Rumania en 1916 en la cual Rusia actuó y le mandó ayuda. O la guerra Japón-Rusia que ocurrió antes de 1917, etc.
Me encanta esa época, las ropas que usaban, los modales, las artes tanto en música como en baile y pintura. Y me mata imaginarme a un Yuuri o a Viktor con esa ropa hermosa de ese siglo.
Bye, bye!
31/01/2018
9:45 p.m.
