Bueno, retomo este fic después de dos años. Finalmente he terminado "Why, or why not" (sí, ya sé que soy un poco lenta), y ahora me dedicaré a este fic, el cual no pude continuar porque siento que no puedo escribir dos historias largas al mismo tiempo, ya que no concentro toda mi atención ni en una ni en la otra. Ayer volví a ver la película de Drácula, para tener una idea más clara de lo que contaré. Ignoro cuántos capítulos tendrá, que tan largo será, qué personajes meteré, por lo pronto sólo tengo cuatro personajes seguros y los papeles que jugarán, así que supongo será interesante que lo descubramos en el trayecto. Espero actualizar seguido este fic, no deseo dejar pasar tanto tiempo. Dicho lo anterior, espero que los lectores que desde un principio leyeron el Prólogo puedan seguir esta historia y aparte, se sumen nuevos lectores. Los reviews son siempre agradecidos, al igual que el tiempo que se toman para leer.
Disclaimer: Ni Mahou Shoujo Lyrical Nanoha, ni sus personajes, ni la película en la cual está inspirado este fanfic me pertenecen, todos corresponden a sus respectivos autores.
Advertencia: Este fic esta clasificado como M, por sus escenas de violencia, crítica religiosa (a ningun culto en particular, sino más bien a uno ficticio) y lemon yuri.
The Blood is Love
Por: Scarlet Fate
- Acto I -
"Así que... Abogado Scrya... Le recuerdo que su permanencia en esta firma depende del resultado que usted obtenga de las negociaciones en Siebenbürgen."
El joven rubio y de gafas, sentado enfrente de aquel enorme escritorio tras el cual se encontraba el Abogado propietario de la firma más grande de bienes raíces de toda Britania, trataba infructuosamente de controlar el temblor en su cuerpo. Sabía perfectamente que de su éxito o fracaso dependería su futuro, y no solo el propio, sino también el de la mujer que deseaba desposar.
"Si señor, estoy perfectamente consciente de ello."
"Me alegra que así sea."
Con una sonrisa complaciente, aquel hombre terminó de decir sus palabras mientras tomaba algunos papeles del escritorio y se los entregaba al joven.
"La Condesa Testarossa es una de nuestras más apreciadas clientas y detestaría que la compra de tierras que planea hacer en nuestra ciudad no prosperara."
"Sí señor, estoy enterado de la importancia de los negocios de la Condesa Testarossa para nuestra firma".
El joven abogado estaba ya enterado de los planes de la Condesa, así como también estaba muy enterado de lo poderosa que era. Ella pertenecía a una noble e importante familia de Siebenbürgen, una de las ciudades más antiguas del continente, pero que aún conservaba un fuerte ambiente medieval. La Condesa deseaba extender sus dominios y decidió adquirir bienes raíces en Britania, la ciudad más importante del continente y cuyo estilo propio del siglo XIX contrastaba enormemente con Siebenbürgen. Ella contaba con una fortuna estimada en millones y se creía que su estrategia era una apuesta agresiva para invertir en Britania e incrementar aún más sus bienes y posesiones. Sin embargo, al tiempo de ser una persona poderosa, también era una persona muy enigmática, y excéntrica. Ni el propio dueño de aquella firma la había visto en persona, puesto que la Condesa siempre mandaba emisarios con cartas escritas por su puño y letra con instrucciones detalladas de los negocios e inversiones a realizar. Ser una persona tan poderosa tenía sus ventajas, ya que habiendo millones en juego, nadie podría contradecir sus deseos, así estos se expresaran en una simple hoja de papel.
"Le advierto que la Condesa Testarossa es conocida por sus... Gustos excéntricos. Le recomiendo que sea muy precavido en su actuar, a fin de no incomodarla."
Desde luego, la advertencia estaba de más. El joven Scrya se caracterizaba por su prudencia. Pero él no podía hacer menos que ser agradecido.
"Le agradezco su consejo, señor. Supongo que deberé pedir ayuda de la providencia para no errar mis pasos."
Como casi todos los habitantes de Britania, estaba de más decir que el joven Scrya era fiel seguidor del culto y la doctrina.
"No pierda su tiempo Scrya, ni en Siebenbürgen ni en algunos miles de kilómetros a la redonda verá en pie un sólo templo de culto. Todos han sido destruidos. Algunos no son más que ruinas desde hace aproximadamente 400 años."
"¿Pero cómo es eso posible?"
Involuntariamente, elevó el tono de su voz. Si bien el joven Scrya también se caracterizaba por su carácter calmado, no pudo menos que asombrarse ante lo que para él, significaba sin duda un gran sacrilegio, destruir templos. Cualquiera que fuera el responsable, seguramente estaría condenando su alma al mismo infierno.
"Siebenbürgen es un lugar diferente, Abogado Scrya... Muy diferente."
Para el joven Abogado, la palabra diferente comenzaba a tomar un nuevo matiz.
"Y ya que usted menciona lo diferente que Siebenbürgen es, si me permite hacerle una pregunta..."
El joven esperó a que el hombre que tenía enfrente suyo le permitiera continuar. Con un además, se le indicó que podía hacerlo.
"¿Qué sucedió con el Abogado que llevaba los negocios de la Condesa Testarossa? Entiendo que era un hombre exitoso y con una cartera de clientes bastante amplia, entre los cuales se incluía la Condesa... Hasta que tuvo que acudir a Siebenbürgen para tratar un asunto personalmente con ella... También entiendo que a raíz de su extraña renuncia, es que ahora me encargaré de tales negocios. Pero, si perdona usted mi insistencia... ¿Por qué un hombre renunciaría a todo ese éxito?"
El hombre ante el cual se encontraba sonrió forzadamente, procurando ocultar que los cuestionamientos del joven Abogado eran preguntas que no debían hacerse. Sin embargo, tratando de salir avante de tal situación, se limitó a contestar escuetamente.
"Problemas familiares... De salud..."
Y así, con una expresión que podría describirse como dura, aquel hombre había dejado zanjado el asunto, ante la cara incrédula y curiosa del joven Scrya.
"¿Alguna pregunta más, Abogado Scrya?"
Estaba de más decir que no relacionada con el tema anterior.
"No, señor."
Así que el joven Abogado tuvo que guardar su curiosidad para mejor ocasión.
"Bien. Parta rumbo a Siebenbürgen mañana mismo. Un carruaje lo estará esperando en la puerta de su casa a primera hora."
"Gracias, señor".
-o-
Una joven, de hermosos ojos azules y larga cabellera roja, se encontraba a las afueras de la mansión que había habitado desde su nacimiento. Amaba los jardines, al aire fresco, la luz del sol y el cielo azul. Era el único lugar en el que podía sentirse libre, dentro de su propia jaula de oro. Su espíritu era aventurero, pero su vida ya había sido decidida por sus padres, a pesar de sus protestas. Ella se casaría en unos meses, se convertiría en una dama de sociedad, tendría hijos y pasaría el resto de sus tardes bebiendo té mientras platicaba con amistades falsas y frívolas únicamente interesadas en su estatus. Eso era todo para ella. No había nada más en su futuro. Lo sabía y le dolía profundamente. Más aún porque a veces, sentía que estaba viviendo una vida que no le correspondía.
Tan perdida estaba en sus pensamientos, que no notó la presencia de aquel hombre, por el que sentía gran aprecio, más no amor, y con quien sus padres la habían obligado a casarse.
"¿Nanoha?"
Al escuchar su nombre, rápidamente se giró.
"¡Yuno!"
Él sonrió al verla, ya que estaba más feliz que nunca, porque sabía que Nanoha pronto sería su esposa. Y es que él la amaba a ella como a nadie.
"Perdóname, no quise asustarte."
"No, Yuno. No te preocupes."
Le dirigió una tierna sonrisa. No lo odiaba, pero definitivamente no lo amaba.
"Nanoha... ¿Podemos hablar un momento."
"Desde luego."
Y así, ambos comenzaron a caminar por los jardines de aquella mansión. Nanoha había estado durante mucho tiempo evitando aquella conversación, puesto que sabía lo que podía suceder después de ella.
"Nanoha... Hoy, como sabes, acudí a la firma de Abogados más prestigiosa de toda Britania. Mi contratación es casi un hecho. El único requisito que debo cumplir es concretar un negocio de un cliente muy importante. Por ello mañana mismo partiré a Siebenbürgen."
"¿A Siebenbürgen?"
Nanoha se mostró sorprendida, sabía muy bien que aquella ciudad estaba muy alejada tanto geográficamente como en costumbres y tradiciones de Britania.
"Sí. La clienta más importante de la firma radica ahí y debo ir personalmente para concretar la compra de algunas propiedades que adquirirá en la ciudad."
"Comprendo, Yuno."
A diferencia de Yuno, Nanoha no se encontraba tan emocionada. Sabía irremediablemente a qué punto les llevaría esa plática.
"Después de que concrete el negocio y regrese a Britania, seré contratado, y tendré el dinero suficiente para poder pagar nuestra boda, Nanoha."
Y ahí estaba, justo como ella lo había imaginado. La propuesta que tanto deseó jamás llegara. Nanoha estaba consciente de que Yuno era un excelente Abogado, joven, pero muy talentoso. Fallar no era ni una opción ni una posibilidad. Regresaría habiendo tenido éxito. Y entonces, ya no habría nada ni nadie que la separara del altar. La última barrera había sido rota.
¿Cómo había llegado ella a tal situación? Sus padres, Shiro y Momoko Takamachi, personas de la alta sociedad de Britania, no podían permitir que su única hija se casara con cualquiera. Más aún, cuando su apellido los delataba como personas con ascendencia extranjera, específicamente del lejano oriente, y es que así era, para la sociedad de Britania no era un hecho desconocido que los antepasados de Nanoha habían llegado a aquella ciudad hacía unas cuantas décadas, con pocos recursos pero con muchos deseos de ser emprendedores, así que comenzaron negocios familiares que con el paso de los años generaron una gran fortuna. Sin embargo, a pesar de su dinero, su estatus y su poder, a la vista de los nobles más importantes, seguían siendo un grupo de advenedizos que gozaban de las bondades de su país, ya que aún conservaban el apellido Takamachi. Quizás pareciera que el apellido que se ostentaba no decía mucho, pero en la sociedad de Britania, lo decía todo. Para los padres de Nanoha, la mejor manera de legitimar su estatus y tener todos los privilegios de la clase nombre que desesperadamente ambicionaban, era casando a su propia hija con un hombre de abolengo nacido en Britania, a fin de que su descendencia tuviera un apellido de renombre. Nanoha nunca se había enamorado de nadie en su vida, y aunque lo hubiera hecho, decidir con quién casarse no era una opción para ella.
Yuno Scrya había aparecido repentinamente en su vida, a pedir de boca, como diría la señora Takamachi. Aquel caballero con apellido noble, que había perdido trágicamente a sus padres y que rechazó la fortuna familiar para formar su imperio en base a sus propios esfuerzos, era justamente a quien necesitaban. A sus padres les pareció que este joven y talentoso Abogado sería el partido ideal para su pequeña, más aún cuando se percataron del interés que él tenía en ella después de que se conocieran en una fiesta de sociedad. Yuno se había enamorado de Nanoha, los padres estaban encantados, así que en poco tiempo se arregló el compromiso y todo fue perfecto. Los Takamachi tenían el dinero, los Scrya el apellido. Definitivamente era el matrimonio ideal… Menos para Nanoha… Nadie le había preguntado cuál era su deseo. Nadie le había preguntado si amaba a ese caballero. Y a pesar del gran cariño que ella tenía por sus padres, también sentía un gran resentimiento hacia ellos, porque a pesar de las súplicas de su hija, siempre hicieron caso omiso de sus verdaderos sentimientos. Al final, Nanoha se había cansado de luchar y poco a poco se fue convenciendo que quizás, algún día, llegaría a amar a aquel hombre con el que tendría que compartir su vida... Y su lecho... Esta la parte más dolorosa para ella. Tener que entregarse a un hombre que no amaba todas las noches que él quisiera.
Nanoha se había quedado en silencio después de lo que Yuno le dijo. Él no era nada tonto, sabía que Nanoha no lo amaba, pero también estaba muy seguro de que con el tiempo aprendería a amarlo. Y entonces serían felices para siempre.
"¿Cuándo regresarás a Britania?"
Quizás hubiera sido menos cruel que Nanoha se mostrara ligeramente emocionada ante la propuesta, pero ella necesitaba saber cuánto tiempo le quedaba antes de sellar su futuro para siempre.
"Una semana después de mi partida."
Yuno contestó sin duda. Nanoha sintió como si únicamente le restaran siete días de vida.
Ella se había quedado sin habla, pero lo siguiente que él diría, la dejaría sin aire.
"Cuando yo regrese... ¿Aceptarías casarte conmigo?"
Nanoha levantó la mirada, con los ojos muy abiertos. Se había cansado de pelear En ese momento, ella estaba segura de que no se podía luchar contra el destino. O al menos eso creía. Así que las palabras, aunque fueran las que más dolor le habían costado en su vida pronunciar, salieron sin duda de su boca.
"Sí Yuno, me casaré contigo."
-o-
A la mañana siguiente, cuando el sol apenas salía y la niebla aún cubría el camino, Yuno subió al carruaje que lo llevaría a Siebenbürgen. Aunque el frío y el nerviosismo causaran estragos en él, llevaba una sonrisa en los labios, puesto que el día anterior se había despedido de la mujer que amaba, prometiéndole que a su vuelta la desposaría, y ella había aceptado. Ingenuamente trataba de convencerse que Nanoha, quizás, comenzaba a sentir algo por él.
Tres días con sus noches, pasó en ese carruaje, sólo deteniéndose en algunas posadas para comer y reponer energías. El joven Scrya llevaba prisa. Sabía que mientras más pronto llegara, más rápido se concretaría el negocio y cuanto antes podría estar de vuelta con su amada para finalmente hacerla su esposa. En definitiva, el tiempo apremiaba.
Y mientras avanzaba, le parecía que iba dejando atrás todo rastro de civilización moderna, para adentrarse en un lugar más antiguo y, también había que decirlo, muy sombrío.
Yuno estaba muy exhausto por el largo viaje, pero sacaba fuerza de flaquezas cada vez que pensaba en lo que le esperaba al volver a casa. Amaba a Nanoha, la necesitaba… Y la deseaba… Sólo podía imaginar el día en el que estarían frente al altar y ella dijera el tan ansiado sí. Así como también imaginaba el momento en que la haría su mujer después de que la puerta de la habitación se cerrara tras ellos. Pensaba en que finalmente podría recorrer su piel desnuda con sus manos, poseerla y enseñarle por primera vez lo que era el amor entre un hombre y una mujer, así como saciar todos y cada uno de los deseos que ella causaba en él y que cada vez le costaba más trabajo controlar cuando la tenía cerca. El viaje a Siebenbürgen era sólo una última y pequeña prueba que tenía que superar. Y estaba completamente seguro de lo lograría., ya que al fin y al cabo, nada podría salir mal.
Finalmente, la noche del tercer día, el carruaje se detuvo y, según las instrucciones que había recibido, bajó de su transporte. Los caballos emprendieron su marcha y repentinamente él se quedó solo en el bosque a mitad de la noche. Comenzaba a impacientarse, aún más cuando escuchó al aullido de los lobos. Pero en el fondo estaba tranquilo, ya que sabía que en cualquier momento, el carruaje que sería enviado por la Condesa Testarossa, llegaría a recogerlo. Ni había terminado aquel pensamiento cuando el galope de los caballos pudo escucharse a lo lejos.
En poco menos de unos cuantos segundos, un imponente carruaje, guiado por dos sementales negros, se detuvo justo enfrente de él.
El hombre que conducía aquel carruaje, sin mencionar una sola palabra, le hizo una seña con la mano, indicándole al joven Abogado que subiera. Yuno se limitó a levantar ligeramente el sombrero a modo de saludo, antes de subir a su nuevo transporte.
El carruaje comenzó su marcha hacia las puertas del castillo de la poderosa Condesa Testarossa, pasando por desfiladeros apenas lo suficientemente anchos para que dicho carruaje los atravesara. El joven Yuno solo se limitaba a observar por la ventanilla el oscuro vacío al que caerían si una sola de las ruedas se rompiera. En silencio elevó una plegaria esperando llegar a salvo. Su fe parecía inquebrantable.
El imponente castillo ya se divisaba a lo lejos, indicando que llegarían a su destino en muy poco tiempo.
Y en efecto, al poco tiempo, por fin arribaron al castillo de la Condesa Testarossa. A la entrada, una gigantesca reja se levantó y les permitió el paso al interior del mismo. La reja se cerró pesadamente detrás de ellos. El corazón del joven se encogió. Por alguna extraña razón, sentía como si entrara a una prisión.
Yuno tomó el poco equipaje que llevaba con él y temeroso bajó del carruaje. No era para menos, el lugar era oscuro y frío. Aunque se encontrara dentro de aquella fortaleza, eso no lo hacía sentir mucho más seguro de lo que se había sentido en el bosque. Debía admitirlo, él tenía miedo, y no sabía por qué.
Repentinamente, el chirrido de la gran puerta principal abriéndose de par en par lo sacó de sus pensamientos y tomando un poco de valor, se decidió a entrar, a paso muy lento.
La visión de enormes columnas que parecían custodiar la entrada del castillo lo intimidó. Por dentro, la construcción era majestuosa. Pero no dejaba de ser, a la vez, increíblemente tétrica.
El miedo que sentía crecía cada vez más. Se sentía como si estuviera entrando a la boca del lobo.
Se reprendió mentalmente por tales ideas. ¿Qué diría la Condesa Testarossa si ella supiera lo que él estaba pensando en ese momento?
"Bienvenido a mi hogar, señor Yuno Scrya."
Continuará…
