Supremacía.

Disclaimer: Blabla. JK Blabla… nada de esto es mío... blablabla.

La fotografía.

—¿Saben, niños? Estos cacharros son anteriores a mi nacimiento. Aún así sigo creyendo que si dejas que te tome una fotografía te absorberá la magia… Pero ambos me obligan a hacerlo y es que… ¡Ustedes dos son tan encantadores! Necesito tener algún recuerdo de ustedes cuando me dejen— Bathilda otra vez le estaba hablando al aire mientras ajustaba el atril de una enorme cámara fotográfica en su jardín delantero. Albus estaba a unos pocos metros de distancia sentado en un árbol, mirando con fastidio al cielo y Gellert estaba sentado en una rama encima de él, observando a su tía con la mirada perezosa, sin escucharla.

—Creo que quiere tomarnos una foto, Albus.

El aludido suspiró con fastidio. Gellert lo miró hacia abajo, divertido. Albus deseó que esos ojos y esa sonrisa malévola estuvieran reservados sólo para él. Esa idea lo hizo sentirse vulnerable, como casi todo lo relacionado con su amigo, por lo que hizo un enorme esfuerzo para desviar la mirada y no sonreírle.

Sus pensamientos volvieron a posarse en el rostro de asco de Aberforth, la expresión de angustia de Ariana, el semblante sereno de su madre y las facciones de su padre deformadas por la ira. Y es que para Albus Dumbledore esas expresiones de sus familiares eran tan propias de ellos que le fue difícil no recordarlos de esa manera. Aberforth era la excepción. Cuando estaba con Ariana su expresión desafiante (exclusivamente enfocada para su hermano) se transformaba en una de ternura. ¿Por qué se sentía tan fuera de lugar en esa familia? Después de todo, ellos lo habían hecho ser como era. Una voz lo sacó de su ensimismamiento.

—Vamos, que no es para tanto.— Gellert seguía tratando de captar la atención de Albus, sin éxito. Si había algo que lo molestaba más que cualquier otra cosa, era que no lo tomaran en cuenta. —Ayer Bathilda me hizo plantarme en la sala para tomarme un sinfín de fotografías.— Comenzó a balancear los pies que le colgaban por la rama y sonrió aún más. —Y es que según ella soy tan adorable.— Dio un salto y colocó su rostro a unos pocos centímetros de Albus. —¿Me estás escuchando?— Dijo hablando atropelladamente con un acento casi incomprensible, como cada vez que se enojaba. Su tono de voz desenfadado se había ido.

Albus se fijó en el rostro del muchacho. A pesar de su súbito enfado, derrochaba vida, entusiasmo y belleza. Al mirar sus ojos de un color verde oscuro su frustración desapareció. Después de todo. Él era su mesías, lo sacaría de aquel lugar tan patético. Juntos serían imparables.

—No aguanto estar aquí recluido Gellert— dijo sin rodeos. El muchacho que estaba de pie frente a él sonrió. El rubor que anticipaba una furia incontenible se había desvanecido y volvió a ser el muchacho travieso y soñador de siempre.

—Ni que lo digas, y eso que no viviste con una familia de nómades como la mía. Y es que debo moverme…— Se calló súbitamente, como arrepentido de algo y le tendió la mano despreocupadamente. Albus la tomó solamente para sentir su cálido roce, ignorando su extraña reacción. —Vamos, tomémonos una fotografía… ya sabes. Para la posteridad— Le susurró Gellert en el oído. Albus lo miró y vio en sus ojos un brillo de complicidad, en contraposición con su – para él- inocente sonrisa traviesa. Aquel contraste lo perturbó un poco, pero nada importaba al estar tan cerca de él.

Albus sonrió. ¿Qué demonios le importaban las triviales rencillas familiares, teniendo a Gellert Grindelwald al lado suyo? Podría aguantar estar confinado todo lo necesario en ese sofocante lugar. Después de todo, vivirían muchos años con la corona del triunfo en sus cabezas. Los amos de la muerte… y del mundo. Ése era el lugar que les correspondía, no aquel suburbio plagado de desgracias.

Gellert vio la codicia en los ojos de Albus. Eso le encantó. Le fascinaba todo lo que tenía que ver con Albus de manera tan enfermiza que cualquier segundo separado de él se traducía en un dolor físico. El mayor lo rodeó con un brazo, atrayéndolo hacia él. Éste, encantado con el atrevimiento del pelirrojo lo imitó.

— ¿Te imaginas a nosotros, mirando esta foto cuando estemos en la cima del poder? Diremos "ahí fue cuando comenzó todo" y la gente lo sabrá. ¿Que imaginas, Albus, cuando la gente nos idolatre? Tendrán esta foto en un altar..

Albus vio la expresión decidida del muchacho. No lo entendía. Gellert vio la expresión de extrañeza de su amigo y estalló en carcajadas. Ambos comenzaron a reír imparablemente, y en eso, un flash se disparó. Albus nunca supo si lo que había dicho Gellert había sido en serio.

Después de todo, esa fotografía efectivamente quedó para la posteridad. Pero no del modo en que ellos la soñaban.