Aviso: en el capítulo hay una descripción de una violación, solo por encima, pero es mejor avisar.
Por cierto, algunos detalles de la vida en Greenwood están basados en mi propia experiencia (pasada) como profesora de instituto, los detalles a los que mi investigación no pudo llegar. ¿Alguien adivina qué elementos son reales?
John iba a pedirle a Sherlock que llamara por teléfono a la policía y pidiera una ambulancia, pero vio con el rabillo del ojo que el chico estaba ya sacando su teléfono de la mochila para hacerlo. John se humedeció los labios, sintiéndose perdido. Era la primera vez que tenía que enfrentarse a una víctima de violación.
—Claire, ¿crees que puedes levantarte? Te ayudaré a caminar hasta la enfermería. Allí podrás tumbarte un poco y descansar hasta que llegue la policía.
La muchacha dejó escapar un quejido, y sus sollozos se volvieron más histéricos.
—¡No quiero ver a la policía, me da vergüenza! No quiero que nadie lo sepa.
—Claire, te han atacado: no hay nada de lo que avergonzarse. Debemos atrapar a la persona que lo ha hecho, y si nos ayudas podremos averiguar quién es y meter a esa persona en la cárcel. Te lo aseguro, nadie del instituto se va a reír. Si no decimos nada podría pasar otra vez, a otra chica, y estoy seguro de que eso no te gustaría.
La chica pareció calmarse un poco y finalmente asintió. Había dejado de llorar, pero su rostro era un desastre de rimmel y lágrimas, y algunos mechones de pelo se le habían pegado a las mejillas húmedas. John le alargó la mano, y Claire le permitió ayudarla a levantarse. Empezaron a andar lentamente, bajando los escalones con cuidado. Era obvio que la chica se sentía mareada y débil. Tras unos minutos que se hicieron eternos, bajando las escaleras hasta la planta baja y caminando por el pasillo desierto en completo silencio, oyeron los pasos fuertes de Sherlock corriendo hacia ellos.
—La policía estará aquí en cinco minutos, y una ambulancia viene de camino—explicó el chico.
La enfermería estaba cerrada: absolutamente todo el mundo parecía estar en casa o en la cafetería. Por suerte, la llave de las clases que tenía John abría también esa puerta, así que utilizó su llave y los tres entraron. Ayudaron a Claire a tenderse en la camilla. La chica todavía parecía mareada y a punto de llorar; John pensó en enviar a Sherlock en busca del director o de la subdirectora, que debían estar en la cafetería, pero en su lugar se sorprendió preguntando a Claire:
—¿Has podido ver la cara de tu atacante?
La muchacha negó con la cabeza.
—Me sorprendió por detrás— explicó con una voz débil que no tenía nada que ver con su tono normal, tan alegre—. Volví a nuestra clase a buscar los deberes; quería hacerlos con Tina durante la hora de comer. Tina dijo que me esperaría fuera, en nuestro banco. Pedí la llave en Secretaría, subí, agarré mi libro y mi libreta, corrí escaleras abajo, y entonces, cuando estaba casi en el rellano del primer piso, alguien me empujó al suelo. Me caí de cara. Le juro que al principio pensé que era Tina, y estaba a punto de gritarle, muy enfadada, cuando una mano grande y áspera me cubrió la boca. ¡Jesús, casi me cubrió hasta la nariz! Entonces me asusté. Traté de morderle la mano, pero me golpeó en la cabeza, muy fuerte. Creo que no me quedé inconsciente, pero durante unos momentos me sentí muy mareada y confundida. Bueno, hasta que empezó a doler, claro, eso me despertó de golpe. Yo… Yo nunca había hecho… eso. Fue horrible. ¡Era como si un animal me estuviera haciendo pedazos!
Los sollozos retornaron. John alargó la mano y le apretó el hombro.
—La policía le encontrará, Claire. Hmmm… ¿Podrías sentarte un poco? Voy a ponerte un cojín bajo los hombros. Me gustaría echar un vistazo a tu cabeza. Por favor, no te quedes dormida, no hasta que te hayan mirado esa concusión en el hospital, ¿vale?
La chica asintió. Parece tan pequeña y tan joven, pensó John. ¡Menuda bestia! Se le revolvió el estómago y se dio cuenta de que estaba abriendo y cerrando los puños; recordaba bien ese gesto de sus tiempos en el ejército. Su cuerpo se estaba preparando para la batalla. Excepto que esa vez no había ninguna batalla, solo impotencia y rabia contenida.
—¿Qué más recuerdas de él?
La voz de Sherlock le llegó desde detrás; casi se le había olvidado que el chico estaba todavía allí. Iba a decirle que dejara a la pobre chica en paz, pero Sherlock fue más rápido, y las palabras de John murieron en sus labios.
—Siento molestarte en esta situación tan lamentable, Clair— dijo el chico—, pero tenemos que eliminar al mayor número de sospechosos posible, y debemos hacerlo rápido. Él está ahí fuera, quizás comiendo en la cafetería tan tranquilo y feliz como si nada hubiera pasado. Por favor, haz un esfuerzo.
La muchacha frunció el ceño, todavía hipando.
—No he podido verle.
—Pero has dicho que sus manos eran grandes… ¿Qué más? ¿A qué olía? ¿Cómo era su voz?
—Sherlock, eso es un poco demasiado…—trató de intervenir John.
Debería estar llamando a sus padres, localizando al Director… Sherlock ni siquiera debería estar aquí. Pero la chica consideró las preguntas por un momento y, en lugar de romper a llorar como John se temía, trató de contestar, con un hilo de voz.
—Ningún olor en especial. Quizá un poco de sudor, pero no estoy segura. Se cubría la boca con algo, un jersey o algo así, pero eso no podía disimular que tenía una voz profunda.
—¿Tan profunda como la de Sherlock?— no pudo evitar preguntar John.
Sherlock le taladró con la mirada.
—Yo no huelo a sudor, John. Nunca.
Solo él podría sentirse insultado por eso, pensó John, casi divertido. Pero la chica había abierto los ojos como platos, horrorizada, así que John se apresuró a asegurarle que Sherlock estaba con él en el momento del ataque.
—Pero es cierto que el atacante tenía una voz profunda— siguió Sherlock, implacable, paseándose por la pequeña habitación y volviéndose a mirar a John—, como yo, según parece, y es obviamente fuerte, alto y con manos grandes.
—Tu descripción, otra vez—. Sherlock detuvo sus pasos para mirar a John, amenazante, así que añadió—: Pero tú estabas en el laboratorio conmigo, así que estás fuera de sospecha.
—Gracias a dios por eso— susurró Sherlock. Se giró de nuevo hacia la chica. Parecía un poco asustada de ellos de repente (Se acaba de dar cuenta de que cualquier hombre del instituto, incluidos nosotros, puede ser su violador, pobre chica, pensó John)—. ¿Algo más? ¿Viste sus manos? ¿Llevaba algún anillo, tenía un lunar, callos?
—¡No pude verlas bien! Pero eran ásperas, así que sí, tenía callos.
Los ojos de la chica se clavaron en las manos de Sherlock. Él las levantó, con las palmas hacia arriba, y se las enseñó: eran suaves y blancas, sin rastro de durezas. Claire alzó la mirada de nuevo hacia el rostro de Sherlock y John pudo ver un silencioso "gracias" en sus labios. Estuvo tentado de enseñar sus palmas, también, pero parecía que ella no lo necesitaba. Sherlock empezó a pasearse otra vez, con las manos unidas frente a su cara, mientras hablaba en voz alta para sí mismo.
—Así que podemos descartar a todos los profesores de más de cuarenta años; ninguno de los profesores mayores es fan de los deportes de raqueta o de la jardinería. Podemos descartar también a los estudiantes más jóvenes, porque nuestro hombre ya ha cambiado la voz. Si tenemos en cuenta también la altura y la fuerza física, la lista de sospechosos se reduce considerablemente, incluso con el personal no docente…
—¿Qué? ¿Cómo…?— John trató de reaccionar, con la boca abierta.
Justo entonces la puerta se abrió, y un hombre y una mujer con el uniforme azul de la policía entraron, enseñando sus placas. El policía les pidió que le siguieran fuera de la habitación, cosa que hicieron, mientras que la oficial femenina se quedó en la enfermería con Claire. Una vez fuera, el oficial (el sargento Gregson, según su placa) les pidió que le explicaran lo que había pasado. Les escuchó atentamente, pero cuando Sherlock empezó a darle los detalles que había deducido de las explicaciones de Claire, el hombre levantó la mano y le hizo parar.
—Eso es todo. Excepto que voy a tener que hablar con el Director. ¿Alguna idea de dónde puede estar?
John le condujo a la cafetería; Sherlock les siguió, dos pasos detrás de ellos. La Subdirectora estaba allí; la mujer saltó tan pronto como vio al hombre en uniforme. Se les acercó con una mirada inquisitiva dirigida a John, y su rostro se volvió gris ceniza cuando el policía le empezó a explicar lo que había pasado. Casi se echó a correr hacia el pasillo principal, dejando a John y a Sherlock allí de pie, en la puerta. El oficial se despidió con un gesto de cabeza y la siguió. John suspiró y se giró para mirar a Sherlock; no podía leer su expresión, pero estaba seguro de que el chico se sentía bastante molesto: el sargento Gregson no debería haberle ignorado así.
—Todavía tienes media hora para comer— le dijo al adolescente—. Si nos damos prisa, está esa tienda china de comida para llevar, en la esquina.
Sherlock asintió, ausente, y le siguió hasta afuera.
El vecindario, como casi todo Greater London, estaba formado por una calle principal, con casi todas las tiendas y restaurantes y tráfico, y una serie de calles tranquilas a su alrededor, en su mayoría con casas adosadas con alguna solitaria tienda o un pub aquí y allá. Greenwood estaba en la esquina más alejada del barrio, así que toda la variedad que había para comer era la cafetería del instituto o una grasienta tienda de comida para llevar china. John normalmente se sentaba en la mesa de profesores y tomaba una ensalada, o una sopa y un bocadillo, algo simple. Pero el día había sido inusualmente estresante, su alumno favorito estaba hecho polvo, y su cuerpo pedía algo pesado y especiado. Y una cerveza. Y para celebrar que estaba cruzando un par de barreras, compró una cerveza también para Sherlock. El chico le miró, confuso, y le dio las gracias con voz débil, pero se guardó la cerveza sin bebérsela. Se sentaron en un banco, en un pequeño espacio verde justo delante del recinto del instituto.
—¿Qué hay de lo que has dicho antes, de no pasar más tiempo contigo?— preguntó Sherlock, suspicaz, tan pronto como se asentaron con sus cajas de comida.
—Bueno, lo que ha pasado justo después de eso ha cambiado un poco las circunstancias, ¿no crees? Puedo hacer una excepción—. John hizo una pausa para masticar sus fideos. En cuanto hubo tragado, añadió—: Además, quería hablar contigo. ¿Cómo has sabido todos esos detalles?
Sherlock frunció el ceño, pausando sus palillos chinos cargados de comida de camino a su boca.
—¿Cuáles? ¿Sobre ti, o sobre el violador?
—Ambos son bastante impresionantes. Empieza con los míos.
—Ah, vale. Ciudad de origen de tamaño mediano: tu estilo de vestir, solo eso. Tu familia: nunca hablas de ellos. Nos has explicado algunas historias de cuando estabas en el ejército y de la universidad, pero nunca has mencionado a tu familia. Aunque tienes una foto de tu hermana en la cartera.
—¿Cómo la has visto? Y eh, ¡podía haber sido una foto de mi novia!
—La vi un día que estabas pidiendo una fotocopia de un documento personal en Secretaría. Y se parece mucho a ti. No tienes a nadie esperando en casa, porque te quedas a comer aquí cada día, a pesar de que no tienes clases por la tarde. El resto es solo hacer deducciones a partir de los datos obtenidos. ¿Era todo correcto?
John suspiró.
—Casi.
Sherlock bajó las cejas.
—Oh. ¿Puedes decirme en qué me he equivocado?
—Mis padres están vivos, y no les decepcionó que me uniera al ejército. Bueno, no mucho.
—¿Y entonces?
—Es personal.
Sherlock parecía frustrado, pero no dijo nada. Se concentró en su comida durante un par de minutos.
—Te enfadaste cuando te conté mis deducciones sobre ti— susurró finalmente.
John consideró esas palabras mientras masticaba.
—No me enfadé por eso, no, no lo creo. Pero era demasiado. Lo siento, tenía que haber sido más paciente, manejarlo mejor.
Sherlock apretó los labios en una fina línea y miró fijamente sus palillos de madera.
—No te preocupes, no es la primera vez que me rechazan— dijo en voz baja.
John le miró, sintiendo una punzada de remordimiento.
—Entonces está claro que siempre estás buscando a la persona equivocada, Sherlock. Estoy seguro de que encontrarás a alguien que te ame; lo mereces.
Sherlock se levantó y caminó a grandes zancadas hacia la papelera, donde tiró los restos de su comida y los envoltorios. John se le acercó y se sintió mal al ver una profunda arruga entre los ojos de su alumno. Quería consolarle, pero también necesitaba un poco de espacio entre ellos.
—Cuéntame tus otras deducciones— preguntó para cambiar de tema. De todas formas solo les quedaban un par de minutos; las clases de la tarde estaban a punto de empezar.
Eso pareció funcionar: Sherlock acompañó a John hasta su coche mientras le explicaba sus pensamientos.
—Yo creo que está bastante claro: el atacante tenía que ser alto para poder inmovilizar a Claire. Ella mide un metro setenta; más o menos como tú, ¿verdad? La postura en la que la tenía requiere que él mida unos cuantos centímetros más, además de tener una fuerza considerable. Podemos tachar de la lista a todos los hombres de menos de metro setenta y cinco, yo diría. Claire no olió a tabaco, así que no fuma, o su ropa apestaría a humo. La voz es una buena pista, también. Y juega a lacrosse, cricket, tennis u otro deporte que use raqueta o stick. Otra opción es que haga algún tipo de trabajo manual. Podría imprimir una copia de los listados de alumnos y tachar a los que no tengan todos los requisitos. Apuesto a que acabaríamos con una lista de diez sospechosos como mucho.
John no podía cerrar la boca, asombrado.
—¡Pero eso es fantástico, Sherlock! Pensaba que eras brillante, pero no tenía ni idea. ¡Eres verdaderamente un genio!
Sherlock miró hacia el suelo y trató de esconder una sonrisa, sonrojándose. John no pudo evita reírse. Pero entonces sonó el timbre de la escuela.
—¡Oh, dios, vas a llegar tarde!
Sherlock se encogió de hombros.
—No me importa.
—¡Pues a mí sí! ¡Venga, vete! Hablamos el lunes. ¡Y haz esa lista!
El chico asintió y empezó a andar hacia el edificio. Se volvió a mirar a John, que estaba dentro de su coche.
—Te veo el lunes, Doc.
De hecho, se vieron al día siguiente, aunque los viernes no tenían clase de química. Cuando John llegó a Greenwood, a primera hora de la mañana, el incidente estaba en boca de todos. Instintivamente buscó a Sherlock por los pasillos; lo vio al final de la segunda hora, con esos rizos oscuros y el abrigo largo que eran difíciles de pasar por alto. Sus miradas se encontraron y el muchacho se acercó a él.
—¿Hiciste esa lista?— le preguntó John rápidamente.
—Sí, la hice— contestó Sherlock, molesto—. Incluí al personal, y el resultado es una lista de sospechosos un poco más larga, treinta y dos en total.
—¿Treinta y dos?— sonrió John. No tenía ni idea de la cantidad total de estudiantes y profesores de Greenwood, pero estaba seguro de que debía rondar el millar. Reducir eso a solo treinta y dos parecía increíble—. ¡Eso es impresionante, Sherlock!
—Pero.
—Oh, ¿cuál es el "pero"?
—El Director se ha negado a verme o a tomar la lista siquiera. ¡Nadie me toma en serio!
El chico parecía furioso y completamente frustrado. John suspiró, sintiéndose mal por él.
—Dame esa lista, me aseguraré de que la tenga y de que entienda su importancia.
Sin una palabra, Sherlock abrió su mochila y sacó una carpeta de plástico. Se la dio a John con un conato de sonrisa. El profesor le sonrió también, tratando de parecer alentador.
Consiguió cumplir la primera parte de lo que le había prometido a Sherlock: habló con el Director y le entregó la lista. Sin embargo, no tuvo tanto éxito con la segunda parte. El hombre solo le dio un vistazo rápido a la lista, nada impresionado, y se aclaró la garganta.
—Esta lista puede serle muy útil a la policía— insistió John.
—Ya tienen la lista de nuestros alumnos, John. Estoy seguro de que el sargento Gregson puede hacer su trabajo sin la ayuda de un chico de dieciséis años. No deberías seguirle la corriente con esto, John; no es saludable que un adolescente se obsesione por crímenes desagradables como este. Ya sé que ese Holmes es un chico muy listo. Quizá podrías animarle a que se una al club de ajedrez; eso nos sería muy útil. Dile que deje este asunto para la policía, ¿de acuerdo? Ellos son los profesionales, a fin de cuentas.
Y eso fue todo. El Director fingió una sonrisa rígida y volvió su atención al papeleo de su mesa. A John no le quedó otra opción que marcharse de la oficina.
La atmósfera en el instituto estaba ligeramente más tranquila tras el fin de semana; pero, cuando John entró en su primera clase, se encontró a casi todos los alumnos reunidos alrededor de rick. El grupo se dispersó y todos empezaron a sentarse cuando vieron a John, pero Marcie exclamó, alegremente:
—¡John! ¡Ven aquí, por favor! ¿Sabes qué? El padre de Rick le ha explicado un montón de cosas sobre la violación de Claire; está ayudando al sargento que lleva el caso.
John notó, preocupado, que Claire no había venido a clase. Era comprensible, la chica necesitaba un poco de descanso en casa hasta que se sintiera más calmada. Sherlock, por su parte, estaba sentado en su sitio de costumbre, pero no se perdía palabra de la conversación.
—Sí, mi padre es solo oficial de policía, y normalmente no comenta nada sobre su trabajo, pero estaba preocupado porque ha pasado en mi instituto, así que se ha presentado voluntario para ayudar con el caso— explicó Rick, exultante. Aunque no era tímido, no era muy popular, y no todos los días podía disfrutar de la atención de toda la clase—. Han estado preguntando a todo el personal durante el fin de semana—. John asintió; había tenido que explicar otra vez todo el incidente a un ayudante de Gregson (quizá era el padre de Rick) el viernes por la tarde—. Y anoche detuvieron al principal sospechoso: ¡Robson, el encargado de mantenimiento!
El murmullo de voces subió de intensidad, como si todos los alumnos tuvieran algún comentario sobre Robson, y todos a la vez. John tosió y levantó un poco la voz.
—¡Muy bien, chicos! Por favor, sentaos en grupos de cuatro; vamos a hacer los ejercicios de la página 67. Debéis discutirlos en grupo y llegar solo a un resultado. Bien razonado, desde luego, no caído del cielo.
Los chicos y chicas se quejaron, como cada lunes por la mañana, pero poco a poco empezaron a mover sillas y a sacar libros. John llamó a Sherlock con un gesto y le hizo sentar con Rick y las chicas. Tan pronto como estuvieron sentados frente a frente, Nell preguntó:
—Dicen que Sherlock y tú fuisteis los que encontraron a la pobre Claire, ¿es cierto?
John asintió.
—Mi padre dice que había mucha sangre— murmuró Rick.
Las chicas estaban horrorizadas. El Director tenía razón; no deberían saber tantos detalles, es morboso, pensó John. Pero era un poco tarde para preocuparse por eso de todas formas, el mal ya estaba hecho, y solo podía dar gracias por que ningún otro alumno estuviese escuchando.
—No había mucha, pero había sangre, sí. No fue solo sexo sin consentimiento, fue un ataque.
Nell y Marcie se miraron con los ojos muy abiertos.
—Pues gracias a dios que han pillado a ese hombre— dijo Marcie tras un silencio.
—Sobre eso… No creo que haya llegado a conocer a Robson. Sherlock, ¿estaba en la lista?
Ocho ojos se giraron hacia Sherlock, quien asintió con expresión ausente.
—Aunque no estoy cien por ciento seguro acerca de la voz— añadió el chico— ¿Vosotros describiríais la voz de Robson como profunda?
Rick y las chicas parecían perdidos. Finalmente Rick contestó:
—Nunca le he oído hablar, lo siento. Pero ¿de qué va todo esto? ¿Qué lista?
John les explicó las deducciones de Sherlock y sus resultados. Los tres estaban maravillados y empezaron a mirar a Sherlock con asombro. El muchacho evitó mirarles a la cara, y cuando al fin levantó los ojos se centró solo en John.
—¡Pero eso es genial!— exclamó Nell— ¿Scotland Yard está usando esa lista?
—No, por desgracia el Director opina que el sargento Gregson no necesita ninguna ayuda. Bueno, si Robson es el atacante entonces ya está, y solo podemos esperar que Claire vuelva lo antes posible.
—¿Y si no?— preguntó Rick.
John le miro y suspiró. Ese era el problema.
—¿Sabéis si Claire ha recibido alguna amenaza? ¿Algún ex novio furioso?— preguntó.
Rick y las chicas dudaron.
—No lo creo— respondió Marcie—, nunca ha tenido novio.
—Pero le gusta coquetear— añadió Nell—. Solo que… nada serio, ¿sabes?
—¿Ha rechazado a alguien recientemente?— preguntó Sherlock.
John tragó saliva, sintiéndose incómodo de repente, pero trató de mantener cara de póquer.
—No sé— dijo Marcie—. ¿Y tú? ¿No? Se lo preguntaré a Tina, su mejor amiga. Quizás ella lo sepa.
Sherlock asintió.
—Oye, yo no estoy en esa lista, ¿verdad?— le preguntó Rick a Sherlock.
John casi se echó a reír; Rick era más bajo que él, y el único deporte que había practicado en toda su vida era fútbol… en videojuegos. Sherlock negó con la cabeza y sus ojos se encontraron con los de John. Ambos sonrieron.
—John, ¿por favor?
Alguien le necesitaba en otro grupo, así que les dejó trabajar en paz.
A medida que la semana pasaba las cosas empezaron a calmarse. Claire volvió al instituto el jueves. Estaba callada y tímida, muy diferente a su forma de ser habitual, y se apartaba cada vez que alguien intentaba darle un abrazo para consolarla.
—Espero que te sientas mejor— dijo John, con una sonrisa forzada y sintiéndose horriblemente torpe.
La chica solo asintió y empezó a trabajar.
Al final de la clase, todo el mundo guardó el material rápidamente y corrió a la cafetería. Tina estaba ya esperando a Claire en la puerta; ahora iba con ella a todas partes, por lo visto, y los profesores lo permitían. Bien. John se volvió hacia Sherlock y vio que ya estaba recogiendo su esa; se sintió ligeramente decepcionado. El muchacho no le miró, pero estaba claro que era consciente de los ojos de John fijos en él. John advirtió que su cabello era más largo que a principios de curso, y sus rizos le caían sobre los ojos cuando miraba hacia abajo. De repente Sherlock le miró con el rabillo del ojo y John se dio cuenta, un poco avergonzado, de que le había estado mirando fijamente; trató de concentrarse en recoger su propia mesa. Sherlock se detuvo un momento antes de salir. John se negó a hacer ningún comentario sobre el hecho de que se fuese a su hora; un saludo con la mano debería ser suficiente.
—Robson todavía no ha sido arrestado— dijo el chico—. Está bajo vigilancia, pero no creo que sea nuestro hombre.
John se quedó pensando un momento.
—¿Por qué no?
—No estoy seguro. Pero de alguna manera no encaja.
—Estaba en la lista.
—Sí, lo sé… Todavía no sé por qué, pero diría que el atacante era un alumno, no un miembro del personal.
John observó la forma en la que los ojos de Sherlock brillaban cuando hablaba; si la química hacía que el muchacho se entusiasmase, discutir un crimen le excitaba todavía más. Sherlock frunció el ceño de repente.
—Estás sonriendo, ¿por qué?— preguntó.
John se rió, sintiendo una súbita oleada de afecto por el muchacho.
—Por nada. Que pases un buen fin de semana, Sherlock.
El adolescente asintió, suspicaz, y se marchó del laboratorio.
