Capítulo 2 – Miedo
- Hmm… Óh lá lá, ¿pero qué tenemos aquí? – Dijo cierta persona rubia de acento en la erre saliendo de la ducha, ya seco, y acercándose a una mesa donde estaba un periódico que en letras grandes decía "Le Monde" y, dispuesto sobre éste, un sobre con varios sellos pegados, de muchos colores y precios, que daba a entender que no era un envío nacional. Se sentó en un sofá cercano y cogió dicho sobre, abriéndolo grácilmente y sacando su contenido, una carta la cual comenzó a leer en voz alta, haciendo amago de que se la dictaba a alguien solo por oír su propia voz:
- "Por la presente carta se les comunica a los países ayer presentes en el caso del asesinato de Iván Braginski, célebre representante del país ruso, que tras arduas investigaciones de los mejores criminólogos y médicos forenses del estado se halló como causante del homicidio al difunto representante del país letón, Raivis Galante, como causa de la ira contenida por años hacia el gran país. Queda con este hecho cerrado el caso y comunicámosles, por último, que no tienen nada más que temer. Un cordial saludo. Seguridad Estatal Rusa"… Fiuu, vaya, menos mal~ - Prosiguió luego de haber terminado de leer la carta, suspirando de alivio.- Es un alivio saber que no tenemos que seguir temiendo por nuestras vidas… Aunque, a decir verdad, siento algo de pena por el ruso. Simplemente, no era su hora…
- Vaya… - Le interrumpió una voz que no logró identificar del todo que provenía de algún sitio de la estancia y resonaba como el eco de un espectro en ultratumba.- Con que sientes penita por el mastodonte comunista, ¿no? – Repitió burlescamente, mofándose.
- ¿¡Q-Quién dijo eso! – Preguntó asustado el otro.- ¿Quién eres?... – Miró hacia todos los lados, intentando encontrar al causante de esa voz tan tenebrosa como familiar.
- Oh, bueno… - El rubio rápidamente consiguió vislumbrar al intruso, el cual parecía jugar con algo entre las manos, aparentando una falsa inocencia infantil la cual se desvaneció por completo cuando esbozó en su cara una sonrisa macabra. Estaba cerca suyo, apoyado contra el respaldo de un sillón cercano.- Soy el únicamente válido para labrar la justicia que este mundo necesita… … Simplemente, YO soy y seré el héroe justiciero… Y tu peor pesadilla. – Dijo, y se le acercó de manera peligrosa. Demasiado peligrosa.
- ¡Gah! ¡No!... ¡Aaaaah!
- Vaya, al final resultó que tenía razón… - Dijo medio suspirando Ludwig, mirando hacia un papel , el cual parecía de muy alta calidad, que tenía entre manos. Se encontraba tranquilo, como de costumbre, recostado en su sillón con un montón de papeles de baja calidad, un periódico titulado "Die Zeit", sobre una mesilla junto a él.
- Ve~, ¿que tenías razón en qué, Doitsu~? – Preguntó Feliciano, bajando en bóxers, como era su costumbre, las escaleras que venían del piso superior donde se encontraban los dormitorios.
- Italia, no me importa que vengas a mi casa, pero al menos podrías avisar de cuándo lo vas a hacer, ¿no?... – Sonaba más como una orden que como una pregunta.
- Ah, ¿pero es que acaso Doitsu no se percató de que dormí con él? – Volvió a preguntar inocentemente el italiano.
- Ejem, ejem… - Disimuló penosamente el alemán su sonrojo, apartando la vista hacia otro lado.- Pasando a otra cosa, mira esto… - Dijo enseñándole el papel, el cual había estado leyendo pocos minutos antes, al italiano, que ya había llegado al lado suyo.- Hoy llegó esto. Lo ha redactado la seguridad privada rusa, la que se encargaba de la investigación… ¿Lo estás entendiendo, Italia? – Le preguntó ante el aparente desconcierto del italiano.
- A-Algo así, ve… Y dice que el asesino fue Letonia, ¿no?
- Efectivamente, así que ya no hay nada más por lo que preocuparse. Todo había sido a causa de la ira contenida, nada más.
- Vee~, menos mal. Ya me siento un poco más seguro, aunque… ¿qué haremos ahora con todas estas banderas blancas que fabriqué? – Preguntó yendo rápidamente hacia un armario cercano y mostrando, al abrir sus puertas, miles y miles de banderas de rendición.
- ¿¡Hiciste de nuevo banderas blancas! ¿Acaso no te son suficientes las millones de ellas que tienes guardadas en mi trastero?...
- Ve~, pero ya sabes el dicho, Doitsu: "Más vale prevenir que lamentar"… ¿O era "que curar"? No lo sé, no lo recuerdo~
- Oh, Mein Gott… - Suspiró el alemán, llevándose una mano a la cara, mostrando cansancio y cierta molestia. ¡Dentro de poco estarían nadando en medio de un mar de banderas inútiles!
En aquellos momentos sonó el teléfono, interrumpiendo con cierto estruendo al italiano que, de fondo, no paraba de hablar de cosas triviales y sin aparente sentido lógico entre ellas. En su mayoría sobre pizza, pasta, chicas lindas y lo muy macho y fuerte que era Alemania.
- Me pregunto quién será a estas horas… - Se preguntó el teutón descolgando el auricular.
- ¿Quién es, Doitsu?... ¡Ah, tal vez sea nii-chan! – Se quedó callado un momento (muy corto, por cierto) pero, al no oír los gritos e insultos de su hermano, llegó a una conclusión.- No, lo dudo… ¡Tal vez sea Prussia! Hm, ¿crees que habrá conseguido nuevos huevos para su futuro ejército de pollitos~?... Espero que sí. A lo mejor me regala alguno… ¡Si me regalara alguno lo llamaría "Pequeñín Chibi-Doitsu Junior I"! Será un amor… ¿Crees que me regalará alguno, Doitsu?... … ¿Ah? ¿Con quién hablas, Doitsu? ¿Quién es, Doitsu, quién? Ve~
- Hm, un momento… - Dijo Ludwig desatendiendo por un momento a quien se encontraba al otro lado de la línea y dirigiéndole su atención al italiano ruidoso.- Italia, bitte, guarda silencio… No puedo oír lo que me dicen por la línea. – Continuó, señalando el teléfono con la mano que tenía libre.- ¿Comprendido?
- ¡Sí, capitán! Vee~
- Danke… - Suspiró y volvió a fijar su atención en el teléfono, aunque no apartaba la vista del italiano, el cual se había sentado en el reposabrazos de su sillón.- Bien, ¿qué quería decirme? – Preguntó serio.- Ah, ya veo… Sí… … … Sí, claro… Por supuesto, no habrá problemas… … Sí, iremos en cuanto podamos… … Ja, Ja… Sí, ya nos veremos allí… … Sí, como la vez anterior, ya… … … No, no creo que lo necesitemos, pero gracias. Estaremos allí lo más rápido posible… ... Ja, Auf Wiedersehen. – Colgó el auricular. Su expresión se había endurecido a medida que la conversación había avanzado y ahora mostraba molestia. Pero no una molestia como cuando Italia venía corriendo a pedirle ayuda por décimo-séptima vez consecutiva en el día sino, más bien, como la que expresaba cuando tenía que enfrentarse a algo que para nada le apetecía volver a ver.
- ¿El qué "como la vez anterior"? Ve… - Preguntó ciertamente asustado por la respuesta Italia.
El teutón le miró y, luego de haber pensado cómo decírselo, se lo explicó:
- Italia… - Suspira.- Parece… que ha habido otro asesinato. Justo como el… incidente de ayer… - Por un momento creyó no encontrar la palabra adecuada para explicar lo ocurrido con el ruso.- Quieren que vayamos, de nuevo.
- V-Vee… - Dijo, mirando triste hacia el suelo. No le gustaba para nada la idea de aparecerse por el escenario de otro asesinato.
- Llamaré para que nos traigan el Jet… - Dijo, descolgando de nuevo el teléfono.- Tenemos que partir rápido...
En poco tiempo ya estaban de camino al nuevo lugar del crimen.
De todos los allí ya presentes ninguno se volteó al oírlos llegar. El aire del lugar se sentía pesado, al igual que en las ciudades después de aquella Gran Guerra ya pasada, como un manto que les cubría a todos por completo y que no dejaba buenos presagios. Un aire que olía a muerte.
Ambos, Italia y Alemania, caminaron por entre los forenses, los cuales hacían su trabajo de investigación, hacia el grupo de naciones que se encontraban dispuestas formando un semicírculo alrededor de lo que parecía ser un sofá rojo, según se podía entrever por los pequeños espacios que hacía entre país y país. Italia, incómodo, se agarró más fuerte del brazo del alemán. Sabía de quién era aquella casa. Lo sabía a la perfección e, incluso, había pasado muchos días de su infancia en ella. Agitó levemente la cabeza. No, se negaba a reconocerlo. No quería aceptar aquella realidad pero, como siempre, las imágenes le devolvieron a ésta.
Allí, medio acostado en el sofá y en una posición un tanto grotesca, se encontraba Francis.
- Gott… - Suspiró roncamente Alemania. El cuerpo no se encontraba en su mejor estado, aunque afortunadamente alguien se había encargado de tapar ciertas regiones con una toalla. Su blanco, el de la toalla, era manchado por la sangre que manaba del cadáver, la cual también se extendía por gran parte del sofá y parecía perderse su rastro en él, fusionándose ambos colores, el rojo carmín del sofá y el sanguinolento.
Los dos sintieron como se les encogía el estómago e incluso Italia creyó perder el equilibrio frente al mareo. A aquella imagen nada agradable se le sumaba una aguja, tan larga como fina, atravesando todos los cartílagos del cuello del francés. Dicho artilugio reflejaba levemente la luz, devolviéndola con un color rojizo debido a la sangre que goteaba por ésta.
Un forense se acercó al grupo, portando una bolsa con lo que parecía ser un papel entre manos, y, sacándolos a todos de aquel mortífero silencio, dijo:
- Mi compañero y yo acabamos de encontrar esto bajo el sofá. Según hemos visto fue escrito recientemente. Nos gustaría que identificasen, si les es posible, si se trata de la letra de la víctima.- Puso el papel en el centro del círculo formado, de manera que todas las naciones lo pudiesen ver. A pesar de no comprender del todo lo que decía, Arthur se apresuró a afirmar quedamente con la cabeza. Conocía aquella letra rebuscada y que reflejaba el orgullo del francés a la perfección.
- Gracias… Ahora mismo se lo daré al jefe forense para que lo envíen a los laboratorios para que le realicen un análisis más profundo. Tal vez pueda contener más pistas.- Explicado esto se marchó. Algunas naciones, como Inglaterra o, incluso, Japón, miraron al investigador como si realmente esa explicación hubiese estado de más. No querían saber sobre lo que harían aquellos miembros de la CIA. Tal vez en otras circunstancias sí, pero en aquellos momentos no estaban de humor.
Y éste era, precisamente, un tema que hacía rato molestaba al británico: El porqué de que Alfred F. Jones se hubiese negado a venir y, a pesar de ello, hubiese insistido en enviar a forenses y criminólogos de su país para que se encargasen de la investigación ya que, a su parecer, estaban mejor preparados que ningún otro.
Buscaba algunas teorías para darle una explicación a este hecho, pero había una idea que le impedía concentrarse. Una idea que tomaba por loca, descabellada, y que no creería hasta que la viese cumplida con sus propios ojos. Y eso esperaba que nunca ocurriese.
- No, él no es ese tipo de persona… No él… - Se repetía mentalmente intentando concentrarse en otra cosa, aunque no fuese muy agradable. No se dio cuenta de que comenzó a reflejar sus pensamientos en voz alta, primero en un murmullo para pasar después a palabras más comprensibles, y que las demás naciones lo miraban fijamente.
- A todo esto, ¿dónde está América?... No lo vi al entrar…- Preguntó Alemania al británico, el cual daba la sensación de estar poco cuerdo hablando consigo mismo.
- Ah, Alfred… … No pudo venir. Según dijo comenzaron a aparecer problemas… extraños que tuvo que ir a reparar de inmediato en un sitio… Hm, no recuerdo bien el nombre, pero creo que se llamaba… Área 51*… O algo así… Además dijo que no habría problemas porque nos enviaría a estos forenses…
- Hm… Comprendo.- Respondió no muy convencido Ludwig. Y ahí finalizó la que posiblemente fue la conversación más extensa entre los presentes desde que se habían enterado todos de la desgracia.
Todos se alejaron en silencio, dejando atrás la habitación, para permitir a los forenses hacer su trabajo con el cuerpo inerte del francés. Tampoco era que molestasen pero realmente lo que harían los investigadores era algo que no les apetecía para nada ver.
Caminaron en silencio por un lujoso pasillo, lleno de hermosos cuadros y objetos de mucho valor. Aunque la mayoría iba con la cabeza baja por lo anteriormente ocurrido, alguno que otro no podía evitar mirar la decoración y embelesarse con su no poca belleza. Una puerta rodeada por un gran marco de madera desgastada, posiblemente de roble del bueno, por el color, y con virtuosas flores talladas a en su superficie, llamó la atención de los presentes deteniendo su paso, además de por ser lustrosamente llamativa, por el hecho de que se encontraba se entreabierta y se movía vagamente mostrando un vaivén que daba a entender que se encontraba una ventana abierta cerca, y la corriente de aire que pasaba a través de ésta, sin encontrar resistencia, provocaba esos sinuosos movimientos. Pero, a pesar de ello, no fue la puerta en movimiento lo que les llamó la atención, sino el sonido de un objeto quebrándose contra el suelo al otro lado, además de algo grande moviéndose. Algo grande y pesado. Puerta casi cerrada, ventana abierta y sonidos de algo vivo procedentes del interior de aquella habitación. No hacía falta ser demasiado inteligente para llegar a la conclusión de que se podía tratar del asesino, el que mató al francés y, lo más probable, que también al ruso o al letón.
No lo dudaron ni un momento, ni siquiera se pararon a razonarlo, e irrumpieron, con el alemán en cabeza, rápidamente en aquella estancia.
- ¿¡Quién anda ahí! – Gritó el alemán, con su acento característico de orden, mas no obtuvo respuesta alguna. A cambio se llevaron una imagen un tanto difícil de olvidar:
Aquella no era una habitación cualquiera de la casa, sino el mismísimo dormitorio de Francis. De ahí, posiblemente, esa puerta tan ornamentada. Y el interior no se quedaba atrás respecto a adornos: Una gran cama doble, deshecha, de sábanas blanco nieve y una tela, cerca del techo, rojiza; a sus pies, una alfombra mullida que a simple vista se asemejaba a ser de piel de oso, de un blanco no tan limpio, sino más amarillento, que ocupaba casi todo el suelo de la estancia, apenas dejando ver el rojo magenta de las baldosas; unos muebles de madera oscura, grandes y robustos que a pesar de aparentar tener miles de años, daban la seguridad de que seguirían en pie por otros tantos más; por las paredes, cuadros grandes, hermosos, casi comparables a los que llegaron a pintar famosos italianos a lo largo de su vida. El que más destacaba era uno enorme colgado a la cabeza de la cama, que hacía contacto con la pared. Mostraba a una chica joven, linda, en plena flor de su vida y, a pesar de ello, portando una poco brillante armadura en vez de un precioso vestido. Espada en mano y con el puño alzado parecía querer liderar a las tropas francesas hacia fuera del cuadro. De fondo, miles de soldados ingleses, en su mayoría abatidos en el suelo. Junto a esta gran muestra de arte se encontraba colgado no muy lejos un retrato de un señor que, aunque ya mayor, parecía no conocer la derrota con su gesto jovial. Portaba unas ropas azules, con adornos rojos y broches dorados, y un sombrero del mismo color, portador de una gran pluma blanca. En las manos, aunque las tuviese medio escondidas, se podían apreciar unos guantes blancos. No era otro que el mismo Napoleón Bonaparte.
Todo este conjunto visual era aderezado con una fragancia muy especial. Un olor a rosas, frescura y, además, algo metálico. Algo como la sangre. Así era. Manchas de sangre cubrían la mayor parte de la habitación. Manchas que manchaban y mancillaban cada de las obras de arte de aquella estancia, sintiendo total indiferencia. El asesino, lejos de quedarse con el supuesto poco gusto de dejar al francés en aquellas circunstancias, se había dado el lujo de esparcir aquel fluido carmín por el dormitorio como si de pétalos de rosa se tratasen. Ya lo tenían claro, no estaban tratando con un simple asesino sino con un loco. Un depravado mental al que no le quedaba ni un ápice de cordura ni, mucho menos, de compasión.
Todos los allí presentes se hacían mentalmente la misma pregunta, mas solo China pareció ser capaz de formularla, aunque fuese casi como en un susurro:
- Es increíble, aru… ¿todo esto es de… Francia?... – No se refería a los bienes materiales sino a la sangre.
De fondo, y sacándolos del silencio sepulcral, se oyeron lo que parecían ser las voces de algunos forenses alertando a sus compañeros. Ya lo habían visto. Rápidamente tres de ellos abrieron la puerta, que con el viento se había entrecerrado, y entraron en dicha habitación, momento que aprovechó el italiano para salir corriendo de aquel lugar sin que casi nadie se percatase. En su huida por poco no se cae al chocar con una nueva pareja de forenses que estaban entrando, pero no le importó. Tampoco se volteó a pedir disculpas. Tan solo quería salir de aquel lugar invadido por la muerte, alejarse de aquel dolor que crecía dentro de él con tan solo estar en la estancia. Corrió por un largo pasillo hasta que se percató de que éste llegaba a su fin, limitando cualquier salida a dos habitaciones cerradas, a derecha e izquierda, y una gran ventana en frente, desde la que se podían ver todos los jardines que adornaban aquel gran palacio de Versalles. Se detuvo y, pegando su espalda contra la esquina que formaban el muro derecho y el de enfrente, se dejó resbalar hasta acabar en el suelo, sentado. Entonces sollozó, tapándose la cara con ambas manos, amortiguando sus quejidos de angustia.
Mientras, en la otra habitación cierto alemán ya le comenzaba a echar en falta. Con tanto movimiento de los forenses y las declaraciones de por qué habían entrado en aquella estancia nadie se había percatado de la fuga italiana.
- Creo que será mejor que nos volvamos a… - Iba a mirar al italiano, que antes bien estaba a su derecha, cuando se dio cuenta de su ausencia.- ¿Italia?... – Escudriñó con su mirada toda la estancia y no le encontró. Preguntó a las demás naciones, mas no tenían ni idea de por dónde estaba. Interrogó también a algunos forenses y le respondieron más de lo mismo. Ya comenzaba a angustiarse cuando uno de ellos le explicó lo sucedido:
- … y salió corriendo, no sabemos por qué. Chocó con un compañero mío además, pero no se paró a pedir disculpas. – Le narró un investigador que miró a su acompañante cuando se refirió a él.
- ¿Y qué dirección tomó? – Preguntó rápidamente el alemán.
- Eso ya no lo sabemos… Aunque posiblemente la contraria a por donde vinimos, ya que ninguno de mis otros compañeros le vio…
- Hm, vale… Gracias… - Soltó escuetamente a la vez que salía corriendo al igual que lo había hecho el italiano pocos minutos antes. Tomó el camino correcto y, después de tanto trote por aquellos enorme e interminables pasillos, lo vio a lo lejos. Primero era como una manchita azul en comparación con el amarillo pálido del corredor. Luego, la manchita fue aumentando de tamaño y formó el contorno de una figura humana. Poco después ya se podía avistar perfectamente de quién se trataba e, incluso, se podían percibir los movimientos que hacía al llorar. Se acercó.
- … Italia… - Le dolía verle así. Ya tenía impuesto por costumbre verle siempre sonriendo o riendo, y si lloraba no lo solía hacer tan de corazón como ahora, ya que casi siempre se trataban de tonterías como el hecho de que se acababa la pasta, y el verlo de aquella manera hacía que se le encogiese el corazón.
El italiano, en un respingo, se descubrió rápidamente la cara y le miró asustando, pues no se había percatado de su presencia. Luego de percatarse de que simplemente era Alemania, se levantó como un rayo y le abrazó, volviendo a llorar, aunque esta vez fuese en su pecho.
- Doitsu… ¿Quién está haciendo esto? ¿Qué es lo que quiere?... – Decía entrecortadamente debido al llanto.
- No lo sé, Italia. No lo sé… - Susurró mientras, en un acto con el que intentaba calmarle, le acariciaba suavemente la cabeza.
- … … Tengo miedo, Doitsu… ¿Y si me pasase algo? No, peor. ¿Y si TE pasase algo a ti? – Le abrazó más fuerte. El miedo a perderle era muy fuerte. No quería que volviese a ocurrir.
- No me va a pasar nada, tranquilo… Ni a ti ni a mí…
- ¿Seguro?... Ve… - Mostraba cierta desconfianza, a pesar de que siempre se solía creer todo lo que el germano le decía.
- Seguro… - Respondió, todavía acariciándole la cabeza al italiano.-… Será mejor que volvamos. Tal vez nos estén echando en falta. Además, está comenzando a anochecer… - Dijo mirando a través de la ventana cómo el Sol ya comenzaba a esconderse tras los frondosos árboles.
El italiano simplemente afirmó con la cabeza y soltó el abrazo, permitiendo que el alemán caminase libremente, sin tener que tirar de él. Así ambos recorrieron el mismo camino a la inversa, llegando a donde partieron, lugar en el que se encontraban las tres naciones restantes hablando y esperando, posiblemente, por ellos.
- Ah, ya están aquí… - Habló, con su ya común cortesía, el japonés, dirigiéndose a los nuevos allegados.- Justo nos íbamos a ir ya pero decidimos que sería más educado esperarles…
- Gracias, Japón, pero no hacía falta.- Respondió rápidamente el alemán, serio como era costumbre.
- ¡Casi se me olvida, aru!
Todos, intrigados, se voltearon a ver al chino, que parecía tener algo interesante que contarles.
- Mañana va a ver una reunión para debatir ideas y ponernos de acuerdo sobre qué podemos hacer para frenar, aunque no sepamos quién es, a este asesino. Será a las diez de la mañana, en Beijin. Sé que queda lejos y es bastante tarde, aru. Pero habrá más gente y eso podría parar cualquier atentado del asesino. Por favor, intenten no retrasarse, aru. – Y, dicho esto, se giró, dejando atrás el grupo sin apenas despedirse. Aunque nadie estaba de humor para hacerlo. No tan siquiera para hablar, pues solo se limitaron a asentir con la cabeza y dejar después, al igual que el chino, el grupo atrás, disolviéndolo poco a poco.
Todos, con el miedo en el cuerpo, con el pánico de que podían ser los siguientes, con la ira de no poder saber quién era tal segador de vidas, con la angustia por la pérdida ya de tres compañeros, dos de ellos muy importantes, y con la intriga por saber a qué era debida tal ola de asesinatos, regresaron como la vez primera a sus respectivas casas, solo deseando que todo aquello parase ya.
¡Aprendamos un poco más!
*Área 51: (Bueno, ¿quién no conoce esta famosa base estadounidense?)
Base militar y destacamento remoto de la Base de la Fuerza Aérea de Edwards. Sus instalaciones están situadas en una región sureña del desierto de Nevada (Oeste de Estados Unidos) bajo las supuestas coordenadas 37°14'19,66"N – 115°48'37,81"O y a unos 133 km al noroeste de la ciudad de Las Vegas. Es un aeródromo militar secreto que tiene como finalidad principal la de apoyar el desarrollo de sistemas de armas y llevar a cabo pruebas con aeronaves experimentales. El gran secreto que rodea a esta base, junto a la afirmación por parte de EEUU de que dicha base no existe, la convierte en el tema principal de teorías de conspiración y el fenómeno OVNI. Desde ella solía partir vuelos espías hacia la antigua URSS.
Si creen que por esto soy un ser malvado, cruel y despiadado (Toma rima) es que aún no saben ni lo que dicen, porque el siguiente capítulo va a estar cargadísimo de sangre, muertes y dolor. Solo cuando lo lean ya podrán decir lo que quieran de mí (Eso sí, si leen esto es porque les está gustando, ¿verdad? xDD)
¿Quién será el asesino O:? Dejen Review, ya que eso me levanta los ánimos y las ganas de escribir -)/ Espero que lo hayan disfrutado (Eso sonó muy gore O_O), pronto me pondré con el siguiente Chapter~ (Aunque puede que, para descansar un poco la mente, antes me ponga a escribir otro capítulo de algún fic sin terminar o uno nuevo~) :3
PD: Pongo LudFeli ya porque lo he releído y me he dado cuenta de que es la pairing que más destaca. Aún así, no fue hecho a drede. Fueron mis manos, que son unas malcriadas :C (Se las mira mal) (?)
