Nota de autora: ¡Guau! Me alegro de que tantos hayáis decidido seguir la historia, veo que ha gustado la idea y me anima a seguir escribiendo. Traigo más de esta droga porque se ve que, definitivamente (y por desgracia) la inspiración encuentra su camino hasta mí cuando tendría que estar estudiando xD

Respondo aquí a dos personitas que dejaron comentarios pero no tenían cuenta a la que enviar la respuesta:

Noemi Cullen: ¡Me alegro de que pienses de esa manera! Y de que mi fic haya conseguido dejarte ansiosa x) La espera de momento ha sido breve, espero que disfrutes de esta segunda entrega tanto como de la primera :D (abrazos eléctricos)

Aigo Snape: ¡Me alegro de haber conseguido que te gustara, aunque de normal no los hubieras visto como pareja! Yo tengo la sensación de que cualquier pareja, si consigues justificar bien su historia, puede funcionar (bueno, casi cualquiera x). Espero que en esta nueva entrega vuelva a convencerte su interacción :3 (abrazos eléctricos)

Recordad que los diálogos extraídos directamente de la Orden del Fenix están en negrita y cursiva. En este capítulo hay menos, pero yo aviso igualmente.

Ahora sí, ¡os dejo con esta segunda entrega!


Sus experimentos, obviamente, no cesaron. Pero por lo menos tuvieron la decencia de no llevarlos a cabo delante de sus narices. Hermione los encontró un par de veces en una aula vacía con las manos en algo que, pensó, fue mejor no conocer, pero se limitó a pedirles que tuvieran cuidado. Después cada uno había seguido por su camino, con una sonrisa satisfecha y algo perversa por parte de los gemelos.

Una semana más tarde tuvieron lugar las pruebas del Equipo de Quidditch de Gryffindor. La celebración de después estuvo caldeada y repleta de expectativas, promesas de victoria. Fue entonces cuando volvieron a encontrarse pudiendo entablar, sin salir de su asombro, una conversación más fluída y decente que cualquiera de los años anteriores.

Hermione miró algo decepcionada cómo Harry se escabullía y subía a su dormitorio. Frunció el ceño. No le sorprendía que no quisiera ayudarla con su causa por los elfos, pero podía mostrar algo más de tacto.

—¿Quieres un trago, prefecta?

Se giró sobresaltada cuando escuchó a Fred, que había pretendido asustarla hablándole al oído. Se giró y le vio riendo, extendiéndole una botella de cerveza de mantequilla.

—No, gracias —rechazó fríamente. Se puso a recoger sus artilugios de tejer ante él, que se encogió de hombros murmurando un «como quieras» y la dejó encima de la mesilla.

—¿Qué ha pasado? —preguntó muy tranquilo. Estaba comiendo una bolsa de meigas fritas y su tono, a pesar de la respuesta de Hermione, continuaba relajado—. Estás muy seria. Bueno, más que de costumbre, para que me entiendas —añadió, soltando una risilla. Hermione le fulminó con la mirada, pero Fred intentó rebajar tensión al asunto—. Oh, vamos, ¿qué te pasa, Hermione?

Ella suspiró.

—Promete que no te reirás —pidió, con la mirada afilada, poniéndole a prueba.

Fred levantó la mano a modo de juramento. Sin embargo...

—Va contra mis principios prometer tal cosa —declaró. Hermione alzó las cejas, insinuando que era lo que esperaba de él. Pero Fred insistió—. No obstante, sí doy mi palabra de que no reiré de lo que tengas que decirme en este momento.

Hermione le miró. Él sonreía, animándola a desahogarse. Y ella se encogió de hombros y pensó, ¿por qué no?

Le explicó resumidamente cómo había trabajado desde el año pasado en la P.E.D.D.O, y el hecho de que Fred se molestara en ocultar la sonrisa que le surgió cuando escuchó el nombre fue todo un detalle. Le habló de su proyecto, y de cómo habían reaccionado Harry y Ron, no solo no ayudándole a desarrollarlo, sino encima ni dándole su apoyo.

—... Y es que encima se ríen cada vez que me ven tejiendo —decía, indignada—. Como si no les importara lo más mínimo lo que yo pienso. Como si fuera una auténtica pérdida de tiempo.

—Bueno, ¿y qué esperas? —replicó él. Ella le miró abriendo mucho los ojos, ¿les estaba...?—. Mira, no es por defenderles, ¡pero son chicos! y tienen quince años. Tú tienes dieciséis y si de normal las chicas ya maduráis antes, imagínate —Estaba claro que la situación le resultaba cómica, pero Hermione vio que no se reía de ella ni de sus objetivos como tal—. Mira, nosotros nunca nos hemos rendido con nuestras bromas, ni cuando nuestra madre nos soltaba sus gritos porque creía que lo que hacíamos era peligroso. Bueno, ni cuando tú seguías sus pasos y te ponías hecha un basilisco —dijo, dándole un codazo. Hermione puso los ojos en blanco, y ocultó una sonrisa—. La cuestión es, que si crees en ello, ¿qué importa cómo actúen los demás? —se acercó más a ella y pronunció claramente cada sílaba, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Sigue adelante y que le den al resto.

Ella asintió, bastante convencida. Era cierto que los gemelos habían continuado a pesar de todas las circunstancias en su contra. ¿Por qué ella no iba a perseguir una meta que consideraba tan justa? Cogió la botella de cerveza de mantequilla que Fred había depositado antes sobre la mesilla, la abrió, y la alzó hacia él.

—¿Por los objetivos de cada uno, por disparatados que sean? —propuso.

Fred no lo dudó.

—Sobre todo por los más disparatados.

Después de un par de tragos, Lee y George le reclamaron, y Fred se marchó guiñándole un ojo amistosamente. Hermione contempló sus agujas y decidió, más animada, que después de todo podía tejer un par de gorros más.


—¿Seguro que estarás bien?

Katie estaba tendida en la camilla con la cabeza inclinada hacia arriba, y un trapo que comenzaba a enrojecerse, tapándose la nariz. Madame Pomfrey farfullaba cosas como«estos locos del quidditch...» mientras buscaba entre los frascos de su estantería.

—Sí, no os preocupéis —dijo, la voz algo nasal—, solo volved al entrenamiento. Y que Ron no se preocupe, pero que tenga más cuidado —pidió.

—Tranquila —le respondió George, con un deje sarcástico—, nos encargaremos de que no haya más heridos...

—... O peor —continuó Fred.

Se marcharon entre risas, aunque no había razón real para ello más que la de no echarse a llorar. Bien que aquello solo había sido un entrenamiento, pero si Ron no se ponía en serio no ganarían la Copa ni por compasión.

—Los Slytherin sacarán partido de esta situación —aseguró George mientras avanzaban por los pasillos. Fred no pudo estar más de acuerdo.

—No quiero ni imaginarme la cara de Ron si deciden preparar algo para el partido —comentó—. Si hoy solo nos tenía a nosotros y a las cobayas de Malfoy mirando, ¿qué hará cuando tenga a más de medio Hogwarts como espectador?

—Espero que consiga demostrar que pasó las pruebas por algo. O bueno, que al menos Harry atrape la snitch antes que a él la vergüenza —bromeó. Llegaron a un desvío y George se dirigió hacia la izquierda, de camino a la Gran Escalera—. ¿No vienes? —le preguntó a Fred.

—Na, voy a pasar por la biblioteca —contestó, y ante la mirada extrañada de su hermano se explicó—. El otro día creí ver circulando por ahí un libro sobre mutaciones e irritaciones en la piel y puede que nos venga bien para solucionar el problema del sarpullido.

George asintió, esbozando una mueca cuando recordó los efectos secundarios de los caramelos de fiebre. Le preguntó si quería que le acompañara, pero Fred sugirió que fuera subiendo, tardaría un momento y así se ahorraría escuchar sus serenatas, que sé que a la ducha la tienes loquita, y yo no quiero sentirme tentado al incesto, se pitorreó. Tomó un atajo a través del retrato de Bertie Bott y llegó al segundo piso en cuestión de un par de minutos.

A principios de curso no había mucha gente en la biblioteca: la señora Pince aprovechaba para ordenar las estanterías mascullando entre dientes; un par de Ravenclaws jugaban al ajedrez junto a un grupo de Hufflepuffs que intentaban estudiar; y al final del todo, Hermione Granger cambiaba de tomos y pasaba páginas frenéticamente. Sin poder contener una media sonrisa, al no sorprenderse por encontrarla ahí un sábado por la tarde, se acercó a ella sigilosamente.

—Aún está en oferta ese surtido saltaclases —le dijo cerca del oído, y ella se sobresaltó. Tenía que dejar de hacer eso.

—Soy perfectamente capaz de cumplir con mis tareas sin recurrir a vuestros trucos, muchas gracias —replicó con la cabeza levantada y un aire orgulloso. Fred asintió, como si no lo dudara pero le divirtiera su actitud. Ella lo pasó por alto—. Además ya he terminado mis deberes, estoy buscando otra cosa, algún tipo de hechizo para sanar cicatrices realizadas mediante la magia; pero resulta que los medimagos no saben explicar bien los métodos en sus libros —añadió, frustrada.

—¿Para qué quieres algo así? —preguntó sin ocultar su confusión.

Hermione cesó su movimiento y le miró. Se mordió el labio al comprender que había vomitado las palabras sin darse cuenta.

—Humm... No puedo contarlo —murmuró—. No es que no confíe en tí... —continuó, volviendo a sus libros para mantenerse ocupada—, es que no es cosa mía hablar de ello.

No dijo nada, pero se sintió internamente agradecida cuando Fred no insistió. En lugar de eso, permaneció callado algunos segundos, con aire pensativo.

—Podrías usar una solución de murtlap —sugirió de pronto. Ella le miró, con los ojos entrecerrados, suspicaz y concentrada, instándole a que siguiera y secretamente sorprendida. Siempre olvidaba que los gemelos, por muy «gamberra» que fuera su naturaleza, les sacaban dos cursos y muchos de los conocimientos que eso conllevaba—. George y yo hemos salido perjudicados de algunos de nuestros experimentos, ya sabes, unas veces más que otras... —chasqueó, y su mirada se desvió a recuerdos concretos, pero Hermione lo pasó por alto y no hizo ninguna advertencia de las suyas—. Una vez tuvimos que buscar una solución rápida para desvanecer unos arañazos profundos, no quieres preguntar... —aseguró—. Usamos una solución de tentáculos de murtlap: los preparas, pasteurizas y escabechas y alivian bastante la piel.

Las campanadas de las siete interrumpieron la explicación de Fred. Alarmada, Hermione comenzó a recoger todas sus cosas, mientras se dirigía a él.

—¿Cuando puedas, podrías escribirme en un papel todo lo necesario? —preguntó—. No entiendo porque no he encontrado nada relacionado en los libros de la biblioteca.

Fred se encogió de hombros.

—Claro, no es como si estuviese demasiado ocupado estudiando —rió. Hermione negó con la cabeza, insinuando claramente que creía que no tenía remedio—. No cuesta mucho prepararla, pero tiene componentes muy raros. Si tengo un rato libre ya te ayudaré.

—Eres muy amable, Fred —contestó sinceramente—. No hace falta que te molestes, puedo...

—No me molestas —replicó él sin alterarse, como si se tratase de algo obvio—. Ya te lo he dicho, si tengo un rato libre puedo ayudarte, sino no lo haré.

Hermione sonrió, y le dio las gracias de nuevo, antes de desaparecer con un rápido hasta luego y salir apresuradamente por el arco de la biblioteca. Fred deambuló entre las estanterías, animado. No sabría decir por qué, pero desde que consiguió que Hermione entendiera lo que significaba para ellos el proyecto de Sortilegios Weasley, le complacía enormemente que comprobara que eran algo más que bromas, que elaborarlas requería algo más que sentido del humor y cierto placer por romper las normas. Un rato después encontró el libro que buscaba y, tras firmarlo, se marchó de la biblioteca con una sonrisa satisfecha aún adornándole el rostro.


La semana se volvió caótica con el paso de los días. La noticia de que Umbridge iba a examinar a los profesores recorrió el colegio como si los pasillos se hubieran convertido en vociferadores. Cuando Harry y Ron se marcharon a Adivinación, ella no tuvo ninguna duda de que Trelawney iba a suspenderlo. «Una T como hay pocas...» había dicho Fred, y no le faltaba razón.

Mientras terminaba de comer, le miró de forma suspicaz. A pesar de su ofrecimiento, Hermione había tratado de buscar lo necesario para preparar la Solución de Murtlap por su cuenta. Sin embargo no había resultado tan sencillo como creyó. Por lo que sabía, muchos de los ingredientes no eran localizables en Hogwarts, ni en ninguna de las áreas que rodeaban el castillo. Se preguntaba cómo demonios pensaba Fred hacerse con ellos.

Él se percató de que lo observaba, y con la boca medio llena y una mirada extrañada, masculló:

—Hermione, sé que soy el atractivo de la familia, pero creía que ya te habías acostumbrado a esta estampa —Ella recuperó el cauce de sus pensamientos y resopló.

—Simplemente me preguntaba cómo pensabas preparar el remedio del que me hablaste —confesó—. La belladona, entre otros ingredientes, no crece en los terrenos del castillo, y por lo que he leído es muy necesaria para amortiguar el olor de la esencia...

—Tú déjame a mí —le interrumpió, mientras se llevaba otro muslo de pollo a la boca—. Mira, el viernes que viene han castigado a Lee y no podremos encargarnos de... Determinados asuntos —Hermione no quería saber más de esos «determinados asuntos». Había decidido que cuanto menos supiera menos se martirizaría pensando en todo lo que debería impedirles hacer y no les impedía—. Tampoco hay entrenamiento, así que puedo aprovechar y ayudarte a prepararla, si quieres —terminó, con un tono amable.

En un principio, Hermione no contestó, se limitó a encogerse de hombros. Le había fastidiado no poder hacerlo por su cuenta y, aunque agradecía mucho la ayuda de Fred, no estaba preparada aún para admitir su fracaso. Se terminó su empanada de calabaza de un mordisco, se sacudió las manos, recogió sus cosas, y se levantó dispuesta a marcharse a Aritmancia sin decir nada más.

Sin embargo, no había dado ni dos pasos, cuando se percató de que estaba siendo ridícula: Fred solo intentaba ayudarla, no era una maldita competición. Aunque aún le escocía en su orgullo, se esforzó en girar la cabeza, y en dirigirse al pelirrojo que continuaba devorando su comida mientras reía con sus amigos, despreocupado.

—El viernes me viene bien —afirmó, intentando parecer impasible. Fred levantó la cabeza de nuevo al escucharla—, gracias. Ya me dirás a qué hora puedes pasarte —Respiró hondo cuando pudo continuar su camino y dejó de sentir esa presión extraña en el pecho, producto únicamente con casi total seguridad, de la decepción.


He querido cortar ahí porque después se desataba más acción y prefería no dividirla, así os dejo con el gusanillo :3

Os recuerdo que intento introducir todas estas escenas en medio de momentos canon. Podéis buscar en La Orden del Fenix el post-pruebas de Gryffindor y comprobar que Harry se marcha dejando a Hermione con la palabra en la boca y el golpe de Ron a Katie, entre otras cosas. ¡Y tengo muchas más cosas guays preparadas que espero que os gusten!

Recordad que podéis hacerme saber qué os ha parecido, dejar halagos o tirar tomatazos y otras hortalizas en la casilla de abajo. Que los comentarios y ver que os gusta siempre anima a seguir escribiendo.

(¡abrazos eléctricos!)