The Sins of the Fathers

Un Fanfic de Slayers, por Raven174

ADVERTENCIAS: Slayers no me pertenece (ya quisiera yo...). Pertenece a Hajime Kanzaka y a Rui Araizumi. Que lo sepas... Por cierto, he comprobado que con ciertas canciones se hace más fácil el imaginarse las escenas. Yo he usado Linkin Park o Rammstein para escribir el fic, aunque cualquier grupo de rock industrial (Nine Inch Nails, Rage Against the Machine...) servirá. Sobre todo las canciones lentas. ¡¡¡CUIDADO!!! En este fic hay violencia explícita y mal lenguaje (tacos, vamos). No intentéis esto en casa, niños... ¿Por qué no he calificado el fic como "Restricted"? Hum... eso es un secreto. ^__^

D Í A 1

El teléfono empezó a sonar con su chirrido estridente y continuo. El bulto que estaba en la cama se estremeció y, tanteando, cogió el teléfono con movimientos lentos y pausados. Su voz sonaba arrastrada y pastosa:

- Reena Inverse al aparato.

- Reena, soy Filia. Ha habido una asesinato en la esquina de Jackson con Bellevue. Será mejor que vengas.

- ¿Eehhh? Oye, Filia, ¿sabes qué hora es?

- Sí.

- ¿Y también sabes que estoy de vacaciones?

- Sí.

- Oye, espera un momento. ¿No puedes decirme nada más?

- No.- Hubo una larga pausa. Parecía querer encontrar las palabras apropiadas.- Será mejor que vengas y lo veas por ti misma.- Colgó.

La mujer llamada Reena- mejor dicho, la agente de homicidios Reena Inverse- encendió la luz. Su figura se hizo más visible. Era una joven y hermosa mujer, con unos ojos grandes y vivos, y una larga melena roja. Se la veía corta de estatura, y su camisón dejaba traslucir un busto no demasiado desarrollado. En estos momentos parecía estar inmersa en sus pensamientos. Algo muy grave, se dijo, ha tenido que pasar. Nunca me habían llamado tan tarde. Y Filia parecía muy azorada. Como... como si no supiera qué decir. Eso jamás le había pasado a su compañera. Siempre sabía qué hacer y qué decir, y nunca perdía la cabeza ni la sangre fría. Sea como sea, estando en su cama no lo iba averiguar, así que se preparó para dirigirse a hacer su trabajo.

Llegó a la esquina de Jackson con Bellevue en 20 minutos. A pesar de estar en la otra punta de la ciudad- aunque no había excesivo tráfico, pues ¿qué tráfico hay a las 4 de la mañana?- y de la maldita lluvia- ¿por qué llovía tanto en esta maldita ciudad? Prácticamente ni se acordaba de cuando vio el sol por última vez-, pudo llegar pronto. Los decrépitos edificios del alrededor le miraban desde sus oscuros ventanaless con indiferencia. Greenwich Village había sido un barrio muy próspero durante los años 40. Lamentablemente, una vez acabada la guerra, ya no hacían falta las fábricas de armamento- al menos no todas-. La consecuencia fue que la mayoría de los obreros fueron despedidos, y Greenwich Village fue languideciendo hasta que en los años 70 se convirtió en el vertedero humano de la ciudad: mendigos, yonkis y parias se hacinaban en sus solitarias calles y sus mugrientas esquinas. La policía allí no era muy bien recibida, así que el nerviosismo entre los agentes era generalizado. Allí le esperaba Filia bajo un paraguas, junto con un orondo- más bien gordo- y sudoroso tipo vestido con un hortera traje italiano que le venía dos tallas más pequeño.

- ¡Milton! ¿Qué carajo haces tú aquí?

- Trabajar, encanto. Algunos de nosotros todavía lo hacemos.

- ¿Qué has querido decir con eso?

- Lo que tú quieras entender, cariño.

Los grasientos pliegues de su papada temblaban y vibraban al ritmo de las palabras. Reena se obligó a mirarlas, por mucho asco que le dieran. Intentaba no oír la voz de ese aborto mental en su cabeza, pero no podía evitarlo. Su carácter le metía en no pocos problemas. Incluso sus instructores en la policía se lo decían: podría llegar a ser una gran policía... si aprendía a dejar de contestar a los profesores y agredir a los compañeros que se reían de ella.

Y Milton lo sabía.

Afortunadamente, antes de que la tormenta se desatara, Filia se interpuso entre los dos. Era una auténtica belleza, con una melena larga y sedosa, alta, delgada y con piel de muñeca de porcelana. Era una de sus mejores amigas, dulce, muy recta con las normas y con mucha sangre fría, lo que en estos momentos estaba demostrando:

- ¡BASTA! Por favor, comportémonos. ¡Se supone que somos profesionales!

- No hables en plural, ricura.- Y diciendo esto se marchó, con mucha suerte, puesto que Reena ya no podía aguantar mas y se lanzaba contra él con intenciones nada saludables.

- ¡Déjamelo! ¡Déjame a ese cabrón, que le voy a dar profesionalidad!

- ¡No, Reena!- se esforzaba en gritar Filia mientras la retenía como podía- ¡No vale la pena que te empuren por ese imbécil!

- ¡Déjame que le arranque la cabeza y luego te lo digo!

Tras varios minutos de forcejeo, Filia por fin consiguió que Reena se tranquilizará.

- Y bien, Filia, ¿qué ha pasado? Porque supongo que no me habrás levantado de la cama a las cuatro de la mañana para discutir con Mister Encefalograma Plano 2003 el primer día de mis vacaciones.

- Obviamente no. Ha habido un asesinato.

Se produjo una incómoda pausa. Reena se empezó a preocupar por su compañera.

- ¿Qué ha pasado? ¿Te ocurre algo? Nunca te había visto así.

- Yo tampoco había visto nada parecido. Es... horrible. Mejor que lo veas por ti misma.

Ambas giraron la esquina. En ese momento, Reena vio el escenario del crimen más sangriento que había visto en su vida. Colgado de una farola de mortecina luz, se balanceaba el fofo cadáver de un hombre atado de pies y manos. La policía científica había colocado una carpa y una serie de barreras para evitar que el agua se filtrará y estropeara la escena del crimen, pero aún así el agua había conseguido introducirse en la escena del crimen. Un tremendo agujero abría su pecho, y su cabeza había sido separada del cuerpo. No había rastro de su cabeza, lo que no se podía decir lo mismo de su corazón, que había sido arrancado de la caja torácica y colocado encima de una serie de intrincados dibujos en el suelo, en medio de la trayectoria de caída de la sangre del sujeto en cuestión. Huelga decir que estaba colgado cabeza abajo. La sangre del cadáver se desparramaba por el suelo, mezclada con el agua sucia que se había conseguido filtrar por debajo de la carpa, cubriendo el corazón arrancado y escurriéndose por una boca de alcantarilla cercana.

- Dios mío...

- No. Dios no tiene nada que ver con esto.

- ¡Hombre, pero si son Sherlock y Watson! ¿Qué tal les va a mis doctoras Sloan* preferidas?

El que acababa de hablar era Zeros Metallium, el jefe de la policía científica de la ciudad. Alto, con el pelo violeta y una permanente sonrisa de chico malo en la cara, era una auténtica leyenda dentro del departamento de policía de la ciudad. Su reputación había sido ganada a pulso, por su extravagante comportamiento, con sus ojos en permanente cerrazón- cómo hacía para no ir dando tumbos por todas partes era un auténtico misterio, y cada vez que alguien le preguntaba sobre ello, guiñaba el ojo con picardía (en una de las escasas ocasiones que los abría) y le respondía con su muletilla más famosa: "Eso es un secreto". Tal era la situación que entre los veteranos se solía bromear diciendo que el mundo se acabaría el día que Zeros tropezara con un mueble-, y su comportamiento, más parecido al de un niño pequeño que al de un adulto hecho y derecho, haciendo bromas pesadas, y sin tomarse en serio a nada ni a nadie. Cualquiera que lo viera diría que la vida y el trabajo no eran para él mas que un gigantesco juego, creado para su entretenimiento. Pero aquellos que lo conocían lo suficiente sabían que bajo esa infantil fachada se encontraba una mente brillante, volcada en dos cosas: hacer bien su trabajo, y pasárselo lo mejor posible mientras tanto. Todo esto había hecho que los odios y los agrados de sus compañeros se multiplicaran a partes iguales: por una parte, todos aquellos que no soportaban su manera de ser infantil y poco seria, por otra, todos aquellos con sentido del humor. Y las mujeres. Caían continuamente a sus pies. Literalmente.

Filia no podía ni verlo.

- Hola, Zeros ¿Qué tal?

- Bastante bien, gracias por la preocupación.

- Hola Zeros- El tono de Filia habría bastado para hacer que cualquier otro retrocediera, pero Zeros conocía lo suficiente a Filia como para que le afectara.

- ¡Vaya! Mi jarroncito está con mala cara. ¿Te ha sentado mal la cena de esta noche?- Zeros sabía que Filia lo odiaba. Y le encantaba verla rabiar. Su mote preferido era "mi jarroncito", porque, según él, cuando se enfadaba, se comportaba y posaba como un jarrón. También tenía bastante que ver el hecho de que Filia adorara los jarrones con auténtica devoción.

Las mejillas de Filia se tiñeron de rojo escarlata. Previendo una catástrofe inminente, Reena tranquilizó un poco a Filia:

- Anda, "profesional", déjalo correr y pongámonos manos a la obra. Ante la mención de estas palabras, Filia enrojeció aún más, pero se calló.

- Y bien, Zeros ¿qué puedes contarnos acerca del crimen?

- Desgraciadamente, no mucho. La victima es un varón de raza blanca y edad mediana, aún sin identificar. Hora de la muerte imprecisa; éste y otros datos tendrán que esperar a la autopsia. Muerte provocada bien o por la separación de la cabeza del cuerpo o por la evisceración de la caja torácica, en concreto del corazón. Rotura de tejidos, pérdida de sangre... lo típico. El asesino, o asesinos, debían de poseer una fuerza considerable para levantar a un hombre de unos 95 kilos y colgarlo de una farola. Como se puede observar, en el suelo ha colocado una serie de dibujos. Una vez tomemos las fotos y limpiemos todo, llamaremos al asesor de la policía sobre estas lides para que nos diga de qué se trata. Dios no quiera que se trate de otro chiflado que ha visto demasiadas veces Seven...

- ¿Sabes, Zeros? Siempre me ha sorprendido la insensibilidad con la que te refieres a las víctimas de un crimen. ¿Me podrías decir cómo lo haces?

- Cuestión de entrenamiento. Cuando sea tu centésimo cadáver hecho picadillo por un cejijunto de mente calenturienta, también tú los veras como paquetes fuera de su sitio.

- ¿Ni siquiera te afecta que sea tan salvaje?

- ¡Ja! ¡Los novatos sois tan impresionables!

Reena enrojeció ante estas palabras.

- ¡Oye! ¡Cuidado con lo que decimos! ¡Si Filia y yo somos compañeras, es porque los jefazos lo han decidido así! ¡Aunque solo llevemos dos años en el cuerpo!

Filia y ella habían sido compañeras desde la academia de policía. Cuando llegaron a graduarse, les adjuntaron a ambas a unos veteranos para que se fueran acostumbrando a la vida en las calles, bastante más dura y letal que en la academia. Volvieron a juntarlas el día en que, en una misión conjunta entre varias patrullas, consiguieron ellas solas detener- o mandar al hospital- a media docena de atracadores. Oficialmente, recibieron una reprimenda por no haber acatado las órdenes. Extraoficialmente, las felicitaron por su excelente trabajo, las volvieron a juntar y les prometieron un ascenso. Sobra decir que lo más cercano que estuvieron de ser ascendidas fue el ser trasladadas a Homicidios.

Al menos ya no tenían que llevar ese estúpido uniforme.

- Bueno, no te pongas así, Reenita. Lo que quería decir es que esto no es nada con la ola de psicópatas de hace siete años. A veces todavía me entran escalofríos pensando en algunos de los casos que llevamos. Los asesinos llegaron a... joder, te aseguro que no quieres saberlo.

- Bueno, me sorprende ver que todavía algo te afecta. Algo que no sean tu ligues de una noche, claro está. Aunque todavía estoy dudando que sientas algo que no sea un calentón pasajero.- La voz de Filia sonaba rasposa y con ganas de pelea. Su rostro no dejaba traslucir ninguna expresión que no fuera la de furia.

Esta perorata había pillado con la guardia baja a Zeros. Justo era el decir que, aunque le encantara molestar a Filia, él era casi tan sensible al sarcasmo como la propia Filia. Aunque, por extraño que pareciera, solo ella era capaz de enfurecerlo. Con el resto del mundo se solía cumplir el famoso refrán de "ir por lana y salir trasquilado".

- Bueno, Filia, me tendrás que disculpar si...

Reena, viendo ya que la situación era irremediable, se dirigió al cadáver para hacer su maldito trabajo. De la herida todavía caían unas solitarias gotas de sangre. Mierda de trabajo, se dijo para sus adentros. Cuando decidió ser policía, pensaba que se trataría de algo emocionante, y gratificante. Fíjate tú, solía decir, un trabajo en el que te pagan por atrapar a los malos. Persecuciones, tiros, ascensos. Vaya un chollo. Luego llego la acción real, y su imagen idealizada de la vida de policía se vino completamente abajo como un castillo de naipes en medio de un huracán. Había que lidiar con compañeros imbéciles, una burocracia insana que te hacía pedir una orden prácticamente hasta para cagar, unos periodistas ávidos de carroña, corrupción en todas partes... También pronto aprendió que la línea divisoria entre malos y buenos no era tan clara como en Canción Triste de Hill Street. Muchas veces gente supuestamente cumplidora de la ley y el orden cometían crímenes con la impunidad que el dinero les daba, y gente honrada y pobre apechugaba con su culpas sólo por estar en el momento equivocado en el lugar menos oportuno y no poder conseguir los servicios de un abogado mínimamente decente. Y en los dos años que llevaba en la policía, no había visto reducir la criminalidad ni un ápice. Casi diría que es más bien al contrario. Los camellos seguían recibiendo periódicamente sus cargamentos de batidoras de neuronas. Las pistolas daban paso a las armas automáticas, y de ahí al material militar solo había un pequeño trecho. La gente seguía siendo asesinada de ingeniosas y truculentas maneras. Cosas como esas te hacían pensar en la verdadera posición del ser humano en el mundo. En fin. Si sólo llevo dos años y pienso así, cuando me vaya a jubilar estaré más amargada que Somerset**.

Se acercó hacia una fibrosa figura masculina agachada al lado del charco de sangre. Parecía estar buscando algo.

- ¿Has encontrado algo, Zelgadiss?

- ¿Mm? Ah Reena, eres tú. No, por ahora no he encontrado nada. Hemos mandado realizar unas pequeñas muestras de sangre, pero me temo que al estar en el suelo no podamos sacar nada en claro, aparte de que son "muestras contaminadas".

Zelgadiss Graywords era uno de los dos agentes a cargo de Zeros. Él los llamaba cariñosamente "mis jóvenes padawan", cosa que a Zelgadiss no le sentaba nada bien. Era un atractivo muchacho, delgado y de estatura parecida a la de Zeros, con un encrespado pelo negro que cubría parte de su cara con un flequillo. Era un chico retraído y malhumorado, aunque muy inteligente. No tenía prácticamente amigos, y su pasado era un auténtico misterio. Le solían llamar Grissom, porque era tan inteligente y guapo como el policía de la serie de televisión. Desgraciadamente, también tenía sus mismas habilidades comunicativas.

- ¿Qué tal os va a ti y a Ameria?

Ameria era la otra agente a cargo de Zeros. Era joven e inexperta, aunque llena de ilusión, y totalmente obsesionada con hacer que la justicia se cumpliera y el bien prevaleciera. Ahora se encontraba en la comisaría, haciendo cualquier tediosa tarea que Zeros le hubiera mandado. Aunque sus caracteres fueran diametralmente opuestos, era un secreto a voces dentro de la comisaría que Zelgadiss y Ameria estaban colados el uno por el otro.

- A Ameria le va bien. Yo voy a pedir a este paso unas vacaciones.

- ¿Y eso?

- Pues porque entre sus discursitos sobre "hacer que prevalezca la justicia" y las tonterías de mi "amadísimo" jefe, estoy al borde del colapso nervioso.- Zelgadiss estaba incluido en el amplio grupo que odiaba a Zeros.

- Vaya, no es muy propio de ti ser sarcástico.

- Sí, suelen decir que se pega todo excepto la belleza.

Un incómodo silencio se posó en la conversación. Ambos no sabían nada que decir. Reena se fijó en el cadáver.

- Vaya una salvajada, ¿no?

- Si. La gente me suele llamar "bicho raro" y "nerd***" a mis espaldas. Pero en ese momento yo les muestro las fotos que hay en los archivo sobre lo que la gente que se autodenomina "normal" hace. En ese momento, por lo general suelen callarse.

- ¡Vamos, Zelgadis! ¡La gente normal no hace esta clase de cosas! ¡El que ha hecho esto está loco, zumbado, grillao, como quieras llamarlo!

- ¿Acaso crees que los asesinos, sobre todo esta clase de asesinos, lleva una A gigantesca tatuada en la frente? No. Yo lo sé. Una de las asignaturas en la academia era Perfiles Criminales, ¿recuerdas? Allí aprendí que los psicópatas nunca eran inadaptados que murmuraban incoherencias encerrados en una casa ruinosa y llena de bolsas de basura. Eran amables personas que ayudaban a sus vecinos a sacar la basura, pagaban puntualmente a sus caseros, y, una vez al mes, salían a matar a alguien. Y cuando lo acababan atrapando, todo lo que el mundo sabe decir es "¡Pero si no haría daño a una mosca!"

Reena se calló. Sabía que era verdad. Pero sin embargo, una molesta vocecilla le decía lo contrario.

"Oh, vamos, Reena. ¡La gente normal no hace eso! ¡Si no, no se llamaría NORMAL!"

"Ya. ¿Y quién da a la gente "normal" ese apelativo? ¿El rey de Inglaterra?"

Mientras reflexionaba con la mirada perdida, se dio cuenta de algo. Parecía haber algo rodeando los barrotes de la boca de alcantarilla. Algo metálico.

-Zelgadiss, ¿me podrías dar unos guantes y unas pinzas?

- Claro. Toma ¿Para qué los quieres?

Reena se colocó los guantes de un tirón. Al soltarlo, sonó un sonido seco y breve.

- He visto algo.

Reena se agachó para recoger el objeto en la alcantarilla. Se trataba de un garfio oxidado, el cual tenía atado un arrugado y mojado papel con un mensaje, que, a pesar del agua aún se leía. Un 1 escrito con sangre. Más malas noticias. Eso quería decir que habría más asesinatos. En ese momento, cuando aún estaba agachada, Milton se acercó por su espalda.

- No te muevas, nena. Estas en la posición perfecta.

Lo que faltaba por oír. Si Milton usara tanto tiempo el cerebro como las pelotas, podría ganar el premio Nobel, pensó Reena. Desgraciadamente, eso le pasaba al 90% de los policías en la ciudad. El 10% restante lo conformaban las mujeres y las consabidas excepciones a la regla.

- Mira, caraculo. Estoy pasando una noche de mierda por hacer mi trabajo- una noche en la que tendría que estar de vacaciones. No vengas a estropeármela más y haz un favor a Sanidad Pública retirando tu grasiento culo de la acera, no sea que con la lluvia se filtre a las alcantarillas y envenenes a las ratas.

- Mm. "Caraculo", "grasiento", "intoxicando a las ratas". No son palabras que puestas en el informe suenen muy apropiadas para dirigirse a un superior.

- ¿Desde cuando eres tú mi superior, imbécil?

- Bueno, si no hubieras estado de vacaciones, te habrías enterado que me han ascendido esta mañana a Sargento.

- ¿Qué? ¡Eso no es posible!

- Al parecer- siguió diciendo Milton sin hacer caso de la exclamación ni de la cara de incredulidad de Reena- los jefazos se quedaron muy impresionados con mi actuación en los casos Withers, Rashid y MacCoy, por lo que han visto oportuno darme un ascenso.

Reena no se podía creer lo que estaba oyendo. Esos casos los había resuelto ella, junto con Filia. Habían sudado sangre para resolverlos. Ella incluso se había llevado una cuchillada en el muslo en uno de ellos. Sin embargo, el cerdo de Milton se había llevado toda la gloria.

- ¡Cerdo asqueroso! ¡Esos casos los resolvimos Filia y yo! ¡Tú no tuviste absolutamente nada que ver con ellos!

- Shhh, shhh. No querrás que tu situación empeore, ¿verdad? Además, esto te enseñará que no hay que dejar el papeleo sin hacer.

Reena estaba temblando de furia. Todo el trabajo de los últimos seis meses, a la mierda. Patearse calles, buscar pistas y encajarlas... Ya no servían para nada. Lo peor de todo es que no podía hacer nada. Milton era ya un oficial, por lo que se había convertido en intocable, y menos por una novata con dos años de experiencia. Y en el caso de que hubiera probabilidades de conseguir algo que no fuera problemas reclamando, no tenían pruebas, y era sabido por todos que Milton y ella se odiaban, por lo que se podría pensar que ella quería conseguir que perdiera su ascenso por envidia. Inútil. Todo era inútil.

- No te preocupes, Reenita. Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío.

Reena se volvió sobresaltada. A sus espaldas estaba Zeros, con su habitual sonrisa. No parecía encontrarse molesto tras la última pelea con Filia.

- ¿Nos has oído?

- ¡Cómo para no escucharte, Reena! Por cierto, tendrías que mejorar tus modales. Las maldiciones que te he oído echar habrían hecho enrojecer de vergüenza a un camionero.

Reena no estaba de humor como para discutir con Zeros. Aunque en una cosa tenía razón. La venganza se servía fría. Iba a esperar lo que fuera necesario, pero Milton no se iba a quedar impune. Por encima de su cadáver

La lluvia seguía repiqueteando en el plástico de la carpa. El cielo se llenaba paulatinamente de claridad: estaba amaneciendo. Sin embargo, el color gris amarillento de la tormenta persistía. La escena del crimen estaba ahora prácticamente vacía. El cadáver había sido retirado por una ambulancia, y ahora estaría probablemente acumulando escarcha en uno de los frigoríficos de la morgue. La sangre seguía diluyéndose en el agua de la lluvia, pues la policía ya había desistido de intentar frenar su avance. El dibujo no había sido borrado, aunque sabiendo cómo llovía en la ciudad, en tres días se habría borrado. Y ya estaba. En tres días todo se habría borrado. En tres días ya no quedaría rastro de nada. En tres días ya nadie recordaría que allí una vida se había extinguido. Antiguamente el agua borraba las cosas mucho más deprisa que el tiempo. Ahora ya no. En un mundo en el que en un minuto se amasaban y se perdían fortunas, tres días era una cantidad de tiempo tan inconmensurablemente grande que prácticamente nadie se paraba a pensar en ella.

Sólo cinco personas quedaban en la escena del crimen: Reena, Filia, Zeros, Zelgadiss, y, para desgracia de Reena, Milton. Él decía que era porque, ahora que era Sargento (hasta cuando lo decía parecía estar escrito con mayúscula), su deber era llegar el primero a la escena del crimen y ser el último en irse. Reena creía que era para poder seguir mirando el culo a Filia y a ella cuando creía que nadie le miraba.

- Oiga, mire, le digo que las pruebas tardarán un poco. Además, con lo contaminada que se encontraba la escena del crimen, no creo que saquemos nada en claro.

- ¡Me importa un bledo, Metallium! ¡Sé que cuando os interesa las pruebas van a mucha velocidad, así que dense prisa de una puñetera vez!

Milton era uno de esos policías que creían que si gritabas mucho y ponías cara de cabreo conseguías las cosas antes. Obviamente, había trabajado poco con Zeros.

- Calma, calma. No perdamos la cabeza. Ninguno de los aquí presentes querría que le diera un ataque al corazón aquí mismo, ¿no?

Al oír las palabras de Zeros, la redonda cara de Milton enrojeció aún más. Reena sonrió. Sabía muy bien que le caía bien a Zeros y que él le ayudaría en cuánto pudiera. Enfurecer a Milton era una manera de animarla por los malos tragos de la noche.

- Oye, palurdo, si estás jugando conmigo te puedo asegurar que puedes recibir de mí algo más que palabras.- Milton estaba de verdadero mal humor. Agarró a Zeros de la camisa, y ya se disponía a levantar su puño para empezar a golpear a Zeros, cuando éste abrió sus ojos.

- Señor Anderson****, le rogaría que soltara mi camisa. Si no, podría verme obligado a forzarle a que la soltara.

Unas palabras tan inocentes no tendrían por qué haber amilanado a Milton. Sin embargo los ojos de Zeros le habían convencido de que sería una buena idea dejarle en paz. Los ojos eran violetas, al igual que su pelo. Sin embargo, mientras que la mayoría del tiempo, cuando estaban cerrados parecían los ojos de alguien amable y con sentido del humor, en estos momentos irradiaban un aura de malignidad que asustaba. El hecho de que seguía manteniendo su misma sonrisa de siempre añadía malevolencia a una expresión ya de por sí intimidatoria.

Sin saber que hacer, y con una expresión entre asustada y confundida en su cara, Milton soltó lentamente a Zeros.

- Eso está mejor. Bien, como iba diciendo las pruebas van a tardar unos días, así que tendremos que empezar a encajar las pocas pistas que la lluvia nos ha permitido conservar, así como contrastar las declaraciones de los testigos...

- ¿De..declaraciones de los testigos?- repitió temerosamente Milton.

- Por supuesto. Porque... ¿han recogido las declaraciones de los testigos, no?

Una expresión de culpabilidad cruzó el rostro de Milton. Su gorda y sudorosa cara parecía azorada.

- Este... supuse que ya las habrían recogido y... no dije nada acerca de ellas...

- En ese caso, ¿por qué pone cara de culpable, si cree que ya las han recogido?

Milton miró con rabia a Zeros. Le había atrapado. Obviamente, estaba tan empavonado por su reciente ascenso que se le había pasado totalmente por la cabeza el recoger las declaraciones de los testigos. Reena no se podía creer lo que estaba oyendo. ¿Y ese inútil le había quitado el puesto a ella y a Filia?

- ¡Serás idiota! ¡Sólo un cabeza hueca como tú se podría haber olvidado de tomar la declaración a los testigos!

Milton se giró lentamente hacia ella. Su cara acumulaba toda la rabia sufrida en los últimos 20 minutos, y su expresión dejaba traslucir que iba a descargarla en ella.

- Bueno, Agente Inverse, creo que todavía estamos a tiempo de ello, ¿no le parece?. Creo que deberías acercarte a las casas de alrededor y preguntar a sus "habitantes" si han visto algo. ¿Qué tal... las casas de dos manzanas a la redonda?

- ¡No estarás hablando en serio! ¡Este es el peor barrio de la ciudad!

- Bueno, pues entonces tendrás que tener cuidado.

- ¿Y por qué hablas en singular? ¡No piensa ir sola! ¡Filia me acompañará! ¿Verdad que sí, Filia?

La mujer sonrió.

- Por supuesto que sí, Lina. Ya sabes que siempre estaré contigo.

- Odio cortar esta hermosa escena- interrumpió Milton con un retorcida sonrisa-, pero Filia vendrá a hacer el papeleo conmigo.

Reena se quedó helada. Tenía que adentrarse en el peor barrio de la ciudad. Sola. Además, el hecho de que fuera agente de policía no creía que fuera a mejorar su situación. En su interior, se decía que si salía de ésta, Milton lo iba a pagar muy caro. Siempre hay callejones oscuros donde un policía podía ser agredido por un "desalmado criminal" con total impunidad. Aunque fuera un oficial.

- Yo iré contigo, Reena.

Todos se volvieron sorprendidos. Era Zelgadiss el que había hablado. La sonrisa de Milton se congeló en la cara.

- Yo iré contigo.- repitió Zelgadiss.

- Alto ahí, niñato. Tú no vas a ninguna parte. Tú te vienes con nosotros a la comisaría.

- ¿Ah, sí? ¿Y cómo me va a obligar, Sargento? Por si no se ha enterado, yo soy de la policía científica, no de Homicidios. Por ello, mi oficial al cargo es el sr. Metallium, no usted. No creo que le agradara mucho a nadie que al llegar a la oficina alguien le explicara al teniente de guardia que había violado las competencias de otro departamento. Y si se llegara a explicar la situación, que lo dudo, creo que le tendría que dar unas cuántas explicaciones de por qué había ordenado a uno de los mejores agentes de Homicidios de la ciudad- Reena enrojeció de orgullo- el ir a tomar declaración a los testigos de la escena de un crimen, SOLA, al peor barrio de la ciudad, cuando es un trabajo que USTED ya tendría que haber encargado hacer nada más llegar a la escena del crimen, Sargento. Así que iré con la agente Inverse. A menos, claro, que mi oficial al cargo me diga lo contrario.

Tras esta larga perorata, todos se hallaban totalmente perplejos. Ver al normalmente retraído y poco comunicativo Zelgadiss defender a su amiga de esa manera les había dejado totalmente sin habla. Milton estaba especialmente petrificado, incapaz de entender por qué las cosas le estaban saliendo tan mal hoy. Todos excepto, claro está, Zeros, que sonreía con aprobación. Otra de las virtudes que tenía Zeros era la de conocer el potencial de las personas, saber instintivamente aquello que podría llegar a ser, y forzarlo a salir. La actuación de Zelgadis había dejado a relucir su buen trabajo.

- Por supuesto que puede ir, Agente Graywords. Sobre todo, tengan cuidado. Los dos.

- No se preocupe. Lo tendremos.

- Eso espero, porque francamente, me costaría mucho volver a encontrar a un ayudante tan sensible como tú a mis bromas.

Zelgadiss frunció el ceño. Cosas como esa hacían de su vida como policía un auténtico tormento.

- Bueno, dejemos de hacer el gilipollas y cada uno a lo suyo. Inverse, no quiero verte en la comisaría hasta que tengas esas declaraciones. Y en cuanto a ti, niñato- dijo refiriéndose a Zelgadiss en un susurro-, ya te ajustaré las cuentas.

- Eso lo veremos.

Milton torció su boca en una mueca de desprecio.- Vámonos.

Zelgadiss y Reena vieron alejarse al trío. En el momento en el que giraban la esquina, Zeros y Filia volvían a enzarzarse en una nueva discusión. Entonces, se quedaron solos en la calle, a excepción de un gato sarnoso que cruzó rápidamente la calle. Y de las gotas de lluvia que repiqueteaban constantemente en sus paraguas. La constante, plomiza lluvia.

En esos momentos, el color gris amarillento del cielo se había aclarado. Seguía siendo gris pero tenía un tono mucho más brillante.

- Reena, la próxima vez intenta callarte, ¿vale?. No siempre habrá alguien cerca de ti para ayudarte.

- ¡Hay que ver! El idiota de Milton es el que mete la pata y yo me lleve los chillidos.

- Puede que sea cierto, pero ese idiota es tu superior, y no conviene tener a un sargento en tu contra.

- Al menos te tengo a ti. Muchas gracias por defenderme, Zelgadiss. Creía que estaba perdida.

- Bueno, no cantes victoria tan deprisa. Seguimos siendo solo dos policías con poca experiencia en un barrio donde los policías son recibidos con escopetas del calibre 12.

- Entonces, ¿por qué has decidido venir conmigo?

- Por diversas razones. Primero, porque si hubieras ido sola, no es que habría habido pocas posibilidades: es que no habría habido ninguna. Segundo, para hacer callar a ese cerdo. Tercero, si tiene varios objetivos en los cuales volcar su ira, sus arranques de furia serán menos intensos que si solo tuviera a uno. Afortunadamente, es demasiado imbécil para darse cuenta.

- De acuerdo, Freud, pero déjalo ya, que tenemos trabajo que hacer.

Se plantaron delante del primer edificio que iban a registrar. A pesar de haber mucha más claridad, el edificio parecía mucho más imponente y amenazador que esta mañana. Posiblemente tenía que ver el hecho de que ahora tenían que entrar en él, y esta mañana no. Maldición, se dijo Reena. Iba a ser un día muy largo.

Tres horas. Llevaban tres horas en aquel infecto agujero, buscando a alguien, alguien que pudiera decirles algo del crimen que se había cometido. Algún testigo. Alguna pista. Algo, maldita sea. Pero nada. Lo único que habían encontrado eran escombros, basura y oscuridad. Y eso no tranquilizaba a Reena en absoluto. La sensación de que a pesar del asolado aspecto de los ruinosos edificios miles de ojillos se clavaban en su sudorosa nuca era escalofriante. La penumbra que cubría todos los rincones, inundando de una siniestra semi- oscuridad todas las habitaciones del abandonado inmueble no mejoraba la situación. Afortunadamente, tenía junto a ella a Zelgadiss. Zelgadiss era un caso curioso. La mayor parte del tiempo parecía huraño, poco comunicativo y solitario. Sin embargo, cada cierto tiempo, se comportaba de forma totalmente imprevisible y sorprendente, como se había dado la situación. Además, si mera presencia parecía ser una especie de catalizador de la tranquilidad. Alrededor suyo parecía haberse formado una campana de quietud y imperturbabilidad que parecía extenderse y afectar a los que en ella entraban. Todo lo contrario de Zeros, cuyo propósito en la vida parecía ser el caos. Posiblemente por ello divergían tanto.

La débil luz matutina que los espesos y enfermizos nubarrones de tormenta que parecían haberse asentado de forma perpetua en el cielo de la ciudad dejaban pasar se filtraba por los tablones de madera clavados en los laterales de una ventana, incidiendo sobre Zelgadiis e iluminándole con su grisáceo brillo. Visto así, su silueta parecía estar compuesto de franjas blancas y negras. Como la especie humana, pensó Reena. Estamos compuestos de ambas materias primordiales, luz y oscuridad. Desgraciadamente, su trabajo solo le impedía ver la faceta oscura de ese ser, la que dejaba a la frase "La realidad supera a la ficción" como un mero chascarrillo. Sin embargo, tampoco estaba segura sobre si el resto del mundo era capaz de ver la cara luminosa.

Un desagradable sonido empezó a retumbar en las sienes de Reena. Parecía una mezcla de sonidos de tambores tribales y los chasquidos que emitían cierta clase de insectos. Al principio no le dio mucha importancia, pero el sonido empezó a subir considerablemente de tono, hasta el punto que el sonido empezó a solapar el resto de sonidos y percepciones que recogía su cerebro. Zelgadiss no parecía haber oído nada, pues seguía caminando tan tranquilo. Mientras tanto el sonido seguía aumentando de tono y haciéndose más rápido y frenético. Reena empezaba a notar como sus nervios empezaban a aullar con el dolor que el sonido empezaba a causar en ellos. A los tambores y los chasquidos se iban uniendo unos chillidos desgarradores, sonidos que parecían de engranajes oxidados y un sonido indeterminado que Reena pudo identificar como el de un cuchillo o un arma cortante desgarrando carne, cortando tendones, desencajando huesos. Reena tenía grabado ese sonido en su mente. Cuando era pequeña, había realizado una visita junto a su clase al matadero municipal. Mentira tras mentira, les fueron contando cómo se realizaban los productos cárnicos, obviando las partes más escabrosas y truculentas. Todo de una manera limpia, pulcra y aséptica. Mientras seguía la visita, Reena vio una puerta por la que decía "NO ENTRAR". De una manera bastante impulsiva, se adentró en la puerta. Ante ella, se mostró la cara que no le habían mostrado de la matanza. La habitación en la que se encontraba estaba cubierto de churretones de grasa, sangre coagulada y otros fluidos inidentificables. Un corpulento hombre enfundado en un mono blanco que lo único que hacía era resaltar las manchas de sangre que lo cubrían cortaba los cuellos de las vacas que iba trayendo una cinta transportadora. Lo hacía con un frío desapasionamiento que hacía aún más aterrador si cabe su trabajo. Sin embargo, lo que más asustó a Reena no fueron las manchas, ni el hombre cortando los cuellos de las vacas. Lo que más le asustó fueron los ojos de las vacas, uno ojos grandes, redondos y negros, totalmente inundados por el pánico, mientras su sangre manaba a borbotones de su cuello y su vida con ella. Y seguía oyéndose ese horrible sonido de cortar y desgarrar mientras las vacas posaban sus aterradas miradas como si ella, una niña de 8 años, pudiera ayudarles para seguir viviendo, o fuera la causante de su estado, o ambas cosas. El mismo sonido que ahora estaba escuchando. Reena cayó de rodillas. Temblaba como una hoja arrastrada por el viento de otoño. A los perturbadores ecos que inundaban su mente, se unieron en unos fugaces destellos unas decadentes imágenes de muerte y sangre. Ante sus ojos pasaban deformaciones, cadenas con garfios adheridos en sus terminaciones, cuchillas oxidadas, mutilaciones, sangre, engranajes de arcaicas máquinas, y más cosas que su mente se negaba a asimilar. Se encontraba en tal estado de shock que ni siquiera se dio cuenta cuando empezó a chillar. Antes de soportar más esa tortura, su mente se colapsó, dejándola inconsciente. La última imagen que vio antes de quedar inconsciente fue la de un ángel encadenado a una máquina que le acercaba inexorablemente a un montón de cuchillas afiladas.

Zelgadiss se dio cuenta de que algo no iba bien cuando Reena empezó a gritar como si la estuvieran atravesando por hierros al rojo vivo. Lo único que le dio tiempo a ver fue como Reena cía hacia el suelo, inconsciente. Se dirigió hacia ella como una exhalación, con el corazón golpeando violentamente su pecho.

- ¡Reena! ¡Reena, maldita sea! ¡Joder, contesta! ¡No me hagas esto! ¿Qué te pasa? ¡Dime algo!

Un súbito movimiento a las espaldas de Zelgadiss desvió su atención de la convaleciente Reena. Vio una pierna huir por una de las esquinas del pasillo. Ante él se exponía una elección. Tenía ante sí una compañera- una amiga, maldita sea. ¿Por qué era tan jodidamente lógico en esta clase de situaciones?- inconsciente, probablemente herida, o algo peor. Al menos respiraba. Por otro lado, tenía ante sí a una amenaza potencial. O, si la suerte estaba de su lado, incluso un testigo potencial, que les podría sacar de esos malditos edificios. Sopesó ambas posibilidades durante un momento y, tras elevar una rápida plegaria para que a su amiga no le pasara nada, se lanzó en pos de la sombra. Al cruzar la esquina, levantó la pistola con decisión. No quería sorpresitas; más valía prevenir que curar. Sin embargo, su recién adoptada pose de Harry el Sucio duró el mismo tiempo que tardó en darse cuenta de que se encontraba en un pasillo cerrado y que estaba solo allí. Decepcionado, se giró para ayudar a Reena. Sin embargo, una ola de negrura parecía haber invadido el pasillo. La fantasmagórica luz proveniente de los resquicios que dejaban los tablones en las ventanas había desaparecido, y ni siquiera la visión en la penumbra era posible. Zelgadiss estaba empezando a asustarse. Fuera lo que fuera lo que había pasado, había anulado sus percepciones. De repente, un fragante perfume a flores empezó a cubrir el ambiente, y un tenue repicar de campanas embriagó sus oídos, tranquilizándole y dándole reposo. Una reluciente luz devoró la densa oscuridad. Justo en el foco de emisión de la luz, se hallaba una figura femenina esbelta y hermosa. De su espalda surgían tres finos y estrechos pares de alas, que con parsimoniosos aleteos se acercaban a Zelgadiss cubriéndole de plumas. La cara del ángel (¿qué podría ser si no?) estaba solapada por la luz, pero Zelgadiss no dudaba de que sería de una belleza deslumbrante, demasiada para que la contemplaran ojos humanos. El ángel extendió su dedo índice hacia la frente de Zelgadiss. Cuando el estilizado dedo del ángel tocó la frente de Zelgadiss, la música cesó, el perfume a flores desapareció y una brillantísima luz, aún más brillante que la que irradiaba el ángel, inundó sus sentidos. Y luego no supo nada más.

NOTAS DEL AUTOR Y ACLARACIONES:

* El Doctor Sloan era el protagonista de la serie "Diagnóstico: Asesinato" (me encantaba esa serie). Lo interpretaba Dick Van Dyke (si, el de Mary Poppins), y era un doctor que en sus tiempecillos libres se dedicaba a resolver asesinatos. Como Angela Lansbury en "Se ha escrito un crimen".

** Somerset era uno de los dos protagonistas de la estupenda película de David Fincher "Se7en". Lo interpretaba Morgan Freeman, y era un inteligente detective a punto de retirarse totalmente hastiado de la vida y de su trabajo, especialmente de las atrocidades que contemplaba.

*** "Nerd" es la expresión americana para "empollón". Son esas gentes que en las películas americanas representan como feos, con gafas enormes, inocentones y maniáticos del ordenador. Para que os hagáis una idea, Martín, el listillo de "Los Simpson", o Willow, de la serie "Buffy Cazavampiros" serían unos "nerd".

**** Lo siento. No pude evitar la tentación.

Buenas, compañeros de correrías (casi queda hasta bien y todo). Este es el primer capítulo de mi fic "Los Pecados del Padre". Como veis, considerablemente más largo que el prologuillo que puse hace... ni me acuerdo. Me he inspirado en Se7en y un estupendo fic en inglés que encontré por allí, Blood and Bullets, escrito por AsheRyder (si lees esto y lo entiendes, cosa que dudo, muchas gracias) para escribirlo, aunque he añadido toques de "Hellraiser" y "El silencio de los corderos". ¿Lo habíais adivinado? Espero que sí. Bueno, y ahora paso a los agradecimentos: a mis reviewers: Gabe Logan (sigue con tu fic, está genial), Zelas Metallium (¿Lo ves? Ya lo he actualizado. Ahora dile a tus lobos que me dejen de morder la pierna) y Suisei Lady Dragon (espero que no haya sido muy fuerte para ti... no me gustaría perder a unos de mis pocos seguidores), muchísimas gracias. Y un agradecimiento especial a Karoru Metallium, por aguantar mis tonterías, por ser la webmistress de una de las mejores páginas de Slayers que hay por la Web, y por ser fan de Twin Peaks (qué ganas tenía de encontrar a uno). Os daría un adelanto de lo que va a pasr en el siguiente capítulo pero... ¿qué es la vida sin unas cuantas sorpresas? (si lo sé: soy malo) Un abrazo para tosdos y cuidaos.

Antonio Jarreta Blasco, Raven