Otro más. No os acostumbréis a que esto sea tan rápido, sólo hemos tenido un día muy bueno y productivo. Muchas gracias por los favs. follows y, sobre todo, los comentarios. Sois lo mejor 3 Como no hay mucho más que decir, os dejamos leer en paz.
Disclaimer: los libros aquí transcritos no nos pertenecen, son propiedad de J. K. Rowling y asociados. No ganamos dinero escribiendo fics.
2
El vidrio que se desvaneció
─Leeré yo dijo Remus, alargando el brazo hacia el libro. La mujer se lo entregó y el joven se aclaró la garganta antes de leer: El vidrio que se desvaneció.
Los presentes se acomodaron en los sillones más relajados tras el primer capítulo, que había venido cargado de emociones. La voz de Remus resultaba tranquilizadora, aunque ninguno podía evitar la incertidumbre de no saber si tendrían que enfrentarse a más noticias desagradables. El joven Gryffindor retomó la lectura con ganas.
Habían pasado aproximadamente diez años desde el día en que los Dursley se despertaron y encontraron a su sobrino en la puerta de entrada,
─Es un salto de tiempo significativo ─comentó el señor Weasley.
Su mujer asintió con la cabeza.
─Debe de estar cerca de cumplir los once años, si no los tiene ya ─dijo ella, siguiendo la línea de pensamiento del señor Weasley─. Debe de estar emocionado con la idea de ir a Hogwarts ─terminó con una sonrisa hacia Lily y James, que tenían sentimientos encontrados.
Era difícil pensar en ese niño como en su hijo, pero sí empatizaban con la idea de un niño de once años emocionado por empezar el colegio sin sus padres para verlo. Lily solo temía la amargura de su hermana, que probablemente no se lo había puesto fácil al joven Harry.
pero Privet Drive no había cambiado en absoluto. El sol se elevaba en los mismos jardincitos, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y avanzaba en su salón, que era casi exactamente el mismo que aquél donde el señor Dursley había oído las ominosas noticias sobre las lechuzas, una noche de hacía diez años. Sólo las fotos de la repisa de la chimenea eran testimonio del tiempo que había pasado. Diez años antes, había una gran cantidad de retratos de lo que parecía una gran pelota rosada con gorros de diferentes colores,
Varios soltaron sendas risitas ante la descripción del pequeño Dudley.
pero Dudley Dursley ya no era un niño pequeño, y en aquel momento las fotos mostraban a un chico grande y rubio montando su primera bicicleta, en un tiovivo en la feria, jugando con su padre en el ordenador, besado y abrazado por su madre... La habitación no ofrecía señales de que allí viviera otro niño.
─No pinta bien ─murmuró Lily, más angustiada de lo que quería reconocer. Le parecía una locura angustiarse por un hijo que ni había tenido ni deseaba en ese momento. Sin embargo, una vocecita le decía que, aunque para ella no fuera real, ese niño existía, había vivido o vivía en algún punto del tiempo.
Sin embargo, Harry Potter estaba todavía allí, durmiendo en aquel momento, aunque no por mucho tiempo. Su tía Petunia se había despertado y su voz chillona era el primer ruido del día.
—¡Arriba! ¡A levantarse! ¡Ahora!
Harry se despertó con un sobresalto. Su tía llamó otra vez a la puerta.
—¡Arriba! —chilló de nuevo.
─Eso es lo que yo llamo impaciencia ─dijo Sirius con una sonrisa─. Pobre crío.
Harry oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra el fogón. El niño se dio la vuelta y trató de recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto que volaba.
─¡Vaya! ─interrumpió una vez más, cómo no, Sirius─. Tú hijo se acuerda de mi moto.
Parecía extrañamente orgulloso.
─No te imaginas lo raro que suena eso ─le respondió James, algo confundido.
Remus, Sirius y los señores Weasley se rieron de su cara de desconcierto.
Tenía la curiosa sensación de que había soñado lo mismo anteriormente.
Su tía volvió a la puerta.
—¿Ya estás levantado? —quiso saber.
—Casi —respondió Harry
—Bueno, date prisa, quiero que vigiles el beicon. Y no te atrevas a dejar que se queme. Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy.
Lily apretó los labios en una fina línea. Se preguntó desde cuándo hacían cocinar al niño. Por supuesto, saber hacer las cosas más básicas no le venía mal a nadie, pero tenía la ligera intuición de que su hermana se iba a sobrepasar en ese sentido.
─No sé si es buena idea dejar a un niño tan pequeño sin vigilancia mientras cocina ─dijo la señora Weasley, preocupada─. Podría quemarse.
Varios asintieron distraídamente, sin verdadera preocupación.
Harry gimió.
—¿Qué has dicho? —gritó con ira desde el otro lado de la puerta.
—Nada, nada...
─Me recuerda a mi madre ─masculló Sirius ganándose un codazo de Remus sin que este dejara de leer.
El cumpleaños de Dudley... ¿cómo había podido olvidarlo? Harry se levantó lentamente y comenzó a buscar sus calcetines. Encontró un par debajo de la cama y, después de sacar una araña de uno, se los puso.
Todos torcieron la cara con desagrado.
─Un Potter sacando arañas de sus calcetines ─mascullaba James, molesto con los muggles.
Harry estaba acostumbrado a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas, y allí era
Remus se detuvo un instante. Su rostro habitualmente sereno se transformó en una máscara de pura ira. Sus amigos rara vez le habían visto tan enfadado como en ese momento. Su reacción les desconcertó completamente y varios de los presentes se inclinaron en su dirección mitad asustados, mitad curiosos.
y allí era donde dormía.
─¡¿QUÉ?! ─gritaron la mayoría con verdadera ira.
Los ojos del profesor Dumbledore brillaban peligrosamente, pero lo que le dominaba en ese momento era la culpa, incapaz de comprender por qué su yo del futuro permitiría que un niño aparentemente tan importante viviera en tales condiciones. Necesitaba más información. Ajenos a sus pensamientos, los señores Weasley se atropellaban el uno al otro en sus quejas e indignación. Remus, de carácter típicamente sereno, asentía a las propuestas de Sirius de hacérselo pagar a los muggles e incluso daba ideas. Lily, que ya se lo veía venir, apretaba los puños en el regazo. ¿En qué momento su hermana Petunia se había convertido en una persona tan desalmada como para encerrar a un niño en una alacena? ¿Era culpa suya? ¿La había dejado de lado inconscientemente en pro del mundo mágico y todo lo que representaba para ella? Pero nadie estaba tan enfadado e indignado como James, que se levantó de un salto con la varita en la mano como si tuviera a esos muggles enfrente.
─¡En la alacena! ─aulló, dominado por la ira─. Tienen a mi hijo en una alacena. A un Potter. ¡Dumbledore! ─Por primera vez en su vida, James se permitió ser irrespetuoso con el director─. ¡Es imposible que no sepas lo que está pasando! ¿Por qué lo dejaste con esos… esos…?
El joven se detuvo a sí mismo, incapaz de encontrar la palabra adecuada para describir a esas personas. Ninguna se acercaba lo suficiente para su gusto. Se mordió la lengua para no empezar a soltar una barbaridad tras otra, consciente, a pesar de todo, de dónde estaba.
La profesora McGonagall hervía de ira, como todos los demás, pero fue capaz de mantener la suficiente compostura como para gritar:
─¡Todo el mundo tranquilo! Potter, Lupin y Black, contrólense. Para empezar, son ustedes menores de edad así que nadie va a hacer daño a estos muggles ni mucho menos cambiarles la cara por el trasero ─Los chicos gruñeron inconformes─. Les recuerdo que se trata de un libro y nada más que eso. Nada de esto está pasando ni ha pasado así que compórtense.
Snape, que se había mantenido en un aparte, sonrió ante la cara de enfado de los Gryffindor. Por una vez en la vida la profesora McGonagall no se había puesto de parte de esos arrogantes y desagradables leones, que lo único que hacían era pavonearse por los pasillos del colegio.
─Sigamos con la lectura ─sentenció la profesora tajantemente tras concederle a los presentes un momento para recomponerse y calmarse.
Remus siguió leyendo, pero se notaba que estaba haciendo esfuerzos por controlar su ira.
Cuando estuvo vestido salió al recibidor y entró en la cocina. La mesa estaba casi cubierta por los regalos de cumpleaños de Dudley. Parecía que éste había conseguido el ordenador nuevo que quería, por no mencionar el segundo televisor y la bicicleta de carreras. La razón exacta por la que Dudley podía querer una bicicleta era un misterio para Harry, ya que Dudley estaba muy gordo y aborrecía el ejercicio, excepto si conllevaba pegar a alguien, por supuesto.
─Por supuesto…
El saco de boxeo favorito de Dudley era Harry,
─Por qué no me sorprende ─comentó James, pensando que era normal que el crío fuera a por Harry si sus padres lo trataban como si fuera un elfo doméstico.
pero no podía atraparlo muy a menudo.
─Bien ─murmuró Lily para sí.
Aunque no lo parecía, Harry era muy rápido.
Tal vez tenía algo que ver con eso de vivir en una oscura alacena, pero Harry había sido siempre flaco y muy bajo para su edad.
─Oh, no, Harry. Es la genética ─dijo Sirius, recobrando el buen humor─. Tu padre también es un mico.
─¡Eh! He crecido mucho desde primer año ─se quejó James. Hizo el numerito de sacar músculo, pero Remus, acostumbrado a los arranques de arrogancia y tontería de su amigo, siguió leyendo para atraer la atención de todos de nuevo a la lectura.
Además, parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas de Dudley y su primo era cuatro veces más grande que él. Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante.
─Tiene mis ojos ─dijo Lily sin poder evitar que algo de emoción se le colara en el tono. Una sonrisa tonta se abrió paso en su rostro. Era una extraña ternura la que sentía hacia ese desconocido, pero no por ello menos real. James también sonreía. Se podía imaginar al niño con su pelo y los preciosos ojos verdes de Lily.
La señora Weasley los miraba a ambos algo entristecida. Ella tenía a sus pequeños Bill, Charlie y Percy y no quería ni imaginar lo que sería no poder verlos crecer. Sus primeros pasos, sus primeras palabras, su primer día de colegio… El corazón le pesaba al pensar en Harry y en sus padres.
Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva,
─Habrá heredado tus ojos, Evans ─dijo Sirius con una sonrisa enorme─, pero está tan cegato como su padre.
James le golpeó en el brazo con toda la fuerza que pudo reunir.
consecuencia de todas las veces que Dudley le había pegado en la nariz.
Varios gruñidos se dejaron oír en el despacho.
La única cosa que a Harry le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago.
─Le gusta la cicatriz… ─murmuró James, aunque sus palabras fueron perfectamente audibles.
─No debe de saber de dónde viene. Quizás sus tíos no le hayan explicado todo, puede que ni siquiera ellos lo entiendan completamente ─repuso Arthur con todo el tacto que fue capaz de reunir.
El joven asintió, pero una duda le asaltó ante las palabras del señor Weasley. ¿No se lo habían explicado todo o...?
La tenía desde que podía acordarse, y lo primero que recordaba haber preguntado a su tía Petunia era cómo se la había hecho.
—En el accidente de coche donde tus padres murieron
Remus leyó lentamente, como aturdido. ¿Qué?
─¿Cómo que accidente de coche? ─inquirió Sirius, tan confuso como su amigo.
Dumbledore suspiró. Estaba claro que los Dursley habían decidido ignorar su carta.
─No le han explicado nada ─dijo Lily, que ni siquiera estaba sorprendida─. Harry no tiene ni idea de que es un mago. Ni siquiera sabe quién nos mató.
Ira y dolor se mezclaban en las palabras de la muchacha. ¿Tanto odiaba Petunia la magia? ¿Tanto la odiaba a ella?
─¿Cómo puedes mirar a un niño a los ojos y mentirle de esa forma sobre la muerte de sus padres? ─Remus casi se arrepentía de haberse ofrecido para leer. Estaba resultando demasiado difícil no proferir en insultos hacia esos muggles.
Severus, por su parte, se sentía tan poco sorprendido como Lily. Conocía a su hermana muy bien y sin el amor fraternal empañando su juicio, podía decir con franqueza que Petunia Evans era un tipo de muggle de los peores si es que había alguno bueno. No podía evitar sentir cierta empatía hacia Harry, pero no olvidaba quién era su padre.
—había dicho—. Y no hagas preguntas.
«No hagas preguntas»: ésa era la primera regla que se debía observar si se quería vivir una vida tranquila con los Dursley.
Tío Vernon entró a la cocina cuando Harry estaba dando la vuelta al tocino.
—¡Péinate! —bramó como saludo matinal.
─Agradable como siempre…
Una vez por semana, tío Vernon miraba por encima de su periódico y gritaba que Harry necesitaba un corte de pelo. A Harry le habían cortado más veces el pelo que al resto de los niños de su clase todos juntos, pero no servía para nada, pues su pelo seguía creciendo de aquella manera, por todos lados.
James, Remus y Sirius se rieron. Eso era ley de vida.
Harry estaba friendo los huevos cuando Dudley llegó a la cocina con su madre. Dudley se parecía mucho a tío Vernon. Tenía una cara grande y rosada, poco cuello, ojos pequeños de un tono azul acuoso, y abundante pelo rubio que cubría su cabeza gorda. Tía Petunia decía a menudo que Dudley parecía un angelito. Harry decía a menudo que Dudley parecía un cerdo con peluca.
Exuberantes carcajadas rompieron el aire del despacho. Los adultos se controlaban lo suficiente para no reír tan desenfrenadamente, pero los Gryffindor, incluida Lily por mucho que le pesara, no pudieron evitar reír con ganas. ¡Hasta Snape sonreía!
─Me encanta este crío ─dijo Sirius entre risas.
Harry puso sobre la mesa los platos con huevos y beicon, lo que era difícil porque había poco espacio. Entretanto, Dudley contaba sus regalos. Su cara se ensombreció.
—Treinta y seis —dijo, mirando a su madre y a su padre—. Dos menos que el año pasado.
—Querido, no has contado el regalo de tía Marge. Mira, está debajo de este grande de mamá y papá.
—Muy bien, treinta y siete entonces —dijo Dudley, poniéndose rojo.
─¡Treinta y siete regalos y tiene la cara dura de quejarse! ─exclamó la señora Weasley, obviamente secundada por la profesora McGonagall y el señor Weasley─. Niño malcriado…
Harry; que podía ver venir un gran berrinche de Dudley, comenzó a comerse el beicon lo más rápido posible, por si volcaba la mesa.
─Chico listo.
Tía Petunia también sintió el peligro, porque dijo rápidamente:
—Y vamos a comprarte dos regalos más cuando salgamos hoy. ¿Qué te parece, pichoncito? Dos regalos más. ¿Está todo bien?
─Oh, claro, la solución es comprarle más regalos. Por supuesto que sí.
La mujer siguió mascullando cosas por el estilo mientras Remus retomaba la sonrisa haciendo un gran esfuerzo por no reírse.
Dudley pensó durante un momento. Parecía un trabajo difícil para él. Por último, dijo lentamente.
—Entonces tendré treinta y.. treinta y..
─Pero tiene la edad de Harry. Tiene que saber sumar ─exclamó Lily, estupefacta─. Nadie es tan lento.
Los presentes se encogieron de hombros. Hacía ya rato que la mayoría daba a Dudley por perdido.
—Treinta y nueve, dulzura —dijo tía Petunia.
—Oh —Dudley se dejó caer pesadamente en su silla y cogió el regalo más cercano—. Entonces está bien.
Tío Vernon rió entre dientes.
—El pequeño tunante quiere que le den lo que vale, igual que su padre. ¡Bravo, Dudley! —dijo, y revolvió el pelo de su hijo.
─¡Lo está celebrando!
En aquel momento sonó el teléfono y tía Petunia fue a cogerlo, mientras Harry y tío Vernon miraban a Dudley, que estaba desembalando la bicicleta de carreras, la filmadora, el avión con control remoto, dieciséis juegos nuevos para el ordenador y un vídeo. Estaba rompiendo el envoltorio de un reloj de oro, cuando tía Petunia volvió, enfadada y preocupada a la vez.
—Malas noticias, Vernon —dijo—. La señora Figg se ha fracturado una pierna. No puede cuidarlo. —Volvió la cabeza en dirección a Harry.
─¿Arabella Figg? ─interrumpió la profesora McGonagall─. ¿Qué hará viviendo con muggles?
─Quizás no sea ella ─contestó el profesor Dumbledore, aunque se le notaba dudoso.
La boca de Dudley se abrió con horror, pero el corazón de Harry dio un salto. Cada año, el día del cumpleaños de Dudley, sus padres lo llevaban con un amigo a pasar el día a un parque de atracciones, a comer hamburguesas o al cine. Cada año, Harry se quedaba con la señora Figg, una anciana loca que vivía a dos manzanas. Harry no podía soportar ir allí. Toda la casa olía a repollo y la señora Figg le hacía mirar las fotos de todos los gatos que había tenido.
─O quizás sí ─se corrigió el profesor Dumbledore a sí mismo, riendo ligeramente.
La profesora McGonagall se quedó pensativa por unos segundos, pero finalmente se encogió de hombros. Arabella nunca había sido una persona muy… convencional. Quizás en el futuro le gustaba más vivir en entre muggles que en su tiempo.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó tía Petunia, mirando con ira a Harry como si él lo hubiera planeado todo.
─¿Pero qué problema hay? ─espetó James, que cada vez se iba sintiendo menos y menos tolerante con la actitud de esos muggles.
─Cualquier cosa ─respondió Lily igual de enfadada.
Harry sabía que debería sentir pena por la pierna de la señora Figg, pero no era fácil cuando recordaba que pasaría un año antes de tener que ver otra vez a Tibbles, Snowy, el Señor Paws o Tufty.
—Podemos llamar a Marge —sugirió tío Vernon.
—No seas tonto, Vernon, ella no aguanta al chico.
Los Dursley hablaban a menudo sobre Harry de aquella manera, como si no estuviera allí, o más bien como si pensaran que era tan tonto que no podía entenderlos, algo así como un gusano.
A nadie le gustó eso, pero ya empezaban a acostumbrarse a no escuchar ni una sola cosa agradable sobre esa familia. Eso no disminuía su enfado, sin embargo.
—¿Y qué me dices de... tu amiga... cómo se llama... Yvonne?
—Está de vacaciones en Mallorca —respondió enfadada tía Petunia.
—Podéis dejarme aquí —sugirió esperanzado Harry. Podría ver lo que quisiera en la televisión, para variar, y tal vez incluso hasta jugaría con el ordenador de Dudley
Tía Petunia lo miró como si se hubiera tragado un limón.
—¿Y volver y encontrar la casa en ruinas? —rezongó.
—No voy a quemar la casa —dijo Harry, pero no le escucharon.
—Supongo que podemos llevarlo al zoológico —dijo en voz baja tía Petunia—... y dejarlo en el coche...
—El coche es nuevo, no se quedará allí solo...
─Hablan de él como si fuera una bomba de relojería ─dijo el señor Weasley, algo sorprendido porque pudieran considerar al chico tan peligroso.
─Creo que temen algún estallido de magia accidental ─comentó Remus─. Está claro que le tienen miedo a cualquier manifestación de magia y Harry tiene ya once años. Lo más probable es que haya tenido algún accidente.
Arthur asentía con la cabeza, pero aun así no veía justificación para ese comportamiento. La magia en los niños no solía ser destructiva.
Dudley comenzó a llorar a gritos. En realidad no lloraba, hacía años que no lloraba de verdad, pero sabía que, si retorcía la cara y gritaba, su madre le daría cualquier cosa que quisiera.
—Mi pequeñito Dudley no llores, mamá no dejará que él te estropee tu día especial —exclamó, abrazándolo.
—¡Yo... no... quiero... que... él venga! —exclamó Dudley entre fingidos sollozos—. ¡Siempre lo estropea todo! —Le hizo una mueca burlona a Harry, desde los brazos de su madre.
Justo entonces, sonó el timbre de la puerta.
—¡Oh, Dios, ya están aquí! —dijo tía Petunia en tono desesperado
─Son excepcionalmente melodramáticos estos muggles ─comentó la profesora McGonagall a nadie en particular.
y, un momento más tarde, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre. Piers era un chico flacucho con cara de rata. Era el que, habitualmente, sujetaba los brazos de los chicos detrás de la espalda mientras Dudley les pegaba.
─Cobardes… ─dijo James con el ceño fruncido.
─A quién me recuerda ─escupió Snape mirando a los Gryfindor con enfado mal disimulado.
James y él se habrían enzarzado en un duelo ahí mismo si no hubiera sido por la presencia de los profesores.
Dudley suspendió su fingido llanto de inmediato.
─Por supuesto.
Media hora más tarde, Harry, que no podía creer en su suerte, estaba sentado en la parte de atrás del coche de los Dursley, junto con Piers y Dudley, camino del zoológico por primera vez en su vida.
Lily sonrió ante la emoción del niño intentando obviar la conducta de su hermana y su marido. Era tierno ver la inocencia de Harry.
A sus tíos no se les había ocurrido una idea mejor, pero antes de salir tío Vernon se llevó aparte a Harry.
—Te lo advierto —dijo, acercando su rostro grande y rojo al de Harry—. Te estoy avisando ahora, chico: cualquier cosa rara, lo que sea, y te quedarás en la alacena hasta la Navidad.
—No voy a hacer nada —dijo Harry—. De verdad...
Pero tío Vernon no le creía. Nadie lo hacía.
El problema era que, a menudo, ocurrían cosas extrañas cerca de Harry y no conseguía nada con decir a los Dursley que él no las causaba.
─Ahí está la magia accidental ─dijo Remus con una sonrisa que el señor Weasley le devolvió.
─Quizás el título del capítulo esté relacionado ─intervino Snape, dando su opinión sobre algo relacionado con la lectura por primera vez.
El profesor Dumbledore sonrió.
─Ahora lo veremos.
En una ocasión, tía Petunia, cansada de que Harry volviera de la peluquería como si no hubiera ido, cogió unas tijeras de la cocina y le cortó el pelo casi al rape, exceptuando el flequillo, que le dejó «para ocultar la horrible cicatriz». Dudley se rió como un tonto, burlándose de Harry, que pasó la noche sin dormir imaginando lo que pasaría en el colegio al día siguiente, donde ya se reían de su ropa holgada y sus gafas remendadas.
Los jóvenes bufaron con disgusto. Snape, a su pesar, tuvo que admitir que sentía algo de compasión por el niño al ver reflejada en él su propia infancia. Quizás Harry fuera un Potter, pero no había crecido como tal.
Sin embargo, a la mañana siguiente, descubrió al levantarse que su pelo estaba exactamente igual que antes de que su tía lo cortara. Como castigo, lo encerraron en la alacena durante una semana, aunque intentó decirles que no podía explicar cómo le había crecido tan deprisa el pelo.
El rostro de todos estaba tenso, por un lado enfadados y por otro preocupados. Intentar reprimir los estallidos de magia accidental era algo muy peligroso, tanto para el niño como para los demás. Estaba claro que esos muggles no sabían lo que hacían.
El profesor Dumbledore ensombreció el gesto, pero no hizo comentario alguno. Él más que ninguno de los presentes sabía lo nocivo que podía ser para un niño luchar contra su naturaleza mágica.
Otra vez, tía Petunia había tratado de meterlo dentro de un repugnante jersey viejo de Dudley (marrón, con manchas anaranjadas). Cuanto más intentaba pasárselo por la cabeza, más pequeña se volvía la prenda, hasta que finalmente le habría sentado como un guante a una muñeca, pero no a Harry. Tía Petunia creyó que debía de haberse encogido al lavarlo y, para su gran alivio, Harry no fue castigado.
─Algo es algo ─murmuró Lily con un suspiro.
Por otra parte, había tenido un problema terrible cuando lo encontraron en el techo de la cocina del colegio. El grupo de Dudley lo perseguía como de costumbre
─Va a haber que conseguir los nombres de todos esos niños ─le susurró Sirius a James tan bajito que nadie le escuchó. El joven asintió solemnemente.
cuando, tanto para sorpresa de Harry como de los demás, se encontró sentado en la chimenea.
Sirius vitoreó la hazaña del chico con entusiasmo mientras Remus y James reían de sus tonterías y también un poco al imaginar las caras de los muggles al verle de repente en la chimenea.
─No sé qué estáis celebrando ─interrumpió Lily, molesta por el comportamiento tan infantil de sus compañeros─. Le van a castigar.
─No seas aguafiestas, cariño.
─¡POTTER!
─¡Lunático sigue leyendo!
Los Dursley recibieron una carta amenazadora de la directora del colegio, diciéndoles que Harry andaba trepando por los techos del colegio. Pero lo único que trataba de hacer (como le gritó a tío Vernon a través de la puerta cerrada de la alacena) fue saltar los grandes cubos que estaban detrás de la puerta de la cocina. Harry suponía que el viento lo había levantado en medio de su salto.
─¿Crees que logró aparecerse, Albus? ─inquirió la profesora McGonagall, francamente impresionada.
─Eso o voló. Cualquiera de las dos posibilidades es sorprendente ─respondió el profesor Dumbledore con una sonrisa igual de impresionada─. Tiene unas grandes capacidades mágicas.
Lily y James se miraron con orgullo, pero fue sólo durante la milésima de segundo que tardaron en darse cuenta de que ese niño ni siquiera existía todavía. Apartaron la vista de los ojos del otro al tiempo que Remus retomaba la lectura.
Pero aquel día nada iba a salir mal. Incluso estaba bien pasar el día con Dudley y Piers si eso significaba no tener que estar en el colegio, en su alacena, o en el salón de la señora Figg, con su olor a repollo.
─Se contenta con tan poco, el pobre chaval ─dijo Sirius con inusitada seriedad a pesar de que intentaba mantener el tono jocoso.
─Tiene que haberlo pasado mal ─contestó Remus, impaciente por seguir con la lectura.
Mientras conducía, tío Vernon se quejaba a tía Petunia. Le gustaba quejarse de muchas cosas. Harry, el ayuntamiento, Harry, el banco y Harry eran algunos de sus temas favoritos.
─Por lo menos el chico lo lleva con humor ─comentó Arthur con una sonrisa de afecto.
Aquella mañana le tocó a los motoristas.
—... haciendo ruido como locos esos gamberros —dijo, mientras una moto los adelantaba.
—Tuve un sueño sobre una moto —dijo Harry recordando de pronto—. Estaba volando.
─¡Harry! ─exclamó Lily, irritada─. Ha heredado tu insensatez.
─A mi me gusta llamarlo arrojo, como en la épica ─replicó James, levantando el mentón dignamente─. ¿A que tengo un perfil muy aristocrático, sir Black?
Sirius ni siquiera tuvo que pensarlo.
─Desde luego, sir Potter. Cabalguemos.
Ambos se levantaron y dieron una vuelta al despacho a lomos de un caballo imaginario, haciendo el ruido de los cascos con la boca. Lily miraba al cielo pidiendo paciencia mientras los demás se reían. Sólo la profesora McGonagall y Severus parecían a punto de obligarles a sentarse a punta de varita.
─Señor Potter, señor Black ─los llamó la profesora con voz severa─. Les juro que como no se sienten en este instante los tendré ayudando al señor Filch con la limpieza del castillo todo su séptimo año.
No hubo que decírselo dos veces. Los dos jóvenes se sentaron enfurruñados como dos niños pequeños.
─Ya no se aprecia el humor en este castillo ─murmuró Sirius.
─Señor Black…
Remus, que aún se reía un poco, retomó la lectura antes de que la profesora McGonagall confinara a su amigos en las mazmorras durante todo el verano.
Tío Vernon casi chocó con el coche que iba delante del suyo. Se dio la vuelta en el asiento y gritó a Harry:
—¡LAS MOTOS NO VUELAN!
─Cuánto dramatismo…
Su rostro era como una gigantesca remolacha con bigotes.
─Ay, qué me da ─gritó James, riendo descontroladamente.
Lily soltó la mayor carcajada de todas y siguió riéndose como nadie la había escuchado hacerlo antes. Se podía imaginar al novio de su hermana totalmente rojo mientras ese ridículo bigote se le sacudía al hablar.
─Harry es… ─Casi no podía respirar de la risa─. Es fantástico describiendo, de verdad. Si conocierais a Dursley… Ay, Dios mío.
Los demás ya se reían más del ataque que le había dado a la muchacha que por la descripción de Harry. James la miraba fascinado y divertido a partes iguales. Nunca pensó que Lily Evans pudiera reírse de esa forma.
Dudley y Piers se rieron disimuladamente.
—Ya sé que no lo hacen —dijo Harry—. Fue sólo un sueño.
Pero deseó no haber dicho nada. Si había algo que desagradaba a los Dursley aún más que las preguntas que Harry hacía, era que hablara de cualquier cosa que se comportara de forma indebida, no importa que fuera un sueño o un dibujo animado. Parecían pensar que podía llegar a tener ideas peligrosas.
─Sí que están asustados ─dijo la señora Weasley sin hacer caso a los resoplidos que aún se le escapaban a Lily.
Era un sábado muy soleado y el zoológico estaba repleto de familias. Los Dursley compraron a Dudley y a Piers unos grandes helados de chocolate en la entrada, y luego, como la sonriente señora del puesto preguntó a Harry qué quería antes de que pudieran alejarse, le compraron un polo de limón, que era más barato.
Gruñidos y bufidos de descontento rompieron el concentrado silencio.
─¿Cómo pueden ser así?
Aquello tampoco estaba mal, pensó Harry, chupándolo mientras observaban a un gorila que se rascaba la cabeza y se parecía notablemente a Dudley, salvo que no era rubio.
De nuevo, hubo una salva de carcajadas.
Fue la mejor mañana que Harry había pasado en mucho tiempo. Tuvo cuidado de andar un poco alejado de los Dursley, para que Dudley y Piers, que comenzaban a aburrirse de los animales cuando se acercaba la hora de comer, no empezaran a practicar su deporte favorito, que era pegarle a él. Comieron en el restaurante del zoológico, y cuando Dudley tuvo una rabieta porque su bocadillo no era lo suficientemente grande, tío Vernon le compró otro y Harry tuvo permiso para terminar el primero.
─¡¿Le están dando las sobras?! ─gritó James. No hacía más que acumular ira en contra de esos muggles e intentaba controlarse, pero no se lo estaban poniendo nada fácil.
─Nos encargaremos de eso más tarde ─dijo el profesor Dumbledore misteriosamente.
James asintió, pero no estaba satisfecho.
Más tarde, Harry pensó que debía haber sabido que aquello era demasiado bueno para durar.
Varios suspiraron. Ellos también deberían haberlo sabido.
Después de comer fueron a ver los reptiles. Estaba oscuro y hacía frío, y había vidrieras iluminadas a lo largo de las paredes. Detrás de los vidrios, toda clase de serpientes y lagartos se arrastraban y se deslizaban por las piedras y los troncos. Dudley y Piers querían ver las gigantescas cobras venenosas y las gruesas pitones que estrujaban a los hombres. Dudley encontró rápidamente la serpiente más grande. Podía haber envuelto el coche de tío Vernon y haberlo aplastado como si fuera una lata, pero en aquel momento no parecía tener ganas. En realidad, estaba profundamente dormida.
Dudley permaneció con la nariz apretada contra el vidrio, contemplando el brillo de su piel.
—Haz que se mueva —le exigió a su padre.
Tío Vernon golpeó el vidrio, pero la serpiente no se movió.
—Hazlo de nuevo —ordenó Dudley.
Tío Vernon golpeó con los nudillos, pero el animal siguió dormitando.
—Esto es aburrido —se quejó Dudley. Se alejó arrastrando los pies.
Harry se movió frente al vidrio y miró intensamente a la serpiente. Si él hubiera estado allí dentro, sin duda se habría muerto de aburrimiento, sin ninguna compañía, salvo la de gente estúpida golpeando el vidrio y molestando todo el día. Era peor que tener por dormitorio una alacena donde la única visitante era tía Petunia, llamando a la puerta para despertarlo: al menos, él podía recorrer el resto de la casa.
De pronto, la serpiente abrió sus ojillos, pequeños y brillantes como cuentas. Lenta, muy lentamente, levantó la cabeza hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los de Harry.
Guiñó un ojo.
A todos les sonó rarísima esa última línea y varios se preguntaron si ese era un comportamiento normal en serpientes o incluso si Harry no se lo habría imaginado.
Harry la miró fijamente. Luego echó rápidamente un vistazo a su alrededor, para ver si alguien lo observaba. Nadie le prestaba atención. Miró de nuevo a la serpiente y también le guiñó un ojo.
La serpiente torció la cabeza hacia tío Vernon y Dudley, y luego levantó los ojos hacia el techo. Dirigió a Harry una mirada que decía claramente:
—Me pasa esto constantemente.
Los presentes se quedaron petrificados.
─¿Pero qué cojones…?
─¡Sirius, esa boca! ─le regañó la señora Weasley antes de que nadie tuviera oportunidad de decir nada─. No soy nada tuyo, señorito, pero no permitiré ese lenguaje mientras yo esté presente.
Olvidando lo que pasaba en el libro durante un momento, todos se quedaron mirando a la señora Weasley y a Sirius alternativamente. Esperaban la reacción del joven, que sin duda respondería con una broma aguda. Él calló. Ni siquiera él sabía qué podía contestar a eso. Se sentía raro. La señora Weasley imponía mucho, pero no como la profesora McGonagall, que además de ser buena persona era una figura de autoridad, sino más como… como una madre. La palabra era rara en la mente de Sirius.
─Lo… Lo siento, señora Weasley ─dijo finalmente, desconcertado.
La mujer asintió con una sonrisa.
─Eh… Eso ha sido muy raro ─Fue la voz de James la primera en romper el incómodo silencio─. ¿Podemos volver al hecho de que mi hijo se está comunicando con una serpiente?
─Puede tener una sensibilidad especial con los animales ─Repuso Lily, pensativa─. No necesariamente tiene que ser una conversación como tal, sino una especie de… de entendimiento mutuo. Algunos magos pueden hacer cosas así.
─Puede que Lily tenga razón ─dijo Remus, releyendo para sí lo último que había leído─. Dice que es una mirada, no que le haya dicho nada con palabras.
─¿Alguien de tu familia habla pársel, James? ─preguntó el señor Weasley.
El chico negó muy convencido. Mientras los demás discutían el asunto, Dumbledore juntó la yema de sus dedos. Todo esto tenía detalles que no terminaban de gustarle. Sabía que Tom hablaba pársel. ¿Qué había pasado la noche en que intentó matar a Harry?
─Voy a seguir leyendo, a ver si así entendemos más cosas ─dijo Remus finalmente, retomando la lectura.
—Lo sé —murmuró Harry a través del vidrio, aunque no estaba seguro de que la serpiente pudiera oírlo—. Debe de ser realmente molesto.
La serpiente asintió vigorosamente.
Remus volvió a detenerse.
─Bueno, eso desde luego es más que una suerte de entendimiento místico, Lily ─dijo, preocupado por la reacción de James, que no había dicho nada.
─Sería la mejor de las ironías que el hijo de Potter hablara parsel ─opinó Severus con malicia.
Sirius y James sacaron la varita y Severus les imitó, pero antes de que pudieran hacer nada estas saltaron de sus manos. La profesora McGonagall se levantó. Su altura resultaba especialmente imponente cuando se enfadaba. Con los labios apretados en una fina línea, caminó hasta el lugar en el que habían caído las varitas de los tres alumnos y las recogió del suelo.
─No más varitas en lo que queda de lectura. Habéis acabado con mi paciencia ─Alargó una mano hacia Remus y Lily. Ambos protestaron, pero una mirada de la mujer bastó para callarlos─. Señor Lupin, continúe.
—A propósito, ¿de dónde vienes? —preguntó Harry
La serpiente levantó la cola hacia el pequeño cartel que había cerca del vidrio. Harry miró con curiosidad.
«Boa Constrictor, Brasil.»
—¿Era bonito aquello?
La boa constrictor volvió a señalar con la cola y Harry leyó: «Este espécimen fue criado en el zoológico».
—Oh, ya veo. ¿Entonces nunca has estado en Brasil?
Mientras la serpiente negaba con la cabeza, un grito ensordecedor detrás de Harry los hizo saltar.
—¡DUDLEY! ¡SEÑOR DURSLEY! ¡VENGAN A VER A LA SERPIENTE! ¡NO VAN A CREER LO QUE ESTÁ HACIENDO!
Dudley se acercó contoneándose, lo más rápido que pudo.
—Quita de en medio —dijo, golpeando a Harry en las costillas. Cogido por sorpresa, Harry cayó al suelo de cemento.
─Ese maldito niño ─murmuró James.
Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que nadie supo cómo había pasado: Piers y Dudley estaban inclinados cerca del vidrio, y al instante siguiente saltaron hacia atrás aullando de terror.
Harry se incorporó y se quedó boquiabierto: el vidrio que cerraba el cubículo de la boa constrictor había desaparecido.
─¡Eso es, Harry! ¡Dales duro! ─gritó Sirius mientras James vitoreaba.
Remus se reía con ganas y también gritó un poco. Los señores Weasley se reían e incluso Severus tuvo que admitir que se alegraba de que esos niños muggles se llevaran una lección. Lily también sonreía.
─Sólo un año más ─murmuró la profesora McGonagall mientras el profesor Dumbledore le daba unas palmaditas en la espalda, de buen humor.
─¡Bueno, bueno! ─interrumpió Remus, riendo─. Voy a seguir, a ver qué pasa.
La descomunal serpiente se había desenrollado rápidamente y en aquel momento se arrastraba por el suelo. Las personas que estaban en la casa de los reptiles gritaban y corrían hacia las salidas.
Mientras la serpiente se deslizaba ante él, Harry habría podido jurar que una voz baja y sibilante decía:
—Brasil, allá voy... Gracias, amigo.
─Vale ─dijo James con tono afectado─. Mi hijo habla parsel. No hay otra explicación. ¿Cómo ha pasado esto?
─No exageres, Potter, no es el fin del mundo ─replicó Lily.
Sirius resopló.
─Todo el mundo sabe que hablar parsel es la marca de los magos oscuros ─contraatacó, decidido a defender a su amigo.
─Eso es una tontería, una cosa no tiene nada que ver con la otra.
─Ya, por eso Slytherin pasó a la historia. Por ser un tío divertido.
─Bien dicho, Canuto ─intervino James, chocando los cinco con su amigo.
Lily gruñó, dándose por vencida. No había manera de discutir seriamente con esos dos.
El encargado de los reptiles se encontraba totalmente conmocionado.
—Pero... ¿y el vidrio? —repetía—. ¿Adónde ha ido el vidrio?
Se escucharon risitas en el despacho, pero nadie dijo nada.
El director del zoológico en persona preparó una taza de té fuerte y dulce para tía Petunia, mientras se disculpaba una y otra vez. Piers y Dudley no dejaban de quejarse. Por lo que Harry había visto, la serpiente no había hecho más que darles un golpe juguetón en los pies, pero cuando volvieron al asiento trasero del coche de tío Vernon, Dudley les contó que casi lo había mordido en la pierna, mientras Piers juraba que había intentado estrangularlo.
─Me recuerda a cierto Quejicus ─le susurró Sirius a James.
Pero lo peor, para Harry al menos, fue cuando Piers se calmó y pudo decir:
—Harry le estaba hablando. ¿Verdad, Harry?
─¡Maldito niño!
Tío Vernon esperó hasta que Piers se hubo marchado, antes de enfrentarse con Harry. Estaba tan enfadado que casi no podía hablar.
—Ve... alacena... quédate... no hay comida —pudo decir, antes de desplomarse en una silla. Tía Petunia tuvo que servirle una copa de brandy.
─Albus, esto va mucho más allá de la negligencia. Es maltrato. Le tienen encerrado en una alacena sin comer, y no creo que sea la primera vez.
El profesor Dumbledore asintió a las palabras de la señora Weasley tan enfadado como el resto, aunque lo sobrellevaba mucho mejor.
─Me encargaré de esto ─dijo finalmente─. Lo prometo.
Mucho más tarde, Harry estaba acostado en su alacena oscura, deseando tener un reloj. No sabía qué hora era y no podía estar seguro de que los Dursley estuvieran dormidos. Hasta que lo estuvieran, no podía arriesgarse a ir a la cocina a buscar algo de comer.
─Por lo menos puede salir de ahí ─dijo Lily no sin cierto alivio. No era del todo un consuelo, pero algo es algo.
Había vivido con los Dursley casi diez años, diez años desgraciados,
─Pobre…
Lily y James se miraron, más resueltos si cabe a evitar ese futuro. Quizás se estaban arriesgando demasiado, pero no iban a permitir que su hijo recordara su infancia como una desgracia.
hasta donde podía acordarse, desde que era un niño pequeño y sus padres habían muerto en un accidente de coche. No podía recordar haber estado en el coche cuando sus padres murieron.
─Eso es porque no murieron en un accidente de coche ─interrumpió Sirius, que no superaba que los muggles mintieran de esa forma a Harry.
Algunas veces, cuando forzaba su memoria durante las largas horas en su alacena, tenía una extraña visión, un relámpago cegador de luz verde y un dolor como el de una quemadura en su frente.
Todos, sin excepción, jadearon ante las palabras del niño. Resultaba inconcebible pensar en alguien capaz de sobrevivir a la maldición mortal. Pero ahí estaba, en los recuerdos de un niño de diez años. Era casi abrumador, demasiado para manejar.
Aquello debía de ser el choque, suponía, aunque no podía imaginar de dónde procedía la luz verde. Y no podía recordar nada de sus padres. Sus tíos nunca hablaban de ellos y, por supuesto, tenía prohibido hacer preguntas. Tampoco había fotos de ellos en la casa.
─Ni siquiera sabe cómo somos físicamente ─murmuró Lily, triste.
─Odio a tu hermana ─escupió James, más serio y enfadado de lo que jamás le habían visto─. Sé que es tu familia, pero no entiendo como alguien tan ruin y cruel puede estar emparentado contigo. Siento decirlo, pero tu hermana es una auténtica perra.
Ni siquiera la señora Weasley tuvo algo que decir al respecto.
James esperaba algo intranquilo la reacción de Lily. Esperaba que le insultara y se enfadara con él por hablar así de su hermana, por eso se sorprendió al ver que ella asentía.
─Lo es ─dijo Lily simplemente, pero con amargura en lugar de odio─. Se va a convertir en una persona horrible.
Se quedaron en un silencio respetuoso mientras la muchacha se secaba la solitaria lágrima que había conseguido escapar de uno de sus ojos. Suspiró con tristeza antes de hacer un gesto a Remus para que siguiera leyendo, incómoda con la atención que estaba suscitando.
Cuando era más pequeño, Harry soñaba una y otra vez que algún pariente desconocido iba a buscarlo para llevárselo, pero eso nunca sucedió:
─No había pensado en eso antes ─dijo Remus, interrumpiéndose a sí mismo. Su voz destilaba confusión─. ¿Por qué Sirius y yo no hemos ido a por él? Aunque no pudiéramos cuidarlo al menos deberíamos haberlo visitado, ¿no? Asegurarnos de que está bien.
Los jóvenes se miraron entre sí.
─Sólo se me ocurre una razón por la que no iríamos a verle ─Sirius suspiró apesadumbrado─. Creo que estamos muertos.
No fue como con la muerte de Lily y James, cuando todavía no habían aceptado que debían estar abiertos a las posibilidades, pero también había tristeza en el ambiente. Sirius, siempre tan sonriente, parecía desinflado, vacío de todo. Remus tampoco se veía mucho mejor.
─Lo evitaremos ─dijo la señora Weasley con voz suave y una sonrisa gentil. Había empezado a cogerle cariño a esos chicos.
Remus asintió, devolviéndole la sonrisa.
─Voy a seguir.
los Dursley eran su única familia. Pero a veces pensaba (tal vez era más bien que lo deseaba) que había personas desconocidas que se comportaban como si lo conocieran. Eran desconocidos muy extraños. Un hombrecito con un sombrero violeta lo había saludado, cuando estaba de compras con tía Petunia y Dudley Después de preguntarle con ira si conocía al hombre, tía Petunia se los había llevado de la tienda, sin comprar nada. Una mujer anciana con aspecto estrafalario, toda vestida de verde, también lo había saludado alegremente en un autobús. Un hombre calvo, con un abrigo largo, color púrpura, le había estrechado la mano en la calle y se había alejado sin decir una palabra. Lo más raro de toda aquella gente era la forma en que parecían desaparecer en el momento en que Harry trataba de acercarse.
─Parece que sí que es famoso, después de todo ─comentó James.
─Hay personas tan descuidadas, de verdad ─masculló a su vez la profesora McGonagall.
En el colegio, Harry no tenía amigos. Todos sabían que el grupo de Dudley odiaba a aquel extraño Harry Potter, con su ropa vieja y holgada y sus gafas rotas, y a nadie le gustaba estar en contra de la banda de Dudley.
─Este es el final del capítulo.
