Capítulo 1

La voluptuosa rubia apoyó un codo en la cama y tiró de la sábana para cubrirse los senos. Frunciendo levemente el ceño observó al misterioso y atractivo joven de dieciocho años que se encontraba de pie ante la ventana de su habitación, el hombro apoyado en el marco, contemplando los jardines de la parte posterior de la mansión donde tenía lugar la fiesta de cumpleaños de su madre.

—¿Qué puede ver afuera que le interese más que yo? —le preguntó lady Carlotta Harrington , envolviéndose en la sábana y acercándose también a la ventana. Terrence Graham Baker, el futuro duque de Grandchester, parecía no oírla mientras seguía con la mirada fija en la espléndida propiedad que iba a heredar a la muerte de su padre. Al recorrer con la vista el laberíntico seto, vio como su madre salía de entre los matorrales, echaba una mirada furtiva a su alrededor, se arreglaba el canesú del vestido y ponía un poco de orden a su dorada cabellera. Un instante después, asomó por encima de los mismos matorrales lord Harrington , ajustándose el pañuelo del cuello. El eco de sus carcajadas llegó hasta la ventana que Terry mantenía abierta.

Una leve mueca cínica ensombrecía la juventud y el atractivo del rostro de Terry, que observaba a su madre y al nuevo amante de está mientras se dirigían hacia el cenador. Unos minutos después su padre surgió de detrás del seto, quien, tras mirar a uno y otro lado, ayudó a salir de los matorrales a lady Milborne, su querida de turno.

—Queda claro que mi madre ha encontrado un nuevo amante —dijo Terry, sarcástico.

—De veras? —preguntó lady Harrington, mirando también por la ventana—.Quién es?

—Su marido. —Terry se voívió hacia ella para observar si detectaba en su bello rostro algún atisbo de sorpresa. Al comprobar que seguía inmutable, sus propios rasgos dibujaron una expresión irónica—. Sabía que estaban en el laberinto y eso es lo que explica ese súbito e insólito interés por mi cama, verdad?

Lady Harrington asintió, incómoda ante la implacable mirada de aquellos ojos zafiros tan fríos.

—Se me ha ocurrido —dijo acariciando el firme torso de Terry— que podría ser divertido... ejem... juntarnos también nosotros. De todas formas, el interés por su cama no es algo súbito, Terry, pues le he deseado mucho tiempo. Ahora que he visto que su madre y mi marido se lo pasan bien juntos, me ha parecido que podía intentar tomar lo que me apetecía. No creo que con eso haga daño a nadie.

Terry no respondió y los ojos de ella escrutaron su hermético semblante mientras decía con una tímida y coqueta sonrisa:

—Le sorprende?

—Ni mucho menos —contestó él—. Estoy al corriente de los asuntos amorosos de mi madre desde los ocho años, y no creo que jamás pueda sorprenderme la conducta de una mujer. En todo caso, lo que podía haberme sorprendido es que usted no se las hubiera ingeniado para montar una «fiestecita familiar» con los seis allí en los setos —concluyó con intencionada insolencia.

Lady Harrington soltó un sonido ahogado que tenía algo de risa y algo de horror.

—Pues usted sí me ha sorprendido a mí.

Con gesto perezoso, Terry sujetó su mentón y observó aquel rostro con una mirada excesivamente dura, excesivamente experimentada para su edad.

—No sé por que, pero me cuesta creerla...

Sintiéndose algo violenta, Carlotta apartó la mano del pecho de él y se ajustó mejor la sábana con la que se cubría.

—La verdad, Terry, no sé por qué me mira como si yo fuera un ser despreciable —dijo con una expresión que reflejaba un gran desconcierto y un cierto resentimiento—. Usted no está casado y, por tanto, no se da cuenta de lo insoportable y aburrida que es la vida que llevamos todos nosotros. Sin algún devaneo que nos librara del tedio, todos estaríamos ya medio locos.

Ante el tono trágico de la voz de ella, el humor distendió un poco la expresión de Terry y sus firmes y sensuales labios dibujaron una sonrisa burlona.

—Pobrecita Carlotta —dijo, lacónico, acariciándole la mejilla con los nudillos—. Qué desgraciadas son ustedes, las mujeres! Desde el día en que nacen, no tienen más que pedir algo para que sea suyo, de modo que no han de luchar por conseguir nada, y suponiendo que existiera algo que no les fuera dado con facilidad, tampoco se les permitiría pelear por ello. No dejamos que estudien y les prohibimos el deporte, y así no ejercitan la mente ni el cuerpo. Ni siquiera pueden aferrarse al honor, pues a pesar de que el honor de un hombre está en su mano, ustedes tienen el suyo entre las piernas y lo pierden ante el primer hombre que las posee. ¡Qué injusta es la vida con ustedes! —concluyó—. No me extraña que sean tan aburridas, amorales y frívolas.

Carlotta vaciló un momento, desconcertada ante aquellas palabras, sin saber muy bien si lo que pretendía Terry era ridiculizarla.

—Tiene usted toda la razón —respondió luego con un gesto de indiferencia.

Él la miró lleno de curiosidad.

—Se le ha ocurrido alguna vez intentar cambiar todo esto?

—No —admitió ella sin rodeos.

—La felicito por su sinceridad. Una virtud poco corriente entre las de su sexo.

A pesar de que tenía solo dieciocho años, la extraordinaria atracción que despertaba Terry Graham en las mujeres era la comidilla del mundo femenino. Carlotta contemplaba la mirada cínica de aquellos ojos azules zafiro y se sentía atraída hacia él como si se encontrara ante un potentísimo imán. Su mirada reflejaba una comprensión, un sentido del humor y una experiencia imposibles de encontrar en gente de su edad. Eran más aquellos detalles que su atractivo aspecto o su patente virilidad lo que empujaba a las mujeres hacia él. Terry entendía a las mujeres; la comprendía a ella, y pese a dejar claro que no la admiraba ni aprobaba su conducta, la aceptaba tal como era, con todas sus debilidades.

—Nos metemos en la cama?

—No —respondió él gentilmente.

—Por que?

—Porque considero que no me aburro tanto como para desear acostarme con la esposa del amante de mi madre.

—No tiene... usted una gran opinión de las mujeres, verdad?—preguntó Carlotta, sin poderlo remediar.

—Debería tenerla?

—Yo... —Se mordió el labio y luego movió con gesto negativo la cabeza—. No. Me imagino que no. Pero algún día tendrá que casarse para tener hijos.

De repente un destello de humor iluminó la mirada de Terry, quien se apoyó de nuevo en el marco de la ventana y cruzó los brazos.

—¿Casarme? ¿Lo dice en serio? ¿Así se hacen los hijos? Y yo que creía que...

—¡Ya está bien, Terry! —exclamó ella riendo, cautivada por su forma de bromear—. Va a necesitar un heredero legítimo.

—Pues cuando me vea obligado a comprometerme para conseguir un heredero —replicó con humor cínico— voy a escoger a una cándida muchacha recién salida de la escuela que responda a todos mis antojos.

—Y cuando ella empiece a aburrirse y a buscar otras diversiones, ¿qué hará usted?

—¿Cree usted que llegará a aburrirse alguna vez?—preguntó en tono acerado.

Carlotta observó con atención sus anchos y musculosos hombros, el cóncavo pecho, la perfecta cintura, y pasó luego la mirada por sus duras y marcadas facciones. Aquel cuerpo cubierto por una camisa de hilo y un ceñido pantalón de montar irradiaba potencia y sensualidad contenidas.

Carlotta levantó las cejas y sus verdes ojos expresaron cierta complicidad al decir:

—Quizá no.

Mientras ella se vestía, Terry se volvió de nuevo hacia la ventana para contemplar indiferente a los elegantes invitados que se habían reunido en los jardines de Grandchester Hall para festejar el cumpleaños de su madre.

Para un forastero, aquel día Granchestet Hall tenía sin duda el aire de un deslumbrador y lujuriante paraíso lleno de espléndidas y despreocupadas aves tropicales que exhibían sus mejores galas. Para Terry Graham, de dieciocho años, el panorama carecía de interés y de belleza; conocía demasiado lo que ocurría dentro de aquella casa en cuanto se habían retirado todos los invitados. A pesar de su juventud, no creía en la innerente bondad de nadie, ni siquiera en la suya. Él poseía casta, atractivo y riqueza; pero estaba también hastiado de la vida, era comedido y cauto.

Con los codos apoyados en el escritorio del despacho de la casa de su abuelo, la barbilla entre ambos puños, Candice White observaba la mariposa amarilla posada en el alféizar de la ventana. Luego se volvió hacia el hombre de pelo blanco sentado frente a ella.

—¿Qué decía, abuelo? No le he oído.

—Te he preguntado por qué hoy te parece más interesante una mariposa que Sócrates —dijo el afectuoso anciano, dirigiendo una sonrisa cariñosa a la joven de trece años de pelo dorados y rizado como el de su madre y ojos verde esmeralda como los suyos. El abuelo pegó unos golpecitos al volumen de las obras de Sócrates que utilizaba para la instrucción de la muchacha.

Candy le dirigió una encantadora sonrisa de disculpa pero no le negó que se había distraído, pues, como solía repetir aquel hombre sabio: «Una mentira es una afrenta al alma humana y también un insulto a la inteligencia de la persona a la que uno miente». Candy habría hecho lo que fuera por no ofender a aquel bondadoso hombre que le había inculcado su propia filosofía de la vida y proporcionado conocimientos de matemáticas, filosofía, historia y latín.

—Pensaba —admitió con un nostálgico suspiro— si existe una remota posibilidad de que me encuentre en el «estadio de la oruga» ahora mismo y pueda pasar dentro de poco al de la mariposa y ser bella...

—Qué tiene de malo una oruga? Al fin y al cabo —citó en broma—, «Nada es bello desde todos los puntos de vista».—Sus ojos brillaban a la espera de que Candy captara la procedencia de la cita.

—Horacio —dijo ella enseguida, sonriendo.

El hombre asintió, satisfecho, y añadió:

—No debes preocuparte por tu aspecto, querida mía, pues la auténtica belleza surge del corazón y reside en los ojos.

Candy ladeó la cabeza, reflexionando, pero no recordó que aquello lo hubiera dicho ningún filósofo, antiguo o moderno.

—Quién lo dijo?

Su abuelo soltó una risita.

—Yo mismo.

La risa con la que respondió ella tintineó como unas campanillas y su alegre música impregnó la soleada estancia. Poco después, sin embargo, se puso seria.

—Papá está decepcionado porque no soy bonita. Lo veo cada vez que viene a visitarme. Tiene motivos para esperar que mejore mi aspecto, pues mama es muy guapa y papá, además de ser apuesto, es primo en cuarto grado, por matrimonio, de un conde.

El señor Gimble, incapaz de disimular la aversión que sentía por su yerno y la dudosa afirmación de éste en cuanto a una oscura relación con un oscuro conde, citó con gran acierto: «La cuna no cuenta donde no hay virtud».

—Moliére —exclamó Candy en el acto—. De todas formas—siguió, algo triste, volviendo a su preocupación anterior—, hay que admitir que el destino le ha jugado una mala pasada dándole una hija con un aspecto bastante corriente. Por que —prosiguió con aire taciturno— no soy alta y castaña? Sería mucho más atractiva que con este aspecto de gitanilla, como dice papá.

La muchacha volvió la cabeza para mirar de nuevo la mariposa, y el cariño y el goce llenaron de luz los ojos del abuelo, que pensaba que su nieta era algo fuera de lo corriente. Había empezado a enseñarle a leer y escribir cuando la pequeña tenía cuatro años, la misma edad de los niños del pueblo que acudían a sus lecciones, pero él mismo había descubierto que la cabeza de Candy era más fecunda que la de los demás, que la niña era más rápida y estaba más dispuesta a captar las ideas. Los hijos de los campesinos eran alumnos mediocres que pasaban unos años bajo su tutela y luego se iban a trabajar a los campos de sus padres, se casaban, se reproducían y reiniciaban el ciclo de la vida. Candy, en cambio, había nacido fascinada por el aprendizaje. El anciano sonrió a su nieta; el «ciclo» no era algo tan negativo, pensaba.

De haber seguido él sus inclinaciones en su juventud y haber permanecido soltero y dedicado su vida al estudio en lugar de casarse, Candice White no habría existido. Y Candy era un regalo para el mundo. El regalo que le hacía él. La idea le elevó el espíritu, aunque poco después le avergonzó, pues se le ocurrió que encerraba algo de orgullo. Sin embargo, le resultaba difícil contener el placer que le embargaba al contemplar a aquella niña pecosa de rizada melena sentada frente a él. En realidad era todo lo que él podía esperar y mucho más. Todo dulzura y alegría, inteligencia y espíritu indómito. Tal vez un exceso de espíritu y de sensibilidad, pues constantemente se volcaba en su frívolo padre, intentando complacerlo en las escasas visitas que éste le hacía.

El abuelo se preguntaba cómo sería el hombre que la llevaría al altar, esperando que no tuviera nada que ver con el que se había casado con su propia hija. Ésta nunca había poseído la profundidad de carácter de Candy, él la había malcriado y estaba dispuesto a admitirlo. La madre de Candy era débil y egoísta. Se había casado con un hombre idéntico a ella, pero a Candy le haría falta, y se merecía, un hombre mucho mejor. Con su habitual sensibilidad, la muchacha se fijó en que súbitamente se había ensombrecido la expresión de su abuelo e hizo un esfuerzo por animarlo.

—¿No se encuentra bien, abuelo? ¿Otra vez la jaqueca? ¿Quiere que le dé una fricción en el cuello?

—Sí, un poco de dolor de cabeza —respondió el señor Gimble y, mientras metía la pluma en el tintero para escribir algo que un día iba a convertirse en Una completa disertación sobre la vida de Voltaire, Candy se había colocado detrás de él y sus pequeñas manos empezaban a aliviar la tensión que se había acumulado en los hombros y el cuello de su abuelo.

En cuanto las manos se detuvieron, el hombre notó el cosquilleo de algo que rozaba su mejilla. Enfrascado en su trabajo, se frotó con la mano el punto en el que había notado las cosquillas. Poco después, notó la misma sensación en el cuello y también se lo rascó levemente. El cosquilleo pasó luego a la oreja derecha y respondió por fin con una sonrisa al comprender que su nieta estaba pasando una pluma por su piel.

—Candy, querida —dijo—, creo que por aquí circula un pícaro pájaro que pretende distraerme.

—Porque trabaja usted demasiado —respondió ella, y seguidamente besó su apergaminada mejilla y volvió a sentarse para concentrarse en Sócrates. Un momento después, no obstante, la distrajo un gusano que ávanzaba poco a poco frente a la puerta de la casita con tejado de brezo—. Abuelo: si todo lo que existe en el universo sirve de algo para Dios, ¿por qué cree que creó las serpientes? Tan feas... mejor dicho, tan horripilantes.

Soltando un suspiro ante la interrupción, el señor Gimble dejó la pluma pero no pudo resistirse al encanto de aquella alegre sonrisa.

—Tendré que acordarme de preguntárselo cuando lo vea.

La idea de la muerte de su abuelo la entristeció un poco, pero el sonido de un carruaje que llegaba hizo que se levantara de golpe y corriera hacia la ventana.

—Es papá! —exclamó, contenta—. Por fin ha vuelto de Londres!

—Ya era hora —refunfuñó el señor Gimble, pero Candy no le oyó. Ataviada con su vestimenta favorita, pantalones de montar y camisa de campesina, corría hacia la puerta para echarse en brazos de su padre, que no era muy dado a las efusiones.

—Qué tal está mi pecosita? —lo saludó con poco interés.

El señor Gimble se levantó, se acercó a la ventana y observó, frunciendo el entrecejo, cómo el apuesto londinense ayudaba a su hija a subir en su lujoso y moderno carruaje. Lujoso coche, lujosa ropa, aunque una moral que dejaba mucho que desear, pensó el anciano, irritado, recordando que el aspecto de aquel hombre había deslumbrado a su hija Felicia desde aquella tarde en que llegó a casa de ellos porque se le había estropeado el carruaje cerca de allí. El señor Gimble le ofreció cobijo, y por la tarde, contra su voluntad, accedió a las súplicas de su hija de salir a dar un paseo con él para poderle mostrar «la espléndida vista desde la colina, por encima del río».

Al caer la noche y ver que no habían vuelto, Gimble salió en su busca a la luz de la luna. Los descubrió al pie de la colina, junto al río, desnudos y abrazados. En menos de cuatro horas, George White había seducido a Felicia, convenciéndola para que abandonara los preceptos seguidos durante toda una vida.

Preso de un arranque de ira, Gimble abandonó la escena sin articular palabra, pero dos horas después volvía a la casa acompañado por el párroco. Éste llevaba consigo el libro que iba a leer en la ceremonia de la boda. Gimble llevaba encima una escopeta para asegurarse de que el seductor de su hija iba a participar en la ceremonia.

Era la primera vez en su vida que llevaba un arma.

¿Y qué había conseguido para Felicia su justificada ira? Aquella pregunta ensombreció su semblante. George White le proporcionó una espaciosa y decadente casa que llevaba diez años cerrada, puso unos sirvientes en ella, y durante los nueve meses siguientes a la boda vivió a regañadientes con ella en aquella remota propiedad rural donde nació la pequeña. Poco después de que Candy llegara al mundo, George White volvió a Londres, donde se instalo y volvió a Morsham solo un par de veces al año para pasar quince días o tres semanas.

—Se gana la vida de la única forma que sabe —explico en una ocasión Felicia a Gimble, repitiendo sin duda las palabras pronunciadas por su marido—. Es un caballero y, por lo tanto, no va a trabajar para ganarse la vida como hacen los hombres normales y corrientes. Sus orígenes y sus relaciones en Londres le permiten tratar con las personas adecuadas, y de ellas va sacando pistas sobre inversiones comerciales y sobre los caballos en los que hay que apostar en las carreras. Solo así puede mantenernos.

Evidentemente, desearía llevarnos a Londres con él, pero en la ciudad todo está terriblemente caro y ni por asomo se atrevería a alojarnos en los sombríos y deprimentes sitios en los que vive él cuando se encuentra en la ciudad. Viene a vernos siempre que puede.

Gimble no veía muy clara la explicación de George White sobre lo de preferir permanecer en Londres, en cambio sí sabía por que volvía a Morsham dos veces al año. Lo hacia porque Gimble le había prometido que iría a buscarle, con la escopeta que había pedido prestada, si no volvía como mínimo estas dos veces al año para ver a su esposa y a su hija. Sin embargo, tampoco veía por qué tenía que herir a Felicia con la verdad, pues le parecía feliz. A diferencia de las otras mujeres de aquel pequeño condado rural, ella se había casado con un «auténtico caballero» y, en sus insensatos cálculos, aquello era lo único que contaba. Le daba cierta categoría y así podía presentarse ante los habitantes de la zona con un majestuoso aire de superioridad.

Al igual que Felicia, Candy idolatraba a George y el hombre se deleitaba en aquella ciega adoración durante sus breves visitas. Felicia le mimaba y Candy hacía lo que podía para que la viera como un hijo y una hija a la vez: se preocupaba por su falta de atractivo femenino y al mismo tiempo vestía pantalones de montar y hacía esgrima para poder practicar este deporte con él cuando apareciera.

De pie junto a la ventana, Gimble arrugó la frente ante aquel reluciente vehículo tirado por cuatro elegantes y esbeltos caballos. Era un hombre que escatimaba el dinero a su esposa e hija pero se desplazaba en un coche de lujo.

—Cuanto tiempo va a quedarse está vez, papá? —preguntó Candy, temiendo ya la inevitable hora en que tendría que partir de nuevo.

—Solo una semana. Voy camino de casa de los Landsdowne, en Kent.

—Por qué tiene que estar tanto tiempo fuera? —dijo la niña, incapaz de disimular su decepción, a pesar de que sabía que a él tampoco le gustaba estar alejado de ella y de su madre.

—Porque no tengo más remedio —dijo él, y cuando Candy empezó a protestar, George sacó una cajita del bolsillo—Mira, te he traído un regalo de cumpleaños, Candy.

Candy lo miró con adoración y alegría, a pesar de que su cumpleaños había pasado meses atrás y no había recibido ni siquiera una nota de su padre. Aquellos ojos de color esmeralda brillaban cuando abrió la cajita y sacó de ella un relicario plateado en forma de corazón. Si bien el objeto era de latón y no tenía un encanto particular, la muchacha lo miraba en la palma de su mano como si fuera lo más preciado del mundo.

—Voy a llevarlo todos los días de mi vida, papá —murmuró antes de darle un fuerte abrazo—. Te quiero tanto...

El polvo se arremolinaba al paso de los caballos por las calles de la minúscula y soñolienta aldea mientras Candy iba saludando a quienes la veían, ansiosa de que todo el mundo supiera que había vuelto su maravilloso y apuesto papá.

No hacía falta que llamara la atención de aquella gente. Al atardecer, todos hablaban ya no solo del retorno sino también del color de la chaqueta de George White y de mil detalles más, pues la aídea de Morsham seguía con su rutina de los últimos cien años, una existencia dormida, tranquila y olvidada en aquel remoto valle. Sus habitantes eran personas sencillas, faltas de imaginación y trabajadoras que disfrutaban de lo lindo comentando el mínimo acontecimiento que pudiera producirse por allí para paliar la terrible monotonía de su existencia. Aún seguían hablando del momento en que, tres meses atrás, apareció un coche procedente de la ciudad en el que iba un hombre que no llevaba una sola capa sino ocho. A partir de aquel momento tendrían seis meses para comentar el maravilloso carruaje de George White.

Para un forastero, Morsham podía parecer un lugar más bien gris, habitado por chismosos campesinos, pero para una niña de trece años como Candy, aquella aídea y sus habitantes eran algo muy entranable.

A su edad, creía en la inherente bondad de todos los seres creados por Dios y estaba convencida de que en la humanidad abundaban la sinceridad, la integridad y la jovialidad. Ella era amable, alegre e incorregiblemente optimista.

Continuara...