Squall le seguía a dos pasos de distancia. Seifer no se volvió a comprobar su estado ni una sola vez, pero avanzaba atento al ruido de sus pisadas, además de alerta a cualquier amenaza que pudiera surgir a su alrededor. Después de más de media hora de camino, mientras le seguía dando vueltas al dilema de cómo conseguir agua potable, la voz de Squall le sacó de sus reflexiones.
-Seifer.
-¿Qué? –contestó el interpelado sin detenerse.
-Le pedí a Nida que dejara atrás el vehículo en el que vinimos, por si era necesario poner fin al examen antes de tiempo. Deberíamos estar cerca.
Seifer se volvió y le lanzó una mirada fulminante a su compañero.
-¿Cuándo pensabas decírmelo? –la única respuesta de Squall fue un lento parpadeo de confusión que recordó a Seifer que ya era una pequeño milagro el hecho de que el comandante mantuviera la consciencia. No podía exigirle más- ¿Dónde, Squall? –se dio cuenta entonces de que ya llevaban un buen rato utilizando los nombres en lugar del apellido para interpelarse, pero no consiguió recordar quien había comenzado a hacerlo.
-Quedó aparcado entre unos árboles, cerca de aquí. Reconozco alguna de las referencias que tomé.
En la distancia podían verse varios grupos dispersos de árboles retorcidos y cargados de musgo por la humedad del páramo. Si el vehículo estaba ahí, entonces no estaba demasiado lejos, y podía significar su supervivencia inmediata. Seifer tuvo que contenerse para no acelerar la marcha por encima de un ritmo que Squall no pudiera seguir.
-Gracias, Hyne –musitó cuando al acercarse al tercer grupo de árboles deformes distinguió el frontal del todo terreno, con el escudo del Jardín de Balamb pintado en el lateral.
Se alejó de Squall y llegó al vehículo en primer lugar. Probó todas las puertas, pero no pudo abrir ninguna así que se separó un paso y ya se preparaba para romper uno de los cristales cuando los seguros bajaron y el distintivo "clic" de las puertas al desbloquearse hizo que levantara la mirada hacia Squall, que se aproximaba con las llaves en la mano. Por supuesto que Squall tendría las llaves. Seifer se llamó idiota por no haberlo pensado antes, pero el comandante no era el único que estaba cerca del límite de su resistencia. Abrió de un tirón la puerta del pasajero.
-Siéntate ahí, Squall.
No esperó a ver si el otro obedecía su indicación y se dirigió a la parte trasera para comprobar el material que transportaba el vehículo. No quedó decepcionado. Lo primero que hizo fue abrir la pequeña nevera de campaña y coger dos botellas de agua de 50 cl. Se acercó y le tendió una a Squall, que acababa de sentarse donde él le había indicado, mientras vaciaba la otra con varios largos tragos. Craso error. En el momento en que apartó la botella de sus labios, las náuseas le golpearon con fuerza y fue su turno de vaciar el estómago.
Cuando las arcadas remitieron se incorporó musitando una maldición y vio que Squall, al contrario que él, tenía el buen sentido de dar lentos y espaciados sorbos de su botella.
-¿Puedes invocar a Rubí y pedirle que haga guardia mientras pongo todo en orden? -Squall mantenía su brazo izquierdo apretado contra el pecho, y la sangre seca en su mano no dejaba de llamar la atención de Seifer. Era raro ver a Squall sin guantes
El comandante asintió y Seifer regresó a la trasera del todo terreno. Cogió el maletín de primeros auxilios, que, para su enorme satisfacción, era de un tamaño respetable, y de un compartimento al fondo, debajo de los asientos, extrajo una camiseta con el escudo del Jardín en la manga y una chaqueta de uniforme. Abrió el maletín al mismo tiempo que Squall terminaba su invocación y echó un vistazo a su contenido. Nada de pociones, ni ultrapociones, ni antídotos, ni colas de fénix. Estuvo a punto de darle una patada al todo terreno, pero recordando su situación hacía apenas unos minutos, cuando no tenía siquiera esperanzas de conseguir agua, comprendió que, a pesar de todo, eran afortunados. El maletín estaba perfectamente provisto de material para curas y emergencias y lo primero de lo que echó mano fue de unas tijeras.
Regresó junto a Squall y, quitándole la botella de la mano, comenzó a cortar el grueso cuero de su cazadora siguiendo las líneas de las rasgaduras que el Dracguar había hecho. Comprobó satisfecho que Rubí, subido a lo alto del todo terreno, no se distraía con sus actividades y mantenía la guardia, y continuó con su trabajo. Al final la pequeña criatura estaba demostrando ser de enorme utilidad. Squall colaboraba lo justo, con cansados movimientos para facilitar el acceso de Seifer al área de su espalda y poco más. En el momento en que se había detenido, su nivel de conciencia había comenzado a vacilar, pero Seifer no podía dejarle descansar tan rápido. Estaba seguro de que Squall había prestado más atención en las clases de primeros auxilios que él, y necesitaba su apoyo.
-Espabila un poco, Squall. Te necesito aquí conmigo.
El comandante asintió e indicó la botella de agua con un gesto de la mano. Seifer utilizó parte del agua para mojar los restos de la camiseta negra que acababa de quitarle antes de entregarle la restante. Mientras Squall continuaba bebiendo a pequeños sorbos, Seifer se concentró en utilizar la prenda arruinada que acababa de empapar para limpiar la sangre seca que cubría su hombro izquierdo y su brazo. Aún después de las dos pociones que el comandante había tomado, las heridas eran terribles, y Seifer comprendió que Squall no había exagerado en lo más mínimo cuando le había dicho que había estado a punto de perder el brazo. Con el vehículo podían llegar al hospital más cercano relativamente rápido, así que decidió que simplemente vendaría la zona para mantener las heridas lo más cerradas y protegidas que fuera posible. Al menos, el sangrado se limitaba a una ocasional exudación, y sus manipulaciones no provocaron un desastre mayor.
Pronto tuvo que encender la luz interior del todo terreno para continuar trabajando. El sol estaba ya muy bajo, pero confiaba en terminar antes de que se ocultara del todo. No tardó mucho en realizar el vendaje de emergencia, pero cuando terminó, y cogió el mismo brazo para comprobar la fractura del antebrazo tuvo que detenerse a pensar lo que hacer a continuación. En el maletín había una férula acolchada que podía cortar hasta el tamaño adecuado, pero primero tenía que reducir la fractura, una doble fractura, nada menos, y eso era algo que no había hecho nunca. Con un encogimiento mental de hombros, Seifer colocó una mano justo por encima del codo de Squall y la otra en su muñeca y dio un fuerte tirón sin avisar.
Squall se atragantó con el agua que estaba bebiendo y apartó el brazo violentamente en una respuesta refleja. Mientras el comandante tosía, Seifer le cogió nuevamente el brazo y palpó la zona de la fractura. Otra vez sin avisar, manipuló los huesos hasta que consideró que estaban razonablemente bien alineados, y colocó la férula y un prieto vendaje. Squall temblaba tan violentamente que sólo el hecho de que la botella que sostenía estaba casi vacía impedía que empapara Seifer con ella.
-Ya casi estamos –le animó Seifer, impresionado a su pesar, por la resistencia al dolor del comandante, aunque, bien pensado, a lo mejor estaba demasiado exhausto para quejarse.
Cogiendo la camiseta a continuación, insertó la manga correspondiente en el brazo recién vendado, y estiró la tela hasta casi romperla para pasarla por la cabeza de Squall sin perturbar la zona lastimada. Una vez colocada en su sitio, tendió la chaqueta al comandante, que metió su brazo derecho en la manga y dejó que Seifer le rodeara con ella y la dejara descansar sobre su hombro izquierdo.
-Podría ponerte un cabestrillo para inmovilizar el brazo, pero te estorbaría si tenemos que luchar –le explicó, dándole una palmada de ánimo en el muslo- He visto el maletín de un sable pistola atrás, ¿es tuyo? –Squall asintió y Seifer tomó el Revólver con la hoja resquebrajada y regresó a la parte trasera. Arrojó dentro el arma dañada y extrajo el Avenger de Squall de su funda. Después revolvió entre los contenidos del maletín de primeros auxilios y seleccionó un par de cosas más antes de regresar junto a su compañero.
Squall tomó el sable pistola que le tendía sin una palabra pero con un brillo de apreciación en la mirada. Seifer le tendió una pastilla a continuación.
-Un antibiótico –explicó cuando Squall la cogió, y luego procedió a quitarse la larga gabardina y la camiseta para atender a sus propias heridas.
Había encontrado un bálsamo para quemaduras en el botiquín. En cuanto comenzó a aplicarlo, sintió un inmediato alivio, y se apresuró a extenderlo en las amplias zonas quemadas en su pecho, cara y brazos.
-Seifer.
Girándose hacia Squall con una mirada interrogativa, Seifer se encontró con el comandante recostado en el asiento, mirándole fijamente.
-¿Crees que pudieron poner el Dracguar aquí a propósito? ¿Para el examen?
Seifer se detuvo en sus movimientos. La idea era lo suficientemente sorprendente y morbosa como para hacerle olvidar sus heridas durante unos instantes.
-¿Qué te hace pensar eso? –preguntó.
-Había algunas carcasas a la entrada de la cueva, pero con el tamaño que tiene esa bestia, no son las suficientes como para que lleve aquí mucho tiempo. En este páramo dudo que haya tal abundancia de cuevas adecuadas a su tamaño como para que se pueda permitir el lujo de tener varias guaridas, además de que es una criatura que destaca por su territorialidad. –Squall hizo una pausa y Seifer se apoyó en el marco de la puerta abierta, con el bálsamo olvidado en la mano. El comandante contaba con toda su atención- ¿Y qué posibilidades hay de que se les escapara la existencia de una criatura de semejante entidad al decidir y preparar la prueba?
-¿Estás insinuando que esperaban que el Dracguar me matara?
-Como mínimo, insinúo que querían que suspendieras el examen –Squall clavó sus ojos en los de Seifer. A pesar del dolor y el cansancio que ensombrecía sus facciones, el brillo en su mirada era el que Seifer había aprendido a esperar y apreciar en su antiguo rival. Era esa fuerza interior que translucían la que convertía a Squall en el líder que era, a pesar de los múltiples defectos de su personalidad. Eso, y su afilada inteligencia- En realidad creo que querían matarnos a ambos. ¿Por qué, si no, someterían al examinador a las mismas condiciones que al examinado? Sin Guardian Forces y sin magia, enfrentarse al Dracguar es un suicidio.
-Puedo entenderlo en lo que respecta a mí. ¿Pero qué razones pueden tener para quitarte a ti del medio?
Squall se sonrió levemente, aunque recuperó su expresión impasible habitual tan rápido que Seifer se preguntó si se lo había imaginado.
-Yo no bailo al son de nadie.
-Hyne, dime que no te has metido en política, Squall.
-Yo no me he metido en nada –acotó el comandante, frunciendo el ceño- Hace tres meses que me veo obligado a arbitrar las negociaciones en el seno del conflicto entre Galbadia y Timber. –con su mano sana, Squall se frotó la mejilla, encontrando ahí una mancha de sangre seca que Seifer había pasado por alto- Resumiendo una situación compleja, digamos que en la última reunión no me quedó más remedio que adoptar una posición que molesta a algunos de los actuales financiadores del Jardín.
-¿No será tu suegro uno de ellos? –se le ocurrió a Seifer.
El padre de Rinoa despreciaba profundamente a los mercenarios, aunque su negativa opinión sobre los "soldados de alquiler" no había sido impedimento para que encabezara la facción de Galbadia que, a golpe de guiles, había encontrado acomodo en el Consejo del Jardín de Balamb. El hecho de que uno de esos mercenarios que tanto odiaba, y no precisamente el más simpático de todos, se hubiera casado con su preciosa e impulsiva hija un buen día, sin más testigos que los que la ley obliga, había sido un duro golpe que seguramente se había visto eclipsado en gravedad el día en que la reciente pareja le visitó para informarle de que Rinoa estaba encinta. Ese encuentro con Caraway debía haber sido, como mínimo y sin dramatizar, apocalíptico- Lo menciono porque ni tú ni yo somos santos de su devoción. Con esto mataría dos pájaros de un tiro, sin implicarse directamente.
-Es probable. –asintió Squall- mi relación con Caraway es…
-¿Difícil? –sugirió Seifer con una sonrisita.
-Abiertamente hostil –le corrigió Squall.
-Oh, Hyne, vuestras reuniones familiares deben ser algo digno de presenciar. Pero aún así, eliminar al marido de su hija y al padre de su único nieto, me parece una jugada demasiado expeditiva, incluso para él.
-Por su propio bien, espero que tengas razón.
Seifer volvió a la trasera del vehículo, dándole vueltas a lo que Squall le había dicho. Nunca había sido especialmente conspiranoico, pero la teoría que Squall le había presentado tenía demasiados visos de realidad como para que no la tuviera en cuenta. Cogiendo otra camiseta de su compartimento, se la puso, agradeciendo el contacto de la tela limpia sobre su piel, y buscó algún antiinflamatorio en el botiquín. La cabeza y la espalda le estaban matando. Encontró un blíster de un AINE cuyo nombre no pudo leer a la escasa luz reinante y se tragó dos pastillas. A continuación se metió el blíster en el bolsillo trasero del pantalón, cogió otras dos botellas de agua y un paquete de barritas energéticas, también conocidas como comida para ratones en el manual "La vida del mercenario según Seifer", y cerró la puerta tras dejar el contenido de la trasera medianamente recogido.
Rodeando el vehículo se dirigió al asiento del conductor, pero antes de sentarse al volante, se aupó con un pie sobre la rueda delantera y cogió a Rubí por el pellejo de la nuca. Entrando en el vehículo, dejó al Guardian Force en el regazo de Squall y tendió los antiinflamatorios y una de las botellas de agua al comandante.
Squall puso punto final a la invocación y Rubí se desvaneció en el momento en que olisqueaba la barrita de cereales a la que Seifer había dado ya un buen mordisco. Mientras Squall tragaba las pastillas, Seifer sujetó la barrita entre los dientes, accionó el contacto y manipuló los mandos de la calefacción. Comprobó con satisfacción que el depósito estaba casi lleno y, tras encender las luces, puso el coche en marcha, siguiendo el camino aproximado por el que habían venido.
La marcha era lenta. Sin una carretera, ni un mal camino de tierra que seguir, Seifer se veía obligado a buscar una ruta practicable a la luz de los faros. Apenas habían dejado atrás los primeros dos kilómetros cuando un pitido y una luz roja en el salpicadero, fueron el preludio de la activación de la radio.
"Vehiculo TT-0118, al habla Elena Bardaellis, del Jardín de Balamb. Identifíquese."
Squall tendió la mano hacia el dispositivo, pero Seifer le detuvo, con su atención dividida entre el accidentado terreno y su compañero.
-No, Squall.
-No tiene sentido no contestar. Está claro que el vehículo está geolocalizado. Pueden trazar perfectamente nuestra posición y esperarnos allá donde se nos ocurra ir.
Seifer soltó su mano y Squall le hizo un gesto para que se mantuviera en silencio antes de presionar el botón para contestar.
-Jardín de Balamb, aquí el comandante Squall Leonhart.
"¿Número de identificación, comandante?"
-41269.
"¿Secuencia de confirmación?"
Retirando el panel debajo de la luz roja, Squall dejó al descubierto un pequeño teclado en el que introdujo los datos.
-Transmitiendo.
"Por favor, manténgase a la espera."
Después de unos segundos, una nueva voz sonó por el pequeño altavoz del salpicadero.
"Comandante Leonhart, al habla el Director del Jardín de Balamb."
Squall intercambió una mirada con Seifer, antes de presionar nuevamente el botón para contestar.
-Director Caraway.
"¿Actualización de su estado, comandante?"
-Estoy atravesando el Páramo en dirección a la ciudad de Deling. He recibido heridas de consideración. Solicito transporte hasta el Jardín y asistencia médica.
"Por supuesto, comandante. ¿Está el cadete Seifer Almasy con usted?"
-Afirmativo –contestó Squall sin dudar. Seifer no pudo evitar preguntarse si su antiguo rival carecía de imaginación suficiente para mentir, o si realmente pensaba que la verdad era la mejor opción en su situación actual- Fuimos atacados por un Dracguar y me vi forzado a cancelar el examen. El cadete Almasy ha recibido heridas leves.
"Recibido, comandante. Los detalles pueden esperar. Por favor, diríjase al punto de encuentro cuyas coordenadas le facilitarán a continuación."
Las coordenadas aparecieron en la pantalla y Squall las introdujo en el GPS del vehículo. Seifer se disponía a hablar cuando la radio volvió a activarse y la voz de Elena Bardaellis se escuchó nuevamente en el interior del todo terreno.
"Comandante, ¿cuáles son sus órdenes?"
-Envíen un equipo de rastreo y tres de combate, con al menos tres SeeDs de rango A y ninguno con un nivel inferior a 25. Prioridad 2. Objetivo: Dracguar. Tramite una solicitud al Consejo para eliminar una criatura de Nivel 1 antes de enviar los equipos.
"¿Si la respuesta del Consejo es negativa?"
-Envíe los equipos igualmente. Active el protocolo de emergencia, que los equipos se muevan sin esperar la decisión del Consejo. –el protocolo de emergencia aseguraría la total independencia y libertad de actuación de los equipos con respecto al Consejo. Al menos durante el tiempo que estuviera activo.
"Recibido, comandante."
La radio enmudeció nuevamente.
-¿Qué tienes en la cabeza, Squall?
-Es difícil trazar un plan sin saber exactamente a qué nos enfrentamos. Puede que Caraway sea nuestro aliado. Puede que sea mi aliado y tu enemigo o viceversa. Puede que simplemente lo que nos pase a nosotros le traiga sin cuidado. Lo que sí es cierto es que en su facción del Consejo hay varios individuos que protestaron muy enérgicamente cuando fuiste indultado.
-¿Quiénes? –preguntó Seifer.
Ni siquiera conocía a todos los componentes del nuevo Consejo del Jardín de Balamb, sólo sabía que lo formaban aquellos cuya cuota de financiación de las actividades del Jardín superaba el 7% del total. El presidente de Esthar era el presidente del Consejo pues aportaba un 20% de los activos que mantenían al Jardín en funcionamiento, por no mencionar los acuerdos de cooperación y la ayuda en I+D que Esthar proveía. Como presidente, Laguna disponía de voto de calidad y ejercía la representación oficial del Consejo, por lo que era el encargado de hacer públicas las decisiones que se tomaban en su seno. Para Seifer, la voz de su indulto era la voz de Laguna Loire.
Sin embargo, la facción de Galbadia era la más numerosa. En un principio se había tratado de vetar la participación de otras naciones para que Balamb pudiera mantener una representación mayoritaria en el Consejo. Pero la falta de aportaciones y el hecho de que el Jardín raramente permanecía en el mismo sitio más de dos meses seguidos habían abierto las puertas al dinero, proviniera de donde proviniera. En la práctica, eso significaba que Galbadia controlaba dos Jardines, en lugar de uno. Seifer podía comprender que Squall se resistiera a las presiones que la facción de Galbadia ejercía. Como mercenario, ni a Squall ni a ningún otro SeeD, le preocupaba aceptar contratos de una nación o de la de al lado, pero de ahí a convertirse en marionetas que Galbadia pudiera utilizar en sus intentos de imponer su hegemonía había un largo paso que podía comprometer gravemente la neutralidad del Jardín.
Por fortuna, todas las decisiones del Consejo, si bien vinculantes, podían ser interpretadas por el brazo armado de los SeeD, con Squall a la cabeza. Seifer no había seguido muy detenidamente los vaivenes de la política interna en el Jardín, pero sí sabía de al menos dos ocasiones en las que Squall había ejecutado las decisiones del Consejo de una forma poco satisfactoria para los intereses de Galbadia. Por fortuna, no contaban con la mayoría suficiente para cesar a Squall de su posición y promocionar a algún comandante más afín y comprensivo con sus ambiciones, y aunque la tuvieran, los SeeDs no admitirían que un acuerdo del Consejo administrativo del Jardín sacara de su posición a su comandante, el héroe de la Guerra de la Bruja. Squall gozaba de una popularidad sorprendente, teniendo en cuenta que como cadete no había sido excesivamente apreciado por sus compañeros. Su historia y su relación con Rinoa se habían romantizado tan exageradamente en los relatos de la prensa, que Seifer era incapaz de reconocer en esa brillante figura pública al joven taciturno y distante con el que había compartido aulas y entrenamientos.
-Gordon. Aberthy. Ramsay. –Squall se llevó su mano sana a la frente mientras recapitulaba y Seifer se preguntó si además de con una cicatriz, había obsequiado a su ex rival con un tic nervioso. La idea casi pintó una sonrisa de satisfacción en su rostro- Todo el frente de Galbadia en el Consejo, salvo Hart y Anderson. También Willis y McTuff.
-¿McTuff? –se asombró Seifer, sintiendo evaporarse su autocomplacencia en un soplo- No volveré a pisar uno de sus restaurantes en mi vida. ¿Puedo hacerte una pregunta personal, Squall?
Squall bajó la mano para mirarle fijamente y no contestó. Cuando Seifer abrió la boca para continuar con la cuestión, el comandante le interrumpió:
-No.
Seifer se encogió de hombros y preguntó de todos modos.
-¿Eres el caballero de Rinoa?
Squall cerró los ojos y no contestó. Después de unos minutos de silencio, tomó la palabra como si la pregunta de Seifer no hubiera tenido lugar.
-Tenemos que decidir nuestro curso de acción. Una vez en Deling trataré de establecer una conexión segura con Esthar para solicitar su apoyo. Puedes refugiarte en alguna de sus embajadas hasta que consiga averiguar si lo que ha pasado es parte de un plan contra ti o contra mí. Eso significa que necesitamos tiempo en Deling fuera del alcance del Jardín. No podemos entrar en la ciudad con el vehículo.
-Si no utilizamos el todo terreno para llegar a Deling, no llegaremos en absoluto. No estás en condiciones, Squall. –el comandante no replicó, pero Seifer, pendiente de la conducción, podía sentir su desaprobación tan efectivamente como si estuviera contemplando su ceño fruncido- Tampoco estás en condiciones de desentrañar ninguna conspiración. Eso significa que el refugio en la embajada de Esthar es para los dos, no sólo para mí.
-Parte del plan es que tú alcanzas la embajada porque yo les distraigo con mi historia inventada. ¿Cómo sugieres que alcancemos la embajada los dos sin que nos intercepten?
El ruido del rotor de un helicóptero volando bajo a cierta distancia, pero en lo que parecía una trayectoria de aproximación directa, sobresaltó a ambos. Seifer frenó el todoterreno, y apagó las luces y el motor meros segundos antes de que el helicóptero pasara sobre ellos. Squall sacó medio cuerpo por la ventanilla, escrutando en la oscuridad al helicóptero que en esos momentos se alejaba y comenzaba a trazar un círculo.
-¡Aléjate del vehículo!
Algo en la voz de Squall, el tono imperativo o la urgencia, provocó que la adrenalina se disparara por el cuerpo de Seifer. Abriendo la puerta de golpe, abandonó el vehículo y corrió a toda la velocidad que le permitían sus largas piernas en una huida poco dignificante, pero, hey, no todo en la vida de un SeeD es glamour. Por el rabillo del ojo vio al helicóptero enfilar hacia ellos en línea recta y disparar un Hellfire contra el vehículo.
Un puñetero Hellfire, nada menos.
Aceleró a la desesperada y cuando el proyectil hizo impacto, aprovechó la sacudida del suelo para dejarse caer y cubrió su cabeza con los brazos mientras una lluvia de tierra y trozos de metal castigaba su cuerpo. El helicóptero hizo una pasada sobre él. Recordando que si la dichosa máquina iba provista de Hellfires, seguramente también dispondría de algún tipo de cañón rotativo, Seifer se incorporó nuevamente y corrió hacia una formación rocosa coronada por tres árboles mustios y medio podridos. Acababa de refugiarse entre las rocas cuando las ráfagas de ametralladora sonaron, barriendo el terreno lejos, a su derecha, Seifer supuso que sobre la posición de Squall.
Y entonces el cielo se iluminó con una fina columna de luz que emitía un zumbido constante, que Seifer reconoció al instante como uno de los ataques límites del comandante. Pedazo de cabrón con talento. Al menos Squall había tenido los reflejos suficientes para salir por piernas con su sable pistola. Si la tripulación del helicóptero no se había leído los informes concernientes a Squall Leonhart, desestimarían la luz sin reconocerla como lo que realmente era, e intentarían otra pasada.
Un fuerte impacto resonó a continuación y Seifer sacudió la cabeza en un gesto de incredulidad. Eran idiotas de verdad. El helicóptero pasó sobre él, con parte de la cabina reventada y soltando una densa nube de humo negro. El aparato cogió altura y se retiró dejando una larga estela tras de sí, y Seifer levantó el dedo medio en dirección a la forma que se empequeñecía en la distancia.
-Así os estrelléis antes de llegar a vuestra base, cabrones.
Encontró a Squall sentado sobre lo que parecía el capó del vehículo, con su sable pistola a su lado, clavado en la tierra y al alcance su mano, y una expresión en su rostro que podría hacer llorar al cadete más duro del Jardín. Si ese cadete no fuera Seifer, claro está.
-Galbadia –informó el comandante. Seifer no pudo menos que admirar su resiliencia- Creo que me he vuelto a sacar los huesos del sitio. –añadió y, sin motivo aparente, comenzó a reírse suavemente. Sacudió la cabeza ante la ceja enarcada de Seifer y desvió la mirada, continuando con su extraño acceso de hilaridad.
Squall era difícil de interpretar en condiciones normales y Seifer no pensaba malgastar ni un segundo en intentar imaginar qué era lo que le parecía tan gracioso en medio de circunstancias tan excepcionales como las presentes. La adrenalina abandonaba ya su sistema y comenzaba a ser dolorosamente consciente de ciento y una pequeñas incomodidades… y de que nuevamente se habían quedado sin medio de transporte.
-Entonces es a ti a quien pretendían liquidar desde el principio –infirió, acercándose a los restos humeantes del vehículo en busca de su sable pistola y de cualquier cosa que todavía les pudiera ser de utilidad. Ojalá encontrara un paraguas.
Squall se levantó y le siguió. Seifer recogió su sable pistola de entre los restos del asiento del conductor y casi pegó un bote en el sitio cuando al darse la vuelta se encontró con Squall invadiendo su espacio personal, mirándole fijamente con esos penetrantes ojos suyos.
-El objetivo eres tú. –el comandante habló despacio, vocalizando cada sílaba y poniendo un marcado énfasis en el "tú".
Y entonces sonrió tan ampliamente que Seifer dio un paso atrás.
Y Squall prorrumpió en carcajadas.
NdA: No, Squall no se ha vuelto loco. Simplemente su sentido del humor siempre ha estado un poco, eh… deslocalizado.
