Capítulo 2.

El joven hacía ya que había dejado las blancas murallas de la ciudad atrás. El claro cielo azul de principios de verano comenzaba ya a anaranjarse por el Oeste, mientras el resplandeciente sol recortado contra el horizonte dejaba un calor más que agradable en el ambiente. Una suave y seca brisa levantaba el cabello castaño del muchacho, así como su blanca camisa, que le llegaba casi hasta la altura de sus rodillas. Sus suaves dedos iban acariciando, despreocupados, las altas hierbas que lo acompañaban en su camino. Él se sentía feliz, inmensamente feliz, aunque ningún pensamiento concreto ocupara su mente en esos momentos. Simplemente, disfrutaba de la sensación del sol acariciando su rostro, y de la leve fragancia a tomillo que impregnaba sus fosas nasales. Esa atmósfera cálida que lo envolvía, que para muchas otras personas podría resultar desagradable e incluso agobiante teniendo en cuenta las alturas del año, a él le proporcionaba una vitalidad y una fuerza que simplemente aumentaban sus ganas de vivir. Quería vivir, todos los años que pudiera, para seguir sintiendo esa increíble sensación que acompañaba a su alma desde hacía ya un tiempo.

Después de una larga caminata, el joven pudo ver a lo lejos el comienzo de un bosque de altos y verdes árboles, de frondosas ramas y gruesos troncos. El calor comenzaba a esfumarse, pero él simplemente dejó atrás el camino de tierra árida que había estado siguiendo y se internó en la maleza, apresurando el paso inconscientemente.

El sol ya casi había desaparecido del todo. Las cigarras fueron dejando paso a los grillos. Las luciérnagas comenzaron a encender sus luces. Una parte del bosque estaba ya durmiendo, pero otra acababa de despertar.

Un estrecho y claro reguerillo de agua se deslizaba a través de su surco al lado izquierdo de Eldarion, hipnotizándolo con su sonido. Siempre había amado el ruido del agua al manar, pero sus sentidos estaban más alerta que nunca en ese momento, y hasta el más pequeño detalle podía provocar que su espíritu creciera hasta límites insospechados.

Sin saber por qué, echó a correr bosque a través. Conocía el camino de memoria, pues llevaba yendo a ese lugar desde que tenía recuerdo. Acariciando la corteza de los árboles con su mano derecha, y sin apartar la mirada del arroyo, llegó al fin a ese pequeño claro que lo había visto prácticamente crecer. El riachuelo iba a parar a un estanque, cuya agua provenía a su vez de una pequeña cascada que caía por entre las rocas de una inexpugnable gruta. La hierba allí era más fresca que en cualquier otro lugar, y el aire más puro. Parecía que nadie podría atreverse a violar la tranquilidad de ese lugar. Eldarion se preguntó a sí mismo cómo podría haber sido tan imbécil como para haber desprestigiado ese sitio durante tantos años pasados. La ilusión y la energía de la infancia volvían en ese momento a su espíritu, aunque de una forma completamente renovada.

El joven dejó sus pensamientos de lado al sentir unas manos posadas sobre sus brazos a sus espaldas:

-Llegas tarde.

El Príncipe rió para sí, agarrando a su vez esas mismas manos entre las suyas propias. - Mira quién fue a hablar.

Dándose la vuelta con rapidez, Eldarion volvió a toparse con aquellos bellos ojos que le quitaban la respiración desde la altura del estómago. Una sonrisa involuntaria brillaba en su boca.

Antes de que pudiera añadir algo más, unos tiernos y suaves labios se posaron sobre los suyos, haciéndole imposible hablar.

Él rodeó con sus brazos la cintura de su acompañante, la luz de su nuevo mundo, mientras ahondaba aún más el beso. Las manos de ella subieron hacia su cabeza, acariciándole la cabellera castaña con la palma de sus manos. El joven no quería despegarse de su boca nunca. Su aliento se había convertido en su oxígeno vital.

-Cómo he estado tan ciego... - susurró él, entre beso y beso, entre bocanada y bocanada.

-¿Por qué lo dices exactamente? -le preguntó ella, con una sonrisa divertida.

-Por ti... - murmuró él, acariciando su cuello a través de su pelo. -Por este lugar. Por el mundo en general. Se me había olvidado lo grandioso y bello que es el mundo.

-Qué poético estás - rió ella, dándole un leve golpe en el pecho.

-¡No te rías de mí! - le espetó él, elevándola en el aire por la cintura.- Tengo razones para estar feliz.

-¡Ay, para! - exclamó la otra, riendo a carcajadas.-Déjame en el suelo.

-Mi padre me ha dado hoy el visto bueno - susurró Eldarion, acercándola aún más a su cuerpo. -Ya mismo estaremos casados.

-Corres mucho. No creo que tu padre haya accedido tan alegremente.

-¿¡Por qué no iba a hacerlo!? Está encantado con lo nuestro. Todo el mundo lo está.

-Eldarion... - le sonrió ella, acariciando su mejilla con lentitud. -No hace falta ir tan deprisa. Somos jóvenes. Yo te amo igual.

-¿Y qué quieres que le haga? Quiero vivir contigo. Quiero despertarme todos los días bajo la luz de tu sonrisa. Quiero aferrarme a tu cabello cuando me sienta solo. Quiero bailar contigo bajo la luz de la luna. Quiero que te metas conmigo de esa manera tan borde cuando solamente quieres decirme que me adoras.

-Qué payaso eres.

-Quiero tener hijos contigo.

-¡Eldarion! - exclamó ella, poniéndose algo roja.

-¿Qué? Alguna vez tendremos que hablar de ello.

-Pero ¿qué te ocurre esta noche? - le preguntó su amada, que siempre había tenido los pies más próximos a la tierra que él.

-Me ocurre que estoy increíblemente enamorado de ti. Te quiero con toda mi vida. Siempre te he querido.

-Yo también te he querido siempre. Y siempre te querré. No hace falta que vayamos tan rápido, Eldarion. Tenemos toda nuestra vida - le aseguró ella, tomándolo de las manos con ternura y amor.

-Sí... toda nuestra vida. Quiero estar toda mi vida a tu lado. Ya había olvidado lo que era ver el mundo a través de tus ojos. Todo parece más bello, más mágico.

-Creo que definitivamente has perdido el juicio -rió la otra, abrazándolo muy fuertemente.

-No te lo negaría. - Eldarion agachó su cabeza levemente, hasta dejar su nariz a dos escasos centímetros de la de su querida amante. -¿Y tú?

-Yo ya la perdí hace tiempo.

-Entonces, ¿de qué hay que preocuparse?

-De nada, supongo - respondió ella, acortando del todo la distancia que existía entre sus labios, sintiéndose la persona más dichosa del mundo. -Sólo me convendría recordar que uno de los dos ha de preocuparse por mantener un mínimo nivel de cordura.

-No te preocupes, lo intentaré mantener por ambos.

-De veras que no tienes remedio.

Sería difícil de estipular cuál es mi primera alusión nítida, pero supongo que mis memorias más antiguas provienen de mi octavo año de vida; aproximadamente, tendría unos tres añitos humanos. Recuerdo que mi hermana Aylla apenas era un bebé recién nacido por entonces, y que todos los cuidados y mimos de mi querida madre recaían sobre ella. Supongo que aquel pequeño sentimiento de celos ha contextualizado bastante mi relación con ella a partir de entonces.

Desde el mismo momento en que nací, todo el mundo supo cómo iba a ser mi personalidad de ahí en adelante: un chiquillo tímido e introvertido, pero un gran bufón con aquellas personas de confianza. Las formalidades y las normas nunca han sido lo mío, si bien también es cierto que nunca he sido un rebelde sin causa. Simplemente, he desarrollado un agudo y simple sentido del humor que me ha ayudado a sobrellevar situaciones un tanto complicadas e incómodas.

Por aquel entonces solía ser un niño curioso, dormilón, y, sobre todo, más tranquilo de lo que he vuelto a ser nunca en mi vida. Era también un gran glotón, y tenía más que practicada la cara de buenecito para cuando mis padres me llevaban a pasear por los mercados de la ciudad; en especial, por un puesto de golosinas del cual me acuerdo muy bien. Una señora rechoncha y con muy malos humos era la encargada de preparar los dulces y caramelos más deliciosos y empalagosos que en tu vida podrías haber probado; por desgracia, esa mujer falleció hace ya varios años.

Minas Tirith era entonces para mí como mi propio mundo de fantasía. Detrás de cada rincón, de cada puerta, de cada muro, existía una historia familiar o fantástica que yo no conocía; y eso me entusiasmaba.

Como yo no empecé mis estudios hasta los dieciséis años (un grave error, pues aquello me trajo varias secuelas a la hora de aprender a leer y escribir), tenía mucho tiempo libre... y muy poca gente con quien compartirlo. No tenía muchos amigos durante gran parte del año; a decir verdad, no tenía prácticamente ninguno. Sin embargo, nunca me sentí realmente solo, pues había desarrollado mi propio sistema de defensa ante mi retiro: una gran y vívida imaginación.

Aunque aún no sabía leer, contaba con la preferida de entre mis niñeras personales: Carien, una cuentacuentos profesional. Gracias a las mágicas historietas que me transmitía todas las noches antes de dormir, yo podía imaginarme una gran serie de compañeros de juegos irreales, pero que para mí significaban casi la mitad de mi existencia. Incluso ahora, a mis años, cuando me siento muy solo, me imagino que uno de mis amigos está ahí, a mi lado, apoyándome en situaciones difíciles. Me gusta pensar que un amigo invisible no es del todo ficticio, pues, al fin y al cabo, forma parte de tu mente y de tu vida.

Sin embargo, las cosas cambiaban drásticamente en verano. Durante los meses de julio y agosto, nuestro querido Gimli venía a visitarnos periódicamente; y con él, llegaba su primogénito: Kûllark. Él se parecía demasiado a mí: era también un niño solitario e incluso más vergonzoso, pero él no disfrutaba de su soledad, ni poseía la misma creatividad que yo.

Kûllark fue, durante mucho tiempo, mi sombra. Cuando era pequeño eso me divertía, pero cuando fui creciendo comencé a cansarme de su falta de personalidad. Ahora sé que Kûllark nunca se amó a sí mismo: siempre quiso dejar de ser quien era para convertirse en otra persona.

A él le gustaba, como a ¨todo buen enano¨, todo lo relacionado con la lucha y la valentía (o, al menos, su concepto de ¨valentía¨, bien distinto al mío). Siempre insistía en que jugáramos a las peleas, y al final acabábamos tirados por el suelo, con la ropa hecha jirones y una gran multitud de heridas abiertas en las piernas y en los brazos, si no en la cabeza. Mi padre decía que si seguíamos así acabaríamos con el cerebro lesionado, y que nos quedaríamos imbéciles de por vida. A mí me aterraba que eso pudiera hacerse realidad; a Kûllark le daba exactamente igual.

Algunas veces, íbamos con nuestros padres y con Legolas y su esposa a un pequeño estanque que hay en un claro del bosque de Ithilien: exacto, hija, el mismo al que os llevamos a tu hermana y a ti ahora. Y allí, en esos calurosos días de verano, era cuando entraba en juego el tercer factor del repertorio: Caladhiel. Nuestra Caladhiel; o, mejor dicho, nuestra ¨futura¨ Caladhiel.

El primer recuerdo que tengo de ella es de una elfita rubia, con el cabello muy largo y liso, delgada y bajita, con unos enormes y tristes ojos castaños. A mí me parecía bonita, como ya dije antes, pero ni Kûllark ni yo la aguantábamos: era retraída, callada, aburrida,más tímida incluso que nosotros dos juntos. Las pocas veces que sus padres la convencían para que jugase con nosotros, ella acababa poniéndonos de los nervios, debido a sus miradas escandalizadas y a sus palabras cínicas y repelentes cuando nos veía jugar a nuestra manera.

-No sé por qué hacéis eso. Parecéis animales.

-Mi padre dice que los animales son mil veces más fieros que nosotros - le respondía mi amigo.

-Los animales luchan y las personas piensan.

-Si no te gusta, no mires - acababa siempre espetándole Kûllark.

Recuero que, un día en el que habíamos sido especialmente brutos, Kûllark acabó más dañado de lo normal, y no tuvo más remedio que volver medio llorando a su madre para pedirle que le curara las heridas. Yo me sentía un poco culpable por haberme pasado tanto con él, y decidí acercarme al estanque para lavarme yo con agua las mías propias. Esa fue la primera vez que su suave voz se dirigió específicamente a mí.

-No tienes por qué hacerlo - escuché cómo alguien hablaba a mis espaldas.

Alarmado, me di la vuelta para encontrarme con aquella elfita de larga cabellera dorada.

-¿Qué? - le pregunté, confundido.

-Seguirle el juego. Sé que a ti no te gusta.

-No te metas. No te he pedido opinión - le espeté, rodeándola por su costado derecho.

Al día siguiente, Kûllark y yo volvimos a luchar; pero esa vez no fue como el resto de días. Mi amigo había sentido tal vergüenza el día anterior que esa tarde estaba decidido a buscar una cruel revancha contra mí.

Para el atardecer, la pelea ya había acabado. Secuelas personales: varias hendeduras en ambas piernas, un moratón muy feo a la altura de las costillas y una brecha abierta a lo largo de mi mejilla derecha. Sin embargo, al parecer mi amigo no había tenido suficiente, y se marchó de aquel lugar sin dirigirme siquiera la palabra.

La mejilla me dolía a rabiar, por lo que me dispuse a volver a echarme agua sobre ella para, al menos, desinfectar la herida un poco, como me había enseñado mi padre. Sin embargo, una sombra me sorprendió de nuevo a mis espaldas, como me había ocurrido el día anterior.

-Será mejor que te la limpies bien. Déjame ayudarte.

Antes de que pudiera incluso protestar, una mano agarró con suavidad mi hombro, obligándome a darme la vuelta.

Caladhiel llevaba consigo un blanco pañuelo de tela, el cual empapó con agua del estanque para después frotarlo sobre mi mejilla herida. No supe por qué, pero toda la vergüenza personal que sentía se esfumó al mirarla a los ojos.

-Ya está. Mucho mejor. Pero creo que no te librarás de una regañina -me sonrió ella, una vez hubo acabado su labor.

Yo le devolví el gesto, inconscientemente.

Desde aquel día, dejé de detestarla tanto.