Naruto le pertenece a Kishimoto
Espero y sea de su agrado :)
Cap. II Confesiones Culposas Parte 1
Era fácil hacer el amor en la noche y en la madrugada, sin descanso, al límite pero aun intentándolo; pero era difícil tener que afrontar nuestras acciones por la mañana, cuando despertábamos apartados, ella en el otro extremo de la cama, yo en el otro, negándonos a mirarnos a los ojos, necios de dirigirnos la mirada por temor a no saber qué decir. Era yo el quien se despertaba primero y el primero en irse de la cama, el verla allí tendida, me hacía experimentar confusión y consternación.
Ella sólo venía aquí para que yo la besara y tomara su cuerpo como objeto de un llano deseo sexual, ser explotada, arrancarle su lívido anhelo y llenar el mío. Me cuestionaba el por qué ambos cedíamos, el por qué todo esto empezó si razón aparente no había.
Cuando el acto por fin finalizaba, ambos nos movíamos mecánicamente para alejarnos mutuamente, Saori tapaba con sus brazos sus pechos descubiertos, evadía mi mirada y se volvía al lado contrario de la cama, tomaba la sabana y se cubría con ella el cuerpo lleno de marcas de mis labios, ocultaba su sonrojo y su extrañeza: antes la tenía expuesta a mí, pero ahora se esconde y rehúye y yo hago lo mismo. Evito todo contacto, ya no hay deseo de tocarla ni de mirarla, sólo queda la incertidumbre de cómo resolveremos este problema por la mañana siguiente, el cómo afrontarlo.
Sólo me levanto, la veo aun dormir; me ducho rápidamente, me visto y salgo de la habitación, corro a la cocina y preparo algo de desayunar, ella saldrá cuando la tetera esté lista. Cuando sale de la habitación sólo avisa que usará el baño, se tarda allí pero sale lista para tomar, a veces, el desayuno y su té. No decimos nada, preferimos poner la radio o prender la tv, ella murmura que odia los noticieros, yo le cambio al canal de música matutina, ella comenta molesta que odia la música actual y yo, como de costumbre, la apago. Toma su té con tranquilidad, siempre ve su reloj de mano, antes de que den las 7:30, ella toma su suéter del perchero y con un simple "me voy", se va. Yo la veo salir, siempre apurada, odia llegar tarde. Sonrío, aun sin que hablemos, ella comunica demasiado.
Todo había sido así por dos mes enteros, nos reuníamos a escondidas en mi apartamento todos los viernes y sábados, y sin decirnos algo, yo terminaba en el suelo con ella encima, acariciándome y dándome pequeños besos en el pecho y abdomen, siendo conmigo muy complaciente. No sé si ella se entregaba a mi primero o era yo, pero de que en determinado momento terminamos siempre entregándonos sin saber quién lo merecía primero. Sólo nos vemos a los ojos, cruzamos miradas, estamos de acuerdo en todo lo que pase de aquí en adelante. Pero por más que nos rehusábamos a hablar después, había algo que más incomodaba: ¿quién era ella? Sí, ahora más que nunca tenía curiosidad de saber quién era y no cómo era, eso de antemano ya lo sé; sólo necesitaba saber por qué, en qué momento se vio decidida a hacerlo, ella siendo mujer, porque cedería a entregarse sin amor alguno a alguien que nunca pidió cariño.
Tendría que, un día cualquiera, preguntárselo aun con el temor de que ella me devolviera la pregunta.
Era ya de día, la noche había sido agitada y extenuante para ambos, él se miraba taciturno cuando se despertó del sueño y lo primero que hacía era verificar que lo que se encontraba a su lado era una pelirroja que le daba la espalda, una espalda siempre desnuda. Él la observaba en silencio, no lo había notado, no se quería darse cuenta de ello, pero qué agradable era despertar con alguien a tu lado, ya la cama no parecía ser tan grande y fría, ya el calor era compartido. Itachi se daba cuenta de que cada mañana que despertaba tenía muchas más preguntas que respuestas, deseaba abrir lentamente la boca para hablar y preguntarle, pero callaba cuando ella se volvía entre las sabanas y exclamaba agotada entresueños, y le daba más oportunidad para fijarse en ella, su cabello rojizo y corto, siempre alborotado, de mejillas rosadas y labios pequeños pero pronunciados, de esas largas y espesas pestañas y de su nariz respingada, así como de su mentón. No podía negarlo, y menos cuando las sabanas caían lejos de su cuerpo desnudo y notaba que sus pecas que no estaban en sus mejillas estaban en su espalda baja, en sus muslos y allí, donde todas las noches le gustaba que le besara y mordiera. No podía negarse lo obvio, era una hermosa mujer y ella vaya que lo sabía, un hombre se da cuenta fácilmente de ello, sobre todo cuando las mujeres rebuscan en su guardarropa y pretenden esconder su cuerpo tras ropa sencilla que más resaltan su ya natural belleza. Lo ha callado, no se lo dirá: a las mujeres les gusta más imaginar qué piensan los hombres, que saberlo con certeza; los hombres son mentirosos sólo porque les gusta callar porque la seducción silenciosa de un hombre es lo que más aclaman las mujeres, pero ¿qué pensará ella?
La duda estaba allí, ¿hablar o no? El pelinegro más lo pensaba, creía convencido que mejor era callar, que hay más puntos a favor, que el silencio lo compensa todo…, pero mientras él la observaba moverse entre su cadera, la duda crecía más; mientras más la observaba quejarse al ver la tv encendida, mientras la escuchaba reñir con las canciones que hablan puerilmente del amor: ella decía enojada que ellos no sabían, que nadie sabe qué es, qué es el amor.
…
En uno de sus tantos encuentros, cuando Saori apenas dejaba su bolso en el sofá y dejaba caer su falda al suelo, escuchó a Itachi quejarse por un dolor en la espalda, se quejaba en voz baja y tratando de masajear su zona media de su espalda, pero ante la imposibilidad de lograrlo sólo soltó una exhalación cansada. La pelirroja le veía en silencio mientras dejaba caer su saco al sofá, inquieta, ella podía ayudar un poco con ese dolor, pero no tenía por qué hacerlo, no debía…
No obstante, como mujer no podía negarse a hacer cosas innecesarias, no podía evitarlo por más que quisiese, y su boca, interpelando al lado femenino que a veces esconde, simplemente se movió, movido por sus deseos, sin precipitarlo, sin quererlo, tal vez.
– ¿Te duele la espalda, no es así? – pregunta para confirmar, Itachi le mira curioso pero no tarda en afirmar con la cabeza y sentarse en el sofá, girando sus hombros. La pelirroja no lo piensa mucho y camina medio-desnuda hacia él pero lo pasa de largo y le rodea para quedarse atrás de éste y el pequeño sofá, de pie, le observa la espalda con minuciosidad – Quítate la playera. – demandó. Sin esperar a que éste respondiera a su pedido, con rapidez le tomó del cuello de la camisa y trató de quitársela con sus propias manos, el moreno al no resistirse alzó los brazos y se dejó desvestir. No dijo nada, sólo miró con incauta curiosidad cómo la pelirroja le apartaba del respaldo del sofá y con las manos ampliamente abiertas las colocaba en su espalda, en sus omoplatos.
Sus manos estaban tibias.
Y sus manos descendieron por sus dorsales anchos y se reunieron en su dorsolumbar, masajeando con fuerza pero suave a la vez, cuidadosa de que los movimientos de sus dedos no provocaran dolor; después, descendió hasta la cresta ilíca y masajeó con delicadeza, subió hasta la columna dorsal, masajeando sus músculos romboides mayores y menores, provocando que Itachi al instante se contrajera, dejando escapar un quejido. Saori lo ignoraba y le obligaba a recuperar la postura recta; sus manos llegaron a su cuello, a la zona del esplenio, donde con los pulgares le masajeaba en círculos, y volvió a repetir la rutina, bajando por la espalda media, hasta la baja, subiendo y bajando sus dedos en la fascia toracolumbar, lento y fuerte; se movía por su espalda en silencio, usaba las palmas y los dedos, a veces las muñecas y el antebrazo: Itachi no dejaba de contraerse ante los movimientos de esas manos pequeñas sobre su espalda, podía sentir cómo el dolor cedía y cómo el calor subía, y más cuando la pelirroja con ambas manos lo tomaron de la parte superior del trapecio, le sobaba con fuerza, le imprimía fuerza en cada movimiento y esto provocaba que Itachi se relajara completamente, tanto que esto abrió paso a que Saori descendiera hasta sus pechos y su abdomen, deteniéndose en el estómago, el largo de sus manos se lo impedía, así que, resoplando irritada, se trepó al sofá y quedando sentada en el respaldo del mismo, sus piernas tocaron el asiento del sofá e Itachi en medio de sus piernas, dándole aun la espalda, mientras que ella recargaba su pecho contra su cuello de éste.
Las manos de la pelirroja por fin alcanzaron aquel lugar, a la región supra-púbica, había bajado el ziper y el molesto botón, había metido la mano, y sus manos no dejaban de descender aún más.
Itachi no podía callar sus suspiros y gemidos, no cuando tenía unas manos traviesas en su entrepierna, subiendo y bajando aun con la ropa encima, acariciándolo por demasía. No se quejaba, no podía poner resistencia si los muslos de una pelirroja empezaban a contraerse contra sus hombros y la entrepierna de la misma empezaba a moverse en su espalda, si bien el dolor volvería, no podía quejarse por este tipo de descuidados.
Masajeaba, o mejor dicho, le masturbaba con lentitud, excitándolo de sobremanera, cerraba los ojos, darle el control a una mujer puede ser la decisión más correcta que puede hacer un hombre, y no se podía odiar por ello, desde un inicio él sólo fue un objeto de placer para ella, y ella también lo era para él. Siempre es mejor recibir.
Respiraba profundamente, agobiado por estas sensaciones en su cuerpo; podía jurar que de momento a otro no podrían contenerse, no lo podría hacer si ésta no dejaba de jugar con su miembro y ella en son de juego seductor subía su mano a la boca y relamía, una y otra vez. Y sí, Itachi no se contuvo por mucho.
La tomó de las manos, y ella que lo rodeaba por la espalda terminó afianzada a él como si fuera abrazo, e inmediatamente, se puso de pie y tomó sus piernas y las colocó en sus flancos, sujetándola y cargándola se la llevó a la cama.
La dejó caer de espaldas en la cama, y se le subió encima tomando sus brazos para que no se moviera, se vieron a los ojos, ella le miraba fingiendo inocencia, él seriamente. Ahora le tocaba a él jugar con su entrepierna de la pelirroja, y ella sabía que nunca tendría las de ganar cuando Itachi llevaba su boca a aquel botón femenino de placer, porque todo era una locura después de ello.
- Ngh, ngh… - se le escuchaba jadear. - ¡Ah!, ¡ah! ¡Espe…! ¡ngh! – se le escuchaba protestar y después callar.
Todo se traducía a locura e imaginación, palabras inconclusas, pues al final siempre se callaban.
Una noche, cuando ella jadeaba incesantemente debajo de él y él se contenía en cada movimiento, antes de perder el control y su mano se enredaba con el collar de la pelirroja, el moreno no podía callarse, no cuando ella empezaba ya a llorar por la agitación. Ella gime, él respira erráticamente, comparten la excitación de sus cuerpos, el calor sube y la imaginación se acaba con una ahogada exclamación. Él no la suelta, la abraza por la espalda, ella se aferra a sus brazos, dejándose abrazar, cerrando por fin los ojos, mientras que el quien la abraza hunde su nariz en su cabello rojizo, quedando encima de ella para poder descansar de que el orgasmo por fin concluya.
Y cuando todo pasa, sus cuerpos se repelen y se alejan rápidamente, se callan y se echan a dormir, pero antes de que ella coloque las sabanas sobre su adolorido cuerpo, el pelinegro se sienta en la esquina de la cama, quiere sus lentes, su vista está agotada más que su cuerpo. Saori lo ve curiosa, y con temor de romper la atmosfera que han creado estos meses, duda de hablar, pero antes de tomar una resolución, el moreno vuelve la mirada hacia ella.
– Me puedes alcanzar los lentes que están a la mesita de noche, por favor. – dijo, encorvado ante la oscuridad de sus propios ojos.
– Claro. – respondió, y tomando acción, tomó los lentes de la mesita de noche y acercándose a él, le tendió los lentes para que los tomara, pero él no lo notó por lo que Saori se vio obligada a tocarle la espalda para que se percatara de ello, e Itachi rápidamente respondió al gesto y tomó los lentes, y al momento agradeciéndole.
Él se colocó los lentes y parpadeando repetidamente, llevó su mirarda a ella, quien aún estaba atrás de él, observándolo, curiosa.
– ¿Pasa algo? – preguntó
– Deberías ir con el optometrista, conozco a uno muy bueno. – respondió ella manteniéndole la mirada.
– Quedaré ciego a la larga, ¿para qué prolongarlo? – dijo sin darle importancia a sus mismas palabras.
– Tengo un familiar que le gusta hacerse el muerto, y de tantas veces que lo hacía poco nos importó cuando realmente se estaba muriendo. – respondió para sí misma, también sin darle importancia a sus palabras; Itachi miró confundido a la pelirroja, que evadió su mirada.
– ¿A qué viene esto?
– A nada, sólo recordé que el único mañana que nos depara es la muerte, sea anunciada o no…, mañana podrías morir aun no estando ciego, pero igual morirás: no hay más. Estamos condenados al presente.
– Pero hablar de un mañana es algo que en sí aún no existe, el pasado ya no es y el presente pesa… – de repente el moreno empezó a reírse, divertido.
– ¿Qué? – preguntó molesta la pelirroja que volvió a verlo.
– Esto me recordó al Sombrerero, a la Liebre de Marzo y el Lirón, condenados por siempre al presente. – respondió una vez que cesó la risa.
– Condenados al presente hasta que Alicia llegue a la hora del té.
– ¿Estaremos nosotros también condenados a la espera de una Alicia que nos permita el vivir el "después", el futuro? – ante su pregunta, la joven se inclinó sopesadamente, frunciendo el entrecejo y arrugando las sabanas que cubrían la cama.
– Espero y no, esperaría en vano… - susurró cabizbaja y molesta. – Odio esperar.
– Dicen que la paciencia es una virtud.
– Virtud que perdí hace tiempo.
El silencio se hizo presente, ambos se limitaron a callar; no hay que profundizar, todos odian esperar. Itachi también lo hacía, pero aun así, él era paciente y esperaba, esperaba aunque fuera demasiado tarde, aun había esperanza en él, pero al ver a la pelirroja fruncir molesta su boca y en silencio, la duda creció aún más.
– ¿Cómo se llama el optometrista? Creo que iré a visitarle, me gusta verte muecas cuando algo te molesta, aun no quiero estar ciego, no ahora. – habló para liberar la tensión, esperando las rabietas de la pelirroja que al escucharlo empezó ligeramente a reírse.
– ¿Eso es un cumplido? Gracias, pero no. Mejor quédate ciego.
– Lo digo en serio, tus rabietas al hablar de la tv y la música son lo mejor para empezar gustando de este mundo por las mañanas.
– Mira que no puedo decir lo mismo al verte reír de mí en las mañanas. Déjate de estupideces, y mejor vete al psiquiatra, que yo no lidio con locos. – ante lo dicho, Itachi empezó a reírse estruendosamente, tanto que cayó de la esquina de la cama, restándole importancia a la fémina que empezaba a propinarle punta pies, molesta. - ¿De qué te ríes?
– ¿Lidiar con locos? – dijo aun entre risas, tratando de controlarse. – Y ¿quién no lo está? – una vez tranquilo, se reincorporó y se sentó enfrenté de la pelirroja que mordía su labio inferior, indignada y muy molesta. – ¿Quién no está loco, Saori, quién?
– ¿Estás diciendo que todos somos unos locos?
– Exacto.
– Entonces, – y le tomó del rostro, chocando sus narices. – por ende, ¿nadie lo está? Y al nadie estar loco o sufrir de locura, ¿la Locura no existe?
– Tú misma lo dijiste, la locura no existe, no existe como condición determinada, o algo así… – la tomó de la mano que tomaba su rostro, expectante de su reacción. – Pero si te parece, ¿por qué no pretender estarlo para justificar nuestros actos? Prefiero justificarme en la locura que en la razón, porque la razón me parece más distante y oscura, y con estos ojos no puedo vislumbrarla y no quiero hacerlo.
– No lo hagas… – dijo en susurro
– No es la gran cosa. – Una lágrima surcó su pálida mejilla. – Te ahorrarás de ver cosas horribles. Tu astigmatismo te protege de ver cosas horribles y es mejor así, ocúltate y no veas, nada bueno hay. – otra lágrima cayó y sus ojos vidriosos por las lágrimas contenidas, obligándola a bajar la mirada para ya no verle a los ojos.
– Pero esas cosas seguirán allí, las vea o no.
– Tú lo has propuesto: pretendamos, simplemente ignorar que existen. – Saori agachó la cabeza, observaba las sabanas mojadas por sus lágrimas, muerde sus labios confusa… nunca había llorado enfrente de alguien…
Nunca.
– Dime, ¿qué fue lo que viste? – se acercó más a ella, su pecho desnudo contra el de Saori, y lentamente levantó su rostro para observarla aún más de cerca, mucho más.
– Antes… yo creía en un Dios, me habían educado en una religión en la cual aquel Dios es lo que llena lo que falta, lo que cura y resuelve, un dios que respondía; yo le quería mucho, pues yo juraba poder hablar con él, el me respondía cuando le preguntaba algo, siempre, antes de dormir, platicaba con él; pero, cuando el dejó de responder descubrí que él jamás existió, que jamás me respondió a mis preguntas y a mis pedidos, él no era todopoderoso. Fue entonces cuando conocí la falta, de dios o de sentido que hay en este mundo, descubrí que al no ver nada que fundamente esta vida, al hombre sólo le caben las mentiras. Sólo hay mentiras, sólo hay eso. Temblamos ante la incertidumbre de sabernos estar sin certezas, saber que…
– … sólo queda creer que son verdad y hacerlas pasar por eso. – completó Itachi. - ¿Qué pasó para que te dieras cuenta de eso? Y perdona mi intromisión... – Saori negó con la cabeza, le molestaba, sí, pero comenzó sentir una gran necesidad de decirlo ¿cuánto tiempo se había mantenido callada?
– Las promesas de mi abuela, promesas que jamás se cumplieron; la esperanza que sólo me ilusionó y la espera que me atormentó por más de 9 años. Yo sólo tenía 5 años cuando me prometieron volver, cuando mi abuela me prometió que un día ellos regresarían, la fe que tenía en que ese dios a que me cumpliera mi deseo, mi único capricho y anhelo. Conocí la falta del poder de dios y el de los hombres, ni la promesa cabe. Sólo mentiras y nada más. – ante lo dicho Itachi se limitó a callar, ella no decía que lo que en sí encontró fue esa falta, esa soledad, soledad que Itachi pudo reconocer en Saori y que ella misma se mentía al no querer reconocer aquello y no la culpaba, él tampoco quería reconocerlo…
Se distanció de ella, le dio su espacio y se poniéndose de pie salió de la habitación a preparar un amargo café y un té de azahares. Y estando frente al agua hirviendo, Itachi dejó escapar una furtiva lágrima que se mezclaba con el agua y el vapor; mientras que una pelirroja sollozaba en silencio, llena de ira e impotencia.
Esa noche, después de todo, nadie tomaría té y café.
…
Cuando llegó el mañana y se colaba por la ventana, Saori se levantó e ignorando que Itachi estaba allí acostado, observándola en silencio, se acercó a la ventana, removió las cortinas y abrió la ventana con rudeza, dejando ver lo claro del cielo a las 7 am., mareándose del mismo translucido azul y el fresco clima de la mañana. Sus pechos estaban descubiertos, sintió el frio tocar su piel expuesta, pero ignoró aquella sensación y se recargó, dándole la espalda a la ventana para encarar a Itachi que en ningún momento la dejó de observarla firmemente.
El viento meció los mechones rebeldes de la pelirroja, el viento se coló entre las sabanas y rozaron la piel morena de Itachi. Intercambiaron miradas, callaron al decir sólo llanas palabras. Acordaron no mencionar lo que en la madrugada discutieron, pretendiendo que nada pasó.
Pero ninguno de los dos podía callar.
Saori se encaminó hacia la salida, necesitaba una ducha fría y cuando tomó el perno de la puerta para acceder al baño, Itachi se precipitó a su lado y tomando la mano de Saori, él preguntó lo que debió callar.
– ¿Quieres que te lave la espalda? – Saori sólo se limitó a observar la mano del pelinegro sobre la suya.
– Ahora que lo mencionas, últimamente siento mi cuerpo más sucio que de costumbre… - y giró el perno, invitando a Itachi a entrar.
Se abrió la llave, el agua corrió por sus cuerpos desnudos; Su pequeña espalda contra el abdomen del moreno, era tomada entre los brazos del pelinegro, el agua helada la hacía contraerse contra él, mientras que él lavaba su piel y la presionaba aún más contra él, tomaba el jabón líquido y lo frotaba en el pelirrojo cabello, para después y con cuidado, frotarlo en sus pequeños senos, masajeando levemente los pezones, bajando hasta la entrepierna, tenía que dejar todo impecable, eliminar las huellas que él hace unas horas le había dejado.
Ella gemía, se ponía de puntitas y se aferraba a su brazo.
– Frota más, aun no… - decía entre gemidos reprimidos, sintiendo la mano segura de Itachi y el agua helada recorrer su vientre. Cuando Itachi se detuvo y acercó la cabeza a la regadera para mojarse el cabello, Saori dio media vuelta y de puntitas le tomó de los hombros para ponerlo a su altura, ella le susurró:
– ¿Quieres que también quite de tu cuerpo mis besos? – seductoramente relamió sus labios.
– ¿Para que lo llene con unos nuevos besos? Sí, sí quiero. – dijo tomándola de la cintura, acercando esa pequeña y siempre suplicante boquita a sus labios, sintiendo cómo sus pequeñas manos recorrían sus costados y le acariciaban como nunca lo habían acariciado. Y repitiendo lo que ya estaban acostumbrados a hacer, hicieron nuevamente el amor en la regadera, desperdiciando jabón y mucha agua.
Aquel día era sábado, ninguno de los dos trabajaba, por lo que todo fue muy lento; ella se cambió de ropa enfrente de él y él hizo lo mismo, Itachi nunca la veía al amanecer, ella nunca lo veía despertar a su lado, pero hoy era diferente. ¿Qué había diferente?
Se estaban conociendo, todos los pasos que se saltaron, apenas estaban comenzando.
Saori estaba sorprendida por el tatuaje de Itachi que tenía en una parte de su pierna izquierda, eran cuervos volando con fuego negro en las alas. Tantas noches y nunca lo había notado; pero ella no era la única que se daba cuenta de algo muy obvio, Itachi notó que ese dije de escorpión que ella nunca se quitaba tenía inscrita la palabra "corazón".
Como de costumbre Itachi se metió a la cocina y preparó un sencillo desayuno, sin olvidar el té para Saori. Ambos degustaron los alimentos en silencio, la tv estaba apagada, la radio por igual. El silencio se volvía menos violento y accesible.
– ¿De qué trabajas? – preguntó la pelirroja, evitando verlo a la cara. Itachi se sorprendió, de las pocas veces que charlaban, él siempre empezaba primero, no obstante, respondió con una gran sonrisa ante la pregunta, ambos nunca se lo habían preguntado.
– Soy Ingeniero de sistemas computacionales. Trabajo como supervisor de un proyecto en línea de sorteos millonarios para gente que ama gastar su dinero en boletos; básicamente estoy a cargo del programa en línea de la compañía. – dijo con una pequeña y amarga sonrisa, pero ya no agregó más, sólo esperó a que ella hablara.
– Soy quiropráctica, trabajo en el hospital que está en el lado poniente sur de la ciudad. Estoy en el área de recuperación y cuidados. – dijo ella para después sorber de su té caliente. – Aunque normalmente siempre atiendo a ancianos que se quejan de todo.
– Eso explica muchas cuestiones cuando me acaricias. – agregó divertido.
– Uhm. – expresó irritada la pelirroja. – Bueno, al menos sabes arreglar computadoras. Lo que me hace recordar que la pc de escritorio me ha dejado de funcionar.
– Mis servicios no son gratis. – le recordó Itachi mientras comía de una pieza de pan.
– Te recuerdo que mis masajes tampoco lo son. – sonrió orgullosa.
– ¿Estas proponiéndome algo indecente tan temprano? – dijo con una ceja levantada, serio al respecto.
– No lo sé… - tentó a decir Saori, ella reconocía que las mujeres suelen decir y hacer cosas realmente innecesarias, pero no podía negar su naturaleza, y la naturaleza de los hombres de seguir a la mujeres, Adam era más culpable que Eva sólo por eso.
– Bien, iré a tu departamento el viernes por la tarde, y arreglaré tu equipo, después te pediré algo a cambio. – determinó Itachi al terminar su café, pero hubo algo que a Saori no le gustaba en esa propuesta, y no era la incertidumbre del saber cuál sería su pedido, sino…
– ¿Mi departamento? – preguntó preocupada e inquieta.
– Sí, ¿hay algún problema con ello? – Itachi normalmente ignoraba el hecho de que siempre se reunían en su departamento y que ella nunca le haya llevado al suyo, entendía que las mujeres suelen ser más precavidas en cuidar sus apariencias, pero al ver ese rostro de preocupación lo inquietó de más y se osó a preguntar: - ¿Vives con un familiar o amiga? – pero Saori negó con la cabeza, y le vio a los ojos seriamente.
– Vivo sola, aún… - se muerde los labios, culpable. – No te lo había dicho, pero… tengo novio, tres años de relación.
Itachi miró incrédulo, y poniéndose de pie se alejó del comedor y de la pelirroja, y a los 5 minutos volvió al comedor donde Saori le miraba dar de vueltas, inquieto. Él se detiene y la observa duramente.
– Vete.
Ella obedece en silencio, no sin antes azotar con fuerza la puerta. Itachi la ve partir, ¿por qué siempre tenía que ser el segundo en esto? Cae de bruces al suelo, mira hacia la pared, pared que antes cargaba una fotografía y las lágrimas de coraje empiezan a brotar.
– Ahora, ¿en qué diferente soy a él, Izumi?
FIN CAP. II
Por fin, me retrase por cuestiones laborales y escolares D': una disculpa a todos. El siguiente cap. Lo subo dentro de unos días, ya tengo más de la mitad.
¿Lewis Carrol? Jejeje, me vi completamente influenciada por retomarlo, hace unos días me fui a ver la peli de Burton y carajos, no dudé en ponerlo como referencia, y ese dialogo fue totalmente random, no lo tenía contemplado pero la inspiración llegó a mis dedos xD me disculpo por eso, la dejé porque me gustó más que el ya antes planeado (ay u.u).
* Ingeniero de sistemas computacionales, en un inicio Itachi iba a ser novelista, pero como conocí a un chico ingeniero y me dio ganas de hacerlo así, literalmente porque ese chico es muy tranquilo, serio y carácter muy afable, y todos sus amigos comparten rasgos de ese tipo, así que es ideal para un itachi abstraído. Saori como quiropráctica porque… no lo sé… xD sólo fue una ocurrencia mía y de momento. Así que todas esas partes de las espaldas me las tuve que investigar porque yo de eso no sé nada x.x Las correcciones son bienvenidas :D
¿Reviews? ¿mano ayuda? ¿observación? ¿consejo u sugerencia?
Nos vemos~
