Capítulo 2
La noche era fría y el ambiente olía a tierra mojada. Las calles que rodeaban el club estaban encharcadas por las lluvias que habían estado cayendo de manera intermitente sobre la ciudad los últimos días, pero eso no parecía matar el ánimo de las personas que, engalanadas con sus mejores ropas, esperaban en fila frente a la entrada del Verdant para poder ingresar. Barry nunca había visto un corro tan grande y bien vestido, así que ni siquiera hizo el intento de unirse a ellos: usando el abrigo que el alcalde Queen había enviado a la tintorería por él, un par de pantalones negros y gastados y un suéter gris oscuro a rayas, debía lucir como un pordiosero comparado a las mujeres que llevaban grandes joyas y a los hombres que usaban zapatos de diseñador.
De pie al otro lado de la calle, recargado en el muro de cemento de un edificio de luces apagadas —el Verdant se encontraba en medio de un distrito lleno de fábricas abandonadas: ¿no era eso sospechoso? —, con los brazos cruzados sobre el pecho, observó a la multitud, ansiosa en medio de la oscuridad mitigada por las luces verdes y amarillas que se desprendían del letrero del local y la iluminación de la entrada, resguardada por dos hombres altos y musculosos que revisaban los bolsos de las mujeres y los sacos y pantalones de los hombres antes de permitirles el paso al establecimiento.
Barry metió la mano en el bolsillo de su abrigo para sacar su teléfono. Deslizó los dedos sobre la pantalla para desbloquearlo y buscó la última fotografía que Iris había subido a su cuenta de Instagram el día antes de desaparecer. La chica estaba de pie frente a ese mismo club, con una multitud similar detrás, alzando un brazo por encima de su cabeza para abarcar el largo letrero de neón verde claro que rezaba Verdant, la gran V tocando la punta de su cabeza como una corona gracias a un efecto óptico. Ampliando un poco la imagen, Barry incluso podía ver la cabeza calva de uno de los hombres que vigilaba la entrada, así que pensó en acercarse a él para pedirle información pero, antes de que pudiera reunir el valor para hacerlo, sintió una presencia acercándose por su costado y, cuando una mano pesada se apoyó en su brazo con más fuerza de la necesaria, no pudo evitar dar un respingo que lanzó su teléfono al aire. El alcalde Queen lo atrapó en un derroche de agilidad antes de que tocara el suelo y se hiciera añicos.
— ¡Dios, es usted! —exclamó Barry con voz aguda, llevándose una mano al pecho y mirando al alcalde como si fuera un personaje de película de terror.
El hombre parecía estar conteniéndose para no reírse en su cara y Barry se lo agradeció.
—Lo lamento, no fue mi intensión asustarlo —dijo Queen con voz afable; Barry sospechó que mentía, así que frunció el ceño. Queen colocó su teléfono, sano y salvo, en su palma abierta. Barry guardó el aparato en su abrigo y volvió a contemplar el club, intentando ignorar el espeso rubor que le cubría las mejillas.
El alcalde se apostó a su lado, apoyando la espalda de su caro saco negro en el manchado muro detrás de él sin darle mayor importancia. Barry pensó que un hombre así podía darse el lujo de arruinar cuantos trajes quisiera, porque, según le había contado Iris, la familia Queen nadaba en dinero gracias a sus múltiples negocios.
—Dígame, señor Allen, ¿qué es lo que estamos observando? —preguntó el hombre, sacándolo de su ensimismamiento (había estado imaginando una piscina techada en una gran mansión, llena de dinero en vez de agua… la imagen le dio náuseas).
Lo miró, enarcando una ceja. Todo en Oliver Queen hacía que se sintiera avergonzado de existir.
—Yo estoy viendo la puerta —respondió, incómodo.
Queen asintió con la cabeza; tenía una expresión afectada.
—Es una gran puerta —dijo, completamente seguro de sus palabras. Barry no pudo evitar sonreír. Sacó su teléfono nuevamente para mostrarle la fotografía de Iris—. Y ella es muy fotogénica —agregó el hombre, contemplando la sonrisa de la muchacha.
El corazón de Barry le dio un vuelco en el pecho al pensar que Queen creía que Iris era atractiva… y no supo si eran celos por ella o por… pero eso era una tontería, a fin de cuentas.
—Si presta atención, verá que el hombre que está ahí… —señaló con un dedo al hombre calvo.
—Jacob —interrumpió Queen.
—Claro… Jacob —aceptó Barry, sintiéndose extraño al poder ponerle un nombre al hombre al que había denominado «sujeto calvo». Ahora se daba cuenta de que eso sonaba despectivo—. Es el mismo de la fotografía. Quisiera preguntarle si tiene información sobre Iris. Es un club caro y exclusivo, no creo que cualquiera pueda entrar así nada más. Iris… bien, ella es buena convenciendo a la gente de ayudarla a salirse con la suya. Pienso que tal vez convenció a Jacob de dejarla pasar…
—No es así, señor Allen. Sé de buena fuente que a la dueña del local no le agradan las dobles caras. Si Jacob dejó entrar a alguien sólo porque le sonrió bonito, a ella no le va a gustar —le aseguró el alcalde, frunciendo el ceño con severidad—. Y cuando a ella no le gusta algo, desata el infierno para hacerlo notar.
Barry hizo una mueca, fijando la mirada en los ojos de Iris. La pantalla del teléfono se oscureció y no pudo verla más.
—Tal vez a alguien más. A algún cliente —ofreció, porque también era una posibilidad.
Queen pareció estar de acuerdo con esa premisa. Miró a Barry a los ojos:
— ¿Ya le mostró ésta fotografía a la policía? —inquirió.
Barry frunció los labios.
—El padre de Iris es detective y ahora mismo trabaja en conjunto con los hombres del capitán Lance. Sé que es posible que ya hayan entrevistado a ese hombre sobre su desaparición e incluso a más trabajadores del local, pero también sé que son los pequeños detalles los que ayudan a resolver los casos, alcalde Queen, y yo soy muy bueno encontrando esos detalles —ofreció, sintiéndose orgulloso, por primera vez en su vida, de ser un analista forense jodidamente bueno.
Queen sonrió, sólo un poco. Parecía hacerlo con tan poca frecuencia —al menos de forma honesta—, que Barry no pudo evitar imitar el gesto. Algo cálido se instaló en su estómago: nunca había intercambiado una sonrisa tan serena y confiada con alguien. De inmediato, se alertó ante tanta familiaridad y bajó la mirada para contemplar sus zapatos. El ambiente cambió; la calidez se evaporó y la confidencia se rompió, convirtiéndose en algo menos cercano.
Cuando volvió a mirarlo, el alcalde tenía una expresión adusta, como si le hubieran cerrado una puerta en las narices.
—Bien —dijo el hombre, ronco—. Es obvio que desde aquí no conseguiremos nada, así que, ¿le importaría acompañarme, señor Allen? —preguntó, intentando recuperar la seguridad, el mando de la situación.
Barry, frunciendo los labios, dio un paso atrás. Hundió el zapato en un charco y el dobladillo de su pantalón se mojó, pero apenas lo notó.
— ¿A dónde? —preguntó, con una voz que no parecía suya.
—Pues, a menos que pueda comunicarse con Jacob telepáticamente desde éste sitio —dijo el alcalde, sin disfrazar su sarcasmo—, al Verdant.
Barry volvió a mirar la entrada del lugar. El cúmulo de personas que esperaban frente a la cadena de seguridad se había hecho más grande. Había mujeres usando vestidos diminutos con escotes en la espalda y los cuellos aderezados con brillantes que debían valer más que su casa. Todo en Ciudad Star parecía gritar «¡Derroche!» y no se sentía cómodo en ese ambiente. Además, estaba seguro de que nadie en su sano juicio lo dejaría entrar aún yendo acompañado por el Papa —pensándolo mejor, ningún buen cristiano dejaría entrar al Papa a un sitio así—.
—Uhm… —titubeó.
—Por favor —insistió el alcalde, señalando a la multitud con un gesto de la mano.
Barry respiró profundo y aceptó, dando un paso al frente. Dentro del bolsillo de su abrigo, sujetó con fuerza su teléfono, que en ese momento era su única conexión palpable con Iris.
Cuando Queen caminó entre la muchedumbre, ésta se movió hacia los lados, abriéndole paso como las aguas del mar a Moisés. Barry se sintió infinitamente apabullado al caminar a sus espaldas y, cuando llegaron a la cadena de seguridad, bastó una mirada del alcalde a los dos hombres que resguardaban la entrada para que lo dejaran pasar. Cuando Barry hizo el intento de quedarse atrás —como un cervatillo intentando evitar a un leopardo, ocultándose entre la maleza— la mano de Queen se cerró, imperiosa, en su muñeca y tiró de él hacia la oscuridad.
El club era más grande por dentro de lo que parecía en el exterior —Barry sintió el impulso de hacer una referencia a la TARDIS, pero se contuvo al recordar que no estaba con Wally o Cisco y que posiblemente Queen lo abandonaría en un rincón tras escribirle «Nerd» en la frente con tinta indeleble porque no había manera de que un hombre así disfrutara las mismas tonterías que él—; había dos pisos: el primero, por el que ellos entraron, estaba lleno de mesas donde la gente se sentaba en banquillos altos y sumergidos en la penumbra para disfrutar sus bebidas y el segundo, al que se accedía bajando una larga escalera de cristal iluminada con luces de neón, se empleaba para bailar. El sonido se desprendía de grandes bocinas colocadas en el techo y, después de diez segundos, a Barry comenzaron a zumbarle los oídos y el corazón le latió en la garganta al ritmo de la música electrónica.
Cuando Queen hizo ademán de bajar las escaleras, Barry se apresuró a sujetarle un brazo para hacerle una pregunta, que el hombre no pudo escuchar por el ruido atronador, por lo que Barry tuvo que pegar los labios a su oreja y decir:
—Creí que hablaríamos con Jacob.
El cortó cabello de Queen le hizo cosquillas en la boca. El hombre lo miró, con sus profundos ojos azules destellando casi con bioluminiscencia. Fue su turno de pegar la boca a la oreja de Barry, que sintió el impulso de ronronear, pero se contuvo a tiempo:
—Primero debo decírselo a su jefa o me matará por actuar a sus espaldas —nunca, nadie había susurrado algo como eso en el oído de Barry.
Queen bajó las escaleras hacia el piso lleno de cuerpos sudorosos que bailaban, se curveaban y agitaban y caminó hacia la barra con total seguridad, sin chocar con nadie. Barry intentó seguirlo y se ganó un puñado de manotazos y empujones en el proceso, pero llegó a salvo a su lado. Detestaba ese tipo de lugares.
En la barra, un hombre atractivo de ojos azules le sonrió al alcalde con confianza y preguntó en voz muy alta:
— ¿Qué te sirvo?
—Lo de siempre —respondió, luego, miró a Barry—. ¿Para ti?
Barry lo observó, aterrado.
—Se supone que estoy trabajando, ¿cómo voy a…?
—Incluso trabajando puedes beber agua, ¿no? —preguntó Queen.
Barry se encogió de hombros. De pronto, frente al alcalde apareció un vaso de whiskey con hielo y, delante de él, una sencilla botella plástica llena de agua helada. Se la agradeció al chico de la barra con una mirada, pero éste la ignoró, concentrándose en el alcalde.
— ¿Ya volviste a las andadas? —preguntó, enarcando una ceja y señalando a Barry con la cabeza. Había una sonrisa burlona en sus labios. Queen frunció el ceño.
— ¿Puedes llamar a Thea, Roy? —preguntó con amabilidad, pero detrás de los signos de interrogación se ocultaba una orden.
El hombre de la barra, Roy, se encogió de hombros, sacó su teléfono y envió un mensaje de texto, luego, le mostró la pantalla al alcalde y, con voz aguda, imitó:
— ¿Puedes llamar a Thea, Roy? —El alcalde lo fulminó con la mirada y Barry miró hacia otro lado, intentando tragarse una sonrisa—. Pasa que eres perezoso y todos nos vamos a ir al carajo contigo como alcalde —dijo, pero sin animadversión. Sonó más como una broma común entre ellos e incluso una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de la boca de Queen, que tomó su vaso y dio un largo trago.
—Sólo por ese comentario, nuestro consumo de ésta noche será gratis —replicó, asegurándose de acabarse la bebida en el vaso para golpearlo con el dedo e indicarle a Roy que le sirviera más.
— ¡Por supuesto que no! —dijo una voz femenina a sus espaldas y Barry dio un respingo que casi lo hizo derribar la botella de agua que aún no había tocado. Se asustó porque la voz sonó lo suficientemente fuerte para sobrepasar el sonido de las bocinas y estaba seguro de que los otros dos hombres también fueron víctima de un escalofrío.
El alcalde giró en su banquillo para encarar a la persona que le había negado las bebidas gratis y Barry hizo lo mismo, aunque de manera más tentativa. Se sorprendió al encontrarse con una mujer menuda, de cabello castaño y corto hasta los hombros, envuelta en un sencillo vestido oscuro. No lucía intimidante en lo más mínimo como prometió su voz, pero, por algún motivo, Barry tuvo la impresión de que debía andarse con cuidado a su alrededor — ¿era por el comentario del alcalde acerca de desatar el infierno o algo así? —.
—Tu bartender me ofendió. Es lo mínimo que puedes hacer por mí si quieres ser una buena anfitriona —comentó el alcalde, dándole la espalda a la mujer para encontrar su vaso de whiskey lleno nuevamente hasta el tope (Roy había servido de más al distraerse para observar el intercambio de palabras).
La mujer, Thea, fingió reír. Rodeó la barra para colocarse junto a Roy y se cruzó de brazos, retadora.
—Vas a pagar como cualquier otro cliente, Oliver —sentenció y Barry se sintió tan intimidado que estuvo a punto de decir que, si el alcalde no pagaba, lo haría él. Era por ese motivo que no había tenido una novia en mucho tiempo (y posiblemente por el que Iris nunca aceptó serlo). Queen respiró profundo. Entonces, la mirada de la mujer se centró en Barry—. ¿Y tú eres? —inquirió, modificando su voz para sonar más amable.
—Allen. Barry —tartamudeó.
La mujer enarcó una ceja y miró al alcalde con curiosidad.
—Bien, Allen-Barry, yo soy Thea —dijo, con una pequeña sonrisa en la comisura de los labios—. ¿A qué clase de turbios asuntos te ha arrastrado mi hermano? —preguntó, apoyando los codos en la barra para inclinarse sobre ella y mirarlo a los ojos. Era como contemplar la cara de un lince cuando la de Queen le recordaba más la de un león.
— ¿Her-hermano? —preguntó, sin poder contenerse.
—Hermanos —confirmaron los otros dos al unísono e incluso Roy, que se había alejado para atender a otra cliente al final de la barra.
Todo ese tiempo, Barry había creído que el alcalde y la dueña del local eran sólo conocidos incómodos —por la forma en la que él hablaba de ella—, pero ahora podía reconocer el gentil cotilleo entre hermanos. Claro, ambos tenían la personalidad fuerte de una cobra, así que entendía que fuera un poco más crudo que el de otros hermanos: se mordían, pero sin hacerse demasiado daño. Él nunca consiguió integrarse de esa manera en la relación de Iris y Wally.
—Ningún asunto turbio, Thea —explicó Queen, sujetando el vaso de whiskey para hacer girar la montaña de hielo en su interior con un movimiento de la muñeca. Luego, pareció pensar mejor las cosas—: de acuerdo, tal vez sí es turbio; el señor Allen esperaba que le permitieras intercambiar algunas palabras con Jacob sobre una mujer desaparecida. Su último paradero confirmado fue el Verdant.
El rostro de Thea se quedó inexpresivo un instante y después cambió a uno angustiado. Miró a Barry como si de pronto se hubiera convertido en un lío y él se sintió como uno.
—La teniente Drake vino ésta mañana a entrevistar a mi personal sobre un asunto similar —reveló, con voz impasible—. ¿Es el caso de la otra reportera desaparecida? ¿Algo West?
Barry se sintió como si acabaran de golpearlo en el estómago.
— ¿Otra? —preguntó, mirando al alcalde, exigiendo respuestas. El hombre respiró profundo y asintió con la cabeza.
—Otras dos reporteras desaparecieron mientras investigaban el caso del Stardust —explicó, inclinándose en su dirección para hablar directamente en su oído. La chica que acababa de pedirle una bebida a Roy al otro lado de la barra tenía la atención fija en ellos. Thea la fulminó con la mirada y la mujer se puso de pie inmediatamente para alejarse.
Barry frunció los labios, ansioso.
— ¿Las encontraron? —preguntó a toda velocidad, aunque sospechaba que la respuesta no le iba a gustar.
Los hermanos Queen intercambiaron una mirada seria.
—Sí —respondió ella, cerrando las manos con fuerza sobre el borde de la barra.
— ¿Están a salvo? —insistió Barry. El alcalde lo observó casi con lástima. Era como si creyera que era demasiado ingenuo para soportar una respuesta directa. Se limitó a negar con la cabeza—. ¿Están muertas? —entonces, el alcalde asintió.
Barry quiso vomitar.
— ¿Necesitas un instante? —le preguntó Queen, observándolo con el ceño fruncido.
Barry movió la cabeza de arriba abajo. Tomó la botella de agua y apoyó la superficie fría sobre su frente para aliviar la terrible sensación de calor y ahogo que se apoderó de su cuerpo.
Thea se inclinó sobre la barra para hablar en el oído de Oliver y luego éste susurró en el de ella. Barry no necesitaba ser adivino para saber que le estaba diciendo que la razón de su malestar era que Iris era su hermana. Después de eso, Thea pasó saliva y lo miró con pena.
Barry hizo un esfuerzo sobrehumano por recuperarse y preguntar:
— ¿Cuándo las encontraron? ¿Cuánto tiempo después del rapto?
Thea intercambió una mirada con su hermano, pensando.
—Una fue encontrada a los dos días de su desaparición, en el canal. La otra… creo que tres o cuatro días después, muy cerca de aquí.
Barry intentó pensar que eso era una señal, una buena. Iris llevaba más tiempo desaparecida. No se había encontrado ningún cuerpo aún y…
— ¿Los captores se comunicaron con las familias haciéndose pasar por ellas?
— ¿Qué? No —respondió el alcalde, luego, lo pensó mejor—: que yo sepa —Barry le regaló una mirada desangelada—. Puedo preguntárselo a Quentin.
Thea puso los ojos en blanco y se tocó la frente, irritada.
— ¡No te involucres en una investigación policial, demonios! —ordenó.
El alcalde frunció el ceño.
—Tres mujeres desaparecidas, Thea, dos de ellas, muertas.
Barry palideció. Thea tomó una botella de vodka del suministro a sus espaldas y se sirvió un poco, luego, lo miró, le arrancó la botella de agua sin abrir de las manos y le sirvió un vaso de vodka también. Barry lo bebió sin titubear y el alcalde enarcó una ceja.
—Sé que tienes un complejo de superhéroe, Ollie —le dijo la mujer a su hermano mientras llenaba de nuevo el vaso de Barry—, pero la mejor manera de ayudar es que no te metas en esto. Limítate a hacer tu trabajo, asegúrate de que cuando esos hombres caigan en manos de la justicia, se queden tras las rejas por el resto de sus miserables vidas, pero no vayas por ahí, intentando interponerte entre una bala y los demás, ¿sí?
El alcalde frunció los labios. Barry bebió el vodka como si fuera agua y comenzó a sentirse mareado. La mano del hombre a su lado se cerró en su muñeca con seguridad, ofreciéndole las fuerzas que había perdido y Thea los miró a ambos como si una ventana acabara de abrirse en la habitación, empapándolos de luz.
Se inclinó de nuevo hacia Barry lo miró con más gentileza de la que la creyó capaz de poseer.
—Todo va a estar bien —dijo, completamente segura de su afirmación—. Llamaré a Jacob para que hables con él. Pueden hacerlo en mi oficina —Oliver, que eligió ese momento para beber un sorbo de whiskey, tosió y Thea lo miró con impaciencia antes de salir de detrás de la barra y marcharse.
La cabeza de Barry estaba palpitando y no sabía si era por la fuerte música o el estrés. La mano del alcalde seguía en su muñeca.
—Su hermana es muy amable —dijo bajito. El otro hombre se inclinó para escucharlo mejor—. Pero también es intimidante.
—Oh, sí. Todas las mujeres de mi familia comparten esos rasgos en particular. Ella me recuerda mucho a mi madre —confesó el hombre.
En la vida de Barry no había nadie que le recordara a su madre. O a su padre. Cuando se veía en el espejo todas las mañanas, no lograba encontrar nada de ellos en él y eso le dolía y deprimía más de lo que podía soportar. Quería encontrar a Iris porque no quería que hubiera otro hueco irreparable en su vida.
—Iris y ella se llevarían bien. Creo que serían buenas amigas —comentó sin pensar demasiado.
El alcalde le dedicó una mirada compasiva.
—Entonces hay que apresurarnos a encontrarla, para presentarlas.
Barry asintió con la cabeza, desesperanzado.
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