Los personajes de Love Live no son de mi propiedad.

2 –

Se encontraba sentado en uno de los sillones de la sala, mirando fijamente, sin discreción alguna, al chico que estaba sentado frente a él en el sillón opuesto. Y lo observaba detenidamente, miraba desde sus zapatos perfectamente lustrados, aquel pantalón azabache a medida de micro fibra, el fino cárdigan marrón de casimir de la línea de Tom Ford y su camisa blanca. Claro, todos esos detalles él los desconocía porque no era un experto en modas como el hombre que miraba con suma atención.

– ¿Se te perdió algo, Ayase? –preguntó el peligris alzando una ceja.

– N-no.

Kotori se levantó del asiento, dejó la revista de modas que traía en las manos sobre la mesa de centro y se alejó del lugar.

Era extraño, sin duda. Nozomi lo había invitado aquella tarde a su casa para hablar de ciertos detalles. Y él fue, pobre incauto, pensando que su amiga ya estaría en el lugar. Mala fue su fortuna que ella se encontraba dando una terapia de improviso a un paciente que había llegado devastado a su consultorio. Entonces se hallaba compartiendo espacio con el novio de la pelimorada, el cual por un momento parecía estar completamente abstraído en la revista que estaba leyendo, hasta que se percató que en realidad lo miraba con una curiosidad burlona.

Lo vio regresar con dos vasos de agua, le dio uno en sus manos con una bella sonrisa de por medio y volvió a sentarse donde estaba anteriormente.

Nunca había tenido la oportunidad de mirar con detenimiento al novio de su amiga. Si bien, Nozomi le había dicho que era un chico un poco enclenque, tenía un porte que denotaba tanta imponencia que incluso asustaba. Además, era ridículamente guapo. Tenía las cejas perfectamente marcadas, ojos amielados penetrantes y rasgos finos. No se le veía imperfección alguna, salvo el extraño mechón de cabello que sobresalía de su peinado, cosa que irónicamente también quedaba con él.

– Puedes preguntar lo que gustes, Eri –le dijo mientras se acomodaba, poniendo los codos en sus piernas y juntando las manos.

¿Cómo conociste a Nozomi? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Qué te gusta de ella? ¿Qué ve ella en ti? ¿Desde cuándo viven juntos?... Sí, tenía tantas preguntas que era incapaz de formular una, o siquiera de poder jerarquizarlas. El sonido de la puerta al abrirse los alertó a ambos. Al ver a la pelimorada entrar al recinto, Kotori sin demora se levantó, se acercó a ella, le ayudó a cargar sus pertenencias, le quitó el saco, le dio un beso en la frente, le dijo algo que no llegó a los oídos del rubio y ambos se sonrieron. Nozomi llegó a sentarse a un lado de Eri con una sonrisa bobalicona y un tenue sonrojo.

– ¿Qué? –le espetó mientras veía la manera en la que su amigo la miraba–. No lo puedo evitar, es encantador.

Ahora que lo pensaba un poco, si él fuera una chica, seguramente también se sonrojaría si un hombre de esa alcurnia se le acercara demasiado.

– Nozomi, voy a salir a arreglar un asunto de la escuela –anunció el peligris.

– Está bien, Kotocchi –se acercó al hombre que estaba en la puerta, le abrazó cariñosamente, le depositó un tierno beso en los labios y lo llevó a la puerta.

Desde la sala, Eri fue testigo de cómo Nozomi se abrazaba al cuello de Kotori, para alcanzar su oído, mientras una de sus piernas se levantaba y le susurraba algo que lo hizo sonrojar ligeramente y después sonreírle con picardía. La abrazó por la cintura, la levantó ligeramente y le dio un apasionado beso en los labios. La soltó y se retiró. La pelimorada regresó a su antiguo asiento, con una sonrisa un tanto misteriosa.

– Bien, Ericchi –comentó tomándolo por uno de sus hombros–. Cuéntamelo todo.

Con Nozomi y sus esmeraldas iris no había escapatoria. Suspiró resignado y empezó su historia. No era la gran cosa, había salido ya 4 veces con Umi y ella no había mencionado palabra alguna de sus hijos, tampoco lo dejaba acercarse a su casa, ni mucho menos platicaba de cosas que realmente fueran intrínsecas de ella. A veces comentaba ciertos momentos de una de sus amigas que tenía entendido se llamaba Honoka y de todas las peripecias que hacían cuando iban en la preparatoria en compañía del peligris.

Sentía que a cada paso que daba en su dirección, la chica se alejaba. Empero, tampoco era como que él se esforzara en hacer que el acercamiento fuera mutuo. Sus pláticas seguían siendo amenas, casi interminables, pero nunca serias.

– Umi-chan es una persona tímida por naturaleza –empezó a explicar la pelimorada–. A decir verdad, me sorprende que hayas sido capaz de estar a ese grado cercano a ella. Ni siquiera yo he podido tener un verdadero acercamiento… pero eso es por otras cuestiones.

– A veces eres muy invasiva.

– ¿Sabes, Ericchi? –continuó, ignorando el comentario del chico–, en un principio Kotocchi no quería que te presentara a Umi-chan. Y cada que se lo proponía, me tenía una excusa distinta pero válida. Eres menor, Umi-chan vive un proceso, tú vives otro, ella tiene hijos, tú eres una persona que esta ajena a su cultura y muchas otras cosas. Pero le dije que eras un buen chico, quizá fuera la insistencia, pero terminó accediendo.

– ¿Por qué me dices esto?

Nozomi parecía estar meditando la situación, un brillo misterioso abordó sus ojos y una sonrisa un tanto maliciosa se dibujó en su rostro.

– Dime, Ericchi –volteó a verlo y le sonrió a sabiendas de lo que vendría–. ¿Sigues yendo a tus terapias de rehabilitación física?

– Ehm –carraspeó ligeramente con nerviosismo–, sobre eso…

– Ya me lo imaginaba, desde que me comentaste de tu dolor en el tobillo… –tomó el celular del chico, lo desbloqueó, buscó el número de su terapeuta, marcó y se lo regresó–. Agenda una cita y pídele a Umi que te acompañe. También necesito acompañarte.

– Pero qué… –estaba por oponerse, cuando escuchó la afable voz de su doctor.

Seguía con su límpida sonrisa mirando la espalda de su amigo y el cómo se pasaba una mano por la cabeza, seguramente estaba siendo regañado por su doctor. Terminaron agendando una cita para el jueves de esa semana, era el día que menos gente tenía. Eri suspiró con pesadez después de la reprimenda que le dio su doctor. Volvió a dejar su celular y sin darse cuenta, Nozomi lo volvió a tomar y se lo regresó, ahora estaba marcándole a Umi.

– Haz lo posible para que te diga que sí.

¿Se los vas a encargar a Kousaka?

– Sí, Maki, sólo por si no regreso a tiempo –suspiró agotada. Estaba por salir, cuando recibió una llamada de aquella persona con la que siempre terminaba discutiendo.

¿Por qué tenías tanta urgencia por salir?

– No tengo porque darte explicaciones de nada –contestó ligeramente molesta–. Lo único que te pedí fue que recogieras a los niños.

Umi, sabes que mi trabajo me complica los horarios –del otro lado la voz se escuchaba irritada.

– Me concedo el beneficio de la duda –y colgó.

Sintió un ligero escalofrío recorrerle todo el cuerpo, esa era la sensación del coraje y el llanto embotados, era lo que siempre experimentaba cuando él le marcaba. Y pensar que hace un par de años era el hombre que amaba con cada ápice de su ser. Se miró en el espejo, cerró los ojos impidiendo la salida de aquellas lágrimas que amenazaban con salir, se recriminó la debilidad y el poder que aún le concedía a Maki para hacerla sentir mal con tan sólo escuchar su voz. No siempre había sido tan difícil.

Tomó su bolso, donde metió las llaves y su celular, y salió para encaminarse al lugar en el que se había quedado de ver con Eri. Le había sorprendido de sobremanera la repentina invitación a una de las sesiones de rehabilitación del chico. Era extraño que, teniendo poco de conocerse, la invitara a alguna de sus terapias, siendo que podría tratarse de un proceso muy personal. Razón por la cual se sentía ligeramente especial, pero dicho sentimiento se vio quebrantado en el momento en que llegó a la estación de tren que acordaron y dio con que realmente no había sido la única a la que había invitado, Nozomi iba detrás de él con una sonrisa un tanto misteriosa. Y cabe aclarar que no es que no le agradara la pelimorada, pero había algo en ella que aún no le convencía del todo.

– Umi-chan, si te molesta que esté aquí, puedo retirarme –comentó afablemente la pelimorada.

– ¡No! –agitó las manos en señal negativa y rió nerviosamente–. Por mí no hay problema.

– Ericchi –lo miró y le sonrió con ese gesto que sólo él lograba entender, una ligera molestia–, vamos.

– Jeje –se rascó la cabeza y empezó a encaminarse al lugar con un silencio incómodo de por medio.

Llegaron al recinto, era un centro de tratamiento para personas con discapacidades motrices, en la recepción tenían toda clase de folletos y vistosas fotos de las instalaciones y todos los servicios y facilidades que ofrecía. Claro, los precios nunca están puestos en la información, pero se podía ver a simple vista que el lugar era costoso. No ofrecía la típica atmosfera deprimente y preocupante de los hospitales, sino todo lo contrario. Incluso los trabajadores parecían disfrutar de sus labores.

La recepcionista, una mujer joven con una expresión amable, les pidió que aguardaran un momento en lo que contactaban con el doctor, quien apareció en cuestión de minutos y saludó amistosamente a Eri con abrazo incluido. Miró a sus espaldas y vio a las dos mujeres que lo acompañaban, sonrió a Nozomi a modo de reconocimiento y se acercó a Umi para extenderle la mano y presentarse.

– Acompáñenme, por favor.

Empezó a encaminarse mientras Eri lo seguía de cerca escuchando el sermón de la irregularidad de sus visitas, de la importancia de su tratamiento y cuidado, así como unas pequeñas y disimuladas preguntas acerca de la peliazul que lo acompañaba en esa ocasión. Umi y Nozomi iban unos pasos detrás de ellos, la pelimorada seguía portando aquella misteriosa sonrisa.

Entraron a una habitación cálida, con el suelo de madera y las paredes de color crema, una de ellas estaba cubierta hasta la mitad por espejo, enfrente de aquel espacio había esponjas en el suelo, pelotas y conos dispersos, paralelas, escaleras y rampas; del otro lado, estaba un pequeño escritorio donde también había una báscula, una camilla y toda clase de aparatos electrónicos terapéuticos. Cerca de la entrada, en una de las esquinas, había un sillón en L de color burdeos, en el centro se hallaba una mesita de cristal con muchas revistas sobre ella.

– Ustedes pueden tomar asiento aquí, señoritas –dijo el médico señalando el sillón–, mientras yo me encargo de este muchacho.

– Gracias –respondió Umi con una ligera reverencia mientras se disponía a sentarse.

– No tardo –alardeó Eri mientras se alejaba de aquellas dos mujeres.

La peliazul sintió como el peso de la otra chica sobre el sillón le afectaba, pero no le importó porque miraba atentamente a Eri que estaba con aquel hombre que inspeccionaba su cuerpo, medía su presión arterial, sus pulsaciones, su peso, mientras hablaban y hacían comentarios elocuentes sobre la situación. Miró su playera cuello en V color azul cielo hecha de algodón y poliéster, sus joggers negros deportivos al igual que sus tenis. Una risa ajena la sacó de aquella reconcentración.

– Parece que te gusta lo que ves –volteó a ver a Umi, quien al instante se sonrojó.

– ¡Só-sólo tenía curiosidad por saber cómo era la fisioterapia! –se defendió rápidamente a la vez que giraba alarmada para encararla, pero le sorprendió la mirada seria de Nozomi.

– No te agrado, ¿cierto? –Preguntó de tajo, la peliazul guardaba silencio– ¿Es por Kotocchi? –una negativa del otro lado– Entonces me imagino que debe ser por Kousaka… o quizá por aquello.

Umi se le quedó mirando por unos instantes, intentando descifrar aquella sonrisa enigmática que siempre vestía. Al no lograr nada, volvió la vista al rubio que ahora se encontraba sentado en la camilla mientras el médico revisaba su pierna derecha.

– En un principio pensé que te gustaba Kotocchi –volvió a empezar la pelimorada, exigiendo su atención–. Luego descubrí que no era así. Nunca supe si tú le gustabas a él, pero eso no importa.

– En realidad no así –carraspeó Umi.

– ¿Sabes por qué estás aquí? –Volteó a verla, la peliazul volvió a negar con la cabeza–. Yo lo he acompañado todas las anteriores veces, pero no es lo mismo hacerlo porque la persona que está contigo cree en ti, a esforzarte para que una persona crea en ti.

Ambas chicas vieron a Eri levantarse y dar pequeños saltos en su lugar, estaba descalzo y sonreía con presteza.

– Creo que tú sabes de eso, ¿no es así, Umi-chan? –Le sonrió con calidez–. Quizá no sé mucho de ti porque casi no hablamos, pero Kotocchi me platica sobre ti, sobre lo mucho que te admira, de lo fuerte que eres, de la maravillosa persona que siempre has sido. A veces me pongo un poco celosa… pero luego pienso en Ericchi y es parecido.

– Yo…

– Sé que una persona allegada a mí te ha causado daño, y seguramente lo sigue haciendo, pero créeme que no hago esto porque sienta que te he quitado a Kotocchi o porque sea una especie de premio de consuelo –la interrumpió para poder mirarla directamente a los ojos–. Yo sé que no te hace falta nada de esto, lo tienes todo, tienes dinero de sobra, una familia propia, tus padres te adoran, tus antiguos suegros también, tienes otra familia a la que llamas amigos… y entonces veo a Ericchi y me convenzo de que él también merece algo así de bueno.

– Acaso tú… –Umi le sostuvo la mirada.

– Dime que no te gusta siquiera un poquito –la tomó por uno de los hombros y la obligó a voltearse–. Velo.

– ¡No-Nozomi! –le espetó ligeramente molesta, cuando iba a girar el rostro volvió a escuchar a la pelimorada.

– En serio, Umi-chan. Velo –le reprendió–. Cuando iba en la preparatoria con él, muchas chicas de la escuela ardían en celos por verme a su lado. Sigue siendo una persona que llama la atención, ¿no lo crees?

La peliazul no pudo hacer otra cosa más que acatar las órdenes, pero le era incómodo pensar que alguien más la observaba en su escrutinio. Vio a Eri sentado en uno de los tapetes de esponja, mientras el doctor le indicaba que clase de estiramientos realizar. Entonces se ponía de pie, estiraba las piernas y agachaba el cuerpo hasta que sus manos tocaban el suelo. Después repetía los mismos movimientos pero del lado contrario, fue en ese momento cuando su rostro mostró una mueca de dolor y se volvió a sentar.

– Incluso, cuando se lo presenté a Kotocchi, me hizo un sinfín de preguntas sobre el origen de nuestra amistad –empezó a reírse–. Pero cómo no hacerlo… ¡Tiene un hermoso trasero!

Una corriente eléctrica le recorrió desde la nuca hasta la espalda, sintió como la sangré le hervía por dentro. Volteó agresivamente a ver a la pelimorada quien le sonreía inocentemente, una especie de aura angelical surgía de sus alrededores. Ahora recordaba la verdadera razón por la que Nozomi simplemente no cuadraba en su tranquila vida.

– Listo –anunció Eri que acababa de llegar a lado de sus dos amigas y miraba curioso la escena: Nozomi sonreía plácidamente mientras Umi estaba boquiabierta con un evidente sonrojo.

– Hijo, mejor ni enterarse… –lo tomó el doctor por los hombros y lo sacó del lugar. Cuando regresó, se encontró con la misma escena, carraspeó y las dos chicas lo miraron. Agregó–. Pasaremos a la sala de ejercicios, el calentamiento ha terminado.

Siguieron a los dos hombres que estaban frente a ellas. Umi miraba discretamente a Eri, mientras de vez en cuando volteaba para asegurarse que Nozomi no estuviera observándola, le era extraño que la chica pudiera caminar incluso sonriendo con los ojos cerrados. Así que un poco más tranquila, siguió con su observación. Empezó desde arriba, viendo la cabeza del chico y su sedoso cabello rubio, pasó por el cuello que se veía frágil y delgado, delineó sus hombros y la manera en la que su espalda ancha los elevaba, sus omóplatos perfectamente alineados, la forma en la que sus cintura era ligeramente marcada para terminar en aquel hueco que daba fin a la espalda e inicio a… Se saltó aquello y siguió con sus piernas. Todo podía apreciarse, inclusive con la ropa puesta.

Recordó aquello que Nozomi dijo con descaro. No lo pudo evitar, posó sus ojos en las posaderas del chico, iba caminando, lo que hacía más evidente como se endurecía el músculo y marcaban su redondez.

– Pervertida –le susurró Nozomi acercándose a su oído.

La peliazul se tapó la boca para evitar soltar el grito, pero una exhalación se escapó de sus labios. Volvió a sonrojarse con violencia, sentía tanto calor que podía asegurar que su cuerpo despedía vapor.

– ¿Todo bien, chicas? –Preguntó Eri al voltear y ver a Umi aún más sonrojada que antes y con los ojos lacrimosos– ¿Te sientes bien, Umi?

El rubio se acercó tanto a Umi que pudo percibir el calor que emanaba su cuerpo y la vio dar un paso atrás. Estaba por tocarle la frente, cuando de repente la peliazul se agachó y en el acto, golpeó su cabeza con la de Eri. Nozomi empezó a reírse, mientras el médico los miraba con escepticismo.

– ¡L-lo si-siento, Eri! –se acercó al chico que se encontraba sobándose la frente.

– Tranquila, Umi –el rubio empezó a reírse.

El médico tosió, recordándoles a todos la razón por la que se encontraban en el lugar. Siguieron su camino hasta llegar a una sala en la que había diferentes aparatos para ejercitar el cuerpo, desde bicicletas estáticas, barras, pequeñas pesas, caminadoras, etc. Hasta al fondo se encontraba una puerta de cristal que daba entrada a la piscina de hidroterapia. Nozomi y Umi volvieron a sentarse en unas pequeñas sillas que estaban cerca de la entrada. Eri se fue a hacer sus respectivos ejercicios.

Pasaron alrededor de unos 10 minutos en los que Eri estaba sobre la caminadora, con un ritmo lento, mientras el doctor apuntaba algunos datos en una libreta. Nozomi de repente sacó su celular y miró la hora.

– Umi-chan –llamó a la peliazul que parecía estar absorta mirando el suelo–. ¿Sabes? No es que pretenda consumar su amor o algo así, ni tampoco soy quien para decirte lo que debes hacer o no. Pero háblale de tus hijos…

La pelimorada volteó a verla, Umi seguía con la cabeza gacha, mirando el suelo, jugando con los bordes de su vestido azul que traía puesto. Parecía una adolescente perdida entre tanta confusión.

– Si yo supiera que Ericchi es un patán, no te lo hubiera presentado –le pasó una mano por la espalda a modo de consuelo, sintió estremecer a la otra–. Porque lo conozco y porque tengo una idea de quién eres, sé que serán buenos amigos. Erichi sabe lo que quiere, pero no sabe comportarse. Y tú sabes compórtate pero…

– No sé lo que quiero –terminó la peliazul, volteándola a ver y sonriéndole sin felicidad de por medio.

– Me has leído el pensamiento –se rió nerviosamente–. Tengo que irme, cuida de él, ¿sí?

Umi asintió con la cabeza y le sonrió débilmente a la chica que estaba por partir. La vio tomar sus cosas y alejarse lentamente, en la puerta se despidió de ella con un movimiento de mano. La peliazul volvió a mirar al suelo.

Sus hijos. El resultado de su primer amor, de la felicidad desbordada, de la intimidad y el vínculo entre dos personas. ¿Qué podría hacer Eri en un escenario que no era el suyo? Quizá esa era la pregunta clave. Él no se le parecía, incluso la sonrisa se sentía… limpia. Pero de la misma manera, lo que sentía no se asemejaba ni se acercaba a lo que llegó a sentir por Maki.

Maki… el hombre testarudo, renegado, de poca expresividad sentimental, tremendamente inteligente, de mirada profunda, ardiente, cautivador, un alma artista encerrada en las cuatro paredes de su consultorio. Ella fue capaz de ver el arte, su cálido ser, aquel centro expuesto ante sus ojos, así como ella se expuso en su más mínima expresión. La diferencia, ella cuidó de él, lo convirtió en un todo, mientras que él…

– Umi –Eri la miraba desde abajo, se había agachado y había ladeado el rostro para dar con sus ojos–. He terminado.

Volvió a sonreírle, así como siempre hacía cuando se encontraba con sus ojos. Sintió una pequeña punzada de dolor, detestaba que Nozomi la psicoanalizara para después dejarla a la deriva con un sentimiento desagradable empañado por la calidez de uno nuevo.

Y le correspondió la sonrisa con una tan amplia, que incluso se sintió primeriza en eso de sonreír.

Eri miraba la casa de la peliazul, quien había insistido en que fueran a su hogar mientras aún era temprano. Se encontraba a las afueras del aposento, era una casa como cualquier otra, salvo que era la más grande que había visto en el transcurso y a pesar de ello, a simple vista no resaltaba. Tenía un patio amplio donde pudo ver un par de columpios sobre el pasto y dos pelotas. Umi lo estaba esperando en la entrada de su casa, pues ya tenía la puerta abierta. El rubio le sonrió con un ligero sonrojo adornando su rostro y pidiendo permiso, se adentró al lugar.

Dentro de la casa, la vista cambiaba mucho, poseía cosas que parecían de muy buena calidad, bastante caras, estilizadas. Lo que más llamaba la atención era un mueble enorme de madera fina y barnizado delicadamente que estaba a reventar de libros. La sala era color hueso, con unos cojines enormes que pintaban de muy cómodos. Las paredes estaban adornadas con una línea de ornamentos en medio. Tenía una mesa de cristal con base de madera, al igual que las sillas que incluso portaban cubierta para los cojines.

– Puedes dar un vistazo, si quieres –le dijo un tanto nerviosa por la manera en la que el rubio observaba todo con asombro–. Traeré un poco de agua de frutas.

– Vale.

Vio a Umi desaparecer en la que suponía era la entrada a la cocina. Todo le era tan distinto a lo que estaba acostumbrado en su casa, ni siquiera en su tierra natal vivía con tantos lujos, a pesar de ser una familia bastante bien acomodada. Se paseó por el librero que bien podía hacer de pared, salvo el pequeño espacio que había en medio donde había una especie de ventanal con cortinas casi translúcidas. Miró con ojos inquietos cada uno de los títulos, había tantos libros que él no había escuchado en su vida, sonrió divertido. De repente se halló con algo diferente, en un pequeño espacio había libros aún más viejos que estaban ocultos por un par de fotos. La primera estaba en un marco de madera, en ella se podían ver a cuatro personas: un hombre de cabello azulado, de ojos grises y fríos, una mujer de cabello negro con ojos amielados que abrazaba a dos niñas, una de aproximadamente tres años que se aferraba temerosa al pantalón de la mayor. La más pequeña era Umi, no había duda de ello, porque la otra chica era el retrato femenino del hombre. La otra foto estaba enmarcada en plástico y en ella había una niña pelirroja con los mismos iris de la peliazul y se encontraba a un lado de un bebé muy sonriente que tenía el mismo cabello azulado pero presumía unos ojos violetas. Son sus hijos…

Escuchó cuando pusieron algo sobre una mesita de centro que se encontraba en la sala y pudo percibir como alguien se acercaba a él. El aroma de la peliazul le llegó a la nariz, no quiso voltear a verla, se sentía ligeramente asustado, probablemente había dado con algo que no debía.

– En esa foto estamos mis padres, mi hermana y yo –le comentó una vez que estuvo a su lado–. Mi hermana murió hace algunos años en un accidente.

– Lamento oír eso –seguía sin mirarla, ahora se dedicaba a ver a la hermana de Umi.

– En esta otra foto… –dijo mientras estiraba el brazo y tomaba el segundo cuadro, hizo una pausa que obligó al rubio a mirarla–. Ella es Riko, aquí tiene 3 años, y él es Kanan, ese día cumplió el año. Son mis hijos.

– Oh… –no fue capaz de agregar otra cosa porque se entretuvo viendo a la peliazul acariciar la foto.

– Actualmente, Riko tiene 5 años y Kanan está por cumplir los 3 –sonrió con ternura–. Son unos niños encantadores.

Eri se mantuvo callado, esperando algún otro dato, algo que rompiera el encanto en el que se hallaba sumido, pero no llegó otro diálogo. Tomó la foto que Umi tenía en sus manos y la miró con detenimiento. Seguramente, el padre de esos niños era un pelirrojo desabrido y aburrido, eso quería pensar, quería sentir que tenía una especie de ventaja ante aquello. Y claro que la tenía, él se encontraba con ella, en ese momento. Pero… ¿Y si estaba casada? ¿O si lo sigue estando? ¿O qué tal fue una aventura de una noche? La miró a los ojos. No, ella no sería de momentos ni de medias tintas.

– Yo tengo una hermana menor –volvió a hablar después de aquel extraño silencio, regresó la foto a su lugar–. Es adorable, pero ella vive con mis padres. Es aún una niña.

– ¿Cuántos años tiene? –cuestionó.

– 17.

– Ella ya no es una niña, Eri –se cruzó de brazos, lo miró severamente y empezaron a reírse.

– Es mi pequeña sestra –le posó sus manos en las mejillas de la peliazul y empezó a pellizcarlas suavemente.

– ¡Auch! –Se alejó de él y volvió a reírse– ¿Sestra?

– Hermana en ruso. Soy de Rusia –sonrió cuando vio a la otra abrir los ojos de asombro–. Estoy aquí por la beca que me habían dado en la academia de danza.

La peliazul estaba por preguntar sobre la verdadera situación en la que se hallaba con respecto al ballet, sin embargo, una llamada entrante a su celular se lo impidió. Vio que quien llamaba era su amiga Honoka, se disculpó con Eri y se fue a la cocina para tener un poco más de privacidad y contestar.

– ¿Qué pasa, Honoka? ¿Están bien los niños? –fue lo primero que se le vino a la mente, regularmente cuando algo pasaba su amiga contactaba con ella.

Este… –casi podía verla pasándose una mano por la cabeza mientras se reía nerviosamente–. A decir verdad, están en perfecto estado… es sólo que…

– ¿Qué? –por la bocina escuchaba como sus hijos gritaban y reían.

Maki está aquí con ellos y se rehúsa a irse hasta que vengas…

– ¿Perdón? –pestañeó varias veces mientras procesaba un poco la información.

Tu ex marido, Umi-chan, él está aquí y tus hijos han enloquecido un poco –se rió suavemente.

– … –sí, aún le era difícil–. Iré para allá en un momento.

¡Yei!

Colgó mientras lo último que escuchaba en su teléfono era la voz de Honoka anunciando que mamá vendría pronto. Salió y se encontró con Eri, quien la miraba curioso desde uno de los sillones. Su vaso de agua estaba vacío y le sonreía de una manera que le hizo sentir un ligero cosquilleo en el estómago.

– Tengo que irme.

– ¿Quieres que te acompañe? –se levantó y se acercó a ella. No recibió respuesta.

La siguió mientras caminaban en silencio a la entrada de la casa. Umi se detuvo una vez que cerró el portón del patio y, volteándose a él, le sonrió. Le puso ambas manos en las mejillas del chico, le pasó suavemente una de ellas por la barbilla ligeramente rasposa por la incipiente barba, se paró sobre las puntas de sus pies y le depositó un beso en la mejilla, muy cerca de los labios. Eri estuvo en silencio mientras eso ocurría, sus cejas se alzaron debido a la sorpresa. Ni tiempo le dio de abrazarla o de hacer algo mínimamente razonable, sólo se quedó de pie con el asombro aún en su rostro.

– Preferiría que no lo hicieras –contestó a su antigua pregunta–. ¿Te volveré a ver?

– ¡S-sí! –le respondió una vez que hubo salido del estupor.

– Vale.

Y la vio darse la vuelta sobre sus talones y caminar con prisa en la dirección contraria a la que él tenía que ir. Siguió estático mientras se permitía verla desaparecer. Con toda la maraña de emociones de aquel día, soltó un largo suspiro y decidió regresar a casa.

N/A: Bueno, la segunda entrega :3

Muchísimas gracias a todos los que comentaron, la pusieron en sus favoritos y alertas 3 son la inspiración que necesito jajajaja

Si he de ser sincera xD esta historia la estoy improvisando un poco, pero eso no quiere decir que ando haciendo la primer porquería que se me viene a la cabeza :v sí la pienso, eh! jajajajaja ya tengo por ahí algunas cosillas solucionadas, pero otras aún me generan problemillas. Así que, marchará lento pero de manera segura :D

Otros pequeños datos, Riko es mayor que Kanan y Kanan es un niño :3 espero no les molesten todos estos cambios raros que ando haciendo jajajajaja

El capítulo iba a ser ligeramente más largo, pero he decidido dejar lo que sigue para el siguiente y explicar un poco cómo es y fue la relación entre Maki y Umi.

Y pues bueno xD eso sería todo de su servidora. Si tienen dudas, sugerencias o algún comentario raro y loco que me quieran dejar, siéntanse libres de hacerlo :3

Saludos y cuídense :D Oh, y espero hayan recibido bien el año! -w-