¡Bueno! Aquí va el segundo capítulo. ¡Quién iba a decir que realmente lo escribiría! Todo vuestro, y me gustaría saber que os parece. Un beso!
Disclaimer: Nada que se pueda reconocer me pertenece, pertenece a la película de Moulin Rouge.
CAPÍTULO 2. Matrimonio por conveniencia.
Christian se despertó al oír el sonido de una puerta cerrándose pero se quedó unos segundos pensando sin abrir siquiera los ojos. Se sentía como si se acabara de meter en la cama y no hubiera dormido más de un par de minutos. Sin embargo, teniendo en cuenta que la habitación estaba realmente iluminada, podía apreciar que ya era de día, incluso debía ser entorno al mediodía. Pero merecía la pena no haberse despertado antes porque había tenido un sueño reparador, sin más pesadillas.
Las pesadillas que le acosaban constantemente durante toda la noche le hacían sentirse exhausto y entristecían su alma. Aunque realmente sólo era una pesadilla, siempre la misma. De fondo se oían aplausos, gritos llenos de emoción, entusiasmo y él mismo se sentía eufórico. Pero al momento siguiente notaba cómo la mano que llevaba apretada se le escurría y no la podía volver a coger. Se le escapaba hasta que la dueña de la blanca mano caía al suelo.
Christian no comprendía lo que pasaba. Debía ser un mareo, se decía a sí mismo, uno de aquellos que solía sufrir tan a menudo. Aunque en su interior se temía lo peor, tantos meses de toses y desmayos no podían significar nada bueno. No quería pero se volvió a mirar el hermoso rostro que susurraba su nombre y, a pesar de todo, vio cuánto le amaba ella. Un hilo de sangre se deslizaba por su boca entreabierta y era lo único que podía observar medio hipnotizado. Pese a que intentó fingir que no lo había visto, que no era real, había llegado el fin, y él lo sabía. En ese momento era cuando se despertaba empapado en sudor.
Le recorrió un escalofrío al recordar los últimos momentos que había vivido junto a Satine. Estaba muy pálida y muy fría, pero seguía siendo igual de hermosa. ¡La echaba tanto de menos! Fue entonces cuando se levantó repentinamente, como si acabara de recordar algo importante y, en efecto, lo era: tenía dos invitadas en su piso a las que debía visitar. "¿Seguirán ahí?" se preguntó.
Con esa cuestión en su mente, Christian se puso rápidamente las ropas que llevaba puestas antes de acostarse. Sin mirarse siquiera en un espejo salió corriendo hasta el piso inferior y abrió la puerta esperando encontrar todo tal y como lo había tenido durante los últimos meses, pero se equivocaba.
Todos los papeles que la noche anterior había tenido esparcidos por su mesa estaban perfectamente ordenados y colocados uno sobre otro. La mesa, que había estado manchada de comida, bebida y tinta, volvía a brillar como si la madera hubiera sido recién pulida. Igualmente pasaba con el suelo, del que desapareció todo el polvo acumulado. Además, notaba algo extraño en el aire: olía a limpio, a fresco y era ciertamente un cambio.
Una asustada Marie le miraba, aunque en seguida el rostro pasó de asustado a divertido mientras dejaba escapar una risita. Christian no sabía lo qué hacer, así que se giró para descubrir, con sorpresa, que podía ver su rostro reflejado en el espejo – hazaña anteriormente imposible – y lo que vio le extrañó aún más.
Un hombre joven pero gastado le devolvía la mirada. Tenía una abundante barba muy descuidada, la boca abierta y los ojos como dos platos de té. Su rostro mostraba tanta sorpresa que resultaba de lo más cómico. Cuando Christian reaccionó y recordó que era a él a quien veía, lo que le costó más tiempo de lo que debería, cerró la boca y se permitió dedicarle una sonrisa a Marie.
—¡Christian, me has dado un susto de muerte! —Marie pasó del trato de usted a hablarle con una cariñosa confianza—. Espero que no te moleste que haya tocado tus cosas, pero me parecía lo mínimo que podía hacer para agradecer tu amabilidad.
—No te preocupes, Marie, está todo perfecto. Pero no tenías que haberte molestado —dijo Christian con una dulce voz que pensaba que había olvidado cómo usar—. ¿Está la pequeña Sophie despierta?
—La verdad es que lleva despierta unas cuantas horas —dijo riéndose lo más discretamente posible —, al igual que yo.
—¿Y eso por qué? ¿No habéis dormido bien en la cama? ¿Os habéis despertado muy pronto? —dijo Christian preocupado, pensando que no había sido un buen anfitrión—. ¿Tenéis hambre? La verdad es que yo estoy bastante hambriento, puedo ir a buscar comida.
—No, Christian, no. Hemos dormido perfectamente y ¿cómo no vas a estar hambriento? ¡Has dormido mucho! —dijo sin poder contener la risa por más tiempo—. Son las tres de la tarde y has estado durmiendo durante dos días enteros —cuando dijo esto último ya no se reía, pero sonreía mostrándole un gran cariño.
El joven no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Se sentía muy confuso y se acababa de dar cuenta de lo débil que estaba. Había algo en su cabeza que le impedía relacionar todo lo ocurrido y entender qué había pasado.
—Ven, siéntate aquí —le pidió Marie mientras señalaba una cómoda silla—. No te preocupes —añadió al ver la cara de extrañeza de su anfitrión—. A la mañana siguiente de que nos encontraras, Toulouse bajó con algo de comida y nos explicó que llevabas tiempo sin descansar bien, por lo que teníamos que dejarte dormir. Mientras tanto, me pareció una buena idea limpiar un poco el piso —al decir esto, la cálida sonrisa que tenía en su rostro dio paso a unos labios apretados, pensando que, tal vez, podía haber ofendido a Christian.
Christian, sin darse cuenta de la preocupación de Marie por no molestarle, empezó a disculparse por no haberlas atendido como debía haberlo hecho. A lo que Marie contestó que no importaba, que Toulouse se había ocupado de ellas y que lo importante era que Christian se encontrara en un mejor estado. A esto añadió:
—Toulouse acaba de salir ahora mismo a comprar algo de comida. No debe tardar mucho.
El joven asintió mientras se percataba de que al pensar en comida caliente se le hacía la boca agua, ya que llevaba demasiado tiempo sin comer nada en condiciones: últimamente había sobrevivido a base de mendrugos de pan y agua. Pensar en cosas que llevaba mucho tiempo sin hacer le hico recordar que asearse era una de ellas. En esos momentos, le molestaba la barba que tenía; nunca había pensado que se la dejaría crecer tan larga. Se disculpó y entró en el baño.
Creyendo que el agua le ayudaría a despejar sus ideas, se dio una ducha rápida dejando que el agua tibia se llevara con ella sus problemas. Se afeitó la barba y se puso unas ropas nuevas, que compró tiempo atrás, cuando pensaba que tendría algún alegre motivo para estrenarlas: tal vez una noche paseando por París con ella a su lado o el estreno de otra nueva obra suya… En aquel entonces había tantas posibilidades y, sin embargo, ya no quedaba esperanza. ¿O sí?
Cuando salía del baño, Toulouse entraba en la casa y sonrió de una manera tan exagerada que no había posibilidad de equivocarse si uno se figuraba que ya había estado bebiendo.
—¡Mi querido muchacho! ¡Veo que ya te has despertado! ¡Menos mal, ya me estabas empezando a preocupar! —dijo Toulouse exaltado mientras se le escapaba una risita de la boca—. Ahora creo que podríamos comer todos juntos lo que tengo aquí. Toma, Marie, un poco de leche para Sophie. Y, ¡aquí está lo bueno! —se emocionó mientras sacaba una jarra de barro que con bastante seguridad contendría vino.
Finalmente sacó una cazuela con un olor maravilloso que recordó a Christian el hambre que tenía. No se le ocurría la última vez que había probado un guiso caliente que oliera tan bien. Y no era de extrañar, dada su severa dieta a base de pan y agua.
Toulouse y Marie mantenían una agradable charla sobre los últimos cotilleos de París mientras comían. Al principio habían intentado que Christian participara en la conversación, pero dejaron de hacerlo cuando, después de repetirle tres veces una pregunta a Christian casi se atragantara al intentar responder teniendo la boca llena de comida que apenas pudo masticar. Una vez se recuperó del ataque de tos, Marie le dijo entre risas que tenía que comer con más tranquilidad, después de todo, nadie le iba a quitar su comida. Pero cualquiera pensaría que no se fiaba de ello, pues siguió engullendo a la misma velocidad.
Cuando todos acabaron de comer el joven escritor se dio cuenta de lo bien que se encontraba. Con lo que había sufrido en los últimos tiempos, estaba convencido de que nunca volvería a ser feliz, pero en ese instante de dicha se dio cuenta de que, tal vez, sí podría llegar a serlo. ¿Quién sabe? Después de todo, pudiera ser que Toulouse llevara razón cuando le aseguró que el tiempo era el mejor autor, ya que siempre encontraba el final perfecto.
Pensar en ello le entristeció, porque le parecía que estaba traicionando a su amor: sólo había pasado un año desde que ella se fuera para no volver más y él ya estaba pensando en ser feliz sin tenerla a su lado. Para quitarse esos lúgubres pensamientos de la cabeza, empezó a hablar:
—Marie, no quisiera ser un maleducado, pero no sé nada de ti. ¿Nos podrías contar cómo ha sido tu vida? O, ¿qué es lo que te ha hecho llegar a donde te encontré? ¿Quién es el padre de Sophie?
—¿No tienes familia a la que podamos avisarles diciéndoles que os encontráis bien? Seguro que están preocupados por vosotras —añadió Toulouse al ver que Christian parecía no tener ningún tipo de modales, pero ¿cómo se iba a enfadar con él? Después de todo lo que le había pasado, lo único que quería era ayudarle.
Marie sonrió y Christian se dio cuenta de que nunca dejaba de sonreír, aunque tenía una gran variedad de sonrisas. Por ejemplo, la que en ese momento mostraba era una que podía hacer que el corazón se desangrara de dolor sólo con verla; Marie no sería más que una chiquilla, pero parecía llevar con ella mucho sufrimiento.
—Esas son muchas preguntas para tan poco tiempo, ¿no? —preguntó Marie—. Sin embargo, os merecéis las respuestas pues nos habéis brindado vuestra protección. Os contaré mi historia, sólo os pido que no me interrumpáis hasta el final y que no me juzguéis. Por favor, no lo hagáis.
Al ver como Christian y Toulouse asentían con la cabeza, Marie empezó su historia y esto fue lo que dijo:
—Como ya sabéis mi nombre es Marie, pero lo que no sabéis es que mi padre es el conde de Montrai y que el nombre que mi madre me puso al nacer fue Marie Anne. Sin embargo, mis padres me prohibieron volver a usarlo al mismo tiempo que me quitaron mi apellido apartándome de mi familia. Así pues, desde entonces, he sido simplemente Marie.
»El mes pasado se cumplieron dieciocho años desde mi nacimiento. Pero no recibí ni la más mínima felicitación por parte de mi familia, para ellos no existo: hace dos años que no sé nada de ellos y ellos parecen no tener ningún interés en saber nada de mí.
»Me prometisteis que no me interrumpiríais –les recordó al ver cómo sus oyentes abrían las bocas, probablemente para compadecerse de ella. Pero Marie no necesitaba compasión, ella era fuerte–. Bueno, volvamos a mi historia. Yo era la hija pequeña y mis dos hermanos mayores tenían resuelto su futuro. El primogénito heredaría, junto con el título de mi padre, todas sus pertenencias, que no eran pocas. Clovis, el segundo, había contraído matrimonio con una hermosa mujer cuyo padre era un burgués con grandes riquezas. Algo muy común a estos tiempos, ya que mi hermano conseguía un patrimonio importante y la familia burguesa un título de nobleza.
»Por lo tanto, yo era el único eslabón débil de mi familia. Pero mis padres ya habían decidido cuál sería mi futuro mucho antes de que yo naciera. Incluso casi antes de empezar a hablar, comenzaron mi enseñanza en el arte de tocar el piano. Aprendí música, canto, a pintar hermosos cuadros, a coser, inculcaron en mí una gran espiritualidad religiosa... Todas las virtudes que debía tener una buena esposa si quería conseguir un matrimonio provechoso.
»También me enseñaron a proteger mi virginidad hasta el momento de la boda, pues era mi mayor tesoro –que debería entregar al hombre que sería mi señor– aparte de la belleza que Dios me había regalado. Pues, aunque no quiero parecer presuntuosa, era la muchacha más hermosa de toda la alta sociedad y mis padres pensaron que era una señal del Señor de que estaban haciendo lo correcto. Debían casarme, y cuanto antes mejor, así no disminuiría la herencia que algún día habría de ser de mi hermano.
»Yo contaba con dieciséis años y ya tenía un gran número de pretendientes, pero no sería yo la encargada de escoger a mi futuro marido, deberían hacerlo mis padres y hacía tiempo ya que lo habían seleccionado. Sería el primogénito de un gran amigo de mi padre, el Duque de Fointlight. El que un día sería mi prometido era un joven muy apuesto, inteligente, divertido… Un encanto que cualquier mujer hubiera deseado como esposo. Su nombre era Aaron.
»Sin embargo, era un don Juan y se contaba que conseguía todas las conquistas amorosas que se proponía. Pero de estas conquistas sólo se hablaba en los círculos más cerrados, pues parecía ser que el joven Fointlight prefería la compañía masculina –Marie sonrió al ver la cara de perplejidad de los dos hombres que la escuchaban atentamente.
»Así pues, él nunca sería feliz conmigo, pero se casaría para cumplir los deseos de su padre y porque, además, necesitaba un heredero. Me sería infiel, pero no debería preocuparme de que llenara el mundo de hijos bastardos –dijo Marie mostrando una sonrisa irónica–. Para eso me necesitaba a mí.
»Yo no quería casarme con él, pues creía en el Amor –pronunció con énfasis y un suave supiro–, pero no me quedaba otra opción. Finalmente, tras muchas fiestas, nos comprometimos. Todas estas fiestas no tenían otro objetivo que hacer que nos conociéramos y, tal vez, nos enamoráramos Aaron y yo. Sin embargo, las consecuencias fueron inesperadas.
»Mientras mi futuro esposo coqueteaba con todos los hombres de la sala, camareros incluidos, el Duque y la Duquesa no se apartaban de mi lado pues intentaban evitar, en vano, que me percatara de las preferencias sexuales del que habría de ser mi marido. Algo bastante ridículo, ya que, pese a que sus padres querían engañarse pensando que sólo se trataba de una etapa, toda la sociedad sabía la verdad.
»El Duque ponía especial interés en permanecer a mi lado puesto que, pensaba yo, debería asegurarse de mi bienestar como una promesa a mi padre. Fue entonces cuando me di cuenta de que padre e hijo eran muy parecidos. Incluso teniendo la edad de mi padre, era increíblemente apuesto, era inteligente, culto y realmente divertido.
»Las horas pasaban con presteza mientras él me contaba historias de su juventud. Había sido un intrépido aventurero hasta que la muerte de su padre le hizo volver para mantener el buen legado heredado de su padre. De igual manera que hacía su hijo, era incapaz de no coquetear constantemente, solo que su predilección eran las mujeres jóvenes.
»Fueron pasando las semanas y fue, antes de que me comprometiera con su hijo, cuando me di cuenta de que estaba enamorada de un hombre casado con cuyo hijo yo me tendría que desposar. Y ciertas miradas o caricias encubiertas con un descuido, me hacían pensar que él podía sentir lo mismo.
»Fue en la fiesta de compromiso cuando empezó a susurrarme palabras en el oído cuando nadie nos miraba, cuando me atraía hacia él agarrándome firmemente por la cintura y me daba un suave beso en los labios. Y yo se lo permitía aunque no debía, porque me gustaba cómo me hacía sentir. Nadie se daba cuenta, después de todo, mi propio prometido estaba demasiado ocupado intentando llevarse al lecho a un joven y apuesto camarero de no más de quince años: sería su propio regalo de compromiso.
»Después de toda una noche de palabras de amor susurradas y besos prohibidos, mis padres pensaron que ya era hora de que la futura esposa regresara a la mansión a descansar. El Duque de Fointlight se ofreció a acompañarme al carruaje que me estaba esperando. Hecho que mi padre consideró de una extrema caballerosidad cuando lo cierto era que mi prometido había desaparecido por una puerta que llevaba a las cocinas seguido del joven camarero. Así pues, yo pensaba que el Duque simplemente pretendía cubrirle.
»¡Cuan equivocada estaba! El carruaje esperaba y el cochero era un siervo que muchos años atrás había padecido una enfermedad, ya me habían contado la historia, tuvieron que cortarle la lengua para que sobreviviera y, por eso, se convirtió en el ayudante preferido del Duque, ya que no podría contar los sucios secretos de su señor. Además, el cochero estaba tan agradecido por la oportunidad de trabajo concedida, cuando todos los demás le rechazaban, que le era totalmente leal.
»El Señor de Fointlight, después de ayudarme a subir muy caballerosamente, subió tras de mí y yo sabía lo que iba a pasar aquella noche, pero no tenía fuerzas ni deseos de resistirme. Esa noche perdería mi don más preciado y no quería evitarlo. Cuando me colocó su mano en el vientre noté un calor que nunca pensé que sentiría naciendo de mis entrañas.
»Mientras el cochero nos conducía a una casa propiedad del Duque, aunque desconocida por su esposa, yo deseaba que el viaje no acabara porque me susurraba dulces palabras y me besaba en sitios que, como mi madre siempre me había asegurado, no era decente enseñar a un hombre que no fuera tu esposo. No quería llegar pero, lo cierto es que no sabía que lo mejor estaba todavía por llegar.
»Fue una noche realmente apasionada y creí morir de felicidad. Finalmente me dormí en sus brazos mientras él me apretaba firmemente, como queriendo decir que él nunca se apartaría de mí. Pero estaba muy equivocada.
»Nada más abrir los ojos, me di cuenta de que estaba sola en la habitación y el lecho estaba frío lo que significaba que mi amante, el padre de mi prometido, se había ido muchas horas atrás. Creí desangrarme de dolor puesto que eso quería decir que había regresado corriendo con su esposa.
»El momento más feliz de mi vida no fue más que una pequeña aventura para él. Pero no quería creer eso, debía tener esperanza; tal vez había ocurrido algo importante que requería su presencia, tal vez el amor que me juró era de verdad y había ido a recoger sus cosas para fugarse conmigo pues ¿qué futuro podríamos tener en la sociedad parisina?
»Con lágrimas en los ojos me di cuenta de que había una nota encima de la almohada. Me decía que volviera a casa, que mis padres habían sido informados de que la noche pasada me encontraba indispuesta y había sido llevada a casa de un doctor para pasar la noche. Me pedía que mintiera y estaba firmada por Auguste, el nombre de pila del Duque. ¿Quería eso decir que volvería a por mí y por eso me permitía llamarle por su nombre?
»Con esas tristes palabras dedicadas para mí rondándome por la cabeza, salí de la casa y vi que había un cochero esperándome para llevarme a casa, el mismo de la noche pasada. Me monté en el carruaje y cuando llegué a mi hogar encontré a una preocupada mujer esperándome en la puerta. Lo más seguro es que no hubiera dormido en toda la noche y me hubiera estado esperando en la entrada.
»Por supuesto esa mujer no era mi madre, era mi queridísima nodriza Nyneve. Una mujer bastante anciana, que había tenido muchos hijos y me quería como si fuera una de ellos. Con ella no tenía ningún secreto. Fue la persona que me enseñó todo lo importante que había que aprender en esta vida y, durante muchos años, su hijo menor fue uno de mis mejores amigos, hasta que mis padres lo encontraron inapropiado.
»Nada más verme corrió a abrazarme para después informar a mi señora madre de que ya estaba otra vez en casa y parecía estar sana. Comentario al que mi madre correspondió con un simple asentimiento sin levantar tan siquiera la cabeza del tapiz que estaba cosiendo. Nyneve me llevó a mi cuarto y, mientras llenaba la bañera con agua caliente, no dijo nada. Simplemente esperaba a que yo estuviera preparada y le contara lo que quisiera.
»Mientras me ayudaba a desvestirme le conté lo que pasó y lo desgraciada que me sentía. Fue entonces cuando su cara pasó de mostrar un miedo irracional debido a sus fuertes creencias religiosas a mostrarme tanto amor como el del rostro de una madre. Ahora sufría conmigo y no por la estupidez que yo había cometido: sufría por mi dolor.
»Sé que mi nodriza estaba preocupada por un posible embarazo y por cómo reaccionarían mis padres al enterarse. No me quiso preocupar con los detalles pero consideró más oportuno no decirles nada, al menos hasta que no hablara con el señor Duque, así me dijo y así hice. Esperaría a la próxima fiesta que celebraran para dar la enhorabuena al futuro matrimonio, matrimonio que no creía que se celebrara; y en eso no me confundía.
El llanto de Sophie rompió la magia de las palabras que inundaban la habitación como si del humo de una pipa se tratara. De hecho, habían conseguido ese efecto en Christian y Toulouse, quienes parecían despertar de un estado de somnolencia. Pues, Marie tenía tal talento para las palabras que consiguió que sus oyentes se olvidaran de la habitación en la que estaban y vivieran la historia de Marie.
—¡Vaya! —exclamó Marie—. No me había dado cuenta de la hora que es. ¡Pobre de mí! Que os he entretenido durante toda la tarde. No esperaba que se pasara el tiempo tan rápido.
Christian finalmente se espabiló y recordó que se encontraba sentado en una silla de su casa. Se fijó en que Marie estaba en lo cierto y que, por la única pequeña ventana con la que contaba su piso, se podía ver el estrellado cielo que cubría París.
—¡Oh! No digas tonterías, Marie. Tu historia es tan fascinante como triste. Sin embargo, intuyo que este no es el final de tu relato.
—¡Pero mi querida muchacha! —exclamó Toulouse al ver como Marie negaba con la cabeza al tiempo que acunaba a la pequeña niña entre sus brazos—. No es necesario que continúes hoy. Ya es tarde y debes estar cansada de narrar unos relatos tan desafortunados. Lo mejor sería que hoy nos fuéramos a dormir todos y mañana continuáramos con esta historia. ¿No te parece, Christian? ¡Excelvilloso! —continuó Toulouse al ver como el joven asentía con la cabeza, aunque un poco indeciso.
—Pero, ¿cómo te iba a hacer eso el Duque? —exclamó Christian aun habiendo prometido que no haría preguntas y con la aversión que le producía el mero hecho de pronunciar aquella palabra maldita—. Todo debió haber sido un malentendido, ¿no? Fue entonces cuando te quedaste embarazada, ¿no? ¿Y que pasó con tus padres? ¿Y…?
—Christian —le interrumpió Marie con una amplia sonrisa en la cara que no llegaba a iluminar su mirada—, me prometisteis que no me haríais preguntas hasta que contara mi historia al completo —le recordó—. Y todavía no he acabado.
—Pero…
—Chist —le pidió silencio con un dedo—. Tendrás que esperar hasta mañana. Buenas noches, amigos míos.
Los dos hombres abandonaron el piso dejando a madre e hija compartiendo un momento de risas, caricias y abrazos. Ambos iban pensando en lo mismo: lo trágico que resultaba el relato de Marie. Estaban tan inmersos en sus propios pensamientos que no compartieron más que un par de palabras antes de meterse en sus respectivas camas y disponerse a dormir.
Christian tenía los ojos muy abiertos y miraba fijamente el techo. Seguía pensando en la historia que Marie le había contado y estaba convencido que esa noche no pegaría ojo, después de todo, había estado durmiendo durante dos días. Pero se equivocaba: sin saber cómo ni cuándo cerró los ojos y se durmió inmediatamente para tener un sueño reparador. Su último pensamiento lo dirigió a lo que le esperaba al día siguiente, sería un día largo, pero prometía ser interesante.
Bueno, me doy cuenta de que esta historia no tiene mucho que ver con la película de Moulin Rouge, pero si se basa en algunos personajes y sus sentimientos, así que, ¿que opináis?
ACTUALIZACIÓN enero 2014. Aprovecho para pedir disculpas a las personas que hubieran leído mi historia y quisieran ver cómo continuaba (la voy a terminar por esas personas, que sé lo que fastidia que te dejen una historia a medias) y ¡disculpas generales por cómo está escrito! Es horrible ver algo que escribiste hace cuatro años... ¡Parece que está todo mal! Saludos - Selenia.
