Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida por Safecreative. Está prohibida su publicación en otra página y también su adaptación. ¡No apoyes el plagio!
Canción del Capítulo:
"Heaven" Bryan Adams
Capítulo 1: Dolorosos Recuerdos
—Buenas noches, señor Cullen —saludó el chofer con amabilidad, apenas vio a su jefe aparecer en el porche de entrada.
Se irguió de un salto de la negra, carrocería de la limusina donde estaba apoyado, y corrió a abrir la puerta trasera del vehículo para él.
—Buenas noches, Paul.
—Hermosa noche para ir al Ballet, ¿no cree? —afirmó sonriente, como siempre, lo que originaba que Edward en algunas ocasiones se preguntara, como es que lo hacía para mantener de manera constante ese fabuloso estado de ánimo.
«¿Comerá todos los días una buena dosis de alegría?», pensó mordaz, no obstante contestó—: Sí, tú lo dices…
Su voz, monocorde y se encogió de hombros en un gesto adolescente, el que salía a relucir muy pocas veces de donde él lo había guardado ―o más bien asesinado―, cuando de manera horrible y abrupta, se había visto obligado a crecer.
Ésta noche, sus intenciones no podían ser más distantes que ir al Ballet.
Era época de navidad y, al contrario de la mayoría de las personas, Edward la aborrecía; una fría y blanca navidad, creyó recibir la mejor noticia de su vida. Sabía que no sería fácil, sin embargo, no pudo evitar construir sueños, albergar esperanzas, ilusiones que abruptamente se derrumbaron como un frágil castillo de naipes, ni en sus peores o más tortuosas pesadillas imaginó que la alegría y el amor que inundó en ese momento su juvenil corazón, solo se convertiría en desdicha. Por ende, ahora después de tantos años, sólo le apetecía sentarse en los escalones de la puerta trasera de la cocina, perderse en los copos de nieve que convertían en un blanco manto el césped del jardín, fumar un cigarrillo y ahogar sus recuerdos en Jack Daniel's, con la esperanza puesta en que éste, lograría borrarlos de su mente finalmente.
Cosa que sabía, era imposible.
Conjuntamente, había una situación que equiparaba el nivel de tortura y que era el motor que lo movilizaba ésta noche: los reproches que tendría que soportar de su madre, si es que llegaba a ausentarse del tradicional Cascanueces. Aunque en el fondo de su corazón, tampoco quería defraudar a Alice, sabiendo que para ella su presencia en su debut como solista, era mucho más que importante.
—¿Dónde la señora, Irina? —preguntó Paul, cuando Edward se sentaba en el confortable sillón de cuero.
—Sí —confirmó sin interés alguno.
El chofer cerró la puerta negando con la cabeza.
Él, así como todo el batallón de empleados que trabajaba en la casa, no entendía por qué su joven patrón se negaba a ser feliz, teniendo en apariencias, todo a su alcance para lograrlo. Nadie sabía con certeza que es lo que le había pasado, solo meras e inexactas suposiciones. Si bien, aquel chico de cabello fiero y de mirada fría como el hielo, no era un mal jefe, signo que algo de bondad quedaba en su interior, a veces su arrogancia era exasperante y a la vez asfixiante.
La limusina comenzó a avanzar con lentitud abriéndose paso por las calles atestadas de autos de París. Edward dejó escapar un profundo suspiro, apoyó su cabeza en el respaldo de cuero y su mirada, vacía se perdió a través del cristal polarizado, observando la única pasión de su vida, la hermosa arquitectura de «La ciudad de la luz». Sonrió ante tamaña ironía. Vivía en la ciudad de la luz y sentía que no tenía ni el más mísero haz luz en su desgraciada existencia.
Cerró los ojos con fuerza, intentado espantar de esta forma, los recuerdos que por estos días azotaban sin cesar su mente. Tomó el puente de su nariz con dos dedos y resopló cansado.
«¿Es que acaso jamás lo podré olvidar?».
Como siempre, negó ipso facto a tal desdichada posibilidad e intentó dejar atrás sus negros pensamientos, para concentrarse en lo que le deparaba la noche.
Perdido en góticas cornisas y dinteles se preguntó en qué momento había accedido asistir ésta noche, amaba a Alice, ¿pero al Ballet? Era demasiado. Tenía la firme convicción que aquello era para hombres afeminados y maricas, y lo peor de todo, ni siquiera había algo o más bien «alguien», con que recrear la vista. Las bailarinas de Ballet, no llamaban en lo absoluto su atención; sólo veía cuerpos huesudos, escuálidos, más cercanos a la anorexia.
«Nada comparado con Irina», pensó y sonrió con perversión cuando imágenes nada decentes de ella y de él, cruzaron por su mente. De pronto su alicaído ánimo cambió y comenzó a sentirse más animado, convencido de que había sido una excelente idea pedirle que lo acompañara ésta noche. Reflexión egoísta a decir verdad y él lo sabía, sobre todo tomando en cuenta las implicaciones y sermones que le traería la imprudente invitación. Pese a ello, le pareció más excelente aun, que su calvo, regordete e impotente marido, hubiese tenido que salir en un repentino viaje de negocios, así él, podría gozar a su antojo de las atenciones sexuales de su amante por todo el mes.
El fastuoso vehículo, se detuvo ante la fachada de un elegante edificio frente a los campos Elíseos, al instante entró Irina, hermosa y ataviada de un vestido verde esmeralda que se ceñía a su espectacular figura como una segunda piel. Llevaba su rubio y ondulado cabello recogido en un elaborado moño, dos rizados mechones enmarcaban su ovalado y blanquecino rostro, su maquillaje perfecto, sus párpados tan verdes como su exquisito vestido. Para tristeza de ella, Edward no reparó en su esmero, él, simplemente pensó en tomar la tela y arrancárselo desde el escote por donde sobresalían aquellos redondos y erguidos montes para después poseer su cuerpo sin contemplación alguna.
Irina, se estremeció ante a su irreal belleza e intimidante figura —y como siempre le pasaba, como si de un poderoso imán se tratase—, cayó rendida a esa adictiva y fiera fragilidad. Sin reflexionarlo, se sentó a horcajadas sobre Edward, atrapó sus labios en un beso voraz, colando sus dedos por aquel alborotado cabello —en esta ocasión prolijamente peinado—, y comenzó a restregar con insistencia su intimidad contra la de él.
—¿Me extrañaste, mi amor? —preguntó en un susurro necesitado, sin despegar sus labios de los de Edward. Con destreza desabrochó el botón de su pantalón, bajó la cremallera y coló una de sus manos dentro de las prendas.
A pesar del tremendo asalto por sorpresa y del insistente estímulo que la suave mano de Irina ejercía sobre su miembro, Edward no respondió. Ella sabía muy bien cuáles eran los términos de aquella relación, si es que así se le podía llamar. Solo era buen sexo, nada más.
Cuando la mujer intentó liberar la prominente erección de Edward, deslizando las prendas por sus caderas, él la tomó de la cintura y la sentó sin ninguna delicadeza a su lado, cerró el cierre de su pantalón y acomodó su ropa. Por mucho que tuviera ganas de poseerla, jamás llegaría al Ballet a juntarse con sus padres y su pequeña hermana oliendo a sexo. Quizás, era un desconsiderado, pero aun le quedaba algo de criterio.
Irina lo examinó ofuscada por la inusitada reacción y preguntó—: ¿Qué tienes, cariño? ¿Qué acaso no te satisfacen mis atenciones esta noche?
La mirada que le brindó Edward, fue gélida, brutal, mucho más que sus palabras…
—Primero, deja los estúpidos arrumacos y tiernos apelativos para los otros imbéciles con que te revuelcas, bien sabes, que eso no va conmigo. Segundo, ahora, no es el momento —contestó sin emoción, como si la mujer que iba sentada a su lado era un insignificante insecto el cual aplastar y nada más.
Edward dejó escapar un desconsolado suspiro y vista de nuevo viajó a través de los tintados cristales.
—Entiendo… —dijo Irina con desilusión e intentando revertir el contundente rechazo, atrevida agregó—: El niño bonito quiere comportarse, porque vamos con papi y con mami.
Palabras que engendraron la ira de Edward. No había nada que lo enfureciera más, que la gente tendiera a pensar, que era un hijito de papá y de mamá.
Controlando lo mejor que pudo el veneno de sus palabras, se giró hacia la mujer y la fulminó con la mirada. Sus feroces ojos verdes causaron que Irina se encogiera en el asiento cuando masculló—: Guarda silencio mujer, que esos rojos labios solo sirven para mamar vergas. Si me interesara tu opinión, te la habría pedido. Procura comportarte como la dama que se supone que eres y no me hagas pasar vergüenzas.
Luego, se volteó hacia la ventana, prácticamente dándole la espalda, para continuar con la vista clavada en la invernal noche, sin rastro de arrepentimiento frente a su soez comportamiento.
Irina, aunque herida, no tuvo el valor de contestar, sabía que parte de las duras palabras de Edward, eran ciertas. Era una descarada, una casquivana con clase, ya que el hombre sentado a su diestra no era su único amante. Una larga lista de especímenes masculinos habían pasado por sus sábanas desde que se había casado hace diez años —para salvar la empresa de su padre— con aquel hombre quince años mayor y que detestaba, Laurent Delaire. Sin embargo, de todos ellos, Edward era el único que había llegado a amar.
Le causaba un instinto de protección. Estaba convencida que bajo toda esa suntuosa parafernalia que lo rodeaba, y esos ojos fríos y fieros, había un hombre maravilloso. Quizá era ilusa y él, solo era un desgraciado más, como todos los hombres, pero tenía la convicción que de una forma u otra podría salvarlo. Con anhelo esperaba el día de poder acunarlo en su pecho y acariciar su cabello toda la noche, mientras como un indefenso bebé dormía entre sus brazos. Nunca había tenido ese privilegio, él jamás se quedaba, después de tomarla como un salvaje, encendía el cigarrillo de rigor, se vestía con rapidez y desaparecía sin siquiera despedirse con el mismo cigarro colgando de manera sexy en sus labios.
«¿Qué escondes en ese duro corazón, Edward?», reflexionó, vislumbrado de qué manera podría ganar el corazón del más joven de todos sus amantes. Levantó su mano con dedos temblorosos, para acariciar su brazo e intentar hacer las paces. Le pareció que casi pudo sentir el tibio calor emanando de su cuerpo y las suaves fibras de la elegante tela de su chaqueta, pero sus intenciones sólo quedaron en eso. Cerró los dedos enterrando las uñas en la palma, a ver si el dolor lograba aplacar sus impulsos, soltó un suspiro y dejó descansar su mano empuñada en su regazo, evitando así, un nuevo rechazo.
Continuaron el resto del camino sumidos en un completo silencio.
La negra limosina, se estacionó frente al Palacio de la Opera a las nueve de la noche en punto, Paul abrió la puerta del vehículo para ellos y cuando descendieron, Edward ayudó a Irina a ponerse su abrigo y le ofreció su brazo con ademán galante.
«Después de todo, aun soy un caballero», pensó para sí, mientras comenzaban a subir por las escalinatas de concreto. Una vez estuvieron dentro, una servicial joven vestida para la ocasión, les entregó el programa de la noche y comenzaron a caminar mezclándose entre los invitados.
La elite de Paris se había congregado esta noche en el Palacio Garnier, vistiendo sus mejores galas. Los hombres vestidos de riguroso smoking y las mujeres enfundadas en largos y vaporosos vestidos elaborados con interminables capas de seda, luciendo sus mejores joyas. El desfile de esmeraldas, rubíes, zafiros y diamantes era impresionante.
Por el camino, Edward tuvo que saludar inevitablemente a muchos conocidos, procurando con todas sus fuerzas, ser amable y escueto; ese era el precio que tenía que pagar por ser un reconocido arquitecto y aquello, nadie mejor que él, sabía que se lo había ganado a pulso. Irina en cambio, sonreía fascinada y parecía disfrutar con cada persona que saludaba.
Con lentitud la pareja —entre formales y educados saludos, besos comedidos y firmes apretones de manos—, logró dirigirse hasta la imponente escalera de mármol blanco que llevaba hasta los palcos. Caminaron por los amplios y dorados pasillos opulentamente decorados. Frisos multicolores elaborados en mármol adornaban las murallas, columnas, querubines y estatuas de la mitología griega les iban dando la bienvenida a su acompasado andar, hasta que llegaron al reservado para familia Cullen.
Esme Cullen fue la primera en reparar en su presencia. Sus ojos color caramelo brillaron desbordantes de amor y alegre exclamó—: ¡Edward! ¡Qué bueno que viniste! Alice y Tanya, van a estar tan contentas…
Felicidad que se esfumó cuando articuló las últimas palabras, al ver por quien iba acompañado su primogénito ésta noche.
—Irina —saludó severa y le ofreció su mano como si le tuviese total y absoluta repulsión.
—Buenas noches, Esme ―Irina tomó su mano correspondiendo su saludo, sin siquiera darse por aludida por la seca bienvenida de la progenitora de su amado―. Encantada de verte de nuevo —dijo sonriendo ladina, su formalidad iba impregnada de sarcasmo.
Ambas mujeres intercambiaron una significativa mirada, pero ninguna volvió a pronunciar palabra. La primera en romper la demoledora conexión fue Esme, y una sonrisa triunfal y zalamera se extendió en los labios de Irina. Soltó la mano de Esme, como quien suelta un guiñapo y contorneándose sensual se acercó al padre de Edward, posó sus manos delicadas y de largas uñas carmesí en cada uno de sus bíceps, y estampó un beso atrevido en la comisura de sus labios.
―Lo mismo digo por ti, Carlisle querido ―apuntó esta vez con sinceridad, la acidez de sus palabras se había desvanecido para el buenmozo y benévolo patriarca de los Cullen.
«Si no me quedo con el hijo, podría quedarme con el padre», pensó aventurera limpiando con el dedo pulgar el carmín labial de aquel beso fugaz, de donde había quedado estampado, contemplando sin ningún reparo a Carlisle Cullen. Sus ojos verdes, idénticos a los de su hijo, su pelo rubio adornado de canas en la sienes que le daban un aire macho y de sabiduría, los músculos aun fortalecidos, que sintió claramente bajo su fino traje.
―Buenas noches, Irina ―Carlisle correspondió el audaz saludo de la mujer y escondiendo una sonrisa, la tomó de sus manos y depositó un beso en el dorso de cada una de ellas.
Gesto caballeroso e inteligente, que le sirvió para escapar de manera educada de la incómoda, pero a la vez, halagadora situación. Cuando soltó las manos de Irina, contuvo el extraño impulso de rozar con la yema de los dedos ahí, donde ella lo había besado. Le parecía que aun podía sentir el cosquilleó de sus cálidos labios.
Esme le echó una mirada furibunda, como si le quisiese arrancar los ojos al ver su frescura y Edward, apretó los labios para no estallar en sonoras carcajadas. No pudo evitarlo, a pesar de que le había advertido a Irina que se comportara como una dama, disfrutaba por sobre manera ver como perdía los estribos su comedida y controlada madre.
«¿Cuándo se dará cuenta que mi padre es un santo?», se preguntó sospechando que sería una situación de nunca acabar, compadeciéndolo por tener que soportar sus ridículas escenas ―las únicas veces que se permitía perder la compostura―, cada vez que Esme se sentía amenazada.
—Madre…―la saludó acunando su rostro con ambas manos y depositando un beso en cada una de sus mejillas, con la esperanza de distraerla y así, evitar arruinarle la velada a su padre.
Y gracias a Dios, el efecto fue el esperado. Esme de derritió en los brazos de su hijo, frente a la devota muestra de cariño.
―Papá…―le extendió la mano derecha y le dedicó una sonrisa sincera.
Carlisle tomó de su mano y lo atrajo hacia él, para darle un rápido abrazo.
—Tiempo sin verte hijo, ya no pasas a ver a tu viejo a la oficina ―contestó sonriéndole agradecido y palmeando con afecto la espalda de Edward.
—Lo siento, papá. He estado muy ocupado…, nuevos proyectos… —contestó no queriendo dar mayores detalles y tomaron asiento en las butacas de terciopelo rojo.
—¿Las Vegas?
—Algo así…
—Edward, dedicas mucho tiempo a tu trabajo y poco para la familia. Últimamente solo vemos a Anne, que por cierto, no la has traído —Esme observó con dureza, reprochando de forma rotunda el comportamiento de su hijo, que actuaba como si Marie Anne no existiera.
«¿Tenía que arruinar mi noche? ¿Por qué todo el mundo se empeña en hablarme solo de ella, una y otra vez?», pensó Edward con desdén.
—No la traje porque es de noche, además de que sería una molestia revoloteando por todo el lugar. Ya sabes lo inquieta que es, tendría que estar preocupado todo el tiempo de ella y de que no se lance por el balcón. Así que con lo que a mí respecta, está muy bien durmiendo en su cama sin molestar, ya que eso es lo que le corresponde a una persona su edad —contestó hosco, sin dar espació para réplicas y no importándole en lo absoluto la mirada acusadora de Esme.
Incontables veces le había advertido que él, era el único que tenía derecho a tomar ese tipo decisiones. Decisiones que había tenido que aprender a la fuerza, de improviso y llenas de dolor gracias a las vicisitudes del destino. Destino, que se negaba a aceptar.
Esme, al contemplar la violencia de su respuesta, decidió no preguntar más, pero no se rendiría tan fácil. «Este muchachito aunque no le guste, me va a escuchar», pensó ofuscada, cada día que pasaba la desidia de Edward hacia su familia y las personas, iba en un claro y preocupante aumento.
La función estaba a punto de comenzar, los músicos de la filarmónica le daban los últimos retoques a sus brillantes y cobrizos instrumentos. La luz bajó tenuemente cuando Esme atacó otra vez, susurrando en el oído de su hijo—: ¡Edward, por el amor de Dios! ¿Cómo eres capaz de traer a «ésta» mujer al Ballet y no a tu hija? ¡A ver a sus tías!
«Tanya, no es su tía», estuvo a punto de soltar con desprecio, pero prefirió callar a sabiendas de lo que ocurriría frente a un comentario de tan grueso calibre.
—Es temporada de navidad, es el Cascanueces. ¿Qué es lo que va mal contigo? —Esme recriminaba sus actos sin parar.
—Madre, no es el momento para…
—No, jovencito. No me importa, donde estemos. —Lo cortó—. ¿Hasta cuándo saldrás con mujeres casadas? Bien sabes, que ésta mujer no me gusta. No deberías andar liado con este tipo de mujerzuelas, Anne necesita…
—¡Nada! ¡No necesita nada, que no tenga ya! —gruñó enardecido, hablando un poco más fuerte de lo normal, incitando a que los ocupantes de los palcos aledaños se voltearan a mirar.
Pasó las manos por su cabeza indignado, alborotando su cabello pulcramente peinado —dejándolo apuntando en todas direcciones como usualmente lo llevaba—, Edward ya no soportaba escuchar ese condenado discurso una vez más. Millones de veces le había explicado a Esme, que la madre de Marie Anne sería una sola, y ya era hora que se convenciera de que no habría otra.
Abrió el programa con furia para zanjar el desagradable tema, también, para averiguar en qué momento saldría Alice a escena, que era la razón que lo movilizaba esta noche. Recorrió los nombres de las bailarinas, obviando el de Tanya, hasta que encontró el de su pequeña y amada hermana, como Clara, uno de los hijos del presidente del cuento. Sonrió con orgullo e inhaló y exhaló un par de veces expulsando todo el aire de sus pulmones, sintiéndose algo más calmado, pensando que si esta noche tenía algo de suerte, su madre lo dejaría en paz y no volvería al ataque.
Su mirada, verde como el jade, se perdió unos instantes en la pintura que adornaba el techo del auditorio central y pensó exactamente lo mismo que llevaba pensando desde que tenía uso de razón: «horrible». Le parecía que desentonaba por completo con el glorioso teatro y con la impresionante lámpara de lágrimas que colgaba del techo.
Los destellos de luz que hacían los titilantes y labrados cristales, se reflejaron en sus ojos como si fueran momentos de bellos recuerdos, cuando todo en su vida era ilusión, futuro y amor…
Con manos temblorosas y tímidas acarició la espalda de su amada, esta era la primera vez que tenía a una mujer desnuda entre sus brazos y estaba tan contento que creyó que iba a morir de felicidad, pletórico de que fuera ella, la primera mujer en su vida.
Desde el primer día que Edward la vio aparecer por la puerta del laboratorio de química, con aquella aura angelical que irradiaba paz y felicidad, se enamoró de ella. De sus profundos ojos azules como el mar, de aquel sedoso cabello que brillaba como el sol o como las doradas espigas de maíz de la campiña; sus hermosas y brillantes hebras ondeaban con cada paso que daba y el flequillo que rozaba por su frente, hasta casi llegarle a los ojos, caía de manera divertida.
Dejó de adorar sus rosados labios para comenzar a explorar con lentitud su cremosa piel. Fue bajando por su cuello, depositando húmedos, delicados e inexpertos besos, hasta que llegó al inicio del valle de sus pechos. Titubeante se detuvo, sin saber muy bien qué hacer, y admiró embelesado por unos momentos, el precioso y voluptuoso cuerpo de su novia.
—Eres tan hermosa Lili, te amo… —le dijo en francés, con su corazón colmado de amor.
Ella amaba que le hablara en francés.
—Y yo a ti, bebé. No tengas miedo, sigue —le sonrió dulce y lo alentó a continuar, acariciando con ternura su mejilla.
Dudoso y con labios trémulos, tomó la delicada piel de sus pezones y succionó con cuidado de no hacerle daño a su tierna Lili. Edward sabía que para ella no era su primera vez, sin embargo, no le importaba. La amaba con toda el alma y en su adolescente corazón enamorado, aun con algunos destellos de niño, quería tratarla como solo ella se lo merecía, como una princesa.
En respuesta a la azarosa caricia, de los labios de Lili escaparon suaves y sensuales gemidos que a Edward, le parecieron la mejor música del mundo. Primeros ardorosos suspiros, que lo volvieron loco y lo aventuraron a desear escuchar más, muchos más...
Entre ardientes y principiantes caricias, poco a poco fue posicionándose entre las piernas de su amada y cuando su sexo rozó tímido con el suyo, juntos se estremecieron en un férreo, pero tierno abrazo.
—¿Estás segura, princesa? —preguntó besando su frente y acarició el largo cabello de Lili, con su mano temblorosa.
A pesar de las ansias que experimentaba, por un contacto más íntimo y que el silencioso palpitar de sus cuerpos entrelazados le indicaba le imperiosa necesidad de ambos sentían, se quiso cerciorar si podía continuar, no quería obligar a nada a su preciosa Lili.
—Sí, bebé ―contestó Lili jugueteando con su alborotado cabello―. Es lo que más quiero, quiero ser tuya por completo, por siempre…
Los ojos de la joven brillaron como dos estrellas fugaces al pronunciar esas palabras y unió con dulzura sus labios a los de Edward
—Hazme el amor, Edward —susurró.
El juvenil corazón de Edward, latió emocionado golpeando incesantemente su pecho y pensó que jamás en la vida volvería a escuchar nada más hermoso que aquella confirmación.
Ella se aferró a su delgada, pero definida espalda, que poco a poco comenzaba a tornarse en la de un hombre, dejó un casto beso en su hombro, mientras Edward sintiendo como su cuerpo se estremecía de los pies a la cabeza, comenzó lento y suave a hacerle el amor.
Mientras la embestía buscó sus labios creyendo que se derrumbaría, la sensación que lo embargaba era inexplicable, sentía que era algo similar como lanzarse al vacío en caída libre. Vértigo, adrenalina, nervios y mucho, mucho placer, que inexperto era incapaz de contener; y al estar perdido las profundidades de su cuerpo, sintió que su Lili sería la mujer que lo acompañaría para toda la vida. La amaba con locura.
—Te amo —dijo Lili besando sus labios y enredando sus dedos en el cabello de su nuca, cuando Edward apoyó en un gesto tierno su frente sobre la de su novia, una vez que juntos tocaron el cielo con sus manos.
—Y yo a ti, Lili. Por siempre…
Los entusiasmados aplausos del público y golpeteo de la batuta del director de la orquesta sobre el atril donde descansaban las partituras lo trajeron de vuelta al presente, lejos de aquellos dolorosos recuerdos, lejos de Lili…
Hola mis hermosas lectoras, aquí finalmente le damos el vamos a la historia. ¿Qué opinan de este Edward? Algunas ya lo odian, denle un poco de tiempo al nene! Aún nos falta saber muchas cosas de él. ¿Dudas, consultas, reclamos?
Esta vez, tendremos muchas canciones viejas que inspiraran los capítulos. De la canción de este capítulo, pueden buscar el cover de "Boyce Avenue" que es hermoso. Bueno de todos modos dejaré el link, con los subtítulos correspondientes, en el grupo de fb.
Quiero expresar mi infinito agradecimiento por todos los RR que recibí el capítulo pasado a pesar de ser poquito. ¡Son las mejores! Bienvenidas a todas las lectoras a nuevas y millones de gracias por sumarse a esta nueva aventura y por agregarme en sus cuentas dentro de sus autoras favoritas. Para mis hermosas de siempre muchos besos!
Para la que quiera tengo grupo: Sol Cullen Fanfics, el link en mi perfil.
PD: por si alguna se lo pregunta, no tengo día para actualizar, ya que trabajo y tengo un marido demandante, pero lo que si prometo, es no dejarla votadas con la historia. Espero cada dos semana a veces menos, a veces mas, según como ande de tiempo.
Las quiere
SOL
