Nimue resultó ser una aprendiz eficaz, silenciosa y servil. Apenas hablaba, nunca durante las horas de estudio y jamás sin permiso de su maestra. Se hizo varios trajes con tela negra que encontró por los almacenes pero no tiró su ajado vestido. Lo guardó en un viejo arcón que encontró cotilleando por los pasillos y lo llevó a su nueva habitación. Allí metió sus pocas pertenencias, que guardaba como un tesoro.
Nimue no decía nada pero dejaba adivinar su admiración por Maleficent. Ésta fingía ignorarla la mayor parte del tiempo, limitándose en sus deberes como maestra a proporcionarle los conocimientos necesarios. Mientras lo hacía aprovechaba para repasar las lecciones ya aprendidas y a recordar su pasado, sobre todo sus charlas con su maestro. Ella jamás habría aceptado a un alumno antes; no quería que se le molestara y más de un joven con más ambición que sentido común había caído víctima de sus criaturas. Ninguno había sido capaz siquiera de cruzar el umbral de su castillo.
Su maestro los hubiera aceptado de buen grado, a diferencia de su mejor alumna. Sin embargo, ni los tiempos eran los mismos ni ella era Ivosh. Nunca lo había sido y nunca lo sería.
Sin embargo, en algo estaba de acuerdo con él. Un maestro debe conocer a su alumno bien a fondo. Ivosh cometió el error de creerla bien amarrada y esa fue la causa de su perdición. Maleficent no podía y no iba a permitirse acabar igual.
Abordó a su aprendiz a la hora de la cena, mientras ésta la servía. Nimue le trajo la comida manteniendo la mirada baja. Después se sentó en el suelo y empezó a comer lo suyo. Maleficent ni siquiera dio un bocado.
-¿Cómo te llamas? –inquirió.
La joven no contestó, sino que se quedó mirando la comida con ojos apesadumbrados. Maleficent la dejó sumida en sus meditaciones durante un momento. Se miró al espejo que la joven Nimue había hecho aparecer la mañana anterior. Llevaba puesto su vestido negro y violeta pero prescindiendo del tocado, dejando el cabello color ébano desparramarse por su espalda. Su tez verduzca brillaba a la luz de la Luna. La Emperatriz del Mal mostraba un aspecto demasiado humano para mostrar al público, pero ahora no importaba. Estaba en casa, casi curada de sus heridas y con su poder cada vez más completo, y eso bastaba.
-Te lo vuelvo a repetir. ¿Cómo te llamas?
La joven apretó los labios. Alzó la cabeza y, por primera vez desde que llegara, le sostuvo la mirada.
-Es Nimue, señora.
Maleficent carraspeó, a punto de perder la paciencia. Se apoyó contra el respaldo de su asiento, inspiró, y cerró los ojos. Los abrió pasados unos segundos.
-¿Vienes de la familia Chevalier? –la joven negó con la cabeza- ¿De los Poisson? ¿Dreyer? ¡Maldita sea, esto no es un juego! ¡Me importa un bledo tu maldito alias! ¡Cuéntamelo de una vez!
Nimue se encogió tanto como pudo, asustada. Tragó saliva, parpadeó varias veces seguidas y carraspeó. Luego volvió a bajar la cabeza.
-Grace Darnay –susurró.
"¿Darnay?", repitió Maleficent mentalmente. Recordaba vagamente el apellido, que sin duda estaría estancado en algún punto de su memoria, entre sus recuerdos de juventud. Solían rondar la corte y hacer regalos frecuentes a su padre. Había un hijo…No, un nieto. Lo recordaba como un musculoso y confiado muchacho, guapo pero estúpido y egoísta. Habían sido compañeros de estudio durante la niñez.
-Théodore…-murmuró Maleficent, sorprendida.
-¿Conocíais a mi difunto padre? –se apresuró a responder Nimue. Maleficent asintió-. Murió cuando yo tenía cuatro años –suspiró-. Por favor, os lo ruego, no uséis el nombre de Grace Darnay, ¡ya no significa nada para mí!
Y por supuesto que no lo usaría, demasiados recuerdos que mantener a raya. Sin embargo, sentía curiosidad por saber cómo una hija de ese inútil de Théodore había acabado llamando a la puerta de la hechicera más poderosa del continente.
-Llevo toda mi vida oyendo hablar de vos…-continuó Nimue.
-Me figuro que la joven Aurora es una leyenda viviente, al igual que aquella que la maldijo –interrumpió Maleficent, alargando la mano hacia su copa. Dio un trago mientras Nimue asentía con la cabeza.
-En Lisieux corren muchas leyendas y rumores a costa vuestra. Mi madre solía contarme vuestra infancia y cómo vuestra hermana os traicionó. Os llamaban diablo, pero yo no estaba de acuerdo. Hicisteis caso a vos misma, trazasteis vuestro propio camino. Os admiraba entonces y os admiro ahora por eso.
"Desde vuestro incidente con mi padre hemos vivido apartados de la corte. Me crié en la casa de campo de mis abuelos, en la frontera con Glenhaven. Vivía allí con toda mi familia, y a pesar de la pérdida de mi padre era feliz. Sin embargo, un día, durante este invierno, estábamos todos alrededor de la hoguera del gran salón. Yo estaba lo más cerca posible del fuego, mirando las llamas. No sé qué sucedió, sólo que de pronto todos me miraban completamente aterrorizados. Yo me asusté. Corrí hacia mi madre y traté de abrazarla, pero ella se deshizo de mí. "¡Bruja, bruja!", gritaba. Mi abuelo ordenó a los guardias que me prendieran pero yo fui más rápida y escapé. Me pasé los días siguientes escondida y pude enterarme de lo que había pasado de verdad".
"Al parecer, el fuego cobró vida propia. Yo estaba ahí sentada, mirándolo fijamente, y no me di cuenta de nada. Los aldeanos dijeron que, a pesar de las advertencias de mi familia, yo no hice nada ni dije nada. Yo no lo recuerdo, simplemente miraba las llamas. Fue cuando mi madre gritó cuando me giré, y entonces las llamas volvieron a su posición original".
"Mi familia tenía pensado denunciarme a las autoridades y tomar cartas en el asunto. Yo fui más rápida y escapé hacia Glenhaven. Mi familia me había dado de lado, me había traicionado. Así que… ¿dónde podría encontrar un asilo mejor que con la gran hechicera Maleficent?"
Maleficent interrumpió el relato con una sonora carcajada. ¿Así que la muñeca rota se atrevía a compararse con ella? Era algo irrisorio. Sin embargo, y a pesar de las risas, tuvo que admitir que la historia guardaba parecido con la suya. Y, si no se equivocaba, esa chica no sólo se limitaría a buscar consuelo.
-Y dime, joven Nimue, artífice de la caída del mago Merlín, ¿qué es lo que buscas?
Ella se quedó de piedra con la pregunta. Al principio no contestó. Se puso a juguetear con la comida, que se había quedado fría.
-Busco aprender de una maestra a la que siempre he admirado. Incluso ahora, que todos la dan por muerta. Vos tuvisteis el coraje de enfrentaros a aquellos que os hicieron daño…
-…Haciendo daño justo donde más les dolía –volvió a interrumpir la mujer. Se puso en pie y caminó hacia la chica. Extendió la mano y la sujetó la barbilla, obligándola a sostenerla la mirada-. Así que es eso. Odio. Buscas el odio necesario para vengarte de ellos al igual que te vengaste del cerdo del otro día.
Aunque aprisionada por la mano de la mujer, Nimue asintió. Durante unos instantes le brillaron los ojos. Sentía odio, pero no el suficiente. También se sentía intimidada por la presencia de la mujer, algo normal, razonó Maleficent, que estaba más que acostumbrada a ese tipo de miradas. Sin embargo le pareció curioso sentir un profundo aprecio y admiración en la mirada de la joven. No era la primera vez que la sentía, pero tras tantos años de miradas de odio, de respeto mal fingido y de ojos temerosos le resultaba algo extraño. Nunca se había considerado un ejemplo a seguir, y he ahí que estaba ejerciendo de maestra. Aquella ferviente admiración la hacía ponerse algo nerviosa.
Soltó a la joven y volvió a su asiento. Por ahora, se daba por satisfecha. Sintió una punzada de dolor en el costado al sentarse, y apretó los dientes con todas sus fuerzas para no soltar un gemido de dolor. Entonces Nimue le dio la segunda sorpresa del día al alzar la cabeza y decir:
-Aguantar el dolor es una tontería inventada por los hombres para creerse más machos que nadie. Si nosotras, durante el parto, nos callamos el dolor, nadie nos lo reconoce. Al contrario, se nos anima a gritar y no por ello somos inferiores a los hombres –Maleficent la miró, sorprendida por que era la primera vez, desde que se conocieran, que Nimue hablaba sin que antes le hubiera dirigido la palabra. Acto seguido la joven volvió a abajar la cabeza, avergonzada-. Eso decía mi madre. Quiero decir, señora, que vos sois también humana, y es de humanos sentir dolor. Si es por mí que disimuláis, os ruego dejad de hacerlo.
Maleficent la escuchó estupefacta para acabar estallando en carcajadas. La risa le provocó una nueva punzada de dolor. No gritó, pero se llevó una mano al costado. El contacto de su mano le dio calor y la reconfortó durante unos instantes, los suficientes para dejar entrever una sonrisa de alivio. Nimue hizo un amago de sonrisa, dándose por satisfecha.
-Tu madre te da sabios consejos, ¿y tú quieres matarla? –inquirió la mujer, sonriente. Nimue apretó los labios-. Nunca he parido, pero reconozco que tienes razón.
A la joven se le iluminó la cara. Volvió a mirarla a los ojos, sonriendo abiertamente.
-Yo…Yo tampoco. Iba a casarme este año. Con Claude de Jarjayes, ¿conocéis a su familia? –Maleficent asintió-. No me gustaba, de todas maneras.
Mientras Nimue le hablaba, Maleficent estudiaba a su alumna. Le sobraba capacidad para odiar, tal y como había demostrado días atrás. Tampoco dudaba de la sinceridad de sus actos. Lo que le preocupaba era la cantidad de odio. Todavía odiaba igual que los niños, que en un instante llegan a aborrecer algo con toda su alma pero que al cabo de un rato lo perdonan todo. Había que remediar eso.
-Señora –continuó Nimue, cambiando de tema-. Me gustaría deciros que lo que os hicieron fue una canallada, algo imperdonable. Aurora se merecía lo que le pasó.
-¿Y qué sabes tú sobre lo que me han hecho?
-Vos los amabais a los dos –respondió la chica tras una pausa-. Y ellos os traicionaron. Si me lo permitís, también me gustaría dirigir mi odio contra vuestros enemigos.
Maleficent se encogió de hombros. Empezó a comer sin muchas ganas, dando la conversación por acabada. Nimue la imitó. Pasada una hora, cuando la joven le pidió permiso para ir a acostarse, Maleficent volvió a hablar.
-Está bien, joven Nimue, te enseñaré a odiar –dijo, acariciando la estatua de Diablo. Concentraba la mirada en el cuervo, pasando cariñosamente los dedos por las plumas de las alas. A su Fiel Amigo le encantaba que le acariciase las alas-. ¿Quieres saber cómo se odia hasta el extremo? Es muy fácil. Concentra todo tu odio y tu rencor hacia una persona, aliméntate de tu ira. Rompe todos los vínculos afectivos con ella. Sólo así podrás vengarte.
Nimue se quedó mirándola con los ojos sombríos. Esbozó una pequeña sonrisa, le dio las gracias y se despidió. En los días siguientes volvió a su mutismo habitual, concentrando toda su atención en sus estudios y, en los ratos libres, sumida en sus meditaciones. Maleficent la observaba desde lejos pero tampoco decía nada. El silencio de Nimue la importaba bien poco y lo tomaba incluso como algo bueno. Estaba acostumbrada a la tranquilidad de su torre y cualquier ruido fuera de lo habitual la ponía nerviosa.
Por otra parte, la chica demostró ser una estudiante mucho más aplicada que la gran mayoría de los aprendices corrientes. Al cabo de un mes conocía la inmensa mayoría de las palabras arcanas y aprendido todos y cada uno de los hechizos que Maleficent le había enseñado. Ésta estaba gratamente sorprendida con las capacidades de la chica, e incluso se sorprendió a sí misma felicitando a la joven.
-Fabuloso –confesó inconscientemente-. Eres buena.
A Nimue se le iluminó la cara. Le dedicó una sonrisa de oreja a oreja mientras la miraba con adoración. Maleficent se arrepintió de sus palabras, pero no dijo nada.
-Gracias, señora –balbuceó la chica-. Mas no hubiera sabido hacerlo sin vuestra ayuda. Pero…
-¿Pero? –repitió la mujer, cruzándose de brazos.
-Me preguntaba cuándo os mostraréis de nuevo en público.
Maleficent negó con la cabeza. Creía haber dejado claro que se había retirado. No tenía ni idea de qué estaría esperando exactamente esa chica, pero la Emperatriz del Mal no volvería a aparecer en lo que le quedaba de vida. Así lo había decidido noches atrás.
-¿Aparecer? ¿Consideras apropiado aparecer con una herida en el pecho recién cicatrizada y quemada como un costillar a la parrilla?
Nimue frunció el ceño, al parecer no muy convencida. Maleficent, entretanto, se había alejado de ella. Quería retirarse a su habitación y quedarse sola. La noche anterior había tenido una pesadilla bastante desagradable acerca de su pasado y no estaba de muy buen humor.
-Señora, ese no es motivo para languidecer en este castillo.
Maleficent giró en redondo. Empujó a la chica, no muy fuerte pero sí con enfado. Una de las cosas que un maestro no podía permitirse, precisamente, es que su alumno se atreva a cuestionarle. Una vez el aprendiz ha empezado con esa práctica, o se la extirpa de raíz, o el maestro acaba despedazado en un sucio lodazal. Nimue aún era demasiado novata para intentar nada pero si Maleficent le seguía consintiendo ese tipo de tonterías acabaría haciendo compañía a su antiguo maestro, que se reiría por lo irónico de su suerte.
-No vuelvas a cuestionarme, ¡nunca jamás! Tengo mis motivos para hacer lo que hago.
Habló en tono pausado pero no exento de cierta ira, más para acongojar a la joven que por verdadero enfado. Nimue, por su parte, volvió a encogerse.
-Lo siento –respondió en un susurro.
-Más te vale –masculló la otra. Dejó a la muchacha sumida en la congoja y subió a su habitación. El enfado se le pasó enseguida, dando paso a la incredulidad. Si esa joven hubiera sido cualquier otra persona se habría llevado un castigo mucho mayor que una simple regañina. Sin embargo había algo que le impedía tratar a Nimue como a todos los demás.
Y ese algo residía en el interior de la Emperatriz del Mal.
