"El amor es amistad que se enciendo en fuego. Es un silencioso entendimiento, confianza mutua, compartir y perdonar. Es lealtad en los buenos y malos tiempos. Se conforma con menos que perfección y da espacio para debilidades humanas." Ann Landers.
Dos años después.
La primera tarde del cuarto mes del año el sol estaba radiante, el día invitaba a celebrar. La Madriguera nunca había estado tan atestada de gente como en los días previos, cuando toda la familia se reunió y los amigos más cercanos no dejaban de hacer visitas, insistiendo en ayudar. En comparación, llevar a cabo la boda de Bill y Fleur había sido de lo más sencillo, a pesar de las circunstancias.
Resultó que, cuando la noticia de que una estrella del Quidditch en ascenso, y el gran héroe de la guerra se difundió, fue una tarea titánica mantener alejados a los curiosos. Más de uno había sido atrapado por Ron y Fred, y descubierto lo desagradable que podía ser el sujeto de prueba de los productos de Sortilegios Weasley.
- Curioso, que la más joven de todos sea la segunda en casarse – dijo la señora Tonks, mientras dejaba en el suelo a Ted, que corría a jugar con la pequeña Victoiré.
La primera nieta Weasley estaba por cumplir un año, y ya comenzaba a dar sus primeros pasos. Era, simplemente, preciosa. Lo había sido desde el momento en que nació, y cuando los tíos, los abuelos y los amigos la vieron, quedaron prendados de ella. Tal vez fuera porque era un octavo veela, pero la señora Weasley decía que hubiera sido igual de encantadora de todas formas. Si alguna vez hubo discordias y desagrado por tener a Fleur en la familia, todo aquello desapareció con el nacimiento de la niña.
- No es cuggioso paga nada – dijo Fleur, mientras arrebataba de las manos de la pequeña una varita falsa que seguramente Ron había dejado descuidadamente por allí. – Ellos egstán hechos el uno pagga el otro.
- ¿Está Ginny por aquí? – preguntó Hermione, asomando la cabeza a la sala – ya casi es hora.
- Ya debería haber bajado – dijo la señora Weasley – iré a ver…
- Déjeme, señora Weasley – dijo Hermione, sonriendo - yo iré por ella.
Fue hasta la habitación de Ginny, abrió la puerta ruidosamente, pero su amiga ni siquiera se giró. Se miraba al espejo y se retorcía las manos, claramente nerviosa. Hermione sacudió la cabeza, ya sabía que sería así, aunque llevaba semanas asegurando que sería un día absolutamente común y corriente.
Ginny había jurado que no tendría por qué sentirse así, que iba a mantener la calma. Nada sería diferente a lo que ya era. Era sólo Harry.
Era Harry.
Se iba a casar.
Y si seguía mirándose en el espejo un segundo más, saldría saltando por la ventana.
- Ejem, ejem – tosió Hermione, y Ginny saltó hacia atrás, sorprendida. Entonces vio a Hermione, y frunció el ceño. - ¿Te parece que mis imitaciones son bastante buenas, también?
- Qué graciosa.
- Estás preciosa – dijo Hermione, aprobando la imagen de su amiga.
Las dos habían tenido muchas dudas, cuando Fleur se ofreció a ayudarlas con el vestido de novia, pero el que acabaron encontrando para Ginny le sentaba perfectamente. Caía suavemente sobre ella, sin complicados pliegues, pero los encajes con destellos dorados la hacían brillar. Su pelo rojo estaba recogido de costado, y también brillaba.
Ginny no respondió al comentario, así que Hermione adivinó que seguía nerviosa, tanto como su amigo a quien acababa de dejar con Draco, esperando por ella.
- Si te sirve de consuelo, Harry está más nervioso que tú – le dijo Hermione, sin ningún reparo en traicionar al muchacho – de hecho me envió para asegurarme de que no te escaparas.
- ¿Por qué iría a escaparme?
- Eso mismo fue lo que yo le dije – le contó Hermione, suspirando – pero ya ves, de pronto y decides que te va suficiente bien como soltera, y que un año viviendo juntos te hizo desistir de la idea. ¿Ridículo, verdad? Pero parece que estás en las mismas…
Ginny suspiró. Se sentó en la cama, y Hermione se sentó al lado suyo.
- Es sólo que he imaginado esto tantas veces… pero no pensé que sería un asunto de interés de toda Inglaterra. Incluso me han llegado tarjetas de Bulgaria, de América y de otros países del mundo, y no todas eran de felicitación, ¿sabes?
Hermione sabía que Ginny había estado bajo mucha presión durante el último mes. Acababa de convertirse en la Capitana de las Arpías de Holyhead, pero su entrenadora no veía con buenos ojos la idea de un matrimonio le había advertido que no formar una familia sería el adiós definitivo a su carrera como jugadora profesional. Eso sin contar con que todos los fans esperaban que las Arpías ganaran la temporada con ella como capitana.
Al ser dos de las figuras más queridas por la comunidad mágica, Harry y Ginny tenían todos los ojos puestos sobre ellos, y tener las esperanzas de cientos sobre su futuro tampoco era fácil. Sin contar con que, sobre todo en el caso de Harry, les hacía recordar la razón por la cual eran tan conocidos, y aquellos recuerdos no eran precisamente felices.
Era el tipo de presiones que podrían destruir a una pareja común y corriente, pero Harry y Ginny no eran una pareja común y corriente. Fuertes y firmes los dos, luego de todo lo que habían atravesado en tres años de noviazgo y varios más de amistad, el suelo se mantenía bien firme debajo de ellos.
- Lo que tienes son sólo nervios, como todas las novias – dijo Hermione, recogiendo un mechó de pelo rojo que se había escapado de su lugar – pero mañana no habrá ninguna diferencia, excepto que ya no serás Ginevra Weasley, sino Ginevra Potter.
Ginny inspiró profundo y se relajó.
- Si, cierto, tienes razón.
- Tengo la razón el 95 por ciento de las veces – dijo Hermione con suficiencia – Y ahora vamos abajo junto a tu padre, o Harry de verdad creerá que lo has dejado plantado.
La situación bajo el toldo donde los invitados y el novio aguardaban, no distaba de lo que Hermione había descrito. Harry se paseaba nerviosamente de un lado para el otro.
- ¿Nervioso? – Draco le dio una sonrisa burlona – Claro, no podríamos culparla si se arrepiente. Después de todo es linda, es una buena jugadora de Quidditch, es famosa y tiene a muchos comiendo en la palma de su mano.
Harry le dirigió una mirada asesina al padrino, que no hacía nada para mejorar la situación.
- No estás ayudando. Se supone que eres mi mejor amigo.
- Sólo bromeo. Mira, allí vuelve Hermione.
Harry se giró hacia su amiga, que volvía para ocupar su lugar.
- Cambia esa cara, Harry, ya viene.
- Veremos quien se ríe de quien dentro de un par de meses – dijo Harry, a modo de amenaza.
Él estaba seguro de que, si él se encontraba nervioso en ese momento, Draco y Hermione lo estarían mucho más dentro de un par de meses, ya que ellos tendrían que lidiar con invitados muggles e invitados magos. ¡Ja! Quería ver cómo salvarían esa situación.
Pero Harry no tuvo mucho tiempo para pensar en su venganza, porque en ese momento la música comenzó a sonar y al final de la fila aparecieron el señor Weasley y Ginny.
Ella estaba tan hermosa, que él olvidó respirar.
Era maravilloso como, a pesar de verla todos los días, a pesar de todo el tiempo que pasaban juntos, nunca empezaba a acostumbrarse a su belleza, y a que alguien tan increíble como ella lo hubiera escogido a él.
Y entonces, cuando se tomaron de las manos, los nervios desaparecieron. Porque era así como debía ser, desde el principio. Harry debió haberlo sentido desde el día en que la vio corriendo detrás del tren, la pequeña desconocida que capturó su atención por un breve instante, y después entró a su vida para quedarse.
La señora Weasley lloró por los dos por igual, e incluso Hermione derramó lágrimas – uno diría, que habiendo estado hablando de la boda por semanas, ella tampoco debería ponerse tan sentimental por el asunto – pero era inevitable. Era parte de la vida.
- Bailas bien – le dijo Ginny, abrazándole mientras bailaban.
La noche comenzaba a caer, y varias veces ellos habían sido separados, por invitados que querían bailar con el novio o con la novia, o viejos conocidos que intercambiaban unas palabras con Harry y a quienes él no podía evitar por simple cortesía. Pero en ese momento por fin podía bailar con su esposa.
- Tuve una buena maestra, señora Potter.
Ginny suspiró. Sonaba muy bien, había que admitirlo. Sonaba perfecto.
