Tema del capítulo: Rituales matutinos
Día 2
Eran contadas las mañanas en las que Eduardo no se levantaba antes que Alfred, incluso cuando él era el primero que salía de casa para trabajar.
Se desperezó, se vistió y salió del cuarto. Podía oler el café recién hecho y algo cocinándose en la estufa mientras bajaba por las escaleras. Se detuvo en el umbral de la cocina, más estimulado por la visión de su esposo que por los aromas que le inundaban la nariz y le abrían el apetito.
Adoraba verlo por las mañanas. El cabello negro despeinado, los pies descalzos, y una pijama consistente de unos boxers y una playera suya. Se acercó sigiloso, aprovechando que estaba de espaldas para envolverle la cintura y descansar la barbilla sobre su hombro.
―Huele muy bien ―dijo Alfred, luego le rozó el cuello con la nariz―. Tú también hueles bien.
Dani ―como él prefería llamarlo por su segundo nombre― rió; era muy cosquilludo, y a Alfred le encantaba escucharlo reír.
―No estoy incluido en el menú esta mañana.
― ¿Y qué tal en la cena? ―preguntó coqueto, a lo que recibió una sonrisa igualmente sugerente.
Dani se giró y le rodeó el cuello con los brazos. Se besaron por largo rato con esa dulzura matutina que en más de una ocasión se convirtió en pasión. Al separarse, frotaron la punta de sus narices.
― ¡Qué lindo!
Ambos voltearon, topándose con los grandes ojos azules de Edward, su pequeño de siete años, quien sonreía igual que al ver su película favorita de Disney cada vez que los atrapaba en medio de sus demostraciones de afecto.
―Buenos días, cariño ―dijo Dani.
―¿C-cuánto tiempo llevas ahí? ―Alfred no podía evitar sentir cierta vergüenza. Edward lo miró confundido.
― ¿Por qué? ¿Hicieron otra cosa bonita? ¿Me lo perdí?
Dani rió, y Alfred trató en vano de ocultar su sonrojo.
Tenían un pequeño admirador.
