Disclaimer: HP no me pertenece y en esta historia yo solo juego con algunos de sus personajes.

Aviso: Este fic participa en el Reto #17: "La familia lo es todo" del foro Hogwarts a través de los años.

Familia: Tonks (Ted, Andrómeda y Nymphadora).


Summary: Ella representaba la alegría del ser, ella iluminaba el mundo con los colores del arcoíris.


Los colores del arcoíris

Los aullidos de dolor se escuchaban claramente. Al otro lado de la puerta, Ted Tonks caminaba de un lado al otro, él debía estar allí adentro tomándola de la mano, pero ella se había negado rotundamente y si algo había aprendido, después de tanto tiempo, es que cuando Andrómeda decía no, era no y si no querías hacerle frente al carácter de los Black era mejor callar y acatar. De repente un quejido y un grito más agudo se escuchó y después de lo que parecía ser una eternidad la puerta se abrió.

—Es una niña —anunció alegremente la partera a un muy nervioso padre, él no pronunció palabra aún sorprendido y recibió el pequeño bulto con sus temblorosos brazos— En unos momentos podrás entrar a ver a Andrómeda —y la puerta se cerró.

Ted miró nervioso hacia la puerta, bajó la mirada y con infinito cuidado descubrió la manta que cubría a la pequeña. Se dedicó a mirar con adoración a la pequeña, sus ojos permanecían cerrados, sus manitas cerradas en un puño y su boca entreabierta en un tierno puchero. Era increíble cómo se había enamorado de su pequeña incluso antes de nacer, pero la realidad sobrepasaba sus expectativas, ella era simplemente hermosa, perfecta.

—Eres hermosa ¿lo sabías? Tan hermosa como tu madre, eres perfecta y eres mi nenita —susurró con devoción.

La pequeña abrió los ojos poco a poco y su mirada se enfocó en la voz del que era su padre, hipnotizada con el susurro. Ella abrió una de sus manitos y atrapó el dedo del hombre, el momento fue único y sublime, casi irreal; sonrió embobado al ver cómo se removía y de repente su cabello cambió de color, del negro a un castaño claro y luego al chicle chillón y de vuelta al negro. Todavía tenía la boca abierta cuando la puerta se abrió, el entró con paso apresurado y después de verificar que todo estaba bien con su esposa, le cedió a la bebé.

Ted se sentó a su lado y observó en silencio como la arrullaba entre sus brazos, cuando le contó lo que su pequeña había hecho, ella se carcajeó afirmando que sólo a él se le podía ocurrir semejante locura. Pero a los pocos minutos, cuando ella estaba amamantándola por primera vez, la bebé cambió su cabello a un color rosa chillón y se quedó dormida en silencio. Andrómeda se giró y vio la sonrisa de su marido y se contagió de ella.

—Es metamorfomaga —susurró aún sorprendida y él asintió complacido ante la revelación. Volvió a mirarla y en silencio pensó que su pequeña ninfa le traería millones de alegrías y un mundo lleno de color.

El tiempo pasó y la pequeña Dora creció sin parar, sus dones eran magníficos y ella había aprendido a usarlos a su favor cada vez que se metía en problemas. Para Andrómeda a veces era un dolor de cabeza, pero jamás lo era para Ted; él estaba orgulloso de las habilidades mágicas y poderosas de su hija, tanto que no dudaba en alardear de ello y llenar cientos de álbumes con fotos de las divertidas imitaciones que su hija hacía. Con el tiempo aprendió a conocer que su hija no solo usaba los colores para divertir sino también para expresar, haciéndola un libro abierto y fácil de leer. Fueron contadas las ocasiones en las que Ted suspiró nostálgico por el arcoíris de colores de su hija y era así porque en cada una de ellas, ella representaba la alegría del ser, ella iluminaba el mundo.

La primera vez fue cuando fue a visitarlos Sirius, el primo de Andrómeda, para advertirles que Bellatrix estaba dándoles caza; él, con apenas diecinueve años, estaba en la Orden del Fénix y se había enterado de los maléficos planes de su cuñada. Nymphadora apenas tenía 6 años y uno de los amigos del pelinegro, se la había llevado a la cocina para que ellos pudieran hablar tranquilamente. Cuando fueron a buscarla, ella reía como jamás en su vida y no exageraba, comía chocolate, sus ojos brillaban y su cabello cambiaba de color rápidamente, rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo, violeta y empezaba de nuevo. Ted y Andrómeda se miraron sorprendidos, no era la primera vez que ella cambiaba su color de cabello, pero sí la primera vez que lo hacía en el orden específico de los colores del arcoíris. Sirius y su amigo, Remus Lupin, partieron sin poder quedarse más tiempo. La familia Tonks los vio partir y Nymphadora suspiró.

—Voy a casarme con él cuando sea grande —anunció. Su cabello bailando como el arcoíris, sus ojos brillando como el sol y Ted suspiró dramáticamente. Andrómeda solo sonrió.

La segunda vez que Nymphadora convirtió su cabello en un arcoíris andante fue cuando recibió la carta de aceptación al Cuartel de Aurores, su sueño hecho realidad, ni cuando recibió la carta de Hogwarts estaba tan feliz. Brincó como una niña pequeña y abrazó a su madre que lloraba desconsolada en la mesa del comedor por el futuro incierto que le avecinaba. Se giró hacia su padre, le besó la mejilla y le aseguró que haría que estuviesen orgullosos de ella, como si no lo estuviesen ya.

La tercera vez fue cuando regresó de la primera reunión de la Orden del Fénix, no dijo nada, no podía develar ningún secreto, pero su cabello la traicionaba. Ted le aseguró a Andrómeda que se debía a la alegría que sentía por ser aceptada y valorada por sus dotes, pero se sorprendió cuando al terminar la cena, anunció que había conocido a uno de los mejores amigos de su primo Sirius y que él era todo un encanto. Ted empalideció y calló al instante, negándose al hecho de que tal vez, su niña ya no era tan niña y por primera vez quiso prohibirle salir de casa.

La cuarta fue cuando llegó tarareando una canción muggle después de una misión de la Orden y anunció que se mudaría al cuartel de la orden "para estar más cerca por si pasaba algo". Andrómeda calló y él se enfureció, su hija le tomó la cara entre sus manos y aseguró que todo estaría bien, que ese era su trabajo y ella lo disfrutaba "Incluso más de lo que él podía imaginar". Y entonces lo supo, Remus caería en sus redes tarde o temprano, porque él calló mucho antes de que ella naciera. Por eso no le sorprendió que un año después, anunciara que se casaría y mucho menos le sorprendió volver a mirar el arcoíris en su cabello. Ella era feliz, mucho más feliz de lo que ellos pensaban, era tan feliz que él solo la abrazó y le murmuró en su oído.

—Adelante hija, sé feliz; hazlo feliz, representaba la alegría del ser, ilumina el mundo con los colores del arcoíris y nunca olvides que somos tu familia y que la familia lo es todo siempre.

La última vez que Ted vio a su hija supo que era feliz, Remus había vuelto y ella esperaba a su propio hijo. Pero no fue su sonrisa la que la delató, ni mucho menos su andar o el susurrar de su cantar, fue el arcoíris de colores que vivía en su cabello día y noche el que le aseguró a Ted que, a pesar de irse, su pequeña era feliz y sería así por mucho tiempo.


Nota de la autora: Honestamente no sé de donde salió todo esto, pero aquí está. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. Nos vemos en una próxima entrega.

Gracias por leer.