Disclaimer: Los personajes que utilizo en esta historia no me pertenecen, Inuyasha es propiedad de Rumiko-Sama.
Ningyo Hime
Capítulo I
- Cruel Moon -
La luz de la luna iluminaba ligeramente la habitación. Sentada frente al tocador de coral observó su reflejo en el espejo. Sus ojos nostálgicos se fijaron en la mirada del reflejo ¿aún había esperanza para ella?
— Princesa Kagome— Ni siquiera se inmutó al escuchar a una niña que se deslizaba por la puerta, entrando a la habitación.
Kagome siguió mirando su rostro por el espejo mientras sus dedos se deslizaban sobre el reflejo de su cara. Había ocasiones en las que estaba tan absorta que ya no distinguía la realidad.
La niña se aproximó hasta la cama, con mucho cuidado separó las mantas de ella, y preparó la mullida cama para que la princesa se acostara en ella.
— ¿Por qué todos me abandonan, Rin?
La pequeña se paralizó frente a la cama al escuchar el susurro de la joven que aún observaba su rostro por el espejo. Agachó su cabeza y diminutas lágrimas escocieron sus ojos. Kagome entonces la miró por el espejo y la pequeña sintió que le faltaba el aire.
Ladeó su cabeza intentando esconder la pena que sentía por su princesa y fijó sus ojos castaños en la ventana de la habitación. Desde esa posición podía mirar la pequeña luna que se teñía de rojo, desde que ese hombre había llegado la luna se había teñido de rojo. Sus piernas se movieron con serenidad y caminó lentamente hacia el ventanal.
Su mano se posó sobre su pecho cubierto por la túnica rosa que le cubría y sus dedos tomaron la suave tela, comenzando a rozarla con nerviosismo.
— No sé por qué dice eso, princesa— le dijo la niña mirando la luna mientras sus lágrimas comenzaban a fluir—. Usted no está sola, me tiene a mí.
Kagome dejó de ver la figura de la niña y sus ojos regresaron a su reflejo. No había brillo en ellos, tampoco esperanza. Estaba encerrada en su habitación, privada de su libertad, alejada de todo cuanto amaba. Las lágrimas se asomaron cayendo lentamente por sus mejillas.
Al escuchar un sollozo ahogado, la pequeña Rin se giró con rapidez. Sus puños se cerraron con fuerza mientras miraba a su princesa llorar. Ahí estaba, escondía su rostro entre sus antebrazos y permanecía sentada mientras su cuerpo hipaba tratando de contener el llanto.
— No llore, por favor— susurró Rin caminando hacia Kagome. Apoyó su pequeña mano sobre la cabeza de la chica y comenzó a peinar el largo cabello azabache—. Me parte el alma verla así.
Kagome levantó su rostro y se volvió a ver por el espejo. Algunos segundos después ladeó su rostro lo suficiente como para ver a la niña a su lado y alzó su mano para tocar la mejilla mojada de la pequeña.
— Mi pequeña Rin— le dijo mientras limpiaba las lágrimas de la niña— No llores por mí— le dijo apoyando la palma de su mano en su mejilla.
La pequeña negó con su cabeza mientras posaba su pequeña mano sobre la de Kagome y las lágrimas volvieron a nacer.
— Estaré bien, Rin— le tranquilizó Kagome esbozando una pequeña sonrisa.
Rin observó el gesto de Kagome y sintió que su corazón se hacía trizas. Su querida princesa se estaba marchitando poco a poco; un fuerte golpe en la puerta le hizo saber a Rin que era hora de salir de la habitación.
Kagome al escuchar el golpe, miró enseguida hacia la puerta tratando de contener el miedo que sentía. Cuando sintió que Rin tomaba su mano y poco a poco la retiraba de su mejilla, volvió su mirada hacia la pequeña.
Rin soltó algunas lágrimas más al ver el rostro lleno de miedo de Kagome y antes de que mirara sus lágrimas, bajó su rostro para que su flequillo escondiera sus ojos llorosos. No deseaba hacerla sufrir más.
— Tengo que irme— dijo la niña mientras comenzaba a caminar alejándose de ella.
Kagome la miró aproximarse a la puerta de su habitación.
— Rin-chan— le llamó extendiendo su mano hacia el cuerpo de la pequeña que tomaba la perilla de la puerta.
Rin paró mientras giraba la perilla.
— ¿Necesita algo más, princesa?— preguntó la chica conteniendo los sollozos.
— ¿Volverás mañana?— preguntó la pelinegra tomando con nerviosismo la túnica blanca que cubría su cuerpo.
— S-si— susurró la pequeña mientras abría la puerta.
Kagome la miró salir de la habitación Ladeó su rostro hacia el espejo de nuevo y fijó su vista en su pálido rostro. Sus manos volvieron a tocar el reflejo de su cara y angustiada observó cada una de sus facciones.
¿Dónde estaba el brillo de sus ojos?
¿Dónde estaba el color de su piel?
¿Dónde estaban sus sonrisas?
Soltó un sollozo mientras cerraba su puño con fuerza sobre el espejo. Sus parpados se cerraron fuertemente y el dolor le desgarró el alma. Extrañaba todo cuanto tenía, extrañaba el mar, sus amigos, a sus padres. Sus ojos se fijaron en su regazo, mirando atentamente el par de piernas que se escondían bajo su ropa.
¿Dónde estaba la pequeña y dulce Kagome?
Se levantó del banquito y tambaleante caminó hacia la cama. Aún no lograba controlar sus piernas totalmente. Todavía no se acostumbraba a no tener su aleta y nadar bajo el agua.
Con cuidado se sentó en la mullida cama. Se arrastró por ella hasta que su espalda se apoyó en el respaldo de esta y abrazó sus rodillas apoyando su mentón en ellas. Su mirada vacía, cansada ya de llorar, miró la rojiza luna en el que ellos llamaban cielo.
— Inuyasha…— susurró recordando al joven de ojos dorados de que se había enamorado.
-.-.-.-
Rin se detuvo fuera de la puerta, cansada de evitar las lágrimas, recorrió su rostro con una de sus manos y ahogó un sollozo con ella. Miró sobre su hombro hacia la puerta y después dirigió su mirada al frente.
— Perdóname, one-chan…
-.-.-.-
Sus manos sostenían una copa de cristal con un poco de vino dentro de ella. Una mujer de cabello negro recogido en un pequeño tocado se acercó a él. Con sus ojos púrpuras escrutó a la joven y está se detuvo al ver la seriedad de su amo.
— Señor, ¿en qué puedo servirle?— dijo la mujer haciendo una reverencia ante el hombre. Alzó su mirada tras terminar la reverencia hacia los ojos del hombre y un escalofrío recorrió su cuerpo al notar la lasciva con que él la veía.
— Kagura… — ella tembló al escuchar su nombre de los labios de aquel hombre despreciable— deseo que me informes acerca de la princesa.
Kagura bajó su mirada hacia el suelo y suspiró aliviada. Había temido que aquel hombre le pidiera que acudiera esa noche a sus aposentos para "disfrutar de sus servicios", como él mismo decía.
— He escuchado que…— se detuvo para mirar el rostro pálido del hombre que bebía un trago de aquel líquido extraño— la princesa se está marchitando.
Observó curiosa la expresión del hombre, y como era su costumbre, éste soltó una carcajada mientras una de sus manos tomaba uno de sus mechones del cabello y comenzaban a enredarlo en ellos.
— Así que la pequeña Kagome se está muriendo— dijo con burla mientras apretaba con fuerza la copa. Kagura saltó al escuchar el crujido del cristal cuando el hombre terminó rompiéndolo. — ¡Esa maldita niña prefiere morirse antes de ser mi esposa!— rugió el hombre levantándose del trono y con un rápido movimiento de sus piernas llegó hasta Kagura.
— ¡Naraku!— dijo ella retrocediendo con los ojos muy abiertos y llenos de pánico.
— Dime, pequeña Kagura— él le tomó del brazo con fuerza y la atrajo a su cuerpo— ¿soy tan mal prospecto para una princesa tan bella como lo es Kagome?
Kagura lo miró con odio al sentir su mano acariciar su espalda. Él acercó su rostro al de ella haciéndola virar su rostro de manera que el hombre terminó besando con fervor su mejilla.
Cuando él separó sus labios de la mejilla húmeda de Kagura, la miró con burla y la tomó de la barbilla. Acercó su rostro de nuevo y sus labios quedaron cerca de los de ella.
— Dile a la princesa que…— hizo una pausa al ver la expresión de asco de Kagura. Le sonrió y volvió al asunto que le importaba— el día de su cumpleaños se convertirá en mi esposa, lo quiera ella o no.
Soltó a Kagura y antes de que pudiera alejarse de él, Naraku la abofeteó. Fue tan fuerte el impacto que ella cayó al suelo. Kagura se llevó la mano a la mejilla y miró con los ojos desorbitados al hombre que estaba frente a ella.
— La próxima vez que intente besarte, no quiero que me rechaces, pequeña— él esperó a que la chica se levantara del suelo y cuando el rostro de Kagura estuvo a su altura prosiguió— ¡Ahora lárgate!— le gritó mientras sus ojos se tornaban rojos como la sangre.
Kagura llena de pánico caminó con rapidez hasta la puerta y deslizó su cuerpo por la abertura de esta. Una vez afuera sus puños se apretaron con tanta rabia que sus nudillos se pusieron blancos.
— Te odio, Naraku— susurró mientras su cuerpo se perdía entre la oscuridad del pasillo del palacio.
-.-.-.-
— ¿Q-qué has dicho?— preguntó vacilante la pequeña Rin a la mujer de túnica púrpura.
— Naraku ha decidido que Kagome contraiga matrimonio con él el día que cumpla sus diecisiete años— le dijo Kagura fríamente.
Rin la miró con los ojos desorbitados. ¿Kagome casada con Naraku? No, eso no podía ser, de lo contrario ese ser convertiría en el rey legítimo de los siete mares.
— ¡No!— dijo Rin cerrando los ojos con fuerza— ¡No puede! ¡Él no puede hacerle esto a mi hermana!— las lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos castaños— ¡La hará sufrir más de lo que ya ha hecho!
Kagura la miró con angustia. Ella había vivido con la familia desde hacía ya algunos años. Había llegado justo cuando Rin acababa de nacer y Kagome en ese entonces tenía alrededor de cinco años. Las había visto crecer e incluso había llegado a sentir cierto cariño por ambas niñas. Sonrió irónicamente. ¿Quién iba a decir que Kagura, la sirena de los vientos se encariñaría con un par de niñas?
— Sabes que no podemos hacer nada más— susurró Kagura apretando sus puños— ¡Míranos!— le dijo a la niña señalando sus piernas— Nos ha quitado nuestras aletas. ¡No podemos huir!
Rin bajó su mirada hacia los dedos de los pies. Era cierto, Naraku les había hechizado para que sus aletas se convirtieran en piernas y no pudieran huir del palacio que era rodeado por el mar.
— Debe haber una forma— susurró Rin— Al menos para que mi hermana huya.
— No, no la hay pequeña Rin— le dijo Kagura apoyando su mano en la cabeza de ella— Así que por favor avísale a Kagome que su boda se realizará el día de su cumpleaños.
Rin observó a la mujer alejarse. Sus puños se apretaron hasta que sus nudillos se pusieron blancos y sus dientes rechinaban tratando de contener el coraje. Debía haber alguna forma para que Kagome huyera de allí.
Naraku la estaba destrozando. Le había quitado todo cuanto poseía, todo cuanto amaba, pero no iba a permitir que le quitara su libertad.
Rin se dio la vuelta y caminó en sentido contrario al de Kagura. Tal vez la abuela Kaede pudiera ayudarle a tramar un plan.
Caminó por los pasillos, hasta llegar a su habitación. Tocó y esperó a que la abuela diera una señal para que pudiera entrar. Una vez dentro, observó la oscura habitación, buscando la mirada de la mujer.
— ¿Quieres que ayude a la princesa Kagome a huir?— dijo una mujer cómo si supiera que era lo que pasaba por su mente.
— Abuela Kaede, yo sé que tú eras una mujer muy poderosa cuando eras joven y conocías muchos secretos que nadie más sabía— dijo Rin esperanzada forzando la vista para encontrarla.
Kaede la miró con ternura y después su expresión cambió a una de pena.
— Ahh que buenos tiempos eran aquellos— dijo suspirando mientras miraba el techo de la habitación— Lo recuerdo cómo si fuera ayer.
Rin arqueó una ceja mientras veía a la anciana que había fijado su vista en algún punto del techo.
— Te llamaban la bruja del mar— dijo Rin misteriosamente— según los rumores eras capaz de convertir a una sirena en humana y podías curar a cualquier animal acuático o humano con tus hierbas medicinales.
Kaede bajó la mirada y miró con el ceño fruncido a la niña.
— ¿Cómo lo sabes?— le dijo seria.
Rin encogió los hombros e intentó que el tono sombrío de Kaede no le diera miedo.
— Mamá me lo dijo— Rin miró a Kaede desafiante— Y también se acerca de la gran tormenta que papá te pidió que causaras para que aquellos humanos murieran y Kagome no subiera más a la superficie.
Kaede miró con temor a la chica. ¿Cómo es que ella sabía tanto?
— Quiero que ayudes a Kagome— dijo sin vacilar la pequeña.
— No puedo, pequeña— dijo la anciana viéndola con tristeza— aún cuando tuviera mi aleta me sería imposible— bajó su mirada y observó las patatas de la mesa—. Hace ya mucho tiempo que perdí ese poder.
Rin frunció el ceño y negó con su cabeza.
— Debe haberla abuela, tú eras una poderosa sacerdotisa de los mares— susurró la chica con la voz temblorosa— ¡tienes que ayudar a Kagome!— chilló— Si no lo haces morirá en poco tiempo— sollozó.
Kaede caminó hacia la niña y la abrazó con fuerza. Sus ojos se fijaron en el fuego de la vela que estaba en el rincón y observó cómo temblaba la llama. Cerró sus ojos conteniendo las lágrimas. No había nada por hacer, lo único que quedaba era esperar.
-.-.-
Kagome ni siquiera se movió al escuchar la noticia acerca de su boda con Naraku. Sus ojos vacíos miraron a su hermana y después, a la mujer de ojos rojos. Parpadeó un par de veces y se viró hacia el espejo para mirar su reflejo.
— ¿Kagome?— le llamó Rin caminando hacia ella.
Kagura posó su mano en el hombro de la niña, haciendo que ésta parara de caminar y volteara a verla con los ojos bien abiertos. Kagura negó con su cabeza y dio un paso hacia delante para rodear los hombros de Rin.
— Será mejor que la dejemos sola— le dijo mirando el reflejo de Kagome por el espejo.
Rin miró de nuevo a su hermana que acariciaba el reflejo de las ojeras de su rostro y asintió conteniendo el aliento.
Kagome siguió con su mirada en el espejo hasta que escuchó la puerta chillar y cerrarse. Sus ojos se inundaron de lágrimas y con lentitud se aproximó al ventanal de la habitación.
— Desearía volver a verlo— susurró mirando hacia el horizonte lleno de agua salada mientras su mano tomaba la esfera rosada que colgaba de su cuello.
Se quedó allí, mirando el cielo hasta que el sol se ocultó por el mar. El cielo estaba iluminado por algunos rayos y las estrellas comenzaban a aparecer en el limpio cielo color índigo.
De pronto, un fuerte resplandor naranja cubrió su cuerpo y sintió que la cabeza le daba vueltas. Escuchó gritos y al girar su cabeza hacia la puerta descubrió grandes llamas que cubrían el pasillo.
— ¡Kagome!
Escuchó el grito desde la puerta y vio a Rin allí. Dio un par de pasos y sintió el calor aumentar.
— ¡Vamos Kagome!— le volvió a gritar Rin que entró corriendo y le tomó la mano.
Rin comenzó a correr con Kagome tomada de la mano. Salieron de la habitación tratando de huir del fuego que avanzaba por todo el palacio.
— ¿Qué ha sucedido?— le preguntó Kagome agitada sintiendo que sus piernas le temblaban y que en cualquier momento dejarían de moverse por el cansancio.
— Tienes que huir— le dijo la chica sin voltear a verla.
Ambas se concentraron en seguir corriendo por los pasillos del palacio al que Naraku les había llevado después de capturarlas. Bajaron por las escaleras de la torre del ala izquierda y se internaron en el oscuro salón donde varios hombres corrían para todas partes cargando las pertenencias del palacio.
— ¡Vamos, Kagome!— Rin tiró de Kagome y esta cayó al suelo de bruces.
Rin se detuvo y volvió para ayudar a Kagome a levantarse. Una vez que Kagome estuvo de vuelta en pie, Rin volvió a jalarla, retomando su carrera.
— Kagome, tenemos que aprovechar que Naraku ha salido del palacio— Rin miró sobre su hombro a su hermana que corría con demasiado esfuerzo.
Kagome miró hacia su hermana y se encontró con los ojos de ella. Esos ojos castaños no podían esconderle nada: ella había provocado el incendio. Bajó su mirada hacia el suelo y empleó todas sus fuerzas para alcanzar a su hermana.
— Gracias, Rin— le susurró agitada cuando estuvo a su lado.
Rin solo le sonrió y su vista volvió a fijarse al frente. Kagome al perder la mirada de su hermana, también miró hacia el frente.
Sintió su cuerpo estremecerse al sentir la calidez de la arena en sus pies. Sonrió como no lo había hecho desde que Naraku les había capturado. Los rayos de la luna bañaron su cuerpo. Sorprendida fijó su vista en la luna y descubrió que su color plateado había vuelto.
Sus ojos se fijaron en el infinito mar oscuro y caminó vacilante hacia él. Su mano soltó la de Rin y todo a su alrededor desapareció. No había dolor, sufrimiento, gritos, llamas ardientes… soledad.
Caminó hacia el agua que golpeaba la costa y sus pies se sumergieron en el agua fría. Un escalofrío recorrió su cuerpo y sus ojos se cerraron por instinto, disfrutando del agua hasta sus tobillos.
Otro escalofrío recorrió su cuerpo y una ola le golpeó los pies con fuerza. Sus ojos se abrieron de golpe y descubrió que el mar se teñía de rojo…
Rojo como la sangre…
Escuchó gritos desesperados y el mar arremetió contra ella con fuerza, haciéndola tambalearse y casi perder el equilibrio. Sus pupilas se fijaron en la gran esfera en el cielo y el terror recorrió todo su cuerpo, era roja, tanto como el mar.
— ¡Huye Kagome!
Sus ojos se abrieron completamente y su rostro adquirió un tono aún más pálido del que tenía. Con rapidez, se giró por completo y el miedo se apoderó de ella.
Allí estaba él, Naraku, rodeado por las llamas como un verdadero demonio que surgía del mismo infierno. Sus ojos rojos la miraban con odio, y a pesar de todo, con burla al mismo tiempo. De su cuerpo surgían varios tentáculos y su cabello se veía aún más largo, y en sus manos…
Kagome sintió las lágrimas correr por sus mejillas e intentó moverse, pero le fue imposible, estaba completamente paralizada.
— Rin…— susurró mientras veía a la pequeña retorcerse mientras las manos de Naraku apretaba su cuerpo.
Rin la miró con lágrimas en los ojos, le sonrió y finalmente cerró sus ojos.
— Huye, Kagome— susurró la pequeña antes de que sus manos soltaran los brazos Naraku y su cuello se ladeara.
Naraku miró a la pequeña que tenía en sus manos, mientras esbozaba una sonrisa de maldad. Después, su mirada se dirigió hacia la chica de ojos castaños, le regaló una sonrisa perversa mientras aventaba el cuerpo inerte de Rin sin piedad sobre la arena.
Kagome retrocedió un paso al verlo acercarse y negó con su cabeza. El miedo la había paralizado por completo y no podía apartar su vista del cuerpo de su hermana.
— Huye, Kagome…
Las últimas palabras de su hermana resonaron en su cabeza. Llevó sus manos a la cabeza y la apretó con ellas, intentando borrar las imágenes que aturdían sus pensamientos.
Sus padres siendo asesinados por Naraku, el agua de mar teñida de rojo, Kagura siendo violada por ese demonio. Naraku dándole muerte a su hermana frente a ella.
Un fuerte chillido fue emitido por ella y un resplandor negro cubrió su cuerpo.
Naraku paró en seco y sus ojos se abrieron al ver el aura maligna que la chica emanaba. Negó con su cabeza pensando que era ridículo sentir miedo de una chiquilla indefensa. Reanudó su andar.
Uno de sus tentáculos se movió a gran velocidad para atacar a la chica que mantenía la cabeza gacha y, antes de que este tocara el cuerpo de ella, se desintegró.
Sorprendido miró a la mujer y decidido, volvió a atacarla. Esta vez fueron tres tentáculos los que se acercaron hacia Kagome y en esa ocasión, ella alzó su rostro, mostrando aquellos ojos vacíos y su rostro inexpresivo.
— ¿Alguna vez has tenido familia?— ella dio un paso hacia delante y él retrocedió uno también— ¿Has sentido el amor de alguien?— dio un paso más— ¿Alguna vez has tenido algo que verdaderamente haya valido la pena?— dijo con voz cansada.
Naraku la miró irónicamente y dejó de retroceder.
— No, por supuesto que no— susurró Kagome volviendo a agachar su cabeza.
— No sé de qué hablas, princesa— expresó el hombre acercándose a ella— Soy un demonio como puedes darte cuenta, el amor no significa nada para mí.
Sus tentáculos volvieron a moverse y se lanzaron a una mayor velocidad que la vez anterior.
— Mereces morir, Kagome— dijo mofándose.
Kagome alzó su rostro y llevó su mano hacia la esfera que anteriormente era rosa. Un fuerte resplandor negro cubrió su cuerpo. Los tentáculos de Naraku se desintegraron al instante y él se obligó a cerrar sus ojos para evitar el fuerte resplandor.
— Algún día, Naraku, pagarás por todo lo que me has hecho. Yo Kagome, la princesa de los siete mares me vengaré de ti…
Las palabras fluyeron en el aire mientras el cuerpo de la chica se desvanecía.
Naraku abrió sus ojos y recorrió con ellos todo el lugar. No había rastro alguno de Kagome. Su ceño se contrajo al recordar aquella expresión vacía de los ojos de la chica.
— La Shikon no Tama— susurró el hombre dándose la vuelta—. Algún día nos volveremos a ver, princesa— dijo mientras caminaba entre los cuerpos calcinados— Y veremos quién se venga de quién… cuerpo fue desapareciendo entre la neblina de humo.
-.-.-
— Inuyasha…
El chico de cabellos negros frunció el ceño cuando sintió que alguien le zarandeaba el hombro. Él soltó un gruñido y abrazó con mayor fuerza sus piernas.
— ¿Durmió en la ventana?— se escuchó la voz de una chica.
— Parece que sí— le respondió el chico de ojos azules.
— ¿Inuyasha?— le llamó la chica acariciando la mejilla de Inuyasha.
Inuyasha soltó un suspiro y su boca esbozó una sonrisa. Sus parpados poco a poco comenzaron a abrirse, sus cejas se contrajeron cuando sintió la luz del sol sobre sus ojos y ambos cristales ambarinos se volvieron a cerrar. Volvió a abrirlos con cuidado y está vez, con los ojos entre cerrados, observó el lugar en el que se encontraba. Su ceño se arrugó de nuevo y chasqueó con la lengua.
— ¿Dónde está?— dijo con voz ronca mientras sus ojos se paseaban por la habitación.
— ¿Dónde está quién?— preguntó Miroku que recorría la habitación.
— Ella— le respondió el oji-dorado apoyando sus pies en la alfombra de la habitación. Sus ojos recorrieron de nuevo la habitación y después se dirigieron hacia el umbral de la ventana.
— ¿Ella?— preguntó Sango acercándose a él. Posó su mano en la frente de Inuyasha para ver si tenía fiebre.
— ¡Feh!— dijo mientras se escurría de su lugar y daba algunos pasos hacia el centro de la habitación—. No tengo fiebre— dijo girándose para estar frente a Sango.
Ella suspiró y encogió los hombros. Comenzó a caminar por la habitación con dirección hacia la puerta.
— Está bien, Miroku— le dijo viendo al chico de ojos azules sobre el hombro—. Es Inuyasha, sabes que acostumbra dormir sentado— finalizó mientras salía de la habitación.
Inuyasha llevó su mirada hacia Miroku y este simplemente encogió los hombros mientras negaba con su cabeza.
— ¿Por qué eres así con ella?— le preguntó Miroku acercándose a él—. Ella se preocupa por ti— le dijo con seriedad—. Y tú no haces más que lastimarla.
Inuyasha bajó su mirada al suelo y fijó sus ojos en los dedos de sus pies. Era cierto. Sango solo se preocupaba con él y él le pagaba con sus desprecios.
— Escucha yo— susurró sintiendo que le faltaba el aire— solo…— dijo apretando sus puños— solo tuve un mal sueño y amanecí de malas— subió su mirada y se encontró con los ojos azules de Miroku.
Miroku lo vio con seriedad y después relajó su rostro. Le sonrió a Inuyasha y apoyó su mano en el hombro mientras el ojidorado volvía a bajar su mirada.
— Ahora— dijo burlonamente— ¿A qué chica te referías?— le preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.
Inuyasha escondió su mirada bajo su flequillo negro y sus manos se volvieron a apretar.
— ¡No me digas que anduviste de pillín anoche!— expresó Miroku con una sonrisa pícara.
— Creo que sólo fue un sueño— susurró ladeando el rostro hacia el ventanal donde había pasado la noche.
Miroku observó la tristeza en la mirada de Inuyasha y sintió pena por él. Había tenido una vida muy difícil.
Se habían conocido hacía ya cuatro años, justo cuando el oji-dorado ingresó en el internado en el que Sango y él estudiaban. Cuando él llegó, no expresaba ni una palabra, vagaba triste por los pasillos del internado e incluso lloraba por las noches en sueños, mientras llamaba a su madre y a su padre. Miroku lo sabía porque Inuyasha y él habían sido compañeros de habitación, y una noche le escuchó.
Inuyasha caminó hacia la mesita de noche a un lado de su cama y observó el reloj. 9:30 a.m. Aún era temprano. Se sentó en la mullida cama y apoyó sus codos en las rodillas mientras escondía su rostro en sus manos entrelazadas.
¿Había sido un sueño? Soltó un suspiro mientras afirmaba levemente con la cabeza. No había otra explicación. Había despertado justo en la misma posición que recordaba de la noche anterior. Cerró sus ojos e intentó recordar el rostro de la chica de su sueño, sin embargo no pudo. Solo recordaba el dulce sonido de su voz y sus largos cabellos azabaches sobre los hombros mientras el rostro era cubierto por una sombra negra que no le permitía ver el brillo, ni el color de sus ojos.
Apretó sus ojos intentando disminuir la presión que sentía en el pecho que le ocasionaba ganas de llorar. Un sueño. Había sido solo un sueño. Aquella alegría que había sentido no era más que una fantasía. Un dulce anhelo.
— ¿Inuyasha?— Miroku le llamó.
Inuyasha alzó su rostro y miró a Miroku que veía fijamente hacia la orilla del mar. Arrugó el ceño y al ver que Miroku hacía una seña para que se acercara, ser levantó de la cama y fue hacia él.
— ¿Qué pasa?— le preguntó cuando llegó hacia él.
Miroku giró su rostro y ambos se vieron a los ojos.
— Mira— Apuntó con él dedo hacia algún punto de la playa.
Inuyasha siguió el brazo del oji-azul lentamente hasta el lugar donde apuntaba. Sus ojos se abrieron completamente al observar hacia la orilla del mar. Había una mujer inconsciente. Su cabello negro se esparcía sobre su espalda, ocultando su rostro y su cuerpo era bañado por el agua que las olas arrastraban.
Miroku se giró y salió corriendo de la habitación mientras llamaba a Sango. Inuyasha se había quedado paralizado mirando el cuerpo pálido y el cabello negro enredado de la mujer.
— ¡Inuyasha!
Sus ojos se posaron sobre Miroku que lo veía desde los escalones de la entrada.
— Trae una manta— le dijo antes de salir corriendo tras Sango que ya se encontraba cerca de la chica.
Observó a Sango llegar hacia la chica. Sango había quitado el cabello del rostro de la chica y con cuidado logró que la cabeza quedara apoyada en su regazo.
— ¡Qué esperas!— le gritó Miroku viéndolo de nuevo, ya cerca de las chicas.
Inuyasha volvió su mirada hacia la mujer tendida en la orilla.
— ¡Inuyasha!— le gritó esta vez Sango— ¿qué esperas?
Él la miró y asintió vacilante. Se giró y fue hacia su armario. Revolvió todo allí hasta encontrar una manta azul y salió corriendo de la habitación.
Al llegar hasta sus dos amigos, Miroku le tomaba el puso a la mujer.
— Está viva— dijo mientras tomaba la manta que Inuyasha tenía en las manos. La extendió y cubrió con ella el cuerpo de la chica. Sango la enrolló en ella y después la tomó en brazos—. Será mejor que la llevemos dentro.
Sango asintió y salió al par de Miroku mientras observaba a la chica. Inuyasha, por el contrario fijó su vista en los rizos negros que se formaban en las puntas del cabello.
— ¡Vamos Inuyasha no te quedes ahí!— le gritó Sango.
Inuyasha se giró y vio a Sango con las manos en jarra. Miró después a Miroku que caminaba hacia la casa con la chica en brazos y entonces asintió.
-.-.-.-
I hear the wind calls my name
Cruel moon, I cry for you…
To bring him back to my place.
-.-.-.-
Continuará…
N/A: Espero sus comentarios. Saludos.
