Yu-Gi-Oh! no me pertenece, es obra total de Kazuki Takahashi, los estoy usando para expresar algo que no tengo porqué explicar pues a muchos les valdrá si lo pongo o no.
Palabras: 1693
Pareja: Ninguna.
Géneros: Tragedia, angustia, universo alterno (AU).
Advertencias: En este capítulo, ninguno.
Sinposis: Yugi Moto siempre ha sido el marginado, el odiado, el jamás tomado en cuenta por la mayoría de sus compañeros siendo solo tres de ellos quien le hablaban pero era feliz con ello.
Sin embargo, el mundo no es una máquina que concede deseos por lo que aquella felicidad que pudo sentir al lado de ellos se vio opacada de manera brusca y el pequeño tricolor se quedó, nuevamente, solo.
Aunque, después de cada tormenta viene la calma.
¿Podrá ser nuevamente feliz a pesar de todos los baches que tenga que pasar?
Dedicatoria: Sí, va dedicado a alguien. Este capítulo inicia una larga cadena de sucesos dentro del fanfic que, si bien son ficticios, me recuerdan a una persona. Espero y donde esté que pueda leerlo y sepa que sigue en mi memoria.
Al despertar se encontró solo en su habitación, un enorme alivio para Yugi. No obstante, sentía una horrible sensación en el pecho pero no le tomó mucha importancia. Se desperezó y tomó su mochila para hacer la tarea que delego el día anterior. Estaba castigado por algo que no había hecho pero que su hermano sí.
Su tiempo voló rápidamente y pronto tuvo terminada la tarea. Matemáticas era la materia más fácil que pudiera tocarle. Si bien, treinta y tantas ecuaciones era algo excesivo para los demás, no se quejaba de ello.
Guardó todas sus materiales escolares y llevó la mochila a su habitación. Debatió un rato si continuaba o no escribiendo, revisaba las ventajas y desventajas que podría tener. Finalmente, decidió hacerlo: escribir, no podía aguantar el aburrimiento. Si leía, solo olvidaría el mundo entero y, si llegaban, perdería por la envidia de su hermano sobre las pocas cosas que tenía. Un teléfono que tenía ya dos años con él, su hermano lo quería; una libreta nueva, ahí aparecía y la rayaba por no tenerla. Muy infantil su actitud pero no podía reclamar para nada.
Comenzó a escribir, nuevas ideas le llegaban para poder hacer el final planeado. Logró llegar a la situación sin sentirla forzada pero escribió con las mejillas encendidas. No había besado a nadie, no había sentido nada por nadie y le avergonzaba el que, en su mente, ellos lo hicieran, demostrándole lo que se debía hacer, lo que se debía plasmar, las descripciones, las sensaciones… antes de parar, él ya tenía escrito todo y su rostro era del mismo tono de rojo que un tomate maduro.
—Par de pervertidos, les suplico que no sean tan explícitos —murmuró. Yugi hacía a sus personajes y los consideraba personas reales, con emociones, pensamientos, expresiones y personalidades propias. Hablaba con ellos de vez en cuando; otras, se limitaba a que ellos le ayudaran a salir de escenas embarazosas.
Los quería por más problemas que les causaran.
No obstante, no mostraba aquello a nadie, absolutamente nadie podía ver lo que hacía.
Una de las razones por las que no mostraba lo que escribía a sus amigos era, sin duda, ese hecho. Había relaciones sexuales un par de veces pero no era a como ellos pensarían. No. No eran heterosexuales, eran homosexuales.
Tal vez pasaría si fueran mujeres pero no. Eran hombres. Muchas veces, había salido con alguna compañera de la escuela por obra de sus amigos pero no sentía ningún interés en ellas. Tal vez era joven para definir su orientación, tal vez solo estaba confundido. No lo sabía. Solo sabía que sentía cierta fascinación por los hombres homosexuales. Las mujeres… bueno, las respetaba pero no sentía nada por ellas.
Se puso a rayar su piel con su uña. Arañando para crear formas que deseaba pero siempre deteniéndose cuando tocaba o se acercaba a su muñeca. Tenía todo el día para hacer lo que quisiera pero no podía. Si quería salir, debía tener dinero, cosa que no tenía, no podía tener más que su hermano.
Además, no tenía nada más que leer. La mayoría, ya era releído, al menos cuatro veces cada uno —si le gustaba lo suficiente como para volver a encarnarse en el personaje—. Volvió a tomar la libreta y comenzó a escribir, tratando de que la trama se mantuviera a pesar de los extras que estaba metiendo, cosas que no estaban en la original, además de que sonara coherente.
Se perdió entonces, todo era sobre lo que deseaba ser o tener. Tener a alguien que le quisiera o que intentara acercarse a su ser pero todo terminaba mal por más que uno deseara un final feliz.
—En la vida, no existen los finales felices —era lo que siempre se decía al recordar cómo terminaba su historia. Al dejarse en claro que, por más que sus personajes demostraran que se amaban, que darían todo por estar el uno con el otro, no podría dejárselos. Era una dura realidad, lo había sentido cuando perdió a su padre, lo había visto cuando su madre, gradualmente, comenzó a alejarlo al grado de que le trataba como a un desconocido.
Joey le replicaba que, si bien no podían ser perfectos, podía terminar bien. Él que también había perdido a un padre y que solo debía pagar deudas. Yugi le declaraba las diferencias: el rubio tenía familia y él no. Su hermana menor, Serenity, lo adoraba por su fuerza y por ser su único hermano, por ser el que le cuidó. Yugi carecía de hermanos mayores o menores. Era hijo único. Al menos entre la relación que sus padres tuvieron porque aquel que se hacía llamar su hermano, solo era la mitad.
Sin quererlo realmente, se quedó dormido sobre la mesa con la libreta a un lado.
Su sueño era tranquilo. Recordaba cada vez que había estado al lado de su padre biológico…y de Joey. Veía los momentos felices que era capaz de recordar.
Pero un manto negro y frío los cubrió, desapareciendo toda la felicidad que podía tener, dejándolo en tinieblas, en profundas tinieblas. La temperatura bajaba drásticamente. Comenzó a titiritar y veía el vaho de sus respiraciones desesperadas.
Luego, una pequeña luz apareció y trató de llegar a ella pero ésta se alejaba por cada paso que daba.
Escuchó una voz llamarle. Se le hacía conocida pero jamás la había escuchado, al menos, no que recordase.
Despertó de golpe. Recordaba la voz pero no entendía su significado, era otro idioma pero podía entenderlo hasta un punto. Se incorporó despacio, extrañándose de estar en la mesa con un lapicero en mano. Giró el rostro y se congeló en su lugar. Ryo tenía la libreta donde escribía, no podía ver la parte en la que iba pero se espantó al pensar sobre aquella escena.
Su reacción fue instantánea cuando se recuperó del susto. Levantó la mano tan rápido que arrugó varias hojas al recuperar su pequeña posesión. Su compañero parpadeó sorprendido cuando se vio despojado de la lectura pero comprendió que Yugi había tenido que ver en que ya no leyera.
—Es muy buena —le comentó con sinceridad pero Yyugi solo bajó la mirada.
—Solo lo dices por ser mi amigo —le respondió. El tricolor se levantó, guardando el lapicero dentro para regresarlo a su escondite dentro de su habitación, ya no volvería a escribir si tenía sueño, no volvería a hacerlo nunca más.
Ryo lo conocía bien y ya sabía la respuesta ante un cumplido. No podía comprender del todo la denigración que se hacía. Lo había conocido al inicio de la secundaria por lo que desconocía la etapa que la amistad de Joey le había ayudado.
Yugi regresó a la sala-comedor y Ryo lo miró detenidamente: las clavículas y pómulos se le marcaban demasiado, tenía los brazos muy delgados y unas ojeras muy profundas en el rostro. Odiaba a la mujer que era responsable de Yugi por lo que estaba haciendo con su hijo.
—Traje hamburguesa —el tricolor tuvo un cambio drástico. Su rostro estaba iluminado, entendía su reacción: la hamburguesa era su comida favorita y hacía tantos años que no se daba un gusto como aquel. El albino desconocía aquello, solo sabía que la "madre" de Yugi lo dejaba a su suerte.
Yugi se sentó y Ryo colocó la comida frente a él y le obligó a comer todo. El tricolor avanzó lo que pudo pues ya estaba desacostumbrado a tanta comida. El albino le ayudó con las papas fritas. Luego, recogieron todo, limpiando la mesa para eliminar la evidencia.
—¿Desde cuándo escribes? —Preguntó. Yugi suspiró.
—Desde… unas semanas antes de su muerte —respondió y el albino solo hizo una mínima exclamación de sorpresa. Recordaba al padre de su amigo, tal vez estuvo mal ser el amante de la madre de Yugi pero era muy buena persona, le daba todo a su hijo. Si el tricolor padecía algo, él iba corriendo para que algún médico los atendiera; un festival de la escuela donde su pequeño aparecía, él estaba presente. Nunca había carecido de atención o alimento. Todavía vagaba en sus memorias el peso de su amigo, podía traer a la luz el hecho de que Yugi fuera llenito.
Aquel tiempo era una ilusión en el presente.
Flaco a un grado alarmante, ojeroso, triste, cansado. Eso tan solo de un vistazo. El hombre que quiso tanto a su hijo estaba muerto. Había ocurrido un accidente donde quedó grave y murió poco después de haber ingresado al hospital.
Yugi no tenía más de doce cuando aquello había ocurrido.
Sin embargo, el tricolor solo recordaba que estaba muerto, no había voz o rostro entre sus memorias. Ryo recordaba al padre de su amigo, el cariño que le demostraba pero el tricolor era incapaz.
Yugi se despidió del él, alegando que si lo encontraba, solo lograría extender su castigo hasta, tal vez, su mayoría de edad. El albino asintió y salió de la casa, yendo a donde solo él sabía que iría.
Una vez que se había ido, regresó a su habitación, era demasiado temprano y se aburría con mucha facilidad. Tomó un libro, cerrando la puerta con seguro. Con el seguro puesto, tenía unos minutos extra para salvar aquello que le enviaba a otro mundo.
Por el crepúsculo, guardó el libro. Tenía el oído entrenado para saber el momento en que llegaban. Tomó unas hojas de su tarea y tomó un lápiz. Había pensado que podría esperar hasta que llegaran a la puerta pero no fue así.
Era suertudo con esa materia. Siempre lo hacía en hojas y luego lo pasaba a limpio, así se aseguraba de que la final estuviera intacta. No tenía escritorio, usaba lo primero que estuviera a la mano.
Alguien intentó abrir y luego se escucharon los golpes. Quitó el seguro y su padrastro apareció, arrebatándole las hojas y revisándolas.
Lo siguiente que pasó, fue la monotonía a la que estaba acostumbrado.
Simplemente dejó que todo siguiera su curso sin rechistar. Ansiaba que terminara la preparatoria para largarse de esa casa, para poder ser libre. Libre al fin.
Libre de aquella opresión. Le valía completamente a dónde ir, teniendo finalmente su mayoría de edad podría irse de allí.
O eso esperaba.
Hasta la siguiente semana.
Matta nee~
