Estaban en casa de Lee, con puertas bloqueadas y cortinas cerradas.

Solos.

Y para nada ociosos.

Era el único lugar en el que había logrado pensar el Kazekage al verse forzado a huir -prácticamente- del dôjo con un pelinegro derretido entre sus brazos. Por ello, al llegar a la casa, no esperó más que todo estuviera cerrado para volver a adueñarse de esos labios adictivos.

La casa era amplia, considerando que era para una sola persona. Aún así, no habían muchos muebles, salvo los indispensables: el comedor, un par de sofás, un mueble con el televisor, el DVD y el equipo de música, y una mesa de centro. De esa manera dispuesta la sala (cerca de la cocina, al estilo americano), el pelirrojo no tuvo tropiezos para llevar a su amante directo al sillón y tratar de quitarle de una buena vez -a lo menos- la parte superior de la malla que tanto odiaba.

Lee se deshacía en risas con los bruscos tirones de los que era presa para ser despojado de su ropa. Sabía cuán desesperante era tratar de quitar su traje, y desde que había comenzado esa extraña relación con el ojiverde no se le había vuelto a ver con otro atuendo que no fuera ese. O no al menos con la visita de los dignatarios de otras aldeas que se relacionaran con la Arena.

Decidió ayudar un poco y cambió la posición en la que estaba; de estar bajo las caderas del pelirrojo, pasó a estar él sentado sobre su abdomen, gozando así con mayor comodidad para desnudarse. Comenzó a estirar el cuello de la malla, pero Gaara estaba tan harto de todo aquello que sacó una kunai del primer bolso que halló a su alcance (el del muslo que estaba junto a su mano) y rápida pero delicadamente cortó por el pecho y en diagonal aquel adefesio verde.

Lee gruñó un poco molesto por la destrucción de su ropa, pero se quitó rápido lo que quedaba de ella, quedando su torso desnudo y a plena disposición de un hambriento líder.

Gaara se sentó sobre el sillón, apegándose a los brazos de éste para tener apoyo en su espalda, y levantó sus rodillas, haciendo que las caderas de Lee -y todo lo que ellas conllevan- se posaran sobre las suyas. De ese modo, el torso bronceado del cejudo estaba a su pleno alcance. Sin querer perder más tiempo, comenzó a besar su cuello, intercalando mordiscos que hacían gemir al pelinegro. Mientras, éste arañaba a placer la espalda contraria, mientras bamboleaba sus caderas rítmicamente, chocándolas con las otras de manera muy provocativa.

Gaara continuó bajando por su torso, succionando las tetillas del chico, provocando gemidos y ligeros espasmos. Decidió darle uso a sus manos, inactivas hasta el momento sobre los hombros de Lee, y comenzó a bajarlas por su espalda perezosamente, hasta llegar a su cintura, límite que aún quedaba cubierto por la malla. Siguió con su diestra en la espalda, aunque cada vez situándola más largamente en la parte baja de ella, mientras que con la siniestra comenzaba a explorar por dentro de la malla, hacia su trasero. El pelinegro gemía en su oído, lo que elevaba eficientemente su temperatura.

Éste, sintiendo que ya era su turno para complacer, decidió efectuar una maniobra brusca y decidió salir de sopetón de entre las piernas del pelirrojo. Al ver la sorpresa plasmada en su cara, sonrió de medio lado y lo agarró de la túnica que, aunque completamente fuera de su lugar, seguía sobre el cuerpo del Kazakage, incomodándole sobremanera. Lo irguió y comenzó a desvestir, mientras retrocedía hacia la cocina. Tropezó en algún momento con sus zapatos, que en vez de quedar en el vestíbulo habían sido arrojados a cualquier parte al llegar, pero sólo los pateaba lejos mientras intercalaba piezas de ropa con salvajes besos sobre el líder. Al sentir su baja espalda chocar con el mesón de la cocina, tanteó con su muslo cuán lejos quedaban los pisos de cuero que hacían de asientos para comer. Al llegar junto a uno -y con un blanco torso al descubierto frente a sí-, volteó a Gaara, sentándolo sobre uno y sentándose él a su vez sobre él. De esta manera, sus pelvis quedaban mucho más juntas, con mayor capacidad para maniobrar y menearse, y acortaban camino hacia la habitación para el momento en que fuera necesario.

Allí, entonces, Lee comenzó a besar y morder el cuello y los hombros del pelirrojo, quien no escatimó en gemidos. Mientras, ambos se meneaban rítmicamente, juntando las pelvis de manera cadenciosa y enloquecedora para ambos, haciendo que a cada movimiento sus cuerpos se juntaran hasta lo imposible, considerando que aún tenían ropa en las zonas más necesitadas de libertad en aquellos momentos.

Gaara se adueñó a conciencia y descaradadamente del trasero de Lee, el cual notó más firme aún de lo que recordaba. Señor de esa cola, la mantuvo sujeta fuertemente hacia sí, logrando que sus partes rozaran las del pelinegro aún más gracias al constante movimiento de ambos. Mientras, aquel cuya retaguardia corría serio peligro devoraba el cuello, los hombros y el pecho del líder, gimiendo y murmurando el nombre de su loquero. Después de un buen rato ocupados en ello, el de Konoha decidió arriesgarse un poco más y alejó su cadera de la otra, para introducir de manera exploratoria su mano en la entrepierna del otro, la que reaccionó de inmediato.

El pelirrojo, con los ojos semicerrados, besaba por inercia al chico que lo estaba volviendo loco en aquel instante. Sentía eléctricos espasmos que subían desde su entrepierna por su abdomen y siguiendo, lo que le dejaba sin respiración por lo brusco de ellos. Lee sabía hacerle perder la cabeza, pues masajeaba, apretaba y sobaba con precisión milimétrica su pene, el que estaba ya erecto y completamente necesitado de espacio dentro de su ropa interior. El de Konoha, consciente del efecto provocado, sólo sonreía cómplice, pues distinguía las señales que el otro mandaba impetuosamente antes de llegar a su clímax. Continuó en su trabajo, aumentando el ritmo y sintiendo los gemidos ahogados en su oído. Cuando Gaara inspiró violentamente, él presionó por última vez su miembro y sintió la esencia del chico entre sus dedos. El pelirrojo se apoyó en su hombro, respirando entrecortadamente tratando de recuperarse. Lee le acarició la espalda lentamente un buen rato, hasta que estuvo medianamente consciente.

-Te pasaste esta vez -dijo dificultosa y sensualmente grave el de la Arena.

-Yo sólo hice lo que quería, y ya vez...- le respondió pícaro el de negras cejas, retirando su mano del cuerpo del delito y limpiándola discretamente en el muslo del pelirrojo.

-No te relajes... que luego me tomo la revancha...-le advirtió el otro, sonriendo de medio lado y mirándolo a los ojos, mientras enlazaba sus manos por detrás de la fuerte y morena espalda que controlaba.

-Es lo que siempre haces, ¿no?- Tuvo por respuesta, mientras era besado dulcemente.

Lo siento, lo siento! esto estaba escrito de hace mucho, pero el muso migró y no quise subir nada hasta que volviera. Pero eso fue ace tanto ya, que encontré el archivo estos días intruseando.

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