Referencias:
Dominus/Domina: Amo/Ama.
Servus: Esclavo.
Consul y Praetor: Durante la República, los que empleaban mayor cargo político en Roma eran dos consules, cuales tenían un rango similar al de un Rey y Reina. Y un praetor por debajo, sería el equivalente de la Mano del Rey. Estos cambiaban cada semana, pero aquí esto no sucederá.
Domus: Son las viviendas romanas que poseían las familias de alto nivel económico.
Villicus: Esclavo encargado de vigilar el trabajo de los otros esclavos.
De Poniente a Roma:
Invernalia= Gallia.
Desembarco del Rey= Roma.
Islas del Hierro= Grecia; Macedonia es equivalente a Pyke.
Canto I
Theon se paralizó, ni siquiera hizo el esfuerzo de respirar, por dentro rezaba para que por tal arrebato no consiguiera unos duros latigazos. Jon se apresuró a extender el brazo entre los barrotes y pasar furtivamente los dedos en el cinturón del mercader, con rapidez y agilidad sostuvo las llaves con las yemas de los dedos y se las escondió en medio de las piernas al tiempo en que el hombre se volteaba para darles un último vistazo.
Al esperar que el mercader se marchara de la habitación, Jon se volteó y le sonrió, Theon le correspondió con una tardía curva en sus labios. El bastardo se aproximó, portaba la sonrisa más grande que alguna vez le haya visto en el rostro.
—Me asegurare de que el camino sea seguro y volveré por ti. —Jon dijo toqueteándole el largo flequillo y colocándole un dulce beso en la frente.
—Mueve tu lindo culo y regresa rápido, Snow, esta maldita jaula no es cómoda.
—No me hagas dudar si volver o no, Greyjoy.
Theon lanzó una suave carcajada y aprovechando la distracción del otro, le tomó el rostro. Contempló el rojo apoderarse de las mejillas antes de unir ambas bocas. Los labios se separaron con la iniciativa de sus dientes sobre el inferior y la lengua llegó con timidez a la suya. Separó sus labios sin dejarle seguir su ritmo.
—Estaré esperándote.
Con el transcurrir del tiempo Jon Snow se volvió más dócil, como el dolor en su pierna que era mucho más manejable. Theon se había acostumbrado a la oscuridad y pequeñez de la celda, fue tanto tiempo el que vivió allí, ya alcanzaría los tres años. El mercader los tenía al tanto del tiempo, a pesar de sus múltiples maltratos era un aficionado a las celebraciones y nunca se olvidaba de felicitar los nuevos años de sus esclavos con sabrosos pescados traídos del Mare Tirrenum, esas eran las ocasiones en las que no debían compartir. Aun recordaba el agradable sabor del pescado que se engulló hacía pocos días, con la tercer celebración en Jon, y la amargura que lo revistió con posterioridad al saber que eran sus últimos días allí.
—¿Cómo te atreves?
Se arrastró a la puerta de la jaula al escuchar la gruesa voz acercándose al pasillo. Las estrepitosas zancadas del mercader llegaban acompañadas de los gemidos de Jon, quien tenía su cuello entre las manos del hombre y su cuerpo alzado en el aire por el mismo. El tono en la piel de Jon se tornaba violáceo, los ojos se le abrían con grandeza, coloreándose con la sangre y las pupilas se le concentraban.
—¿Es que no valoras tu vida, servus?
Las piernas de Snow se movían desesperadas intentando dar alguna estocada al captor. Theon tembló sin poder decir una palabra, bajó su mirada sintiendo culpa, si tan solo hubiese sanado con mayor rapidez ahora podría estar ayudando y quién sabe si no estaría ya en libertad.
—Te crees muy listo con tu dulce y larga lengua, ¿no es así, servus?
Los brazos de Jon merodearon torpemente en busca de alcanzar el cuello del mercader y con suerte lograban palparle el grasoso rostro. Los robustos dedos del hombre se clavaban con más profundidad en el terso cuello, apretando los huesos de la tráquea, haciendo que las irregulares respiraciones se atascaran allí y laceraran la garganta de Jon.
—P-por f-favor. —El bastardo farfulló con la chillona y entrecortada voz que poseía en esos momentos.
El mercader mostró los dientes y un desarrollado ceño fruncido. Ejerció presión en la nuez de Adán hasta el punto de expulsar a su cuenta los gritos de la boca de Jon y al cansarse de estos lo soltó de improvisto logrando que cayera con pesadez. Jon tendido en el suelo unió las rodillas al vientre y cubriéndose las costillas chilló.
—Vuelve a la jaula, rápido. —Sin tomarse el tiempo de respirar Jon obedeció. —Más os vale comportarse, mañana vendrán a visitarlos sus futuros dominus y espero que muestren algo de decencia.
Jon carraspeó incorporándose y frotándose el cuello. El mercader se esfumó por un instante de su perímetro y volvió con las pesadas cadenas en las manos. Colocó estas por las muñecas de Jon, por la presión las unió y los dedos se tocaron entre sí. De un empujón las estiró por fuera de la puerta y las incrustó en uno de los barrotes con un candado.
—Lo siento, hubiese querido ayudarte. — Theon murmuró. El mercader se alejó para levantar las llaves en el suelo, las que una vez estuvieron brillando en los dedos de Jon.
—No podías hacerlo. —Snow replicó molesto.
Temprano por la madrugada el mercader los despertó golpeando con un palo los barrotes. Una cantidad de esclavos fueron llevados por un cuestor a las subastas públicas, otros desayunaron y ellos esperaban la visita de los hombres que los comprarían. El mercader lo sacó con delicadeza de la jaula y lo sentó encima de esta, tenía un cuchillo en la mano izquierda y una jarra de agua a un costado.
—Quieto. No tiembles, servus, no voy a lastimarte.
El mercader le mojó el rostro desde las mejillas hasta la barbilla, el áspero acero descendió por el lado derecho, raspando pero no alcanzando a crear cortes. En su ennegrecida túnica caía la barba y las gotas de agua en la sección descubierta de sus piernas. El andar del cuchillo era desigualado y el filo del acero nulo, por lo que el mercader debía volver repetidas veces sobre su piel, desgastándola mucho más. Theon sostuvo la respiración hasta que el hombre finalizó su tarea.
—Levanta los brazos.
Sus brazos se alzaron y sus manos se interrumpieron a la altura de su cabeza, el mercader retractándolo las acomodó en línea recta continua a sus hombros. Las tiras de su túnica se desataron y la dura tela fue revelando su desnudez. En su lugar, se lo vistió con una túnica blanca de tela delgada y diáfanas, era muchísimo más corta de la que poseía desde Gallia y con esmero podía cubrir una cuarta parte de sus muslos.
—Tú también, servus de dulce lengua.
Jon se aproximó silencioso, los dedos del mercader todavía se apreciaban latentes en lo rojizo de su cuello. La túnica violeta se desplomó en el suelo, Theon se lamió los incisivos al contemplar el flaco y huesudo torso del bastardo. Con la clara tela de la túnica se traslucía igual de fuerte el contorno del muchacho, la rosada polla era lo que captaba toda la atención.
— ¿Cómo se encuentra tu pierna, servus? —El mercader inquirió regresando a él.
—Bien.
—Perfecto, ha llegado el momento de que nos deshagamos de esas molestas maderas, ¿no te parece?
—Sí. —Reafirmó moviendo la cabeza. —P-por favor.
El mercader se arrodilló y con el cuchillo partió la soga encarceladora. Las maderas se adherían con la suciedad que las manos de Jon no alcanzaban a limpiar y dificultaban la separación de las mismas con su piel. Theon se retorció hasta que su huesuda pierna se hizo presente, la piel era una maraña de sangre y costra, era una capa áspera que se fijaba a sus delgados músculos y huesos. Un pobre retrato de su pierna derecha que reflejaba su escasa nutrición y la fragilidad griega.
El mercader le tiró el resto de agua en la pierna y con su antigua túnica la secó acarreando la suciedad y descubriendo que estaba mucho más flaca. La desproporción entre ambas piernas era monstruosa.
—Poneos en pie, servus.
Theon endureció y no fue capaz de dar ningún movimiento en respuesta. De tan solo observar la diferencia entre ambas piernas le aterraba la idea de utilizarlas, sabía que apenas se estableciera caería y su pierna se volvería a quebrar como una frágil rama de otoño.
—En pie, servus, un dominus está esperando por ti.
El mercader sin aguardar por su agitación en el intento de obedecer le agarró el hombro y lo jaló, alejándolo abruptamente del techo de la jaula. Su pie derecho fue el primero en tocar el suelo y el izquierdo se meneaba impidiendo una perfecta postura. Al querer dar un paso adelante, su pierna no resistió y se vino abajo, su rodilla se dobló y con suerte no alcanzó a caer de bruces.
—Seguidme, servus. —El mercader indicó adentrándose en el camino formado por las demás jaulas.
Jon iba por detrás de su espalda, con los brazos posicionados cerca de sus omóplatos preparados para el instantáneo momento en que su inestabilidad lo haría desplomarse. Sus pasos eran lentos, muy lentos, cada vez que apoyaba el talón izquierdo un estremecimiento lo sacaba de su lugar y lo precipitaba hacia atrás, donde siempre aparecían las manos de Jon y lo protegían del helado y duro suelo.
El mercader los condujo a la habitación contigua, era más pequeña pero mucho más espaciosa por los pocos artefactos que portaba. En un costado se encontraba un aparador con papelería de compraventa y utensilios médicos, enfrente una baja y larga mesa de roble, y en el centro un hombre de mediana altura vestido con una llamativa toga rosada, piel pálida, oscuro cabello con hebras blanquecinas y gélidos ojos de un clarísimo e indefinido color.
—Magistrado Bolton. —El mercader saludó con una reverencia.
—Solo Roose Bolton, hoy vengo en garantía de comprador no de cuestor. —El hombre dijo, tenía la voz primorosa y tranquila.
—Es un placer para mí este cambio. —El mercader sonrió y se volteó hacia Theon. —Ven conmigo, servus.
Los gruesos dedos se clavaron en su antebrazo y lo arrastraron hacia la mesa de roble. La dosis de terror se propagaba una a una por sus venas, excepto en su pierna izquierda que con la sucesión de los segundos acrecentaba su debilidad. El mercader lo forzó a subirse a esta, sus piernas fueron lentas al manifestarse y terminó con su rostro contra el roble, con una similar torpeza se puso en pie. El tono rosado se esparció en sus mejillas al levantar el rostro y verse interconectado con la fría mirada del dominus.
—¿Él es uno de tus esclavos exclusivos? —El hombre preguntó, la disconformidad se notaba a leguas de distancia. —Sus piernas están desniveladas. Su caminar es lento y no puede sostener su propio peso.
—Por ahora, tuvo un accidente en su antiguo hogar que le quebró los huesos de la pierna, con unos días de descanso se repondrá y será mucho más fuerte.
—¿Novicius?
—Novicius. —El mercader ratificó. —Les pertenecía a los Stark pero nunca ha ejercido los trabajos de un esclavo.
—¿Los Stark? —Una chispa de interés le brilló en los ojos. —¿Cuál es tu nombre, chico?
El Magistrado Bolton se aproximó, las sandalias de este eran de un material más costoso que el del mercader por lo que no creaban ruidos en las zancadas. Theon distinguió que la pregunta fue hecha para él, no obstante, su voz se escondía en los confines de su garganta.
—El dominus te ha hecho una pregunta, servus.
Sus labios se separaron y con retardo su voz se exhibió. —T-Theon Greyjoy.
—¿Esa es la forma de responder, servus?
Theon bajó la cabeza al negar y se retractó. —Theon Greyjoy es mi nombre, Dominus.
El hombre curvó los labios en algo que podría interpretarse como una sonrisa. Los ojos de este lo examinaron de pies a cabeza, enfocándose con mayoridad en sus muslos, entrepierna, cadera y vientre.
—Um, el heredero de Macedonia. ¿Cómo lo conseguiste? —El hombre le inquirió al mercader, desconfiado.
—La mismísima Domina de Gallia me lo ha vendido, nunca lo ha apreciado.
—¿Es eso verdad, chico? —El Magistrado Bolton regresó a Theon.
—S-sí, Dominus.
Todavía recordaba la mañana en la que el mercader arribó en Gallia y se instaló junto con sus caballos en la Villa de los Stark. Theon no se animó a abandonar su habitación y permaneció mirando de reojo por la ventana los acontecimientos, los guardias lo llevaron al patio donde Jon Snow estaba hacia varios minutos atrás.
El Bolton le tomó la barbilla y le realzó el rostro, los serenos ojos que lo indagaban eran fríos y ocasionaban que su piel se erizara. Las consecuencias de la cercanía se transparentaban en la túnica y complacían al dominus.
—Abre tu boca, Theon.
En tres años únicamente escuchó su nombre salir de la boca de Jon por lo que su obediencia se retrasó. Sus labios se distanciaron, los dedos contrarios entraron en su cavidad al instante en que obró y rozaron sus dientes, las uñas raspaban en los leves huecos de la separación de sus torcidos incisivos.
—¿Alguna enfermedad? —El hombre le agarró la punta de la lengua y la tiró hacia afuera, revisándola.
—Ninguna. —El mercader respondió hinchándose el pecho con aire.
Un inalcanzable silbido se escurría por su garganta, al igual que la saliva que se desbordaba por las comisuras de su boca. Esta última también mojaba la mano del magistrado, al cual no parecía molestarle.
—Muéstrame lo que hay debajo de esa túnica, Theon.
Theon giró la cabeza a todos los costados que encontró, buscaba a Jon y se topó con la grasosa cara del mercader, con una mueca este le indicó que revelara por completo su sumisión. Halló a Jon con la mirada pérdida en el suelo cuando comenzó a desanudar el cinto que atravesaba su cintura, Theon hubiese agradecido aunque sea un atisbo de lástima.
La túnica descendió acariciando sus piernas, arrastrando a la superficie de la mesa de roble su dignidad y recubriéndolo con humillación. Las manos ajenas se hicieron uno con su torso, sus pulmones se hinchaban en desmedida con su agitada respiración. Los dedos se unieron levantando sus pechos y bajaron por su vientre rasguñando los costados en el roce. Alcanzando su pelvis se adelantaron por sus muslos y se centraron en la separación de los mismos. Un gritito danzó en sus labios al tiempo en que su polla era sostenida.
—¿Eres virgen, Theon?
—N-no, Dominus.
Se mordió el labio inferior, su erección crecía en las manos del Magistrado Bolton, se avergonzó por lo que el hombre logró ocasionar en él. Podía culpar a la abstinencia en la que se vio envuelto durante esos tres años o a sus meros instintos de hombre, de un sediento hombre griego.
En su tronco se extendieron los dedos, acoplándose para apretar su húmeda punta. El líquido pre seminal se expuso con unos toques en su glande, este se expandió con rapidez por ayuda de las yemas de los dedos en el avance hacia el final de su miembro. Sus gemidos abrumaron la habitación, en las férreas idas y vueltas de los dedos su sangre se calentaba y se acumulaba en las partes más sensibles de su cuerpo.
Su prepucio fue estirado en ambas direcciones mientras que en la otra mano se encontraban sus testículos. Los dedos se pegaban a su piel moviéndola en círculos y cada tanto se resbalaban por su perineo dejando sus piernas al punto de ceder a los estremecimientos. La súbita arribada de su eyaculación le encrespó los dedos de los pies y ensució las manos del Bolton.
—Te daré cuatro mil denarios por él. —El Magistrado dijo sacudiéndose las manos, su esperma goteaba en el suelo. —Lo has hecho bien, Theon.
Theon recuperó la túnica, debía cubrirse la humillación que el mismo se implantó al disfrutar de su exhibición. Sin el tiempo para cubrirse, el mercader lo retiró de la mesa, el brillo de la codicia le coloreaba los ojos.
—Ve con tu nuevo amo, servus. —El mercader sonrió, la pronunciada curva que tenía en los labios era tan real.
Theon obedeció y al instante estuvo al lado del Magistrado Roose Bolton, los rojos adornos en la toga de este resplandecían. El próximo en subir a la mesa fue Jon, el rubor en las mejillas del muchacho apareció de anticipo, tenía los ojos humedecidos al punto del llanto, casi como los suyos.
—Novicius. —El mercader cogió la delantera.
El Magistrado le dedicó una mínima mueca y se aproximó a Jon. A diferencia de Theon, Jon mantenía la cabeza erguida y una expresión valiente, no expresaba terror aunque supiera que era lo único que obtendría.
—¿Tú también has sido desechado por los Stark, chico?
Jon apretó los dientes, la pregunta le retumbó tanto como a Theon. Los Stark, no fueron todos ellos. El Magistrado suspiró, esperaba una respuesta que jamás llegaría, no de esa forma. El mercader mostró los dientes y oprimió el brazo del bastardo.
—El dominus te ha hecho una pregunta, servus. —Repitió. —Respóndele ahora.
Jon apenas emitió sonido alguno, la furia denotaba en las inflamadas venas del mercader y en el veloz movimiento de los dedos del mismo hacia el látigo. El cuero lejos de la toga se meneó en las manos del mercader y cerca del vientre de Snow, este escupió un apocado gemido.
—No, está bien. —Bolton levantó una mano frenando al instintivo mercader y acarició las mejillas de Jon. —Puedes hablarme, no voy a hacerte daño. Dime, ¿cuál es tu nombre?
Jon forzó la resistencia de su respuesta por unos segundos y segado por las suaves, cálidas y reconfortantes caricias condescendió.
—Jon Snow.
Los dedos del magistrado separaron los labios de Snow, el medio hizo palanca sobre el paladar de este. El hombre ladeó la cabeza examinándole los pequeños dientes y rasgándole el paladar, diminutos gemidos y lágrimas se exponían.
—Un joven bastardo, ¿qué tiene de especial?
—No es cualquier bastardo, es el bastardo de Eddard Stark.
El Magistrado se detuvo con atención en los ojos grises y el cabello oscuro, Jon por ser un bastardo portaba los propios rasgos de los Stark con una intensidad mucho mayor que la del primogénito.
—¿Enfermedad?
—Es muy sano. —El mercader reconoció con orgullo.
—Estas marcas en tu cuello, ¿cómo las obtuviste, Jon? —Las manos del Magistrado contornearon las magulladuras rojizas y violáceas en el cuello de Snow, eran de una densidad mayor a la de la traslucida túnica.
—El me golpeó, me ahorcó. —Jon señaló al mercader.
—¿Por qué lo hizo, Jon?
—Porque intenté escapar.
—Un castigo por su insolencia. —El mercader silbó. —Este chico me dio muchos dolores de cabeza y debo admitir que es uno de sus talentos, es ágil y rápido, aunque no tan inteligente como parece. Se habrá dado cuenta, todos sus intentos fallaron.
—Ya veo. —El Magistrado le dio poca importancia al discurso del mercader, estaba embelesado en las marcas de Jon. —Te daré mil denarios por él.
—¿Solo mil? Perdóneme pero es muy poco, Magistrado. Lleva la sangre de Eddard Stark en las venas, tiene una gran condición física. Vale mucho más, Magistrado Bolton.
—Valía mucho más. Has puesto tus manos en él y su precio descendió. Estas marcas arruinan su belleza, ya no te daré uno, te daré ochocientos denarios por esta mercancía dañada. No me hagas arrepentirme y seguir bajándole el precio. —El veredicto del Magistrado fue lo último que escucharon en esa subasta.
El viaje a Raetia duró dos noches y un día, esta vez viajaron en una basterna que por detrás seguía a la del Magistrado Bolton. Por dentro era todo recubierto por gruesas sábanas rosadas, en una esquina se encontraba una cantimplora de cuero repleta de agua y un tazón con uvas, manzanas, naranjas, mangos, entre otras frutas.
Theon se acurrucó en el pecho de Jon, fuera de las jaulas y lejos del mercader la respiración de este era harmoniosa. Al acordarse de las manos del Magistrado sobre su polla hundía el rostro en el cuerpo de junto.
—Él no es tan malo. —Murmuró.
—Lo es, todo hombre romano de apellido Bolton es malo.
Theon había oído cientas de siniestras historias acerca de los Bolton. Estos desollaban a sus enemigos y luego colgaban los cuerpos en las paredes de sus fortalezas, o incluso vestían esas pieles. No obstante, sabía que eran simples cuentos que se narraban por la noche a los inquietos niños romanos; él era griego, la sangre de los primeros hombres concebidos por los titanes fluía desde su corazón hasta sus venas, ningún cuento de horror podía asustarlo.
—Cuatro mil denarios, has cumplido con tu palabra.
—Fue buena suerte. Tuve miedo de que no te comprara por un precio adecuado, pero no era miedo por mí, tuve miedo porque tú serias vendido.
—Seguimos estando juntos, Snow, deja de ser tan romántico.
—No soy romántico, es solo que… te necesito, Theon.
—Lo sé. —Theon sonrió socarrón y se sentó, preparando su delgada pierna antes de colocarse por encima de Jon. Sus piernas se encastraron en la cadera y muslos de este, reduciéndole el movimiento, y sus manos fueron al cuello. —¿Quieres que te muestre lo que el Dominus Bolton me ha hecho?
—No quiero.
—Tú no puedes decirle eso al Dominus.
Una de sus manos pasó por debajo de la túnica, con sus dedos acorraló la rosada polla, cual endureció al momento en que la tomó. Jon se retorció y gimió separando con grandeza los suaves labios, Theon encarceló entre sus dientes el inferior y adentró su lengua en la cavidad. La boca de Jon sabía a uvas añejas, las que él no había probado con anterioridad.
Su pulgar se concentró en la punta del miembro, su uña rasgó la entrada del meato logrando que el grito de Jon se sumergiera en su boca y se removiera hacia la otra con el andar de su lengua.
Las manos de Jon se apoyaron en sus hombros y los dedos se clavaron sobre la túnica, llegando a su piel. Sus manos se inclinaron desde abajo hacia arriba, las primeras sucesiones fueron a un tiempo lento y las consiguientes aumentaron la bravura como la velocidad.
—¡Dioses, Theon! —Jon gimió.
Los gemidos de Jon se volvieron insostenibles y más ruidosos, los labios de este vibraban mientras que los suyos se distanciaban en torno a las marcas del cuello, la piel se calentaba con premura.
Percibió el emerger del goteó en la punta de sus dedos. Dio un último envión en el tronco, más áspero y apretado, instalándose allí.
—¿Quieres venirte, Snow? —Ronroneó olisqueándole el lóbulo de la oreja. Jon apretó los labios y guardó su voz, Theon en consecuencia comprimió con más fuerza la polla. —Si quieres venirte solo tienes que decírmelo. Es la única manera.
—Quiero venirme. —Jon finalmente dijo.
—¿Esa es la forma de decirlo? —Sus dedos siguieron con mayor brío formando parte de la húmeda piel y con las uñas raspó la punta, el líquido era caliente y espeso.
—P-por favor… Theon… déjame venirme. —Sollozó.
—Como tú desees.
Por las noches sus piernas se entrelazaron y en su pecho descansó el rostro de Jon, los largos y abultados rizos cosquilleaban su mandíbula. En la tarde, en sus pupilas se contempló lo verde de la entrada a Raetia, estando tan cerca y tan lejos, extrañaba Gallia y sus nevados inviernos. El domus perteneciente a los Bolton, Dominus de Raetia, se localizó a los segundos contiguos.
El villicus abrió la puerta y les amarró las muñecas entre sí. Era un esclavo de piel blanquecina y cabellos dorados, utilizaba un látigo como cinturón, Theon había oído al Magistrado Bolton llamarlo Damon Bailaparamí. Otro esclavo se encargó de recibir a Roose, Damon tironeó de la soga siguiéndolo en el jardín y los basternarios golpearon con los látigos a las mulas, quitando las basternas del camino.
Los arbustos constituían un pasillo hacia el domus, cerca de la puerta se alzaba un estanque y una estatua de Ares o Marte, como a los romanos les gustaba decirle, el Dios de la guerra, la violencia y el derramamiento de sangre; este estaba con su lanza partiendo a la mitad una serpiente que trepaba por sus piernas.
Fueron conducidos a una húmeda y subterránea bodega, la iluminación era escasa en ese lugar del domus. En el final de la maltrecha cama los aguardaban las nueves vestimentas, una túnica rosada larga hasta la mitad de los muslos y un cinto de una gruesa tela de un rosado más intenso con un hombre desollado pintado en el centro, que se abrochaba entre el espacio del vientre y el ombligo. Su túnica estaba manchada por la tierra que arrastró en la subasta y en la de Jon la causa de la suciedad era el semen.
Damon les dio un tiempo de cinco minutos para cambiarse y luego los volvió a conducir por la mansión hasta el vestíbulo, donde Roose esperaba por ellos. Damon reverenció al dominus y ante la indicación de este, el muchacho se paró en la puerta.
—Os sienta bien el rosado. —Theon dudaba acerca de la expresión que adornaba el rostro del Bolton, no podía definirse como una sonrisa. —Espero que les agrade su hogar.
—Es un buen hogar. —Theon acompañó sin tardanza. —Dominus.
—Y a ti, Jon, ¿te gusta tu hogar?
—S-sí, Dominus.
—Bien. —El Magistrado cruzó los brazos tirando la espalda hacia atrás y apoyando la pelvis en el respaldo de la mesa. —Hay alguien a quien debo presentarles. Mi hijo, Ramsay. Deben tenerle el mismo respeto que tienen conmigo.
Desde el atrio entró un muchacho, Theon se estremeció al verlo. Era un joven hombre de rostro cuadrado y carnoso, unos húmedos labios gruesos, una barba creciente pero no plenamente notoria, un oscuro cabello largo hasta la cintura y unos gélidos y resplandecientes ojos claros, similares a los del padre. Iba con una rosada falda opaca con un cuchillo entre el dobladillo; una manica sobre el hombre derecho, cubriendo una mínima proporción del robusto y pálido pecho desnudo; y un collar de plata que se extendía hasta el vello que se originaba el ombligo y descendía hasta el confín de la falda, era adornado por mechones de cabello, dorados, plateados, rojizos y negros. Pensó que era uno de los romanos más hermosos que había conocido hasta que recordó aquel día en que una mujer fue vendida en una subasta pública y tal como el mercader les había dicho, a la semana sus huesos fueron devueltos, carcomidos y con una temprana descomposición.
—Padre. —El joven dijo al estar a la derecha de Roose.
—Ramsay quiero presentarte a los nuevos esclavos, Jon Snow y Theon Greyjoy.
Una ancha curva se propagó en la chica boca de Ramsay, tenía unos dientes pequeños a excepción de los colmillos superiores que se alargaban y se superponían con los dientes inferiores.
—Es un placer. —Ramsay se aproximó a Jon y ladeó la cabeza clavando los claros ojos en los grises. —Arrodíllate.
Jon no ejerció ningún mínimo movimiento y Ramsay se rio a carcajadas volteando el cuerpo hacia el Dominus Bolton.
—Te han estafado, padre, te han vendido un esclavo sordo.
—No soy sordo, Ramsay Snow. —Jon expuso antes de que Roose tuviera la oportunidad de separar los labios.
Theon escuchó el estrepitoso crujir de unos dientes, un gruñido y el impacto de huesos contra el suelo, y de un momento a otro observó a Jon con el rostro en el suelo, a Ramsay quitando el cuchillo del dobladillo, levantando la cabeza de Jon desde los abultados cabellos y llevando el cuchillo al cuello de este.
— ¡Como te atreves! ¿Cómo te atreves a llamarme Snow? ¡Soy un Bolton! ¡Un jodido Bolton! —La saliva espumeó en las comisuras de Ramsay.
La punta del cuchillo hizo un pequeño hueco en el cuello, apuntando a la nuez de Adán. El hilillo de sangre creó una franja divisoria en la túnica. Un gemido se filtró por los apretados labios de Jon.
—¿No piensas rogar por misericordia? Lo necesitarás.
La muñeca de Ramsay se meneó y el cuchillo en semejanza se movió hasta hallar una perfecta posición. En el silencio de Jon, Ramsay chasqueó la lengua y luego esbozó una húmeda sonrisa, la piel se habría perforado, las venas partido y los huesos quebrado, si el Dominus Bolton no lo hubiese detenido.
—No implementes tus pasatiempos en él, Ramsay.
—Merece un castigo, padre, si se le demuestra amabilidad los demás esclavos también se revelaran.
—Será castigado pero no de esa forma. Sera azotado, recibirá tres azotes por su insolencia, tú puedes dárselos.
Ramsay tardó en soltar los cabellos de Jon. Roose se agachó y le extendió una mano cual Jon aceptó, las de este estaban temblando. Roose le echó el flequillo por detrás de la oreja y le limpió con la yema de los dedos la tibia sangre que le corría en el cuello.
—Apoya las manos en la pared. —Ordenó con delicadeza.
Jon se sometió y levantó los brazos por encima de su cabeza, apoyando las palmas en la pared. Roose le desató la tira que cumplía como cinto y dobló la túnica hasta el inicio del trasero.
—¿Sabes porque serás castigado, Jon? —El Magistrado preguntó acomodándole la cadera.
—Por mi insolencia, Dominus.
—Exacto, recibirás tres azotes por ello Jon. Los contarás y estarás agradecido, ¿entiendes?
—Sí, Dominus.
Los fríos ojos del padre se dirigieron a los del hijo y le permitieron el paso al castigo. El Magistrado Bolton se colocó a la izquierda de Theon, el mantenía la mirada cabizbaja y la elevó al ver la expresión en los claros ojos, no era una en particular pero le condescendía el entendimiento de que debía prestar atención y aprender del suceso.
Damon Bailaparamí cedió su látigo, la túnica era ancha y le encuadraba la silueta. Ramsay se relamió los labios y estiró su codo hacia atrás. El látigo danzó en el aire y se instaló en la parte baja de los omóplatos de Jon al ser conducido por la inclinación de la muñeca. Jon gritó, los dedos se encresparon, los brazos y piernas traquetearon amenazando con caer. Allí donde el cuero impactó se inflamó una marca rojiza.
—No te he escuchado.
—U-uno. —Jadeó.
—Uno. —Ramsay afirmó.
Ramsay dio un paso atrás y sostuvo el látigo en el aire con más precipitación que la primera vez. Theon respiró hondo intentando conservar su cuello erguido y sus parpados separados. El contacto del látigo con la piel logró ecos estridentes, sangre corriendo por la columna de Jon y filosos gritos en la garganta del mismo.
— ¡Dos! ¡Dos! —Jon gritó inconstante.
—Dos. —Ramsay repitió, la sonrisa que portaba brillaba tanto como la sangre que goteaba desde la punta del látigo.
El propio Theon chilló con la llegada del tercer latigazo, fue capaz de sentir el ardor en sus carnes. En el último Ramsay triplicó la fuerza haciendo ver a los anteriores como una simple preparación. Jon arqueó la espalda, tiró la cabeza hacia atrás y las rodillas se doblaron, en consecuencia el cuerpo se desplomó.
—Tres. —Sollozó de rodillas.
—Tres.
Ramsay se acuchilló y toqueteó la espalda de Jon, el látigo bosquejó una X en un abultado rojo. Los dedos se deslizaron por cada proporción de la inflamación, Jon se estremecía y gemía en el proceso.
—¿Cómo se dice?
—Gracias, Dominus.
Ramsay palmeó el hombro de Jon y volvió hacia su padre, aun con el látigo ensangrentado. Theon, quien estaba al lado del Magistrado, con disimulo condujo sus piernas atrás y contrajo su espalda.
—Buena elección, padre. Es una mascota divertida.
Ramsay con lentitud desvió la mirada a Theon, lo frio en los ojos de este le pinchaba como una aguja a lo largo de su columna vertebral. Quiso irse más atrás, no obstante, lo único que consiguió fue quedarse más próximo a los Bolton.
—Tu no me aburrirás, ¿cierto, mascota? —Ramsay se mojó los agrietados labios.
La sonrisa de Ramsay era suave, los labios tomaban color cada ocasión en que los humedecía y las marcas que la dilatación de las comisuras ocasionaba eran lo más marcado en la mueca. Theon la tuvo enfrente por lo que no pudo obviar cada diminuta distinción entre el grueso labio inferior y el mediano labio superior. Ramsay le besó una mejilla y le acarició la otra, olía a vino y sangre.
—N-no, Dominus, le prometo que no lo aburriré.
Al terminar la presentación con el hijo del Magistrado, Damon los trasladó al dormitorio del padre Bolton. Era la habitación más espaciosa del domus. Este solo contenía una ancha cama, una mesa, encima de ella un tazón con frutas, semillas y algo de pan, una copa, una jarra con agua y otra con aceite de oliva, y una gran cantidad de repisas donde se encontraban las velas, fueron encendidas apenas la noche adornó el día.
—¿Estas bien? —Theon preguntó, desde el castigo Jon no había dejado de temblar. La respuesta fue una afirmación ejecutada por el movimiento de la cabeza. —Déjame ver.
Jon le dio la espalda, desnudándosela al mismo tiempo. Las marcas fueron intensas en sus primeros momentos, ahora eran franjas rosadas que con un buen ojo podían verse. Lo más visible eran los cortes que se cerraban a lo largo como rasguños. Theon implantó un delicado beso en uno de los cortes y Jon se sacudió, la excitación quemaba su entrepierna siempre que tenía a Jon estremeciéndose por su causa.
—¿Por qué lo llamaste Snow? —Reposó su cabeza en el hombro derecho, sus brazos se entrelazaron en la cintura y sus dedos con pausa rozaban el vientre.
—Porque es un bastardo. —Jon suspiró. —¿No sabes quién es él?
—Sí, si lo sé, el coleccionista de pieles que el mercader nombró.
—Sí lo es, pero también es un gladiador. Se llamaba Snow antes de que el Consul Joffrey sucediera a Robert. El mataba a los hombres y violaba a las mujeres que le trataban de bastardo, fue condenado por ello, lo obligaron a convertirse en un gladiador y morir en la arena. Resultó ser un buen luchador y ahora es el gladiador favorito del consul, tiene privilegios y ya no es condenado por sus prácticas.
—Entonces no vuelvas a decirlo, no estás buscando morir ¿verdad?
—No busco morir, no en sus manos.
El calor de ambos se traspasó de uno a otro hasta que el Dominus Bolton ingresó a la habitación. Jon se arregló la túnica tan rápido que pareció nunca habérsela corrido. Las espaldas se enderezaron y los brazos se cruzaron por detrás de las mismas. Theon había visto en pocas ocasiones a aquel hombre en Gallia, durante las fugaces conferencias con el Dominus Eddard Stark, un número que podría contarse con los dedos y olvidarse al minuto siguiente. Lo inolvidable eran esos ojos, esos helados y aterradores ojos.
—Llena la copa, Jon.
Jon se dirigió a la mesa, tomó la copa de plata y vertió con cuidado el líquido; aún tenía los ojos rojizos por el llanto. Con la cabeza en dirección al suelo se la entregó, Roose sorbió un trago mientras siguió con los ojos el regresar de Jon junto a Theon.
—Acércate, Theon, ayúdame a desvestirme.
Theon fue. Agarró el pliegue sobre la espalda y lo tiró hacia adelante, con miedo se tomó el atrevimiento de levantar los brazos del Bolton y proseguir con su trabajo, tocándole la cintura, la espalda y los delgados brazos.
—Me han dicho que sabes latín y griego, dime, ¿qué otra cualidad debó conocer?
—Se usar el arco y la flecha, Dominus.
En Macedonia, a una corta edad, su tío Euron le regaló un carcaj proveniente de los confines de Egipto. Theon había oído maravillado las aventuras, tales a las de Odiseo, que su tío tuvo que enfrentar para conseguir ese obsequio. Sin embargo, no duró mucho en sus manos, Rodrik y Maron en los celos se la arrebataron y rompieron en miles de pedazos. Asha con el afán de consolarlo, pegó pedazo por pedazo obteniendo una horrorosa réplica del original. En Gallia, Eddard le había regalado uno nuevo, con el cual se pasó día y noche practicando sin detenerse hasta conseguir un aumento en su capacidad.
—¿Otra cualidad, Theon?
—No, solo eso, Dominus.
La toga era de una tela pesada por lo que debía parar cada tanto para recuperar energías. Colocando la plegada toga en una de las puntas de la mesa, continuó con la túnica. Desabrochó los tres botones que adornaban en el centro y de a uno fue liberando los brazos. El dominus tenía la piel de un tono lechoso y pegada a los huesos, la mayor parte de la carne se le abultaba en los muslos, aunque no eran de un gran grosor, y en la flácida polla.
—¿Has follado con hombres, Theon?
—S-sí, Dominus.
En Gallia él se aprovechó de la inocencia y el permiso que Robb le entregaba sobre su cuerpo. Theon lo introdujo en el arte del sexo en el establo, ante la mirada de las estrellas y los animales. Le enseñó los juegos que los amantes griegos conllevaban en la unión, jamás permitió que el aburrido modo romano se intercalara en sus encuentros. Así había sido hasta que Robb halló el amor en una simple muchacha romana, ella lo hacía reír mucho más que Theon pero no alcanzaba a complacerlo como él quería, solo Theon podía llenarlo por completo.
—¿Alguna vez has dejado que un hombre te folle?
—No, Dominus.
Roose se sentó en la cama y Theon acomodó la túnica junto a la toga. El Magistrado llevó la copa a la boca, el agua al humedecer le daba color a los pálidos y enjutos labios. Sin estar vacía, alargó el brazo y Jon recibió la copa.
—Quítate la túnica, Theon.
La túnica se refregó por sus hombros descendiendo por sus brazos, era una fricción incómoda y satisfactoria a la vez. Su piel estaba seca, sin ninguna señal de cuidado. En la desnudez el deterioro de su pierna izquierda se hacía más notorio.
—Ven conmigo.
Theon subió a la cama, acercó su pecho a uno de los brazos del Magistrado y sus piernas entrelazadas se extendieron hacia la punta de la cama. El Bolton corrió su cadera hasta que ambos torsos estuvieron unidos. Las frías manos subieron por los costados de su torso y al ladear la cabeza se frenaron en sus mejillas.
El rostro del Magistrado estaba muy cerca, tenía una piel tersa sin ninguna marca de vejez. Cerró sus ojos y sus labios fueron humedecidos por los contrarios. La lengua que se arremetía en su cavidad portaba un gustillo a naranja y semillas de soya. Por la escualidez de los labios no percibía los tiempos en que se separaban y regresaban a los suyos.
—Tráeme el aceite, Jon. —Roose indicó con una mínima separación a sus labios, el vapor que emanaba al hablar golpeaba su nariz y calentaba su rostro.
Jon obedeció, el cuerpo de este se manchaba de rosado, en semejanza con la túnica, y el tono se intensificaba como la vergüenza aumentaba. Sus ojos se conectaron cuando le entregó la jarra al Magistrado.
La boca creciente de la jarra se deslizó por su columna vertebral hasta profundizar en su pelvis. El denso aceite corrió por el comienzo de esta última y desembocó en la separación de sus nalgas. Los dedos del Bolton lo siguieron, estos se mojaron en la gran proporción que aún se mantenía en su cintura y formaron círculos en torno a su entrada.
Uno de los dedos se implantó en su cavidad, Theon gritó tan fuerte que su garganta se desgarró y su trémula voz salió chillona. El largo dedo en sus inclinaciones distanciaba sus paredes ocasionando un punzante dolor. Este paulatinamente se adentró y emergió, y con la llegada de un segundo, se añadió mayor velocidad pero no mayor bravura.
Sus dientes se pegaban y chirriaban en cada nueva sacudida, y sus gritos se filtraron por las comisuras de su boca. Su cabeza yació en el pecho del Magistrado y sus manos se aferraron a las sábanas. Los dedos tomaban camino separados en su interior, abriéndolo mucho más, el aceite funcionaba al igual que un pobre adormecimiento para el dolor.
—Más cerca, Theon.
Los dedos lo liberaron, un agudo ardor se depositó en su entrada. Las aceitadas manos se hincaron en su cintura, elevándola y llevándola hacia adelante. Theon acató el placer del dominus, siempre debían estar en primer lugar, dobló sus rodillas y uniendo los cuerpos tanto como pudo se apoyó sobre los muslos del Magistrado.
Las gotas de aceite caían en la piel de Roose y la rígida polla del mismo palpitaba en el roce con su trasero. Su pelvis fue tirada abajo, ocasionando que la punta de la polla se diera paso en su interior. Sus parpados excesivos se separaron, las lágrimas se acumularon en sus ojos y su cuello se inclinó atrás.
La fusión del chillido que el desgarramiento conllevó con la completa introducción del miembro y el sonido del aceite desparramándose, nublaron sus oídos. Elevó su cadera tratando de escapar y los brazos del Magistrado sostuvieron su espalda permitiendo que las manos se aferraran a sus hombros e hicieran una presión que contrarrestara su acción.
El aceite se arrastró en el mismo turno en que la polla lo hacía, la potencia se desarrollaba a tiempos dispares. Sus lágrimas, más gruesas, fluían por sus mejillas y barbilla. Intentó voltear su cabeza y encontrar alguna señal de Jon, no obstante, el Magistrado no lo autorizó.
Sabía que Jon observaba, las consecuencias de no hacerlo no daban alguna otra opción posible, y él quería verlo también, no deseaba sentirse solo, el malestar se calmaría de esa forma. No importaba cuanto lo quisiera, las manos del Bolton se hallaban en su nuca e inmovilizaban cualquier clase de movimiento.
Sus piernas se acomodaron entre las del dominus y su cadera se meneó de arriba a abajo con el impulso que las manos de este obraban en sus muslos. La polla golpeaba su próstata haciéndolo gritar de placer y de dolor por el imparable desgarramiento que se manifestaba con la sangre que se mesclaba con el aceite que entraba y salía de su cavidad.
Su cuerpo, respiración y sentidos se suspendieron con la inminente eyaculación que lo abarrotó. Las manos del Magistrado suavizaron el agarre en sus muslos, estas se quedaron marcadas con una pintura violácea. Tomando varias y hondas respiraciones, Theon recuperó su conciencia y fuerza, y aprovechando el desligue del Bolton se apartó de este.
Las fibras de sus músculos tironearon cuando se movió, se estremeció y gimió. El semen descendía por las caras internas de sus muslos, era un espeso líquido blanquecino con franjas rojas, y muy caliente, quemaba cada proporción de sus piernas.
—El sexo es otra de tus cualidades, Theon. —El Magistrado se levantó y se colocó la túnica por sí mismo, llevaba la polla todavía erecta. —Cuando te pregunte sobre tus cualidades debes decirme todas, ¿entiendes?
—S-sí, Dominus. —Dijo entre sollozos, el dolor se rehusaba a abandonarlo.
—Bien.
El Magistrado fue hacia Jon. El muchacho tenía las mejillas húmedas en lágrimas, los ojos enrojecidos y los parpados cerrándose y abriéndose sucesivamente por el ardor. Irguió el cuello en la cercanía del Bolton.
—¿Dominus? —Susurró.
—¿Cuáles son tus cualidades, Jon?
Roose arrastró las lágrimas con las yemas de los dedos y Jon tiritó. Sin respuesta, el Magistrado paciente continuó limpiándole las mejillas.
—Es un buen luchador, Dominus. —Theon comentó, entendía que Jon no respondería y que la paciencia del magistrado se agotaría.
