Ladd Russo caldea el ambiente con una charla motivadora

La moqueta que cubría el suelo de la habitación debió de ser blanca hace mucho tiempo. Claro que debido al desgaste había adquirido una tonalidad más oscura y sucia. Alguien poco observador quizá no se habría dado cuenta, pero como en el lugar estaban reunidos unas veinte personas, todas con esmóquines blanco marfil, saltaba a la vista la degradación del suelo.

La gente charlaba, haciendo pequeños grupitos y sin dar importancia alguna a que cada uno de ellos iba armado con dos o tres armas de fuego. Resaltaba que en medio de la estancia, sentado en un feo sofá de tela beige, estaba Graham Specter, con su inconfundible mono azul. Entre las piernas tenía apoyada su famosa llave inglesa de acero forjado. No necesitaba más armas que esa. ¿Para qué? Más vale maña que fuerza, y como Graham tenía ambas, no necesitaba armas de fuego.

Aburrido. Graham estaba aburrido de esperar. Apenas unas horas antes le habían comunicado que su ejemplo a seguir, su héroe, su maestro, Ladd Russo, acababa de escaparse del calabozo de la comisaría central. Que hubiera escapado o le hubieran soltado no era más que una nimiedad. ¿A quién le importaba eso? Lo importante es que era libre. Graham se había alegrado de sobremanera y había soltado uno de sus larguísimos soliloquios filosóficos a los que tenía acostumbrados a todos sus compañeros. Después, para sorpresa suya, Ladd le había convocado, a él y a su gente, para hacer un último trabajo. En realidad no sería el último, pero así quedaba más dramático. El caso es que iba a vengarse de todo lo ocurrido. Graham sonreía mientras se lo contaban, imaginando que a Vino finalmente le había llegado su hora.

Por eso mismo había acudido con su gente al hotel en el que le habían citado. Allí se había encontrado con el resto de devotos de Ladd, vestidos con sus inconfundibles trajes blancos. Todos unos homicidas, dementes perturbados que bien podrían estar toda su vida encerrados en un psiquiátrico. Esquizofrénicos y asesinos, un grupo difícil de gobernar a menos que lo hiciera el mayor demente de todos con una lógica tan aplastante como la llave inglesa de Graham.

Por fin, la puerta de la habitación se abrió, dejando pasar a un rubio manco vestido con el mismo esmoquin blanco que el resto de lunáticos que ocupaban la estancia. Sus ojos tenían hambre, pedían sangre y muerte allá donde mirasen. Tras él, una hermosísima joven de largos cabellos castaños pasó silenciosamente y cerró la puerta. Tenía la mirada caída y trataba de no hacer ruido.

–Hola a todos, compañeros –gritó Ladd con esa voz que movía masas–. Siento que hayáis tenido que esperar, pero estoy aquí.

–Te... te estuvimos esperando –dijo un tipo enorme con voz grave y torpe.

–Sí, sí, sí... eso ya lo sé –respondió él con molestia. Nadie le interrumpía–. Quizá algunos todavía no sepáis para qué os he llamado, y si es así es porque sois unos auténticos gilipollas. Estáis aquí porque vamos a jugar.

La sonrisa de Graham se ensanchó, como un niño al que le dicen que van a pasar todo el día en el parque de atracciones, o cuando le dicen que de comer tiene su plato favorito. La excitación corría por sus venas. El pie se le movía nerviosamente, quería salir de allí y seguir a su maestro, matando a todo lo que se le pusiera por delante. Sí, al fin la historia estaba volviéndose interesante. Las miradas que de vez en cuando se le escapaban a su jefe, mirando con asco el muñón que aquel arrogante pelirrojo le había creado, daban a entender que habría guerra. Sí, una historia perfecta, un protagonista herido que tiene que vengarse del malvado enemigo, acabar con él de una vez por todas. Ahora sólo quedaba ver cómo se desarrollaría, qué fantástico e ingenioso rumbo tomaría la trama.

–Como sabréis, tuve que estar en el hospital hace un tiempo por culpa del incidente del Flying Pussyfoot. Allí conocí a gente tan interesante como estúpida. La arrogancia que mostraban me ponía nervioso. Sí, necesitaba matarlos, necesitaba hacerles sufrir y pegarles un tiro mientras les susurraba que las cosas no iban a salir bien. Creció en mí una necesidad de bajar a esos pobres ilusos de la nube en la que se habían subido. No, no podría dejar las cosas así, va contra mi naturaleza. Tengo que matarlos, matarlos a todos... muertos, muertos, muertos, muertos, hahaha. Esas miradas de que todo está bien, de que nada les pasará me cabrean... me cabrean tanto que me dan ganas de reventarles la cabeza. ¿Quién se creen que son? ¿Por qué caminan por el mundo creyendo que está a sus pies?

Graham escuchaba atentamente, sabía exactamente a lo que se refería. Porque fui yo el que le hizo caer. Las palabras de Vino resonaban en su cabeza. Los humanos son extraños, toman sus decisiones y siguen patrones según su personalidad, y por extraño que pareciera, entendía que Vino había herido el orgullo de Ladd. Es lógico, Ladd quería venganza por ello. Como una historia feliz y macabra había sido privada de su final, ahora empezaría otra de venganza y resentimiento. Con sangre, sí, con mucha sangre.

–Y pensaréis que tengo que matar a esa gente, librarles de su falsa idea de inmunidad. Pues no, eso sería lo fácil –continuó.

Algunos murmullos fueron rompiendo el silencio en el que hasta hace un segundo estaba sumida la sala.

–¿Entonces no les mataremos? –preguntó alguien.

–No... no, no, no... ¡¿Acaso no has entendido nada?! –gritó Ladd con impaciencia. Después se llevó la mano a la frente mientras trataba de serenarse–. Da igual, es normal que no lo entendáis. Es una conclusión a la que llegué después de estar mucho tiempo pensando, supongo que todos vosotros no lo entendéis, no comprendéis la magnitud de mis acciones. Os pido perdón, es culpa mía por no explicarme...

–Explícanos entonces qué quieres hacer, Ladd. Sabes que te seguiremos –pidió Graham, sentado en el sofá.

Ladd sonrió cuando le vio. Ahí estaba ese estúpido mecánico. Oh, sí, él mismo lo mataría. Le quitaría esa sonrisa soñadora y esa admiración de sus ojos. Le despedazaría con sus propias manos. No dejaría que nadie más lo matara, era su presa, pero había otra gente por delante.

–No soy... un asesino sin más... Es cierto que disfruto, ya lo creo que sí, pero la gente es débil y comete siempre los mismos errores. ¿De qué me sirve matarlos sin más? ¿Qué gano con ello? No soy un cualquiera, no me vale con verles muertos, que por supuesto los mataremos, pero antes quiero enseñarles, quiero que ese egocentrismo se esfume, si creen que ellos tienen el poder sobre una lámpara yo les quitaré el sol. Si van a atacarnos con un revólver, les aplastaremos con un tanque. Si creen que nadie puede matarlos, acabaremos hasta con los que son inmortales. –Un nuevo rumor se extendió entre la gente que escuchaba embelesada el discurso de Ladd. Mientras, él saboreaba la atmósfera que había creado, la incertidumbre que levantaba entre su gente. –No creáis que no olvido... no olvido y no perdono. Esos cabrones que me estuvieron tocando los cojones en el Flying Pussyfoot. Esos putos... Lemures. Oh... matamos a muchos de ellos... –Los locos trajeados rompieron a reír. Ladd les acompañaba con una sonrisa. –Vamos a matar a su jefe... sí, vamos a matar a Huey Laforet. Si ese gilipollas cree que es inmortal... ¡le mataré tantas veces que no le reconocerá ni su puta hija!

Vítores y gritos dieron por finalizado el discurso. Los hombres reían y se abrazaban entre ellos, listos para entrar en acción. El rostro de Graham se mantenía impasible. Se puso en pie y gritó, llamando la atención de todos los de la sala.

–Yo... yo quiero creerlo, quiero abrir ese libro que será una gran historia, quiero ver cómo las mentes empezaban a funcionar y el choque de pensamientos hace que corra la sangre. Quiero ver cómo nosotros los humanos nos matamos entre nosotros y hacemos de esto un mundo justo. Oh, una historia en la que la violencia impone su justicia, qué rol tan bonito tendremos que interpretar. –Sus propios seguidores gruñían asintiendo, alentándose por las palabras de su jefecillo. Graham se agachó y cogió su llave inglesa. Con la mano libre se ordenó el flequillo y con la otra apuntó a Ladd. –Pero dime, Ladd, amigo mío... ¿Cómo mataremos a Huey? Creo que estaba en Sing Sing, ¿no? ¿Irás allí para matarle? ¿Una historia policíaca? ¿Nos enfrentaremos a la ley?

Todos volvieron la vista a su líder, esperando su respuesta. Ladd Russo sonrió con crueldad.

–Lo tengo todo planeado. Desde que estuve pudriéndome en ese estúpido hospital, y después en el calabozo, pensé en cómo matarlo... Y no, no lo haremos en la cárcel. Haremos que se fugue, sí. Lo atraeremos aquí.

–¿Cómo?

–Hahaha, pues... vamos a secuestrar a su hija.