Segundo capítulo (tengo hechos unos pocos, aún está al comienzo, pero bueno...). Si después del capítulo anterior seguís con ganas de leer, que sepáis que me habéis llegado al alma... *snif*

Bueno, pues eso... espero que os guste... y siento que mi conocimiento de internados sea tan malo... nunca atendí a un discurso xD

¡Dentro fic!


—Dobroe utro (Buenos días), estudiantes —dijo por el micrófono, después de aclararse la garganta y esperar a que los últimos se sentaran—. Mi nombre es Iván Braginski, y soy vuestro director.

...

—A los nuevos y a los que ya llevan con nosotros un tiempo, queremos daros la bienvenida al Vsemirnaya Shkola-Internat. Es para nosotros un orgullo y un gran honor que hayáis decidido formaros en este centro...

Gilbert desconectó automáticamente. Era incapaz de prestar atención a casi cualquier cosa que no fuera su excelentísima persona, además de que la voz de aquella persona le daba escalofríos.

Era un hombre alto, de hombros anchos, que llevaba puesto un abrigo color crema y una bufanda rosa por encima de su uniforme, del cual sólo se veían sus pantalones, de color blanco. Su cara parecía estar deformada en una eterna sonrisa, pero aquella sonrisa asustaba más que animaba. Sus ojos, de los cuales no podía comprobar de qué color eran por culpa de la lejanía, estaban cubiertos por finos mechones de pelo color arena claro que constituían su flequillo.

Paseando la vista por la sala, descubrió que no era el único que estaba ignorando al director; delante de él, un chico de su edad parecía estar más concentrado en la 3DS que tenía delante que en las palabras del otro, tanto que de vez en cuando se le escapaban unos cuantos juramentos en bajo, maldiciendo a Mario, a las tortugas, al abismo, al champiñón venenoso... junto con comentarios del tipo "¡soy el héroe! ¿Por qué no puedo vencer a una condenada tortuga con pinchos?". Unas cuantas butacas más lejos, una chica hacía distraídamente flores de papel. El aburrimiento es malo, pensó el albino, enarcando una ceja.

—Por cierto —continuó el director con un fuerte carraspeo, lo cual provocó el sobresalto de todos los distraídos. El chico cerró su consola con rapidez y la chica dejó, instantáneamente, de doblar pedazos de papel—, permitidme, antes de que podáis iros, que os recuerde unas cuantas cosas.

=El señor Honda me pidió que os recordara a los internos —sus ojos divagaron por la sala, centrándose en algunos alumnos— que mantuvierais en buen estado los cuartos que se os asignen. Nada de pintadas en las paredes, agujeros, sábanas rotas, muebles rayados, manchas de helado, etcétera, etcétera. Y que, por favor, no perdáis las llaves. Este año no vamos a poder permitirnos hacer nuevas copias, por lo que, si las perdéis, tendréis que apañároslas como podáis para el resto del año.

Gilbert vio por el rabillo del ojo cómo el mismo alumno que había visto jugando al Mario se encogía en su asiento, amedrentado.

—Permitidme que os recuerde que la asistencia a las misas, que serán oficiadas por el profesor Lorinaitis, es obligatoria para todos los alumnos —continuó el director, todavía con aquella sonrisa escalofriante—. Y también que está terminantemente prohibido salir de este centro a no ser que sea para algo urgente, en cuyo caso se irá acompañado por un profesor. Más que nada, os lo recuerdo porque el profesor De la Peña Valverde se ofreció voluntario a castigar a todo aquel que infrinja esas normas.

=A todos los nuevos, si estáis interesados en apuntaros a algún club, debéis preguntar a los profesores pertinentes. Encontraréis la lista en el tablón de anuncios, en el pasillo que hay entre Portería y el aula de tecnología.

=Para los interesados en estudiar algún idioma (aparte del inglés, obligatorio para todo el alumnado), por favor, notificadlo en Secretaría. Las lenguas disponibles, que, por supuesto, se impartirán fuera del horario lectivo, son el francés, el español, el chino y el alemán.

=Por último, debemos dar la bienvenida a dos nuevos miembros de la Vsemirnaya Shkola-Internat: al señor Berwald Oxenstierna, que enseñará tecnología, y al señor Tino Väinämöinen, que será nuestro nuevo psicólogo.

Sonaron varios aplausos educados a la vez que dos rubios, uno alto, serio y de pelo corto y otro más bajo y de características afeminadas se levantaban de los asientos situados tras el director y se inclinaban con respeto, para después sentarse de nuevo.

—Vuestras maletas ya fueron llevadas a vuestras habitaciones. Id, acomodaos y descansad un rato. A las nueve y media, es decir, dentro de una hora, se servirá la cena. Ya está, podéis retiraros.

El revuelo que se armó cuando dijo esas palabras fue digno de una película apocalíptica. A pesar de lo agotados que se hallaban algunos, todos los alumnos salieron en tropel por la única puerta que había, formando un atasco que algunos profesores apenas podían contener.

—¡Aru! ¡Despacio y en fila de a uno, aru! —gritaba exasperado un profesor que parecía ser chino, no muy lejos de Gilbert— ¡He dicho que despacio y en fila de a uno, aru! ¡Si es que sois imposibles, aru!

—¡Compórtense como los muchachos civilizados que deberían ser! —decía amenazador otro profesor, grueso y de tez oscura— ¿Eh? ¡A ver quién es el pequeño comemierda con ganas de correr veinte vueltas alrededor de la muralla con un peso colgado de las pingas! ¡Miren que soy capaz!

Nota mental, se dijo Gilbert, no molestar a este profesor ni lo más mínimo a no ser que quieras problemas. Esquivó con dificultad a unos cuantos alumnos que lo empujaban, intentando alcanzar aquella puerta. Qué maleducada podía ser esta gente. ¿Cómo se atrevían a dar empujones contra su excelentísima persona?

Golpeado, empujado y aplastado, Gilbert por fin logró salir del auditorio... gracias a otro empujón, propinado más violentamente que los anteriores. El albino los miró con odio reconcentrado antes de subir por las escaleras de piedra. Habrase visto... Aunque las escaleras tampoco estaban mejor. La gente se juntaba en pequeños grupos (o intentaba hacerlo), iba a distinto ritmo y casi no dejaba pasar. Gilbert creyó ver la rizada cabeza de Antonio unos metros más allá, pero, con toda aquella gente, era imposible confirmarlo.

Dejándose arrastrar por la multitud hacia dondequiera que fueran, Gilbert intentó abrirse paso hasta que finalmente alcanzó al que él creía que era Antonio.

—Eh, Antonio, ¿eres tú?

Aquella persona se dio la vuelta, y los ojos verdes del español le devolvieron la mirada.

—¡Hola, Gil! —saludó con toda naturalidad.

—¿Cómo que "hola"? —casi gritó el prusiano— ¿Te largas, abandonas al excelente yo, y me dices "hola" como si nada? ¿Dónde coño te habías metido?

—¿Yo? Ah... erm... bueno... —el español se rascó la nuca, incómodo. Ya ni recordaba por qué se había ido—. Sentía curiosidad y... me fui a mirar por ahí un rato.

—¿Sin decir nada?

—Ah, ¿es que no te avisé?

—¡No!

—Eh... hehe... Bueno, pues... ¡Lo siento~! —canturreó, juntando las manos en actitud implorante y poniendo ojos de cachorrillo.

Gilbert se dio con la mano en la frente, con un gesto de fastidio enorme.

—Eres incorregible, tío —murmuró.

—¡Gilbert, Antoine! —exclamó una voz melosa detrás de ellos, y enseguida fueron estrechados en un abrazo efusivo. El albino puso los ojos en blanco y se zafó del agarre de Francis como pudo.

—Hahaha, venga, Francis, veeeenga —sonrió Antonio, acariciando la cabeza del francés como si fuera la de un perrito—, que la emoción es maaalaaa...

—Lo que a ti te pasa, mon ami (amigo mío), es que no sabes apreciar las maravillas que circulan por delante de tus ojos. ¡Mira, mira a esa morenita, la de ahí! —dijo, contentísimo, señalando a una chica de pelo largo y marrón oscuro con florecillas rosas en el pelo— N'est-elle pas adorable? (¿No es adorable?) ¡Y ésa! ¡Oh, y ésa también! —añadió, apuntando ahora a una rubia con un lazo morado en el pelo y a otra de pelo negro y coleta baja—. Como puedes ver, aquí hay una increíble cantidad de bellezas que sería un pecado desaprovechar.

Gilbert prefirió hacer como que no había oído a su amigo y le tiró del brazo.

—¡Vengaaaaaa! —apremió—. ¡El genialísimo yo está cansado!

—Estoy de acuerdo con Gil —secundó Antonio, tirándole del otro—. Venga, ya babearás por ellas más tarde, anda...

Francis, volviendo la cabeza de cuando en cuando, dedicando sonrisas seductoras a las chicas y ofreciendo la imagen de un loco siendo llevado tranquilamente a su cuarto en el hospital, se dejó arrastrar por sus amigos hacia una puerta de metal que había a un lado de las escaleras, que ahora estaba abierta, y por la cual (por lo visto) había que salir para ir a las barracas.

Fuera atardecía. El cielo estaba teñido de tonos dorados, anaranjados y rojizos, formando una fantástica paleta que Gilbert no pudo apreciar. El brillo de la nieve, que reflejaba cada mínimo detalle de aquella luz mortecina, hería los ojos del albino, quien pensó, maldiciendo entre dientes, que había sido muy mala idea no haber metido en el equipaje sus gafas de hacer esquí. Era en momentos como esos cuando odiaba sus perfectísimos (y a la vez, muy delicados) ojos rojos.

—Puf —murmuraba Antonio, revisando el mapa—. Según esto, si nosotros nos hallamos aquí... —señaló una puertecita situada al lado de un cuadro que decía "CAFETERÍA"—, entonces, nosotros deberíamos ir pooor... aquí... hasta este edificio de aquí —dijo, trazando una ruta en el mapa con el dedo.

—Puto asco... —murmuró entre dientes el albino, agarrando el brazo de Francis con redobladas energías—. ¡Francis, verdammt (maldita sea), o te comportas o te llevamos a rastras!

—Comment? (¿Cómo?) ¡Oh, non (no), eso sí que no! —se escandalizó este último y, para alivio de sus amigos, se puso como es debido y empezó a caminar a toda prisa, casi arrastrándolos— ¡El très bien moi (excelentísimo yo) no puede tener su hermosa cara llena de antiestéticos arañazos! ¡Ni pensarlo!

Por algo te llamábamos "el rey del drama", pensó Gilbert, poniendo los ojos en blanco, pero sin poder contener una risita. Francis NO PODÍA EVITAR comportarse tan de aquella manera cuando llegaba a algún sitio donde abundaban las chicas (de hecho, ni cien mil niños pequeños en Navidad le llegarían a la suela del zapato en semejantes situaciones). Aunque al menos, esta vez se lo está tomando con calma, tuvo que reconocer Gilbert.

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—Naega jeil jal naga, la, la, la, la, naega jeil jal naga... —canturreaba un coreano, saltando sobre una de las literas de su dormitorio, con una sonrisa entusiasta e infantil.

En la de debajo, un islandés pálido y muy delgado que sostenía un bol de helado de chocolate y se lo iba comiendo distraídamente, ofreciéndole de vez en cuando un poco a su mascota (un pájaro muy raro de pico ancho y plumaje negro que tenía atado un lacito rojo al cuello), ignoraba tranquilamente los peligrosos bandazos que sacudían la estructura.

Y, justo enfrente de aquella litera, Arthur estaba de pie y armando un escándalo terrible.

—No se permite tener mascotas, Emil, ya te estuvieron a punto de expulsar varias veces el año pasado por culpa de tu pajarraco, fuck (joder). ¿Por qué coño te lo sigues llevando contigo?

—Porque quiero —respondió con calma el aludido.

—Tampoco se puede comer en las habitaciones, ya se te ha dicho mil veces... ¿De dónde... de dónde sacaste ese helado?

—Del congelador de heim (casa). Tenía pensado comérmelo en el tren, en (pero)... —se quedó mirando el bol fijamente, examinándolo atentamente. Su pájaro revoloteó una vez más sobre el bol y picoteó un poco del contenido, quedándosele el pico color chocolate.

—¿Pero?

Emil se encogió de hombros.

—No sé, me apeteció —y se comió otra cucharada, como si todo aquello no fuera con él.

Ante aquella contestación, Arthur se puso rojo de ira.

—Oh, my fucking God ("Dios mío", de una manera muy soez)... —Arthur se apretó la frente con la palma de la mano y se mordió los labios, intentando no chillar improperios peores.

—No te pongas tan así, salang (querido) —exclamó el coreano, dando un último salto sobre su litera.

—Y tú, ¡ESTATE QUIETO DE UNA PUÑETERA VEZ! ¡COMO ESTO SE NOS ROMPA, LO PAGAS TÚ! ¡ERES MALDITAMENTE PEOR QUE TODAS LAS DESGRACIAS DEL UNIVERSO JUNTAS! —le chilló el inglés, con toda la paciencia agotada.

El coreano se quedó quieto, mirando a Arthur con cara de cachorrito abandonado a la intemperie. Éste no cedió ante el repentino ataque psicológico del asiático, a pesar de que le pareció ver que aquel mechón de pelo que se curvaba obstinadamente sobre su cabeza ponía la misma cara.

Estando como estaban los tres tan ocupados en lo que hacían (Emil nada, Arthur gritando como un poseso y el coreano melodramatizando, quizá burlándose del inglés), ninguno oyó a Gilbert entrar en la habitación, hasta que oyeron un presuntuoso "Guten Tag! (¡Buenas tardes!)" tras sus espaldas. En ese momento, los tres se dieron la vuelta y se quedaron mirando al recién llegado.

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La sonrisa pretenciosa que había en la cara de Gilbert se congeló momentáneamente. Cuando le habían dicho que compartiría habitación, creía que sería con una persona, no con tres... Se repuso rápidamente de la sorpresa y exclamó:

—¡Hola, gente! ¡El increíble yo ha llegado! —hizo una pose digna de un superhéroe, recuperando enseguida su actitud normal—. ¡Mi nombre es Gilbert Beilschmidt y soy de Königsberg!

—Emil Bonnewick, Reikjavik —se limitó a decir uno de sus compañeros, sentado en la parte baja de una litera con un bol de helado en las manos y un pájaro negro revoloteando alrededor suyo. Se dio cuenta de la mirada perpleja que estaba dirigiendo al animal, por lo que enseguida dijo—. Mr. Puffin. Mi mascota.

—Si nos ponemos con ésas... Soy Arthur Kirkland y soy de Londres —dijo el cejudo, poniendo los ojos en blanco.

—Sí, a ti ya te conocía...

—¡Yay~~! ¡Yo soy Im Yong Soo y soy de Seúl, Corea del Sur~! —gritó alegremente el bajito sentado en la litera de encima de Emil, y dio un salto tan grande que cayó de la misma. Se levantó enseguida y se inclinó ceremoniosamente ante Gilbert, quien se le quedó mirando. Ese extraño rulo por encima de su cabeza le daba escalofríos. No era normal, maldita sea. ¿Era su imaginación, o ese pedazo de pelo le estaba sonriendo pervertidamente?

Salir de la sartén para caer en las brasas, pensó Gilbert con ironía. Huir del enfermizo panfílico a otro con sabía Dios qué extrañas intenciones.

—Emmmm... esto... —titubeó, por cambiar de tema, pero...

Toc, toc.

Alguien llamó suavemente a la puerta.

—Quién es? —preguntó Gilbert. Supuso que sería Antonio, o Francis, deseando saber si compartía la habitación con alguna chica, pero la voz que contestó, baja y suave, como la de Emil, respondió.

—¿Está Emil?

—Sí, Lukas —contestó Emil, siempre con el mismo tono monótono y vacío, y le abrió la puerta a un chico sorprendentemente parecido a él. Las únicas diferencias que había entre los dos era que el recién llegado tenía el pelo rubio claro, en vez de blanco, y que, en sus cuencas opacas y vacías, dos esferas azul grisáceo (en vez de violeta claro) les devolvían la mirada. Aparte de eso, llevaba una pinza con forma de cruz sujetando su flequillo; y un mechón de pelo, rubio, flotaba (sí, sí, flotaba; no estaba unido a la cabeza) al lado de su mejilla izquierda. Su uniforme era negro, en vez de dorado como los suyos, lo cual le hizo suponer a Gilbert que sería de un curso diferente. Tal vez fuera mayor que ellos.

—Te dejaste esto en mi equipaje- dijo el tal Lukas, levantando su mano derecha, que sujetaba dos bolsas de plástico. El tono de su voz estaba desprovisto de toda emoción, igual que el de Emil.

—Því miður (Lo siento).

—¿Necesitas algo más, bror (hermano)?

—Mmmm... no.

¿Pero qué clase de conversación era ésa? ¿Seguro que eran hermanos? ¡Aquélla parecía más bien una conversación entre dos desconocidos que una entre dos hermanos! Y pensar que él se quejaba por no tener un hermano normal... Gilbert suspiró. Ya no hacía ni media hora que había entrado en aquella habitación y ya casi deseaba salir corriendo de allí.

Lukas asintió, o al menos, eso pareció; su cabeza se había movido ligeramente hacia arriba y hacia abajo.

—Si te falta algo, avísame.

—Já (Sí) —asintió a su vez Emil, perdiendo enseguida todo su interés en la figura impávida de su hermano para centrarla en las bolsas.

El recién llegado se encogió de hombros y se fue en silencio. Un silencio que no duró demasiado.

—¿Qué tienes ahí, you motherfucking moron (estúpido bastardo)? —preguntó Arthur, con el ceño fruncido, acercándose al islandés. Pues sí que se llevan mal estos dos, se dijo Gilbert, tomando nota mentalmente.

Por toda respuesta, Emil sacó de las bolsas cajas de comida de pájaro y pescado ahumado y más helado.

—What the motherfucking hell is that? (¿Qué malditos cojones es eso?)—chilló el inglés, con un tono de voz tan agudo que el albino casi pensó que se iba a quedar sin oídos.

De repente, y antes de que Emil pudiera responder a aquella pregunta, se oyeron unos golpes fuertes, como si alguien aporreara una pared.

—¡Cállate, Arthur! —se oyó una voz, ligeramente amortiguada, que gritaba a pleno pulmón. Algún compañero de la habitación de al lado, supuso el prusiano.

—¡Oh, cállate tú, git, y no te metas donde no te llaman! —contestó Arthur, aporreando él también la pared.

—¿Vas a estar así todos los días? —respondió la voz, llena de irritación— ¡Porque, si es así, creo que el héroe ya se puede ir comprando unos tapones para los oídos!

—¡No puedes salir de aquí sin permiso, brat!

—¡Existe algo que se llama "compra por Internet"! ¡"Compra-por-Internet"! ¿O es que estás tan ocupado con tus fantasías y tu mala cocina que ya no puedes vivir en el mundo real?

—¡Y me lo dice el friki de las hamburguesas y las maquinitas!

—¡Eh! ¡Eso ofende!

Geniaaaaal...

Emil ignoró todo aquel escándalo tranquilamente y se dedicó a clasificar los botes de helado, mientras su mascota gorroneaba pescado de una caja.

Im Yong, aburrido, sacó su portátil y empezó a teclear en él a toda velocidad.

Y Arthur siguió aporreando la pared y gritando como un condenado, recibiendo como respuesta más golpes, más insultos y más gritos.

Gilbert se desesperó por completo. ¿Cómo coño iba a hacer el grandioso él para sobrevivir allí?

—Paciencia, Gilbert, paciencia... —se dijo a sí mismo, apropiándose de la litera de arriba que quedaba libre. No creía que a Arthur le molestase. Había estado demasiado ocupado gritándole a otros como para darse cuenta de que no había escogido cama. ¡Él se lo perdía!, pensó, sonriendo malignamente.

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—¿T' g'sta 'sto, T'no?

El nuevo psicólogo del Vsemirnaya Shkola-Internat giró la cabeza y sonrió dulcemente a quien le había hablado; un hombre alto con gafas, de hombros cuadrados, pelo rubio y corto y aspecto temible. Pero aquello, como bien sabía Tino Väinämöinen, se quedaba solamente en la apariencia. Había aprendido a ver a través de aquel porte serio y amenazante, descubriendo así cómo era el verdadero Berwald Oxenstierna. Y le había gustado.

—No está mal, moi —contestó al nuevo profesor de Tecnología, calándose el gorro hasta las cejas. Hacía muchísimo frío—. El salario es bueno, los edificios parecen estar en buen estado y... bueno... se trata de un buen colegio, moi. Por lo menos, podremos estar juntos sin que los demás profesores nos miren raro.

La comisura de los labios de Berwald se curvó ligeramente en lo que parecía ser una sonrisa y éste acarició con ternura la mejilla sonrosada y fría de Tino.

—S' t' s'ntes c'mod' aqu'... 'ntonc's cr'o qu' t'mbi'n yo v'y a estar b'n...

La cara del sueco se acercó a la del finlandés, y éste se ruborizó violentamente, sonriendo con nerviosismo y timidez.

—¡Moi, Berwald, aquí no! ¿Y si alguien nos ve?

Estaban en el exterior del recinto principal, en dirección a la barraca de los profesores, donde podrían disfrutar de una habitación para ellos solos.

—Hmmm... n' cre' qu' imp'rte —susurró él, sus ojos azul verdoso fijando la vista en los orbes violeta claro del más bajito-. Desp's de t'do, t' eres m'n frun (mi esposa)...

Antes de que Tino pudiera replicar, los labios de su esposo apresaron los suyos, a la vez que uno de sus brazos musculosos rodeaba su cintura, abrazándolo, y su mano libre se deslizaba por debajo del gorro de lana hasta acariciar su pelo, aferrando firme pero suavemente su rubia cabeza. El psicólogo sonrió en el beso y rodeó el cuello del de ojos azules con sus brazos flacos y pálidos, como los de un pajarillo.

—J'g älsk'r dig (Te quiero) —le dijo Berwald, con un ligero tono de ternura en su inexpresiva voz.

—Ja minäkin rakastan sinua (Y yo a ti también).

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-Señor Braginski...

—Zatknis' (Cállate) —dijo secamente el ruso.

Raivis comprendió y se fue disimuladamente, intentando no hacer ruido. Ya fuera, suspiró. Un arrebato de bipolaridad. Otra vez.

—¿Otra vez, Raivis? —preguntó una voz amable. Raivis levantó la vista y vio a un hombre unas cuantas cabezas más alto que él, de pelo largo y castaño y ojos verdes.

El letón asintió, mirando por el rabillo del ojo que Iván Braginski no le estuviera viendo. Pero no había razón para preocuparse. Observaba fijamente a la chimenea, con sus ojos púrpura entrecerrados, pensando en sabía Dios qué. Ambos se apartaron de allí, temiendo convertirse en el blanco de la ira del director si permanecían en aquel sitio un minuto más.

—Ei (Oye...), Raivis... sé que esto es muy difícil para ti... después de todo, eres el nuevo... pero... escucha, no eres el primero ni serás el último al que este hombre trate de manera irregular y hasta sádica. Tan sólo te sugiero... Si notas que está mosqueado, por lo que sea, sal corriendo y que no te vea por el resto del día. A no ser que prefieras acabar como un perforavimo maišas (saco de boxeo) a menos de un día de jubilación —miró de un lado al otro, como comprobando que nadie lo escuchaba, y volvió a centrar su atención en el bajito—. Lo entiendes, ¿no?

Raivis asintió.

—Estupendo. Que el Señor te ayude.

Tras decir estas palabras, el lituano se dio la vuelta y desapareció de allí, dejando atrás a un solo, confuso, y todavía más amedrentado Raivis.

Aquello no le había ayudado en nada.

—Palīgā... (Socorro...)—susurró, muerto de miedo.


Lo de siempre, queridos lectores *señala el link de "reviews"* Gracias.