A pesar del increíble entusiasmo de la profesora, nadie más fue capaz de alegrarse por estar en aquel lugar, claro, a excepción de Molly, ella siempre era la chica alegre que lograba hacerte sonreír sin importar absolutamente nada.
— Comencemos por asignarles sus habitaciones, chicos — propuso la profesora, yendo en dirección a la escalera y deteniéndose al final de esta cuando subió, volteando a ver a los chicos. — Quiero advertirles, que los siguientes días no serán como algo a lo que ya estén acostumbrados o las vacaciones que deberían estar disfrutando. Este es un proyecto 100% serio, y deben tener muy en cuenta que no permitiré desorden en un lugar como este. Ahora; Angelo y yo les diremos donde están sus habitaciones y demás cuartos de la casa, así que hagan el favor de tomar sus equipajes y seguirme — indicó.
— Por lo menos espero tener mi propia habitación — murmuró Sherlock, tomando ambas maletas. — No soportaría tener que compartir cama o siquiera la habitación con alguien más.
— No estás en un hotel, Sherlock, aceptarás lo que la profesora te diga, y te quedarás callado, quieras o no — sentenció Mycroft. — Te recuerdo que estamos aquí por no cumplir con tus obligaciones como estudiante, así que lo que menos puedes hacer es comportarte por los siguientes días y no causar problemas.
Sherlock rodó los ojos.
— Sería estupendo si nos asignaran la misma habitación, ¿no crees, Sherly? — canturreó Jim en su oído, molesto como sólo el podría serlo incluso en un lugar así.
— Preferiría dormir en la sala — gruñó Sherlock. — Y no me llames Sherly, me llamo Sherlock, no creo que seas tan idiota como para olvidarlo.
Jim sonrió ampliamente, encogiéndose de hombros.
— ¿Crees que sean habitaciones compartidas? — preguntó Molly a Irene, con un ligero toque de preocupación en su voz. — No me gusta este lugar. Es muy bonito, pero es demasiado grande y con los años que tiene seguramente debe sonar cada rincón.
— No lo sé, igual tenemos nuestros celulares, Molly. Si tienes miedo o cualquier cosa o IDIOTA — dice en voz alta, dirigida especialmente a Philip y Sally — te molesta, puedes decírmelo e iré a tu habitación, ¿de acuerdo? — preguntó con cariño.
Molly asintió y sonrió, yendo tras Irene en las escaleras. Los demás tomaron su equipaje, a excepción de Jim y Sebastian, quienes al llegar en una motocicleta no habían podido llevar su equipaje, pero Jim aseguró con su santurrona voz, que un 'hombre de mi padre traerá el equipaje antes de que anochezca'. Nadie le prestó mayor atención, pero sí fueron muchos quienes desearon en silencio que aquella ropa nunca llegase y Jim tuviese que largarse de la casa.
— Bien muchachos, las habitaciones están en ambos pasillos, izquierdo y derecho; comenzaremos con el lado derecho y retornaremos por el izquierdo. No quiero que por ningún motivo se separen, si quieren saber sobre alguna habitación que llame su atención, díganlo y yo o Angelo les diremos de qué se trata, pero no piensen siquiera en investigar por sí mismos. ¿Quedó claro? — preguntó, alzando una ceja en dirección a los estudiantes.
— Esto es más cliché que las escenas baratas en las películas de bajo presupuesto — refutó Jim, pasando el dedo por una de las grandes pinturas en la pared al pie de la escalera. — ¿Debemos esperar a escuchar sonidos por las noches y cosas que se mueven cuando absolutamente nadie lo ve? — se burló.
— Me alegró que lo menciones, James, porque justo sobre eso les hablaré mientras asignamos sus habitaciones. Ahora, si eres tan amable, mantén tus manos donde no dañen nada valioso y limítate a seguir las instrucciones — indicó la profesora con voz melosa.
Jim rodó los ojos y se unió a ellos. El grupo comenzó con su recorrido en la parte derecha, observando las altas puertas dobles de madera oscura y tallada.
— La primera habitación es para Molly — informó la profesora, abriendo las puertas de par en par. — Como pueden ver, la habitación es cómodamente espaciosa pero sólo fue asignada para albergar en ella una cama matrimonial, un diván, una pequeña biblioteca personal y por supuesto un baño. Cada habitación cuenta con una ventana a los costados que dan a las jardineras, así que si en cualquier momento están demasiado aburridos, pueden disfrutar de una hermosa vista al exterior — explicó.
Molly se adentró a la habitación y dejó sus maletas frente a la enorme cama con sábanas color vino, cerró las puertas tras ella y se unió de nueva cuenta al grupo. Continuaron caminando y recibiendo una pequeña descripción sobre cada habitación. La segunda fue asignada a Sally, la siguiente a Sebastian, y la última del pasillo a Mycroft, teniendo como guardia a una increíble armadura. La primera habitación al fondo del pasillo izquierdo, fue asignada a Sherlock, la siguiente a Philip, la que quedaba al centro del pasillo a Jim y la final al principio del pasillo a Irene.
— Bien, chicos — comenzó la profesora, mostrando una sonrisa — habiendo asignado sus habitaciones, continuaremos con la planta baja, que estoy segura de que les gustará — anunció.
El grupo dejó escapar un largo suspiro de resignación y la siguieron escaleras abajo, siendo guiados por más habitaciones, una sala de música y al final de todo…
— ¡Una piscina! — exclamó Jim. — ¡Dios, no puedo creer que está casucha tenga una piscina!
La Profesora rió entre dientes.
— Puede que sea una casa vieja, James, pero se han hecho remodelaciones y otras construcciones en los años pasados, así que naturalmente tenían que agregar algo así a una casa tan hermosa. El dueño actual de la casa pensó que le daría un buen toque, y así es como terminó agregándola — explicó.
— ¿Podemos usarla, cierto? — preguntó Philip, como si nunca en su vida hubiese visto algo similar.
— Sí, pero deberán limpiar el desorden que hagan — indicó la Profesora. — No es una casa para hacer el tipo de fiestas alocadas a las que acostumbran ir chicos, así que por favor compórtense.
— ¿Qué hay allá arriba? — preguntó Sherlock, apuntando en dirección a la esquina izquierda, sobre la piscina.
— Es una habitación, pero está llena de basura y materiales de construcción. Piensan ampliar la casa y hacer algún estudio, o por lo menos eso explicó el dueño. Por nada suban a ese lugar, no es estable y obviamente no da a ningún lugar más que a la parte trasera de la casa — explicó. — Y eso lo digo por ti, Sherlock, que sé que eres muy curioso y te gusta pasearte hasta por donde está prohibido el paso.
Sherlock dejó escapar un bufido de exasperación, ganándose una mirada de desaprobación por parte de Mycroft.
— Bien, chicos, creo que eso sería todo por hoy. Angelo y yo prepararemos una cena para esta noche, así que hasta entonces son libres para poder desempacar o hacer lo que gusten. Cualquier duda que tengan, estaremos en la cocina o en el invernadero, ¿de acuerdo? — informó.
El grupo asintió y se dispersaron, algunos yendo a sus habitaciones y otros volviendo a la sala o simplemente yendo a merodear a los jardines.
— Escuchaste lo que dijo tu profesora, ¿cierto? — preguntó Mycroft, estando en la entrada de la habitación de Sherlock, quien había optado por desempacar para luego encerrarse y continuar platicando con su novio.
Sherlock resopló audiblemente, colgando con agresividad una de sus camisas en el armario.
— No soy sordo, ¿sabes? — refutó con exasperación.
— Confío en que no, pero eres desaprobatoriamente muy necio, Sherlock — insistió, adentrándose a la habitación. — Si la profesora dijo que no te acerques a esa habitación, no lo harás y punto. Voy a estar contigo los siguientes días y que no te quedé duda alguna de que estaré vigilándote. Al primer instante en el que causes problemas, llamaré a nuestros padres y estarás en verdaderos problemas — advirtió.
— ¡Ya no soy un niño, Mycroft! — exclamó. — No tienes ningún derecho para estar siguiéndome a todas partes. Soy un adulto y sé perfectamente lo que debo o no hacer. Ahora, si no te importa, quiero estar solo.
Mycroft rió quedamente y negó con la cabeza, cruzándose de brazos.
— Es increíble lo mucho que has cambiado desde que conoces a John — observó, sonriendo. — Antes eras molesto, hermanito, pero ahora eres realmente insoportable cuando no está contigo. No deberías acostumbrarte tanto a él, Sherlock, créeme — agregó.
Sherlock lo ignoró, aun a sabiendas de que Mycroft tenía razón. Su vida había cambiado desde que había conocido a John, y aunque no fue para mal, su actitud había cambiado hasta el punto de sentir una ligera depresión cuando no veía a John por más de un mes. Claro, las vacaciones obligatorias en casa de sus padres eran exactamente eso: obligatorias. Y ni Sherlock podía contra la familia, pero de algún modo le consolaba que las llamadas y mensajes nunca terminasen cuando no están cerca el uno del otro. Cuando estaba dispuesto a dar un discurso sobre el por qué podía acostumbrarse a estar con John, se giró sólo para encontrarse con que la habitación estaba vacía.
-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-
— No deberíamos hacer esto, Sally — objetó Philip, observando a cada momento tras ellos.
— No seas quejica, Phil. La profesora dijo que podíamos hacer lo que quisiéramos, y yo quiero ver qué más hay en esta casa sin la necesidad de una larga y aburrida historia sobre cada rincón — refutó, tratando de forzar una de las puertas al final de uno de los pasillos inferiores.
— Sé que es aburrido, pero las puertas están cerradas por algo, ¿no crees? — insistió.
— Obviamente para ocultar algo, no seas tonto. Es obvio que una casa como esta debe esconder muchas cosas, y tú y yo vamos a ver qué es — dijo, antes de escuchar como el pasador cumplía con la tarea que llevaba a cabo, abriendo la puerta frente a ellos.
— Podríamos por lo menos esperar a que anochezca, ¿no?
— Oh, por favor. Habría pensado en ello si no fueras una gallina que se esconde bajo las sábanas cuando escucha el más mínimo ruido fuera de tu habitación — se burló, abriendo por completo la puerta y encontrándose con un lugar notablemente espacioso con estantes en su interior. — Ahora cállate y ven — dijo, adentrándose al lugar.
Ambos caminaron por el largo pasillo rodeado de estantes con cosas que para Sally fueron realmente decepcionantes, desde materiales de construcción hasta cosas para jardinería.
— Qué basura — gruñó Sally, moviendo un par de cajas frente a una puerta. — ¿Qué sentido tiene cerrar con llave un lugar que sólo tiene basura? — agregó, no queriéndose dar por vencida al buscar algo que claramente no había.
Philip se había dedicado a leer las etiquetas de una botella que parecía ofrecer una rápida exterminación para las plagas en las plantas, la misma que cayó de sus manos con un estruendoso sonido cuando la luz del lugar se apagó y el sonido de una puerta siendo cerrada hizo eco en la habitación.
— ¿S-Sally? — llamó, sacando con manos temblorosas su teléfono y tratando de aluzar un poco entre tanta oscuridad.
— No empieces, Phil, seguro fue alguien que se quiere hacer el chistoso — explicó, aluzando también con su teléfono. Se acercaron de regreso a la entrada, chocando con algunos de los estantes.
Sally tomó la perilla y la hizo girar, pero se encontró con la puerta cerrada con llave. Frunció y el ceño y rodó los ojos.
— Estupendo… — murmuró. — ¡Ayuda, por favor! — gritó fingiendo miedo.
— ¡A-Ayuda! — gritó Philip, sólo que él no parecía comprender lo que era fingir. — ¡No queríamos hacerlo, no era nuestra intención, por favor que alguien nos saqué!
Sally lo golpeó en el costado con el codo.
— Hey, ¿quieres calmarte? — dijo con exasperación. — Sólo trato de hacerles creer que realmente estamos asustados.
— P-Pero… nos encerraron, con llave — balbuceó. — No creo que tengan las llaves de la casa, Sally.
— Por supuesto que no, tonto. Seguramente se la quitaron a la profesora, y ese debió ser Sherlock. — se giró hacia la puerta. — ¡Ya se acabó la broma, freak! — gritó, golpeando la puerta. — ¡Abre!
— Sally, no creo que haya sido él…
-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-
— Tú no deberías estar aquí — murmuró Irene desde la cama de Molly.
— ¿Por qué no? — preguntó Molly, reacomodando uno de los libros que había tomado en el pequeño librero.
Irene dejó escapar un largo suspiro.
— Cambiaste desde que sales conmigo… — susurró para sí misma, bajando la mirada.
Al otro extremo de la habitación una risa contagiosa se escuchó.
— ¿En verdad crees que esto es por tu culpa, no es así? — preguntó Molly, divertida.
Irene alzó la mirada y frunció el ceño.
— ¿De quién más si no? — refutó. — Tú siempre fuiste de las que asistía a clases aunque tuviese que estar en cama por una semana. Siempre el ejemplo perfecto de la mejor estudiante, y ahora estás aquí.
— Tienes razón — concedió, tomando otro de los libros.
— ¿En serio? — preguntó algo dolida.
— Sí — afirmó, girándose para mirarla, con una suave sonrisa formada en sus labios. — Cambie, sí. Lo hice después de comenzar a andar contigo, sí. Pero es algo que quise, no porque tú me hicieras hacerlo o me hubieses influenciado — se acercó a la cama y subió a ella, quedando ahora de frente a Irene. — Desde que te conocí, mi vida ha sido mucho mejor, Irene. Me divierto sin tener la preocupación del qué pasará después, porque sé que sin importar lo que pasé, no es el fin del mundo — confesó, acariciando su mejilla. — Es cierto que quizá he descuidado un poco mis clases, pero no las dejo por completo. La clase de la profesora Hudson simplemente… bueno, es demasiado aburrida incluso para mí — bromeó, encogiéndose de hombros.
Irene rió y la besó con gentileza, sintiendo aún la sonrisa de Molly contra sus labios y la ternura con la que correspondía el beso. La abrazó y tiró de ella, recostándose ambas sin romper el beso, quedando sobre sus costados y de frente.
— Te adoro, niña — murmuró Irene, acariciando con suavidad la mejilla de Molly.
Molly se acercó más, disfrutando del cariño que ese simple roce y palabras le brindaban. Irene no era una mala persona, y haría lo que fuera por demostrarle que nada de lo que hiciera o dijera, la cambiaría para mal. Pero antes de siquiera comenzar a formar una frase cariñosa, un fuerte sonido las hizo erguirse a ambas en la cama.
— ¿Escuchaste eso? — preguntó Molly, mirando en dirección a la puerta de la habitación.
-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-
Sebastian dio una última agitada y golpe a la parte de abajo de su cajetilla de cigarrillos, extrayendo después uno para poner entre sus labios mientras buscaba el mechero en las bolsas de su chaqueta.
Si de algo se podía disfrutar en aquel lugar, era del completo silencio que reinaba en la casa, tanto en su interior como en el exterior, pero era de esperarse pues no había más casas alrededor.
— ¿Buscas esto, cariño? — preguntó Jim, agitando el mechero cuando apareció por la esquina al costado de la casa.
Sebastian se quedó en silencio, viéndolo acercarse y sin apartar su mirada de los ojos de Jim, que siempre lo miraban como si no tuviesen emoción alguna, algo que ambos compartían. Jim sonrió y prendió el mechero, fijándolo frente al otro extremo del cigarrillo, observando cómo aceptaba el fuego y lo tomaba como algo suyo, despidiendo de él un poco de humo.
— Será muy aburrido… — murmuró Jim, extinguiendo la llama del mechero y sin perder contacto visual con Sebastian.
— Un poco de aburrimiento no te matará — respondió Sebastian al apartar el cigarrillo de sus labios. — Son sólo un par de días.
Jim hizo una mueca.
— No me refiero a esto — dijo, frunciendo el ceño y ocasionando a su vez que Sebastian alzase una ceja en interrogación. — Cuando te vayas al ejército… — aclaró.
Sebastian dio una larga calada al cigarrillo, lanzando después el humo hacia el cielo. Bajó la mirada para fijarla de nuevo en Jim y sonreír.
— Estás siendo más gay de lo habitual, Jim, espero que no se te haga costumbre — se rió, dando otra calada al cigarrillo. — Yo no soy hijo de papi, Jim, y no tengo el privilegio de poder quedarme en casa. Mi padre hizo lo mismo a mi edad, y claramente quiere que haga lo mismo.
Jim frunció el ceño y apartó la mirada.
— No tendrías que hacerlo si aceptarás el trabajo que mi padre te da — refutó.
Una carcajada lo hizo volver a mirar a Sebastian, haciéndolo sentir molesto.
— Por favor, Jim, tu padre no me ofrecería ningún trabajo ni aunque estuviese sin trabajadores y le dijera que no debe pagarme — concluyó. — Sé que puedes conseguir que lo haga, pero no es lo que yo quiero. No quiero tener que conseguir las cosas por ti, me hace sentir un verdadero imbécil.
— Eres un imbécil — afirmó Jim, sonriendo de lado y tomando el cigarrillo para dar una calada.
— Y tú eres un maricón sentimental — gruñó, tomando por la muñeca a Jim y acercándolo a él para reclamar sus labios, sintiendo cómo el humo inundaba su boca mientras movía sus labios sobre los de Jim. Se apartó con brusquedad y exhaló el humo, sonriendo cuando vio a Jim relamer sus labios juguetonamente.
Sin mayor palabra, comenzó a andar hacia el frente de la casa.
— ¿A dónde vas? — preguntó Jim, tirando el cigarrillo al pasto.
— Si voy a tener que estar en este lugar, por lo menos lo haré a mi modo. ¿Vienes? — preguntó sin girarse.
Jim sonrió y lo alcanzó, dirigiéndose ambos a la motocicleta de Sebastian.
-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-
— ¿Qué es todo ese escándalo? — preguntó la profesora, uniéndose a Molly, Irene y Mycroft al final de uno de los pasillos.
— Philip y Sally están encerrados — informó Molly, acallando una risa con el dorso de su mano.
— ¡El freak nos encerró! — gruñó Sally tras la puerta.
— ¿Quién? — preguntó la profesora, buscando entre un manojo de llaves la que abriría la puerta.
— Se refiere a Sherlock, así le llama Sally — explicó Irene, ganándose un ceño fruncido por parte de Mycroft.
La profesora terminó de abrir la puerta, dejando salir a una Sally muy molesta y a un Philip que casi parecía salido de una cueva en la que estuvo por más de dos años.
— ¡¿Dónde está el freak?! — exigió Sally. — Debe estar riéndose como nunca ahora mismo el imbécil — gruño, comenzando a subir las escaleras y yendo en dirección a la habitación de Sherlock.
— ¡Sally, compórtate y no llames así a Sherlock! — reprendió la profesora, yendo tras ella.
— ¡¿Que me comporte?! — exclamó Sally, volviéndose a ver a la profesora. — Es ese bicho raro el que se comporta como un idiota al hacer esas estúpidas bromas infantiles.
— No voy a permitir que se insulten de esa manera, y si Sherlock lo hizo o no, espero que les haya servido como lección para no estar metiéndose donde no deben, Sally — exclamó, llevándose las manos a la cintura. — Creí haber dejado muy en claro eso.
Sally apretó las manos en puños y gruñó, sabiendo que era inútil discutir sobre el asunto cuando la del problema principalmente había sido ella al romper las reglas.
— ¡Bien! — exclamó, completamente molesta. — Lo siento por no cumplir las reglas, pero si Sherlock vuelve a molestarme, no me haré responsable — sentenció, pasando al lado de la profesora y yendo a su habitación, cerrando la puerta estruendosamente.
La profesora se llevó ambas manos al rostro, suspirando profundamente con cansancio, hasta que Mycroft pasó a su lado con paso firme y directo a la habitación de Sherlock.
— ¿Mycroft? — llamó, mirándolo con confusión.
— Necesito hablar con mi hermano sobre esto, Señora — explicó Mycroft. — Realmente lamento que su conducta sea tan reprobatoria incluso en este lugar, pero yo mismo me encargaré de que este tipo de situaciones no se vuelva a repetir — agregó, asintiendo con la cabeza a modo de despedida y adentrándose a la habitación.
Sherlock estaba acostado en su cama, con una amplia y burlona sonrisa adornando su juvenil rostro, junto con un suave rubor en sus mejillas.
— Suficiente, Sherlock — sentenció, caminando hasta su cama — dame ese teléfono.
Sherlock frunció el ceño y se irguió.
— ¡¿Ahora qué hice?! — exclamó, defensivo.
— Encerraste a dos de tus compañeros en un almacén, Sherlock, eso es lo que hiciste, y no te hagas el desentendido — acusó, extendiendo su mano hacia él. — Dame ese teléfono, no me dejas otra opción.
Sherlock se guardó el teléfono en el bolsillo.
— No pienso darte nada, y no fui yo quien encerró a esos idiotas. Tengo cosas más importantes que hacer que perder mi tiempo en encerrar tanta estupidez en un solo lugar — refutó con firmeza.
— Entonces explícame por qué ella asegura que fuiste tú de entre todas las personas en la casa — exigió, tratando de guardar la compostura. — Aparte de llamarte 'freak' — agregó, arrugando la nariz como si hubiese pronunciado una grosería de lo más vulgar.
— ¡Por Dios, Mycroft! ¡Ella me odia!
— Bien, ¿entonces por qué fuiste el único que no bajó a ver qué pasaba?, y no me digas que no escuchaste todo ese ruido, porque incluso yo lo escuche — insistió.
— Obviamente lo escuche, pero no me interesaba saber que ocurría en cuanto escuche que eran ellos dos — explicó.
Mycroft frunció el ceño.
— Préstame tu teléfono — pidió con tranquilidad.
— ¿Para qué? — preguntó, cruzándose de brazos.
— Porque sé que seguramente estás hablando de lo ocurrido con John, así que dame ese teléfono. Si no tuviste nada que ver, te lo regresaré y me disculpare por no creerte, de lo contrario te quitaré el teléfono y veremos si así te comportas.
Sherlock rodó los ojos y extrajo su teléfono de su bolsillo, entregándoselo a Mycroft.
— Ahórrame la incomodidad y dime donde comienzo a leer, y no mientas porque lo voy a saber, Sherlock — indicó, entrando a la bandeja de mensajes.
— Alrededor de las seis cuarenta — dijo con molestia. — No vas a encontrar nada, y más te vale que cumplas con tu disculpa.
Y tal como Sherlock dijo, Mycroft se saltó los últimos mensajes y comenzó a leer la conversación en la que Sherlock le comentaba entre risas los ridículos gritos de Anderson, quien Mycroft rápidamente supuso que sería Philip. John contestaba con la misma burla, haciendo comentarios sobre lo mucho que se alegraba de que Sherlock no estuviese siendo molestado por nadie en la casa. Mycroft paró de leer cuando los mensajes comenzaron a tornarse cariñosos y con información de la que definitivamente no quería saber. Activó la suspensión en la pantalla del teléfono y con un largo suspiró le entregó el teléfono a Sherlock, quien lo recibió con una sonrisa burlona.
— No te metas en problemas — murmuró Mycroft antes de girarse y comenzar a andar hacia la puerta.
— Madre estaría avergonzada de ti — replicó Sherlock.
Mycroft se giró y lo miró, alzando una ceja.
— Nos han enseñado a cumplir con lo que decimos, y tú no lo estás haciendo — explicó, moviendo el teléfono en su mano.
Mycroft dejó caer pesadamente sus hombros al suspirar.
— Lamento no haberte creído, Sherlock — murmuró, haciendo una mueca.
Sherlock sonrió de oreja a oreja.
— Disculpas aceptadas, hermanito — se burló.
-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-
— ¡Chicos, Angelo preparó la cena, bajen! — anunció la profesora al pie de la escalera.
Todos bajaron y se adentraron a la cocina, observando con maravilla los distintos platillos sobre la mesa.
— No dijo que tendríamos un chef personal en la casa — comentó Molly, tomando un poco de lasagna de uno de los platillos al centro de la mesa.
La profesora sonrió ampliamente, degustando también otro de los platillos.
— Angelo tiene su propio restaurante, pero me debía un favor de hace años y aceptó ayudarme al venir aquí y hacerse cargo de la comida y otras cosas que fuesen necesarias — explicó.
Continuaron comiendo, cada uno conversando con sus respectivas parejas, a excepción de Sherlock y Mycroft, quienes guardaron silencio durante la cena.
— ¿Dónde está James y Sebastian? — preguntó la profesora, frunciendo el ceño.
— Seguramente están en asuntos de máxima profundidad — bromeó Philip.
Sally le dio un golpe con el codo, riendo al igual que él. Sherlock hizo una mueca y Mycroft alzó una ceja en confusión.
— Oh — concluyó la profesora, riendo quedamente mientras se cubría la boca. — Estos jóvenes de hoy. No me dieron siquiera la oportunidad de decirles que había anticonceptivos en los cajones de cada habitación, aunque supongo que por eso mismo es que no nos acompañan en la cena — agregó, riendo.
Todos se quedaron en silencio, mirando a la profesora con incredulidad.
— O venga, chicos, seré vieja, pero también fui una chica jovencita y alocada como ustedes. Ya saben, las hormonas, las bebidas, pasar a segunda base — dijo, alzando una ceja sugestivamente. — Oh, recuerdo a mi primer novio. Me invitó al autocine y-
— De acuerdo, de acuerdo — interrumpió Mycroft, completamente incómodo y ganándose el silencioso agradecimiento de los demás al interrumpir el relato de la profesora. — Fue una cena realmente deliciosa, pero creo que ha sido un largo día y los chicos querrán descansar.
— Uh… sí, yo siempre duermo temprano, la costumbre — corroboró Irene, poniéndose de pie. — Y Molly prometió llamar a sus padres — agregó, dando una palmadita en el hombro a Molly, quien rápidamente asintió y se puso de pie.
— Oh, perfecto entonces. Como ya les dije, hay anticonceptivos en los cajones, así que espero que eso ayude a hacer más agradable la estancia en este lugar, chicos. Pero nada de ruidos escandalosos. — insistió la profesora, ganándose otra mueca de incomodidad y vergüenza por parte de los presentes, que uno a uno fue abandonando la cocina.
— ¡Hey! — exclamó Jim, entrando a la casa y llevando con él un par de cervezas — ¿A dónde van, aburridos? — preguntó, frunciendo el ceño y estando obviamente mostrando los primeros indicios de embriaguez.
Todos lo ignoraron e hicieron su camino escaleras arriba, esperando que con suerte, Jim se embriagase más de la cuenta y terminase con una increíble resaca al día siguiente.
— ¡Sherlyyyyy! — llamó Jim, juguetonamente.
— ¿Qué quieres? — replicó Sherlock con fastidio, observándolo desde el final de la escalera.
Jim sonrió y mordió su labio inferior, sujetándose a una figura alargada al final del pasamanos de la escalera.
— ¿Por qué no vienes a la piscina con Seb y conmigo? — preguntó coquetamente. — Podríamos… tú sabes… — movió su mano a lo largo de la figura de la que se sostenía, mirando con lujuria a Sherlock — seremos gentiles… — propuso, alzando una ceja sugestivamente y sin parar el movimiento de su mano.
Sherlock contrajo el rostro en una mueca desagrado.
— No, gracias — replicó, arrugando la nariz y siguiendo con su camino.
— ¡Qué aburrido! — exclamó Jim. — ¡Por eso eres virgen!
-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-
23:45 ~ Escuche un ruido en el piso de abajo.
23:48 ~ Debe ser alguno de los chicos, Molly. No le prestes atención y duerme.
23:59 ~ ¿Tú también lo escuchaste?
00:01 ~ Hace una media hora escuché al insoportable de Jim, así que supongo que sigue siendo él y su noviecito los que están haciendo ruido.
00:03 ~ De acuerdo. Buenas noches, Irene.
00:04 ~ Buenas noches, Molly. Descansa.
-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-w-s-
— Estas cosas se terminan de dos simples tragos — se quejó Sebastian, terminando de beber lo que quedaba de su cerveza.
— Durarían un poco más si pusieses tus labios en mí en lugar de la botella, Seb — ronroneó Jim, besando su cuello.
— ¿Por qué habría de preferir poner mis labios en ti que en la botella, Jimmy? Dame una buena razón y quizá lo haga — propuso con un susurro áspero en su oído.
— Sé mejor que ella — obvió Jim con fastidio. — Además… — sumergió sus manos en el agua de la piscina y la filtró entre sus cuerpos, acariciando la entrepierna de Sebastian con la palma de su mano —… dudo que consigas esto con esa botella.
Sebastian dejó escapar un placentero sonido desde el fondo de su garganta, empujando sus caderas contra la mano de Jim.
— M-hm… — asintió Sebastian, tomando a Jim por la nuca y acercándolo para reclamar sus labios, introduciendo su lengua en la boca de Jim y recorriéndola con avidez. — ¿Sabes qué más no podría conseguir de ella? — preguntó, dando un último beso y sintiendo los dientes de Jim aprisionando su labio inferior entre ellos.
— ¿Qué? — preguntó, comenzando a trazar un camino de mordidas y besos en su cuello.
— Otra cerveza
Jim se apartó con brusquedad, mirándolo con incredulidad.
— Tienes que estar de joda, Seb — replicó.
Sebastian sólo agitó la botella vacía en su mano y sonrió. Jim gruñó y murmuró cosas entre dientes apretados y apartándose de Sebastian para salir de la piscina, no sin antes recibir una bofetada en el trasero, cortesía de Sebastian, quien soltó una risa tras el quejido que Jim profirió.
— Venga, pórtate bien y puede que terminé follándote en la piscina, Jimmy — propuso.
Jim sólo respondió apresurándose a cruzar el largo pasillo de la mansión en busca de otra cerveza en la cocina, pero siendo recibido por algo que definitivamente no esperaba, lo mismo que lo hizo darse la vuelta torpemente y en seguida ver sólo oscuridad tras los parpados.
