CAPÍTULO 2: Una nueva tierra
Una frondosa arboleda les recibió, oscura y siniestra. Todavía aturdidos por aquel viaje violento y casi agónico, y con sus energías consumidas en gran parte por los combates acontecidos, los habitantes de Azeroth se rindieron a aquella atmósfera enrarecida y dormitaron durante horas.
Alleria fue la primera en despertar. Su aguda visión élfica le mostró un escenario que a primera vista le resultó familiar, pero rápidamente comprendió que no lo era en absoluto. Se encontraba rodeada por la naturaleza, árboles y arbustos emergían de sus raíces hacia el firmamento, al que cubrían por completo, y su frondosidad resultaba siniestra y en cierto modo asfixiante. Alleria notó la atmósfera enrarecida y el escaso viento que la rodeaba, silente y misterioso. Aquel lugar silvestre no se parecía en nada a los bosques que circundaban Quel'thalas, su ciudad natal. Desde luego no se parecía lo más mínimo al Bosque Canción Eterna, aquel lugar mágico y pacífico donde podía pasar horas y horas escuchando al viento, imbuyéndose de la vida que se ocultaba tras cada particular sonido. Aquellos árboles de anaranjadas tonalidades atrapados en un otoño eterno, nada se asemejaban a aquellos tallos negruzcos y violáceos que parecían envenenarla sólo con su presencia.
Aquella atmósfera enrarecida aturdió sus sentidos, más agudizados que los del resto de sus compañeros, y por temor a ser atacada por algún embrujo desconocido, se acercó rápidamente a sus compañeros con la intención de despertarlos. Turalyon fue el primero en hacerlo al sentir el aroma de los cabellos de la elfa sobre su rostro mientras le sacudía por los hombros.
—¡Rápido, despertad!
Kurdran, Danath y Khadgar despertaron a la vez con aquella orden concisa. El mago se levantó inspeccionando el escenario.
—¿Dónde estamos? —preguntó Danath.
—¿Qué diantres es este sitio? —inquirió malhumorado Kurdran.
—Hemos pasado de un planeta árido y desértico a uno frondoso y exuberante —exclamó Turalyon más como un pensamiento en voz alta.
—Presiento magia a su alrededor —escudriñó Khadgar preocupado—. Una magia antigua y poderosa.
—Pues salgamos de aquí cuanto antes —sugirió Kurdran—. Odio los lugares boscosos —concluyó con un escalofrío. Su hogar se encontraba entre montañas. Pico Nidal, situada al noroeste de las Tierras del Interior, era una ciudad tallada en la propia montaña cuya fachada imitaba la forma de un imponente grifo (*1). Kurdran había crecido admirando su arquitectura, sus interminables escalinatas y sus grandes salones cavados en la cantera de aquella enorme montaña. Como buen enano, la tierra era su elemento, y el aire su mejor aliado, pues se había pasado media vida surcando su esencia a lomos de su Sky'ree, su fiel grifo, convirtiéndose en el líder de los jinetes de grifos (*2).
Khadgar y Turalyon lideraron la marcha a través de aquel escenario fecundo. Pronto descubrieron que aquella maraña de árboles confinaba un laberinto del que tardarían en escapar. El Bosque Negro no era un lugar amistoso, y menos para los forasteros.
Con las primeras luces del alba, Thorin y Thráin se personaron ante Thrór para pedir audiencia. Los enanos apelaron a su buen juicio para enviar una partida de reconocimiento a las lindes del Bosque Negro, pero el Rey Bajo la Montaña denegó su petición. Prefería mantener las distancias con Thranduil, el rey del Bosque Negro, pues aunque mantenían una alianza formal, su relación se movía entre arenas movedizas, y no quería tener que darle ninguna explicación sobre el hecho de merodear en los dominios de aquel altivo monarca que siempre le había mostrado una mirada distante y superior.
Enfadado por aquella decisión, Thorin abandonó la estancia con seriedad, guardando la compostura y respetando el protocolo, pues a pesar de su corta edad había sido estrictamente educado en la realeza y sabía mantener las formas. Como hijo de Durin jamás mostraría ofensa ante su línea predecesora y como habitante de Erebor, no desobedecería una orden directa del rey, aunque considerase que la decisión tomada por su abuelo fuera errónea y pusiera en peligro al reino. Un peligro no probado, pero que inquietaba al joven príncipe tanto en la vigilia como en la nocturnidad de sus sueños, confiriéndole pesadillas que turbaban su descanso.
Thráin compartía la inquietud de su hijo, de apenas 24 años de edad, que a lo largo de los últimos años había demostrado una madurez impropia de su juventud. Dada la longevidad de su raza, un jovenzuelo de apenas dos décadas era considerado un atolondrado chiquillo a ojos de cualquier enano, con un corazón vigoroso y ardiente que podía conducirle a actos impulsivos y temerarios, y aunque Thorin no solía serlo, igualmente debía ser tutelado a distancia para que no cometiera los errores propios de la inexperiencia. Thráin había soportado ya 126 inviernos a sus espaldas y la edad le había concedido sosiego y sabiduría. Instó a su primogénito a permanecer expectante y preparado, abandonando cualquier tentativa de actuar por su cuenta. Aunque a regañadientes, a Thorin no le quedó más remedio que hacer caso a su progenitor.
Los habitantes de Azeroth, intrusos en aquel mundo desconocido, continuaron su camino hacia la zona más septentrional de aquel desmesurado bosque, optando por avanzar en línea recta para no perderse todavía más en el corazón de aquel laberinto. Mientras, sus antagonistas lo hacían hacia el sur. Ner'zhul y los escasos orcos que le acompañaban habían aprovechado la ventaja temporal para desplazarse lo más rápido que pudiesen, guiados por una presencia oscura que los atraía hacia la parte más austral del Bosque Negro. Tras varios días de camino arribaron a una fortaleza derruida: Dol Guldur.
Una maldad naciente (*3) permanecía oculta en aquel lugar perverso. Las ruinas de la vieja fortaleza albergaban una malvada presencia que no quedó inadvertida para el brujo. La magia llama a la magia y la oscuridad atrae a los adeptos de lo prohibido. Pronto aquel ente incorpóreo contactó con el brujo orco. Ambos sellaron un pacto de doble filo, lacrado con un grito enajenado embaucado por la perspectiva de controlar el poder absoluto. Y allí permanecieron ocultos, planeando el resurgir de la oscuridad con pesadillas y espectros como testigos.
Pasaron varios días caminando por aquel boscaje inacabable, subsistiendo gracias a los refrigerios (*4) que el mago convocaba. Mas aquellas aguas y galletas tenían como objeto mantener sus cuerpos con vida, pero no saciaban su apetito ni reconfortaban su estómago ni su espíritu. Aquel lugar, cada vez más frondoso, cada vez más oscuro, minaba su juicio y su resistencia.
Continuaron sin saber si aquel nuevo mundo se conformaba por algo más que tierras selváticas carentes de vida humana o animal, y si alguna vez conseguirían salir de allí. Las horas pasaban, y probablemente también los días, a pesar de que no podían ver la bóveda celeste mostrar la noche ni el día.
Cansado y hambriento, Kurdran arrancó lo que le pareció un puñado de bayas jugosas de color escarlata, y antes de que el mago pudiera advertirle acerca de las posibles propiedades venenosas de aquel fruto desconocido, el enano ya se las había zampado de un bocado. Ninguna reacción siguió a aquella práctica, pero el mago le aconsejó no repetirla y ninguno de sus compañeros le imitó, por temor a las consecuencias.
Tras continuar su camino durante al menos un par de horas, el destino pareció concederles una tregua y un graznido familiar llegó hasta sus oídos.
—¿Es lo que yo creo? —preguntó la elfa.
—¡Sky'ree! —El enano corrió en dirección al sonido y enseguida encontró a su fiel montura atrapada entre las ramas.
—¿Nos siguió a través del portal? —preguntó Danath sorprendido.
—Pues parece que sí —respondió Turalyon esbozando una sonrisa.
—¡Tranquilo, pequeño! Te sacaremos de aquí ahora mismo —prometió Kurdran mientras trepaba y tomaba su martillo para partir las ramas y zarzas secas que le aprisionaban.
—¿Pero cómo ha llegado a esta zona antes que nosotros?
—Si entró al portal más tarde que nosotros, es posible que fuese teletransportado a una región ligeramente distinta, quién sabe cómo funcionaba aquella grieta inestable. Dado su desequilibrio ya me parece una suerte que todos apareciéramos en el mismo lugar.
Intentando apartar las ramas que apresaban a su compañero, el enano se cortó en las palmas de las manos con las espinas de aquellas zarzas y cayó al suelo un par de veces al afianzarse sobre un terreno que se encontraba inclinado.
Magullado, pero feliz, el enano consiguió al fin liberar a su grifo.
Khadgar conjuró aguas para el animal, que de seguro se hallaba sediento y cansado, al igual que ellos. La elfa acarició su plumaje.
—Echaré un vistazo desde el aire y os indicaré el camino a seguir.
Y dicho esto el enano montó a lomos de Sky'ree y desapareció de su vista, esquivando las ramas más intrincadas que se adherían unas a otras como una siniestra telaraña. El grifo no pensaba quedarse atrapado de nuevo.
Volaron bajo hasta encontrar un resquicio por el que elevarse dejando atrás aquella infecta arboleda. Cuando el grifo emergió entre las copas de los árboles, ambos respiraron aliviados, cegados por la luz de la tarde, pero impíos por la brisa de la montaña.
Una formación montañosa llamó su atención. Se erigía como prodigio de la naturaleza, como soberana absoluta de cuanto se hallaba a su alrededor. La Montaña Solitaria se elevaba sin descanso, perdiendo su pico entre la bruma, y su presencia hacía empequeñecer todo cuanto moraba a su alrededor.
El enano decidió apurar el vuelo e inspeccionar el lugar antes de volver para rescatar a sus compañeros. Cuanta más información aportara sobre este planeta desconocido, mejor para todos ellos.
Algo le atrajo hacia la montaña. Tal vez el nostálgico recuerdo de su morada, de las esculturas de Pico Nidal, pues cuanto más se acercaba más le recordaba a ella. Aún en la distancia, una enorme puerta de mármol verde parecía dar la bienvenida a aquel majestuoso lugar, custodiada a ambos lados por dos descomunales estatuas que retrataban a dos guerreros armados portando hachas de guerra.
De pronto un destello de luz cegó su visión y se sintió mareado. Un intenso dolor traspasó su abdomen como si de un cuchillo lancinante se tratase. El enano tosió y se encogió sobre su vientre, mientras el sudor le envolvía y la temperatura de su frente ardía. Todo ocurrió demasiado deprisa, su visión se tornó borrosa y su juicio perdió el control. Retorciéndose de dolor, Kurdran se ladeó a la izquierda, perdiendo el equilibrio. Sky'ree se percató rápidamente de que algo le pasaba a su jinete y rescató su cuerpo en plena caída sujetándolo con sus garras.
Su visión de águila localizó varias figuras moviéndose en los niveles superiores de aquella fortaleza que se erigía frente a ellos. El animal decidió acudir allí en busca de auxilio. Graznó rasgando el aire y varios cuervos respondieron su llamada.
El príncipe Thorin se encontraba en aquella balconada meditando, como solía hacer siempre que algo inquietaba su espíritu. Subía a los primeros niveles de vigilancia y desde allí oteaba el valle que rodeaba la Montaña Solitaria. Otras veces decidía aislarse de sus percepciones y reflexionar con los ojos cerrados, con el viento como único testigo del exterior. Fue la conversación de los centinelas que custodiaban los muros lo que le sacó de aquel trance.
—Mirad las aves, parecen inquietas.
—Algo se acerca hacia nosotros —declaró un centinela mitigando la luz del astro diurno sobre sus ojos con la palma de su mano—. ¡Algo enorme!
Antes de que pudieran dar la voz de alarma, el grifo se personó en el primer nivel de vigilancia de la fachada y arrojó sobre él al enano herido. El príncipe Thorin se acercó veloz a inspeccionar a ambos intrusos.
En el suelo yacía un enano pelirrojo. Se retorcía de dolor y su rostro estaba perlado de sudor. Apenas balbuceaba quejidos y palabras inconexas. Inspeccionó su rostro con rapidez, incapaz de reconocerle. Sus facciones en cierto modo le recordaron a los enanos que conocía en las Colinas de Hierro. Tal vez hubiese llegado volando desde ese lugar, o desde algún otro más lejano. Mientras se preguntaba sobre su procedencia, la bestia alada graznó de nuevo, nerviosa. El príncipe dio la voz de alarma.
—¡Llamad a los curanderos! ¡Buscad a Óin y Balin!
Su llamada de auxilio alertó también a la guardia y su padre se personó tras ellos. Miró con desconfianza a la bestia alada.
—Por Mahal, ¿qué demonios es esa criatura?
—Nunca había visto nada similar, ha traído al enano.
—O ha sido quien lo ha atacado. Tiene cortes y magulladuras —dijo inspeccionando al sujeto antes de ser llevado puertas adentro. Se giró de nuevo hacia la criatura salvaje—. ¡Guardias, apresadla!
Los guardias elevaron las lanzas hacia el animal, que al verse amenazado comenzó a graznar más alto y a batir las alas desesperado, provocando olas huracanadas que derribaron a la mitad de los soldados.
Los enanos lanzaron contra él sus lanzas a modo de flechas y alguna de ellas hirió las alas del animal. Aquella herida y la consecuente torpeza que le comprometió el vuelo, dieron margen para que otros soldados aparecieran allí con más armamento y acabaran encadenando a la bestia con sogas y férreas cadenas. Inmovilizado y amordazado, el grifo fue capturado y llevado hasta las mazmorras de Thrór.
Thorin siguió a sus centinelas hacia los dispensarios que atendían a los enfermos.
—¿No creéis que tarda demasiado? —preguntó Danath preocupado. Los cuatro habían acampado a la espera de que el enano volviera a buscarles.
Alleria, impaciente, se levantó.
—Seguiremos su rastro, tal vez haya vuelto a quedarse atrapado entre las zarzas.
Como forestal era experta a la hora de seguir rastros. Encontró alguna de las plumas dejadas por el animal y percibió ramas dañadas por el vuelo. No hubo rastro del grifo ni del enano, pero para fortuna de los cuatro, tras una pequeña caminata la salida se presentó ante ellos, mostrando un cielo encapotado que avecinaba tormenta.
Nada más salir a respirar aire fresco se toparon con un carromato ambulante en el que viajaban varios mercaderes. Ambos grupos se sorprendieron al encontrarse con los otros y a punto estuvieron de desenfundar las armas, a pesar de que los mercaderes apenas portaban nada más ofensivo que palos y garrotes. Khadgar elevó las manos en son de paz y comenzó a hablar, rezando por dentro para que sus idiomas fueran compatibles.
—Nuestras intenciones no son hostiles, nos hallábamos perdidos en este robledal carente de vida y nos hemos asustado al toparnos con vuestro grupo.
Los mercaderes relajaron su actitud defensiva. Les miraron extrañados.
—¿Viajabais por el bosque?
—Me temo que nos perdimos. —Se adelantó de nuevo el mago antes de que ninguno revelara que habían caído en sus fauces del azar al viajar entre mundos—. ¿Podríais decirnos dónde nos encontramos?
—Claro que sí, abuelete. —Un joven de rostro pecoso y rudos modales señaló a la montaña—. ¿Veis eso? Es el reino enano de Erebor, y frente a él, la ciudad de Valle.
El que parecía el padre del muchacho, por sus rasgos curtidos pero semejantes, continuó la conversación, intentando arreglar el descaro de su hijo, pues vio al viejo mago fruncir el ceño.
—Somos humildes mercaderes que en este momento se dirigen a la ciudad de Valle.
Tras terminar la frase, una comitiva de elfos apareció del interior de aquel infecto bosque. Se posicionaron rápidamente frente a ambos grupos mostrando estrictas posiciones militares, con movimientos milimétricamente ejecutados. Montaban corceles pardos y blancos de esplendorosa belleza y sus armaduras refulgían a pesar del escenario brumoso.
Como si de una orden divina se tratase, las nubes que hasta entonces tapaban el cielo dejaron paso al brillo de la tarde, y la inaudita apariencia de los cuatro extranjeros quedó revelada, con la consecuente sorpresa de los oriundos. Aunque desgastada a consecuencia del largo viaje, la túnica púrpura que portaba Khadgar, con el gran ojo bordado en hilos de plata que constituía el emblema del Kirin Tor (*5) no pasó precisamente desapercibida, y el mago se percató del contraste de sus apariencias.
Humanos y elfos observaron con descaro al resto del grupo. Primero a la mujer de orejas puntiagudas envestida en cuero y demás materiales livianos perfectamente adheridos a su figura, portando arco y flechas a su espalda. Cierto era que tenía rasgos élficos, aunque su altura era menor de la que estaban acostumbrados. La mirada de la fémina se percató del escrutinio al que estaba siendo sometida, y con el fulgor de sus ojos azules heló las facciones de quienes la inspeccionaban. Desviaron la mirada hacia los otros varones, ambos ataviados con enormes armaduras de metal, algunas con piezas visiblemente maltratadas y rotas. La pregunta sobre su procedencia e identidades era inminente.
Una niña pequeña se asomó en uno de los extremos del carromato mientras los elfos guardaban silencio y distancia.
—Papá, llegaremos tarde a la fiesta. Los fuegos y malabares empezarán sin nosotros.
Una magnífica idea apareció en la cabeza de Turalyon. Decidió aprovechar la oportunidad.
—¡Y a nosotros van a colgarnos si no llegamos a tiempo! ¿Seríais tan amables de acercarnos a la ciudad?
Los mercaderes le miraron extrañados por aquel inusitado ímpetu.
—¿Y vosotros sois…?
—¡Trovadores! —Esta vez fueron sus compañeros quienes le miraron anonadados—. Juglares, malabaristas, como prefiráis. Nos han contratado para amenizar la fiesta… La fiesta de…
—La fiesta de cumpleaños de Girion, señor de Valle.
—Exacto —rio el paladín con un nerviosismo mal disimulado.
Uno de los elfos exclamó con voz fría.
—Portamos un presente de nuestro señor Thranduil para el regente de Valle. Podríamos acompañaros.
Con la protección de los elfos, los mercaderes decidieron que los desconocidos no constituían amenaza alguna y les ofrecieron un rincón en sus carromatos. Apretados en un espacio insuficiente para los cuatro, aprovecharon para cuchichear.
—¿Qué crees que estás haciendo? —susurró la elfa visiblemente enfadada.
—Ganar tiempo e infiltrarnos —respondió—, ¿o prefieres revelar nuestra verdadera procedencia y ser arrestados? No nos miraban con cara de buenos amigos precisamente —exclamó refiriéndose a los elfos.
—¿Y Kurdran?
—Kurdran sabe cuidarse solo —intervino Danath—. Tal vez Turalyon tenga razón y esta sea la mejor forma de infiltrarnos y buscar su paradero.
La elfa suspiró hastiada y fulminó de nuevo con la mirada al paladín. Acababan de venderse como monos de feria. Nada la molestaba más. El paladín agachó la cabeza apenado, sabía que le costaría ganarse de nuevo el perdón de la testaruda forestal.
Khadgar ojeó el valle por un pequeño agujero en la tela que envolvía los laterales del carruaje. Suspiró. No podía evitar la sensación de sentirse directos a la boca del lobo.
La comitiva élfica y el carromato avanzaron con paso ligero hacia la ciudad de Valle, mientras la noche les seguía los pasos.
Notas:
(*1) Grifo: al igual que los animales mitológicos, los grifos de World of Warcraft son quimeras mitad león y mitad águila. Viven en libertad, pero algunos de ellos han sido entrenados para servir como medio de transporte. En Pico Nidal son considerados fieles compañeros, por ello Kurdran Martillo Salvaje es un afamado jinete de grifos.
(*2) Los jinetes de grifos son una clase de enanos guerreros de gran resistencia y fuerza bruta, portan pesados martillos que lanzan contra sus enemigos y controlan los poderes de los rayos.
(*3) La maldad naciente se trata, efectivamente, del vestigio de Sauron, Señor Oscuro, oculto durante dos mil años en la vieja fortaleza bajo el sobrenombre de "El Nigromante", tejiendo los hilos de sus malvados planes mientras su poder se recupera despacio.
(*4) Una de las habilidades de los magos en el videojuego es la de convocar las llamadas "aguas" o "galletas" que recuperan vida y maná al resto de jugadores.
(*5) Kirin Tor: Es la orden de magos más importante y poderosa de Azeroth. Asentada en la ciudad de Dalaran, el Kirin Tor actúa como un consejo de sabios que vigila los peligros que acechan al mundo. Son muy reservados con los extraños y su organización constituye un grupo cerrado y, a menudo, inaccesible.
Bieeeeen justo a tiempo para el final del plazo del reto xDDD uff que estrés...
Las normas del reto del crossover estipulaban únicamente dos capítulos. Como veis no se trata de una trama cerrada en absoluto, tan sólo es un atisbo del inicio de la aventura. Esto quiere decir que una vez concluido el reto y las votaciones, continuaré la historia y subiré más capítulos (a mi ritmo ehh xD que a mis semanas les faltan días por todas partes).
Bueno tanto a los que lo leais con motivo del reto iniciado por el foro del Aquelarre, como a los que no, espero que os haya gustado y me dejeis al menos un comentario con vuestras opiniones, que no cuesta nada y se agradece mucho.
Y dicho esto, me voy a la cama :P
