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Yo Amo La Guerra
"Hay un goce oculto, en algunas cosas que hacemos. Que cuando las vemos reflejadas en otros, las repudiamos"
El sol se asomo por la montaña, iluminando el campamento militar de la generalísima Winter Snow. Los soldados despertaban de su dulce sueño, muchos de ellos empezaban su día haciendo flexiones, otros se colocaban su armadura esperando a escuchar el llamado de la generalísima. Al cabo de un par de minutos, ya todos estaban listos para seguir ordenes y con ganas de comer su nutritivo desayuno.
Por su parte, Winter Snow se observaba en su espejo, admirando la belleza de armadura blanca con bordes dorados, en especial la imponente figura de un águila de plata sobre su casco. Siempre se miraba en ese espejo, pero era la primera vez en mucho tiempo que paso de mirar lo que vestía, a mirarse a sí misma. Los espirales de su melena estaban muy largos, en comparación con tiempos pasados y su mirada ya no era como la de antes. Esos orbes dorados han visto tantas batallas, tantas muertes, que parecían ahora carecer de toda empatía. ¡Y claro! tampoco podía ignorar sus pesuñas, cuya superficie toco e hizo gozar a muchas hembras, capturadas como trofeo de guerra, ¿Por qué solo hembras? ¿Por qué no un macho que pudiera dominar y someter esos abultados y firmes flancos? Muy simple, tanto en el campo de batalla como en la cama, ella nunca se dejaba dominar. Nunca someter. ¡Machos! ¿Cómo osaban creer tener el derecho de entrar en la marca de su feminidad? Su naturaleza es tan débil e infantil que llega a repugnar.
—Quiero que te vayas, si sigues aquí cuando llegue mandare a que te empalen frente a las ruinas de tu miserable pueblo.
Detrás de ella, sobre los enormes almohadones que usaba para dormir, temblorosa y perturbada, se hallaba una grifo con la mirada perdida y con marcas notorias de lágrimas en sus mejillas.
—Si… —musito la grifo, tomando sus ropas rasgadas y caminando lentamente hacia la salida mientras la generalísima se observaba en el espejo.
—¿Por qué es tan cruel? —pregunto la grifo.
Sin darse media vuelta hacia ella, pero mirándose fríamente a sí misma, casi como si estuviera poniendo algún tipo de resistencia a algo, Winter respondió:
—Porque el mundo es cruel.
Cuando la grifo finalmente se marcho, Winter se dio finalmente media vuelta mirando hacia la salida con repudio. Respiro hondo y clavo su mirada de forma autoritaria sobre su espada, la cual tomo y acomodo en su funda alrededor de su cintura.
—El mundo siempre ha sido cruel. Darnos momentos de placer es solo una forma de burlarse de nosotros, los simples mortales —pensó.
Salió de su tienda de acampar privada y a los cuatro vientos grito:
—¡SOLDADOS, FORMACIÓN AHORA!
No pasaron ni siquiera diez segundos antes que todo el campamento estuviera formado de manera disciplinada frente a sus tiendas de dormir. La generalísima camino a paso lento, haciendo su inspección. Su batallón, el cual ella misma se asigno, eran lo ponies más fieles y devotos a su mandato y capricho que existían. Solo la guardia secreta podría compararse en fidelidad y orgullo por lo que hacían. Cuando Winter termino de inspeccionar a casa soldado, se posiciono a los pies de la flameante bandera de Equestria, que se encontraba sobre un asta bandera de oro.
De repente cayó frente a ella un pegaso con un casco con alas de bronce y un bolso lleno de cartas. Cuando levanto la mirada y vio el rostro de la generalísima, casi se orina frente a todo el batallón.
—¡Mi generalísima! —exclamo el mensajero levantándose y haciendo el saludo militar.
—Mensajero —respondió Winter—. ¿Tiene algo importante que entregarme?
—Si —respondió para al instante revisar en su bolso—. Capitán Barba roja, envía esta carta de carácter urgente para usted.
Winter tomo la carta con curiosidad, el capitán Barba roja era de sus mejores estrategas, seguramente eran buenas noticias. Sin embargo, cuando Winter termino de leer la susodicha carta, su expresión cambio drásticamente.
—¿Co… cómo fue esto posible?
Reino Minotauro
"Hace dos semanas atrás"
Una multitud de miles y miles de minotauros, se hallaban a los pies del gran castillo de la familia real, mirando con la cabeza erguida a su líder desde la gran plaza de espectáculos. El rey minotauro, un viejo decrepito de pelaje blanco con gustos pomposos, pero con un gran carisma y una voz tan poderosa cómo un huracán, había llamado a todo su pueblo para que acudiera a él, y, con intenciones propias de un líder, se fundiera el espíritu de la nación con su voluntad.
—Hermanos minotauros, súbditos con piel de hierro y espíritu de impenetrable hormigón—hablo el rey levanto su brazo con dirección a las montañas—. Allá esta su enemigo. Una especie mezquina, ambiciosa y pestilente que nos declaro una guerra sin sentido. Ahora yo me pregunto hermanos míos, a pesar de todos nuestros muertos, ¿Existe en nuestro corazón el deseo de la rendición? ¿Dejaremos que unos ponies multicolores, nos sometan a su voluntad? ¡Estrechamos nuestra mano en señal de paz y amistad y aun siguen muriendo nuestros soldados ¿Queréis ser esclavos de los ponies?
—¡No!
—¡Jamás!
—¡Inaceptable!
—¡Nunca!
Estas y muchas otras muestras más de negación se presentaron frente al rey. Este sonrió complacido.
—Entonces hermanos míos. Yo os propongo ¡LA GUERRA!
Toda la multitud exploto en muestras de aprobación. Se trataba de nada más y nada menos que un pueblo humillado. Sus soldados fueron empalados en toda su frontera como muestra de su debilidad y la fuerza de los ponies. Sin embargo, ahora se les presentaba una nueva oportunidad de recobrar su gloria ¡De vengarse de los ponies y su generalísima! Del vientre de un pueblo humillado, nace la sed de justicia y añoranza por tiempos pasados.
Campamento pony
"El presente"
Los soldados miraban a su superiora con inquietud. No bajaba la carta de su rostro, ¿Eran malas noticias? ¿Qué ocurrió? ¿Qué decía la carta? Estas y otras preguntas se las guardaron, ya que no tenían permiso de hablar, a menos que la generalísima les dirigiera la palabra. Cuando finalmente soltó la carta, esta cayó lentamente atrapada en una pequeña corriente de viento y cuando menos se lo esperaron, Winter abrió una de sus alas y de sus plumas blancas salió disparada una navaja muy afilada, pequeña y sin mango, que atravesó la carta clavándola en un árbol.
—¡Soldados! —exclamo Winter.
—¡Si mi generalísima! —respondieron todos al unisonó.
—Marchamos al norte —anuncio intempestivamente—. Desayunen y guarden todo de inmediato, alguien informe que no saquen el tren de la estación.
Los soldados se movieron como un rayo, al cumplimiento de las órdenes de Winter. La generalísima no podía creer lo que estaba pasando. Seguramente los minotauros habían aprovechado el invierno de esas tierras para atacar por sorpresa y aprovechar la flaqueza de su presencia en esos sectores. Los taurinos tienen más grasa corporal para soportar el frío, lo que seguramente llevo a la derrota del ejército del capitán Barba roja.
—Aunque tenga que enviar a la muerte a cada pony. No retrocederemos ni un centímetro de terreno. Esto no estaba planeado.
Un pegaso descendió a la derecha de Winter.
—Mi generalísima —saludo el pegaso.
—Habla soldado.
—¿Llevamos a los esclavos grifos con nosotros?
—No, no podemos gastar suministros en ellos. Quiero que avises al destacamento del oeste, para que se haga cargo de los esclavos. Que limpien la zona lo antes posible, pero que se aseguren de expulsar a un numero considerable, al rededor de la frontera para propagar el miedo en la población que aun no a sido presa de nuestros ataques.
—¡Si mi generalísima! —exclamo, haciendo el saludo militar antes de retirarse volando.
—Hace mucho que no tengo una minotauro. Son criaturas algo olorosas, pero poseen los muslos más firmes de todos.
Un unicornio comenzó a caminar junto con la generalísima. Se trataba del capitán Flaminor, quien era el único unicornio en todo el campamento dispuesto a decirle a la gran Winter Snow, una verdad irritante para ella.
—Mi generalísima.
—Dígame capitán.
—No podemos irnos al norte.
Winter se detuvo en seco. Giro la cabeza lentamente al capitán, para clavar sus ojos en él de manera despectiva.
—¿Por qué lo dice? —pregunto indignada y en un tono alto.
El capitán dudo por unos instantes el seguir hablando, pero ciertamente la decisión tan apresurada de su comandante supremo, era un disparate. Ellos se encontraban en un ambiente veraniego y al lugar al que iban era invierno. Pero no cualquier invierno, todos sabían que el invierno en ese sector era uno de los más fríos y brutales. Y sin estar preparados seria un calvario para los ponies.
—Paras serle franco, mi generalísima —dijo capitán, para acto seguido aclararse la voz antes de continuar—. El ejército no cuenta con ropas para soportar el invierno de ahí. Solo tenemos nuestras armaduras de verano. Con el frío el metal se pegaría a nuestros pelajes y… bueno, ya se imaginara el resto.
La generalísima se acerco al rostro del capitán, tan cerca que el podía sentir la respiración de la yegua rosar sus labios. Entonces esta sonrió de manera presumida.
—Si nuestro entorno siempre estuviera a nuestro favor. La guerra sería más sencilla, capitán. La voluptuosa naturaleza ha designado que los más débiles sean sometidos por los más fuertes. Yo no planeo cuestionar esa verdad, y en virtud de los hechos que hasta ahora hemos vivido, puedo decir que ya a quedado demostrado quienes son los más fuertes. —Winter acerco su casco a la mejilla del capitán y la movió con mucha sensualidad hasta llegar a su mentón.
—Es una pena que pertenezca al género más débil capitán. Sería fantástico tenerle en mis aposentos —agrego, para voltearse y rosar su cola dorada con las narices del unicornio.
—Si no estuviera loca, seguramente me sentiría incomodo y excitado —pensó el capitán.
Todo alrededor de la generalísima se desmontaba y se guardaba, para posteriormente cargarlo en carretas. De entre los arbustos de unos matorrales, una pony con una armadura completamente de metal negro, de un pelaje de tonalidad gris niebla, se acerco a la generalísima Winter Snow. Se trataba nada más y nada menos que una miembro de la guardia secreta. No muchos percibieron su presencia, pero los que sí, reconocieron al instante la calavera plateada del casco que llevaba. Ademas, todos sabían, porque se esparció el rumor, que a la guardia secreta solo podían entrar yeguas que la misma generalisíma evaluaba.
—Así es, barriles de un extraño polvo negro. Tiene mucho potencial, estoy convencida que su aplicación militar nos puede llevar a futuras victorias —Le termino de explicar Winter.
—Entiendo, mi generalísima. Intentaremos encontrar todo de ese extraño polvo negro que nos dice. Interrogaremos a los perros diamantes sobrevivientes. Le mantendremos al tanto de la investigación —dijo la pony de armadura negra.
—Quiero que el poder de esas explosiones, este en la palma de mi casco ¿Entendido?.
—Más que claro mi generalísima Winter Snow, la división científica estará al tanto de sus deseos —respondió.
La pegaso blanca saco un sobre de papel sucio desde una de las aberturas de su armadura, la oscura pony acepto el sobre como si de un preciado tesoro se tratara, el cual entrego a su guardia.
—¿Qué hago con este sobre? —pregunto la pony.
—Habla con nuestro contacto dentro del diamante blanco. El sabrá que hacer con él, solo dile que se tiene que hacer hoy mismo y que no debe dejar cabos sueltos.
Winter sonrió de manera maliciosa. El pequeño acto tras el telón negro de la guerra, estaba por comenzar. La pony de inquietante armadura tras recibir sus ordenes, se fue como llego, confundiéndose entre las pocas penumbras del lugar.
La pegaso giro con gracia y elegancia, moviendo sus cascos en el aire con una delicadeza extraña y macabra. Cuando sus cascos delanteros tocaron el piso, soltó un suspiro con mucha resignación. Las decisiones que ella tomaba, perturbarían de por vida a mentalidades frágiles que aprecian la vida ajena y respiraban solo por el deseo de asemejarse. Winter se sentía afortunada de, al menos, tenía la capacidad de bloquear esas sensaciones que podían nublar el juicio llevando a desastrosos resultados. Por encima de ella, siempre la convicción de victoria, inmutable, tan resplandeciente como el sol y tan bella como la luna.
—Quien no puede sacrificar nada, no puede cambiar nada —se dijo así misma.
Norte de Equestria
Frente de batalla abierto
—Hace tanto frío que si no te mantienes en movimiento, te mueres congelado.
Las tropas de la generalísima Winter marchaban por las heladas tierras de norte. Sin embargo, era un numero reducido en comparación con la totalidad del ejército activo que se había puesto en circulación en esa zona. Esos pocos ponies marchaban con valentía y esperanza, a pesar de que el porvenir les parecía incierto y nebuloso ¿Dónde esta el resto del ejército?, se preguntaban algunos, ya que las instrucciones que recibieron fueron bastante vagas. ¿Por qué estos ponies, conformado principalmente de jóvenes reclutas, iban tan solitarios sin siquiera un oficial experto acompañándoles para que guiara sus pasos? La nieve no tenía misericordia con estos reclutas quienes temblaban y sufrían por el frío. No obstante no emitieron queja o lamentación alguna, hasta que llegaron a una planicie blanca y desolada, donde solo se podían distinguir dos enormes montes cubiertos por un manto de arboles congelados.
—¡Ya casi llegamos camaradas! —exclamo un pony un poco más mayor que el resto de los soldados, pony en el que hallaron a un líder.
Los soldados vieron una colina, la cual se les había indicado que tenían que subir. A mucho esfuerzo lo hicieron, incluyendo a los pegasos quienes no podían usar sus alas, ya que muchos, tenían las plumas pegadas al metal de sus armaduras por el frío. Por otro lado, los unicornios tampoco podían usar su magia, sus cuernos estaban congelados, por lo que canalizar su magia era imposible. Cuando finalmente llegaron a la sima, sus ojos contemplaron el horror. Frente a ellos se aproximaba levantando una gran nube de polvo blanco, el ejército taurino. Nunca antes en sus jóvenes vidas habían visto a tantos minotauros juntos. Sin embargo no abandonaron, solo un puñado decidió huir para salvar su vida, mientras que el resto, con la mirada frente al enemigo y levantando sus escudos y espadas decidieron quedarse a pelear.
Estos valientes ponies no tardaron en morir a manos de un ejército más numeroso y preparado. Los minotauros levantaron sus cascos en el regocijo de la victoria, ¡Una pony como botín para cada uno de los soldado, que ya mucho frío han pasado!, sin embargo cuando finalmente callaron, y observaron su entorno, se dieron cuenta que estaban completamente rodeados. Desde los montes se cernía sobre ellos la mirada de miles de ponies.
—Insignificantes Minotauros, ¿Se lamentan por su hambre? ¿Tienen la osadía de cuestionar nuestros ataques después de su rendición? ¡Si la vida es una guerra constante, entonces en virtud de mi victoria puedo decir que me pertenecen!
—¡ATAQUEN! —ordeno la generalísima Winter.
—¡ES UNA TRAMPA! —advirtió el capitán minotauro.
Pegasos sobrevolaron a los taurinos, habían estado calentando sus plumas mientras sus compañeros eran masacrados, para poder volar. Dejaron caer flechas y bombas artesanales de gas venenoso, causando muerte, confusión y desorden. Los unicornios disparaban rayos y truenos haciendo a los minotauros retroceder, sus cuernos se hallaban en perfectas condiciones, habían tenido tiempo suficiente para descongelarse y canalizar su magia. Los ponies de tierra, con espadas y escudo hacían cada vez más pequeño el círculo que estaba formando el ejército taurino. No podían contraatacar, mucho menos planear, se encontraban en un hoyo donde los atacaban por todas partes.
Después de un asedio de doce horas sin descanso por ninguna de las dos partes, y con el ejercito taurino habiendo perdido tres veces más soldados que los ponies, el capitán a cargo de lo minotauros ofreció un cese a las hostilidades, para más tarde reunirse con la generalísima Winter en sus aposentos privados.
El capitán minotauro, quien era un taurino de pelaje negro, de contextura bastante maciza y mirada muy noble y dura, fue escoltado por la guardia personal de la generalísima. Una vez ahí pudo ver a la pegaso Winter recostada sobre los enormes almohadones que usaba para dormir, al parecer los hizo traer, sabiendo que la batalla no duraría más de un día. Además que le gustaba dormir muy cómodamente.
—Capitán Kampf, líder del primer ejercito de su majestad, el rey Magna. He venido aquí para presentar ante usted. Generalísima Winter Snow, líder suprema de todo el ejército equino. La rendición de mis tropas.
—Es una sabia decisión, capitán Kampf. Puedo apreciar que es usted alguien que sabe cómo responder correctamente ante situaciones tan difíciles —le alabó Winter Snow.
—Solo exigimos…
Repentinamente una navaja rozo la mejilla del minotauro, interrumpiéndolo. Dicha navaja solo dejo un agujero en la tela de la tienda de la generalísima. Pero había dejado su mensaje más que claro.
—¡Usted no exige nada! —exclamo Winter de manera altanera—. ¿Tienes idea de lo que tuve que sacrificar para detenerlo? Por su culpa me vi en la obligación de recurrir a una estrategia no digna de mi gran talento.
—Solo respondimos a sus agresiones —respondió Kampf—. Nos rendimos, entregamos nuestras tierras. Y aun así toman pueblos pequeños en las fronteras.
Winter soltó una estruendosa risa, y esta risa causo un gran enfado en el capitán ¿Se estaba burlando de sus palabras? O ¿De estar orgullosa de tales actos?
—¿De que se ríe usted? —pregunto él indignado.
—Mi estimado capitán Kampf, entiendo su posición. Le diré que haremos. Dejare ir a su ejército, no les daré absolutamente nada, de hecho, cuando se marchen, prepárense muy bien para su siguiente combate. Ya que no solo recuperare toda la tierra que me quitaron. Ahora me han dado la excusa perfecta para tomar la mitad de su reino ¡Y quizá hasta todo!
El capitán quedo anonadado ¿Con que tipo de mente retorcida estaba tratando? Winter parecía que lo estaba disfrutando ¡Si! ella lo disfrutaba, se podía ver su gozo en su rostro, sin embargo no gozo por el hecho de que haber triunfado sobre su enemigo, sino porque podría seguir peleando a futuro.
—No entiendo que gana con todo esto.
—Capitán— prosiguió la conversación Winter—. Yo amo la guerra, porque amo a mi reino. Solo imagine, ejércitos avanzando eternamente a frentes de pelea incesantes, batallas que tiñan la tierra de rojo una y otra y otra vez ¿Cree que renunciaría a eso? ¡Claro que no! La paz es una aspiración sin sentido, en un mundo material que no se concibió en paz, y además ¿Qué haría yo en la paz? ¡Nada! Sería solo una pony más, el fuego de mi alma se apagaría. Y en las llamas de este fuego quiero forjar a las siguientes generaciones. Las cuales serán fuertes, es un progreso difícil de concretar, pero es mi idea de progreso. Si el mundo quiere poner a prueba, a los seres que habitan en él, pues yo creare las criaturas más aptas para vivir en una realidad tan brutal. El estado natural de las cosas es la guerra, es lógico que una vez reconocida tal verdad, se aspire a crear un sistema idóneo para acoplarse a ello.
—¡Usted está loca! —le grito el capitán, pegando un fuerte pisotón en señal de su descontento.
—¿Me dice usted, loca? Yo solo soy producto de mi entorno, el mundo es el que esta loco. Yo solo soy una respuesta natural a algo que se estuvo moldeando y forjando por muchos años.
—¡Miles de mis hermanos taurinos han muerto! ¿Cuántos grifos habéis sometido? ¿Cuánto más tiene que durar esto? ¿Cuántas familias más tienen que llorar a sus muertos?.— Los gritos del capitán fueron tan fuertes que se escucharon en todo el campamento.
Kampf saco la espada de su funda y la levanto contra la generalísima.
—¡Si acabo con usted, acabare finalmente con esto!
Al instante dos unicornios de la guardia personal de Winter hicieron un campo de energía alrededor de la pegaso, protegiéndola de la espada, la cual se hizo pedazos. Al parecer, la fuerza que uso el minotauro hubiera bastado para partir a la generalísima por la mitad sin problemas, como si se tratara de mantequilla. Acto seguido, el capitán fue sometido por cadenas de magia que no le permitieron mover ni un musculo.
—Que interesante, capitán ¡Usted si tiene agallas! O simplemente es demasiado estúpido— le dijo la generalísima, para acto seguido golpear al capitán en el rostro y añadir mordazmente—. Optare por un poco de ambas.
—Retírense soldados, no creo tener mayores problemas con nuestro invitado.
—¡Si mí generalísima! —exclamaron sin cuestionar.
Winter encerró al minotauro entre sus cuatro extremidades, mientras meneaba su cola de lado a lado, olfateándolo, por otro lado, este solo mostraba una expresión llena de rabia.
—¿Cuántos ponies mato hoy? Apuesto que muchos, de lo contrario no tendría este aroma a sangre y sudor. Es muy excitante, capitán. Usted es un líder que pelea con sus tropas, al igual que yo. Bueno, exceptuando esta ocasión, ya que tuve que dirigir muchas fuerzas al mismo tiempo.
—La generalísima de Equestria es un completo monstruo. No sabe lo que es el dolor ajeno.
—Capitán, nosotros somos militares. No intente tomarme por estúpida, eso me indigna.— Winter miro los ojos del minotauro y este pudo saborear el alma de la pony. Era un sabor muy amargo y ácido. Sin embargo, un brillo en esos orbes dorados mostraba un aura de misterio, que estaba ahogada en toda esa amargura.
—Aun así, por principios un militar piensa en los muertos, e intenta que sean los menos posibles. Con su guerra eterna no hace más que causar dolor.
La generalísima bufo, ¿Que era el dolor para ella? Ella conocía tan bien esa palabra que podría presumir al respecto.
—El dolor... —dijo con soberbia Winter Snow—. Nosotros nacemos en dolor, vivimos resistiendo dolores y morimos en dolor ¿Y usted se atreve a hablarme de ello, como si fuese algo extraño y ajeno a todo lo que posee vida? ¡Que ingenuidad! Yo sufrí golpes, sufrí hambre y humillaciones innombrables, hasta que decidí levantar mi casco en acción de lucha. Volviéndome fuerte supere mis penas y calvarios, por eso llegue hasta donde estoy, ya que ninguno de los tormentos que viví logro vencerme. Sigo la ley natural de que el más fuerte somete al débil, la verdadera lucha aquí no es por Equestria, sino que es la lucha por la superación de la debilidad, la cual se consigue venciendo los terribles padecimientos de la guerra. Imagine por un momento, capitán, que todos pudieran hacer lo que yo. Ustedes por ahora no pueden derrotarme, pero gracias a mi serán más fuertes en el futuro y en ese futuro, terminaran por agradecer toda esta masacre. Dígame, capitán ¿Cree usted que los dioses se burlan de sus juguetes aquí en la tierra?
—Sin duda algo anda mal en su cabeza. Barbarie. Usted lo que busca es la lucha eterna ¿Dónde queda el pensamiento? Yo me preparo para guerra para tener paz y avanzar a un mejor futuro.
—¡Los reinos avanzan con la guerra! ¡Están forzados a superarse! Sin la guerra, nunca alcanzaríamos el máximo potencial de nuestras especies —respondió Winter.
—¡Se equivoca! Con guerra no hay tiempo para el progreso —le contradijo el capitán Kampf.
—Me encantaría que fuese hembra, esto sería más ameno para mi. —Winter dejo a un lado al minotauro.
—¿Hembra? ¿De qué hablas yegua estúpida?— Pregunto indignado.
—Lo reto a resistir un parto como una verdadera hembra, y vera a que me refiero— le respondió, para acto seguido dirigirse a los soldados que esperaban pacientemente afuera de su tienda—. ¡Retiren las cadenas!
Las cadenas desaparecieron al instante. El capitán Kampf finalmente se pudo poner de pie, para sacudirse su armadura de hierro y mirar despectivamente a la generalísima. Nunca antes había tenido una conversación donde terminara odiando tanto a alguien.
—Váyase capitán. Espero que le haya quedado claro lo que debe de hacer.
El minotauro solo respiro profundamente, echando vapor de su nariz. Una cualidad muy llamativa de su especie para demostrar descontento. Se dio media vuelta, camino hacia la salida y antes de que diera el último paso hacia afuera, Winter le dijo:
—Dile a tu rey, que su leal súbdito Tadnus II le envía saludos desde Equestria.
Reino Minotauro
"Alba del día de ayer"
La esposa del rey llego a la corte real abriendo las puertas de par en par. Su semblante de preocupación llamo mucho más la atención, que el hecho de que entrara de manera tan abrupta a la corte. Los jueces y ministros se mostraron respetuosos, callando al instante que hizo su aparición.
—¡Esposo mío! —exclamo respirando de manera agitada, con una carta en la mano.
El rey Magna se levanto de su asiento muy enojado. Estaba teniendo una reunión de guerra muy importante, y detestaba ser interrumpido.
—¿Qué quieres esposa mía? ¿No ves que me encuentro sumergido en los asuntos de estado que requieren de mi aprobación? Por favor, hablemos más tarde.
—Esposo, esto tiene que ver con la guerra. Mirad lo que hoy ha llegado a nuestra correspondencia. —la hembra levanto la carta que mantenía en su garra, para que todos los presentes la vieran. Se acerco a la mesa y la dejo frente a los ojos rey.
—Léela por favor, es importante que lo hagas. Podría significar una gran oportunidad, o una vil mentira.
El rey, con una mirada algo molesta, levanto la carta y la leyó con prontitud.
«Para excelentísima majestad el rey Magna:
Su majestad, sé que usted no me conoce a mí, pero yo a usted sí. Soy uno de los innumerables campesinos que ha dejado a sus hijos jóvenes partir a la guerra por la madre patria y por usted. Vivo en la frontera sur de su reino, cerca de uno de los pocos pueblos que no ha sido atacado por los ponies. Le informo que quizá esta sea la única carta con esta información, por lo que espero que llegue a usted y tal vez, contribuir en algo a la salvación de mis hijos ahora en el frente, y de los valientes soldados del reino. Hoy, pasaron por aquí un gran número de soldados equinos en dirección a las tierras recuperadas recientemente por los nuestros. Tomaron todo lo que pudieron para calentarse, ya que no tenían suficientes abrigos para protegerse del frío. Al paso que van no tardaran en llegar ¡Por favor avise a su ejército que ataquen primero a penas vean a los equinos! ¡No les den la oportunidad de responder! Ruego que esta carta logre salvar algunas vidas.
ATTE: Tadnus II, civil campesino del pequeño poblado de Nostra»
—Hay que preparar una ofensiva —se dijo así mismo el rey sorprendiendo a la corte real.
—Pero señor ¿Que tal si es falsa?—intento hablar un consejero de la corte.
—Si existe un minotauro, que desee el mal a su reino, no me lo han presentado todavía —dijo el rey—. De ser verdad hay mucho que ganar, dejar pasar el tiempo nos cerrara las puertas que la fortuna nos esta abriendo. Es ahora o nunca, una ofensiva definitiva que pondrá de rodillas a nuestros enemigos. Además, son tierras heladas, cualquier trampa ahí por parte de los ponies no tendrá éxito alguno en ese sector, ya que sus débiles cuerpesitos no soportan tan bien el frío como nosotros.
La corte quedo en silencio.
—Todo o nada. Victoria o aniquilación —pensó el minotauro.
—Señor, es muy arriesgado atacar ahora, el ejercito más cercano a ese territorio tuvo un brutal enfrentamiento contra el ejercito pony de Barbaroja, dudo que su eficacia en combate goce de la misma fuerza que consiguió la victoria previamente, si no damos descanso a esos valerosos soldados —apelo a la razón, otro consejero de la corte.
—¿Acaso osa cuestionar mi decisión? ¡Yo soy el rey! ¡Esos ponies se han burlado suficiente de mí. La divinidad abre finalmente sus brazos a nosotros, y no voy a rechazar esta gran oportunidad que nos esta otorgando. Quiero que manden una orden al capitán Kampf, y que ataque de inmediato! —grito eufórico, segado por su sed de venganza. Tomo aire, ya que estaba demasiado débil por la edad. De más esta decir, que su ingenuidad era para él, un faro de brillante inteligencia que llevaría su reino de regreso a sus glorias pasadas. Y que quizá, algún día le costaría la cabeza.
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"¡Si la vida es una guerra constante, entonces en virtud de mi victoria puedo decir que me pertenecen!" es un dialogo inspirado en «Es ley de guerra que los vencedores traten a los vencidos a su antojo» frase de Julio César.
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