CAPITULO 2
Bella intentó poner buena cara cuando entró en la habitación del hospital donde estaba ingresado su padre. Los tubos y monitores que tenía conectados a su cuerpo le revolvieron el estómago y le provocaron de nuevo una intensa angustia, la misma que podía ver en el rostro de su madre.
—¿Cómo estás, papá? —le preguntó susurrándole al oído.
—Sigo vivo, que no es poco —respondió él intentando sonreír, aunque Bella pudo percibir el miedo y el desamparo en sus ojos castaños.
—¿Han dicho algo nuevo los médicos? —preguntó ella dirigiéndose a los dos.
—Han programado la cirugía para mañana —respondió Sue Swan, su madre—. Edward ha hablado con el cirujano y ha conseguido adelantarlo. Le hizo ver que el caso de tu padre era una prioridad. ¿No le has visto? Os habéis debido de cruzar en el pasillo.
—¿Edward ha estado aquí ahora? —preguntó ella.
—Sí, querida —respondió su madre—. Viene todos los días, ya lo sabes.
—Sí, lo decía porque… He estado hablando con él esta misma mañana y me dijo que tenía toda la tarde ocupada con reuniones y asuntos de trabajo.
—Espero que no tengas ningún problema con él —dijo su madre en tono de reproche—. No está haciendo más que ayudarnos en todo. Lo menos que puedes hacer es ser educada y correcta con él.
Bella reprimió una sonrisa sarcástica al escuchar las paradójicas palabras de su madre. Sue Swan siempre había sido una mujer chapada a la antigua, una mujer que siempre había desaprobado cualquier tipo de relación con los empleados. Apenas había cruzado media palabra con la madre de Edward, Rose, en los años que había trabajado para ella. Con Edward había sido todavía más arisca y distante. A raíz del incidente que Edward había tenido con la policía, Sue había intentado expulsarles a él y a su madre de su casa, y sólo la diplomacia y la insistencia de su padre había podido evitarlo.
Tampoco ella había sido mucho más amable con Rose, algo de lo que, con el tiempo, había llegado a arrepentirse. Cuando recordaba el pasado, sentía una punzada de culpabilidad por lo desconsiderada que había sido con ella, dejando cosas tiradas por el suelo sin el menor reparo, sin pararse a pensar en la persona que tenía que ir detrás de ella para recogerlas.
Pero lo más imperdonable había sido el comportamiento que había tenido con Edward. Había sido absolutamente grosera con él durante toda su adolescencia, poniéndole en ridículo siempre que podía, gastándole bromas delante de las chicas o hablándole de mala manera. Incluso había jugado con él frecuentemente, flirteando a veces para, a continuación, rechazarle con altivez. No había excusa posible para la manera de proceder que había tenido, como no fuera la terrible inseguridad que había sentido en su adolescencia y la influencia del lujoso ambiente en el que siempre había vivido, un ambiente en el que nadie tenía la oportunidad de aprender a respetar a los demás.
Bella recordó una ocasión en especial en que le había dejado a Edward una nota sugerente con instrucciones para que se encontrara con ella al anochecer en la casita del jardín. En lugar de acudir a la cita, se había apostado en la ventana de su habitación con sus amigas y se habían reído de él al verlo acudir con un ramo de rosas blancas. Lo que más le había avergonzado en aquel momento había sido la reacción que había tenido él. En lugar de enfadarse o de insultarla, algo a lo que sin duda habría tenido derecho, no había dicho nada, ni a ella, ni a sus padres, ni siquiera a su hermano, James, con quien pasaba todo el tiempo que podía.
El padre de Bella extendió débilmente el brazo hacia ella y le rozó la mano.
—Edward es un buen hombre —dijo—. Ya sé que todavía estás triste por la muerte de Seth, pero creo que deberías tomarte en serio su proposición. Piensa que podría ser mucho peor. Sé que ha tenido una vida poco convencional, pero no se puede negar que se ha esforzado y ha conseguido muchas cosas por sí mismo. Siempre supe que tenía la fuerza de voluntad suficiente para conseguir todo lo que se propusiera. Me alegro de que te haya elegido como esposa. Se ocupará de ti como es debido. Sé que lo hará.
Bella no pudo ocultar su sorpresa. Edward ya había hablado con su padre.
—¿Ha hablado contigo sobre nuestra relación? —preguntó atónita.
—Le he dado mi bendición —respondió su padre—. Aunque, en realidad, debo decir que no he sido el más sorprendido al conocer la noticia.
—¿Ah, no? —preguntó ella más confusa todavía.
—Habéis estado flirteando desde que erais unos críos —dijo señalando con la cabeza a la madre de Bella—. Incluso hubo un tiempo en el que llegué a pensar que… Pero todo cambió con el accidente de James.
Bella suspiró con frustración al escuchar las palabras de su padre. Todavía no habían sido capaces de aceptar que la muerte de James había sido un suicidio, que había sido provocada por una sobredosis de droga. Seguía calificándolo como un accidente.
—Me alegro mucho de que lo aprobéis —dijo Bella fingiendo—. Hemos quedado esta noche para cenar y hablar sobre los detalles de la ceremonia y la celebración.
—Sí, ya nos dijo que no pensáis hacer nada muy ostentoso —comentó su madre—. Creo que es una excelente idea, dadas las circunstancias. Después de todo, es tu segundo matrimonio. Estaría fuera de lugar hacer lo mismo que la primera vez.
Bella no podía estar más de acuerdo. La celebración de su boda con Seth había consumido una escandalosa e improcedente suma de dinero.
—Bueno, tengo cosas que hacer —dijo Bella dándole un beso cariñoso a sus padres—. ¿Necesitáis algo antes de que me vaya?
—No, querida —dijo su madre—. Edward nos trajo algo de fruta y un par de novelas de ese autor que tanto le gusta a tu padre. Hay que reconocer que Edward se ha convertido en un perfecto caballero. Tu padre tiene razón, piensa que podría ser mucho peor. No hay muchos hombres en el mundo dispuestos a casarse con una mujer que ya ha estado con otra persona.
«Si supieras la verdad de mi matrimonio con Seth, no hablarías así», pensó Bella contrariada.
—Os veré mañana —dijo en cambio sonriendo.
...
La mansión Swan estaba situada en las afueras de la ciudad, frente al mar, en el lujoso barrio de Point Piper. Desde allí, las vistas de la ciudad y del puerto eran espectaculares.
Bella había regresado a la casa de sus padres dos años atrás, a raíz de la muerte de Seth en un accidente de coche. Aunque desde entonces había fantaseado de vez en cuando con la idea de encontrar un sitio para ella sola, no había hecho nada al respecto. La mansión era suficientemente grande como para vivir en ella con sus padres y tener la intimidad y la libertad que necesitaba. Por otra parte, las ingentes deudas que había dejado su marido no aconsejaban embarcarse tan rápido en la adquisición de una nueva casa.
Cuando, a las ocho y media de la tarde, sonó el timbre de la puerta, Bella todavía no estaba lista. Aún no se había arreglado el pelo ni se había vestido. Acababa de salir de la ducha, y sólo llevaba puesto un albornoz.
Sin apresurarse demasiado, se puso un elegante vestido negro que había guardado en un armario durante años y eligió unos zapatos de tacón alto. Se pintó los labios y se puso colorete en las mejillas. Se arregló el pelo de forma sencilla, dejando que cayera suavemente sobre sus hombros, y se miró una última vez en el espejo.
...
Edward consultó de nuevo su reloj y dudó si debía utilizar la llave que Charlie había insistido tantas veces en darle. Estaba buscándola en el bolsillo de su chaqueta cuando Isabella apareció en la puerta.
Parecía recién salida de un desfile de modas. El vestido negro que se había puesto destacaba cada una de las curvas de su cuerpo, que desprendía un penetrante aroma. Siempre se había preguntado, con asombro, cómo era posible que una mujer tan delgada tuviera unos senos tan exuberantes. Atraían sus ojos como imanes, tenía que luchar consigo mismo para no fijarse en ellos más de la cuenta.
—Bien, ¿podemos acabar cuanto antes con esto, por favor? —le dijo ella despectivamente.
Edward reprimió el deseo de reprenderla por sus palabras. Sabía que Isabella no iba a desaprovechar la menor ocasión para insultarle, para demostrarle su rechazo, pero las cosas habían cambiado. Ahora era él quien llevaba la voz cantante, el que podía imponer los límites. Iba a ser un placer ponerla en su sitio, devolverle poco a poco el modo humillante en que se había comportado con él el día de su boda con Seth, el día en que había lanzado a su prometido contra él dejándole una cicatriz en la ceja como recuerdo.
Edward la guió hasta el coche, le abrió la puerta y la cerró cuando se hubo sentado. Esperó hasta estar en la carretera en dirección al centro de la ciudad para hablar.
—Tus padres parecieron llevarse una alegría esta mañana cuando les comuniqué la noticia de nuestro enlace —empezó—. Especialmente, tu madre. Esperaba que pusiera el grito en el cielo ante la perspectiva de tener a su hija casada con una persona de una clase social inferior, pero, contra todo pronóstico, casi se lanzó en mis brazos, como si me estuviera dando las gracias por cargar contigo.
—¿Es necesario que seas tan grosero? —preguntó Bella sin mirarle—. Por cierto… No hables de nuestro enlace. La idea ha sido tuya, no mía.
—Creo que es una tontería seguir dándole vueltas a este tema ahora que hemos llegado a un acuerdo y el dinero está en la cuenta que corresponde. Siempre he tenido tiempo para tu padre. Tu madre, sin embargo, me pareció desde el principio la típica mujer que mide a las personas por el dinero que llevan en la cartera.
—Bueno, en este caso, creo que es lo único que puedes aportar —dijo Bella sarcástica.
—Mi dinero os acaba de salvar a ti y a tu familia, querida, de modo que haz el favor de tenerme más respeto, ¿entendido? Si persistes en esta desagradable actitud, me obligarás a retiraros mi apoyo. ¿Qué harías entonces? Piensa en ello.
Bella miró por la ventanilla los altos rascacielos plateados cortando el cielo. Edward tenía razón. Iba a tener que morderse la lengua, de lo contrario, podía echarse atrás. Era capaz de hacerlo, y no iba a dejar de recordárselo. Aunque atarse a un hombre de aquella manera y someter su voluntad iba contra todos sus principios, no tenía otra alternativa.
No recordaba haber odiado tanto a una persona en su vida. Pensar en él le hacía hervir la sangre. Era arrogante y presuntuoso. Contra todo pronóstico, había conseguido llegar a tener un extraordinario poder a pesar de sus humildes orígenes. Ahora que estaba en la cima, iba a usar toda su influencia y toda su capacidad para sojuzgarla, pero ella no estaba dispuesta a rendirse sin luchar. Sería su esposa, pero sólo en apariencia.
No iba a decírselo por el momento, pero ése era su as en la manga. Se daría cuenta cuando hubiera terminado la ceremonia. Edward iba a encontrarse con una mujer que no estaba dispuesta a dormir con él. Sería una esposa de cara a los demás, actuaría correctamente en cualquier circunstancia, ofrecería una imagen perfecta ante la gente, pero, en privado, sería la misma mujer de siempre, la misma mujer que le había rechazado la noche antes de su boda con Seth.
El restaurante en el que había reservado mesa Edward estaba en el puerto. Las vistas eran maravillosas. El aire estaba lleno de humedad, y los barcos entraban y salían con parsimonia.
Edward guió a Bella a través del salón, acompañando el movimiento poniendo su mano en la espalda de ella. El camarero le saludó con deferencia y les llevó hasta la mesa.
—¿Has estado alguna vez aquí? —preguntó él cuando estuvieron sentados.
—No he salido mucho últimamente —contestó ella.
—¿No has tenido ninguna cita desde la muerte de tu marido? —preguntó él desinteresadamente.
—Sólo hace dos años que murió —respondió ella mirando la carta para evitar sus ojos—. No tengo prisa.
—¿Le echas de menos?
Bella dejó la carta sobre la mesa y le miró irritada.
—¿Qué clase de pregunta es ésa? Estuvimos casados cinco años.
«Cinco miserables años», pensó, aunque nunca le había dicho la verdad a nadie, ni siquiera a sus padres. ¿A quién habría podido confesárselo? Nunca se le habían dado bien las relaciones con la gente. Sus pocas amigas habían rechazado a Seth casi desde el principio, y poco a poco habían ido desapareciendo de su vida. Bella siempre había sabido que había sido su irresistible tendencia a ocultar los defectos de su marido lo que había provocado ese alejamiento. Su matrimonio se había ido deteriorando poco a poco al ser ella incapaz de afrontar la realidad, de asumir que había cometido un error al casarse con él. Se había convertido con los años en una mentirosa compulsiva. Por muchas excusas que se le ocurrieran, sabía que toda la culpa había sido suya.
—No tuvisteis hijos —continuó Edward—. ¿Fue decisión tuya o de él?
—Nunca discutimos sobre ello —respondió ella intentando quitarle importancia.
Cuando el camarero fue hasta ellos para ofrecerles algo de beber, Bella eligió una copa. Necesitaba un poco de alcohol para sobrevivir a aquella noche. Edward, en cambio, se sirvió un vaso de agua mineral.
—No deberías beber tan pronto —observó él—. Teniendo el estómago vacío puede ser perjudicial. Además, el alcohol tiene la facultad de desinhibir a las personas. Puedes encontrarte a ti misma diciendo y haciendo cosas que luego puedes llegar a lamentar.
—¿Te refieres a que puedo llegar a pasármelo bien contigo en lugar de mirar el reloj cada segundo? —ironizó ella.
—Disfrutarás de mi compañía antes incluso de que la tinta de nuestras firmas al pie del contrato matrimonial se haya secado —replicó él mirándola fijamente.
Bella bebió de su copa para intentar sofocar la imagen de Edward recorriendo su cuerpo. Había conseguido mantener alejado de ella a Seth durante años, excepto por aquella terrible noche en que él…
Le dio otro sorbo a su copa para no pensar en la extrema degradación a la que había llegado su matrimonio.
—Te has puesto pálida —observó él—. ¿Tanta repugnancia te provoca la idea de compartir la cama conmigo?
Bella dio gracias por tener una copa a mano con la que disimular su nerviosismo, a pesar de que el alcohol que ya había tomado se le estaba empezando a subir a la cabeza.
—Aquel beso que nos dimos hace siete años no me hizo pensar que te resultara tan desagradable —continuó Edward—. Parecías estar deseándolo. Es curioso, ya que, al día siguiente, te casaste con otro hombre.
—Me obligaste —protestó ella llamando la atención de los comensales próximos a ellos.
—Yo no diría tanto —replicó él—. En cualquier caso, tú respondiste efusivamente. Todavía lo recuerdo. Después de tanto tiempo, pensar en ello me sigue excitando.
Bella no se había sentido tan avergonzada en toda su vida. Debía de tener la cara más roja que un tomate. El que Edward estuviera excitado en aquel momento pensando en lo que había pasado entre ellos años atrás provocaba algo extraño en ella.
—Tus recuerdos han ido distorsionándose con el tiempo —apuntó Bella.
—No me preocupa —replicó él—. Ahora que vamos a vivir juntos, tendremos ocasiones de sobra para repetirlo.
Bella luchaba por mantener la calma, pero era casi imposible acallar a su corazón.
—¿Cuándo has pensado que dé comienzo esta pantomima? —le preguntó.
—Nuestro matrimonio no será una pantomima —respondió él con determinación—. Será auténtico en todos los sentidos.
—¿Sueles hacerlo muy a menudo? ¿Dormir con mujeres a las que detestas?
—Eres una mujer muy hermosa, Isabella —respondió—. El hecho de que me caigas bien o no es irrelevante.
Bella tenía ganas de borrarle de la cara aquella sonrisa irónica y arrogante. Pero algo le detenía. A pesar de lo que pensaba de él, a pesar de la repugnancia que sentía, su cuerpo estaba reaccionando a las seductoras y provocadoras palabras de Edward. Lo temblaba el pulso, tenía los senos duros y los pezones erectos destacando en su vestido negro.
—He dicho que me casaré contigo y cumpliré mi palabra, pero no tengo por qué ir más lejos —dijo—. Es algo primitivo, algo fuera de lugar, esperar que tengamos relaciones en esta situación.
—Creo que te estás olvidando de algo —apuntó él—. Dos millones cuatrocientos mil dólares es mucho dinero. Es una inversión de riesgo, y espero poder amortizarla.
—¡Esto es intolerable! —exclamó—. ¿Pretendes hacer de mí una prostituta?
—Viniste a mí pidiéndome ayuda, y yo te la di —respondió él muy tranquilo—. Yo te la di enseguida y te puse las condiciones encima de la mesa. No creo que haya motivos para escandalizarse ahora.
—¿Y qué pasa con la mujer con la que salías hace uno o dos meses? —preguntó ella recordando las fotos que había visto en una revista del corazón.
—Vaya… ¿Has estado leyendo sobre mi vida privada?
—No tengo el más mínimo interés en saber con quién estás o dejas de estar. Pero, si vamos a representar esta farsa durante un corto periodo de tiempo, lo menos que podrías hacer es no airear tus patéticas relaciones a los cuatro vientos.
—No creo haber dicho nunca que nuestro matrimonio vaya a ser un contrato a corto plazo —observó Edward—. Todo lo contrario.
—¿Cómo dices? —preguntó ella fuera de sí.
—Siempre he pensado que el matrimonio debe ser para toda la vida— respondió—. Quizá sea algo que haya aprendido de pequeño. Mi madre fue abandonada por el hombre al que amaba con un niño pequeño. Nunca tuvo la seguridad que se merecía, ni un hombre que cuidara de ella. Sufrió toda su vida, tuvo que limpiar las casas de los demás para poder traer dinero a casa. Siempre me prometí a mí mismo que, si algún día me casaba, sería para siempre, que nunca me echaría atrás.
—¿Cómo puedes decir algo así cuando ni siquiera puedes soportarme? ¿Cómo puedes siquiera plantearte pasar conmigo el resto de tu vida?
—¿Acaso no tienes espejos en tu casa, querida? No necesito soportarte para desearte. ¿No es eso lo que queréis todas las mujeres? ¿Un hombre cuya pasión sea enteramente vuestra y sólo vuestra?
—Si ésta es tu idea de bromear, déjame decirte que no es nada gracioso —dijo Bella.
—No estoy bromeando, Isabella. El amor es un sentimiento sobre valorado, al menos en mi opinión. La gente se enamora y se desenamora constantemente. Prácticamente todos los matrimonios satisfactorios que conozco están basados en las relaciones físicas, en una buena compenetración en la cama. Créeme, no hace falta que estés enamorada para tener un buen orgasmo.
Bella estaba tan incómoda que agradeció la llegada del camarero para anotar el pedido.
Oír hablar a Edward de aquella manera provocaba una intensa excitación en ella. Nunca había experimentado el placer con Seth. La única vez que su difunto marido lo había intentado, había sido un desastre. Ella se había quedado fría, avergonzada y humillada.
Cuando el camarero se fue, Bella se tomó de un trago el contenido de su copa. Le daba igual que se le subiera a la cabeza. Nada podía ser peor que lo que le estaba pasando. Contra su voluntad, su cuerpo estaba ardiendo, imaginando cómo sería ser poseída por aquellos brazos poderosos, por aquella boca sensual, por…
¿En qué demonios estaba pensando? Edward era su enemigo. Le estaba haciendo aquello como venganza, para resarcirse por cómo le había tratado ella en el pasado. Debía de saber que estar atada a él iba a ser una tortura para ella. ¿Por qué, si no, estaba insistiendo tanto? Hasta aquel momento, nunca había lamentado lo suficiente su inmadurez. ¿Por qué había sido tan cruel?
James había intentado llamarle la atención en incontables ocasiones por su actitud, pero ella no le había hecho caso porque, en cierto modo, había tenido celos del tiempo que su hermano había pasado con Edward. Había sentido un profundo resentimiento y una sensación de abandono al ver cómo James se divertía con él dejándola a ella de lado.
AI descubrir que Edward sufría de dislexia, había sido terriblemente implacable con él, riéndose delante de todo el mundo en su presencia por no ser capaz de leer correctamente. Sin embargo, del mismo modo que había hecho la tarde en que le había observado desde la ventana de su habitación con sus amigas, Edward nunca había dicho nada, nunca había protestado, nunca se había quejado, a pesar de su evidente enojo.
Mirándole después de tantos años, Bella podía ver en el rostro de Edward la furia contenida que había ido acumulando a lo largo de los años. Sus ojos grises eran un enigma para ella, a veces transmitían frialdad, otras calidez, pero siempre la fiera determinación de la venganza.
Por lo que había leído, su forma de conducirse con las mujeres siempre había sido la misma. Había asumido una estrategia autoritaria y calculadora, imaginando las posibles situaciones como un consumado jugador de ajedrez dispuesto a someter, al contrario.
Bella se estremeció al pensar en la idea de estar casada con él mucho tiempo, ya que eso implicaba muchas cosas, como tener hijos. Tenía veintiocho años, y no podía negar que en alguna ocasión había sentido la llamada de su reloj biológico. No había querido tenerlos con Seth para no amargarle la vida a un recién nacido. Ni siquiera había querido comprar una mascota, todo por la misma razón.
—Te has quedado muy callada, Isabella —dijo él—. ¿Te cuesta hacerte a la idea de tener un orgasmo conmigo?
—No, a decir verdad, creo que es ciencia ficción. No puedo hablar por la legión de mujeres que han estado contigo pero, en lo que a mí respecta, sería incapaz de entregarme a un acto tan íntimo sin un mínimo de emoción.
—¿Emoción? ¿Qué te parece el odio? ¿Es suficiente emoción para ti?
Bella le hizo una seña al camarero para que le llenara la copa.
—¿Crees que es buena idea? —le preguntó Edward—. Ya has bebido suficiente alcohol por hoy.
—Cuando no se siente la menor emoción, el alcohol es un buen sustituto — replicó ella.
—Sí crees que voy a acostarme contigo estando bebida, te equivocas completamente. Quiero que estés sobria y despierta para que recuerdes cada detalle.
—No voy a acostarme contigo —protestó ella con firmeza dando un puñetazo en la mesa—. Para tener ese privilegio, tendrías que pagar el doble —añadió con altivez.
Edward sonrió victorioso. Se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó una chequera. La puso sobre la mesa.
—¿Has dicho el doble? —preguntó con ironía.
Bella sintió que el estómago empezaba a darle vueltas.
—Yo… Yo… No estoy segura… Yo… Dios mío…
Edward tomó una pluma, escribió la suma que le había exigido Bella y le mostró el cheque.
—Trato hecho —dijo él con satisfacción.
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Hola chicas
¿Como están?
Aquí con una nueva adaptación, ojalá les guste. Si quieren saber algo, tienen alguna duda, pueden escribirme a mi mail: marielillianswancullen gmail . com
Trataré de contestar lo más rápido posible.
Espero que tengan un hermoso fin de semana.
Saludos.
Marie ƸӜƷ
