Eeeeeeeeeeeeeeeem... ¿bu? Vale, no. A petición masiva de gente en el ask y porque no quiero que os dejéis la vida leyendo del tirón algo de 9000 palabros, he decidido dividir la segunda parte de esto en dos. Sooo, este fic tendrá 3 partes (a no ser que me vuelva a enrollar yyyyy tenga que volver a cortar y bla, bla, bla). Seguramente os preguntaréis en qué cojones me enrollo, si esto es sexo y fuera. Bien, será una parodia de 50 sombras de Grey, pero yo cuando hago algo, trato de hacerlo bien. Y lo que pasa ahora sí, es lo que tenía planeado ya desde el principio, pero si quiero que quede bien, tengo que... meteros en la trama y explicarlo bien, no sé si me entendéis. No puedo eliminar párrafos así como así y o pasar, hala, a la acción sin explicar nada e.e Por eso me ha quedado tan largo que he decido dividirlo.
Otra cosa: NO sé si esto es lo que esperabais, quizás no, quizás me mandáis a la mierda, pero es lo que hay. Me ha costado la virgen decidir qué hacer con este capi (preguntadle a mi geme, que le he dado la turra pero de lo lindo y he estado a punto de borrarlo todo hace media hora y volver a empezarlo), porque quiero que os guste (me obsesiono con que os guste, mejor dicho e.e ), y vale, sí, es porno, pero os tengo que pedir un poco más de paciencia porque no es todo el porno que igual queréis: es como si fuera el primer plato suavecito (parte I), el segundo un poco más fuerte (esta) y el postre de colofón final (la III) (?)
Así que... aquí tenéis, algo es algo.
PD: la canción de esta parte y de la tercera es 'I almost told you that I loved you' de Papa Roach (no me preguntéis cómo conocí está canción, lol).
-II-
« I know it shouldn't but it's getting me on;
if sex is the drug, then what is the cost? »
La firmeza mezclada con una gran dosis de diversión que tiñe la voz del rubio al pronunciar ese 'acepto' no me sorprende en absoluto. Como ya he repetido varias veces, para mí ya es más que claro que el chaval buscaba una noche movidita desde el comienzo, aunque lo escondiera tras esa actitud inocente y timidona.
-Perfecto entonces.-digo, mis dientes reluciendo tras los labios segundos antes de romper el contacto establecido entre mis dedos y su piel. Me separo un poco de él, alzando las cejas.-Norma número uno: harás todo lo que te pida, cómo te lo pida, inmediatamente y sin protestar.
-Oh, espera, que hay nor…-su frase se ve cortada por el respingo que escapa de sus labios al impactar mi mano abierta contra su mejilla.
No le he golpeado excesivamente fuerte, pero la sombra de mis dedos se ve ahora pintada en rojo sobre su pómulo, y debe escocerle porque veo cómo sus ojos se aguan, su propia mano haciendo amago de ir a acariciar con mimo la magullada zona. Sin embargo, la detengo, agarrándole firmemente de la muñeca, casi retorciéndosela un poquito, mis dedos clavados en la delicada articulación, y luego acerco mis labios a la piel donde la bofetada ha dejado marcas, besándola con delicadeza, en un caminito que me lleva hasta su oreja. Continúo, esta vez en un cadente susurro.
-Norma número dos: no me interrumpes. Yo hablo, tú escuchas; solo puedes contestar cuando yo lo indique expresamente. Y cuando te dirijas a mí, me tratas por 'señor' o semejantes. -no me resisto a atrapar entre mis dientes el lóbulo de la oreja de la que tan cerca me hallo, deleitándome en el gemidito que sale de la garganta de Dougie cuando lo succiono ligeramente. Solo suelto el tierno trozo de carne para poder seguir hablando, un par de minutos después.-Norma número tres: tengo derecho a usar contigo cualquier objeto de esta habitación, ya sea de cuero, metal o madera, siempre que no origine daños o trastornos graves en tu organismo. Tú tienes derecho a hacerme parar con una palabra clave siempre y cuando no te veas capaz de seguir con la actividad que en esos momentos estemos llevando a cabo. Ojo, no significa que te vaya a dejar escapar; significa que te dejaré descansar y, si lo veo oportuno, permitiré que cambiemos de tarea.-esto tampoco consiste en matarlo, ¿verdad? También debo garantizarle una seguridad mínima y una oportunidad de recuperar el aliento que, de seguro, le voy a quitar.-Vale, bomboncito, ahora puedes hablar: ¿qué palabra quieres utilizar?
Sus esferas plateadas brillan, su mejilla aún colorada, y me parece advertir cierto matiz cercano al resentimiento en ellas, además de la propia lujuria. ¿Le ha hecho pupa en los sentimientos la bofetada? Ay, amigo, si cree que esa es la única humillación a la que se va a ver sometido, está muy equivocado. Sin embargo, tampoco voy a negar que ese velo de rencor y animadversión que cubre levemente sus pupilas no me ponga…
-Rojo.-me contesta, apretando los labios.
Sonrío y le acaricio el mentón juguetonamente.
-Rojo. Me gusta.-chasqueo la lengua, y esta vez me alejo de él unos pasos más, hasta que puedo observarlo de pies a cabeza sin tener que bajar la vista. Parece tan delicado ahí, plantadito en medio de mi habitación al paraíso, con la mejilla colorada, la respiración acelerada y los ojos chisporroteando debido al orgullo herido y a la excitación a partes iguales. Y como al verle, siento un intenso cosquilleo intensificarse en la base de mi estómago, decido acabar sin más dilación con las normas para poder atarle a la cama y hacerle todas las indecencias que su cuerpo aguante.-Norma número cuatro: nada de ahogar gritos, gemidos o cualquier otro sonido. Quiero oírte disfrutar plenamente, rubio. Norma número cinco y última: todas las normas han de obedecerse durante el juego. Su incumplimiento significara la ejecución inmediata del castigo pertinente, decido por mi persona, en correlación a la falta cometida.-por la cabeza se me pasa el deseo de que el rubito me desobezca, solo para poder experimentar el placer de castigarle. Oh, sí, me muero por castigar ese dulce cuerpecito… Y con más que alguna suave bofetada…-¿Lo has entendido todo, cariño?
Dougie se pasa la lengua por los labios, clavando sus pupilas en mis ojos.
-Sí.-dice, cuando el húmedo músculo termina su recorrido, recorrido que he seguido con la máxima atención, igual que un halcón observa al ratoncillo que pronto será presa de sus zarpas.
Me llevo la mano derecha a la oreja, ladeando un poco la cabeza y entrecerrando los ojos, como si no hubiera escuchado bien, mientras la otra se contrae visiblemente en un puño.
El rubio frunce el ceño, pareciendo realmente confuso, y decido que solo por esta vez, le daré una pequeña ayuda antes de sancionarlo.
-Sí, ¿qué?-pongo especial énfasis en el interrogativo, haciendo que suene a última oportunidad.
Su ceño se agrava unos microsegundos más antes de caer en la cuenta de a qué me refiero. Reprime una sonrisita.
-Sí… señor.-y su voz se convierte en un ronroneo, en un aterciopelado suspiro que me hace sonreír, mis dedos jugueteando con los botones de mi camisa.
Retrocediendo un poco más, lo suficiente para apoyar la cadera en la mesa de madera, hago un gesto con la cabeza, haciendo que estallen las vértebras de mi cuello.
-Quítate la ropa.-le ordeno, ásperamente. Duda un poco, pero no lo suficiente como para considerarlo una falta grave. Comienza a deshacerse del fino jersey, sacándoselo por la cabeza, movimiento que eleva la camiseta interior de debajo dejando al descubierto una considerable porción de piel tostada, tierna, perfecta para hundir los dientes, las uñas y el cuero en ella. El jersey, sin embargo, parece enredársele un poco en los brazos, y noto a la bestia removerse en mi interior, impaciente, ansiosa, hambrienta por salir de la jaula que se está abriendo demasiado poco a poco. La camiseta no tarda mucho en seguir al montoncito formado por el jersey en el suelo, pero el maldito crío está yendo muy lento, demasiado lento.-Más rápido, bomboncito, no tengo toda la jodida noche.-sus ojos suben de la hebilla del cinturón donde estaban anclados, ahí donde sus finos dedos trabajan, y conectan con los míos, un poco sorprendidos por el cambio de mi voz, pues ha pasado de la melosidad y el encanto a una dureza apremiante, a un imperativo que roza lo militar. Chasqueo de nuevo la lengua contra el paladar, molesto aunque innegablemente excitado por la aparentemente inconsciente tortura a la que me está sometiendo con la lentitud de sus movimientos. Y es que quiero hacer ese cuerpo mío de una maldita vez, y para ello no debe de haber ropa de por medio. Así, moviéndome con velocidad felina, me planto otra vez frente a él. Le aparto de un manotazo las manos de su propio pantalón, sacando el cinto de la hebilla y después encargándome del botón y de la cremallera. Sin delicadeza ninguna, agarro los bordes de la tela vaquera con fuerza, tirando de ellos hacia abajo, deslizándolos sobre sus piernas que vistas de lejos parecen de mujer, permitiendo que conserve de momento la ropa interior, pues para lo que quiero hacer con él primero aún no es necesario que se la quite. Antes de que las perneras lleguen a sus tobillos, saco de las presillas la tira de cuero que tiene por cinto de un contundente tirón y, una vez que ha salido en toda su longitud, con la habilidad de una muñeca con experiencia, la hago estallar contra su muslo desnudo. Ante la súbita agresión, Dougie se tuerce hacia el lado de la misma, jadeando quedamente para mi deleite, movimiento que se ve interrumpido por mis dedos cerrándose sin compasión alguna en su cabello, entre esos suaves mechones que huelen a melocotón. Dejando caer el cinto, tiro de ellos hacia arriba, ninguna opción de resistirse, incorporándolo. Y luego impacto más que uno nuestros labios, mi agarre en su pelo sirviendo de firme cepo para mantener su cabeza quieta y rígida.
Lo siguiente podría ser considerado por alguien con mucha, mucha imaginación como un beso, pero creo que el término 'beso' no encaja perfectamente en esta situación, más bien rozaría el eufemismo. No es un beso lo que mi boca hace sobre la suya, es más bien… un ejercicio de dominación. Una práctica salvaje en el que subordino su boca completamente a la mía. Devoro sus labios, más que los beso.
No me cohíbo en permitir el gusto a mis dientes de que abran alguna que otra hendidura en la tierna carne, mi huracanada lengua extasiándose con el férreo sabor de las primeras gotitas de sangre que paladea esta noche y que, desde luego, no van a ser las últimas. Dougie gime, a medio camino entre el dolor y el placer, y el maravilloso sonido se pierde en mi garganta directamente después de salir de la suya propia, la punta de mi lengua llegando a rozar su campanilla varias veces con la ayuda de un para nada primoroso acercamiento de su rostro al mío, todavía más si cabe, casi fundiéndolos, mi mano tensándose aún más entorno a su cabello, tanto que algún fino capilar se desprende de su cuero cabelludo, quedando enredado en mis dedos.
Solo le concedo el privilegio de respirar cuando siento que mis propios pulmones exigen a gritos oxígeno, así que doy por concluido el agresivo ''beso'', separándome de su deliciosa boquita no sin antes tirar fuertemente de su labio inferior, atrapado entre mis incisivos, extrayendo unas gotas más del cúprico líquido.
Los años de experiencia me permiten regular mi respiración y no ponerme a jadear como un descosido ante la falta de aire, pero eso no quita de que las erráticas y algo angustiosas bocanadas que el rubio está introduciendo en su organismo no me enciendan como un mechero enciende una mecha conectada a un cartucho de dinamita.
-Sabes muy bien, bomboncito.-gruño, con voz ronca, amando el brillo de los labios de Dougie, su hinchazón, su intensa rojez, acrecentada por la sangre que aún brota de las heridas que he le he ocasionado. Con una media sonrisa que muy bien podría confundirse con una mueca lobuna, cierro un poquito más los dedos que aún sujetan los mechones del rubio cabello, tirando de ellos hacia atrás. Los aniñados rasgos de Dougie se deforman en una inaguantable mueca de dolor, y se llega a poner un poco de puntillas, en un intento de sofocar el seguro escozor y los punzantes pinchazos que mi tirón debe estar provocando en su cuero cabelludo. Me relamo, mis ojos vagabundeando por su congestionado rostro, bajando luego por su cuello, que ya está húmedo debido al sudor; por su pecho descubierto que sube y baja en entrecortados jadeos, tan suculento y tentador como el más exquisito de los manjares, con ese tatuaje que cubre parte del pectoral y sigue por el brazo, brillante; por su abdomen, por debajo del ombligo, donde nace la sombra rubia oscura de un fino caminito de vello el cual sigo, hasta llegar a la única prenda de ropa que le cubre, pero para nada protege. Enarco una ceja, divertido, complacido y encendido, al observar que a pesar de la agresividad y los primeros vestigios de dolor que nos dado el gusto de experimentar, la 'alegría de la huerta' no está para nada decaída.-Vaya, vaya, pero si parece que al lindo niñito le pone que le hagan pupa. ¡Qué sorpresa! ¿Te pone que te haga daño, eh, Doug? ¿Te va el sexo duro? ¿Ah? Quién lo diría, con esa carita angelical… ¿Quieres quemar tus alas en el infierno? ¿Quieres que mancille tu hermosa inocencia?-traga saliva, y ahoga un sonidito que creo que es una pequeña risa. No niego que me confunda un poco ese amago de risa, todo en él me confunde ligeramente, para ser sinceros. Pero me sobrepongo a ello, olvidándolo en el placer de saber que ahora tengo la oportunidad de satisfacer mi anterior deseo. Sin borrar la sonrisa de mi rostro, que se torna prácticamente malvada, echo el brazo libre hacia atrás, y convierto la mano en un puño, que luego impacto con no poca fuerza en el abdomen del rubio. Le suelto el pelo y me aparto un paso, permitiéndole doblarse inmediatamente, llegando a caer de rodillas frente a mí, la frente en el suelo y los brazos rodeando su torso. Gimotea, tratando de recuperar el aliento tras el golpe. Yo me limito a mirar mis nudillos, algo magullados debido al impacto.-Normas cuatro y cinco, cariño, ¿te has olvidado de ellas? Nada de ahogar sonidos o tendré que castigarte.
Dougie tose, aún en dificultades, pero no siento una pizca de remordimiento; al contrario, verlo a cuatro patas sobre mi parqué, rezongando, gateando un poco para poder lograr a la mesa y tener un punto de apoyo, solo hace que ponerme más cachondo aún de lo que estoy. Y me pone tanto que el calor de la habitación empieza a ser insoportable, igual que la tirantez de mis pantalones. Lo primero lo soluciono rápido, deshaciéndome sin más contemplaciones de la camisa, pero lo segundo decido que puedo aguantarlo un poco más, porque quiero que sean los deditos de Dougie los que me liberen de tan incómoda molestia.
Así, camino hasta él, que casi ha llegado a la mesa, y con una sonrisilla me pongo a su lado, tatareando al ritmo de sus resoplidos y jadeos. Con la punta del zapato, esta vez sin llegar a hacer daño, hago presión en su costado, haciendo que pierda el equilibrio y caiga de lado, poniéndose luego boca arriba. Ladeo la cabeza, soltando un 'aw', porque parece un cachorrillo al que quieren que le rasquen la barriga… si eliminamos las espasmódicas respiraciones, la capa de sudor y el pequeño rastro de lágrimas de sus mejillas… Me acuclillo, mi movimiento seguido por sus atentos ojos grises, que ya no parpadean tan rápido como antes, y poso una mano en su abdomen, ahí donde le he golpeado. Se encoge, creyendo quizás que voy a presionar la magullada zona, pero encontrándose solo con una cariñosa caricia. Dejo que mi mano pasee suavemente por su torso, por sus abdominales, por sus pectorales, contorneando cada relieve, admirando la suavidad que su piel, aunque erizada, transmite a las yemas de mis dedos. Aunque no se relaja del todo, siento que sus músculos se destensan un poco… bueno, no todos, porque su pequeñín amigo de dentro de sus bóxers recupera un poco de la ''tensión'' que con el puñetazo había perdido…
-Eres hermoso, ¿lo sabes, bomboncito?-susurro, y lo digo sinceramente. El chico es hermoso, más en esta situación. Porque he tenido compañeros y compañeras de noche guapos, bonitos, y adorables. Pero Dougie es… sí, hermoso. La forma en la que su flequillo se pega a su frente, la forma en la que el sudor cubre su piel, la forma en la que sus hipnóticos ojos cambiantes me miran, con una mezcla de emociones que no atino a descifrar del todo… eso, eso es hermosura para mí.-Eres hermoso y te voy a follar tan duro y tan salvajemente que no podrás caminar erguido durante más de una semana.
Mi confesión, cargada de deseo y lujuria, va acompañada de una última caricia en sus labios, donde mis dedos recogen la mezcla de saliva, sudor y sangre que ahí se aposenta. Sonriente, me levanto, llevándome esos mismos dedos a la boca e introduciéndolos en ella, mis papilas gustativas revolucionándose y derritiéndose con el adelanto de un sabor que espero poder degustar más ampliamente.
Lo que no me espero al darme la vuelta para dirigirme hacia una de las estanterías en las que están mis preciados juguetitos de tortura que ahora pensaba utilizar es que el chico se mueva, menos tan rápido. No me espero que acabe de llegar a la mesa y agarre por las patas uno de los taburetes a juego. Tampoco me espero que, en un movimiento que aún no sé cómo logra realizar, se incorpore con el taburete en las manos sin que a mí me dé tiempo a reaccionar. Y lo que, desde luego no me espero para nada, es que el chiquillo estampe dicho taburete contra mi cabeza, describiendo una seguro que perfecta parábola, con una fuerza tal que no habría apostado por que tuviera en tan menudo cuerpo.
Lo que sí es de esperar, supongo, es que, ante semejante golpe, caiga redondo al suelo.
Tengo el pequeño consuelo de saber que, antes de que mi cabeza rebotase varias veces contra el suelo, yo ya me había desmayado.
« I hate to say it but it has to be said:
you look so fragile as I fuck with your head »
Lo primero que siento al intentar abrir los ojos es un punzante dolor en el cráneo, en la parte de atrás, cerca de la nuca.
Lo segundo, es un incómodo palpitar molesto tras las cuencas oculares, como si los párpados se resistiesen a abrirse.
Y lo tercero, es una rigidez en mis articulaciones, sobre todo en las superiores, como si alguien estuviera tirando de ellas y buscara casi desencajarlas del sitio.
Tras un esfuerzo considerable, parpadeo repetidamente, pues aunque he abierto los ojos, los contornos de mi visión no son lo suficientemente claros ni están los suficientemente enfocados como para ver correctamente. ¿Estoy en mi cuarto rojo? ¿Qué ha pasado? ¿Y mis pantalones? ¿Por qué estoy sentado en el taburete?
Sonará estúpido, pero hasta pasados unos minutos no me doy cuenta de que, a pesar de sentado, también estoy colgado de los brazos por uno de las numerosas cadenas que cuelgan de la rejilla metálica del techo de la habitación, dos relucientes grilletes plateados capturando con fuerza mis muñecas. En mi defensa alegaré que estaba demasiado ocupado tratando de controlar las vueltas a las que giraba mi cráneo al haber intentado ponerme en pie.
-Ay, si ya te has despertado… Ya me estabas empezado a preocupar, creí que te había dado demasiado fuerte…-la voz, burlona, penetra en mis oídos solo tras unos segundos, y me veo en la obligación de agitar un poco la cabeza para ser capaz de localizarla (craso error, pues los clavos que debo tener hundidos en los huesos de mi cráneo se clavan un poquito más, produciéndome más náuseas). Aunque no hace falta que emplee mucho tiempo en ello, pues el propietario de dicha cantarina voz aparece frente a mí por un lateral del mi campo visual, en ropa interior pero con un par de mis (y remarco el 'mis') guantes de cuero puestos, semejantes a los de los chóferes, que guardaba en la cómoda de cajones estrechos.-Aw, tu cara es adorable, deberías poder vértela… -frunzo el ceño, aún confuso, removiéndome un poco y tratando de que el mordaz acero que rodea mis muñecas no se me clave tan dolorosamente en la piel. Dougie solo alza esas rubias cejas, ajustándose mejor los guantes en sus finas manos.
-¿Qué dem…?-no puedo continuar porque una bofetada me cruza la cara, produciendo un dolor sordo en mi mejilla y pómulo, mezclado con una muy buena dosis de sorpresa. ¿Me ha pegado? ¿Por qué la presa me ha pegado? Yo soy el que pego… ¿por qué me han pegado? Yo no me dejo pegar… ¿He caído en una trampa? Porque, ahora, ese 'algo' del que no me fié está ahora en Dougie multiplicado, en el brillo de sus ojos, en la seguridad de su sonrisa, en la firmeza de su pose, en el crujir de sus nudillos y de la piel de los guantes. ¿He caído en una trampa?
-Shh, norma número uno: yo hablo, tú escuchas… bomboncito.-me cita, poniendo cierto énfasis en el apelativo, un énfasis que queda a caballo entre lo socarrón y lo molesto. Le miro, entrecerrando los ojos, con lo que muy sabiamente se podría definir por odio, un lateral de mi cara aún palpitando.
-No puedes…-otro nuevo bofetón, más fuerte que el anterior, me hace rechinar los dientes, y apretar los puños, aunque los grilletes apenas permitan que el riego sanguíneo llegue a mis dedos. Y entonces, para alejar las lágrimas de dolor de mis ojos, decido centrarme en cómo el crío aquel me ha logrado subir, a mí, a esta altura. De acuerdo, estoy apoyado en el grueso taburete, no es que esté colgando del todo, pero he sido un peso muerto y poco falta para que se me descoyunten los hombros… Igual me equivoqué y el rubio sí que sabe que los mosquetones del techo sirven de poleas…
-¿Ah? No puedo, ¿qué? Las normas han cambiado, pecas. Ahora llevo yo los mandos… bueno, en realidad, los he llevado desde el principio…-sonríe, riéndose entre dientes, mientras yo respiro profundamente, primero para detener las palpitaciones que sacuden el lugar del rostro donde me ha golpeado y segundo para tratar de calmar el caos de mi cabeza… ¿Cómo he llegado a esta situación?-Oh, venga, no me mires así… Tengo todo el derecho del mundo a hacer esto… ¿O solo a los fuertes, los altos y los hombres cargados de testosterona como tú -no hace falta que diga que ese 'como tú' no suena para nada halagador, ¿verdad?- les puede gustar dominar? ¿Eh? ¿Los delicados niños como yo no pueden jugar a eso también? ¿No me puede gustar dominar a los dominantes?-las últimas preguntas la hace inclinándose hacia mí, poniendo un exagerado puchero y con voz tan infantil que me hace tragar saliva. Alza un dedo, y comienza a pasearlo por mi desnudo pecho mientras sigue hablando, en el mismo tono. Danza por mi esternón, siguiendo varias veces la concavidad que tiene, bajando luego muy lentamente por mis abdominales.-Y cada uno tiene que utilizar lo que tiene, ¿verdad que sí? Y si yo para cazar a mis presas tengo que hacerme el niñito angelical… ¿por qué no? De momento, ha funcionado muy bien, ¿no crees, cariño?-el recorrido de su dedo termina al borde de mis bóxers, en la banda elástica, la cual recorre juguetonamente, lo que, quiera o no, provoca cierto hormigueo entre mis piernas. Su boca pasa del puchero a una sonrisa de lado, y sin previo aviso, mata los escasos centímetros que separaban nuestros rostros y me pega un húmedo lametón en la barbilla y los labios, el rastro de saliva ardiendo contra mi caliente piel.-Vas a ser un sumiso maravilloso…
Ahí muevo la mandíbula de lado a lado, y sin romper el intenso contacto de nuestros ojos, hablo prácticamente contra sus labios, despacio, como si fuera a explicárselo a un niño pequeño:
-No. Voy. A ser. Tu. Sumiso. Yo no soy sumiso de nadie, entérate, bomboncito.-compongo una grotesca sonrisa, cabezón como yo solo.
Dougie contempla durante unos instantes mis pupilas, hundiéndose en ellas, y casi lo noto navegar en mis dos esferas añiles, lo que me produce un sentimiento encontrado. Y ese sentimiento se alarga hasta que, de buenas a primeras, el rubio se yergue, riendo a carcajada limpia, lo que me deja con el rostro un poco descompuesto.
-Así que no vas a ser mi sumiso, ¿ah? ¿No? No sabes la cantidad de hombres, hombres muuuucho más masculinos que tú, que me han dicho eso… y luego gateaban y gemían por mí como perras en celo.-enseña esos pequeños y cuadrados dientes, mirándome con un fervor en los ojos que por un segundo se me pasa por la cabeza la posibilidad de que sea un pequeño diablillo personificado.-Además… no te queda otra que ser mi sumiso y portarte bien si quieres que te dé esto…-sin saber muy bien dónde las tenía guardadas, descubre en su mano enguantada una delicada cadena fina de la que cuelga una llave de pequeño tamaño. Las llaves de los grilletes. Cojo aire, negándome a pensar en el entumecimiento de mis brazos de estar tanto tiempo levantados… Aparte de que siento un doloroso quemazón en torno a la piel que queda ahogada por las esposas, ahí donde el duro acero la muerde. Dougie comienza a bambolear las llaves frente a mis narices.- ¿Las quieres? ¿Quieres las llaves? Las necesitas para salir de aquí, esta habitación está insonorizada, ¿me equivoco? Y pueden pasar días hasta que tus amiguitos de la bolsa te echen de menos y decidan pasarse por aquí… Quitando el hecho de que, si te encuentra alguien, será en unas condiciones harto embarazosas, ¿no? Necesitas estas llaves… Quizás si me das la patita te las dé… Venga, si me ruegas un poquito ahora, te suelto ya… -me habla como si fuera un maldito chucho, lo que solo hace que enfadarme… en mayor medida.
-Que te follen, niñato.-escupo, mirándole con todo el odio y desprecio que sé poner.
Dougie me mira unos segundos más, la sonrisa desvaneciéndose casi completamente, hasta que no es más que una diminuta curvatura en sus labios.
-Muy bien.-se separa, un par de pasos, dejando luego las llaves en el suelo, sobre el parqué.
Me relamo los labios sin querer, su saliva aún presente en ellos, mientras le observo todo lo que el cuello me permite paseando a mi alrededor y perdiéndose tras mi espalda. Miro por encima del hombro, aunque el movimiento me provoca una serie de pinchazos de dolor. Y le veo de pie, plantado frente a mi colección de látigos.
Aunque no quiera, vuelvo a tragar saliva, no tan silenciosamente como me gustaría, a la vez que noto un frío sudor empezar a cubrir mi espalda, que ya con solo pensar en lo que va a experimentar empieza a estremecerse. Dejo de observarle para echarle un ojo a las llaves, pero sé que es imposible llegar a ellas: están cerca, pero no lo suficiente para que pueda cogerlas ni tan siquiera con el pie. Maldito cabrón…
-¿Sabes?, debería darte con el cinturón. Tú me has pegado con el cinturón.-vuelvo a girar la cabeza, aunque lo hago tan rápido que me mareo un poco, y le veo mirarse el muslo, ahí donde una línea roja aún visible se lo cruza. Él ve que le estoy mirando y alza la vista, sonriéndome.-Pero teniendo todos estos juguetitos, ¿cómo voy a desaprovecharlos? Además de que el cinto es muy poco elegante… - se vuelve, y tras unos minutos más en los que, en contra de mi voluntad, me voy poniendo cada vez más nervioso, termina cogiendo ese artilugio del que antes creí, ingenuo de mí, no sabía qué era.
Aprieto los labios en una mueca enfurruñada que trata de ocultar, sí, vale, lo ¡admito!, el miedo que me produce oírle y verle comportarse de esa manera tan posesiva y… brutal, porque fijo que no me perdona el puñetazo de antes, le veo muy vengativo y seguro que se recrea dejándome la espalda hecha un cuadro… pero... nunca antes nadie ha conseguido que me sienta así, tan impotente, indefenso y aterrorizado.
-Vale, vale, vale.-se acerca, el látigo de tiras ya en su mano.-Fuera silla.-moviéndose rápido, como la víbora que es, agarra de nuevo las patas del taburete y tira. Por suerte, esta vez estoy más prevenido de sus viperinas intenciones y logro ponerme en pie (aunque, vergonzosamente, me tiemblen las rodillas) antes de que me quite la puta banqueta de debajo del culo. Le miro mal, y él me responde con una inocentona sonrisa que ya no cuela.- ¿Última oportunidad para arrastrarte por mí, bombón?
Tuerzo la cabeza para mirar al frente y que en mis ojos no sea capaz de leer lo que ese 'bombón' produce en mí.
-Creí que no podía hablar.-suelto sarcásticamente.
El rubio se ríe, agitando un poco el látigo, haciéndolo chasquear levemente contra el suelo, cerca de sus desnudos pies.
-A menos que me dirija a ti, ¿recuerdas?-me pica un costado con el mango del látigo, haciéndome cosquillas con las plumas del mismo, cosquillas ante las que no puedo más que encogerme y aguantarme los espasmos.- Peeeeero, te voy a confesar algo: -se acerca, y yo me aparto un poco (lo que me permiten las esposas, vaya, que aunque ahora esté de pie, no es mucha la diferencia, puesto que el taburete era alto), pero lo ignora, sin cansarse de acariciarme con las plumas, lo que cada vez me hace más difícil controlar los escalofríos. Se pone de puntillas para poder alcanzar mi oído, el plumero volando sobre mis clavículas seductoramente.- me encanta tu voz, pecas, me ha encantado desde que me hablaste por primera vez en el club. Y no te puedes hacer una idea de lo que me muero por hacerla gritar y gemir.
Me muerdo el interior de los carrillos, negándome a mirarle y a aceptar que sus palabras me han puesto como una moto. Yo tengo mis principios de sado, ¿de acuerdo? Y no voy a dejar pisotearme por un crío que no levanta medio palmo el suelo...
Tozudo como una mula en ignorar a Dougie, no me percato de que el rubio se mueve, alejándose de mi lado y poniéndose tras de mí.
Por ello, el primer impacto de las tiras de cuero contra mi espalda me pilla completamente desprevenido, logrando arrancarme, a parte de una buena porción de piel, un sordo grito de dolor de la garganta, para mi gran vergüenza.
-No te he oído, pecas, quiero que grites más fuerteeeee.-me azuza Dougie, y aunque canturrea, aprecio en su voz el tono ronco de la pasión.
Un nuevo latigazo vuelve a crear una línea de fuego en mi espalda, esta vez desde el hombro hasta la cadera. Mis intentos de contener los aullidos completamente vanos, sobre todo después de un nuevo golpe, más fuerte si cabe que el anterior, que hace incluso que me fallen las rodillas.
Y aunque soy cabezota, aunque me niego a doblegarme, aunque me repito una y otra vez que yo soy el que debe de llevar el control y no me debo rebajar, porque eso es lo que hacen los sumisos, y yo no soy un sumiso, el olor a sudor, el sonido del látigo al chasquear, las cada vez más obscenas palabras de Dougie, las cadenas en mis muñecas, el dolor que nunca antes había sentido con tanta intensidad durante ningún juego y esa parte de mi mente que no sabía que estuviese ahí terminan por vencerme, y, al décimo latigazo, entre unas lágrimas que no sabía derramadas, suplico por lo que debe ser la primera vez en años.
-E-espera... Espera-a, D-Dougie...- tartamudeo, y me tomo la falta de impacto del cuero contra mi marcada y maltratada espalda como una concesión de permiso para hablar.- ¿Po-por qué no hacemos u-un trato?
Y la lección de hoy es: 'nunca te fíes de un pollo' (?)
¿Os ha gustado? ¿Os ha sorprendido al menos? Opiniones, por favor, que cuantas más opiniones, más rápido subiré la siguiente parte u otro capi de CoG #YoChantajista
Love ya n.n
