Disclaimer: Twilight no me pertenece y nunca lo hará, todos lo saben ya y aunque dijera lo contrario nadie me creería. El título está inspirado en una canción de Arctic Monkeys que les recomiendo escuchar durante la lectura.

Escrito para el Darkward Fanfic Contest

Dangerous Animals

By MrsValensi

Capítulo II:

It's been long enough, so let's make a mess, lioness.

Suspiré por enésima vez, aunque no lo necesitara. Aquellas clases eran mortalmente aburridas, incluso para alguien que había perdido su vida décadas atrás. Estaba acostumbrado al paso del tiempo y a su monotonía, pero estaba seguro que incluso mirar el techo hubiese sido más divertido que aquella perorata sin sentido sobre las diferentes formas de gobierno a lo largo de los años. Yo había estado presente mientras gran parte de ellas se llevaban a cabo, ¿por qué debía estar soportando aquella clase?

Una simple y asquerosa palabra: castigo.

La vida como vampiro nunca había sido un impedimento para mí. La sed de sangre tenía una rápida y sencilla cura a la que yo nunca me había rehusado. Fiel partidario de aquella frase que recita que la mejor forma de evitar una tentación es cayendo en ella, yo seguía mis instintos de forma natural. Después de décadas intentando ocultarme en las sombras y maldiciendo mi eterna existencia, había proclamado mi propia forma de vida, liberal y carente de culpa alguna. Me iría al infierno de todos modos… ¿por qué viajar asustado y con la cabeza gacha si podía hacer un viaje sin escalas hacia allí?

Sin embargo, mi plan había obviado un pequeño detalle que me había costado mi libertad, de alguna u otra forma: Los Vulturis. Aquel grupo de chiflados que aseguraban velar por la paz entre el mundo de los humanos y el de los vampiros; aunque intuía, al igual que muchas personas, que aquellos bastardos sólo utilizaban su poder para beneficios propios. Yo me había negado tiempo atrás a ingresar en su selecto ejército y me habían puesto en su lista negra desde entonces. Por supuesto, a mi menor descuido, a mi más leve falta, habían aprovechado para atacar contra mí. Sólo porque una pobre y triste humana me había visto bebiendo la sangre de su novio, amigo, o lo que diablos fuera. Gran cosa.

Por supuesto, mi severo castigo hubiese estado más relacionado con la tortura física o la esclavitud, o quien sabe qué retorcidas tareas; pero Carlisle Cullen se había ofrecido a mantenerme con él, a llevarme por el buen camino a cambio de la libertad. Él tenía una buena relación con aquella realeza vampírica y nadie había dudado de su palabra cuando había pedido la autorización para convertirse en mi guía. Algunas palabras del gran y bondadoso Carlisle habían bastado para saciar la sádica esperanza de aquellos locos por tenerme en su ejército de alguna u otra manera. De modo que, con la esperanza de cambiar mi naturaleza, había llegado al triste pueblo de Forks bajo el nombre de Edward Cullen, hijo del médico de la ciudad. Junto a mis hermanos —algunos otros vampiros que, de hecho, realmente deseaban cambiar—, yo debía asistir a aquel patético instituto y llevar una vida normal, como si de hecho fuera un humano, mi corazón latiera y mis hormonas siguieran siendo las de un adolescente revolucionado.

Aunque, de hecho, aquel último punto era un tema aparte.

Estar atrapado en un cuerpo de diecisiete años tenía claros beneficios y evidentes consecuencias. A pesar del paso del tiempo, yo seguía teniendo las mismas sensaciones dentro de mi eterno e intacto exterior y, por supuesto, los mismos deseos. A aquella irascible sed de sangre que se había fundido conmigo desde mi transformación, seguían unas cuantas prioridades relacionadas con mi propio placer y satisfacción. Yo vivía ciegamente la vida de quien no temía a la muerte, y la palabra prohibido había perdido significado para mí hacía demasiado tiempo.

Una fama de peligroso rompecorazones era la que se me había acreditado en aquella escuela, y el rumor se había extendido lenta y secretamente. Todos pensaban que yo usaba a las chicas y las botaba, que las despreciaba después de haber obtenido lo que quería de ellas. Aquello era verdad, por supuesto, aunque nadie sabía que era exactamente lo que buscaba. Ellos creían que sólo estaba interesado en acostarme con jóvenes bonitas, deslumbrándolas y desechándolas, pero aquello no era todo lo que deseaba. Yo buscaba su sangre, cálida y fresca, pura y dulce. Me jactaba de mi habilidad para meterme entre sus recuerdos y modificarlos para hacerlas olvidar, para odiarme públicamente y amarme en secreto, para tenerlas a mi merced. Hacía años había aprendido a controlarme y sabía cuándo detenerme, por lo que las muertes ya no eran un problema para mi sucio historial; podía hacer lo que quería sin levantar sospechas.

Evidentemente, meterme en aquel colegio no había sido una buena idea, pero nadie debía saberlo.

Antes del comienzo de las clases, aproveché para cambiarme las lentillas, que poco a poco se fundían bajo mis ojos. A pesar de todo, debía mantener una imagen serena, un perfil de joven que no ha roto un plato en su vida. Todo el mundo debía creer aquella parte de mí que yo deseaba mostrar, haciendo de los rumores sólo eso… tontos comentarios de jóvenes adolescentes, que susurraban a mi paso. Yo podía saberlo, por supuesto, porque tenía un oído cien veces más agudo que el de aquellos idiotas que pensaban que podrían ocultar sus cuchicheos sobre mí con aquellos murmullos confidentes. Y me jactaba de aquellas pequeñas conversaciones para jugar con sus sentimientos, para tenerlos en la palma de mi mano y dominarlos como se me diera la gana.

Los humanos eran criaturas tan simples.

Sin embargo, los vampiros eran mucho más difíciles de engañar. Mis hermanos me tenían desconfianza y temía que Carlisle sospechara algo acerca de mis planes. No quería tener problemas y nuevas restricciones en mi vida, por lo que intentaba ser un poco más sutil a la hora de mi cacería. De hecho, había comenzado a emprender excursiones con mi nueva familia, para probarles que realmente estaba sujeto al cambio. Incluso había pasado algunos meses sin beber sangre humana, y mis ojos comenzaban a tornarse de un extraño color ocre que aún debía ocultar tras las pequeñas lentillas doradas. La sangre de animal era realmente desagradable, pero estaba haciendo lo posible por cumplir mi papel a la perfección.

Sin embargo, mi fuerza de voluntad cedió cuando sentí el aroma de su sangre. Todos mis sentidos se revolucionaron cuando Isabella Swan puso un pie en aquel instituto, trastocando mi autocontrol por completo.

Los rumores sobre la nueva alumna se extendieron como pólvora en el instituto y, cuando la vi en el almuerzo, cuando aspiré el olor de su sangre, supe que ella era. Recordaría un aroma como aquel, estaba seguro. Jessica Standley hablaba con ella y le decía que yo era peligroso, que no debía acercarse a mí… ¿cuántas veces había oído aquello?

Sin embargo, la situación era diferente. Yo no podía saber lo que ella pensaba sobre mí ni cuál era el efecto que esas palabras sobre mi persona tenían sobre ella. Incluso aunque fuera realmente estúpida, dudaba que su mente estuviera en blanco. ¿Sería la falta de sangre humana lo que hacía que mis habilidades comenzaran a flaquear? ¿Acaso portarme un poco bien y pretender ser un hijo obediente estaba haciendo que mis poderes fallaran… sólo con ella?

¡Dios, era tan desesperante!

—Hey, Edward, ¿estás bien?

Incluso cuando fue Emmett quien habló, todo mi grupo me observaba. Les di un rápido asentimiento y me puse de pie, echo una furia, intentando perderme en mis propios planes. Necesitaba alguna forma de llegar a Isabella Swan, sin importar cómo.

Pronto me di cuenta que hablar con ella y deslumbrarla era tan fácil como hacerlo con el resto de las muchachas de aquel instituto. Isabella Swan tenía un carácter peculiar, algo retraído, pero no había sido difícil para mí ver el claro efecto que mis palabras y mis acciones hacían sobre ella. Después de todo, no era más que otra simple humana que quedaba prendada por falsas sonrisas conquistadoras y un engañoso y cálido color de ojos.

Sin embargo, fue un inesperado incidente encontrarla en la oficina de la escuela, solicitando un cambio en su horario de clases. Yo sólo pasaba por allí para dirigirme a mi automóvil, pero su aroma pronto me había llamado la atención y revolucionado mis sentidos. Aguzando el oído, había escuchado cada porción de su conversación con la encargada de la administración y una extraña mezcla de sensaciones había comenzado a bullir dentro de mí. Sádicos impulsos recorrieron y agitaron mi cuerpo y tuve que contenerme y asegurarme de actuar calmo, imperturbable. Mas no conseguí evitarlo por completo. No había sido algo predestinado, en lo absoluto; algo dentro de mí había clamado por advertirle que no se me escaparía. Isabella Swan no podía ser la excepción a ninguna regla; yo creía fervientemente en aquello, incluso cuando su sangre me llamaba más fuerte que nada en aquel insípido mundo.

—Te siento tenso —comentó Jasper, camino a casa.

Lo fulminé con la mirada.

—Deja de usar tus estúpidas habilidades conmigo —gruñí.

—No es como si él pudiera evitarlo, ¿sabes?

Reí irónicamente. La pequeña y explosiva Alice, siempre a la defensa de su amado.

Me molestaba que mi nueva y particular familia se metiera en mis asuntos. Ellos sabían el por qué de mi llegada a Forks y de mi adición a la familia, y realmente estaban al corriente de mi deseo por que se mantuvieran al margen de todo lo relacionado conmigo. Rosalie, quien menos soportaba mi estadía en la casa, me había advertido varias veces que mis asuntos serían míos en cuanto no pusiera en riesgo la discreción y la seguridad de la familia, y yo me había encargado de prometer que así sería. Por lo tanto, debía mantener mis pequeños juegos y pasatiempos para mí mismo. Había aprendido a ser sutil y convincente, y trataba de mantener esa fachada siempre que los planes se maquinaban en mi cabeza.

Esa noche, debí hacer acopio de toda mi capacidad actoral para llevar a cabo mi cometido. Debía escabullirme sin ser visto ni oído, y aquello se volvía una tarea imposible cuando uno debía vivir en un hogar donde la gente no dormía. El significado de imposible era literal, ya que cualquier paso o doble intensión podía ser detectada en la casa con la misma facilidad con la que se sentiría un fuerte terremoto.

Por lo tanto, tan sólo quedaba una escapatoria: recurrir a la mentira.

—Iré de caza —comenté al pasar, mientras tomaba una chaqueta.

Mis compañeros de techo me miraron desde el juego de sofás. Menos Carlisle y Esme, su esposa, todos se encontraban reunidos en la sala.

—¿No has ido hace menos de una semana? —preguntó suspicazmente Rosalie.

El odio entre nosotros fluía libremente y podía notar a Jasper contraerse en su asiento, percibiendo cada gota del furioso deseo de arrancarnos la cabeza mutuamente. Ninguno de los dos tenía intención de construir una fachada de entendimiento ni de realizar algún tipo de esfuerzo por hacer que las cosas funcionaran entre nosotros. No nos soportábamos y casi podía admitir que disfrutábamos el despreciarnos el uno al otro por medio de discusiones llenas de veneno, ironía y miradas desdeñosas.

—Disculpa si no todos podemos tener el mismo autocontrol que tú —gruñí, con una retadora sonrisa.

La rubia y testaruda vampiresa parecía a punto de ponerse de pie para comenzar una disputa, pero Emmett la contuvo. De toda la familia, él era el que más me simpatizaba, si es que aquella palabra era la adecuada para definir lo que sentía. El que se mantuviera al margen de lo que yo hacía con mi vida y que realizara constantes bromas para alivianar el ambiente, hacían que él fuera el único al que no tenía intensión de agredir verbal o físicamente. De toda la familia, parecía ser quien cumplía con las condiciones que yo había impuesto desde mi llegada.

Escapé de la casa con el fuerte viento azotando los árboles y las pequeñas gotas de lluvia colisionando contra mi piel. Correr bajo el agua era una sensación agradable, ya que el bosque olía particularmente bien y las carreteras estaban más desiertas de lo habitual, lo que facilitaba mi desplazamiento. Ningún rincón de aquel pequeño pueblo era desconocido para mí, ya que me había encargado de memorizar y recorrer cada uno de los recovecos que me permitirían tener el dominio de la situación, fuera cual fuera el momento. Por supuesto, la casa de Isabella no estaba fuera de mi radar de conocimiento.

El hogar de los Swan era tan vulnerable como cualquier otro del pueblo de Forks. Rodeado de la verde y aterradora privacidad del bosque, la pequeña casa se erguía inocentemente entre ramas y caminos irregulares. La gran camioneta que la muchacha manejaba se encontraba aparcada delante de la puerta principal, y sonreí al ver que mi predicción se había cumplido y que el jefe de policía aún no se encontraba en casa. Me había entretenido lo suficiente por el camino como para dejar la evidencia necesaria para que la preocupación del pueblo por los ataques animales subiera considerablemente. Había sido un pequeño tentempié, esperando por el plato principal que me esperaba detrás de aquella mundana puerta.

La entrada no fue difícil y pude disfrutar de su intenso aroma en el segundo en el que pisé la casa. El olor dulce de su sangre se entremezclaba agradablemente con algún tipo de shampoo de fresa y, a medida que iba avanzando sigilosamente, mi cordura iba desapareciendo bajo mis zapatos. Deseaba cada parte de ella.

Isabella se asustó, como era lógico, y pude escuchar su corazón latir con fuerza mientras intentaba articular alguna palabra coherente. Mis evasiones eran simples e inteligentes; no tenía demasiado sentido dar explicaciones cuando todo se limitaría a aquella noche. La dominación era más fácil que la persuasión, por lo que decidí dejar las palabras de lado y actuar certeramente.

Los labios de Isabella sabían magníficamente bien. De hecho, podía apostar que cada parte de ella lo hacía y decidí comprobarlo por mis propios medios. Ella era una simple víctima vulnerable, puesta a mi merced; se limitaba a seguir mis pasos, a pedir más de algo que nunca podía obtener. Ella era un blanco fácil y yo tenía mis limitaciones. Divertirme estaba bien, pero no tenía pensado matarla. No deseaba más problemas de los que ya tenía.

La deposité suavemente sobre la cama y me dediqué a mi labor. Ella era tan pálida y parecía tan frágil, que temía que cualquier movimiento de mi parte acabara con su vida. Me deleité cuidadosamente con el tacto de su piel, haciéndola clamar por más; era gratificante escuchar sus pedidos a media voz, casi adictivo. Había algo en cada detalle de ella que me atraía peligrosamente; beber su sangre ya no era un deseo, sino que se había convertido en una necesidad.

Cuando mis colmillos atravesaron la delicada piel de su cuello, una sacudida de excitación se apropió de mi cuerpo, enviando placenteras descargas a cada rincón de mi anatomía. Su sangre sabía exquisitamente bien y el aroma fresco que desprendía su cuerpo sólo hacía a la bebida más apetitosa. Era una de las cosas más deliciosas que había probado en mi vida, y tuve la necesidad de hacérselo saber, totalmente extasiado.

Ella no me recordaría como otra cosa que el extraño Edward Cullen, pero a mí me costaría bastante olvidarme de ella.

Sin dejar ni una mínima huella de mi pequeño desliz, me escapé por la ventana y caminé por los alrededores con la tranquilidad de quien ha aprendido a lidiar con el tiempo y el infinito movimiento de las manecillas del reloj. Busqué el par de lentillas que descansaban dentro de mi bolsillo derecho, jugueteando con la pequeña cajita mientras evitaba los árboles sumido en mis pensamientos. Aún estaba inusualmente perdido entre aquel mar rojo que mis labios habían degustado con un hambre voraz.

La llegada a casa fue seguida de la perspicacia habitual, pero nadie tenía la habilidad de leer las mentes y saber que era lo que en verdad pasaba por mi cabeza. Mi relajación dejó a Jasper satisfecho, al igual que al resto de la familia, y tuve la libertad de subir a mi habitación sin se presa de miradas acusatorias o conversaciones innecesarias.

Ir a la escuela no me había ninguna gracia, pero de alguna forma retorcida y con poco sentido, deseaba observar a Isabella. Era un poco masoquista, lo sabía, pero su aroma me traía agradables recuerdos sobre su sangre; si bien no podía tomarla, apreciarla era un pequeño consuelo. No me conformaría con ello, por supuesto, pero de momento era lo mejor que podía obtener. Tenía una familia a la que engañar y debía comportarme si quería seguir disfrutando de mis beneficios.

Fue otro comienzo arbitrario de un eterno día como cualquier otro, con los cientos de estudiantes suponiendo una ciega tentación a la que me veía sometido. Sin embargo, mi interés se encontraba totalmente enfocado en otro sitio, en otra persona. Es difícil obligar a alguien a consumir un vino barato cuando ya ha probado uno del que no vale la pena desperdiciar ni una sola gota. Eran los problemas de un gusto refinado o quizás sólo producto de mi monótona vida, que me hacía buscar constantemente pequeñas distracciones y nuevos desafíos.

Sin embargo, Isabella no apareció aquel día. Ni ese, ni los siguientes.

La labor de meterme en la mente de los adolescentes me desagradaba profundamente, pero recurrí a ello para enterarme cuál era el motivo de la ausencia de mi última presa. Aparentemente, ella se encontraba con gripe en su hogar, descansando bajo consejo del médico. Por supuesto, yo tenía un buen lugar donde confirmar los datos y sabía que Isabella Swan no había ingresado al hospital ni realizado ninguna llamada. Yo podía saberlo todo y, si no lo conseguía indirectamente, lo averiguaría por mano propia.

No podía huir de casa, ya que aquel nuevo aquelarre al que pertenecía me vigilaba día y noche. Ante todo, me había prometido a mi mismo que jugaría inteligentemente y no permitiría que todo mi esfuerzo se fuera al demonio por tan sólo una simple humana.

Fueron largo y tortuosos días los que tuve que esperar. Finalmente, una semana después del pequeño incidente entre nosotros, Isabella volvió a hacer acto de presencia en el instituto. Lo supe por los sucios pensamientos de aquel bastardo de Newton. Era desagradable.

Asistí a las clases de forma regular, con el desgano habitual y con una obvia falta de concentración. Aquello que aquel pobre imbécil repetía día tras día frente a nosotros se encontraba en mi memoria fresco, su tono de voz casi imperturbable. De alguna forma, recordar las cosas me parecía una tarea extremadamente fácil y aburrida. Simple, como todos los que se encontraban a mi alrededor. En ese momento sólo me interesaba una cosa, y estaba a varios salones de distancia.

Estaba haciendo garabatos irregulares sobre mi hoja, cuando sentí el aroma de Isabella llegar hasta mí. Tuve que resistir el impulso de presionar mis manos sobre la silla y romper la madera en pedazos; simplemente contuve toda aquella ponzoña reunida en mi boca de un golpe y contuve la respiración, mientras una pequeña sonrisa aparecía en mis labios.

Oh, de acuerdo, me divertiría un rato con el papel de acosador.

Mi salida de la clase no afectó a nadie, ya que no era justamente el chico problema que reprueba usualmente. Era un buen actor y sabía cómo desarrollar mi papel. El permiso para salir me fue concedido con la misma facilidad con la que yo aprobaba los exámenes de aquella asignatura. Fue una agradable sorpresa seguir el rastro de Isabella y descubrir que se dirigía hacia los servicios. Mi caminar era tan sigiloso como el de un felino listo para la caza, y ni ella ni nadie hubiesen podido percibir mi andar. El alumnado se encontraba en los salones y yo tenía a aquella muchacha totalmente a mi disposición. La realidad era que estaba arriesgando muchas cosas en aquellos actos imprudentes, pero los instintos eran más fuertes que cualquier pensamiento lógico dentro de mi cabeza. Su sangre clamaba por mí, su cuerpo era una silenciosa invitación a posar mis manos en él… Isabella Swan era mi perdición. Y yo no era del tipo de personas que se resistían a las tentaciones.

Empujé la puerta del baño y carraspeé para llamar su atención. Su pulso voló al instante y no se normalizó en lo absoluto al verme por el espejo. Ella se quedó allí, de piedra, para luego voltear en un movimiento torpe y asquerosamente lento para alguien como yo. Su rostro se tornó rojo, tan adorable e incitante como nada que hubiese visto antes. Nuevamente tenía esa sensación de querer todo de ella, justo en aquel momento.

—Tú… aléjate… de mí —pidió, en un susurro cargado de desconfianza.

Avancé, disfrutando inmensamente de aquel juego. Aquella joven parecía un atemorizado cordero, y me encantaba tener ese efecto en ella. Sin embargo, lo que sucedía me parecía un poco anormal. De todas las diferentes reacciones que mi aspecto y los rumores sobre mí habían tenido sobre las jóvenes, aquella era una de las más extrañas. Ella chocó contra la pared del baño y la sentí temblorosa, manejable. Sin embargo, su mente seguía tan vacía como el primer día. Nada.

—¿Qué sucede, Isabella? —pregunté, deteniendo mi mirada en sus labios—. ¿No quieres divertirte un rato?

—Yo… tú… no…

Reí sigilosamente ante su vacilación, y pude ver la impotencia filtrarse por la máscara de miedo que lucía su rostro contraído. Intentó pegarse más a la pared, como si eso fuera algo posible, y yo simplemente seguí acorralándola. Tan accesible, tan simple, tan mía…

—¿Qué sucede? —pregunté, justo frente a sus ojos, que brillaban con intensidad. Eran de un marrón chocolate, destellantes tras el miedo.

—Yo… tú eres…

Sorprendido, la observé con incredulidad. Aspiré su dulce aroma una última vez, con cada una de mis extremidades adquiriendo voluntad propia. Toda aquella situación, que no cuadraba en lo absoluto para mí, me dejó soltar tan sólo una simple y seca palabra, mientras contenía mi respiración:

—Dilo.

Compartimos un desesperante silencio, que duró largos segundos, quizás minutos.

—Un vampiro.

Con el sed bloqueando cualquier signo de sorpresa, al sentir su respiración sobre mi rostro, a arrastré hasta uno de los cubículos, en un movimiento demasiado rápido para ella. Acerqué mi boca a su cuello y jugué un poco con sus nervios, intentando canalizar los míos propios; su errático corazón modificaba su ritmo a una velocidad increíble. Pasé suavemente mi lengua por su piel y la sentí estremecerse, lo que generó en mí un impulso de presionarla más contra mi cuerpo, de no dejarla escapar. Aquello era realmente algo metafórico, ya que no hubiese podido huir de allí ni aunque se lo hubiese propuesto. Podría alcanzarla en cuestión de segundos, reducirla a mi voluntad, matarla incluso; Isabella Swan estaba en la palma de mi mano. Justo como la quería.

Sin embargo, me costaba creer que yo pudiera tener la misma dependencia hacia ella, sobre todo en el momento en que ella había asegurado que conocía mi secreto. Podía matarla, podía dejar escombros de lo que ella era; pero no estaba seguro de ser capaz de hacerlo. No cuando su sangre sabía tan bien, cuando su corazón latía tan melodiosamente veloz, cuando sus aroma era tan suave e intoxicante…

Isabella era como una droga, y yo no podía confirmarme con un poco.

Yo deseaba cada centímetro de ella, y no estaba seguro si aquel deseo se reducía tan sólo a mis instintos animales.

Hola. Ya saben que lo prometido es deuda y que siempre es mejor tarde que nunca, así que acá me tienen. ¿Qué les pareció el punto de vista de Edward? Les cuento que la idea es apegarme a la versión original de la historia, pero haciéndola un poco más oscura dentro del mismo contexto y jugando con las personalidades y situaciones que ya conocemos. Haré seguramente un capítulo o dos más, pero la idea era básicamente esa: un comienzo alternativo para Crepúsculo.

Me demoraré algunos días más en actualizar No es tan fácil ser niñera. Se lo comentaba a una de las chicas el otro día, y se lo comento a todas ahora: es una historia muy vieja, de "otra época de mi vida" si se quiere, y me cuesta mucho encontrar un equilibrio entre lo que escribía antes y lo que escribo ahora. Muchas veces se me hace soso lo que escribo o demasiado cursi (creo que lo habrán notado en mis comentarios al final de los capítulos), pero la estoy continuando porque sé que a nadie le agradaría que interrumpan lo que están leyendo. Por eso les pido paciencia, porque no es nada fácil.

En fin, ya volveré pronto por acá también. La paciencia es una virtud cuando se habla de mí, y les agradezco a todos por la espera y los comentarios tan bonitos que dejan. ¡En serio!

Nos leemos pronto.

MrsV.