Aquí tenéis el segundo capítulo, titulado "Prisionero" en alemán. Tengo calculado que para lo que queda de historia necesitaré dos capítulos más, ya que uno sólo me sería insuficiente (no es una relación que avance muy rápido...).

Por otro lado, ya que las últimas páginas del capítulo 546 fueron algo inesperadas y en este fic aún falta un poco para el inicio de la guerra, se podría considerar la historia como una "trama alternativa" o algo parecido, ya no sólo a las intenciones de Uryuu, sino al ritmo al que todo ocurre. Obviamente, ¡sin ninguna intención de compararlo con la trama del manga! Bleach y sus personajes le pertenecen a Tite Kubo.

Muchísimas gracias a todos los que dejaron reviews (exactamente nueve reviews... ¡Buen número para empezar!). Espero que los que leéis este fic disfruteis del segundo capítulo tanto o más que con el primero.


Gefangener

No hay luz que escape a las sombras.

Toda luz tiene sombras. Pero las sombras no crean la luz ni se deben a ella. Las sombras existen desde antes que la luz, porque donde no hay nada, no hay luz. Sólo hay sombras. Y cuando hay lugares sin luz, no hay lugares sin sombras. Las sombras son los barrotes de la prisión de la luz. Porque al fin y al cabo, tan cerca de nosotros, bajo nuestros pies… Esas sombras se pueden alzar en una eterna oscuridad.

Todo tiene una sombra. Y las sombras lo tienen todo.

El Emperador observaba las tinieblas congeladas en el hielo de ese castillo. Pronto todo acabaría, o tal vez empezaría. El fin y el principio no son tan diferentes al fin y al cabo, como morir y nacer.

Se atraen como polos opuestos. Se repelen como gotas de lluvia.

Gotas de lluvia helada en las sombras. Atrapada en la oscuridad. En su oscuridad.

– Así que aviones de papel…

El frío que emanaba de las paredes parecía querer competir con el de su corazón. Y las sombras que acompañaban a ese frío parecían dibujar un avión de papel en la nada.

Sus labios se curvaron en una sonrisa. Y como si respondieran a la voluntad de su Emperador, a esa sonrisa… Esas sombras se desvanecieron en la misma oscuridad de la que provenían.

"¿Cómo esconderlo?"

La Stern Ritter E se encontraba bajando las interminables escaleras una vez más. Temprano como siempre, incluso más que normalmente, descendía hasta las mazmorras cargada con un pequeño bloc de notas de donde arrancar hojas para crear aviones de guerra con palabras como munición. Pero por supuesto, no había ninguna guerra que librar, al menos con esos aviones.

Ya hacía más de una semana que repetía esa rutina. Creía recordar que ese era ya el noveno día que hablaba con el Quincy. Al principio las conversaciones eran cortas y secas, cargadas de ironía, al menos por su parte. Sin embargo, y aunque la ironía nunca desaparecería de sus papeles ni aunque los perdiera, había empezado a desvanecerse la desconfianza abismal en la que nunca se podía escribir nada sobre uno mismo. Al menos, el joven prisionero parecía un poco más abierto. Quizá sólo unos escasos milímetros, pero ya era más que una puerta totalmente cerrada con llave, con cinco candados y un armario delante.

Por ejemplo, hacía apenas dos días, el Quincy le había preguntado si ese era el lugar más frío del castillo, a lo que Bambietta había respondido que seguramente. Y, con un tono algo burlesco, le había preguntado si quería un par de agujas y lana para tejerse una manta. Lo que no se había esperado era que la respuesta de Uryuu fuera decir que no le iría nada mal, pues sabía coser. La Stern Ritter no había podido evitar reírse un poco sólo de imaginarse al chico en su mundo, cosiendo tan tranquilo y con expresión serena y concentrada, mientras hombres musculosos, vulgares y sudorosos parloteaban sobre deporte o cualquier tontería de la que pudieran charlotear.

Dudaba poder quitarse esa imagen de la cabeza. Quizá debería considerar la idea de cambiar lo de 'Prinz von Lichts' por 'Prinz von Kleider'. Es decir, 'Príncipe de la ropa'. Sí, ¿por qué no? Podía llamarlo de esa manera la próxima vez. De hecho, nunca se llamaban por el nombre; ella siempre usaba Prinz como si fuera su nombre, porque simplemente le gustaba más que Uryuu Ishida. Y él… Quizá ni siquiera sabía su nombre aún. Bambietta no recordaba habérselo dicho. Y dado que el Quincy no lo había preguntado, tampoco tenía por qué decírselo.

No había podido llevarle nada para que tejiera algo que le sirviera de cobijo, pues sería un riesgo para él que alguien se fijara en ello. Lo único que podía hacer era hablar con él durante un rato, a veces más, a veces menos. Algún día le había pasado por la cabeza poder ayudarlo un poco, al menos a no congelarse.

La pregunta era… ¿Por qué debería ella querer ayudarlo? Era un prisionero que había querido traicionar a Su Majestad. Al que ella había hablado por primera vez sólo por distracción. Así que no era normal que pensara en la posibilidad de intentar serle de ayuda con el frío.

O quizá sí que era normal, al fin y al cabo no quería quedarse sin entretenimiento por el momento. Debía ser eso.

Al poner un pie sobre el pasillo ya iba escribiendo la primera nota que le enviaría al joven Ishida. No se fijó demasiado, pero le dio la sensación de que ese lugar en concreto estaba menos iluminado que otras veces. Pero era algo estúpido, no había iluminación de más ni de menos. Estaba todo igual que siempre… Sólo que le parecía más sombrío. Quizá era su imaginación. Decidió no darle más importancia que la que no tenía e ignorar ese pequeño detalle.

"Ve y vuela."

Uryuu esperaba, sentado en esa blanca eternidad donde el cercano negro se despedía de él delante de sus ojos. Esperaba, dormido, sin prestar atención a ese negro. Esperaba a ver al pequeño pájaro de hielo y a que le saludara con una sonrisa de palabras irónicas que no podía escuchar.

Sentía que también su voz se había apagado para siempre, como si sus cuerdas vocales fueran las de un violín roto, como el hilo cortado entre dos agujas demasiado puntiagudas. Demasiado afiladas. La última vez que se había susurrado algo a sí mismo había sido hacía… ¿Nueve días? Sí, eso creía recordar. Se había dicho que era una tontería pensar que la Stern Ritter E no lo estaba amenazando con sus mensajes… Y todavía no tenía claro si lo era, o si realmente esa tontería se trataba de algo real.

Esa vez, casi no había podido ni escuchar su propia voz. Pero, hablar con alguien… Llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie. ¿Tanto tiempo? ¿Cuánto tiempo había pasado en realidad? No lo sabía, pero le parecía una eternidad como el blanco helado a su alrededor que poco a poco lo congelaría a él también.

Quizá algún día podría hablar con la Stern Ritter cara a cara, sin una pared que los separara como si de un abismo se tratara. Sin nadie que pudiera escucharlos. Quizá algún día sería libre.

– Qué tontería –susurró en sus sueños con los ojos cerrados. Sin embargo, su voz se perdió y no llegó a oírla. Como el negro entre el hielo. Como la luz en las sombras. Sombras blancas.

Suspiró, pero el aire no escapó de sus labios. Tampoco restó atrapado en sus pulmones. ¿Aire? ¿Qué aire? Allí sólo existía una clara oscuridad, una sombría luz que no lo dejaría huir.

Un zumbido en su oreja le hizo abrir los ojos; y ahí lo vio, ese pájaro de hielo batiendo unas alas de papel con una nota en su pico de sonrisa vacía. Sin ni siquiera darse cuenta, él también sonrió… Como si hubiera alguna esperanza para él.

"Ve y vuela. Ve y vuela."

Bambietta esperaba de pie al otro lado de los barrotes. Parecía que cada día adelantaba un poco su despertar para poder ir a hablar con él, a distraerse, por lo que normalmente el prisionero todavía estaba inmerso en sus sueños. Se preguntó qué debía soñar. Quizá sería una buena idea sacar ese tema, si no había ningún otro del que hablar. Tenía cierta curiosidad.

Pasados unos segundos que con duras penas alcanzaban el minuto y medio, recibió la respuesta a su primera nota. Ella lo había saludado mencionando que hoy era el noveno día que hablaban y, como esperaba, el joven no se mostraba demasiado emocionado. ¡Pero sabía que lo estaba! Al menos, quizás.

"Buenos días, E. ¿Ya hace nueve días? A decir verdad ya no me fijo demasiado en el paso del tiempo."

Bambietta suspiró. Ese chico nunca sacaba un tema sobre el qué hablar, ya se había fijado en eso. ¡Siempre debía ser ella la que empezara! Decidió usar la idea que había tenido hacía apenas unos segundos.

"Bien podrías contar los días con los sueños que tienes. Cada sueño diferente es un día. ¿O acaso no sueñas nada? ¡Eso debería ser muy aburrido incluso para ti!"

Uryuu releyó un par de veces esa nota. ¿Contar los días con los sueños? Sí, eso es lo que habría hecho si los sueños tuvieran algo especial. Aunque, de hecho, desde que empezó a hablar con ella, el ave que anunciaba la llegada de los aviones había hecho cambiar un poco esos sueños. Así, al menos tenía un poco de compañía, tanto mientras dormía como por las mañanas. Pero…

"Mis sueños son siempre lo mismo; negro siendo ahogado por blanco. No hay nada diferente en ellos, así que no me sirve de nada."

No mencionaría nada sobre el pájaro. ¿Por qué debería? Sus sueños no eran la incumbencia de los otros, y menos ese detalle que podría dar a entender que él le daba importancia a esas notas. Qué tontería. ¿Por qué se la daría? Era sólo un entretenimiento…

Sí… Era sólo eso. Nada más… Sólo algo que por unos momentos le hacía olvidar el frío.

Se golpeó mentalmente. Se había quedado con la punta del bolígrafo tocando el papel y creando así una pequeña mancha redonda que lo traspasaba. ¿En qué demonios estaba pensando? Al contrario que él, ella no tenía todo el día. Sin demorarse más, lanzó el avión fuera de la celda.

Pero, ¿por qué tanta prisa? ¿Por qué quería apurar ese momento de distracción? ¿Acaso le agradecía en parte esa interesada compañía que sólo quería acabar con el aburrimiento durante un rato?

Uryuu se repitió que eso era una tontería y decidió no pensar más en eso. Si realmente era necesario reflexionar sobre algo, tendría todo el día para eso.

Lo que sí que empezaba a preocuparlo un poco era… ¿Cuántos días más tendría? No le temía a la muerte, eso era obvio. Ya se había mentalizado para aceptarla, y no pensaba en sobrevivir. Pero… Esa guerra predestinada, ese futuro ensangrentado… ¿Cuándo se convertiría en el presente?

Una parte de él le pedía no pensar en ello. ¿Para qué pensar en el futuro? ¿No era mejor concentrarse en el presente? Sin embargo… ¿En qué presente debía concentrarse? Lo único a lo que daba importancia en ese momento, en ese lugar tan lejos de unos antiguos amigos a los que ya nunca vería, eran esos aviones de papel…

Oh, otra vez. El Ishida volvió a golpearse mentalmente. ¿Por qué todo acababa en un pensamiento sobre esos aviones? Pensaba sobre su antigua vida, pensaba en los momentos pasados junto a sus seres queridos… Pero, cuando pensaba en el presente que él estaba viviendo, solo y encerrado, lo primero que visualizaba eran los aviones que a pájaros se parecían.

Cogió al vuelo la siguiente nota mientras aislaba su mente de todo pensamiento que no fuera leerla y olvidarse del frío.

"¿Sueños en blanco y negro? ¿En qué tiempos crees que vivimos, Prinz? ¿En la Revolución Industrial? Vaya, ¡realmente has perdido la noción del tiempo!"

Bambietta pensó que soñar siempre lo mismo debía resultar tan o más aburrido que no soñar nada. Además, ¿algo así como un yin yang distorsionado donde el blanco gana al negro? Oh, vamos, los dos sabían que eso era demasiado irreal. No existe algo como el bien o el mal, nada los hace diferentes. ¡Y la luz no puede vencer a las sombras! Pero, visto de otra forma… El blanco era el color de la muerte, el negro el de la vida. Eso decían los humanos, ¿no? O al menos parte de ellos. Esos tipos nunca se ponían de acuerdo en nada.

Nunca se había parado a pensar en ese juego de colores. En muchos sitios decían que el mal era el color de la muerte y el blanco el de la vida, pero en otros sitios los cambiaban. De ese modo, ¿la oscuridad era del color de la vida y la luz del color de la muerte? Bueno, no sonaba tan descabellado. No cuando pronto el mundo volvería a ser propiedad de las sombras, las legítimas gobernadoras de la vida.

Sabiendo esto, en los sueños del prisionero… ¿La luz acababa con las sombras, o la muerte con la vida? ¿Qué era lo que soñaba?

Bambietta meditó sobre eso durante unos segundos, mientras el Quincy escribía la respuesta en su celda. ¡Malditas filosofadas abstractas y metafóricas de los sueños! Ellos y los colores no podían tener significados más sencillos, ¡no! Claro que no. Todo bien difícil y con centenares de interpretaciones. ¿Encontraban eso divertido?

¡Pues para ella no lo era! Era aburrido y sin sentido. Las sombras son negras, su ropa es blanca y la sangre que derraman es roja. ¡Punto! ¿Qué más se necesita saber?

"El blanco, el negro y el azul son los únicos colores de aquí. Creo que, por desgracia, mis sueños no distan mucho de la realidad. ¿Qué hay de los tuyos, E?"

Al leer la respuesta, Bambietta pensó durante unos segundos. Nunca solía prestarle atención a sus sueños. Muchas veces, ni siquiera los recordaba. De hecho, los suyos tampoco tenían demasiado sentido ni eran extremadamente originales. Pero, al contrario que la escala monocromática de colores que el chico veía delante de sus gafas, ella sólo veía dos colores: el blanco manchado de rojo.

"Oh, los míos son un poco más entretenidos. ¿No te los puedes imaginar? ¡Mi ropa y estas paredes llenas de charcos de sangre! De otros, obviamente. Tanto enemigos como aliados. ¡Y alguna vez también puedo ver los cadáveres de los Shinigamis! Es como estar en la guerra por adelantado.

Para qué mentir, tengo ganas de que empiece. ¿Quieres que te vaya informando de la batalla? Tampoco podrás hacer mucho aún si te enteras, así que cosas como 'el perro rarito ha pasado a mejor vida' o 'la fresa ya está enterrada en el hielo' no cambiarán nada. ¡Pero al menos lo sabrás!"

Aunque hay quien dice que los ignorantes son más felices…"

A Uryuu no le sorprendió la primera parte de la respuesta. De hecho, ya se esperaba algo así al escribir la pregunta. Lo que le resultó inesperado fue el segundo párrafo. Sabiendo que ella era parte de unos enemigos a los que había tratado de engañar por sus aliados, no había imaginado esa oferta. Dudaba que la joven tuviera el poder de leer las mentes, pero sin embargo le resultaba favorable que no hubiera tenido que ser él quien pidiera tal favor. Porque, al fin y al cabo, de alguna manera u otra, haría mención a la guerra y la intentaría convencer para que le mantuviera informado.

Pero antes de contestar se fijó en la última frase, la cual iba acompañada de una carita sonriente al lado de los puntos suspensivos. No era nada falso, había gente que pensaba así. Y, en cierta manera, ¿acaso podía negar que tuvieran razón? Así era la realidad, porque aquellos que la ignoran, tienen sin duda menos preocupaciones y más felicidad. La Stern Ritter estaba en lo cierto, él ya no podía hacer nada en esa guerra. Si sus amigos fallecían, lo único que podría hacer sería leer las notas de la Quincy una y otra vez, pidiendo que fueran mentira. Que siguieran vivos.

Sin embargo… ¿Qué felicidad conseguiría siendo ignorante? ¿Creer, en la cautividad y el aislamiento, que aquellos que siempre habían estado con él serían capaces de derrotar al Emperador?

Sabía que había la posibilidad de que la Stern Ritter le mintiera en ese aspecto. No pasaba por alto que tal vez, y sólo para verlo sufrir, le dijera que todos sus amigos habían muerto cuando en realidad seguían con vida. Y también sabía que, mintiera o no, todos sus comentarios al respecto serían alegres. Eran sus enemigos, al fin y al cabo. No sería de extrañar.

Uryuu entrecerró los ojos detrás de unos cristales que apenas le protegían las pupilas del frío. Parte de las gafas estaba rota, pero no le prestaba atención a la grieta que surcaba un trozo de cristal como si la tierra se separara. Aunque tampoco había nada en concreto que quisiera ver, más allá de las letras de esos aviones.

¿Qué importaban las posibilidades? La guerra no se vale de estadística. Aun si podía mentirle, si había una pequeña esperanza de que no lo hiciera, se aferraría a ella.

"La ignorancia no serviría de nada. Al menos, si sigo vivo llegado el momento, agradecería saber la situación de la guerra. Si es posible, sin engaños; puesto que tú misma has dicho que no puedo hacer nada, sería inútil darme nombres falsos de aquellos que han muerto.

De todos modos, ni siquiera sé cuál es el tuyo, Stern Ritter E."

Bambietta sonrió de forma algo pícara. Sería divertido ver, o mejor dicho, leer las reacciones del chaval al saber cómo sus antiguos amigos caían como moscas. No necesitaba engañarlo para eso. Ambos sabían que nada los salvaría de la muerte.

Y, mira, ya le había preguntado el nombre. ¿Debería decírselo? Quizá decidía mantener el suspense un poco más y se lo decía la próxima vez, firmando la primera nota del día… Aunque, siendo ese el noveno día, tampoco estaría mal darse a conocer en aquél momento. Apoyando el papel en la pared, la Stern Ritter escribió la respuesta.

"Entonces tendrás noticias cuando llegue el momento. ¡Será divertido!

Es un honor, ¿no crees, Uryuu Ishida? Que Bambietta Basterbine te pase información ilegalmente no es algo que se vea (o lea) todos los días."

Retrocedió un paso para que el avión pudiera alcanzar su objetivo sin problemas y lo lanzó al aire. Con un brillo de interés, Bambietta observó la imagen que se desplegaba ante sus ojos: el papel con sus palabras grabadas con tinta a punto de entrar en la habitación del prisionero.

Tenía cierto aire de inocencia, esa imagen; la imagen de un juego de niños cruzando los barrotes de la prisión…

Estaba pintada con los colores monocromáticos de una inocencia quebrantada. Era como si las paredes de hielo fueran lágrimas congeladas, lágrimas que nunca salieron de los ojos de nadie. Que se perdieron en las almas de los niños que jugaban a ese entrañable juego convertido en la única vida que uno de ellos tenía.

Pero no había ningún niño allí, y la infancia quedaba demasiado lejos como para encogerles el corazón a los jugadores. Al menos, a ella. Le parecía una tontería sólo de pensar en esa posibilidad.

Sin embargo, ese falso rastro de inocencia en la guerra se deshizo ante sus pupilas como un simple reflejo en el agua. Como una mera ilusión en un espejo roto.

Por un segundo, sin poder a entender lo que había pasado, se sintió como si una canción terminara abruptamente sin que el cantante pudiera acabar de decir la última frase. Era una sensación de insatisfacción, de que algo faltaba, de que había un vacío sin llenar y de que el instrumento que debería acabarlo estaba roto y el cantante retirado. ¿Frustración, quizás?

– Bambietta, hace tiempo que no somos niños.

La calma en la voz que resonó desde la otra punta del pasillo no ocultaba el significado en parte autoritario que tenían sus palabras. La mencionada reconoció al portador de esa voz sin ni siquiera necesidad de mirarlo. Porque, en vez de mirarlo a él, sus ojos seguían clavados en la pequeña ventana por la que el avión de papel había estado a punto de pasar… Antes de ser reducido a menos que cenizas por una flecha del color de sus llamas. Del color del cielo que pronto oscurecería. Del color del hielo.

Frunció el ceño con algo de rabia mezclada con impotencia. ¿Qué hacía él en ese lugar? No esperaba encontrarlo a allí, ni que él fuera a encontrarla a ella en ese momento. Podía ser precavida con los guardias, pero como siempre, ese hombre debía ser una excepción. ¡Maldición! Ahora no había solución alguna. Pensó en usar el Hirenkyaku y salir de allí para hacer como si nada hubiera pasado, pero dudaba que eso le sirviera. Era una lástima que no hubiera podido ser un simple soldado raso o cualquier guardia al que no habría tenido problema alguno con matar.

Suspiró con pesadez, un suspiro sonoro.

– Haschwald –la joven Stern Ritter enfocó por fin su vista hacia su derecha, por donde se acercaba la persona que, desde la base de las escaleras, había interceptado y destruido su nota. El rubio estaba ahora a mitad del pasillo y caminaba hacia ella con pasos constantes, sin demasiada prisa, pero tampoco con pereza– ¿Qué se supone que haces aquí?

Era una pregunta sin sentido. Porque, en esa situación, ya se imaginaba que el Stern Ritter B le respondería con la misma pregunta. Pero debía intentarlo, ¿o no?

– Eso es algo que debería preguntar yo, no tú –bingo. Bambietta puso los ojos en blanco y sonrió con ironía, sin responder. Su compañero se detuvo cuando estuvo a apenas unos pasos de ella–. Sólo los guardias y Su Majestad tienen acceso a las mazmorras, a no ser que él mismo le conceda el permiso a alguien en concreto y por una razón específica. Y en cualquier instancia, dudo que se te haya concedido esa autorización. Ni mucho menos –sus profundos ojos se clavaron primero en la muchacha y después en los barrotes que filtraban la luz en la oscuridad– para hablar con Uryuu Ishida usando aviones de papel.

La más joven soltó una pequeña risa entre dientes, quizá en una burla arrogante, quizá en un acto defensivo para mantener la autoestima. Haschwald ni se inmutó.

– Vaya, hablas como si tuviéramos una dramática y trágica relación secreta y amorosa –dijo sonriendo, poniendo énfasis sarcástico en la última palabra–. ¿Qué crees? ¿¡Que le estoy revelando los planes del Vandenreich o algo así? ¡Si tampoco podría hacer nada! Sólo quiero reírme un rato, no veo ningún crimen en eso.

– Es intrascendente si lo que quieres es sólo pasar el rato, burlarte o realmente tienes interés en este hombre… –empezó a decir Haschwald, pero fue interrumpido antes de poder continuar.

– No, si todavía se expandirá el rumor de que la Stern Ritter E se ha enamorado del prisionero más importante, el último Quincy superviviente, el apuesto Príncipe de la Luz… –susurró con voz cargada de ironía, imaginándose a gente como Meninas o Nanana chismeando e intercambiando opiniones de ese amor– Qué tontería más grande, por Dios.

– Lo que es importante es que, simplemente, no puedes ni debes hablar con ningún prisionero, ni siquiera bajar hasta este pasillo –prosiguió el Stern Ritter B sin ni siquiera molestarse en contestar los murmurios de la chica–. Es imposible que ignores esa norma, así que ya deberías saber el peligro que comporta.

Claro que lo sabía. De hecho, estaba segura de que si en lugar de ella se hubiera tratado de cualquier soldado raso, la flecha del rubio no habría ido dirigida hacia el avión, sino hacia su cabeza. Seguramente, a falta de tan poco para la guerra, no iban a acabar con su vida, pero quizá si alguien la encontraba en la misma situación una segunda vez la trayectoria de la flecha cambiaría unos cuantos grados.

– Bueno, entonces dime, ¿por qué estás tú aquí? –preguntó la Quincy– Veo que no llevas comida así que supongo que no eres el camarero del Prinz. ¿Sólo me espiabas o es que también mantienes una relación secreta de amor prohibido con él? –añadió con una sonrisa socarrona.

– Estoy aquí por orden de Su Majestad –contestó el otro con serenidad, sin caer en la provocación de Bambietta–. ¿Realmente crees que puedes ocultarle tu reiatsu?

A la joven se le borró la sonrisa del rostro al oír esa respuesta. Siempre que iba durante ese rato a las mazmorras, se aseguraba de aminorar la presencia de su reiatsu por si alguien estaba ya despierto. ¡Pero había sido descuidada! No se había imaginado que llamaría la atención del Emperador.

Podía tratar de desobedecer a Hascwald, ¿pero a Jwach? La respuesta era clara: no.

– Entonces, ¿estás diciendo que Su Majestad te envió aquí para que tú mismo me dieras este sermón como aviso a que la próxima vez voy a correr la misma suerte que ese papel? – Bambietta observó su propio reflejo en los ojos impasibles del rubio. Más que una pregunta, quería confirmar si estaba en lo correcto.

– Así es –dijo Haschwald, agudizando su mirada–. De hecho, ayer sólo me dijo que solía haber alguien en las mazmorras cada mañana desde hacía más de una semana, para que hoy viniera a detener a la persona en cuestión. No me dio ningún nombre, y a estas horas nadie se fija en el reiatsu de los otros. Supuse que alguien burlaba a los guardias antes de que despertaran; pero para serte sincero, no esperaba que tú vinieras a pasar el tiempo hablando con Uryuu Ishida. De todas formas… –Hascwald pasó por su lado y sacó la mano de su bolsillo, sosteniendo una llave– Creo que el hecho de que hayas podido hacerlo estos nueve días han sido sólo clemencia– concluyó.

Bambietta sabía que tenía razón. Si Jwach sabía lo que hacía cada mañana, entonces lo sabía desde el principio. Pero entonces, ¿por qué le había dejado ese tiempo? ¿Simple clemencia como Haschwald decía, tal vez? ¿Quizá sólo capricho? ¿O tenía algún sentido? ¿Tal vez Jwach no tenía intención alguna de hacer que pararan de hablarse, y enviar allí a su mano derecha era sólo una especie de prueba? Pero eso era demasiado rebuscado, ¿o no? ¿Qué sentido tenía?

Bambietta se mordió ligeramente el labio inferior. No era el momento adecuado para pensar en eso.

– Eh, ¿qué vas a hacer? –la Quincy observó cómo su compañero abría la puerta de la celda de Uryuu. ¿Iba a matarlo a él? No, seguramente no. Al menos, no aún. ¿Lo iba a torturar? ¿Él mismo, Haschwald?– ¡No creas que fue su idea esto!

El rubio le dirigió una mirada penetrante, más fría que el mismo hielo.

– Si tanto te preocupa, no tengo ninguna orden de hacerle daño –dijo–. Pero, ¿hay algún sentido en que le defiendas?

Sin esperar la respuesta, cerró la puerta. Bambietta frunció el ceño. ¿Defenderlo?

Tenía razón, lo había hecho, ¿o no? Tratando de apartar de él la responsabilidad de sus actos. ¿Desde cuándo le importaba aunque fuera un poco la justicia en este tipo de momentos?

¡No le importaba! ¡En absoluto! Cómo él decía, ni siquiera había sentido alguno en lo que había dicho. ¿Por qué lo había hecho? Como si no tuviera suficiente con Haschwald, ¡lo último que necesitaba era que su propia voz se pusiera en su contra!

– ¿Cómo que defenderlo? ¡Fue un acto impulsivo! –replicó para defenderse, aun sabiendo que si Haschwald la estaba escuchando, no respondería.

¿Realmente había sido un acto impulsivo?

Dentro de la celda, Uryuu, quien había estado escuchando la conversación que mantenían los Stern Ritter en el pasillo, se encontraba ahora sosteniendo la mirada de hielo del que había sido su compañero. ¿Iba a acabar con él por haber hablado con la joven? ¿O quizá sólo añadiría alguna que otra herida en su carne? ¿Todo por orden de Jwach? Sabía que el mismo Haschwald había dicho que no eran esas sus órdenes, pero aun así tenía dudas.

Maldecía su suerte interiormente. ¡Estaba claro que ese juego de los aviones no podía acabar bien! Apenas había durado nueve días.

Y aun así, la Stern Ritter lo había defendido. ¿Por acto reflejo?

Sí, sonaba como lo más convincente.

– Haschwald –aun si estaba en una abismal desventaja, sin poder luchar, Uryuu no dejaría intimidarse–, así que has venido tú.

Siendo racionales, quizá aún le quedaba un poco de suerte congelada. Al fin y al cabo, si hubiera ido el Emperador en persona, la situación sería nueve veces peor.

– ¿Esperabas ver a Su Majestad ocupándose de este tipo de asuntos sin importancia? –el mencionado tardó menos de un segundo en condensar el reishi del ambiente para formar su arco. Uryuu frunció el ceño, pero no retrocedió. Tampoco podría escapar. El rubio se percató de eso– Pensé que estabas escuchando. Las órdenes no incluyen ninguna tortura o muerte.

Antes de que el Ishida tuviera tiempo para preguntar cuáles eran entonces, una flecha salió disparada hacia sus pies. Esta vez, retrocedió para evitar el impacto. Al bajar la vista durante un segundo para comprobar dónde había aterrizado el proyectil, vio delante de sus ojos cómo las notas de esa mañana habían sido reducidas a cenizas de la misma forma que la que no había podido leer.

Al volver a alzar la vista, se encontró con una última mirada del mismo color que esa flecha antes de que Haschwald saliera de esa pequeña sala y cerrara la puerta.

"Mi padre decía que lo nuestro no debería existir. Pero, ¿renunciar a ti? Jamás."

En otro lugar del castillo, las sombras de las paredes bailaban en una danza tan eterna como la muerte. Tan efímera como la luz de la vida.

El Emperador de los Quincy, y pronto del mundo, sonrió de nuevo. Y las sombras reflejaron su sonrisa en el hielo.

La luz empezaba a verse acorralada por su oscuridad. Ahora sólo quedaba esperar a ver qué hacía la que creaba sus pájaros de hielo.

Pero hiciera lo que hiciera…

No hay luz que escape a las sombras.