Gracias por los comentarios recibidos. Aquí va la segunda y penúltima parte.
Segunda parte
Danny se levantó de un salto con el sonido del despertador. Hacía muchísimo calor, para variar, de hecho había dormido casi en pelotas y sin sábanas a pesar del cruel ataque que le habían dedicado los puñeteros mosquitos. Miró la hora y se sorprendió al ver que las manillas marcaban las nueve y media de la mañana. Tenía que recoger a Grace a las diez para pasar el día con ella y si no se daba prisa llegaría tarde y Rachel le miraría como si fuera el peor padre de todo el mundo.
Se duchó rápidamente, se vistió con lo primero que pilló (es decir, con la primera camisa y la primera corbata que pilló) y salió rápidamente. Llegó a la casa de Rachel a las diez menos cinco, muy puntual. Esperaba que Grace le abriera la puerta y se echara a sus brazos para abrazarle, como hacía siempre, pero la persona con la que se encontró cuando llamó al timbre no le sonaba de nada.
Era un hombre alto y atractivo con los ojos azules y el pelo tan rizado que parecía que tenía pelusilla en las patillas. Danny se lo quedó mirando con los ojos entrecerrados e hizo una mueca.
—Danny, ¿verdad?
—Ehh, sí.
—Yo soy James —Danny supo quién era en el mismo instante en el que dijo su nombre. En el fondo lo supo desde que vio sus ridículas patillas pero prefirió no creérselo del todo y confiar en el buen gusto de su mujer—. Un amigo de Rachel, encantado.
—Oh, amigo, ¿jugáis a las canicas juntos?
James se rió entre dientes.
—No, a las canicas no.
Se quedaron un rato mirándose, desafiantes, y luego Danny le pegó un puñetazo y le llamó gilipollas, y le aconsejó que se recortase el pelo de la nariz. Bueno, lo recreó en su mente, en realidad le sonrió con sarcasmo y le empujó a un lado con el brazo para poder pasar dentro. Grace asomó su cabecita por la puerta del comedor y salió corriendo para darle un abrazo.
—Hey —sonrió Danny estrujándola contra sí. Al menos con Grace a su lado desaparecía un poco su mal humor, pero sólo un poco, era gruñón por naturaleza—. Cada día te veo más mayor. ¿Cómo estás? ¿Bien? Mira, te he traído una cosa —Danny rebuscó en el bolsillo de su pantalón y le enseñó la pulsera de colores que había comprado en el mercadillo. A Grace se le iluminó la cara de ilusión y le volvió a abrazar.
—¡Gracias!
—De nada, nena.
Rachel apareció poco después enfundada en un vestido negro muy elegante. James se puso a su lado enseguida y le rodeó la cintura con el brazo. Danny pensó que, ya de paso, podía echar una meada a su alrededor para marcar mejor el territorio.
—Supongo que ya conoces a James —dijo.
—Sí, ya he tenido ese placer —Danny sonrió un poco, si sonreía mucho a lo mejor se le caían los dientes de la falsedad—. En fin, nos vamos, la traeré después de comer, ¿vale?
—Bien.
—Pásalo bien, tortuguita —James se acercó a Grace y le dio un beso en la frente, aunque la niña no pareció notarlo, estaba demasiado ocupada atándose la pulsera a la muñeca.
—¿Tortuguita?
Rachel le dedicó una mirada fulminante y Danny frunció los labios para contenerse.
Danny puso una toalla en la arena mientras Grace recogía conchas en la orilla y las guardaba en una bolsa. Su hija había querido pasar el día en la playa, le encantaba la playa, siempre encontraba algo que hacer: chapotear en el agua, buscar conchas y piedras con formas raras, hacer castillos de arena, quedarse embobada viendo cómo los surfistas se deslizaban encima de las olas. A Danny la playa también le gustaba, había acabado acostumbrándose a ella a la fuerza, eso sí, se bañaba cuando era estrictamente necesario, mientras pudiera evitarlo se quedaría sentado sobre la toalla con el bañador puesto y una camiseta de manga corta (llevar su atuendo habitual habría resultado raro hasta para Grace, que estaba acostumbrada a verlo así en cualquier situación, así que se había cambiado).
Acercó la bolsa que Grace se había llevado para ponerla al lado de la suya y de repente una cabeza de tortuga de peluche emergió del interior sonriendo felizmente. Danny frunció el ceño, cogió el peluche y lo examinó con cara de cabreo. Oh, así que por eso era lo de «tortuguita». Giró la cabeza para echarle un vistazo a Grace, que continuaba con su labor de encontrar y guardarse las mejores conchas de la playa hawaiana, y empezó a escarbar un agujero en la arena bastante profundo.
Vale, quizá estuviera comportándose como un tipo exagerado y lunático, pero ese peluche daba miedo, con esa sonrisa tan grande y arrugada, no quería que Grace tuviera pesadillas por la noche, y la labor de un padre es proteger a sus hijos... Estaba metiendo la tortuga en el fondo del agujero cuando una voz le sobresaltó.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
Danny alzó la vista y vio la figura de Steve recortada por el sol. Llevaba una camiseta azul marino de manga corta y unos pantalones holgados, su pelo estaba mojado.
—Ahm. Hola, Steve —carraspeó—. Nada, estoy… Yo… Ahora te lo explico, déjame acabar.
Steve se encogió de hombros mientras Danny ocultaba el peluche con un montón de arena y luego dio un par de palmadas para quitarse los granos de entre los dedos.
—Vale, a ver. He conocido al novio de Rachel, James, que es un completo idiota y llama «tortuguita» a Grace. Tortuguita, repito. He encontrado ese peluche en la bolsa de Grace y he supuesto que se lo ha regalado él así que lo he enterrado —Danny miró los pies de Steve, que iba descalzo, por hacer algo, porque dicho todo así en voz alta como que sonaba estúpido—. El peluche era bastante feo —añadió.
Steve sonrió.
—¿Y tú? ¿Qué haces aquí?
—He quedado con una amiga. Motos acuáticas.
—Ahm.
Danny entrecerró un poco un ojo por el sol.
—Con «amiga» te refieres a una amiga de verdad o a…
—Bueno, es una amiga de verdad.
—¿Qué os ha dado a todos con utilizar esa palabra cuando el término correcto es otro?
—¿Por qué estás tan gruñón?
—Soy gruñón, ¿vale? Soy gruñón.
—Vale. Relájate.
—Estoy relajado.
—Ya.
Grace se acercó a ellos correteando y miró a Steve, sonriente.
—Hola.
—Hola, Grace. Veo que has recogido muchas conchas.
—¿Quieres una?
—Claro.
Grace rebuscó entre todas y le dio una lisa y nacarada. Steve sonrió y Danny también, le hacía gracia ver a Steve tratando con críos, no lo podía evitar, en general los niños se le daban bastante mal pero a Grace le caía estupendamente, al parecer.
—Ahora vamos a almorzar, ¿quieres almorzar con nosotros?
—Grace… —Danny sintió un hormigueo en el estómago repentinamente—. Steve tiene cosas que hacer.
—En realidad no —soltó. Sus miradas se encontraron y Danny desvió los ojos en cero coma—. ¿Qué habéis traído? —preguntó yendo hacia la toalla. Grace le seguía como si estuviera acosando a su estrella de televisión favorita.
—Sándwiches de mantequilla de cacahuete.
—Oh, muy de Nueva Jersey.
—En serio, Steve. No es necesario que… almuerces con nosotros. De verdad, no quiero aguarte la fiesta que es tu rutina diaria, ya sabes: motos acuáticas, clases de jiujitsu…
Steve sonrió otra vez.
—¿Motos acuáticas? ¿Puedo montar luego, papá?
—Claro.
—No —dijeron al unísono—. Ha dicho «papá». No, Grace, obviamente no.
—¿Por qué? Iré despacio.
—¡Por el amor de Dios es una niña, Steve! No pienso dejar que monte en una moto acuática, y por supuesto es imposible que la deje montar en una moto acuática contigo. Eres el tío más temerario que conozco y a los padres nos preocupa la vida de nuestros hijos, una manía.
—Jo —se quejó Grace.
—¿Y a ti desde cuándo te gustan las motos acuáticas? ¿Qué ha sido de las barbies?
Los tres se sentaron sobre la gigantesca toalla verde y empezaron a comer.
Danny se sentía raro, raro pero contento. Había pasado toda la mañana con Grace… y con Steve. Después de almorzar, los tres habían decidido dar un paseo a lo largo de la playa, Grace siempre iba delante, aunque de vez en cuando se giraba para mirarles o señalaba algo que le había llamado la atención. Danny y Steve discutían más que hablaban uno al lado del otro y era curioso porque a pesar de todo el espacio que tenían para caminar a sus anchas el brazo de Steve había rozado dos veces el de Danny.
Danny fingía que no se daba cuenta, pero era inevitable fijarse. La piel de Steve estaba ardiendo y cuando rozaba su brazo se le ponían los pelos de punta.
―¿Esa no es Rachel? ―preguntó de repente Steve con las manos metidas en los bolsillos.
Danny entrecerró los ojos y maldijo por lo bajo. ¿Pero qué…? Rachel y James se acercaban a ellos cogidos de la mano. Cuando Grace los vio se fue corriendo a saludarles. Danny no entendía nada, de verdad, desde que James había aparecido en la vida de Rachel era como tener un grano en el culo.
―¿Qué hacéis aquí?
―Hace un día bonito ―comentó James sonriendo. Steve se cruzó de brazos.
―Oh. Steve, este es James. James, Steve.
―Encantado ―dijo James. Steve le estrechó la mano con fuerza―. Si no os parece maleducado… ¿puedo preguntar qué sois? Es pura curiosidad.
Danny frunció el ceño.
―¿Que… qué somos? ¿Cómo?
―Compañeros de trabajo ―ayudó Rachel echándole una mirada reprobadora a su nuevo novio.
―Pues claro que somos compañeros de trabajo ―gruñó―. Acaso… ¿acaso estabas preguntándonos si somos…?
Danny miró a Steve, que parecía divertido.
―En serio, disculpadme, no pretendía ofenderos ―Y una mierda.
―Tranquilo, no lo haces ―sonrió Steve.
Silencio incómodo. Rachel acarició la cabeza de Grace, Danny le echó un vistazo de reojo a Steve, que estaba manteniendo una lucha de miradas y sonrisas hipócritas con James. Vale, suficiente.
―Bueno. Pues… nosotros vamos a seguir paseando por aquí.
Rachel asintió con la cabeza, pero James no parecía dispuesto a salir del panorama así como así, quería joder.
―¡Oh, acabo de recordar algo! ―¿Qué eres idiota?―. Tortuguita, ¿te gustaría venir a un espectáculo con animales? Tengo entradas.
―¡Claro! ―exclamó, emocionada―. ¿Puedo ir, Danno?
Danny no quería hacer ninguna mueca, pero la hizo.
―Sí, claro.
―Es dentro de una hora ―James parecía triunfante.
―¿Dentro de una hora?
―James… ―murmuró Rachel.
―¿Puedo ir, papá? Por favor, por favor ―Grace le miró con ojitos suplicantes.
―Claro, cariño ―dijo a regañadientes.
Grace le abrazó con fuerza y luego se fue al lado de su madre.
―Te llamaré el jueves ―dijo Rachel, y Danny asintió.
―Ya nos veremos, Danny ―sonrió James―. Steve.
James extendió la mano para estrechársela y Steve lo hizo con más fuerza que antes, hasta que la sonrisa de subnormal de James se balanceó en su boca.
―Tortuguita… ―Danny estaba enfadado, mucho.
Estaban sentados sobre la arena. La luz del atardecer brillaba en el horizonte y en la playa casi no quedaba nadie. Los surfistas se habían marchado y sólo las sombras de unos pocos transeúntes se proyectaban en el paseo de piedras blancas. Danny jugaba con la arena entre sus manos.
―No le hagas caso, es un idiota ―comentó Steve.
―¿A qué sí?
―¿Has visto sus patillas?
―¡Cómo para no fijarse! ―Danny se rió entre dientes y Steve también―. Es lo más ridículo que he visto… en mucho tiempo.
―¿Por qué Rachel se ha fijado en él?
―No lo sé. Porque es abogado, supongo.
―¿Y eso qué tiene que ver?
―Pues que es estable. Y su trabajo no es peligroso, por ejemplo.
―También parece aburrido.
―A ti todo te parece aburrido.
―Mmm. Todo no.
Danny notó los ojos de Steve clavados en su nariz y si no estuviera tan bronceado pensó que podría ponerse rojo enseguida. Carraspeó.
―¿Te bañas?
Steve se levantó y se quitó la camiseta. Danny le miró el torso y pestañeó varias veces. ¿Por qué Steve le hacía sentirse tan incómodo?
―¿Qué? No, no.
―Claro que sí.
―Que no.
―Como no te metas al agua por tu propia voluntad te meteré yo a la fuerza.
Y allí estaba, su sonrisa. Danny se levantó y movió las manos.
―¿A la fuerza? No lo veo posible.
―¿Ah, no?
―No, nada posible ―Steve se acercaba y Danny retrocedía y, joder, de repente se había puesto bastante nervioso porque toda esa escena le recordaba a los videoclips de un crío que volvía loca a Grace. Y Steve estaba sin camiseta y se acercaba a él. Joder, cada vez estaba más cerca, y más cerca―. Vale, me meto por mi propia voluntad, ¿contento?
Su declaración de intenciones no sirvió para que Steve se detuviese, al contrario, llegó un momento en el que lo tuvo tan cerca que Danny no pudo sostenerle mucho tiempo la mirada. Si retrocedía más se caería al agua, porque las olas ya le chocaban en las pantorrillas (y porque las piernas le temblaban un poco).
―¿Qué estás haciendo?
―¿Por qué hablas tanto?
Steve puso la mano en su cara y le besó. Danny se quedó parado aunque cerró los ojos y se dejó hacer, porque la boca de Steve sabía bien, a sal, y el contacto de su mano en su mejilla le parecía genial. Dios… Se apartó de él con un empujón y empezó a gesticular con las manos.
―Pero… ¿qué demonios te crees que haces?
Y, sin más, se puso a andar para largarse de allí. Joder…
―¡Pero si no eres gay! ―chilló sin mirarle.
―Danny…
―Me lo dijiste. Me dijiste que no eras gay. Me dijiste que esa revista gay no era tuya.
―No era mía. Y en realidad no recuerdo haberte dicho que no fuera gay.
―¡Y una mierda! ¡Claro que era tuya y sí que lo dijiste! Creo.
―Danny.
―Joder… ―se echó el pelo hacia atrás. Su tupé perfectamente peinado estaba perdiendo la forma―. ¿Entonces te van los tíos o…?
―No. Me vas tú.
―¡¿Qué?
Danny se giró sin poder contenerse más. Algo parecido al enfado mezclado con la sorpresa y la excitación le oprimía las entrañas. Steve estaba más cerca de lo que pensaba y por poco se chocó contra él.
―No vuelvas a decir eso ―le advirtió Danny con el dedo, y de paso lo utilizó para mantenerlo lejos.
Steve le cogió la mano acusadora, la arrastró hacia él y le volvió a besar. Esta vez fue un beso más intenso, la piel de Steve seguía ardiendo y eso que ahora estaba un poco húmeda. Danny se resistió un poco al principio, emitiendo gruñidos leves, pero luego le siguió el beso y pronto se convirtió en un morreo casi desesperado. Danny no sabía lo que estaba haciendo, de verdad, sólo quería besarle, pegarle, besarle y pegarle. Pero sólo le besaba porque Steve lo hacía increíblemente bien. Sus piernas seguían temblándole y creía que tarde o temprano acabaría desplomándose en el agua, por suerte los dos tenían las manos cogidas.
Danny se separó cuando recordó que estaban en un lugar público y sacudió la cabeza.
―Vale. No vuelvas a hacer eso.
―¿Por qué?
―Porque no. Ya está. Me voy.
―¿A mi casa?
Steve lo miró fijamente y Danny pensó que iba a morirse allí mismo de tantas emociones fuertes seguidas.
―¡No, claro que no!
―Te acompaño a la tuya.
―No.
―Vale.
―Pues vale ―Danny miró a su alrededor y volvió a sacudir la cabeza―. Olvida esto, ¿quieres? Lo que ha pasado.
Steve le miró, serio, y Danny sintió un pellizco en el corazón.
―Olvídalo tú si puedes.
