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De vuelta a 1993

Tras un largo rato viendo pasar imágenes borrosas, la velocidad se fue detuviendo hasta estar de nuevo en la misma sala, pero en otra fecha del tiempo. La sala era distinta. Tal como la habia dejado en 2006, la recordaba prácticamente vacía, con algunos muebles. Sin embargo ahora, estuviese en la fecha que estuviese, estaba mejor que la otra vez. Podía oír ruidos de la calle. Se acercó a la ventana y contempló asombrada que las trincheras ya no estaban, sino que la gente caminaba por la calle, y los coches circulaban por la carretera. Londres para ella había sido una ciudad casi desierta desde hacía años. Sin embargo ahora era una ciudad bulliciosa.

Notó algo roto en su pecho. Se lo palpó. Para su asombro y desgracia, el giratiempos se había roto, seguramente de recibir un impacto de la maldición asesina de Voldemort. El giratiempos la había salvado, pero a un alto precio.

De repente oyó ruidos, pasos de alguien que se acercaba a la habitación.

—¿Has hablado con Graham? —oyó que preguntaba alguien detrás de la puerta mientras el picaporte estaba siendo girado.

Al instante se desapareció, deduciendo que ahora que no estaba Voldemort, podría irse. Por precaución se apareció cerca del Caldero Chorreante, el cual se alegró de ver que estaba en perfecto estado, aunque eso era un decir. Caminó con precaución hasta la puerta y entró. Se sentó en una silla y cogió el periódico de una mesa. Era lo mejor, averiguar cuando estaba. Para su asombro vio la fecha: 31 de agosto de 1993, sólo un día antes de que empezase el curso en Hogwarts. Había retrocedido casi trece años.

Ni siquiera pensó en las consecuencias de estar allí cuando oyó una voz familiar.

¡Harry!, ¿cómo estás?

Bien, gracias —contestó una voz tremendamente familiar. La de su amigo Harry Potter.

Cogió el periódico, se giró disimuladamente, tapándose la cara con él, y con un hechizo de transparencia, el papel amarillento opaco se fue volviendo transparente, permitiéndola ver lo que había tras el periódico. Y para su asombro, allí estaban. Harry, los Weasley, ella misma… y Ron. Ron con trece años, un niño entrando en la pubertad, pero un niño. Ron. Una sombra del hombre en que se convertiría cuatro años después.

¿Tendríamos una recompensa si lo atrapáramos? —preguntó Ron—. Estaría bien conseguir algo más de dinero...

No seas absurdo, Ron —contestó el señor Weasley—. Un brujo de trece años no va a atrapar a Black. Lo cogerán los guardianes de Azkaban. Ya lo verás.

Aunque Hermione ya conocía los efectos del viaje en el tiempo y lo que se sentía al verse a sí misma, aunque con una diferencia del doble de edad, todo eso era muy extraño. Estaba reviviendo un hecho de su historia pasada. Parecía como si eso hubiese ocurrido en otra vida después de la guerra. Disimuladamente se levantó. No quería levantar sospechas, y menos aún encontrarse con más gente de la que no quisiera, como sus padres, los cuales habían fallecido años después del inicio de la guerra.

Salió del Caldero, pero aún llevaba El Profeta en la mano, el periódico de los magos. En su portada Sirius Black gritaba tras su placa identificativa de Azkaban. De repente le entró un escalofrío. Ella había pasado una temporada en Azkaban, tras una incursión en una misión de espionaje a las tierras del Norte. Recordaba ese hecho muy bien.

Caminaba lentamente, evitando hacer el menor ruido, sin apenas romper las ramas del suelo. Hasta creía que flotaba en el aire. A lo lejos, el castillo de Hogwarts se alzaba, aunque ya no era un castillo ni era Hogwarts. Gran parte de la estructura había sido derrumbada tras la batalla de Hogwarts que dio inicio formal a la guerra a nivel nacional tanto para magos como para muggles. Esa parte había sido reconstruida, pero no con la característica piedra marrón del castillo, sino con piedra negra. El resto del castillo que permanecía en pie mostraba los vestigios de la batalla.

Los Invernaderos habían sido derribados, o convertidos en lugar para críar plantas tenebrosas como el Lazo del Diablo que después soltarían libremente alrededor de la fortaleza para su protección. El campo de quidditch también había sido borrado del mapa, y sólo algunas de sus torres se utilizaron como almenaras o torres de vigilancia. El cementerio había sido profanado, y el cuerpo de Dumbledore, en especial, arrojado al lago, el cual, por su parte, recogió la intensa inmundicia producida por la magia negra hasta convertirse en un lago de agua ponzoñosa.

Las plantas, como el Lazo del Diablo, no eran las únicas que protegían la fortaleza. Otras criaturas, trolls, acromántulas, dementores y hasta algunos dragones se apostaban de norte a sur y de este a oeste por toda la fortaleza. Un muro de Fuego Maligno formaba un círculo mortal, y por último, pero no menos importante, una muralla de tres metros rodeaba la estructura, con una sola puerta de entrada.

Hogsmeade había sido reducido hasta los cimientos. El Bosque Prohibido había sido talado en gran parte, obligando a sus criaturas a huir, morir o unirse a los Ejércitos de la Oscuridad, siempre en aumento. La madera de los árboles e utilizó para construir cuarteles y casas para los cientos de miles de trabajadores y siervos leales de los mortífagos.

Ya no era Hogwarts. La Fortaleza Slytherin, la llamaban, Cuartel General de Lord Voldemort, Academia Mortífaga, Ciudadela del Lord, Baluarte de la Oscuridad.

Se mantuvó a la espera de una oportunidad, pero su compañero no paraba de hacer ruido.

¿Quieres estarte quieto? —decía a su compañero, Terry Boot, el cual conseguiría que los descubriesen.

Lo siento pero, ¿qué hacemos aquí? Esto es una misión suicida. Adentrarse en la Fortaleza Slytherin, es una locura —hablaba en susurros, para que nadie les oyese.

Ya conoces las órdenes ¿Has traído la poción?

Terry afirmó con la cabeza mientras sacaba dos frascos de cristal, uno con un contenido color rojo pústula y otro verde moho. Poción multijugos —Esta es la de Travers —dijo señalando la poción roja que le paso —. Y esta es la de Rookwood. Sabemos que los dos están en Londres, así que no habrá problema ¿Lista?

Hermione afirmó, y los dos ingirieron el contenido de sus pociones, no todo por si necesitaban más una vez dentro. Aunque no podía verse, Hermione notó como todo su cuerpo cambiaba al del mortífago Travers. Si que pudo ver la transformación de su compañero Boot, que se hacía más alto y su cara se llenaba de vestigios de acné adolescente.

Una vez transformados, caminaron hacia la ciudadela

Es una locura, Hermione. Los dementores nos descubrirán.

No si utilizamos a nuestros patronus. Sólo esperemos que nadie nos vea.

Lograron llegar a la muralla, momento en el cual Hermione buscó una apertura y…

—¿Señorita? ¿Señorita?

Hermione pareció volver del trance —¿Qué?

—Le preguntaba si iba a comprar un billete.

Estaba en la estación de King's Cross. Había ido caminando desde el Caldero hasta allí sumida en sus pensamientos. Agitó la cabeza, desesperezándose, y sonrió.

—Sí, si… un billete, para el norte… Escocia.

—Aquí tiene —el taquillero manejó el teclado de un ordenador y después el dio un billete impreso —El tren sale en veinte minutos. Disfrute del viaje.

Hermione no dio las gracias, porque estaba muy ocupada viendo como todos la miraban. Y era normal, pues aún llevaba la ropa que lució en la batalla. Afortunadamente se realizó un hechizo para cambiar su ropa, logrando no llamar la atención.

Caminó hasta el andén nueve y entró en el tren que tenía que tomar, a pesar de que faltaba tiempo hasta que tuviese que cogerlo. Veinte minutos después, el tren estaba en marcha, camino al Norte. Durante el viaje, no sabría decir si su mente volvió a sus recuerdos, o simplemente se quedó dormida.

Ambos entraron por un pequeño agujero en el muro, resguardado por unos matojos resecos. Gatearon un poco hasta estar dentro. Tras levantarse, contemplaron la fortaleza, la cual se elevaba amenazadora.

Conoces el plan. Entrar, vigilar y huir. No toques nada. Los mortífagos son muy obervadores y tienen hechizos de movimiento. Si algo no está en su sitio… lo sabrán. Recuerda también que si nos descubren, debemos huir. Y si uno muere, el otro debe dejar el cuerpo. Eso sólo nos retrasaría —dijo Hermione.

Antes de llegar a la puerta principal, se dividieron. Era mejor estar separados. Así, si uno era descubierto, el otro no corría peligro de estar en la misma situación. Entraron sigilosamente, aunque no había guardias en la puerta. La fortaleza no los requería.

De primeras llegaron al vestíbulo, el cual lucía muy distinto. La escalera había sido derribada, y ya no había estatuas, alfombras ni tapices. No había nada. Sólo piedra negra. No cabía duda de que el Vestíbulo era una zona de paso. Terry bajó a las mazmorras, su zona, y Hermione subió a los niveles superiores. Su misión, infiltrarse en los aposentos de Voldemort.

Pero de repente algo ocurrió, porque una alarma tronó por todo el edificio. Terry había tocado o movido algo, y ahora toda la fortaleza despertaba de su sueño. Pero Hermione corrió hacia las mazmorras. Le daban igual las normas, lo importante era ayudar a Terry y salir de allí.

Llegó hasta las mazmorras, pero ya era demasiado tarde. Terry, a quien el efecto de la poción había sido acelerado, volvía a ser como era, y lo peor de todo: estaba muerto.

¡Cogedla! —gritó una voz que le resultó familiar, la de Lucius Malfoy.

Hermione huyó, pues no podría cargar con el cuerpo de Terry, pero de repente —¡Incárcero! —gritó alguien.

Unas cuerdas invisibles la inmovilizaron, tirándola al suelo e impidiéndola moverse. Unos pasos se acercaron corriendo, y cuando estuvieron a su altura, una enorme bota le dio una patada en la cara.

Sintió como si la patada fuese real, como si todo aquello hubiese vuelto a ocurrir. Se palpó la nariz, creyéndola rota, pero estaba intacta. Había llegado a su destino. Desde allí, se desapareció hasta Hogsmeade, donde lo primero que hizo fue cambiar de ropa por una más desapercibida, y coger una habitación para mantenerse cerca del castillo. Debía permanecer lo más alejada posible, e intervenir sólo cuando fuese necesario.

De repente, mientras salía de la habitación recién alquilada, se topó con uno de los carteles de la búsqueda de Sirius. Casi lo había olvidado. Hogwarts estaba lleno de dementores que protegían al castillo, y a Harry, de Sirius, a la vez que trataban de dar con él y encerrarlo de nuevo.

Sirius, pensó. El eterno Merodeador, como pensaba ella. Vendría hasta Hogwarts, no para matar a Harry, como muchos, incluido ella, erróneamente pensaban. No, Sirius venía a matar a Peter Pettigrew, que permanecía escondido como Scabbers, la rata de Ron. Hermione se sintió estúpida. En aquella época lo habían tenido delante de sus narices, podrían haber detenido a Pettigrew antes de que escapase, podrían… detenerle de nuevo.

Pero no, no podían hacerlo. Agitó la cabeza, como tratando de desestimar esa idea, aunque esta permanecía en su cabeza como si estuviese pegada a un clavo ardiendo. Se alternaba con la imagen de Ron y su muerte a manos de Malfoy.

¿Es posible? ¿Alterar el pasado para cambiar el futuro? La guerra, la pena, la muerte… Ron. Todo eso es podría evitar. Pero de nuevo agitó la cabeza, y milagrosamente aquel pensamiento abandonó su cabeza. El pasado no se podía cambiar. El pasaso no se debía cambiar. Lo que pasase en el futuro así debía permanecer.

Pero ahora estás en un presente, Hermione. Lo que pase en el futuro, en teoría no ha pasado.

Esa fue su conciencia, y el pensamiento volvió otra vez. No y no. Era mejor así. Para su desgracia, era mejor así.

Caminó hasta el final del camino, viendo Hogwarts majestuoso en la lejanía. Ya no era la tenebrosa fortaleza. Era Hogwarts.

¿Qué podía hacer? Quedarse allí sería lo más lógico, alejada. Si tuviese el giratiempos se habría ido hacía mucho. Quizás podría utilizar uno para huir… el giratiempos que utilizó en tercero ¡claro! Podría utilizarlo para volver a su presente. Pero sólo tendría dos oportunidades. Una era hacerlo ya, antes de que la profesora McGonagall se lo diese a su yo de trece años al día siguiente. Otra era esperar hasta el final del curso. Demasiado tiempo. Sin pensárselo dos veces, caminó rumbo al castillo.

Cuando llegó a las puertas, antes de llamar, se aplicó una serie de hechizos que alteraron su efigie. Su nariz era más pequeña, tenía los pómulos sonrosados y los ojos azules. El pelo cambió de castaño a negro. Una vez hecho esto, llamó a la puerta. Para su sorpresa, apareció Hagrid.

Casi se sorprendió de volver a verlos, quizás unos años, sólo unos pocos, más joven. Hagrid había muerto durante la guerra, durante una misión junto a Olympe Maxime para reclutar a los gigantes, junto con la ayuda de Grawp. Los tres habían muerto a manos de los brutales gigantes, que se había unido a Voldemort.

—¿Sí? ¿Desea algo?

—Hola, buenos días. Vengo a una entrevista con el Director Dumbledore.

Hagrid frunció el ceño —Las entrevistas fueron al finalizar el curso pasado. El Director está muy ocupado con los preparativos del nuevo curso. No hace más entrevistas, ya que actualmente tenemos cubiertos todos los puestos.

Jamás pensé que tuviese que recurrir a esto, pensó Hermione. Sacó la varita, apuntó a un extrañado guardabosques y dijo —Imperio —Hagrid entró en trance —Lo siento Hagrid, pero es necesario. Abre la puerta —ordenó. Hagrid así lo hizo. Como el efecto no duraría mucho, borró su recuerdo de su memoria y después le ordenó que volviese a sus quehaceres.

Antes de llegar al castillo, se aplicó un hechizo desilusionador para poder andar a su antojo por el castillo. Llegó al Vestíbulo, recordándolo de sus años en Hogwarts, y se dirigió presta al despacho de la profesora McGonagall, el único lugar donde el giratiempos debía estar.

Sigilosamente se introdujo en el despacho de la subdirectora, el cual no estaba ocupado en ese momento. Durante las vacaciones, el castillo estaba totalmente vacío, salvo sus habitantes habituales, como los fantasmas. Buscó y buscó, pero no encontró nada.

De repente —Señorita Granger, me alegro de volver a verla.

Se volvió sobresaltada a la puerta. Notó que el hechizo desilusinador había desaparecido. En la puerta, con la varita en la mano, apuntándola, estaba el director Dumbledore.