2. A War | Una Guerra

3 Mil años después

Ritsu se sentó en el huerto de árboles de cerezos. Le encantaba este lugar; era su único cielo, su propia paz. El viento soplaba suavemente, dándole la música de las flores de cerezo que se balanceaban entre ellas. El aire retuvo una esencia pura que no existía en ningún otro lado del mundo pero aquí le daban alivio a los pulmones de Ritsu. Éste cerró sus ojos, no estaba acostumbrado al sol y siempre tenía sus ojos cerrados.

Los Ángeles ya no venían por aquí. Todos estaban ocupados peleando en la guerra; un guerra que determinaría quién gobernaría el mundo humano por otros cien años. La mayoría de las veces, los Ángeles ganaron y hubo paz en el mundo. La última vez que los Demonios ganaron, lograron crear la primera y la segunda Guerra Mundial.

Estaba cansado de luchar, agotado de ver a otros morir. Ristu vivió toda su vida en guerra. El hecho de nacer antes de Cristo, un inocente no era un inocente por mucho tiempo.

Ritsu se rió burlándose de sí. Se enamoró de un hombre a quién le encantaba el dinero y la maldita guerra. Oyó hablar de cómo Ritsu era un guerrero famoso y de toda la riqueza que había hecho en su juventud. Lo engañó. Hizo que Ritsu se enamorara y fingiera ser capturado por bandidos. Luego, ellos hicieron un trato con Ritsu, ayudarlos a ganar riquezas y soltarían a su amante. Ritsu no sabía que su amante, en realidad, era su líder. Qué ingenuo era. Qué estúpido.

Ritsu hizo una mueca, abriendo los ojos ante la sensación de que su control se rompía. Con esfuerzo tomó un respiro profundo del aire puro y alejó esos recuerdos en los rincones más oscuros de su mente.

Después de tres mil años, todavía esos recuerdos seguían atormentándolo. Recordándole que había sido un tonto al enamorarse. El amor nunca existió, el amor era el diablo disfrazado.

Ritsu cerró sus ojos de nuevo y descansó su cabeza en el tronco del árbol. Sus alas negras se extendían detrás de él, necesitando moverse antes de envolverse como si estuviera protegiéndose. Vestía unos jeans negros y una blanca camiseta holgada, con sus botas negras de cuero llegando hasta sus rodillas.

Sin las alas, la mayoría lo confundían por un Ángel debido a sus rasgos. Su rostro era tan delicado y suave; con sus brillantes ojos verdes cautivarían hasta a un Ángel. Incluso, era delgado haciéndole creer a la gente que era frágil pero tenía la fuerza y la habilidad para agarrar a un hombre diez veces que su peso. Los Ángeles siempre se acercaban a él porque emanaba un aura tranquila.

Ritsu se burló. Todos sabían quién era. No debían molestarlo. Él era precisamente la razón por la que los Demonios ganaron la última vez. Su fuerza y habilidad obtuvo el respeto de cada Demonio poderoso y veterano. Ellos querían que fuera su líder en estos años de guerra.

No pasaría por eso otra vez, pensó Ritsu.

Ritsu deseó poder pasar la eternidad por aquí; un lugar sin guerra, sin odio, y sin necesidad de esconderse. Inmortalidad, pensó Ritsu con uno suspiro abatido, era más una maldición que un don.

La piel de Ritsu hormigueó mientras sentía que alguien lo miraba. ¿Era la misma persona? Pensó Ritsu mientras abría un poco sus ojos.

Lo era.

Un Ángel se quedó de pie a un lado. Con sus ojos dorados observándolo con interés. Vestía un jeans azules y una camiseta blanca. Su cabello era el color de la medianoche más intensa que Ritsu había visto en su vida pero eran sus ojos lo que siempre tuvo cautivo a Ritsu. Sus ojos dorados parecían perforar a través de su alma oscura y mirar todos los horrores que había hecho.

No importa, pensó Ritsu, cerrando sus ojos otra vez. Deja que vea. Este hombre nunca ha fracasado en aparecer y quedarse exactamente en el mismo sitio.

Tanto como deje en paz a Ritsu, no tenía problema con su presencia.

Ritsu sintió el llamado del Infierno, probablemente avisándole que era su turno de torturar.

Suspiró Ritsu de nuevo, incluso eso se ha convertido tedioso. Fue asignado a su amante unos años después cuando abrió sus ojos por primera vez para ver el infierno. Fue un placer saber que tendría su venganza después de todo. Sonrió Ritsu diabólicamente mientras recordaba el horror del chico en cuanto veía a Ritsu otra vez. Pasó casi unos mil años torturándolo pero a medida que los años se alargaron, Ritsu estaba cansado de ver al bastardo, cansado de darse cuenta cada día que seguía teniendo poder sobre Ritsu, haciéndole sentir lo que quería olvidar. Ritsu se asignó a alguien más, esperando escapar de todo eso.

Lentamente, Ritsu se puso de pie y estiró sus alas adoloridas. Ellas querían volar a través de las nubes celestiales y dejar atrás este mundo. Yo también, pensó Ritsu a la vez que se desplazaba a través de los cielos del Infierno en su lugar.

-Previamente…

Takano maldijo cuando se dio cuenta que hoy iba a llegar tarde. Entrecerró los ojos a los dos hombres que iban el uno al otro como animales. Ambos estaban en la arena, parecida al Domo en Roma; los Ángeles de todos lados venían a mirar la pelea. Todos vitoreaban, con sus ojos amplios de emoción, no habían visto una pelea tan buena como esta en años.

Deben odiarse realmente entre ellos, pensó Takano preguntándose por qué. Ya sabía que Hatori y Yuu se odiaban mutuamente pero la razón todavía era desconocida.

Takano los maldijo. Si seguían de esta manera pasaría este día sin verlo. Y si se lo perdiera, estos dos sufrirán. Un agitado Takano movió un pie al otro, Yuu dispuesto a permanecer tendido después de un golpe fuerte de Hatori y entonces gruñó cuando Yuu se recuperó otra vez.

Takano miró a su alrededor dándose cuenta que todos estaban concentrado por cómo peleaban los dos hombres. Sonrió Takano. No lo notarían irse si se iba ahora mismo. Este era la última partida antes de que lo den por terminado, por lo que no importaría si estaba allí o no, en realidad. Con la decisión tomada, Takano se desplazó a las flores de Cerezo. Sin detenerse a admirar la vista se dirigió al centro de la tierra sabiendo que esa persona estaría allí.

Hace unos pocos años Takano vino aquí para escapar de toda la tensión de la guerra inminente. Estaba sin rumbo fijo reflexionando en las flores de cerezos cuando lo vio.

El hombre con las alas negras.

Takano no sabía por qué pero estaba recordando. El hombre con alas se veía como el cielo por la noche, con estrellas resplandeciendo en su interior. El hombre de alguna manera hizo sentir a Takano, un hombre que pensaba que no tenía sentimientos, impresionado. Desde entonces Takano se acercaba esperando que el hombre estuviera allí y suspiraría de gusto cuando el hombre aparecería cada día.

Luego Takano lo sintió; el hombre siempre emitía esta clase de aura que cautivaba a Takano, era como un llamado que no podía evitar. Suspiró Takano de alivio, se pondría feliz de verlo hoy.

Mientras pasaba a través de los últimos arbustos sin aliento. Él estaba allí. El hombre sentando en el mismo lugar, con su cabeza descansando en el tronco del árbol. Parecía estar durmiendo. Sus hermosas alas se veían como estaban a punto de consumir al hombre en cámara lenta o en el proceso de protegerlo. Su cabello se movía con el viento, era largo, más allá de los hombros.

El hombre sonrió. Otra cosa que cautivaba a Takano era como su rostro expresaba demasiado qué estaba pensando. Sus expresiones siempre estaban cambiando. Pero, Takano admitió con sorpresa, que nunca antes había sonreído.

La sonrisa del hombre se apagó. La sonrisa solo duro unos segundos dejando a Takano sonrojado de placer tras verlo. Sin abrir sus ojos se puso de pie con tanta elegancia. Sus alas se estiraban sobre él, dándole el aspecto de un Ángel caído a punto de despegar. De repente, Takano le dio la urgencia de acercarse y sentir por sí mismo si esas alas eran suaves como imaginaba.

Con decepción el hombre se alejó, dejando solo a Takano. Suspiró Takano, todavía no había abierto sus ojos. En todos estos años que había estado visitando al hombre nunca abrió sus ojos. ¿Era ciego?

Frunció el ceño Takano, solo pudo verlo hoy por un minuto. Esos cabezas huecas pagarán por esto. A regañadientes, Takano se devolvió a la arena. Hatori y Yuu seguían peleando; molesto con ambos se dirigió a su casa. Dobló sus alas detrás de él y se sentó. Había papeles del consejo que tenía que inspeccionar pero simplemente no podía concentrarse.

El hombre con las negras sonrió.

Takano se inclinó hacia atrás y pensó sobre el hombre misterioso. ¿Por qué un demonio se refugiaría en el cielo? ¿Quizás estaba en problemas? Takano se tensó, teniendo la urgencia repentina de encontrarlo y esconderlo en su casa.

Takano negó con su cabeza. Si verdaderamente estaba en peligro el hombre no habría dejado la seguridad del cielo.

"¿Debería hablarle la próxima vez?" Takano se rió de sí, nunca pensó que las emociones influirían en su vida de esta manera.

Takano se convirtió en un Ángel maduro; nunca pasó por la niñez o algo así. Nació para liderar al ejército. Las emociones no podían meterse en su camino y allí estaba preocupándose por un Demonio por increíble que parezca.

Takano se rió entre dientes. Desde que conoció al hombre la vida de Takano había cambiado; vio que la vida valía la pena vivirla.

Takano estaba enojado con lo golpes en la puerta interrumpiendo sus pensamientos. Frunció el ceño Takano, tratando de ignorarlo pero con cada segundo los golpes que eran ignorados se volvían aún más fuertes haciéndole doler la cabeza a Takano.

"¡Takano! ¡Abre la puerta! ¡Sé que estás ahí!" Yokozawa, el tercer jefe del concejal de los Ángeles, golpeaba y pateaba la puerta. "¡Takano! ¡Abre, esto es serio!"

Quejándose, Takano fue abrir la puerta para echar a Yokozawa.

De repente, el aire en torno a ambos estaba tenso. Takano comenzó a sudar tras ver por unos momentos los ojos de Yokozawa, aquella que no había visto desde la última guerra.

Miedo.

"La guerra ha comenzado."